Actualizado: 23/08/2017 14:28
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Judíos, Revolución francesa

Y la Revolución francesa emancipó a los judíos

El abanderado de la causa judía fue el abate Grégoire, junto con Maximilien de Robespierre. Marat, por su parte, casi se opuso, alegando que no tenía opinión en un tema “tan pueril”

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Todos los derechos se invitaron a la Revolución francesa: los de los esclavos, las mujeres, los homosexuales y los judíos.

En agosto de 1789, se proclamó la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano. Un año después, en 1790, circulaba una carta anónima: “Los hijos de Sodoma en la Asamblea Nacional”. Pedían estar “todos unidos en nombre de la libertad”. El grupo “gay” fue apodado “la orden de la manchette”. Bajo el liderazgo del duque de Noailles, se presentó en la Asamblea a reclamar sus derechos. Quisieron proponer leyes que mejorasen el estatus de los homosexuales en nombre de los derechos del hombre. Al menos, lograron que el código penal de 1791 no mencionase las “costumbres contra natura”. El mismo Condorcet agregó en el código que la sodomía no era una ley criminal, ya que no violaba el derecho de ningún hombre. Esta despenalización de la homosexualidad produjo un cambio radical, del que acaso proviene toda la posterior lucha de los homosexuales.

Más tarde, bajo Napoleón, hubo notable permisividad. Cambacérès, alto funcionario del corso y muy estimado por él, era abiertamente “gay”. Además, en el Gran Ejército del Emperador los homosexuales eran tolerados.

Cambacérès, archicanciller del Imperio, solía llegar tarde a los encuentros con Napoleón. Se disculpaba aduciendo que las damas lo retenían. El corso le respondía: “Si usted tiene cita con el Emperador, dígale a esas damas que tomen sus bastones y sus tricornios y que se vayan”.

Las mujeres, no obtuvieron el derecho al voto. Pero nació el feminismo. Aunque no se limitó a su figura, Olympia de Gouges fue la precursora del feminismo. Sin contar a aquellas que no sin frecuencia irrumpían sobre todo en la Convención (y hasta una manifestación feminista tuvo lugar en las calles de París), Olympia de Gouges redactó e hizo circular en 1791 una Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. Sin embargo, la Revolución francesa no fue feminista. A la hora de guillotinar, eso sí, las mujeres estuvieron en absoluta igualdad de derechos con los hombres. Pasaban por la cuchilla lo mismo a aristócratas (y la última mujer guillotinada, en la mañana del 9 de Thermidor, fue la princesa de Mónaco, antepasado de la actual familia Grimaldi), que a las que consideraban adversarias políticas (sea por sí mismas, o por ser esposas de previos guillotinados), que a monjas o a simples “mujeres del pueblo”, víctimas de la política de “sospechosos” y de las delaciones durante el Terror. En lo que respecta a la pobre Oympia de Gouges, ella misma se puso el cuchillo en el cuello. El artículo 10 de su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, decía: “La mujer tiene el derecho de subir al cadalso, como tiene el derecho de subir a la tribuna”. Por su activismo político, pasó por la Máquina (como la llamó Alejo Carpentier en El siglo de las luces) el 3 de noviembre de 1793.

En lo que se refiere a los judíos, ya en mayo de 1789 (la Bastilla fue tomada el 14 de julio de ese año, como nadie puede ignorar), la Asamblea había comenzado a dedicarle atención al asunto de su situación en el reino. El debate transcurrió en el espacio de 31 meses, las horas de discusiones fueron 40 en total; participaron al menos 30 de los 1315 diputados. El abanderado de la causa judía fue el abate Grégoire, junto con Maximilien de Robespierre. La batalla por la emancipación de los judíos había comenzado. Marat, por su parte, casi se opuso, alegando que no tenía opinión en un tema “tan pueril” como ese del que se ocupaba la Asamblea. El abate Maury, antijudío, contrario a la Revolución y monárquico, se opuso a la liberación de los israelitas, y Marat lo aplaudió: “Lo más profundo que el abate Maury ha expresado es su intervención contra los judíos”. Pero, a la postre, Marat estuvo de acuerdo en otorgarles la ciudadanía. Camille Desmoulins, prefirió hacer un chiste: “¿No es el colmo del absurdo el que haya que justificar un prepucio para ser elegible?”

Robespierre, desde el principio, se había situado en el campo de la “extrema izquierda”, el más “demócrata”: se había alineado lo mismo con los judíos que con los negros, para que se suprimiese la esclavitud. Cuando el abate Maury dijo que los judíos no podían ser declarados ciudadanos porque se negarían a pelear en el ejército y a trabajar durante el Shabbat, le respondió: “Les han dicho sobre los judíos cosas infinitamente exageradas y con frecuencia contrarias a la historia. ¿Cómo se ha podido perseguirlos, cuándo han sido víctimas del acosamiento por parte de numerosos pueblos? Son, por el contrario, crímenes nacionales que debemos expiar, por medio de otorgarles los derechos inalienables del hombre, lo que ninguna potencia podrá quitarles. (…) Démosle la felicidad, la patria, la virtud, por medio de concederles la dignidad de hombres y ciudadanos; pensemos que jamás podrá ser un acto político, no importa lo que se diga, condenar a la servidumbre y a la opresión a una multitud de hombres que viven entre nosotros”.

La elocuencia de Robespierre fue, no obstante, estimada como “poco convincente” por el Moniteur. Pero el abogado de Arras finalmente venció: el decreto de la emancipación de los judíos fue aprobado por la Asamblea Constituyente en septiembre de 1791. Se iniciaba, en la modernidad, el acto que también conduciría a la asimilación de los israelitas, lo que no dejaría de tener consecuencias para el propio judaísmo.

Si bien en vísperas de la Revolución, la suerte de los hebreos no interesaba a los franceses (fuera de algunos espíritus “iluminados”, como Mirabeau, o de líderes judíos como el insigne patriarca Cerf-Berr, síndico de los israelitas de Alsacia, y Berr Isaac Berr, síndico en Lorena), la convocatoria a los Estados Generales (abiertos en Versalles el 5 de mayo de 1789) había puesto la cuestión sobre el tapete: los judíos, ¿no eran franceses?; si la convocatoria se extendía a “todos los habitantes”, ¿no tenían ellos que enviar también a sus delegados?

Fue el abate Grégoire quien había aprovechado la oportunidad. El 23 de febrero de 1789 le escribió a Isaac Berr Bing, de Metz: “Dígame, mi querido amigo, en vísperas de los Estados Generales, ¿no debería usted reunirse con otros miembros de vuestra nación para reclamar los derechos y las ventajas de los ciudadanos? Más que nunca, es ahora el momento”.

Necker se opuso a que los judíos participaran como electores. Pero Cerf-Berr reaccionó hábilmente: los judíos no estarían en las asambleas electorales junto con los cristianos, sino que eligirían directamente algunos diputados que los representasen. Necker no respondía, y como Cerf-Berr no era precisamente un desconocido en la corte de Versalles, le escribió personalmente al ministro de Louis XVI (y padre de Madame de Staël): los derechos de los judíos eran los de la “humanidad oprimida”. De modo que diputados cristianos serían designados por los judíos para promover sus intereses en los Estados Generales. El escogido, naturalmente, era ¡el abate Grégoire!, investido como el defensor de su causa en la Asamblea Nacional.

La Declaración de los derechos del hombre, votada entre el 20 y el 26 de agosto de 1789, precipitó el panorama político: todos los hombres nacían y permanecían libres e iguales en derechos, comprendido el de la “opinión religiosa”.

El abate Grégoire no cesaba de intervenir en la Asamblea, en ese tórrido mes de agosto: en tanto “religioso”, pedía que todos los hombres fuesen considerados como “hermanos”, incluyendo a ese “pueblo proscrito e infeliz”, o sea, los hebreos.

Los judíos de París, los más revolucionarios, no tardaron en alistarse en la Guardia Nacional, hacían dones “patrióticos” y crearon su propio comité.

Fueron ellos quienes respondieron con más entusiasmo a la Declaración de derechos del hombre. Comunicaron que “al restituirle al hombre su primera dignidad, no se podía hacer distinción entre un hombre y otro”. “Para que el pueblo pierda la costumbre de mirarnos como extranjeros e indignos de merecer otra existencia, venimos a suplicarles que en vuestros decretos hagan una mención particular a la nación judía y que nos consagren así como pueblo y en nuestros derechos de ciudadanos franceses”.

El resto, para que se consiguiera el decreto de la emancipación de los judíos, como ya apuntado en septiembre de 1791, se debió sobre todo a la oratoria del abate Grégoire y de Maximilien de Robespierre.

(Cuán contradictorios podían ser estos hombres. El abate Grégoire, el incansable defensor de los derechos del hombre, fue también uno de los ideólogos de la “regeneración”, es decir, el “hombre nuevo”. Si la persona no podía ser regenerada, la Revolución estaba en peligro; los refractarios del nuevo orden debían ser aniquilados. Curiosamente, Grégoire publicó en enero de 1789 un ensayo titulado Sobre la regeneración física, moral y política de los judíos.)

Ya que los judíos eran iguales que el resto de sus conciudadanos, compartieron la suerte común a los franceses durante las turbulencias de la Revolución, especialmente en el Terror. Muchos fueron encarcelados, otros cayeron bajo la guillotina. La familia del gran Cerf-Berr fue duramente castigada; el patriarca murió en medio del Terror. Su nuero, un conocido rabino, tuvo que pasar a la clandestinidad. El problema era el ateísmo, que alcanzó su punto más alto en 1793. Arremetían contra cristianos y judíos en tanto creyentes. El culto se paralizó, tanto las iglesias como las sinagogas eran pilladas sino destruidas.

Una figura distintiva de un judío guillotinado por motivos políticos (aunque poco importaría precisar a éstos, pues guillotinaban por cualquier cosa) es la de Junius Frey. Había nacido como Moses Dobruska en Brno en 1753. Era primo del sectario Jacob Franck (1726-1791), quien pretendía ser el mesías. Dobruska se convirtió al cristianismo (¿no se bautizaban los frankistas?), fue ennoblecido y adoptó el nombre de Franz Thomas von Schönfeld. Imbuido del “espíritu universal” de la Revolución, se trasladó (como otros) a París en 1792, se cambió aun el nombre por el de Junius Frey y se hizo ciudadano francés. Fue guillotinado junto a los dantonistas, el 5 de abril de 1794. Gershom Scholem le dedicó su libro Del frankismo al jacobinismo.

¿Fue el jacobino Junius Frey un agente frankista “infiltrado” en la Revolución?

Varios entre los frankistas vieron un mesías potencial en Napoleón Bonaparte. Lo cierto es que, como Emperador, hizo un decreto concerniente a los judíos en 1806: la antesala del Gran Sanedrín que se inauguró el 9 de febrero de 1807. Lo que hizo del judaísmo la tercera religión de Estado (la otra era el protestantismo), y esa organización efectuada por el corso es todavía la base del judaísmo francés en la actualidad.


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