jueves 8 de enero de 2009 1:11
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La columna de Ramón

Carta a la muñeca Barbie

Los niños cubanos siguieron esperando su muñeca nacional, a merced de tu presencia tentadora.

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Es cierto que en este mundo se vería raro que un tipo nacido en Bayamo y criado en medio de las balaceras de Guanabacoa, incólume a citaciones del Comité Militar y navajazos, se ponga a coleccionar muñecas Barbies a esta altura, con lo costoso que resulta mantener tu armario y tu joyero actualizados.

Mi artrosis y mi hombría no me permiten pasar horas sobre el piso, vistiéndote de hawaiana, o poniéndote abrigos de visón. Mi visón es cada día más escasa. Es por eso que preferí siempre la variante cárnica y real de tu modelo, a pesar de que, si fueras un poco más humana, tus medidas serían 99-60-84 —que parece un número telefónico—, con 2,15 de altura; eso sobrepasa mis aspiraciones y me obliga a tomar medidas decisivas para enfrentar tan asquerosa desviación ideológico- sexual.

Sin embargo, tal opción me deprime. Podría no llevar en el alma La Bayamesa, teniéndote a ti —o tu representación manuable y palpable— oculta entre los tules endurecidos de mi corazón. Sería parte de la doble moral continuar vistiendo y desvistiendo Linas reales, combativas, morenas, y en la intimidad de mi onanismo municipal, tener un incesante diálogo con tu imagen, de muñeca a muñeca, derramando ofrendas en el agua mansa de la fuente. Me jeringa, me apabulla, me da males de conciencia por dos razones fundamentales.

La primera es tu frialdad: nunca tuviste un currículo socialmente comprometido. Jamás te han presentado como una heroína del trabajo, ni como alguien decidido a superarse rompiendo las barreras sexuales. Eres solamente un objeto. Una mujer objeto, muda y orgullosa, distante y prohibida. Hacer objeto de mis sueños a una mujer objeto, silente y con swing no es muy objetivo, aunque tienta, no digo yo, y esa es una de las trampas del enemigo, que nunca duerme. ¿Seré yo mismo un enemigo, pues nunca duermo soñando contigo?

Lo segundo es que sí entraste a mi país, en pequeñas y poco difundidas dosis. Otros niños, hijos de padres esmeradísimos, que habían derramado sus sangres generosas para hacernos felices y alejarnos de ti, pudieron vestirte y desvestirte en la soledad de aquellas horribles mansiones, abandonadas por la burguesía cobarde, y que ocuparon ellos para sacrificarse, desafiando las desviaciones que sufrí yo dando tijera a representaciones de cartulina, mientras mi libido estaba más cerca de Mae West y Faye Dunaway que de Rita Montaner. Me siento orgulloso de haber ocultado aquella victoria del enemigo, y tuve luego oportunidad de encontrarte en modelos parecidos a ti, palpitantes y majaderas.

Ninguna había nacido en California en 1959, pero uno no está ya para tantas exigencias. Un macho latino no puede ser un gourmet en cosas sexuales. Mi padre lo decía: "el que come malo y bueno, come dos veces". De modo que mis preferencias se vulvarizaron, sin discriminar, aunque frenando ante moldes similares a la Pogolotti.

No sé qué me pasará dentro de unos años, cuando no pueda ya acometer nuevos desafíos de colchón. Tal vez seré un viejo temeroso, que una vez por semana va a la tienda de juguetes a comprarse una Barbie, para palparla, aprovechando el Parkinson, en la penumbra. Estoy preparado. Y sé que en cualquier momento desembarcarás en mi país, masiva y californiana, gimnástica y elegante. Ya lo dice el refrán: "Cuando veas la Barbie de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo".

Con mi muñeca inflada e inflable,

Ramón

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