Literatura
Un puente de silencio
Guillermo Rodríguez Rivera polemiza en 'La Gaceta de Cuba' con los organizadores del dossier sobre Ediciones El Puente.
A Espinosa le coloca en el camino esta advertencia: "Es perfectamente claro que para saber que Napoleón fue derrotado en Waterloo no es imprescindible haber estado allí, pero hay hechos que, cuando no tienen una adecuada historia escrita, es difícil conocer sin los testimonios de quienes lo vivieron".
Y desliza luego la sospecha de que el joven poeta y dramaturgo apenas cuenta con los testimonios de otros. Llega incluso a darse aires de llegado con anterioridad: "Quisiera hacerle saber a Espinosa, quien nació cuando a mí me acusaban de contrarrevolucionario en el I Congreso Nacional de Educación y Cultura…". (Profesoral, regaña a Isabel Díaz por atribuirle palabras de José Mario a Pío E. Serrano. La tilda de desorientada cuando el desorientado es él: la cita procede de "Álbum familiar (sin ira)", texto de Pío E. Serrano en el segundo tomo de Cuba: voces para cerrar un siglo, The Olof Palme International Center, Estocolmo, Suecia, 1999).
Remisión a terreno enemigo
Exige a Gerardo Fulleda León que dé nombres de victimarios en lugar de acusar vagamente y, leída tal reclamación, puede cuestionarse por qué no hizo imprimir él los nombres de quienes envenenaron la vida a Delfín Prats y convirtieron en pulpa el poemario Lenguaje de mudos. Por qué no puso en su artículo algunos apellidos de ese comité de jóvenes homófobos y comunistas cuyas instrucciones se viera obligado a cumplir.
Reclamar nombres a Fulleda León viene a ser lo mismo que pedirle a Norge Espinosa nacimiento prematuro. Fulleda León habla con las precauciones a que obliga la publicación de su texto en La Gaceta de Cuba, y la exigencia de nombres es trampa para remitirlo a terreno enemigo.
Ninguno de los que estudian la clausura de El Puente queda sin recriminación de Guillermo Rodríguez Rivera. Para quien fuera testigo de los hechos guarda el ejemplo de la víctima a la que su mutismo hermosea. Y contra críticos e historiadores llegados más tarde, emite la advertencia de Waterloo.
Claro que para conocer qué sucedió en la última batalla napoleónica no es imprescindible haber estado allí. Puede incluso darse el caso de alguien que, dentro de ella, no alcanzase a entenderla: así lo cuenta Stendhal de Fabrizio del Dongo.
A Rodríguez Rivera parece ocurrirle con sus viejas trifulcas lo mismo que a ese personaje stendhaliano. O, aún peor, él simula tal despiste y se da el lujo de afirmar que no hubo Waterloo. La historia de El Puente, sin embargo, continúa viva.
Nancy Morejón ha confesado su pervivencia en entrevista de hace unos años: "Te digo que a mí todavía en un Consejo Nacional de la UNEAC me da trabajo levantar la mano para decir algo, porque me parece que va a salir alguien y me va a decir: 'Cállese usted, porque los de El Puente…'" (María Grant, "En los sitios de Nancy Morejón", Opus Habana, volumen VI, número 1, 2002).
Laureada con el Premio Nacional de Literatura y homenajeada extensamente en la última Feria Internacional del Libro de La Habana, Nancy Morejón se quedó en Cuba, donde goza del respeto de todo el mundo y ha editado sus libros. No se fue a hablarle a la cámara de Almendros y Jiménez Leal, digirió el veneno, permaneció fiel a lo que considera más importante que sus propios males y, sin embargo, no logra creerse por encima de sus envenenadores. Y es que, a cuarenta años de los sucesos de El Puente, lleva el miedo adentro. Conserva (al menos así era hace cuatro años) una alta dosis de aquel miedo.
Nancy Morejón teme que vengan a interrumpir lo que ella diga. Teme que la objeten políticamente. Teme que le quiten la palabra. Teme ser condenada al silencio. Teme ser castigada… Y cuatro décadas después de la represión ejercida sobre una pequeña editorial, Guillermo Rodríguez Rivera es (en el último número de La Gaceta de Cuba) la cabeza visible de aquellos que desean irrompible el puente de silencio entre víctimas y victimarios.
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