Opinión

Conflicto y diplomacia (II)

Relaciones La Habana-Washington: ¿Influyen las nuevas realidades internacionales en el recrudecimiento de la represión en la Isla?

La diplomacia es el espacio que han de emplear los Estados para dialogar y entenderse —incluso para alcanzar la paz en medio de un conflicto bélico—, no para que sea canal de expresión de otras formas de confrontación. La llamada "guerra de carteles" entre la Sección de Intereses de EE UU en La Habana y el gobierno de la Isla, es por ello una aberración.

Hoy Fidel Castro protesta porque un presidente estadounidense, que comparte en curiosa medida ciertos presupuestos suyos, ha decidido entrar también en el juego de emplear la diplomacia como otra modalidad de guerra en lugar de su alternativa.

No le gustan a Castro los carteles y vallas lumínicas que han puesto en la fachada de la Sección de Intereses en La Habana. No le falta razón al decir que no es función de una misión diplomática poner carteles que critican al país anfitrión. Pero la primera valla de esa naturaleza fue colocada por orden suya, hace décadas, frente a la Sección de Intereses de EE UU y todavía reza: "Señores imperialistas, no les tenemos ningún miedo".

La valla fue seguida en fechas más recientes por la construcción de una suerte de "protestódromo" para dar cabida a actos multitudinarios, desde donde se urge a niños, mujeres y adolescentes a gritar groserías con altoparlantes que rompan con sus decibeles los oídos "enemigos". Los autos diplomáticos y viviendas de los funcionarios estadounidenses en Cuba han sido vandalizados de manera repetida.

Al jefe de Estado cubano le enfurece que los diplomáticos estadounidenses mantengan estrechas relaciones con potenciales o reales disidentes y les entreguen materiales impresos que critican las políticas cubanas. Pero sus diplomáticos en Washington vienen haciendo exactamente eso —contactar disidentes y distribuirles propaganda—, desde que se abrió la Sección de Intereses de Cuba en esa ciudad.

No se ha podido probar —con evidencias que puedan resultar aceptables en una corte imparcial dentro de un Estado procesal de derecho— que los disidentes cubanos han recibido dinero de diplomáticos estadounidenses. Pero es conocido que los oficiales de la DGI que han operado desde Nueva York han pasado ocasionalmente recursos de diversa índole (incluso dinero) a personas y grupos —entre ellas a un ex agente de la CIA que devino famoso por sus libros— para apoyarlos, comprometerlos y mantener su cooperación.

Nuevas crisis, nuevas élites

Al jefe de Estado cubano, le hizo saber la actual administración Bush que considerará la repetición de pasadas crisis migratorias como un ataque a la costa este de EE UU, cuando ese país sostiene hoy dos guerras simultáneas en Afganistán e Irak. Atemorizado de que la situación escapara de su control en 2003, el Comandante en Jefe dispuso, para público escarmiento, el fusilamiento sumario (a menos de una semana de su captura) de tres jóvenes que intentaron escapar de la pobreza y represión secuestrando una lancha de pasajeros.

Este hecho y la ola represiva contra disidentes no violentos ocurrida en ese año, le valieron un rechazo casi universal. Pero nuevas realidades han emergido, realidades que han renovado la confianza de Castro en que es posible reprimir de manera impune, bajo el atronador silencio de los organismos multilaterales.

Por una parte, el apoyo financiero de Hugo Chávez le ha permitido mantener las compras de víveres a EE UU y su petróleo ha contenido, en alguna medida, la ola nacional de apagones.

Por otro, las alianzas petroleras y financieras establecidas por Chávez con varios gobiernos del Caribe y América Latina —más los servicios médicos y educacionales gratuitos brindados por Cuba dentro de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) apoyados por Chávez—, han creado compromisos que dificultarían la anuencia del grupo regional a cualquier condena del gobierno de Fidel Castro en los organismos internacionales.

Las elecciones en las que han sido favorecidos algunos gobernantes que profesan una cándida admiración por Castro, o donde una parte sensible de su base electoral padece de iguales ilusiones, se suman a ese efecto neutralizador. La escalada de violencia gubernamental contra presos y disidentes, desde el pasado mes de julio, indican que el Comandante en Jefe cree tener ya las manos desatadas para disponer esos desmanes.

Igual impacto tendrá el hecho de que a partir del segundo semestre de este año 2006, Fidel Castro será, por segunda vez, presidente del Movimiento de Países No Alineados. El fortalecimiento de relaciones diplomáticas y de cooperación con un numeroso grupo de países africanos, más la consolidación de relaciones con Irán y con grupos palestinos, ahora en el poder, harán que el gobierno de la Isla robustezca sus posiciones en foros internacionales.

Aunque algunos gobiernos profesen un sincero anticomunismo, razones pragmáticas los llevarán a esquivar una condena en los organismos multilaterales al presidente del Movimiento al cual pertenecen.

Con la vista en septiembre

En dos palabras, Fidel Castro se siente más fuerte desde el punto de vista financiero. Militarmente es probable que tenga acceso a la renovación parcial de su equipamiento bélico, vía Caracas. Desde el punto de vista de operaciones de inteligencia, tendrá más posibilidades de influir y realizar operaciones en aquellos países de América Latina que le abran sus puertas. Y desde el punto de vista político estará, a partir de septiembre de 2006, en mejores condiciones de impulsar políticas de condena a Washington, que el propio EE UU de hacerlo contra Cuba.

Desde esa perspectiva, no sería raro que decidiese que ha llegado el momento de aplastar de manera contundente, ejemplarizante y definitiva toda disidencia y hasta de provocar la salida de los diplomáticos estadounidenses y cubanos de sus respectivas Secciones de Intereses.

Después de todo, y pese a las limitaciones de movimiento que les han sido impuestas por el Departamento de Estado, los diplomáticos de la Misión de Cuba en Nueva York podrían asumir nuevamente algunas de las labores de influencia que ahora se realizan desde Washington.

El problema en esa arriesgada apuesta sigue siendo la eventualidad de otra crisis interna que conduzca a una nueva ola de migración masiva hacia EE UU, y que con ella se abra la posibilidad de una acción militar de Washington. Si se cierra la Sección de Intereses en Cuba, se perdería la válvula de escape que hoy constituye el programa excepcional de 20.000 visas para migrantes permanentes anuales que EE UU concede a ciudadanos cubanos.

Es por eso que Castro necesita aferrarse a los actuales acuerdos migratorios, mientras hace lo indecible por presionar para poner fin a la Ley de Ajuste Cubano.

Sin Ley de Ajuste Cubano, ni Sección de Intereses de EE UU, ni disidentes en las calles, parece razonar el Comandante en Jefe, podría decirse, parafraseando un poema de Nicolás Guillen, que la Isla "sería toda Fidel, toda Castro" a un nivel hasta ahora nunca alcanzado.

Lo curioso es que en esta hora de supuestas invulnerabilidades y certezas, Fidel Castro parece dudar del mecanismo de relevo que debe operar el día de su desaparición y de la capacidad y solidez ideológica de algunos de los militares —incluido su hermano Raúl—, al parecer enfermos de veleidades reformistas y contaminados por el virus de la corrupción.

La punta de lanza

En las últimas semanas, ha elevado a categoría de ejército de choque privado —colmándolos de privilegios y autoridades extrainstitucionales— a un ejército de jóvenes, muchos de los cuales son desclasados que, cuando vagaban desconectados de todo empleo o centro de estudios, recogió hace un par de años y entrenó como "trabajadores sociales".

El modo en que viene operando el Comandante en Jefe en las últimas semanas, otorgando creciente poder a esta fuerza de choque personal, se asemeja a un progresivo golpe de Estado dentro de la institucionalidad socialista, del cual estas huestes, uniformadas y mimadas, son la punta de lanza.

Castro se ha caracterizado a lo largo de su ya larga existencia por seducir, usar y desechar seguidores. Cuando concluyó la lucha contra Batista y lo creyó posible, se deshizo de los combatientes antibatistianos que no estuvieron dispuestos a la sumisión incondicional a su poder unipersonal.

Cuando decidió poner fin a sus discrepancias con la URSS, no vaciló en permitir las acusaciones públicas y el ostracismo de aquellos funcionarios e intelectuales cubanos que habían contribuido a argumentar sus anteriores posiciones.

Cuando en 1996 consideró que había dejado atrás lo peor del aislamiento y debilidad económica de inicios del llamado Período Especial, urgió al V Pleno del Comité Central del PCC a condenar nuevamente a las personas e instituciones —académicos, organizaciones no gubernamentales de vocación socialista y democrática, funcionarios, microempresarios y trabajadores por cuenta propia— a quienes debía haber agradecido el haberlo ayudado a remontar la crisis.

Fidel Castro sólo tiene una agenda —el sostenimiento de un poder unipersonal absoluto hasta el día de su muerte— y en ella no caben lealtades a personas ni a ideales.

Al igual que en otros momentos de su trayectoria, Castro parece abocado a deshacerse nuevamente de su entorno y rehacerlo con una nueva camarilla ansiosa de conocer los oscuros templos —y claras ventajas— del ejercicio impune del poder.

Jugar con fuego

Son demasiadas piruetas simultáneas —y muy peligrosas— para quien hoy es un anciano que confunde ya el orden de los papeles a la hora de leer sus discursos.

El Comandante en Jefe, en su búsqueda incansable de protagonismo internacional, se apresta a impulsar desde la presidencia de los No Alineados políticas que aticen los conflictos con Estados Unidos, Europa y Canadá, en Irán, el Medio Oriente, África y, por supuesto, en América Latina.

Desalentar el diálogo y la negociación, desacreditar la actuación de las organizaciones multilaterales (la OEA en particular), atizar odios, divisiones y la confrontación permanente, serán líneas directrices de la estrategia de Castro como presidente de los Países No Alineados en las actuales circunstancias.

Alentar a Irán, Corea del Norte y otros países a que se distancien de los compromisos con la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) y desarrollen su potencial nuclear, es una de sus peligrosas apuestas. Su apoyo a las fracciones más extremas de Hamas contribuirá a bloquear las negociaciones de paz entre Israel y la entidad Palestina. Lidiamos aquí con un heraldo del conflicto, no de la paz.

Se acerca su fin biológico y ya no existe la URSS para comprometerlo con políticas de distensión en las que nunca creyó, y ha encontrado un nuevo mecenas que financie sus aventuras. El Comandante en Jefe se apresta a vivir sus últimos años de manera intensa y plena… aunque le cueste la existencia a sus seguidores, e incluso a la nación.

Acostumbrado a conspirar bilateralmente rumbos de acción decididos de manera unipersonal, Fidel Castro, desde su ancianidad, puede incluso llegar a desatar lógicas que de manera innecesaria comprometan nuevamente la actuación de militares cubanos en diversos conflictos y atraigan nuevos desafíos a la paz en las relaciones de la Isla con otros Estados, incluido pero no exclusivamente, EE UU.

¿Soportarán la población y la amenazada clase política cubana estas nuevas aventuras, riesgos y abusos de poder a los que quiere someterlos su Comandante en Jefe?

¿Encontrarán el modo de producir, antes de que ocurra una catástrofe irreversible, un cambio nacional que abra espacio a una democratización no violenta y gradual de la sociedad cubana?

¿Obrarán de manera responsable otros gobiernos, o se dejarán arrastrar en algarabía o silencio, por este apologista de la confrontación?

El horizonte es oscuro.

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