Actualizado: 23/02/2017 19:07
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Literatura rusa, Pasternak, Literatura

En elogio a “El doctor Zhivago”

La novela donde es protagonista el ciudadano que no participa en la construcción del futuro, que simplemente lo padece, aunque no lo rechaza de forma enfática y mucho menos se le opone, que se limita a sufrirlo

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La novela El doctor Zhivago debería ser lectura obligatoria, no solo de los escritores, y aspirantes a serlo, sino de todos los cubanos. Probablemente nunca lo sea, y es una lástima.

Vista bajo una perspectiva actual, vuelve la pregunta, que incluso en su momento de publicación en Occidente se hicieron muchos: ¿por qué esta novela provocó tanta ira al poder soviético de entonces, si está muy lejos de ser una crítica despiadada al triunfo de la Revolución de Octubre, ni tampoco de los años posteriores en que supuestamente se intentaba construir el socialismo en Rusia y las repúblicas adyacentes? ¿No tuvo razón el otro Vladimir —Nabokov—, que siempre rechazó al libro y lo consideraba una forma sutil de propaganda bolchevique?

La respuesta actual es que el Kremlin tenía razón en sus ataques demoledores. Zhivago continúa siendo no solo una obra aplastante contra la instauración de la llamada “dictadura del proletariado” en la desaparecida Unión Soviética, sino un alegato demoledor en el rechazo a cualquier utopía que esgrima la causa de la justicia social, al tiempo que la mejor reivindicación de aquellos que se ven sometidos al triste destino de vivir una época heroica, donde eso que —como apelativo deforme o simplemente condición humana— suele llamarse individuo: el ciudadano, la palabra que por años fue empleada para caracterizar a quienes quedaban excluidos del nuevo orden social, los que por renuencia o voluntad del Estado no eran considerados dignos de ser llamados “compañeros”.

Solo ahora —y más allá de Solzhenitsin—, con la publicación de los libros de Vasili Grossman, que contienen una visión mucho más amplia y desgarradora de lo sucedido, resulta posible encontrar narraciones que marquen más definitivamente al lector sobre lo sucedido en ese enorme desastre humano que significó el intento vano de edificar el comunismo ruso.

El doctor Zhivago es, por antonomasia, el ciudadano que no participa en la construcción del futuro, que simplemente lo padece, aunque no lo rechaza de forma enfática y mucho menos se le opone, que se limita a sufrirlo.

En un país como Cuba, donde la épica revolucionaria ha quedado relegada a una narración desvalida, que de forma repetitiva llena cotidianamente las páginas sin suerte del diario oficial, la sustitución de lo heroico se ha consumado en la descripción de la miseria, el exaltar la ironía en forma de sainete y el desparpajo —saludable, pero repetitivo— que describe el caos imperante. En el cine, la literatura y el arte, la resignación, la abulia y el desencanto llenan todos los espacios. Es necesario entonces recurrir a Zhivago para buscar la esperanza, a esa novela triste y luminosa donde el protagonista, de forma callada, reafirma en cada momento su lucha por su condición, aun a costa de su destrucción física.

Esa terquedad a no dejarse consumir por un fanatismo elemental, pese a reconocer las iniquidades que llevaron a la Revolución de Octubre, esa renuencia tanto a integrarse al proceso como a participar de una contrarrevolución entre cuyos miembros —por su posición social de origen— era lógico que se identificara, ese continuar viviendo entre una época que se destruye, y otra que él no puede predecir que será perecedera, pero que sabe no le corresponde y ante la que tampoco logra albergar simpatía alguna —no por el lógico rechazo de clase sino por lo que significa de aplastamiento a la individualidad.

Si bien es cierto, como con razón señalaba Nabokov, que en cuanto a estilo literario la novela de Borís Pasternak es una obra demasiado apegada a la narrativa del siglo XIX, anticuada y melodramática por momentos, su dimensión moral, al considerar a cualquier mesías revolucionario como un fanático, y por lo tanto como alguien con una condición espiritual atrofiada, mantiene plena vigencia, en especial en Cuba donde el culto por la historia —que en realidad siempre ha sido un culto a la personalidad de Fidel Castro— se mantiene como una prueba de la “legitimidad de origen” del régimen.

Ahora que en la Isla la tragedia marcha junto con la farsa, nada más conveniente que una lectura o relectura de El doctor Zhivago, una novela que es, sobre todo, una gran historia de amor, pero también de perseverancia del individuo en su dimensión más humana y también —¿por qué no decirlo?— real y verdaderamente heroica.


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