Actualizado: 26/05/2017 13:27
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Pianista, Música, Música cubana

Entrevista al pianista Daniel Herrera Cárdenas

Mis sentimientos: este álbum lo cuidé mucho, lo he bordado con todas las ganas que el amor afianza”

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El pianista Daniel Herrera Cárdenas (La Habana, 1962) llegó a México en 1994 a impartir un curso de música en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el seminario duraba seis meses: “Ya llevo viviendo aquí 23 años, este es un país que te enamora. Aquí estoy, aquí amo”, confiesa este mulato conversador, afectuoso y elegante, quien ha convertido al bolero cubano/mexicano, a la canción yucateca y a la trova cubana en su morada: cada día se levanta con una tonada en los labios y las manos listas para acariciar las teclas de su piano. Por estos días, comparte su más reciente fonograma, Mis sentimientos (Producción Independiente, 2017), donde el bolero latinoamericano se enarbola en un lienzo coloreado por vibraciones del alma.

El bolero, crónica de azares recurrentes: los principales países cultivadores (Cuba, México, Colombia, Puerto Rico, Dominicana, Venezuela…) hilan una red manchada por las tintas suplicantes del deseo. El mar Caribe, cómplice y testigo, baña con sus espumas el desborde de la pasión que nos define como animales que amamos. “Tristeza” (1883), del trovador santiaguero Pepe Sánchez, marca el nacimiento de esta modalidad: no cabe duda, esa composición resume y presenta “la manera del ritmo cantable y danzario que luego recorrería en serenatas y reuniones, las esquinas de Santiago de Cuba” (Helio Orovio).

Pero se debería precisar que ya desde los años 30 del siglo XIX hay noticias de esta forma musical y, como refiere Natalio Galán (Cuba y sus sones, 1983), en muchas canciones cubanas y yucatecas se hace evidente la presencia del pasacalle, heredado de la música europea (siglo XVII), con variaciones armónicas de atractiva obstinación rítmica creada en compás de 3 por 4 (la chacona), como preámbulo de eso que hoy conocemos como bolero.

La primera vez que vi a Daniel Herrera, la noche era su refugio: cantaba un bolero de Vicentico Valdés y del piano salían notas cuarteadas en la añoranza: “Los aretes que le faltan a la luna / los tengo guardados para hacerte un collar / los hallé una mañana en la bruma / cuando caminaba junto al inmenso mar”. Terminó de ejecutar el tema que la Sonora Matancera impuso en los años 50 y como respuesta a los aplausos emitió una sonrisa de elegante ternura que las luces del lugar convirtieron en seña de gratificación.

Luis Tukio, gerente del bar donde cada quien se sabía un bolero de memoria y se paraba a modularlo frente al micrófono como una confesión, me llevó a su mesa: hicimos amistad rápidamente. Le dije que adoraba a Vicentico Valdés y que ese bolero era uno de mis favoritos. Me resumió su vida: “Soy habanero, nací en 1962. Mi madre me puso a estudiar piano. Soy graduado del Conservatorio Amadeo Roldán y del Instituto Superior de Arte de La Habana. Descubrí a Europa muy joven porque fui barítono del Coro Nacional de Cuba y clavecinista de la Orquesta de Cámara de La Habana”.

Nuestra afinidad se fue agrandando entre la algarabía y las consonancias. Me di cuenta que el amor por la música uniría nuestro destino: “Me interesa la Trova de Yucatán y sus vasos comunicante con el bolero de Santiago. Ernesto Lecuona es mi santo guardián; y los boleros del filin, mis oraciones”, me dijo casi en susurro al oído, y se volvió a subir al escenario porque la gente quería que cantara “Tú, mi delirio”, de Cesar Portillo de la Luz. José Antonio Méndez irrumpió en su voz de calurosa recitación y “Novia mía” acurrucó a más de una pareja de enamorados. “Palabras”, de Marta Valdés, se abrió paso en el recelo: “Palabras, / quisiste con palabras engañarme / fingiendo comprender mis sentimientos, / fingiendo que tenías corazón”. Sí, me di cuenta que nuestro afecto correría por los pasajes de la música.

Lo he visto con su piano enunciando boleros y canciones en el Poliforum Siqueiros, El Candelero de la avenida Insurgentes de la capital mexicana, Museo de la Ciudad de México, Teatro Degollado de Guadalajara, La Antigua Casa de los Cantaros, Salón Rojo de Polanco, Teatro de la Ciudad… Se fue a Costa Rica a musicalizar los textos del poeta nacional Jorge Debravo. A Celia Cruz la acompañó en dos guarachas, puso su piano al servicio de Vicente Garrido para que “Una semana sin ti” calmara la espera, y con Pablo Milanés filineó la avidez de una ingrata anochecida suscrita en el desamor.

El programa Piano de Cola en TV Formula México, sensación de 2013 a 2015; y Noche de Bolero yde Sones, en Canal 11 en 2015, espoleaba a los amantes por las neblinas de la melancolía festiva. Daniel Herrera amarra sentimientos con Chopin y Lecuona. “Un bolero es un cántico cotidiano, la jaculatoria que los amantes buscan para humedecer las pretensiones. Por eso los canto”, me dijo aquella noche de 1994 cuando nos conocimos.

Daniel Herrera es un adicto de lo sentimental: con su registro medio de barítono y su piano se ha refugiado en las resonancias de las coplas que abordan los trances del amor en una trayectoria de nueve álbumes que entretejen la música de concierto, la canción popular y algunos timbres bailables cubanos. “No veo diferencia entre una cosa y la otra: soy un ferviente admirador del bolero y, asimismo, de Federico Chopin, Ernesto Lecuona, Manuel de Falla, Alexander Scriabin y Serguéi Rajmáninov, para citar algunos. Mi madre limpiaba la casa bailando el ballet Las Sílfides, de Chopin. No desdeño lo bailable: me gustan la habanera, el danzón, el son montuno, el chachachá y la timba. Mis sentimientos es un disco que cuidé mucho, lo tejí con sumo cuidado, lo bordé con todas las ganas que el amor abona”, comenta en entrevista para CUBAENCUENTRO.

Presenta usted su noveno material discográfico, Mis sentimientos, con un formato acústico en el que participan grandes instrumentistas cubanos…

Sí, opté por lo acústico: Yoanni Pino, Nicolás Lincon y Orlando Fraga son tres magníficos trompetistas; Rolando Morejón, virtuoso violinista; Ossiel Fleitas ejecuta muy bien el sax tenor y el soprano; Iván Ávila, Rafael Ramírez y Reinaldo Socarras: percusionistas, quienes conocen bien las síncopas de la rítmica cubana; Iván Naranjo, Bienvenido Capote y Juan Drake, diestros en el walking bass; y Bienvenido Capote, gran guitarrista. Se logró una fonética muy precisa la cual escolta mi voz y permite al piano proyectar clústeres muy atinados.

Repertorio de lujo: Manzanero, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Vicente Garrido, Pedro Flores, Atahualpa Yupanqui, Piloto y Vera, Lecuona, Sánchez de Fuentes… ¿Cómo fue el proceso de selección de los temas?

Quise presentar un mapa con canciones emblemáticas de Latinoamérica. También otras un poco olvidadas: “Corazón”, de Sánchez de Fuentes, y “Juventud”, de Lecuona. Hay composiciones más conocidas: “Preferí perderte”, de Ángel Jiménez, “Obsesión”, de Pedro Flores, o “Los ejes de mi carreta”, de Yupanqui. Travesía por diferentes plazas de la canción cubana, portorriqueña, mexicana y del Cono Sur.

¿Qué significó retomar dos temas de Beny Moré: “Preferí perderte” y “Te quedarás”?

Tremendo reto interpretar dos boleros que nadie volverá a vocalizar como el Beny. Lo asumí tratando de no parecerme a él y, a la vez, recreando algunos de sus portes en el fraseo. Beny es único: gran bolerista y sonero mayor.

¿Está usted muy cercano a las gestualidades de Bola de Nieve?

Bola de Nieve es uno de los grandes vocalistas cubanos que labró una manera única de interpretar la canción. Un hombre que con su piano ‘decía’ boleros, romanzas, pregones y canciones del mundo. Quizás, en mi actitud de hacer lo mismo frente a un piano, mis gestos se aproximan al gran Bola. Pero, Ignacio Villa es irreemplazable, nadie como él: gran pianista, culto, informado de lo que sucedía en la canción internacional y con una gracia escénica inconfundible.

El disco toma el nombre de una pieza que Los Zafiros popularizaron: “Mis sentimientos”, de Piloto y Vera. ¿Homenaje al legendario cuarteto vocal cubano de los 60?

En este álbum están presentes mis emociones más profundas, de ahí el título. Recuerdo, por supuesto, a Los Zafiros y la fabulosa interpretación que hacía Eduardo Elio El Chino Hernández tan llena de nostalgia y dolor.

¿Por qué dos musicalizaciones suyas en concordia de habanera/danzonete y letras de dos poetas mexicanas: Carmen Villoro, “Niña de ojos grises”, y Silvia E. Castillero, “Nudos”?

Primero porque son dos textos hermosos los cuales quise escoltar con esa atmósfera entre contradanza, habanera y danzonete: creo que se ajusta muy bien con la semántica de los poemas.

Destacan los arreglos de “Los ejes de mi carreta”, en tiempo de chachachá, y “Te conozco” (Silvio Rodríguez), en concordia de bolero con secuencias de Bill Evans y Miles Davis…

Decidimos trasladar los bemoles rioplatenses de Yupanqui a las cadencias del chachachá con un montuno final de indiscutible invitación bailable; en el caso de Silvio Rodríguez la trompeta hace una introducción y un epílogo muy de Miles Davis; y sí, hay una actitud en mis digitaciones que están cercanas a Bill Evans. Estoy de acuerdo, creo que son dos orquestaciones que sobresalen en el disco.


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