Actualizado: 24/04/2017 13:22
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Entrevistas

Literatura, Literatura rusa, Poesía

Un cómplice placentero

Juan Luis Hernández Milián habla sobre su labor como traductor de poesía rusa, una labor que él considera un actor de creación como cualquier otro y por la cual ha sido homenajeado y reconocido

Enviar Imprimir

Es curioso que el período durante el cual Cuba estuvo bajo la influencia soviética haya dejado muy pocos traductores literarios de la lengua rusa. En contraste con otros países del ámbito hispánico, que cuentan con personas especializadas en esa faena —me vienen a la memoria Selma Ancira en México y Ricardo San Vicente y Marta Rebón en España—, entre nosotros apenas existen ejemplos análogos. Justo Vasco y José Manuel Prieto están entre los pocos que han dedicado parte de su trabajo a esa labor con cierta regularidad.

En esa escueta nómina se destaca Juan Luis Hernández Milián (Matanzas, 1938). Los cubanos deben agradecerle que gracias a su amorosa dedicación han podido leer en nuestro idioma textos de Alexander Pushkin, Serguei Esenin, Valeri Shamshurin, Anna Ajmatova, Mijaíl Lermontov, Boris Pasternak, Vladimir Visotsky, Alexander Blok, Vladimir Maiakovski. Una ojeada a esos nombres denota una clara apuesta por la poesía, algo que seguramente tiene mucho que ver con el hecho de que Hernández Milián sea también poeta. Una parte de esa producción aparece recogida en los libros Más bien en la memoria del tiempo, Perfección del imposible, Entre página y marea y Morir de muchedumbre.

En la entrevista que sigue, Hernández Milián habla sobre esa faceta como traductor, una actividad por la cual ha sido merecidamente reconocido: en dos ocasiones, en 1996 y 2006, le fue concedido el Premio Nacional de Traducción José Rodríguez Feo, instituido por la UNEAC (es el único que lo ha recibido en dos ocasiones).

¿Cómo fue que se hizo usted traductor de literatura rusa?

Fue una cosa más bien casual. Es cierto que yo había estudiado ruso en la facultad preparatoria de la Universidad Lomonósov, donde se suponía que nos iban a preparar como traductores en 11 meses. Allá en Moscú, claro, me gustó mucho el idioma. Y me gustó porque dos de los profesores nos impartían la fonética a partir de la poesía. Por ejemplo, algunos sonidos nos los ilustraban con versos. Eso me motivó a acercarme a la poesía rusa.

Regresé a Cuba y empecé a trabajar como técnico, pero al mismo tiempo empecé a estudiar literatura rusa en la universidad. Allí tuve de profesora a Sonia Bravo, quien un día me propuso integrar un equipo que iba a traducir a Alexander Pushkin. Yo le dije: Dame un poema, lo traduzco y tú me dices qué te parece. Me dio un poema titulado “El eco”. Tuve suerte, o vamos a decir que yo puse empeño y así fue como comencé a traducir obras de autores rusos. Lo primero que traduje fue Ruslán y Liudmila, de Pushkin. Y desde entonces, ahí he seguido hasta el día de hoy.

¿Fue para usted difícil aprender ese idioma? Se lo pregunto porque yo traté de hacerlo cuando estaba en la secundaria y a los pocos días tiré la toalla, porque me pareció muy difícil.

A mí no me resultó muy difícil. ¿Por qué? Porque lo que no aprendía en la clase, lo aprendía en la calle. Y lo que no aprendía en la calle, lo aprendía por necesidad. Por otra parte, los profesores que teníamos en la Lomonósov eran excelentes. También me ayudó y me motivó mucho el amor de los soviéticos por los cubanos. Te estoy hablando de los años 60 y 70. Yo siempre digo que, si algo me ha salido bien en las traducciones que he hecho, es gracias al pueblo ruso y a los profesores.

De todas las traducciones que ha hecho, ¿cuál ha sido la más difícil de hacer?

Realmente, todas son difíciles. Al principio, tuve la suerte de contar con la ayuda de Verónica Spásskaya, una investigadora rusa que me ayudó mucho en la revisión de estilo. La descubrí en buena hora, pues ella suele aportar la perfección a lo que hago. Yo acababa de traducir Ruslán y Liudmila. Se la di a leer y me la viró para atrás completa. Esa obra no es nada seria, me dijo. Los versos son ligeros, cantarines, vivos, porque Pushkin los escribió cuando era un jovencito, y los versos de su traducción son muy pesados. Ahora yo estoy escribiendo un texto para presentar un libro que yo traduje. Allí cito unas palabras de Verónica que te voy a leer: “La poesía es intraducible. Es imposible recrear en otro idioma la esencia de la poesía. Pero los traductores siguen en sus intentos, impulsados por la ilusión”.

¿Existe entre las traducciones que ha hecho alguna que sea su preferida?

La última es siempre la preferida. Ahora estoy enamorado de la poesía de Olécia Nikoláevna. He traducido un libro suyo que se acaba de publicar. Se titula Escrito en alta voz. Por supuesto, llevo en mi corazón a Pushkin, que es un poeta que siempre me acompaña. Y dentro de su obra, tengo una predilección especial por Ruslán y Liudmila, por todo lo que significa para el pueblo ruso.

¿Tiene algún método en especial a la hora de asumir la traducción de un escritor?

No tengo secretos. Eso sí, leo una y mil veces el original, busco información adicional del autor y consulto todos los textos posibles. Finalmente me decido cuando siento que estoy listo y si en realidad se trata de una obra atractiva para mí. No se puede traducir por encargo, o al menos yo no puedo.

Aprovecho para decir que estoy muy agradecido a las ediciones Matanzas y Vigía porque siempre que yo les he propuesto publicar algo, ellos lo han aceptado. Me gustaría destacar a la primera, por el apoyo que ha brindado a las ediciones de autores rusos. Allí aparecieron mis traducciones de Ruslán y Liudmila, de Tres obras de Pushkin, de los poemas de Vladimir Visotsky, así como una antología de la poesía rusa que empieza con Pushkin e incluye algunos poetas actuales.

Entre las traducciones suyas que se han publicado, hay un predominio casi absoluto de la poesía. ¿No le ha interesado traducir a algunos prosistas?

En realidad, lo que yo he traducido es poesía. En Cuba hay buenos traductores de prosa, como Julio Travieso, quien hizo una excelente versión al castellano de El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.

Estoy seguro de que durante los años que vivió en Rusia pudo comprobar la gran estimación que allí se tiene a los poetas. Es algo que no se da en otros países, por lo menos en esa medida. En los años 60, Evtushenko daba recitales en los estadios, por la cantidad de público que convocaba.

Me alegro que hagas esa referencia. Cuando yo estaba en Moscú, una cubana que llevaba allá mucho tiempo me dice: Juanchi, ¿no vas a asistir al aniversario del nacimiento de Pushkin? Fui y empecé a ver aquel acto oficial al pie de su estatua. Después que terminaron los discursos, empezaron a llegar personas del pueblo con flores, de modo tal que todo el pedestal de la estatua quedó cubierto de flores. Las personas además lo mismo recitaban poemas de Pushkin que otros dedicados a él. Es un poeta muy amado por su pueblo. En Cuba algo como eso no se da. Aquí nadie va a la tumba de Nicolás Guillén. A nadie se le ocurre ir a llevarle flores.

Hay quienes sostienen que para traducir bien la poesía es necesario ser poeta. ¿Comparte usted esa opinión?

Chico, te digo sinceramente que sí. Yo tengo un amigo que sabe perfectamente el inglés y el francés. Pero cuando ha traducido poesía, no ha logrado hacerlo bien. Como yo tengo mucha confianza con él, le digo: Esto no sirve. Él quiere traducir palabra por palabra, y eso no es posible. Hay que traducir la esencia, lo que sugiere el verso. Y para eso, pienso yo, hay que ser poeta. Otra cosa es que este amigo mío piensa que no se puede traducir la poesía con rima. Si yo no rimo la poesía de Pushkin, no la traduzco. Porque eso sería convertir la poesía en prosa.

¿Cree que Pushkin se reconocería en las traducciones de sus obras realizadas por usted?

Es inevitable hablar de poesía tradicional y no hacer referencias a si el traductor es un “traidor” o no. Pero si hay que llamarlo irremediablemente así, ello se debe a las ansias de uno de conservar la originalidad en el ritmo y el aura melodiosa del poema. Y en mi caso, esas transgresiones son solo aquellas que Pushkin, quizás, me perdonaría, complacido de que su voz llegue a los cubanos.

Su traducción de los poemas de Vladimir Visotsky es la única que existe en español. ¿Fue difícil traducir esos textos?

Decimos que “una cosa es con guitarra y otra con violín” para expresar que algo es o resultó muy diferente en cierta comparación. Una cosa son los textos escritos por Visotsky, otra, esos mismos textos musicalizados. Mucho antes de intentar traducirlo, como cualquier estudiante en Rusia yo conocía sus canciones. Las entonaba a la medida de mis facilidades vocálicas realmente pobres, hacía dúos con él, oyendo sus discos en la residencia estudiantil moscovita y luego en La Habana y Matanzas.

Quizás, por eso, al traducir tropecé con la primera piedra: la música de una frase en ruso interfería la sintonía con mi pretendida musicalidad escrita en español. El verso de Visotsky no coincide, desde el punto de vista métrico con el traducido, y entonces tropiezo con la segunda piedra: me veía imposibilitado de rimar, temeroso de perder la esencia del autor.

Finalmente, abordé las versiones en versos libres de manera que el discurso del poeta –y aquí, la tercera piedra (por cierto, la piedra angular de toda la obra de Visotsky)– reflejara la intensidad de cada tema, la fuerza de las interjecciones, el sarcasmo, la ironía, la crítica sutil o descarnada, el humor visceral, la originalidad del rico e imaginativo vocabulario urbano del Moscú de su tiempo, con el que Visotsky interpretaba lo que querían decir sus contemporáneos, pero que les estaba vedado.

Hombre de las tablas de primerísimo magisterio, Visotsky sabía frasear. Alargaba o acortaba las vocales, subía el tono, musitaba o exclamaba, jugueteaba con las consonancias y asonancias, dotaba a cada sílaba de una intencionalidad de los más diversos matices. Y eso se canta, no se escribe. Llevarlo de cuerpo entero al papel, pertenece al campo de los dioses; yo sólo soy un mortal de tantos. Las piedras con las que tropecé en mi andar hacia Visotsky son muchas más. La suerte es que me encontré con un moscovita, también admirador del poeta, que me tendió la mano y allanó el camino.

¿Cree usted que Visotsky es comprensible para el lector cubano?

Aseguran que la poesía es la distancia más corta entre los pueblos. El traductor, según nos legara Puskhin, es “el caballo de posta de la ilustración”. Estas ideas han animado como regla de oro mi labor para tender un puente entre Visotsky y el lector cubano, con la seguridad de que entre ambos surgirá un lenguaje común, dadas la excelencia de la voz del bardo y las similitudes del temperamento rebelde entre él y los cubanos.

Más allá de las diferencias idiomáticas y, suponiendo que la traducción sea fiel –en lo que es posible la fidelidad de una traducción–, el lector cubano encontrará en Visotsky su misma irreversible pasión por la libertad, su misma inclaudicable fe en la verdad, su mismo espíritu anti guerrerista, su mismo desprecio por el oportunismo, el burocratismo y la hipocresía y el mismo canto por la plenitud del hombre y de la humanidad. Claro que sus poemas van a entenderse y los trovadores cubanos van a musicalizar sus textos. Si no, tiempo al tiempo...

Además de traductor de poesía, usted es también la escribe y cuenta con varios libros ha publicados. ¿No existe conflicto entre el Juan Luis traductor y el Juan Luis escritor?

Más bien existe una confluencia. Son necesidades que se complementan en mí y terminan siendo, ambas, una experiencia notable.

¿Piensa usted que en Cuba se apreció la literatura rusa que se publicó entre las décadas de los 60 y los 80, especialmente la correspondiente al período soviético?

Décadas atrás, se leyó mucho toda aquella literatura épica. Libros como La carretera de Volokolamsk, Un hombre de verdad, Así se templó el acero. Pero no creo que fueran libros que la gente guardara. Los leían, pero sin darles mayor valor. A veces, pasas por un lugar donde la gente arroja la basura y encuentras esos libros botados. Sin embargo, la literatura clásica sí es muy valorada. Yo me encontré en Matanzas al administrador de una cafetería que me dijo que en prisión leía a Dostoievski.

Unos califican al traductor como un traidor, mientras que otros lo consideran un cómplice. ¿Cómo se considera usted al traducir los autores rusos al castellano?

Definitivamente, me considero un cómplice placentero. Traducir es un acto de creación como cualquier otro, y al menos en mi caso lo hago con la plena conciencia de que la gente lo va a agradecer. Aunque muchos no lo crean, en cada palabra, en cada frase, hay una musicalidad increíble.

Al cabo de tantos años dedicado a esa labor mediadora entre los escritores rusos y el público lector cubano, ¿qué balance puede hacer hoy de su trabajo como traductor?

Cada viaje ha sido una lección que me acompaña en todos los órdenes de la vida. Cesaron los sueños cuando empecé a traducir, obra de la casualidad, sin formación teórica del arte de la traducción, sin conocer a fondo la vida y circunstancias en que los poetas que llevaba al castellano habían escrito los textos, asistido sólo por cierta intuición, inspirado en las alentadoras palabras de Pushkin sobre los traductores. Tal parece que, al sumirme en los poemas, la obsesión por la fidelidad, el terror a mis lagunas culturales e históricas, suplantaron aquellas imágenes del subconsciente para llevarme a Rusia en complicidad con la poesía y vivir otra realidad tan fascinante como aquella de mis años estudiantiles.