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Actualizado: 24/10/2014 17:24
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Las voces que apuntalan al poder en la Cuba de hoy: ¿Por qué no piensan? ¿Qué les ha conducido a ignorar las más sencillas evidencias del mundo actual?

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Entre zanahorias y latigazos

Aún está por hacer esa historia en Cuba, tal vez a la espera de que el fin de la dictadura permita una visión menos apasionada, tal vez a la espera de que alguno de ellos reflexione tras el fin en los garrotazos que le infligió a su nación. Y ya existen indagaciones que facilitarán la higiénica labor, como el reciente libro de Rafael Rojas: Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano.

"¿Qué ocurre en la mente humana que la hace capaz de proclamar la defensa intelectual de un régimen dictatorial (...)? ¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental —iniciado con la crítica de la tiranía que hace Platón en La República y con sus fracasados viajes a Siracusa— ha llegado a este punto en el que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso?" —se pregunta Lilla.

Lo mismo podríamos preguntarnos respecto de esos escritores cubanos que evitan el tema ante la falta de argumentos, lo reducen al sueño quimérico de los años sesenta o lo desvían hacia las penurias del planeta; como si la corrupción política y las ofensivas desigualdades económicas y sociales en algunos países latinoamericanos, o los errores de Estados Unidos al Sur del río Bravo, justificaran el desastre al que están adheridos.

Pero a veces —recuerdo bien algunas de aquellas discusiones en La Habana— los argumentos justificativos de la tiranía son menos burdos. Quizás el más socorrido como justificante es la propia historia de Cuba, como si la democracia fuera un mito, una suerte de quimera usada por demagogos. Arguyen la necesidad de un gobierno duro como una transitoria necesidad frente al "imperialismo yanqui" (sic) y sobre todo frente al propio "pueblo" (sic) inculto, no acostumbrado a dirigirse, urgido de una élite —en este caso formada por un sólo hombre— que la conduzca a la "tierra de promisión" entre zanahorias y latigazos.

Lo triste —si no fuera siniestro— es que las voces adscritas al Poder arman su palabra ante ellos mismos como si confrontarlas fuese un acto heroico, la ceguera llega al punto de celebrar la victoria antes del juego, porque en realidad no aceptan juego alguno. De antemano cierran las entendederas, aunque los más sutiles aducen leves críticas a cuestiones secundarias — riñen a la cadena, nunca al orangután—, jamás se lanzan contra el caudillo o contra las estructuras básicas del sistema, es decir, contra las causas esenciales que han llevado a la mayoría de mis compatriotas a un pesimismo desolador, a no esperar nada bueno de nadie.

El impulso religioso

Las respuestas a tal determinación —suicida en el campo filosófico— Lilla las desarrolla en ascenso: "El primer impulso (...) es detenerse en la historia de las ideas, a partir de la convicción de que existen raíces intelectuales comunes tanto a la filotiranía intelectual como a las modernas prácticas despóticas" —sostiene en el epílogo. Pero de inmediato zarandea tal axioma, que remite a Isaiah Berlin, por considerarlo polarizante.

Desde esa perspectiva de "rechazo a la diversidad y el pluralismo", los principales fundamentos confluyen en que "todos los interrogantes morales y políticos tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras".

"Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulags y los campos de exterminio" —añade. En Cuba agregaríamos los mítines de repudio a disidentes, ordenados por el Partido a sus "Brigadas de Respuesta Rápida", las celdas de la Seguridad del Estado, los juicios sumarios, largas condenas en cárceles mugrientas, el siempre engrasado paredón de fusilamiento para militares —el Poder real— traidores al líder.

Otra explicación de la voluntad filotiránica de ciertos escritores se halla en el impulso religioso, y de hecho no contradice el espíritu iluminista sino que define mejor el fenómeno. Se apoya "más en el impulso religioso que en los conceptos filosóficos, más en la fuerza de lo irracional en la vida humana que en las pretensiones de la razón".

Norman Cohn parece haber delineado la tendencia, al comparar las "fantasías escatológicas" de los siglos XI y XVI con las del XX. Lo indubitable es la presencia de "Un nuevo fervor religioso y unas nuevas esperanzas mesiánicas", un sucedáneo de la religión, "en el que el hombre moderno vuelca su fe tradicional en el más allá".

Me limito a recordar que tanto Castro —como Lenin— tuvo una formación con los jesuitas. Me limito a informar que casi todas los escritores que han ofrendado su voz a la tiranía o son católicos practicantes como Fina García Marruz, Cintio Vitier y Eusebio Leal, o pasaron del catolicismo al tropical marxismo "calibanesco" impuesto por Yo, el supremo. Fe por fe. Más del sucedáneo. Carisma y carisma.


Abel Prieto, ministro de Cultura, y Fidel Castro, en una imagen de archivo. (AP)Foto

Abel Prieto, ministro de Cultura, y Fidel Castro, en una imagen de archivo. (AP)

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