viernes 29 de agosto de 2008 13:46
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Opinión

La quinta, el monte y la revolución

Hubo que esperar la caída del Muro de Berlín y el Período Especial para que los cultos afrocubanos fueran nuevamente permitidos… y cooptados por el Estado.

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Peregrinación de San Lázaro

Peregrinación de San Lázaro a El Rincón, en 2007. (AP)

Entre tantos hechos emblemáticos de la Hecatombe, la destrucción de la quinta San José anunciaba la tábula rasa por venir. Esa legendaria casona habitada por Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas representaba una manera de concebir la historia a la que la revolución oponía la promesa de un radiante porvenir.

Como todas las quintas republicanas, conservaba aire de remanso colonial frente a una modernidad trepidante, y más aún, pues había sido deliberadamente construida con elementos rescatados de viejas mansiones coloniales. Simbólicamente, aquellos materiales se salvaban así del cataclismo de la independencia, la continuidad quedaba asegurada frente a las convulsiones de la historia republicana.

La quinta San José, decía María Zambrano, era uno de esos "lugares donde el pasado de Cuba se ha remansado, gozoso de que se la guarde"; el interior de la casa, sus galerías y salones, bibliotecas y estudios, "ofrecen un ejemplo, museo viviente de la casa señorial del dieciocho que la vida del diecinueve enriqueció con un sutil refinamiento y el veinte con el necesario comfort. Muestra así en una perfecta continuidad la vida cubana en su más puro estilo, sin desmentirse a través de sus dos centurias".

En sus tres interesantes conferencias sobre la mujer en Hispanoamérica, ofrecidas en Bogotá en 1930, la escritora venezolana Teresa de la Parra idealizaba la Colonia, acercándose a esa ficción arcádica cultivada por los muchos criollistas latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX: la Colonia como espacio entrañable de la tradición, frente a la violenta irrupción histórica de la independencia.

Gregoria, consejera de la autora del Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, venía a representar ese valor en la conocida primera novela de Teresa de la Parra: del todo iletrada, la negra trasmite con graciosa oralidad, mediante sentencias y cuentos, una concepción del mundo y de la vida que encierra una valiosa sabiduría, frente a las nuevas convenciones sociales de una burguesía modernizadora.

La empresa 'literaria' de Lydia Cabrera

Creo que algo de esa nostalgia por la Colonia, concebida como época fuera del tiempo, de entrañable esclavitud patriarcal, subyace a la empresa "literaria" de Lydia Cabrera, tan distinta de la de su cuñado Fernando Ortiz. Si este, seguidor de Lombroso, comienza con el Hampa afrocubana, Cabrera recogerá los cuentos de su tata negra y los escribirá bonito para entretener a su amiga Teresa de la Parra, convaleciente de tisis en un sanatorio europeo.

En el prólogo de El Monte, ella declara su absoluta falta de "pretensión científica" y, refiriéndose a sus veleidosos informantes, negros viejos, muchos de los cuales eran hijos de africanos, dice que "no conocen la prisa que mina la vida moderna y enferma el espíritu de los blancos, la presura que es opresión, aprieto, congoja".

Tampoco esa dimensión arcádica escapó a la agudeza de María Zambrano. En su reseña de Cuentos negros de Cuba, Zambrano escribe que "las islas han proporcionado a la imaginación la imagen de una vida intacta y feliz, como si fuese un regalo, del paraíso donde las dos condenas, el trabajo y el dolor quedan un tanto en suspenso, mundo mágico en que la 'realidad' no está delimitada, y aun el sueño puede igualar a la vigilia".

Según la pensadora española, Cabrera habría podido realizar esa hazaña poética por pertenecer al mundo "no cuajado" de Cuba, pero también porque su "conocimiento poético" derivaba en buena medida de su remisión a la infancia, a los cuentos que le contaba su nodriza.

Es ahí, en "la memoria ancestral", donde está la clave de esos relatos. Y es justo a esa memoria a lo que se enfrentó la Revolución, oponiendo a la sabiduría de los mayores la energía de la juventud. El tono llano de los cuentos con el que, según Teresa de la Parra, hay que hablar de la Colonia, y que es el que adopta Lydia Cabrera en sus narraciones de leyendas, fue desplazado por la retórica exaltada del nacionalismo revolucionario.

La memoria de las masas

Zambrano sostiene, en su artículo sobre la quinta San José, que al estilo —ese estilo, mezcla de gracia y necesidad, que esta encarna— ha sustituido, en la actualidad de 1945, el lujo, el precio al valor.

Con la revolución de 1959, esa dicotomía —que corresponde en rigor a la querella de la aristocracia y la burguesía— será desplazada; a aquellos estilos patricios y burgueses, la revolución opuso otro estilo: el de las masas. Y las masas, como dijera Ortega y Gasset, se definen sobre todo por su falta de memoria.

Al mundo mágico, la revolución contrapuso una verdad, la de la ciencia, que por medio de la tecnología habría de sacar al país del subdesarrollo. Ello implicaba, necesariamente, un desencantamiento del monte: este ya no sería el lugar de lo sagrado descrito en el libro de 1954, sino más naturaleza a conquistar y transformar.

Cuba no era ya la utopía que descubría Zambrano en los cuentos negros —isla poética de la magia y la metamorfosis, previa a los deslindes de la razón moderna—, sino otra, la del "hombre nuevo" y la "democracia directa". No había espacio para las supersticiones de los negros en la concepción científica del mundo: muchas obras de los sesenta, como Acerca de un personaje que unos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú, de Octavio Cortázar, y Sachario, de Miguel Cossío, abordan ese conflicto entre los rezagos del pasado y la doxa materialista del presente.

Habría que esperar a la caída del Muro de Berlín y la llegada del "período especial", para que las supersticiones fueran nuevamente permitidas. Y más aún, cooptadas por el Estado, mientras la Cuba profunda de los negros emergía para dar un toque de exotismo postcomunista. El Monte, reeditado por Letras Cubanas en 1989, marcó el boom de lo afrocubano, a tono con la nueva imagen folclórica para consumo del nuevo turismo extranjero.

No son sólo los orishas, sino los orishas en el país del "hombre nuevo"; la utopía de los sesenta, la de la construcción simultánea del socialismo y el comunismo, se convierte en la quimera de los noventa: esa extraña confluencia de objetos heterogéneos —vallas con consignas revolucionarias y carros americanos de los cincuenta— que caracteriza la imagen fotográfica de la Cuba del "período especial".

El reencantamiento del monte

Piedra angular de esta transición es el reencantamiento del monte; el regreso del culto afrocubano no sólo en tanto expresión de la crisis del marxismo-leninismo y de la descomposición del mito revolucionario, sino también como contribuyente de una imagen estética que viene a llenar un vacío histórico: imagen barroca de Cuba donde el blanco del hijo de santo coexiste al cabo con los colores de los uniformados de las organizaciones del Estado: OPJM, FAR, PNR.

La contigüidad de El Monte y los Discursos de Guevara en los puestos de libros de la Plaza de Armas, representa simbólicamente esta fase final de la Hecatombe, cuando el Estado debe recuperar lo que en sus buenos tiempos expulsó y el mercado normaliza el extrañamiento que cifra nuestro estado de excepción. Sólo falta que a Eusebio Leal se le ocurra reconstruir la quinta San José en terrenos de Marianao y habilitarla como "Museo Nacional Lydia Cabrera".

13 Comentarios


13 por De Gustavo para Andres (Usuario no autenticado) 15/07/2008 0:20

Esta claro Andres que tus dioses no son los mios, y si tu vinistes con ellos y con tus cadenas yo naci en Cuba y en un hogar cristiano. Tu replica no es justa ni mucho menos tus ofensas. Tu vision de la historia es parcial, erronea.Para valorar los hechos tienes que situarte en sus propias coordenadas historicas y desvestirte de falsas ideologias y credos. Atribuyes al cristianismo un caracter de latigo y mayorazgo (dios blanco) que no es. El fantasma de la esclavitud y otros fantasmas salidos de las escuelas del regimen todavia te persiguen, por eso no logras entender y sufres de complejo.Una de las claves para amar a Cuba es amar al negro cubano.Lo he dicho en otras ocasiones.Amo a Cuba y agradezco que no llegamos a ser Haiti ni Canarias por mas errores cometidos. Sientete cubano y libre, no africano, pero mas que todo sientete humano y con derechos porque nadie te arrebatara tus dioses. Yo hablo desde mi identidad y orgulloso de ella por eso le hice mencion, todo lo contrario a lo que dices cuando me acusas de cobarde. Pero parece que te ofendi. Me acusas de racista y sostienes una actitud racista.Perdoname de Andres. No me entendistes.Liberate de tus cadenas.

12 por Andres Petit (Usuario no autenticado) 11/07/2008 0:20

Para Gustavo 1966,como mulato cubano, mejor aun como negro nunca lei criterios tan nauseabundos y cobardes de mulatos tan descafeinados y acomplejados como tu.

A Cuba no la africanizo Fidel Castro, a Cuba la africanizo el dominio colonial Español y la esclavitud del sistema de plantacion, vinimos con cadenas y con nuestros dioses para poder soportar la pena y el dolor, pero la soportamos y nos rebelamos y estuvimos presente en todas las esferas de la nueva nacion, y a cada pasos nuestros dioses fueron una guia y un alivio, sin embargo fue ese dios blanco que tanto te gusta el que se mancho de sangre con el latigo de la esclavitud, pero tu que darias el alma por no haber nacido mestizo quieres olvidar la occidental y republicana libertad de culto, para imponernos otra vez el cristianimso por la fuerza.


Nadie obliga a nadie a creer en los Orishas sin embargos los cristianos se destinan inmenson esfuerzos al mas aburrido y desagradable proselitismo, da pena que no tengas el civismo necesario para comprender que la paz y la reconciliacion nacional de Cuba pasa por el respeto irrestricto a la libertad de credos, que tu dios te bendiga mulato racista!!!

11 por penúltimo espía (Usuario no autenticado) 09/07/2008 0:00

Ver interesante y largo artículo de C. Beltrán relacionado con la Quinta San José en Penúltimos Dias.

10 por gustavo1966 (Usuario no autenticado) 05/07/2008 11:20

Comparto con el comentario 8, ademas agrego que la politica revolucionaria ademas de favorecer la africanizacion de la isla para consolidar sus bases de poder sobre una ignorancia masiva, a veces usando a los mismos babalawos en funcion de espias del gobierno, puso incluso a la iglesia Catolica a competir en el mismo plano. La Santeria que no habia sido aprobada por esta, reaparecio catolizada en ese periodo, casi como una religion de Estado. Luego por este camino vinieron turistas, musicos y muchisimos oportunistas buscando notoriedad y solvencia economica. Sufrimos esa ignorancia que nos convierte en lo que no quisimos:un patio marginal, una subvariante de la civilizacion occidental. Y que conste que se trata de un problema cultural y no racial, pues mulato yo mismo sostengo que el dios africano debio ser aniquilado del todo por el dios cristiano desde un principio, y ahora ya es tarde.

9 por Jorge Mata (Usuario no autenticado) 30/06/2008 12:40

No creo que sea una mala idea que Eusebio Leal reconstruya la quinta que tanta buena literatura y libros sobre el mundo sagrado afrocubano nos dio de la mano de Lydia Cabrera, esto no haría más que colocar en su justo lugar a una de las grandes figuras de estos temas en la isla. Debo añadir que si no fuera por la mano de Eusebio Leal, mucho de los monumentos y la habana vieja tal y como ha sido rescatada, con su pros y contras no habría sido posible, pues los planes mas simples se limitaban a derribos y reconstrucción en su lugar de espantosos edificios de micro al estilo soviético en nuestra tierra tropical.
Aunque Lydia en su libros se proclamase una anti comunista convencida, su obra no solo le supera, sino que la propia historia la colocara en su justo lugar, sea de la mano de quien sea, pues es esta su mayor victoria, y la victoria de todos los creadores pues sus obras, si son buenas, perduran a gobiernos e ideologías y en el tiempo.
Por lo demás me alegra leer tu articulo, un saludo.


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