viernes 9 de enero de 2009 4:12
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Literatura

Un puente de silencio

Guillermo Rodríguez Rivera polemiza en 'La Gaceta de Cuba' con los organizadores del dossier sobre Ediciones El Puente.

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Puede uno preguntarse a qué viene ese escalafón de víctimas. La respuesta está en la moraleja que Rodríguez Rivera alcanza a extraerle: "Pero Delfín se quedó en Cuba, en su Holguín, donde tiene el respeto de todo el mundo, ha editado sus poemas, y no se fue a hablarle a la cámara de ningún documental destinado no a componer los males que tenemos, sino a desacreditar lo bueno que hacemos".

La lectura frecuente del periodismo oficial cubano facilita el desentrañamiento de una frase como la anterior. Su autor parece referirse en ella a Delfín Prats (quien merece mucho más que esos dudosos cumplidos), cuando en realidad de quien habla es de José Mario. No lo ocupa tanto la permanencia en Holguín del primero, como el camino del exilio tomado por el segundo.

Y, del mismo modo que para saber de qué habla Granma es recomendable oír algo de radio extranjera, conviene conocer de antemano ciertos detalles para entender la reacción de Rodríguez Rivera. El documental cuyo título se cuida de mencionar es Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, dedicado a la represión de homosexuales en Cuba, y donde prestan testimonio José Mario y Ana María Simo. Lenguaje de mudos sale a relucir debido a que, dos años después de destruida en Cuba su tirada, el libro fue editado por José Mario en la reanudación, en Madrid, de El Puente.

Halago de la pasividad intelectual

Según Rodríguez Rivera, Delfín Prats sufre represión y permanece en su país para, a la larga, lograr el respeto de todo el mundo y la publicación de su obra literaria. José Mario, en cambio, abandona su patria, se dedica a la denuncia política, a críticas no constructivas… Quien abogaba por la recuperación de la totalidad de una cultura, descuenta ahora de esa historia los testimonios aportados por Conducta impropia. Considera que las noticias del documental no forman parte de la historia de la Isla, no resultan tan obra revolucionaria como las masivas ediciones de libros.

Habla del veneno que debió tragar Delfín Prats en su mala época y concluye de este modo las comparaciones biográficas: "No quiero que nunca más se lo hagan digerir a nadie, pero no puedo dejar de admirar a quienes se lo tragaron, permanecieron fieles a algo que consideraron más importante que sus propios males y hoy están muy por encima de sus envenenadores".

En menoscabo de aquellos que escapan del círculo impuesto por sus verdugos y denuncian la represión sufrida, Rodríguez Rivera alaba el silencio de las víctimas, la digestión callada del veneno, la pasividad intelectual ante el castigo político. Incluso ateniéndonos a su propia lógica, la última frase citada resulta miserable. Pues las víctimas estaban ya por encima de sus verdugos desde el momento del castigo.

Ahora bien, ¿qué hacía Guillermo Rodríguez Rivera mientras se sucedían las ofensivas revolucionarias? No resulta descabellado conjeturar que su texto ha sido compuesto para contestar a tal pregunta. Apreciemos entonces su recuento por lo que encubre y por lo que confiesa: "El primer Caimán Barbudo, en efecto, tenía explícitamente prohibido (por el Comité Nacional de la UJC, del que dependía y que en esos tiempos tenía una política homofóbica) publicar a ningún joven escritor o artista que fuera homosexual. Ello no fue nunca una decisión de los que hacíamos la revista…".