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Actualizado: 18/09/2014 13:18
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Las voces que apuntalan al poder en la Cuba de hoy: ¿Por qué no piensan? ¿Qué les ha conducido a ignorar las más sencillas evidencias del mundo actual?

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Las voces que apuntalan al Poder en la Cuba de hoy se diagnostican como víctimas de un oscurantismo digno de las más sectarias hordas. ¿Por qué no piensan? ¿Qué les ha conducido a ignorar las más sencillas evidencias del mundo actual? ¿Cuáles apoyaturas filosóficas pueden argüir, tras convertirse el marxismo-leninismo en una obsoleta catástrofe, tras la contextualización del ideario martiano en las últimas décadas del siglo XIX, de donde nunca debió extraerse, manipularse? ¿Qué les queda del nacionalismo-mesianismo? ¿Cómo entenderlos?

Pensadores temerarios (Los intelectuales y la política), de Mark Lilla, me servirá de base para el análisis, no sólo porque el discípulo de Daniel Bell es un reconocido experto en el tema, y al menos el popularizador del calificativo: "filotiránico", sino porque su caracterización cala hondo en los atributos que distinguen a los adictos al Poder.

El trágico caso de 'los viejos'

Advierto que excluyo dentro del país a la mayoría de los aplaudidores, y desde luego a los que callan. No entran aquí el oportunismo y el instinto de conservación, quizás consustanciales a la especie y casi seguro que engendradores de estructuras represivas. En su monumental Masa y poder, Elías Canetti se encargó de retratar el fenómeno, y sobran los ensayos y crónicas sobre sociedades represivas —todas, en alguna medida—, entre ellas la cubana —en mayor medida, sólo homologable a Corea del Norte, los fundamentalismos islámicos y China—.

Los escritores cubanos oportunistas y miedosos son demasiado obvios, groseramente ostensibles, aunque los matices dentro de ellos se multiplican. Menciono apenas dos, por la sutileza: ¿No es una forma de oportunismo —"bañarse y guardar la ropa"— aceptar una medalla otorgada por una entidad estatal o formar parte de una delegación oficial a una feria del libro? ¿No es una forma del miedo afirmar un desinterés por la política?

Pero nuestro tema es los que dan su voz al Estado totalitario cubano, aunque hay inferencias válidas para cualquier intelectual en cualquier parte del planeta, sobre todo para amanuenses y edecanes que no actúan como mercenarios, sino que lo hacen por honrada convicción, por creencias —pocas ideas— que los convierten en voces del Poder.

El caso más trágico es el de los viejos: los coetáneos de los hermanos Castro y de los comandantes guerrilleros. El primer argumento de la adhesión es el tiempo que llevan, la vida que se les ha pasado justificando el prontuario "revolucionario" (sic). Ante la cercana muerte, optan por aferrarse. Prisioneros de medio siglo, la ancianidad les ha caído con padecimientos físicos que inconscientemente evitan recrudecer con los espirituales.

Aunque el centro —como enseña Mark Lilla— es mucho más complicado. Para focalizar la adicción filotiránica analiza documentadamente los repelentes casos de Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Alexandre Kojéve, Michel Foucault y Jacques Derrida. El "Epílogo" lo titula con razón "La seducción de Siracusa". Sus precisas reflexiones —claro que cernidas— ayudan a entender los casos cubanos.

Aunque sólo algunos de ese pequeño grupo de intelectuales que han empeñado para siempre su voz, merecen las palabras de Karl Jaspers con las que Lilla cierra el prefacio: "A pesar de mi distancia, siento afecto por todos ellos: diferentes tipos de afecto, puesto que eran muy diferentes unos de otros. No obstante, este afecto nunca se transforma en amor. Es como si quisiese implorarles que dedicasen lo más elevado de su pensamiento al servicio de mejores poderes. La grandeza intelectual se transforma en objeto de amor únicamente cuando el poder al que se vincula posee en sí mismo un carácter noble".

Para él la adicción filotiránica que analiza en ciertos intelectuales europeos del pasado siglo necesita de "un estómago verdaderamente fuerte" para asumir "la empresa de escribir una historia intelectual honesta del siglo XX". Y añade: "quien lo haga necesitará además otra cosa: vencer su repugnancia para poder
meditar sobre las raíces de este extraño e indescifrable fenómeno".


Abel Prieto, ministro de Cultura, y Fidel Castro, en una imagen de archivo. (AP)Foto

Abel Prieto, ministro de Cultura, y Fidel Castro, en una imagen de archivo. (AP)

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