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Actualizado: 08/11/2009 2:10
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Ajedrez

Un piano y una cancha de fútbol

Francisco J. Pérez, un español de puras zetas, era maestro internacional y un contador de anécdotas: desde Capablanca hasta Karpov.

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Conocí a una leyenda llamada Francisco J. Pérez en el año 1992, en el primero de los torneos abiertos de ajedrez que organizó el Instituto Superior Latinoamericano de Ajedrez (ISLA). Jugaba contra un joven de mucha fama de cuyo nombre no me acuerdo, y ambos estaban apurados de tiempo. Su adversario tenía las manos levantadas al estilo Karate Kid, prestas a mover cualquier pieza a la velocidad de la luz, pero lo que molestaba al maestro era la cabeza en el medio del tablero: "¡Joven, que no estamos jugando fútbol!". Finalmente, perdió esa partida, como muchas más en ese torneo. Es que ya estaba en decadencia, blanco en canas, el aroma característico de los viejitos mal cuidados, pero con un bastón militante y un espíritu aguerrido que nunca hubiera querido verle perder.

Este Maestro Internacional, español de puras zetas, obtuvo su título en el año 1959. Antes de eso, fue famoso por el conocimiento adquirido in situ de las grandes glorias del ajedrez mundial, y por su pasión de comentarista de fútbol. Pocos años después, huyéndole al franquismo, decidió emigrar a Cuba, donde siguió siendo un buen jugador de ajedrez y un apasionado del fútbol —la gran pérdida de su vida—.

Tuve la suerte de jugar una partida con él, no por el resultado, sino por lo que derivó de ella. Era un personaje clásico en vida, lleno de historias y a quien gustaba hablar. Mi egoísmo adolescente no podía perder esa oportunidad de conocer de primera mano la historia, los secretos de la maestría y el dominio de mi arte; de oír anécdotas acerca de todos los campeones mundiales y grandes ajedrecistas que conoció y con quienes jugó, desde Capablanca hasta Karpov.

Así supe cómo le llenaban las botellas de agua a Alexander Alekhine para que no bebiera, pero éste se iba al bar de frente a su hotel con una sonrisa; que Capablanca era un personaje pretencioso porque no miraba a los lados —Jota Pérez lo detestaba—; que Botvinnik era un tío muy correcto y le gustaba caminar demasiado; que Fischer estaba loco-loco; y de otras tantas cosas que le oí decir y no menciono por temor a confundir mis lecturas con sus historias.

Él se entusiasmó conmigo, por mi tendencia a escuchar y dejar hablar, y me invitó a su casa, en el Cerro. No me acuerdo qué idea yo tenía, pero lo que encontré fue un apartamento donde había que caminar como los egipcios entre los pasillos de paredes de libros y publicaciones de ajedrez, al más puro estilo de las películas. En medio de la sala, ¡oh!, un enorme piano de cola. Jota Pérez, como si nada, pidió ayuda para apartar un bulto de revistas Shajmaty, amarradas con una soga que había sobre un butacón, y me invitó a sentarme; se acomodó en la butaca del piano, el único lugar libre de todo el apartamento, respiró hondo, contento de tener público, y me dijo palpando el instrumento: "La música y el fútbol son los amores de mi vida".

Ni qué hablar de la sorpresa. Sólo había que mirar alrededor el porqué… y se me ocurrió la macabra pregunta: "¿Y usted de verdad sabe tocar piano?". Sin decir palabras, asumió posición de concertista, descubrió las teclas, y alzó las manos, dejándome en suspense… al bajarlas con energía, salieron notas desafinadas. Se detuvo, hizo un movimiento de contrariedad con la cabeza y volvió a levantar las manos, y las bajó con peores resultados. Al tercer intento, con las manos en alto y un mayor misterio, éstas descendieron lentas, pero para cubrir con tristeza las teclas y posar su frente en el piano: "Te pido disculpas, yo solía tocar mejor".

Fui un par de veces más, con mi propio juego de ajedrez (¡no tenía en casa!), y analizamos partidas y le escuché más historias. Nunca lo vi con nadie. Sólo una vez, una mujer en sus cuarenta entraba cuando yo salía. Ignoro el parentesco. Lo cierto es que el viejo estaba muy solo, o si no es así, al menos eso sentía. Esa soledad, con el tiempo, también se trasladó al ajedrez, donde empezaron a negarle la entrada a torneos. También hay que decir que había comenzado a cometer regularmente la falta más grave de la que puede avergonzarse un ajedrecista: cuando perdía, y eso sucedía a menudo, abandonaba los torneos. Pero para él la vergüenza más grande era perder de la forma en que perdía, y tampoco quería abandonar el juego que tanto amaba, aunque lo negara.

Y de repente dejé de saber de él. Todos dejamos de saber de él. Y lo peor es que sólo nos dimos cuenta de esto a la hora de su muerte, allá en el año 1999. Me enteré por una nota de un periódico cualquiera, donde se informaba brevemente de un homenaje póstumo e hipócrita que las autoridades del deporte le habían hecho. Triste final para alguien que nunca quiso abandonar la Isla, entregándole casi toda su vida. Una vergüenza para un país revolcado en la (vana)gloria del deporte y su seguridad social.

Las disculpas póstumas no sirven. Por eso deseo que ojalá el viejo Jota Pérez creyese en el Paraíso, aunque sea en uno personal: por Tierra Prometida, una verde cancha de fútbol, en medio su piano de cola y, si no es mucho pedir, sobre éste un tablero de ajedrez, por contrincante a Caissa, y de hinchas, todos los grandes campeones que conoció.


21 Comentarios



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21 por Vania Perez Santos (Usuario no autenticado) 25/06/2009 19:00

Gracias miles por solo el hecho de haberse acordado de mi padre. No estoy totalmente de acuerdo con sus comentarios, pero respeto por sobre todas las cosas su opinión y aplaudo la forma tan humana en que ha descrito a este hombre que vivió solo para el ajedrez, el fútbol y el piano. Le prometo leer e ir comentando sobre lo que ha escrito para que pueda conocer otra cara del ilustre personaje, que por demás, a veces pensé que iba a terminar como el bien conocido en Cuba, Caballero de París, pues siendo yo su hija lo veía como Don Quijote, escapado del libro de Cervantes. Gracias nuevamente le doy y nos volveremos a encontrar en estas paginas. (jcenteno_perez@hotmail.com)

20 por Carlos Luis Pujol (Usuario no autenticado) 23/05/2009 11:00

Maestro Nunez! como se encuentra usted!! Hace mucho que no hablamos. Espero que algun dia nos volvamos a encontrar y hablar, le tengo en gran estima, fue usted muy paciente conmigo cuando fui jugador (y joven inexperto). Mis saludos a su esposa y Yaquelin, y su chamita que me imagino ya debe ser una muchacha. Mis mejores deseos para todos. Permitame disentir de usted en cuanto a lo del maestro Jota Perez... me consta que usted no hizo nada parecido cuando fungia como director de torneos en la polivalente (todo lo contrario,el ajedrez de la habana le debe mucho por los grand prix que usted organizo), pero no podemos decir lo mismo (por ejemplo) del otro maestro que atendia la catedra provincial (para que decir nombres), con quien tuve una discusion muy fuerte con respecto a jota perez, cuando no lo dejaba jugar torneos, sobre todo en la kid chocolate que era donde mas se organizaban: tanto asi que en una ocasion cedi mi puesto a Jota Perez... pero ya sabes, fui decepcionado; Tambien abandono ese torneo. Y otros mas (segun Jota Perez), en el que puedo decir que no me involucre. Por lo demas, solo relate' mi vision de la vida del maestro, la que tuve de primera mano. No dije ninguna inconsistencia, no he mentido, y por supuesto no pongo en duda lo escrito en su comentario; pero ud me conoce, sabe que estuve muy involucrado en el mundo del ajedrez, y no me va a negar que el maestro desaparecio, y a nadie se le ocurria preguntar donde esta jota perez. Los honores que se le hacian, bueno, ya usted lo dijo, lo encontraron en la calle y lo llevo a volandas al torneo capablanca, como reliquia historica, digno de un museo: Miren lo que me encontre! Es muy triste que tanta gloria investida en una persona sea tratada como pieza de arquelogia, y no elevada como ejemplo peremne de lo que puede alcanzar un ser humano, y que valga la pena lo vivido hasta el final.

19 por Antonio Nuñez Ravelo (Usuario no autenticado) 23/05/2009 1:00

yo conocí al Maestro J Pérez, lamento como se le ha descrito, en Cuba fue bien acogido, es el único deportista extranjero que ha representado a Cuba en Olimpiada, se le dio como residencia durante muchos años el Hotel Habana Libre, con comidas, recorrió los mejores hoteles de la Isla mostrando su arte, salio a cualquier lugar representando nuestro país, sin poner un centavo durante mas de 20 años, todos los cubanos saben que estatus tenia en nuestra sociedad su único compromiso con nuestro país fue contribuir al desarrollo y difusión del ajedrez, claro cuando tenia nivel para jugar en torneos Internacionales, y Campeonatos nacionales estaba en nomina, cuando su nivel bajo debido a su edad quedo sembrado para los campeonatos provinciales, respetando su titulo de M.I, e incluso se le invitaba a jugar en torneos internacionales como los de Guines, me consta que el maestro Danilo Buela (comisionado nacional de ajedrez en aquellos años) en una edición de un Capablanca Inmemorian, lo encontró el la calle y lo llevo como invitado de honor, se le brindo cena como a cualquier otro jugador del evento, nunca lo expulsaron de ningún evento, era bienvenido, claro se que no le gustaba perder, era un luchador, era un gran admirador de Aliojin como el le decía, si me acuerdo que cuado se encontraba con el arbitro Internacional Alberto Garcia amigo de Capablanca, en el club Capa ambos discutían acaloradamente el ¿por qué? Alekine no le había dado la revancha, eran los dos polos opuestos, pero nosotros lo queríamos, los que conocimos al maestro J Pérez, admiramos su arte en el piano, en su vejes paso por la misma situación que miles de ancianos cubanos, pero siempre con el reconocimiento merecido que le sabíamos dar.

18 por Perdido en el Tiempo (Usuario no autenticado) 22/05/2009 12:00

Un piano, una cancha de futbol y un tablero de jugar al ajedrez, para hacerle justicia, honor y mejor tributo al protagonista de esta historia, el gallego J. Perez. Buen articulo.

17 por paco (Usuario no autenticado) 18/05/2009 15:20

bonito articulo


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