Literatura
Un puente de silencio
Guillermo Rodríguez Rivera polemiza en 'La Gaceta de Cuba' con los organizadores del dossier sobre Ediciones El Puente.
Menciona a continuación algunos intentos, fructuosos e infructuosos, de publicar obras de escritores homosexuales, y termina su viaje al pasado con esta disyuntiva: "En esas aguas turbulentas teníamos que navegar, o irnos a hablarle a la cámara de algún documental de nuestros enemigos".
De creer en su versión, él y el resto del equipo dirigido por Jesús Díaz no tomaron decisión alguna contra homosexuales. Cumplían, no obstante, instrucciones al respecto: instrucciones de arriba. Poco importaba qué pensaran ellos, estaban obligados a obedecer. Por juramento militar o de partido.
Zafarse de la complicidad con un comité homofóbico y abandonar la redacción en donde se estrenaban de comisarios, no era alternativa valedera para los fundadores de El Caimán Barbudo. (Ni siquiera ahora le parece viable a Rodríguez Rivera, quien, empeñado en convencernos de lo inevitable de su proceder, estrecha tanto el espectro de oportunidades que deja afuera la figura que antes alabara, la víctima en silencio).
¿Juventud y maledicencia?
A cara o cruz se presentaba el juego durante aquellos años: comisario político o gusano. Sin embargo, la lección sacada por Jesús Díaz (transcurrido el tiempo) aparece bastante distinta: "No es raro, entonces, que nuestro grupo constituyera una pequeña piedra de escándalo. Tampoco lo es que en aquella época, hace más de treinta y cuatro años, yo polemizara con la narradora Ana María Simo, de las ediciones El Puente, donde se agrupaba otro sector de la generación literaria a la que pertenezco. El Puente había publicado un buen libro de relatos de la propia Ana María, y también poemarios de Nancy Morejón y Miguel Barnet, entre otros autores, y era en cierto sentido lógico que chocáramos por motivos de autoafirmación y celos literarios. No obstante, recuerdo con desagrado mi participación en aquella polémica, que tuvo lugar en La Gaceta de la UNEAC. No porque haya sido más o menos agresivo con otros escritores, sino porque en mi requisitoria mezclé política y literatura e hice mal en ello; lo reconozco y pido excusas a Ana María Simo y a los otros autores que pudieron haberse sentido agraviados por mí en aquel entonces" ("El fin de otra ilusión. A propósito de la quiebra de 'El Caimán Barbudo' y la clausura de 'Pensamiento Crítico'", Encuentro de la Cultura Cubana, Madrid, primavera-verano 2000, número 16-17).
Rodríguez Rivera intenta hacer creer que no cupo enfrentamiento entre sus compañeros de redacción y la editorial dirigida por José Mario. La recuperación de "toda la memoria y toda la historia de nuestra cultura" supone, a su entender, el maquillaje de la biografía propia y el silenciamiento de cualquier versión que resulte incómoda. Negación de evidencias y cosmética reconstructiva son sus armas mejores en el entendimiento con el pasado.
Tal vez Norge Espinosa o Gerardo Fulleda León se tomen el trabajo de desenmascarar tan torpes maniobras en algún número venidero de La Gaceta de Cuba. Para lograrlo habrán de vencer dos impedimentos que Rodríguez Rivera les achaca: la demasiada juventud en el primero, la maledicencia en el segundo.
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