Actualizado: 18/08/2017 11:02
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

La cárcel del poeta

Jorge Olivera Castillo: “La poesía fue el remedio, diría que más eficaz, para aliviar la soledad del cautiverio”

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Jorge Olivera Castillo, poeta, narrador, editor de televisión y periodista, nació en La Habana en 1961. Ha publicado los poemarios Confesiones antes del crepúsculo (Miami, Estados Unidos, 2005), En cuerpo y alma (Praga, República Checa, 2008), Cenizas alumbradas (Varsovia, Polonia, 2010), Sobrevivir en la boca del lobo (Madrid, España 2012), y Tatuajes en la memoria (Praga, República Checa, 2013). Asimismo, Olivera ha dado a conocer los libros de cuentos Huésped del infierno (Cádiz, España 2007) y Antes que amanezca y otros relatos (Buenos Aires, Argentina 2010). Una parte de su obra se ha traducido al checo, polaco, inglés, italiano y francés.

Trabajó como editor de la televisión oficial cubana desde 1983 a 1993. Ha publicado artículos y comentarios en medios de prensa de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. En 2009 le fue otorgada una beca en la Universidad de Harvard como parte del programa Writers at Risk. Es el presidente y uno de los fundadores del Club de Escritores Independientes de Cuba, fundado en mayo de 2007. Entre las distinciones que ha recibido se halla el Premio Nacional de Literatura Independiente (2014), que auspician varias instituciones culturales cubanas en el exilio.

Hace más de dos décadas que Jorge Olivera Castillo pasó a las filas de la disidencia. Fue uno de los encarcelados en la llamada Primavera Negra de 2003 —cuando, en la Isla, él se desempeñaba como director de la agencia de prensa independiente Habana Press— y pasó 22 meses en prisión. Actualmente se encuentra bajo una Licencia Extrapenal por motivos de salud. El régimen existente en Cuba le ha dado un permiso para salir de la Isla por una sola vez.

Olivera Castillo habló con CUBAENCUENTRO acerca de la reciente publicación, por parte de Neo Club Ediciones, Miami, de su poemario Quemar las naves y asimismo sobre sus experiencias en las cárceles castristas.

Llama la atención que, no obstante tu condición de expreso político —con todas las pasiones que esto podría desatar—, en Quemar las naves —tu libro más reciente— la mayoría de los versos tienden a la reflexión, quizás a lo universal o existencial, y en sumo grado abordan el asunto poético como indirectamente, con notable fineza. ¿Voluntad de estilo o de propósito, de modo que estarías consciente de que eso que algunos llaman “registro poético”, en tu caso no comulga con la llamada poesía social o patriótica o épica?

Al utilizar la poesía como vehículo expresivo, todo creador genuino debe respetar los presupuestos estéticos del género. Cuando esto falla, el producto final es un amontonamiento de palabras que no causarán el menor impacto en los destinatarios. No obstante, creo en la sencillez al momento de expresarse poéticamente. Soy un admirador del estilo conversacional. La mayor parte de mi obra está escrita en verso libre y es de alguna forma deudora de grandes exponentes del conversacionalismo en Latinoamérica como Bendetti, Parra, Sabines, Paz, Neruda y Borges.

Aunque mi existencia se ha desarrollado en un entorno hostil, sobre todo después que elegí el camino de la crítica abierta al totalitarismo, mi obra no hace hincapié en el denuesto político. Tengo textos alusivos a este asunto, pero escritos en un tono que esquiva el panfleto. Rehúyo ser demasiado patriótico y mucho menos épico. La patriotería y el mal gusto se entienden muy bien.

A lo largo de los 50 poemas que conforman Quemar las naves hallamos, en uno y en otro, alusiones a la noche como factor poético o de inspiración diríamos. ¿Quisieras aportar algo sobre esta peculiaridad?

En cuanto al reiterado uso de la noche como factor poético, esto responde a una visión dualista que parte de una lógica, según mi punto vista, perfectamente comprensible.

En las noches surgen sueños y pesadillas. Puede ser el fundamento de la ternura y la animosidad. El origen de la satisfacción y la melancolía. En fin, encierra las tesis y sus antítesis. La noche puede ser el trasfondo de una romántica escena de amor bajo la luz del cuarto menguante, pero también el momento para evocar los Mitos de Cthulhu, el Gato Negro y los Archivos del doctor Hesselius, que nos legaron Lovecraft, Poe y Le Fanu, respectivamente.

Otros rasgos que en mi opinión definen el poemario que nos ocupa son la sabiduría —entendida como el resultado del tránsito por el vivir, no de lo obtenido mediante lo libresco— y esa intención de apresar el tiempo o al menos de llenarlo de toda la acción humana posible. ¿Acaso, en lo que se refiere al hombre propiamente, no al poeta, estas condiciones son el resultado de tu ya larga lucha por la libertad de tu país, o en cambio, digamos, son características que siempre han definido al poeta y al hombre?

Gran parte de mi obra poética trasciende el ámbito individual. Es decir, reflexiono, me expreso utilizando como punto de partida el ser humano en medio de sus complejidades existenciales. Me interesa el axioma, darle al verso cierto sentido filosófico sin caer en las redes del culteranismo.

Ante todo busco comunicar mis ideas de la mejor manera, siempre cuidando de no vulnerar las reglas del buen decir. No se debe sacrificar la estética, aunque se utilicen las terminologías del lenguaje coloquial. La belleza es y será un elemento consustancial a la verdadera poesía, más allá de temas y estilos.

Sin dudas, las circunstancias que me han acompañado desde 1993, año en que tomé la decisión de convertirme en un crítico a cara descubierta del sistema comunista, han influido en mi obra. El asunto es hacerlo sin estridencias que amenacen los valores del poema como obra arte. Esto requiere madurez y sabiduría, imposibles de alcanzar sin la constante lectura y relecturas, y en una genuina liberación del espíritu. Esto último implica, entre otras cosas, derribar los muros del miedo. De lo contrario, el producto final podría ser una especie de realidad virtual, una forma de perpetuar la mediocridad, una estafa a los lectores, un suicidio profesional.

En un cuarteto de versos de este libro consta: “Soy el que se balancea en la cuerda floja/ el que no se va a caer/ y avanza hacia la luz/ aunque resoplen las tinieblas”. ¿Aplicas esta sentencia a tu vida íntima o con ella aludes a tu condición de luchador por la democracia para Cuba?

Mira, la ilusión debe verse como un elemento tangible y no como una fugaz humareda. De no ser así, terminaríamos presa del alcoholismo y las depresiones, dos de los padecimientos que sientan las bases para ahorcarse o lanzarse desde una azotea.

Siempre hay una salida a los problemas. El asunto radica en descubrir la puerta, bien solo o con la ayuda de alguien. Muchas veces creemos que somos el ser más desafortunado del mundo, pero esto en muchas ocasiones se trata de una sensación distorsionada. Yo puedo ser pesimista en ciertos momentos. El error es atornillar mis pensamientos a esa condición. Tenemos que aprender a lidiar con las desgracias. Sacarle un tramo de ventaja en la carrera que nos impone la vida.

A mí me ha tocado caminar sobre la cuerda floja innumerables veces. Nunca pienso en que voy a perder el equilibrio, al margen de las sacudidas. Avanzo a tientas y sin malla de protección. Es difícil, pero se aprende.

Asimismo, en un trío de versos de Quemar las naves, reza: “No nos estamos quedando ciegos/ el asunto es que el mundo oscurece/ sin remedio”. ¿Pesimismo? ¿Falta de “fe en el mejoramiento humano”; fe que resultara una de las divisas fundamentales del Maestro, José Martí?

Definitivamente el mundo es cada vez más caótico. Hambrunas, guerras fratricidas, terrorismo, sequía, desastres naturales. Solo es posible ralentizar lo que sobrevendrá tarde o temprano: la destrucción del planeta. Paradójicamente, el inusitado desarrollo de la ciencia y la técnica ha exacerbado la desigualdad y la explotación. La ambición y las corruptelas han echado por tierra las aspiraciones de construir un mundo mejor. Revertir el proceso es harto difícil, a causa de los intereses creados por los centros hegemónicos de poder. Pese a la cruda realidad, es posible aligerar la carga de agobios. Cuba tiene potencial para mejorar las condiciones de sus ciudadanos. Liberando las fuerzas productivas y acabándose el monopolio estatal sobre los medios de producción, se eliminaría el racionamiento y bajarían los niveles inflacionarios.

Ante una potencial apertura, temo que el capital transnacional pacte, con los herederos del castrismo, el establecimiento de una economía de mercado sin garantías de disfrutar los derechos políticos. Algunos lo ven como un avance. Yo no estaría tan seguro de eso.

No obstante esta visión cuasi apocalíptica, hay que insistir en ver más allá de los sobresaltos y las incertidumbres sin sedantes ni deseos de convertirnos en protagonistas de nuestra propia muerte. La felicidad puede disfrutarse a retazos y de muchas maneras, en este gradual derrumbe de la civilización.

¿En qué lugar de tu obra poética colocarías Quemar las naves?

Me abstengo de darle una ubicación a Quemar las naves, como a los otros cuadernos que he publicado. Me siento satisfecho con el resultado final y eso es lo que cuenta. Asimismo, estoy consciente que el aprendizaje nunca termina y que, claro, jamás escribiré la obra perfecta. Lo que te puedo decir es que no será mi último poemario. Aún no me he “secado”. Puedo continuar interrogando a la vida y sus misterios.

¿El presidio político espoleó tu dedicación a la poesía?

Definitivamente. La poesía fue el remedio, diría que más eficaz, para aliviar la soledad del cautiverio. Fue mi fiel acompañante en la largueza de las noches bajo el mosquitero, en compañía de la desfalleciente luz que brotaba del único bombillo, empotrado en la parte superior de la puerta semitapiada. Tuve la dicha de que los carceleros no me prohibieran el uso del lápiz y el papel. En lo que sí no transaron fue en entregarme una mesa y una silla. Mi petición tuvo por respuesta una mueca de desprecio seguida de una ráfaga de silencio puro.

Tenía que arreglármelas para escribir las cartas y los poemas que revoloteaban en mi imaginación. De vez en cuando recuerdo aquellos días, fueron casi nueve meses en una celda de tres metros de largo por dos de ancho, en que tenía por inodoro un agujero circular en el piso y en la parte superior un tubo que despedía un agua fangosa con la cual debía saciar la sed y “bañarme”.

Mi existencia era un poema trágico. La muerte en vida. No sé como el ser humano puede crecerse ante condiciones tan adversas. Creo que los escritores debemos celebrar la virtud de poder construir mundos alternativos que en este caso posibilitan salir, más o menos ilesos, de esas terribles situaciones que se materializan al calor de la intolerancia. Siempre quedan huellas físicas y psicológicas, pero lo importante es no haber perdido las capacidades intelectuales y creativas.

Mi compromiso con la poesía no tiene fecha de vencimiento. Aparte de ser unos de los medios favoritos para comunicar mis ideas sobre los problemas de la humanidad, desde la angustia y el pesimismo, hasta la alegría y la esperanza, fue mi tabla de salvación, la vía expedita para escaparme del ojo avizor de los carceleros, lo mismo de día que de noche. Me bastaba con convocar a las musas para el seguro traspaso al otro lado de los barrotes sin preocuparme por la hora de regreso.

¿Podrías detallar al menos someramente cómo se desarrolló el juicio en tu contra y bajo cuáles cargos te procesaron?

El juicio fue una farsa. Imagínate que la única conversación que tuve con mi abogado se produjo 10 minutos antes de comenzar la vista oral. Solo pudieron asistir mi esposa y uno de mis hijos. La sala estaba abarrotada de estudiantes de carreras militares, los cuales se hallaban vestidos de civil. Había una fuerte presencia de agentes de la policía política.

En la primera visita familiar estando recluido en el Combinado Provincial de Guantánamo, mi esposa me contó que el abogado le había confesado su nulidad profesional; es decir, que su alegato no alteraría lo decidido de antemano por los jerarcas del poder.

La fiscalía pidió 15 años de privación de libertad, pero finalmente la condena fue de 18, bajo los cargos de atentar contra la soberanía e independencia de Cuba. Se aplicaba por primera vez la conocida Ley 88, aprobada en 1998.

Por cierto, no se ha vuelto a aplicar desde entonces. Esta disposición prescribe sanciones de hasta 20 años por realizar actividades “contrarrevolucionarias”; o sea, manifestar públicamente el rechazo al orden impuesto por el Partido Comunista, independientemente de las características de la desaprobación. Una simple protesta por demandas sociales o económicas puede constituir un motivo para caer bajo el rigor de esta draconiana ley. Yo fui a la cárcel por dirigir Habana Press, una pequeña agencia de prensa independiente.

¿Cómo fueron las condiciones de tu encarcelamiento? ¿Alguna vez recibiste algún castigo “especial”?

Desde el arresto y la etapa de instrucción, que se prolongó por 36 días en una celda tapiada de Villa Maristas —el cuartel general de la Seguridad del Estado—, hubo ensañamiento. Allí conviví con tres delincuentes comunes. Las camas eran planchas de metal encadenadas a la pared, dos en cada lado. La colchoneta la entregaban a las 10 de la noche y la retiraban a las 6 de la mañana. El espacio era mínimo. Los cuatro no podíamos estar de pie a la misma vez. A esto hay que agregarle la ausencia de ventilación y el hedor que despedía el hueco donde hacíamos nuestras necesidades.

Después fui trasladado a la prisión de Guantánamo. Estuve allí poco más de un año; primero en la celda de aislamiento y posteriormente en los cubículos junto a homicidas, ladrones, estafadores, pederastas y locos.

Una vez, uno de los presos se desprendió, a sangre fría, el cuero cabelludo con un objeto cortante. Coserse la boca con una aguja mohosa y un trozo de hilo, resultó una escena a repetirse con pasmosa regularidad. Era una forma de protestar por el trato inhumano de los guardias y sus superiores. A esto hay que agregarle las peleas por cualquier motivo con sus heridos y bajas mortales.

Yo estaba a 1.000 kilómetros de mi lugar de residencia. Soy natural de La Habana. No quiero acordarme de las dificultades de mi esposa en trasladarse de un extremo a otro de la Isla. Las visitas eran cada tres meses.

De la comida, ni hablar. Pésimamente elaborada, o de lo contrario, en mal estado. En la sopa que nos daban no era raro toparse con el ojo, no sé de qué animal y trozos de piel cubiertos de pelos.

En septiembre de 2004, me trasladaron para la prisión de Agüica, en el municipio de Colón, de la provincia Matanzas, ubicada a 100 kilómetros al Este de La Habana. Otro de los centros penitenciarios de mayor rigor, donde el maltrato es a tiempo completo.

Posteriormente fui a dar al Combinado del Este, la prisión más grande de Cuba, en La Habana. De allí salí el 6 de diciembre del 2004, con una Licencia Extrapenal por motivos de salud. Es decir, que estoy en libertad condicional y por consiguiente a expensas de volver a ser huésped de lo que describo como un auténtico infierno.

¿Piensas regresar a Cuba? Si la respuesta es positiva, ¿continuarías la lucha?

Voy a regresar a Cuba, antes que expiren los dos años, el tiempo que concede la ley migratoria para quienes viajan al exterior temporalmente. Salí con un permiso especial de los carceleros, otorgado por una sola vez. O sea, que no puedo volver a salir al exterior, a menos que me indulten o me extiendan otra autorización.

La continuidad de la lucha por construir un modelo más racional y democrático es algo a lo cual no voy a renunciar. Estoy consciente de los riesgos y sinsabores, pero hace 24 años que elegí este camino y no le veo ningún sentido a abandonarlo. Creo que ha valido la pena, aunque los éxitos no sean a la medida de nuestros deseos.

¿Guardas rencor para tus carceleros?

En mi corazón no hay cabida para el odio. Ellos, de alguna manera, también son víctimas de un sistema que ha sepultado los valores y las buenas costumbres. Todos llevamos consigo una cuota de culpabilidad. El despotismo no llegó por azar. Fue un producto de confabulaciones abiertas o disimuladas, indiferencias, temores y silencios.

Nadie está exento de culpas en esta tragedia que marca la vida de cuatro generaciones. Aún una mayoría sigue agazapada en los entretelones del miedo y el cinismo.

La facultad de odiar se la regalo a mis perseguidores. Yo me liberé de esas agonías. Algún día se arrepentirán de sus perversidades y les arderá la cara de vergüenza.

¿Guardas rencor para el régimen existente en Cuba?

Yo me decanto por el desprecio, que es un término menos ponzoñoso. El rencor es un fardo muy pesado. No puedo maltratar mi psiquis llevando el rechazo a los extremos. Mis neuronas las invierto en intentar un buen poema o un artículo donde exponer facetas del desastre nacional que han causado “nuestros salvadores”.

El resentimiento sostenido, hacia algo o hacia alguien, puede conducir a cierto tipo de atrofia. Hay personas que lo disfrutan como un antídoto para contrarrestar la alarmante sucesión de adversidades. Quienes piensan así, tienen todo mi respeto. En cambio, yo mantengo inamovibles los fundamentos de mi tesis respecto al tema. Así que ni genuflexiones, ni ojerizas incontrolables contra la élite “verde olivo”.

No concibo escribir medianamente bien, con el odio espoleándome los sentidos.

¿Crees en la capacidad para el perdón?

No seremos el primer caso en la historia, en que el perdón termina siendo el epílogo de una tragedia. Al final habrá que pasar la página y mirar hacia el futuro. No todos los esbirros y cómplices pagarán sus culpas. Son decenas de miles.

El fin del franquismo, la salida del poder de Pinochet, la derrota del apartheid en Sudáfrica y la caída de los gobiernos comunistas en Europa del Este nos dan una pista de lo que podría suceder en Cuba.

Nos guste o no, parece que el castrismo se diluirá lentamente. El derrocamiento cívico-militar, que algunos barajan como el desenlace por excelencia, es una teoría que se desmorona como un castillo de naipes.

Aparte del exhaustivo control social, económico y político que ejerce el Partido Comunista y sus instituciones, el respaldo internacional a la dictadura es un hecho que no admite dudas.

Exigir reparos por las injusticias es muy lógico. Lo dramático de todo esto radica en que tales intenciones arrastran con la amenaza de pasar al fondo de las prioridades y a cumplirse, en el mejor de los casos, simbólicamente. El arresto y condena a los protagonistas de las peores vilezas, puede demorar años. Los militares argentinos que sembraron el terror en la década de 1970, son un buen ejemplo y no el único.

Yo estoy dispuesto a perdonar, pero sin olvidos. Es necesario sacar a la luz toda la podredumbre del sistema que nos impusieron a punta de pistola para que no se vuelva a repetir. Nelson Mandela perdonó, a pesar de haber sufrido todo tipo de humillaciones durante su prolongado cautiverio. Es un modelo que cuesta imitar, pero que se ajusta al sentido común. Usar las mismas armas contra sus adversarios, lo hubiera invalidado para liderar una transición que devolvió el poder a la mayoritaria población negra.

¿Cuál sería tu vaticinio en cuanto a un cambio político en la Isla?

No estoy seguro si lo que vendrá después de la tiranía de las “unanimidades”, los juicios sin garantías, las marchas de reafirmación revolucionaria y el racionamiento, sea una democracia. El régimen ha clonado la mediocridad, el sálvese quien pueda, el parasitismo social, la cotidianidad está permanentemente bajo el influjo de las bajas pasiones. Las reglas de convivencia son el cinismo y la apatía. Con ese material es complicado aspirar al establecimiento de un Estado de Derecho. Primero, es necesario educar, orientar, capacitar. Son 58 años de empobrecimiento material y espiritual. El daño es grave y por lo tanto sujeto a dilatadas soluciones. Las circunstancias obligan a moderar el optimismo a corto y mediano plazo.

¿Crees que las medidas establecidas por el expresidente estadounidense Barack Obama, que han disminuido la presión contra el régimen en alguna medida, serán positivas para el resurgimiento de la democracia en Cuba?

En realidad, ninguna política ha logrado efectos promisorios, en el sentido de debilitar o provocar la caída del castrismo. El embargo, lejos de afectar al poder, lo ha fortalecido. La victimización es un elemento mediante el cual la nomenclatura se apropia de pingües beneficios en la arena internacional. Las evidencias son harto elocuentes.

El giro dado por la anterior administración estadounidense en la política hacia Cuba, tampoco arroja un saldo positivo. La reanudación de las relaciones diplomáticas, la disponibilidad de cooperar en diversos asuntos de interés común y el otorgamiento de incentivos económicos, a partir del uso de facultades presidenciales, no han conseguido detener el paso arrollador de la maquinaria represiva. El lenguaje de la confrontación cobra nuevos bríos y los abusos contra los activistas en prodemocracia se multiplican.

Trump puede que paralice las dinámicas del acercamiento crítico, incluso es probable que aplique casi todas las disposiciones de la Ley Helms-Burton. Lo que nadie puede asegurar es que eso ayudará a un cambio del modelo dictatorial.

Avizoro, en los próximos meses, un nuevo repunte en el número de detenciones, hechos vandálicos y encarcelamientos. Todavía conservo fresco en mi memoria la detención y condena a largas penas de prisión a 75 opositores e integrantes de la sociedad civil independiente en la primavera de 2003, precisamente cuando el presidente George W. Bush había apretado las clavijas del embargo.

Fui una de las víctimas de aquel fatídico episodio. Por esa razón mantengo mis reservas de que el fin del totalitarismo llegue mediante la aplicación a rajatabla del embargo. Es más, dudo que Trump lleve a cabo una empresa de esa magnitud, sobre todo cuando dentro de las filas del Partido Republicano prosperan los empeños de allanar el camino hacia un mayor entendimiento con los jerarcas de la Isla, a lo que habría que añadir la repulsa de medio mundo.

Parece que Raúl Castro va morir de viejo en su cama, al igual que su hermano Fidel. Ese evento tal vez sea el punto de partida de cambios sin tantos frenazos y atascamientos.

¿Alguna otra observación para los lectores de CUBAENCUENTRO?

Solo reiterar mi amor por la literatura y el compromiso de continuar abogando por una reforma que legitime constitucionalmente los derechos fundamentales de los cubanos.

Gracias.


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