Actualizado: 30/03/2017 12:17
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Cuba, Fotografía, Revolución

Una revolución en blanco y negro

Burt Glinn supo reunir en imágenes la vida cotidiana y lo insólito durante los primeros días de una revolución

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La noche del 31 de diciembre de 1958, Burt Glinn estaba celebrando con algunos amigos de The New York Times cuando sonó el teléfono de la casa. La llamada era para decir que en Cuba el dictador Fulgencio Batista había renunciado y escapado de la isla. Glinn no lo pensó mucho. Comenzó a pedirle dinero a todo el mundo, fue a su apartamento, se cambió de ropa y tomó el primer vuelo disponible en La Guardia hacia Miami.

A las dos de la madrugada ya estaba en el Aeropuerto de Miami, un sitio desierto en la mañana de un nuevo año. Recordó que conocía a un piloto que volaba de esta ciudad a La Habana en un pequeño avión. Lo despertó y este estuvo de acuerdo en volar de inmediato a la capital cubana. Esa determinación, esa suerte, lo convirtió en uno de los tres fotógrafos extranjeros que acompañaron a Fidel Castro en su recorrido triunfal.

Permanece dos días en La Habana. Fotografía gente en las calles, miembros del Movimiento 26 de Julio que intentan aparentar que controlan la situación y se les ve temerosos y desafiantes; de pronto todo el mundo es revolucionario y todo el mundo tiene algún tipo de armas y hay disparos a cada rato porque la mayoría de las veces el que tira sabe que no le van a responder; persecuciones y tiroteos; la captura de miembros de la policía secreta de Batista y hombres muertos tirados en la acera; una muchacha descalza con un fusil viejo, y probablemente inservible, y en la composición el erotismo se impone sobre la violencia del momento; ex militares y policías presos que enfrentan una mirada amenazadora, que no se ve pero se presiente en ese cañón del springer que les apunta.

No logra escapar a la euforia de las armas y el momento. Hay una imagen que así lo muestra. Es de otro fotógrafo, Grey Villet. Sobre esta foto contó Glinn que Villet tenía un fusil y le pidió que le sacara una fotografía, lo cual hizo. Luego Villet le dijo que, a su vez, él le iba a sacar una a Glinn con el fusil, y así fue también. Pero aclara que nunca usó un arma, salvo en la Segunda Guerra Mundial (LiveJournal.com). Villet fue otro fotógrafo bien reconocido en su época, pero en una entrevista realizada en CNN, en 2002, Glinn calificó a Villet de “light photographer”, aunque ya sabemos que se trata de un gremio donde pocos se salvan de la rivalidad y la envidia, que afecta tanto a grandes como a pequeños.

Glinn no conoce la geografía de la Isla, pero se consigue un mapa y se da cuenta de que, en su marcha hacia La Habana desde Santiago, Fidel Castro tiene que pasar por Santa Clara. Va para allá y durante cuatro días se une a la caravana.

Es en Santa Clara donde toma las mejores fotos de Castro. Una con el líder revolucionario en una colina y rodeado de la tropa, tirada desde abajo, produce la misma impresión que debe haber proyectado cuando Glinn la hizo. Es la imagen del triunfo, pero no de un hombre, un caudillo que confía en la victoria, sino del guerrillero que sabe tendrá que imponerse a la fuerza: produce más temor que alegría, respeto que regocijo.

Nadie como Glinn supo reunir en imágenes a los cubanos de entonces, que durante toda la insurrección habían permanecido en sus hogares, temerosos y preocupados por sus familias, y los rebeldes que volvían de las montañas; la vida cotidiana y lo insólito de una revolución.

Debe haber recordado toda su vida esos días extraordinarios. Décadas después volvió a Cuba, para una exhibición de sus fotos del triunfo de la revolución, y retrató de nuevo a Fidel Castro.

En 2005, tres años antes de su muerte, se celebró una exposición de sus fotografías de la revolución cubana en la George Eastman House, en Rochester. Tres años antes, en 2002, otra exhibición con el mismo tema había sido presentada en la Americas Society, New York. Ese mismo año salió publicado su libro: Havana: The Revolutionary Moment.

No es que faltaran momentos importantes en la vida de un hombre que fue presidente de la agencia Magnum, recibió numerosos premios y distinciones y fotografió la cabeza de Nikita Khrushchev frente a la estatua de Lincoln en Washington, en la que es quizá su foto más conocida. Pero es que una revolución no sucede con mucha frecuencia.

Además de en su libro, las mejores fotos que Glinn tiró en Cuba se encuentran en el sitio en Internet de la agencia Magnum, donde también hay una buena exhibición de fotografías por el 50 aniversario del triunfo de la revolución cubana.


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