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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
Cubierta Minimal Bildung

Minimal Bildung

Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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Nuevas guerrillas

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Medio año del asesinato de Anna Politkovskaya. Le debo la cautela con que pienso y escribo sobre la Rusia postcomunista. Tuve el honor de traducirla, y no hay lectura que supere, en profundidad y complicidad, a la que hace un traductor. De los muchos textos que he traducido, ninguno me conmovió tanto como el de esa periodista nacida por azar en Nueva York, esa mujer capaz de ver el dolor, exponerlo, denunciarlo. Y callarse el propio, como quien esconde a un hijo malcriado.

Más tarde, la propuse para un premio que se otorga en España, y esa circunstancia me obligó a leerla toda y preparar el dossier que se exigía para adelantar la candidatura. Optaron por otra mujer, brava también. Lamenté, en lo íntimo, que no hubiera sido ella la elegida. Meses después, supe de la horrible escena, cuando se detuvo ante el ascensor de su edificio y un pistolero la mató a tiros.

No sé si la asesinaron por encargo de algún militar ruso encerrado gracias a las denuncias que Politkovskaya difundió en Novaya Gazeta o del Kadyrov que ahora ocupa la presidencia de Chechenia, con la venia de Putin.

Al final, se acabará sabiendo, aunque no tendrá mayor importancia, más allá de la imposición del castigo a los culpables. A Politkovskaya la mató un mundo nuevo, un país nuevo, una guerra nueva. Fue una extranjera en ese mundo nuevo. Propia en un mundo donde nadie lo es todavía esencialmente. Fue lo que los rusos llaman “свой среди чужих, чужой среди своих”: propio entre ajenos; ajeno entre propios.

Anna Politkovskaya: ¡qué nadie la olvide!

 

Meet the Press: El Granma inserta ahora relación “en vivo” de los partidos de béisbol. Desde hace unos días, ofrece también reproducción en video de las mejores jugadas. Destinatario principal de tales novedades: los cubanos enviados al extranjero por la llamada "diplomacia de los doctores". Descargarse uno de esos segmentos de video con la velocidad de las conexiones a la Internet en La Habana es prácticamente imposible. Seguir los juegos online, ni pensarlo. Lo siguiente, blogs en el Granma. Los de Ciro Bianchi y Luis Sexto en Juventud Rebelde, más un escaso puñado en periódicos provinciales, fueron los primeros tientos de ese aggiornamento. Pero la guerra va en serio. La expansión de la blogosfera cubana preocupa a los cancerberos del castrismo. Lo que leen sus enviados al extranjero, mucho más. Desde El Tono de la Voz, saludo a los cubanos que me leen desde Venezuela y Bolivia. Y los animo una vez más a que publiquen sus comentarios. Me complace que los envíen por correo electrónico, pero sería mucho más interesante que los puedan leer todos los que visitan esta página.

 

Lectura dominical:

Calvert Casey

Piazza Margana

Ya he entrado en tu corriente sanguínea. He rebasado la orina, el excremento, con su sabor dulce y acre, y al fin me he perdido en los cálidos huecos de tu cuerpo. He venido a quedarme. Nunca me marcharé. Desde este puesto de observación, donde finalmente he logrado la dicha suprema, veo el mundo a través de tus ojos, oigo por tus oídos los sonido más aterradores y los más deliciosos, saboreo todos los sabores con tu lengua, tanteo todas las formas con tus manos. ¿Qué otra cosa podría desear un hombre? De una vez para siempre "emparadizado en ti". "Envejecemos juntos, dijiste", y así sucederá.

Mi suerte será envidiada por generaciones de amantes de todo el tiempo venidero, hasta el final de los Tiempos.

Se me ocurrió mientras te estabas afeitando un día, en una tregua de nuestros momentos de odio mutuo. La hoja te hizo un pequeño pero profundo corte en la barbilla. Mientras presionaba la herida para limpiarla, y tu sangre manaba de las venas cortadas, sentí un tremendo impulso de probarla.

A partir de ese instante, mi mente se deslizó por una pendiente irresistible, fuera ya de control. Esa noche y muchas noches más, mientras tú respirabas plácidamente en tu sueño, a mi lado, pensé en los rojizos y descarnados tejidos del estómago, cruzados y entrecruzados por venas, segregando sin cesar sus jugos a la menor provocación. Me vi a mí mismo tocando con temor los duros y rojizos tendones, el blanco interior de la espina dorsal, tu cerebro, tierno y palpitante, los musculados y carnosos tejidos de tu corazón, el revestimiento externo de tus huesos, tan rosado y sedoso, donde los vasos sanguíneos se entrelazan, haciendo surgir incesantemente nuevas células que reemplazan a las ya muertas. Vi los accesos de tu boca, la oscura incrustación de la lengua, y más allá, los frágiles cartílagos y cuerdas vocales de donde tu voz brota. Me preguntaba cómo sabría y olería todo ello, qué se sentiría al morder los tendones: lamer los huesos, mascar la tierna y delicada carne, desollar el escroto, vaciar la vejiga, hacer una incisión en el pene; tras haber desalojado previamente los pulmones, dejar que mi mejilla repose eternamente junto al tejido sanguinolento y descarnado de la caja torácica; desplegar los largos y macizos músculos de las nalgas y muslos, alimentarme de ellos, llegar a probar todas tus glándulas, estar durante semanas a dieta del fluido genital; cada vez más ansioso, más anhelante, alimentarme, alimentarme, alimentarme lentamente de los tímpanos, los ojos, la lengua, roer la abertura rectal, utilizar tu pelo y todo el vello de tu cuerpo como seda dental, morder hasta el fondo de tus axilas, recobrar en los ganglios las energías perdidas, empezar a comer lentamente desde la punta de los dedos hacia arriba, hasta que los brazos desaparezcan, destapar la rótula y beber con paciencia y cuidado (no sea que se pierda una gota) los ricos lubricantes contenidos en sus junturas, desencajar el muslo, rajar el hueso y alimentarme de su médula toda una temporada deliciosa, engullir los ojos como se engulle un huevo, mirar las cuencas vacías noches y más noches, desquiciar los tobillos, alimentarme de los pies semanas y semanas, sacar fuerza de los ligamentos, lamer los tendones hasta que pierdan su color, arrancar las uñas de los pies y de las manos, mordisquearlas y sacarles el calcio una vez agotadas las reservas de los dientes. Pero, sobre todo, comer lentamente, deliberadamente y en un rapto fervoroso, desde el interior, allí donde el corazón late impasible, el sabroso tejido, rojo vivo, bajo los pezones ya hace tiempo digeridos.

Continúa aquí.

Cortesía de www.adamar.org

UPDATE:

La miopía de Zapatero.


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