Disidencia

«Soy un hombre sin odios»

Reconciliación, intelectualidad, racismo… Entrevista al periodista independiente Jorge Olivera Castillo.

Por los recovecos del barrio de Jesús María estuvimos una noche buscando la casa adonde se había mudado Jorge Olivera Castillo. Su esposa, Nancy, hizo el café que nos preparaba para uno de esos aguaceros difíciles de olvidar.

Mientras esperábamos, Nancy habló del desastre familiar que representó que su esposo fuera sentenciado a 18 años de cárcel, encerrado a 900 kilómetros de distancia, y luego saliera enfermo, pero sin odios, con un poemario y un libro de cuentos bajo el brazo. También con ganas de escribir la desgracia para que no se olvide y otros no la repitan. Aquella noche no vimos a Olivera, pero meses después, en un oscuro y cálido cuarto de Centro Habana, pudimos completar la conversación.

¿Cómo evolucionó su inconformidad hacia el sistema para el cual trabajaba?

Eso lleva un poco de historia. Mi padre fue un preso político, militante comunista, primeramente del extinto Partido Socialista Popular, pero estuvo implicado en el proceso de la Microfracción. Él luchó desde muy joven en las filas de los comunistas contra la dictadura de Batista, hasta que triunfó este proceso y se vio en medio de inconformidades que no iban con su manera de pensar. Empezaron a manifestarse contra la línea dura y cerrada del castrismo, la política excesiva de gratuidades, la exportación de la lucha armada.

En fin, discrepancias en el seno mismo de las reuniones, y resultó un proceso parecido al de los 75. Fueron encarcelados 36 hombres y 3 mujeres en la Causa 27 de 1968. Las detenciones comenzaron en octubre del 1967. Y aunque no me crié con mi padre, eso me marcó para cuando se empezó a hablar en Cuba del proceso de la Perestroika, en 1986.

Contaba con la enseñanza de mi padre y sus compañeros de lucha. Trabajaba entonces como editor de la televisión, en los entonces dos canales, y los efectos diarios de la censura me llevaron a redituarme en el contexto del país y salir del rebaño. Trabajaba en el campo de la comunicación y vi de cerca la manipulación, pero me faltaba dar el salto. Lo pensaba una y mil veces, hasta 1993, cuando no recuerdo bien qué día, di una noticia o simplemente una opinión para Radio Martí. Ese fue el clímax, pero también cruzar la raya.

Usted es un creador y el más cercano indicio de represalia viene de la censura. ¿Cómo le afectó directamente?

Imagínate, fueron diez años trabajando en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, que fue la única institución estatal en la que trabajé después de graduarme. Ahí es donde más claro cualquiera puede ver bien el rostro de la censura, si está cerca de los medios de difusión masiva. Me cuestioné cuando tuve que formar parte de esos "equipos". A eso se debe que haya roto los vínculos con esa institución. Ese es un ambiente propio de los gobiernos totalitarios, y Cuba no es la excepción. Cuando uno lee la literatura referida a los cambios en los regímenes comunistas, se da cuenta que en la filosofía marxista-leninista todo confluye en la censura, que todo lo controla, lo manipula, de acuerdo con sus intereses partidistas. Eso me llevó a romper definitivamente.

A pesar de todo, hay una parte de la intelectualidad escudada tras cristales ahumados, atrincherada, produciendo, aunque "de espaldas" a la otra realidad…

Evidentemente, existe un problema con esa intelectualidad, porque al ser humano, ese individuo que se enfrenta a un régimen de esta naturaleza, le hace falta talento, coraje, valentía. Y la mayoría intelectual no reúne esos requisitos. Pueden ser muy talentosos, pero les falta coraje para adoptar una posición determinada en un momento preciso. Es lo que ha sucedido con la intelectualidad cubana de los últimos 48 años.

Sí existen otros espacios, como con los artistas de la plástica y algunos escritores, que han tenido valor, sin identificarse propiamente, de una manera u otra, con determinado partidismo. Asumen una posición más o menos digna y creo que eso hay que valorarlo. Pero la más conocida intelectualidad cubana no ha asumido estas posiciones, el papel que le correspondía en un momento determinado.

Recuerdo, por ejemplo, los sucesos que tuvieron que enfrentar María Elena Cruz Varela o Raúl Rivero, por sólo mencionar dos casos de los más conocidos en Cuba. Muchas personas los fueron discriminando, o muchos, por omisión, eligieron el silencio. Esto ha quedado para la historia. Si la intelectualidad hubiese asumido un rol más explícito en este terreno de las ideas, y se hubiera incentivado un verdadero debate, otra fuera la historia del país.

Ahora me viene a la mente la llamada "guerrita de los emails", que eventualmente tuvo un fuego modesto, pero luego se apagó y no quedó nada. No se sostiene el debate cuando intenta haberlo. No hay perseverancia en asumir poses valientes que debían ser portadoras de coraje. Es lamentable, pero la historia nos ha puesto a otros a ocupar ese lugar. Por lo menos hago mi modesto esfuerzo, sin buscar heroicidad, sino haciendo lo que dicta la conciencia y con la mirada puesta en el futuro. Para las nuevas generaciones, tarde o temprano, será una lección sobre qué hicieron y qué dejaron de hacer los pensadores e intelectuales.

En algunos medios intelectuales se habla del creciente racismo, pero hay una resistencia enorme a expresarlo públicamente. Tanto, que las opiniones son divididas, e incluso hay negros que lo niegan. ¿Cómo ha sido en su caso?

En la esfera laboral, no me tocó directamente, pero en Cuba sí hay racismo. No el racismo del siglo XIX, pero hay matices. No es el racismo de Estados Unidos en la década de los sesenta —por el alto grado de mestizaje que se ha producido en este país—, pero la discriminación viene por la política fallida de la nomenclatura comunista.

Por ejemplo, como todos los sistemas desarrollados bajo el populismo, tiene que apelar a la dependencia extranjera. Aquí había una dependencia enorme de la Unión Soviética y se relegaron a un segundo plano estas cuestiones, que venían del régimen anterior. Se desplazaron de tal modo, que no se encuentran rostros negros en las altas esferas del gobierno, en puestos claves, ni en los medios de comunicación masiva. Hasta se ha generalizado el estereotipo del bajo coeficiente intelectual de los negros. Hay varias gradaciones, pero se discrimina al más negro y al más claro.

No podemos perder de vista el punto social, por ejemplo, la vivienda. Uno ve que las peores viviendas y los barrios más malos están llenos de personas negras: Centro Habana, Marianao. Si buscas en las zonas de albergados, verás la composición racial. Es un horror lo que sucede con los desclasados.

Esto es algo a resolver en un futuro. Sin embargo, no es un problema que no tenga solución. Queramos o no tendremos que subsanarlo. Es algo que atañe a toda la población. Estaremos viendo el problema de la integración, porque es una nación que nos pertenece a todos, independientemente de las gradaciones de color o de un fenotipo. Será una sociedad nueva y habrá que construirla poco a poco.

Su poesía está más cerca del conversacionalismo de los años sesenta y setenta, que de la experimentación actual. ¿A qué lo atribuye?

Simplemente, quise abordar en este libro (Confesiones antes del crepúsculo, 2005) el ambiente de los momentos más tristes que había pasado en prisión, y pienso que los que pasaré en este planeta. Pero siempre he visto la vida con optimismo. Lo asumí líricamente, no tengo odios, no me sale, aunque quiera proyectarlo sobre las cuartillas, en ningún género literario. Siempre he soñado con imágenes, con algo un poco etéreo y metafísico. Diría que por eso pude pasar las terribles condiciones carcelarias. Esta poesía es la manera de abordar el problema, algo que me salió del alma.

Aunque es difícil reflejar desde el punto de vista poético, los momentos de esta situación tan drástica, quise buscar y no caer en el panfleto. Quise pintar estos mundos tétricos con imágenes, no ir directamente al realismo sucio, que hubiera sido más fácil; aunque no soy Bukovski. Soy un negro pobre que ha vivido en un barrio marginal, y parece que eso se ha quedado en mi subconsciente.

En el género de cuento —logré publicar un libro (Huésped del infierno, Aduana Vieja, Valencia, España, 2007) que es bastante testimonial—, me desenvuelvo mejor, me siento más cómodo. Ahí están mis experiencias. Ahora estoy trabajando en otro libro de cuentos donde hay vivencias de 46 años. Va a tener mucho del barrio, mayormente poblado por gente pobre, destruido arquitectónicamente, lleno de baches, aguas albañales, el horror…

¿Cuál fue el momento más terrible de su estancia en la cárcel?

No fue uno solo. Desde que me apresaron en la casa como un vulgar asesino en serie, el mes y medio que me pusieron en las celdas tapiadas de Villa Marista, la llegada a la Prisión Provincial de Guantánamo, el juicio sin abogado, con personas infiltradas que testimoniaron en contra mía; hasta los terribles nueve meses que pasé en esa cárcel, enfermo y sin asistencia médica, y posteriormente, la convivencia con locos, criminales, pederastas, toda la gama de lo peor de la conducta humana.

Te juro que en algún momento pensé que no salía con vida. Pero lo más importante es que no albergo odio en mi corazón. Todo lo que he hecho ha sido por mi familia, por mi pueblo. Es difícil perdonar, pero sí tengo la capacidad de perdonar. En un futuro, los que quieran acusar, que lo hagan. Tendrán los espacios y el momento para ello. Yo no lo haré. Mi arma será escribir todo de la manera más artística posible. Ningún ser humano puede vivir mínimamente feliz albergando tanto odio dentro. Lo hago por el bien, por el futuro, pues soy uno entre 12 millones.

¿Cómo impactó a su familia? ¿Qué es lo que nunca olvidaría?

El trauma más terrible fue estar tan lejos, condenado a tantos años de prisión, enfermo y rodeado de todo lo que te conté. Mi familia fue la que más sufrió. Mi madre vive en España con mis hermanos y no la he podido ver. Ahora, que pedí ir al exilio, no me dejan ir. Algo absurdo, pero es un derecho que no voy a mendigar, sigo trabajando y ya… Esta es mi patria y mi país, y aunque piensen que me están haciendo un mal, no lo veo así. Peor es la muerte. Eso no me asusta, no quiero ser un mártir, pero tampoco un cobarde.

Lleva ya muchos años sin que le otorguen el "maldito" permiso de salida. ¿Considera que es una situación generalizada o algo personal con usted?

Es una táctica de la Seguridad del Estado. Dejan salir a unos y a otros no, para crear recelos, dividir, confundir. Muchos diplomáticos con los que he conversado no entienden, porque la lógica dice que si me tienen aquí es como un castigo adicional. Espero con paciencia, pero escribiendo, manifestando la realidad, calentando el brazo.

Como narrador, ¿de qué manera relataría la futura reconciliación nacional?

Habrá una reconciliación, no hay otra vía de tránsito. Si alguien conoce otra, que me la enseñe. Cuando estudias procesos que son similares al cubano, ves que hay diferencias, pero en el fondo es lo mismo. Lo he visto con los procesos de Europa del Este: hay matices, pero en esencia son lo mismo. Cuando estén las condiciones, habrá un diálogo donde se incluya a personas que hoy son del gobierno, del exilio y de la oposición dentro de la Isla. No soy un político, me limitaré sólo a opinar. No hay un proceso con éxito que no incluya a todos sus actores.

Hay que verlo con optimismo. Ahí están los ejemplos de Sudáfrica, la dictadura de Pinochet, la Polonia de Jaruzelski, con la conversación de la Mesa Redonda. Llegará el momento para conversar, repasar la Historia y luego seguir adelante, sin que haya ajustes de cuentas personales, con mecanismos eficaces y vigilados.

Finalmente, ¿cree que la literatura salva de algo?

Sí, para mí ha sido una tabla en medio de un naufragio. Me ha hecho sobrevivir, respirar. Pienso en el náufrago en medio del mar, y la literatura como snorkel para respirar. Con ella he visto la vida con más optimismo. Mi imagen es verme en medio de ruinas, pero en lontananza un sol apareciendo en medio del desastre. Eso es la literatura, lo que me ha rescatado de los días tenebrosos de la prisión. Cuando veo mis libros publicados, no pienso en la gloria, sino en ese documento que quedará para la historia hasta que Dios quiera.

Al que Dios le haya dado ese don, debe sentirse una persona dichosa, realizada.

© cubaencuentro

Dirección URL:
http://www.cubaencuentro.com/es/entrevistas/articulos/soy-un-hombre-sin-odi
os-80124