Con ojos de lector
Polemiza, que algo queda (IX)
El Indio Naborí y un jovencísimo Jesús Díaz sostuvieron una polémica en torno a lo que debe ser la literatura revolucionaria.
En julio de 1966, la revista Bohemia dedicó su sección Arte y Literatura a recoger las opiniones de varios escritores cubanos acerca del tema de las relaciones entre literatura y revolución. Uno de los nombres que allí aparecen es el de Jesús Díaz (La Habana, 1941-Madrid, 2002), quien unos meses atrás había obtenido el Premio Casa de las Américas de cuento con el libro Los años duros. Entre las opiniones expresadas por él, hubo unas que dieron mucho que hablar y que motivaron que se viera involucrado en una polémica con un conocido poeta popular.
Al la pregunta ¿Qué entiende usted por literatura revolucionaria?, Díaz respondió a su vez con varias interrogaciones: "¿Debe ser la literatura revolucionaria necesariamente literatura de épocas de revolución social? ¿Una literatura que toque profunda y novedosamente problemas humanos —Dostoievski— es o no revolucionaria? ¿Cómo explicar la superioridad —a que aludía Engels— del 'católico y reaccionario Balzac' que, sin embargo, al decir de Marx supo prever el futuro sobre Zola? ¿Es revolucionaria una buena parte de la literatura soviética —Chapaiev, La Joven Guardia— que a pesar de tratar en todas sus páginas el tema de la Revolución quedarán en la historia como ejemplo de mala literatura? Y en Cuba, ¿son ejemplos de literatura revolucionaria las décimas del Indio Naborí, o las cuartetas de Martín Proletario? ¿Puede el socialismo aceptar que la antigüedad quede representada en la historia literaria por La Ilíada, la edad media por El Cantar Del Mío Cid, el capitalismo por La Montaña Mágica, y quedar él representado por una literatura reducida a la consigna?".
En su número de agosto 5, Bohemia publicó la "Respuesta fraternal a Jesús Díaz", en donde el Indio Naborí (Jesús Orta Ruiz, Guanabacoa, 1922) contestaba a las opiniones acerca de su obra aparecidas días atrás. Empieza dirigiéndose a Díaz, a quien no conocía personalmente, aunque aclara que todas las referencias que tenía sobre él eran buenas. No esperaba por eso que levantara su voz desdeñosa contra él, poniendo su caso "como centro de toda la problemática intelectual de Cuba". De su coraje juvenil y revolucionario, expresa, esperaba en realidad denuncia valiente "a todos los problemas que afectan el mundo de nuestra cultura". Y agrega: "Pero tú quisiste cerrar los ojos ante ese dilema, y disparaste contra el punto que te pareció más débil, y que si no es el más brillante tampoco es el más oscuro".
Pasa luego a referirse a lo difícil que considera que se pueda ser un crítico cabal a los veinticuatro años, pues "en esa edad, la pasión puede enturbiar los cristales de la realidad, y el crítico debe ser sereno y consecuente". Asimismo Naborí señala que por mucho que se haya estudiado, tampoco es posible a los veinticuatro años haber acumulado "los conocimientos suficientes para emitir aseveraciones absolutas". Para avalar su opinión, enumera algunos ejemplos de escritores con cuya obra los críticos se equivocaron o fueron injustos (Mark Twain, Rubén Martínez Villena, El Cucalambé).
Otro aspecto al que dedica buen espacio es al desdén que, según él, demuestra Díaz por la poesía popular, los trovadores cortesanos y los juglares, que constituyen la base indispensable para que se puedan dar poetas como Homero. Un desdén, apunta, que lleva a verlo como "un irresponsable guajiro intruso que planta sus botas enfangadas en el Palacio de Bellas Artes". Dado que Díaz lo considera un atrevido que ignora la técnica y se pone a versificar de manera primitiva y rústica, Naborí pasa a citar algunos juicios que en su momento se escribieron sobre su libro Estampas y Elegías (1955). Lo firman, entre otros, Juan Marinello, Agustín Acosta, Antonio Méndez Bolio, Rafael Suárez Solís, "personalidades que en cuestiones literarias, saben largamente más que nosotros".
Acerca del rumbo que tomó su obra después de 1959, expresa que para entonces ya había superado la etapa del simple versificador, y que la crítica más seria lo distinguía ya como poeta. En ese sentido, expresa a Díaz: "Eso lo ignoras o quieres ignorarlo. Lo primero es perdonable, pero lo segundo no es nada limpio". Comenta además que cuando comenzó la lucha ideológica, algunos dirigentes —"y por cierto nada incultos"— consideraron que su versificación cotidiana podía ser útil "como vía graciosa y sutil para llevar a nuestros campesinos y a nuestros obreros el mensaje de la Revolución". Aunque algunos le aconsejaron no aceptar tal tarea, Naborí la asumió gustosamente, "soltando el violín que ya estaba bien afinado, y tomando nuevamente la humildísima bandurria". Que le pregunten al Partido.
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