Sociedad

Bailar en casa del trompo

Migración interna y discriminación: ¿Quién no aguanta más, La Habana, Oriente o la Isla?

El mundo vive consternado por el drama de la emigración. Estados Unidos se "protege" con un muro ante la avalancha de mexicanos, España fortalece las vallas de sus ciudades norteafricanas y Cuba, como si ignorase su fatalidad de país emisor, eleva los movimientos internos interprovinciales a la categoría de "trámites migratorios".

Así lo dice el periódico Granma, en su edición del pasado 21 de diciembre. Si bien etimológicamente la definición es correcta, lo inaudito es que un gobierno legisle dónde y cómo puede vivir un ciudadano en su país.

Los únicos que no estarán sujetos a los "trámites migratorios" serán quienes se muden a la capital como resultado de la "asignación estatal" de una vivienda, "siempre y cuando los integrantes del núcleo familiar sean padres, hijos o cónyuge del titular", indicó el presidente del Instituto Nacional de la Vivienda, como parte de un paquete de medidas para supuestamente disminuir los trámites en este sector en 2006.

Las normas datan de 1997, cuando se aprobó el Decreto-Ley 217 del Consejo de Ministros sobre las Regulaciones Migratorias Internas para La Habana y sus Contravenciones. Un muro invisible contra los "ilegales que han llenado La Habana" (la frase es de Fidel Castro, en una entrevista con la prensa extranjera en 1995). Como en tantos otros temas, cuando el gobernante habla de "ilegales" se mueve a su antojo en el mismo ámbito de la extrema derecha, en momentos en que sectores de la izquierda y organismos internacionales piden sustituir ese término por el de "indocumentados"; porque ninguna persona es ilegal, viva donde viva y vaya donde vaya.

Cubanos hasta en la sopa

Pero, al parecer, a los cubanos nos fascina la doble medida, aquí y ahora, ayer y hoy. Huimos en masa en busca de oportunidades: unos se conforman con vestirse y alimentarse mejor; otros intentan decir y escribir lo que piensan, moverse y actuar sin miedos ni tapujos. Sin embargo, cuando el problema nos toca de cerca…

Miles de cubanos fueron detenidos en 2005 en alta mar, en ese macabro juego de "pies secos y pies mojados", sin contar los que sencillamente desaparecieron en el intento. Según datos publicados por El Nuevo Herald, "en el período fiscal que concluyó el pasado septiembre, lograron arribar 2.530 cubanos a las costas de la Florida y 7.610 lo hicieron por las fronteras de México y Canadá, ambas cifras un récord para la década".

Miles de africanos, ecuatorianos, colombianos, cubanos y dominicanos llegan cada año a España, lo mismo en frágiles embarcaciones (en el caso de los subsaharianos) que con pasaporte en mano.

La emigración, en tanto tragedia y fenómeno universal, no deja indiferente a nadie. Muy dados a discriminar por asuntos tan banales como el acento o la ciudad de nacimiento que figura en el carné de identidad, los cubanos hemos sido, en honor a la verdad, bastante bien recibidos en los parajes del mundo donde hemos recalado. ¿Dónde no se afinca un cubano a día de hoy?, desde la fría Oslo hasta la caótica Luanda conforman el mapa de destinos.

Estados Unidos, con diferencia, es el país en que han recibido mayor abrigo. Más allá de intereses electorales, políticos o de cualquier otra índole, la nación norteña ha brindado una protección incalculable a más de un millón de cubanos, quienes al mismo tiempo han retribuido ese amparo con trabajo y dedicación. El Miami de hoy, 47 años después de la llegada del primer cubano, habla por sí solo.

Otros países han tenido a bien ser condescendientes con la peculiaridad cubana, con sus altas y bajas. Por ejemplo, España, aunque de forma inestable, se ha convertido en lugar de residencia o en puente de lanzamiento para cientos de miles de cubanos que desean alcanzar tierras norteamericanas.

Guerra no declarada

Ciertos extranjeros todavía se sorprenden de la manera despectiva en que los cubanos del occidente de la Isla se refieren a los de oriente, con un discurso muy cercano al de la extrema derecha europea cuando critica superficialmente a la emigración árabe y de Sudamérica.

La esencia de ambos discursos es idéntica: atacan las consecuencias de la emigración, sin prestar la más mínima atención a sus causas.

Muchos españoles se preguntan cómo es posible que un cubano afincado en España, emigrante como el que más y víctima de la xenofobia europea, es capaz de sostener el discurso del victimario, ahora que vive de cerca la otra parte del problema.

Bien vamos los cubanos si ya desde ahora no somos capaces de comprender la mano que nos ha echado el mundo en estas cuatro décadas, ni lo que internamente sucede en la Isla. ¿Cómo responderá Cuba cuando algún día deje de ser un país emisor de emigrantes y regrese a la normalidad de antes de 1959, pero con los retos migratorios del siglo XXI?

Hoy, la posición de algunos cubanos deja mucho que desear, lo mismo en las altas esferas del poder (curiosamente en manos de orientales) que entre la gente común. El regionalismo de moda, ese que vive por y para la diferencia, se manifiesta en su forma más clásica cuando algunos afirman que La Habana ha sido "tibetanizada por provincianos", porque "apenas se ven habaneros y la ciudad está rodeada por nubes de provincianos".

¿Qué de malsano tiene para un país la procedencia de sus ciudadanos? ¿Qué mueve a una persona a clasificar a sus congéneres de capitalinos o provincianos, citadinos o rurales, en el intento de hallar solución a un problema?

La clasificación según el origen tiene larga data. Los tintes fascistas de algunos cubanos, y que nadie se alarme por la contundencia de la expresión, se emparentan con la ideología nacionalsocialista que dividía a judíos y arios: "De dónde eres; luego vales y existes".

"Sólo puede ser ciudadano del Estado el verdadero alemán, de sangre aria (…) aquel que no es ciudadano del Estado, sólo puede vivir en Alemania como residente, y ha de estar sometido a la legislación para extranjeros", rezaba el programa electoral con el que Adolfo Hitler llegó al poder.

Hitler no sólo recibió el voto de los alemanes para ejecutar su proyecto, sino que el componente racial del régimen, en comparación con otros temas, tuvo pocos críticos y una aceptación generalizada por el pueblo germano, según explica José María del Olmo en su libro Las caras del racismo.

Una versión contemporánea del problema se evidencia en Francia. Para el líder extremista Jean-Marie Le Pen, "la delincuencia, la falta de trabajo y hasta las dificultades para el pago de las pensiones" se deben al elevado número de inmigrantes en Francia.

Le Pen, quien disputó las elecciones generales de 2002 con el actual presidente Jacques Chirac, ha vuelto a la palestra pública tras los incidentes violentos de los últimos meses en París. Mientras Chirac (derecha moderada) plantea una razonable doble vía de mejoramiento de las condiciones en las periferias y mano dura contra la delincuencia, Le Pen aprovecha para hacer campaña y dice que la solución es "todos fuera" para volver a la Francia pura.

¿Elogio de la pureza?

Hoy, desdichadamente, son muchos los habaneros que perciben en la migración de los orientales hacia occidente el origen de todos sus problemas, que no son pocos. Ser oriental es un estigma; parecerlo puede ser una tragedia. Algunos, que se las arreglan para parecer puros de raza, incluso en el exilio, se ufanan de que los pocos habaneros que quedan en la capital son "perfectamente distinguibles".

Estos esgrimen el hecho de que la mayor parte de las propiedades de los habaneros están ocupadas por "provincianos"; lo que ocasiona que los pocos "originales" vivan "como en un país extranjero, rodeados de provincianos zafios".

Criterios de este tipo, elogiosos de la pureza nazi, la no contaminación por razones de raza, origen, acento, nivel cultural y otros aspectos, han calado profundo en muchas personas, lo mismo en La Habana que en Oriente. Incluso en aquellos cubanos que hoy caminan tranquilamente por calles supuestamente "ajenas", lo mismo en Miami, Madrid o Valencia, rodeados ya de un cada vez más bajo por ciento de "nativos originales", por obra y gracia de la globalización.

En dichas ciudades también existen sectores que opinan que los extranjeros, entre ellos los cubanos, ocupan sus espacios y transforman "su paisaje, su cultura". A pesar de ellos, ¿no seguirán viviendo los cubanos en estos sitios mientras sus circunstancias personales (espirituales y materiales) no permitan otras soluciones?

Icono de la ignorancia

La pretendida idea de que fuera de la capital todo es rural, y presuntamente, intelectualmente inferior, convive hoy a diario en la Isla y es el perfecto icono de la ignorancia de muchos cubanos; unida a la impresión de que el inmigrante es el problema, y no el modo en que está organizada la sociedad.

A pesar de que el caso cubano se inscribe en la dinámica habitual de los países subdesarrollados, cuyas capitales sufren problemas similares a los de La Habana, la particularidad viene dada por el régimen centralista que gobierna la Isla. Aunque no puede soslayarse el hecho de que Castro llevara médicos, maestros y electricidad hasta las montañas, el resto de sus acciones estuvieron dirigidas a despoblar estas regiones conminando a los campesinos a emigrar a las ciudades, en un plan suicida y demagógico.

Hoy por hoy, el sistema está diseñado de un modo absurdo, muy propio de un régimen totalitario. Ni la economía, ni la cultura, ni mucho menos la política, disfrutan de la más mínima autonomía en las regiones cubanas. Si antes del castrismo ésta ya era escasa, ahora no existe.

El sistema está estructurado de un modo en que vivir en la capital es casi indispensable, lo mismo si se es artista, periodista u obrero portuario. La verticalidad del castrismo y la desesperación de los que residen en regiones menos favorecidas por el desarrollo socioeconómico, son variables tan válidas para los que cruzan el Estrecho de la Florida como para quienes abordan un tren en Mayarí y se lanzan a la conquista de La Habana, pese a la lógica diferencia entre una y otra alternativa.

Una vez superada esta etapa en la historia de Cuba, los gobernantes del futuro deberán lidiar con el problema de le emigración interna, para evitar que la capital y sus habitantes sufran los efectos de una mayor población y carga de la que pueden soportar. Toda capacidad de acogida es limitada. Lo mismo en Estados Unidos, España que en Cuba. El colapso de los servicios públicos (transporte, salud, educación, ocio) y la negativa repercusión en las infraestructuras urbanas, son un hecho incontestable; pero las causas no sólo debemos buscarlas en los movimientos migratorios, sino en las políticas gubernamentales.

A diferencia de lo que ocurrió en España en el siglo XX, cuando el dictador Francisco Franco privilegió las inversiones en aquellas regiones "periféricas" con mayor sentimiento de identidad propia (País Vasco, Navarra y Cataluña), en Cuba la zona oriental siempre ha sido la hija de nadie, ayer y hoy.

Pasar página

Cualquier fórmula para revertir en el futuro el flujo migratorio hacia La Habana, pasa por fomentar esquemas de autogobierno en las provincias, el incentivo a las inversiones mediante beneficios fiscales, la creación de empleo, la descentralización de la vida pública y de la burocracia "nacional" y el establecimiento de medios de comunicación de cobertura nacional desde cualquier punto del país. Esto último, aunque parezca baladí, no lo es; pues contribuiría a rescatar la autoimagen del resto de los cubanos, sus costumbres y cultura, y a contener el éxodo del sector profesional que busca horizontes promocionales efectivos.

Cuba, afortunadamente, no sufre los sentimientos soberanistas que hoy preocupan a diferentes naciones del mundo, en las que en algún momento de su historia una parte de la población ha sido preterida. España, Francia, Gran Bretaña, Canadá, Bolivia, entre otras, lidian a diario con proyectos separatistas, plebiscitos y amenazas de secesión. Pero una situación de normalidad democrática en Cuba y una serie de demandas históricamente insatisfechas podrían dar al traste con hechos violentos graves, de un lado, y peticiones separatistas, de otro.

Ambas posibilidades significarían la ruptura de ese proyecto llamado Cuba, una nación de una misma etnia, cultura y lengua, donde tanto el campesino de la Sierra Maestra como el escritor del Vedado deben disfrutar de los mismos derechos humanos: el acceso al desarrollo o la libertad de movimiento.

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