Opinión

Ni frijoles ni señales

Funcionarios y expertos insisten en que ya existen novedades positivas en el interinato. ¿Cuáles son esos supuestos éxitos y cambios?

Se aproxima la fecha que marca el primer año de convalecencia de Fidel Castro. Durante estos meses los cubanos han estado expectantes a las declaraciones de Hugo Chávez y a la de médicos extranjeros, para poder descifrar si existe la posibilidad o no de que el Comandante en Jefe se recupere.

Las informaciones o desinformaciones, vertidas durante este tiempo por la prensa y funcionarios locales, han ido siempre a la zaga de las lanzadas al mundo por los amigos extranjeros de Fidel.

Durante casi un año, el aparato de influencia externa del poder ha tejido febrilmente la hipótesis de que pronto conoceremos al "verdadero" Raúl Castro. El hombre intolerante y dogmático que conocimos ha cambiado. Hoy es, se nos dice, un hombre cansado y afable, abierto a la diversidad de estilos de vida y formas de pensamiento que han evolucionado hacia una comprensión de que la economía de mercado es compatible con una "democracia socialista", posibilidad que en el pasado rechazó frente a todos los que creían en ella.

Este nuevo Raúl tiene más que ver con la frase que ha recorrido el mundo cuando afirmó que se necesita más de los frijoles que de los cañones, que con aquella otra menos divulgada —pero también pronunciada por él en aquellos días veraniegos de crecientes explosiones sociales en 1994— con la que imploraba: "No me obliguen a sacar los tanques a la calle".

Tuvo suerte. No se vio "obligado" a sacarlos y a quedar vinculado a una masacre parecida a la provocada por los tanques rusos en Budapest o por los chinos en Tianamen. Sería alentador poder llegar a creer que el nuevo Raúl haya efectivamente comprendido que su "obligación" nunca sería la de sacar los tanques a la calle, sino crear las condiciones de cotidianidad que hagan impensable semejante situación.

Tanto es el deseo y la necesidad de creer que otra Cuba mejor es posible, que desde que "El Viejo" cayó en cama se ha extendido, dentro y fuera de Cuba, un crédito limitado a la controversial hipótesis de la conversión del general de Ejército a nuevas percepciones y valores.

El clímax de ese crédito condicional y limitado ha sido el de incluir el nombre de Raúl Castro entre las cien personas más influyentes del mundo, seleccionadas anualmente por la revista Time. No por lo que ha hecho —aún menos por su controversial pasado—, sino por lo que podría llegar a hacer, si se acabase de decidir a hacerlo de una vez por todas.

La visión optimista

Sin embargo, los funcionarios y compañeros de viaje del régimen de La Habana insisten en que ya se han materializado exitosamente algunos positivos cambios. ¿Cuáles son esos supuestos éxitos y cambios?

Los éxitos, se nos dice, son tres: a) hacer el traspaso de poderes sin que hayan ocurrido grandes convulsiones, b) crear un estilo colectivo de dirección, y c) consolidar un nuevo pacto de unidad en la élite atravesada por tendencias, rivalidades y rencillas diversas.

Un vistazo a los tres pretendidos logros de estos meses arroja dudas sobre su valoración como tales:

-La élite movilizó por meses, de manera permanente, a sus fuerzas armadas, de seguridad y a la reserva mediante la Operación Caguairán, hizo visible su presencia en las ciudades y acosó a los disidentes con el objetivo de paralizar sus reuniones. En tales circunstancias era lógico que se creara un compás de espera por todos sin excepción —población, reformistas, disidentes y oposicionistas— hasta ver el rumbo que tomaban los acontecimientos.

-El llamado "traspaso de poderes" fue condicionado, puntual e ilegal, y continúa siéndolo. Fidel Castro no cedió el poder, sino su administración de manera provisional y condicionada a la aceptación de una lista de prioridades y de colaboradores dispuesta por el propio caudillo. Semejante delegación administrativa condicionada no está contemplada por la Constitución socialista, que obliga al traspaso irrestricto de todos los poderes y funciones en caso de ausencia temporal o fallecimiento del jefe de Estado. Es por ello que a la Asamblea Nacional no se le ha permitido cumplir su función de autorizar constitucionalmente el genuino traspaso de poderes a favor de Raúl Castro. Se sigue esperando por la muerte o recuperación de Fidel.

-El aludido estilo de dirección colectiva —si es que existe— no transcurre por canales institucionales visibles. A lo largo de este año, tan cargado de excepcionalidad histórica, no se ha mencionado la celebración de ninguna reunión del Comité Central del PCC, del Consejo de Estado o del Consejo de Ministros. El congreso del Partido Comunista, que debe celebrarse cada cinco años y se reunió por última vez en 1997, sigue sin ser convocado.

La Asamblea Nacional se ha reunido para discutir temas no vinculados al ejercicio de su máxima responsabilidad en las actuales circunstancias. El congreso de la CTC se cerró con unas conclusiones más propias de la actual patronal burocrática que de las angustias cotidianas de la clase obrera, a cuya indisciplina se cargaron los males del país.

La ausencia de un líder omnipresente como Fidel Castro no equivale a la existencia de una dirección colectiva, a menos que de nuevo se haya constituido un poder invisible como lo fue el llamado "gobierno paralelo" del primer semestre de 1959. La representación oficial de Cuba a cargo de un dirigente u otro ante foros o reuniones nacionales o internacionales, no equivale a que se "dirija" colectivamente el país, sino a que se roten algunas tareas administrativas.

-En las circunstancias en que Raúl Castro ha aceptado la dirección del país —con un horizonte plagado de incertidumbres, pendiente aún de la voluntad y caprichos del caudillo desde su lecho, sin asumir de manera definitiva la responsabilidad de conducir el país y generar un consenso sobre cómo actuar en el corto, medio y largo plazos—, la élite de poder no puede alcanzar ningún acuerdo unitario y estratégico duradero.

Supuestas señales de cambio

Cuando se hacen estas observaciones, los propulsores de la idea de que ya estamos en una fase reformista positiva, a la que hay que liberar de todo obstáculo o reserva, nos dicen que nos fijemos en las significativas y excepcionales señales de cambio demostradas en estos meses. ¿Cuáles son ellas?

-Raúl Castro habla poco, aparece poco en público y no proyecta una imagen microadministrativa y omnipresente. Los ciudadanos pueden esperar ver su telenovela y el juego de pelota a la hora convenida, sin ser interrumpidos por un largo discurso del Comandante en Jefe, y el meteorólogo puede dar su opinión sobre la trayectoria de una tormenta sin que el omnisapiente líder máximo lo contradiga ante las cámaras del noticiero nacional. Sin duda, una diferencia de estilo y personalidad grandemente apreciada por la población.

-Raúl Castro ha exhortado a los jóvenes y militantes a que critiquen sin miedo "las cosas mal hechas". Conmovedor para quienes sean ignorantes de las realidades en Cuba, pero nada excepcional para los cubanos que saben que "criticar lo mal hecho" no ha de confundirse con criticar el sistema que promueve esos entuertos. En todo caso, aceptar tal exhortación sigue siendo una peligrosa ingenuidad donde rigen draconianas leyes de censura que pueden enviar a la cárcel a quien crea en semejantes cantos de sirena.

El mismo Raúl Castro se ha encargado hasta el cansancio de aclarar que sólo es admisible la crítica "en el momento apropiado, en la forma apropiada y donde sea apropiado". Si el poder —que es quien juzga siempre si se cumplieron esos requisitos— considera que algún elemento de esa fórmula no fue respetado, quien la emite puede verse en grandes dificultades.

En el pasado, llamamientos incluso más directos hechos por el Partido Comunista y por el propio Comandante en Jefe, provocaron un alud de sinceras críticas, siempre seguido por otro de veladas o abiertas represalias contra sus emisores. Como mensaje para incautos puede ser eficaz, pero quedan pocos ingenuos en la población que puedan caer de nuevo en esa trampa, sin que antes se haga un cambio radical del Código Penal. Si Raúl Castro aspira al ejercicio de la "democracia socialista", debe dar pasos legales e institucionales, no tan sólo verbales, en esa dirección.

-Raúl Castro toleró y abrió espacio, se nos dice, a las críticas de los intelectuales y artistas provocadas por el hecho de que aparecieran nuevamente en la televisión cubana algunos de los ejecutores de la política represiva que él mismo promovió desde las FAR en las décadas de los años sesenta y setenta. Le extendió la mano a un escritor que en su presencia leyó un discurso donde se mencionaba como parte de la cultura cubana a algunos exiliados —fallecidos todos— que hasta ese momento eran innombrables, como es el caso de Jesús Díaz, quien sufrió una purga dirigida por Raúl Castro contra los profesores del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y su publicación Pensamiento Crítico, o de Guillermo Cabrera Infante, quien recibiera el Premio Cervantes de manos del rey Juan Carlos mientras estaba proscrito su nombre y obra en la Isla.

Pero lo cierto es que el conflicto entre los intelectuales y la censura no se resolvió, sólo se contuvo y se pospuso para cuando se produzca una auténtica transferencia de poderes. Será entonces que sabremos el significado real que tuvo sellar, por ahora, esta partida de ajedrez. Si algo de mayor alcance se deriva de ese episodio no será por alguna dádiva del poder, sino por el coraje que vienen demostrando algunos de los que se han involucrado en ese debate.

-Raúl Castro aceptó reunirse con el canciller Miguel Ángel Moratinos en La Habana y el gobierno cubano se comprometió a un diálogo con España sobre derechos humanos. No se trata de un hecho nuevo. Fidel Castro hizo lo mismo con Canadá en 1995, y en 1998 se le hizo evidente al primer ministro de Ottawa que, pese a la liberación de algún preso político, le habían tomado el pelo y se necesitaban dos para dialogar, por lo que dispuso congelar las conversaciones con Cuba.

Las declaraciones del canciller Felipe Pérez Roque al finalizar la visita del ministro español, y más recientemente en entrevista concedida a periodistas extranjeros, en las que se apresuró a marcar como intolerable cualquier diálogo sobre "asuntos de soberanía interna", y en particular sobre los presos políticos que considera inexistentes, deja mucho que desear.

Por ahora, el prestigio de Moratinos —y de la diplomacia española comprometida con su arriesgada iniciativa— descansa en las manos de la élite de poder cubana en vísperas de las elecciones españolas de 2008, en las que el tema ha servido ocasionalmente de arma arrojadiza. En los próximos meses se podrá calibrar con mayor justeza la voluntad política, o ausencia de ella, de parte de La Habana para sacar adelante este tema.

La otra visión

Hasta aquí los principales razonamientos de quienes ven, quieren ver o han necesitado ver con optimismo esta etapa. Pero hay otros observadores de la realidad cubana que manifiestan menor optimismo, si es que alguno, sobre la actual coyuntura. Ellos tienen otros comentarios:

-Raúl Castro no ha emprendido ninguna reforma institucional o política de importancia en su primer año. Su reformismo no ha pasado del terreno verbal. Cuando una delegación del Congreso de EE UU decidió tomar en serio su llamado al diálogo entre La Habana y Washington y viajaron a la Isla, no los recibió. Cuando dijo que era necesario criticar y cambiar lo que fuese obsoleto, no convocó el Congreso del PCC ni ningún otro mecanismo institucional para abrir espacio a esa discusión y corrección de rumbo. Cuando pidió a los jóvenes no tener miedo y expresarse, no los liberó de las leyes "mordaza", de "propaganda enemiga" y otras para hacer creíble su convocatoria.

-En estos meses la represión reasumió la forma de agresiones físicas violentas contra disidentes y presos. Se liberaron a presos que habían expirado condenas o estaban en grave estado de salud, mientras se internó a un grupo en las cárceles. La presencia de fuerzas represivas en las calles ha sido evidente y constante. Amnistía Internacional y otras organizaciones llegan a ver un cierto recrudecimiento de la represión.

-La política exterior cubana, después de una breve pausa en la etapa de mayor agudeza de la enfermedad del caudillo, profundizó su dependencia de Venezuela y reanudó su concertación con Irán y otros países comprometidos en una estrategia a largo plazo de confrontación con EE UU.

-La población ha esperado la muerte de Fidel Castro con la ansiedad de quien necesita cambios urgentes y la incertidumbre de desconocer qué es lo que realmente se proponen los sucesores o les depara el futuro. Pero han esperado ya un año, no ven cambios, salvo el ejercicio renovado de mano dura al intentar imponer disciplina social por vía coercitiva, en lugar de promoverla con reformas.

Les inquieta un Fidel Castro que parece prolongar su vida, y con ella su capacidad de vetar e interferir en los cambios necesarios, mientras perciben que Raúl Castro y sus asesores —sin haber ganado aún credibilidad ante la población— parecen dados a la peligrosa tarea de tensionar aún más la cuerda social al exigir disciplina laboral en un país sin transporte ni incentivos salariales, y al perseguir el mercado negro cuando el formal todavía no permite sobrevivir.

El Viejo y el mar

Es en ese punto donde se llega al fin del primer año de esta sui géneris transferencia temporal, puntual y condicionada de poderes administrativos y se arriba al caluroso verano, cuando cientos de miles de personas salen de sus escuelas y empleos, beben más de lo acostumbrado, socializan sus impresiones fuera del alcance de los micrófonos de la policía y traman sus proyectos para "escapar" de la realidad y "resolver" su situación.

A menudo tienen esas conversaciones a la orilla del mar, y cruzar las aguas que los separan de EE UU se les presenta como la solución final. "Escapar y resolver", o morir de una vez en el intento, es una contagiosa neurosis nacional. Casi constituye una epidemia mental entre la población más joven. Cualquier cosa menos perder la vida en espera de la muerte ajena.

Los veranos cubanos son de un calor pegajoso, como lo son las acciones que unos inician y arrastran a otros a imitarlas. Este es un año delicado. Ya secuestraron un barco en la Isla de la Juventud, se han multiplicado los naufragios de balsas improvisadas y las llegadas de contrabando humano a EE UU y otros territorios próximos a Cuba. Luego ocurrió un grave incidente con tres reclutas de las Fuerzas Armadas que pretendieron escapar del país haciendo uso de la violencia. ¿Qué es lo que se avecina o puede avecinarse este verano?

El Viejo sigue ahí, como líder máximo del inmovilismo nacional, y el mar también; invitando a explorar otros pretendidos paraísos cuando se da por definitivamente perdida la posibilidad de arreglar el que alguna vez se soñó como propio.

La combinación de fuerzas que intentan salir y aquellas dispuestas a impedírselo puede generar violencia y explosiones sociales. Un éxodo masivo pudiera, nuevamente, poner a La Habana y Washington en el curso de una colisión externa. Pero el empleo de fuerza letal por parte del gobierno para contenerlo podría generar el fin de la precaria gobernabilidad interior e incluso atraer una injerencia externa.

Es peligrosa, falsa y peregrina la idea de que EE UU y la comunidad internacional —para no hablar de la población cubana y su exilio— se cruzarán de brazos si ante la frustración definitiva de toda expectativa de cambio sustantivo, mujeres, viejos, jóvenes, niños, diesen inicio a una crisis al internarse en embajadas extranjeras o lanzarse al mar sólo para ser reprimidos de manera brutal.

El modo de garantizar la gobernabilidad es desatando ahora las anheladas reformas, no embistiendo las embarcaciones de potenciales migrantes cansados ya de esperar por aquéllas, pese al optimismo de algunos corresponsales y analistas extranjeros. Prolongar el limbo en que se vive es jugarse la gobernabilidad a la ruleta rusa. En especial cada verano, pero no solamente en esos meses.

El gobierno no debe creer que el ramo de olivo que hoy todos le ofrecen a un eventual proceso reformista desde la cima es definitivo. Esa actitud constructiva puede transformarse de nuevo en hostilidad e incluso violencia, si a partir de su inmovilismo se desatan explosiones sociales internas, iniciadas por personas desesperadas, sobre las que se lanzara la fuerza letal del Estado. Una masacre como la del remolcador "13 de Marzo" no es aceptable nacional o internacionalmente en las actuales circunstancias.

La salida a esta espera sobre el filo de la navaja está en impulsar las ya impostergables reformas. Entre ellas, la primera debiera ser la de la obsoleta doctrina de seguridad y defensa vigente, incapaz de reconocer el origen autóctono de los conflictos y desafíos a la gobernabilidad y que subordina las necesidades del desarrollo a las del control totalitario de cada parcela de la sociedad cubana. Semejante discusión —como gustaría decir al secretario de Organización del PCC, José Ramón Machado Ventura— cae perfectamente dentro del "radio de acción" del general de Ejército y sus colegas.

La gobernabilidad interna reclama un nuevo paradigma de desarrollo que permita al país insertarse en los mercados y flujos de capital, introducir tecnologías de alta productividad, diversificar las alianzas externas, construir mecanismos políticos y culturales para la continua reelaboración de consensos y la solución no violenta de conflictos de muy diverso tipo, elevar la eficiencia y combatir la corrupción. Pero la doctrina de seguridad nacional vigente, y las mentalidades a ella asociadas, bloquean esas posibilidades.

El núcleo central del conflicto cubano está hoy dado por la contradicción existente entre el elevamiento de las capacidades profesionales de la población —alcanzado mediante un esquema socialmente inclusivo de enseñanza— y un paradigma de desarrollo estatizado, verticalista y autoritario, que resulta excluyente de toda iniciativa política o económica de abajo hacia arriba. Pero ese paradigma es mantenido contra toda lógica sensata, porque la doctrina de seguridad vigente no puede operar desde otro criterio de organización social.

La gobernabilidad no será asegurada prohibiendo antenas de televisión por satélite y radios de onda corta, bloqueando el acceso a internet, centralizando las inversiones, impidiendo la capitalización de remesas y el trabajo por cuenta propia, penalizando la libertad de investigación académica y periodística, prohibiendo la libertad de expresión, anulando la autonomía de las organizaciones ciudadanas, imponiendo limitaciones al libre movimiento de sus ciudadanos, hostigando a los potenciales migrantes y dificultando las relaciones con la diáspora, a la que se niega la posibilidad de cooperar con el desarrollo nacional.

Parafraseando a Marx, puede afirmarse que la doctrina de seguridad ha determinado la configuración de un sistema de relaciones sociales que hoy bloquea el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad cubana, abriendo una fase de crisis sistémica.

La actual paradoja de la sociedad radica en que la mayor amenaza contra la seguridad e independencia nacionales emana de la doctrina de seguridad y defensa vigente.

Los que deseamos un cambio constructivo, pactado, gradual y no violento hacia otra Cuba con todos y para el bien de todos, seguimos esperando por Raúl. Pero el tiempo de esa espera no es ilimitado. Sobre todo no puede serlo para quienes tienen que contar los días desde la asfixia cotidiana que impone el inmovilismo.

La nación no puede seguir aguardando la definitiva desaparición de El Viejo. Tiene que echar a andar y de algún modo lo hará. Los que no creen en esa posibilidad olvidan las sorpresas que acostumbra a dar el viejo topo de la Historia.

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