domingo 23 de noviembre de 2008 1:00
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A debate

Foucault y el debate cubano

Decir que Martí combatió el autonomismo, simplemente porque pensaba que Cuba debía ser libre, es perder de vista su idea romántica de la revolución.

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"Que se siga pensando a Martí desde las antípodas de las principales corrientes ideológicas de finales del siglo XIX (positivismo, liberalismo, cientificismo, etcétera) es tan simplista como ingenuo. La revolución de Martí, si bien se apoyó en una masa heterogénea de obreros y burgueses, no tenía previsto cambiar radicalmente el país, y la mayor muestra de ello es que nunca lo hizo. Martí combatió el anexionismo y el autonomismo porque pensaba que Cuba debía ser libre. Pero en lo que se refiere a la 'cuestión social', apostaba por la 'evolución' lenta a través de la historia", afirma Jorge Camacho.

Como en un par de artículos recientes he "pensado" así a Martí, destacando el contraste entre su pensamiento y el de Francisco Figueras, y la posible actualidad de aquella controversia entre el independentismo y el autonomismo, me veo en la obligación de intentar explicar por qué este acercamiento no es tan simplista e ingenuo como Camacho supone, y por qué me parece que la alternativa que él propone, la de la teoría foucaultiana, no resulta del todo productiva para estos debates cubanos.

Decir que el hecho de que la revolución de Martí no logró cambiar radicalmente el país evidencia que este no estaba entre sus propósitos, me parece, eso sí, bastante ingenuo: ya se sabe que una cosa son las intenciones y otra los resultados, y así es claro en este caso, pues la guerra no hizo sino propiciar aquella intervención norteamericana que Martí buscaba evitar a toda costa.

Concepción sacrificial del patriotismo

En el discurso martiano no es marginal la idea de un cambio radical del orden social de la Colonia. Mientras los autonomistas pretendían evolucionar desde este orden hacia la independencia, pasando por la autonomía; para Martí, que veía cómo en las "repúblicas de papel" las formas coloniales habían sobrevivido, se trataba de la fundación de una nueva comunidad nacional. Como Manuel de la Cruz, a la guerra le atribuía ese papel creador y redentor: decir que Martí combatió el autonomismo simplemente porque pensaba que Cuba debía ser libre es perder de vista su idea romántica de la revolución, tan cercana a la sensibilidad de un Michelet.

También muchos autonomistas pensaban que Cuba debía ser libre, pero temían los efectos devastadores de la revolución, y no creían que la nación —ese nuevo absoluto que en la revolución francesa sustituyera al poder del soberano— tuviera necesariamente que encarnar en un Estado para que fuera posible el ejercicio de determinadas libertades políticas. El autogobierno era, para ellos, suficiente como espacio mínimo para comenzar a desarrollar un proyecto de sociedad; a esto oponía Martí no un simple deseo de libertar a Cuba del despotismo español, sino una concepción sacrificial del patriotismo, presente ya en El presidio político en Cuba.

Ese apunte sobre la raza citado por Camacho muestra que en su fuero interno Martí podía estar muy cerca de los positivistas, pero lo cierto es que en sus discursos de propaganda su posición era la otra, la retórica de la fraternidad racial, que era también una retórica de la utopía. La contradicción entre el apunte privado y el discurso público evidencia, acaso, el costado demagógico, populista, del independentismo martiano; pero, en todo caso, oponer aquella retórica del "no hay razas" a las constataciones positivistas de Figueras no es reproducir el énfasis que en ella ha puesto el castrismo, sino comprender la especificidad, e incluso la profunda originalidad, del discurso martiano.

Al poner énfasis en sus comunidades con el liberalismo decimonónico, es Camacho quien simplifica, en tanto escamotea la resistencia fundamental de Martí al discurso civilizador representado por Saco, Sarmiento y tantos otros. "Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza", dice Martí en Nuestra América. La reivindicación de la autoctonía y de la naturaleza comporta en este panfleto una inequívoca inversión de la perspectiva civilizadora, letrada, y esta ruptura con aquella tradición ilustrada está estrechamente ligada, como ha visto Julio Ramos, a la adopción de una autoridad literaria.

Reducir lo que resulta irreductible

"Crear es la palabra de pase de esta generación", dice también allí Martí. La dicotomía de la creación y la crítica, de la revolución y la reforma, estaba ya, y desde luego tiene que ver con la fundación de una Cuba nueva. En ese punto Martí ya no es un liberal. De los que veían la incapacidad de los pueblos —que son, en el caso cubano, los anexionistas y autonomistas—, llega a decir: "Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre". Anteponiendo la patria a las libertades del individuo, pues ella representaba para Martí un reducto de sacralidad en ese mundo desencantado, vacío de grandeza y hazaña, descrito en su prólogo al Poema del Niágara.

Desde luego, estas diferencias se reducen si pensamos a Martí, como quiere Camacho, desde Foucault; como se reducen si las pensamos desde el marxismo. Como tanto pensamiento radical que hace su agosto en la academia norteamericana, el de Foucault tiende a reducir lo que, desde una posición más modesta, resulta irreductible: igual que Adorno y Horkheimer comprenden el sadismo como expresión de esa dominación del sujeto burgués sobre la naturaleza y los hombres que habría de conducir al totalitarismo, Foucault desarrolla una percepción apocalíptica de la modernidad liberal.

Donde el pensamiento liberal celebra una progresiva liberación de las autoridades de la tradición y la monarquía, Foucault percibe el progresivo aumento del control del Estado. Según esta perspectiva, las sociedades modernas son, ante todo, disciplinarias, y la democracia, formal. Ese milagro de la historia de la humanidad no tiene demasiado valor.

El problema de esta teoría es que tiende a borrar esa diferencia entre la democracia burguesa y el totalitarismo, que para quienes conocemos en carne propia este último, resulta preciosa. De hecho, Foucault apenas habló del totalitarismo; su concepción de la biopolítica define, sobre todo, la época moderna, donde lo que antes quedaba fuera de la esfera política —eso que Agamben, siguiendo a Benjamín, ha llamado "vida desnuda"— ha sido politizado, en un dispositivo de saber y poder que en el siglo XIX convirtió el cuerpo y la población en objetos de control del Estado burgués.

Pero adoptar semejante radicalismo, ¿no llevaría a perder de vista la diferencia no sólo de grado, sino de esencia, que desde una perspectiva liberal hay entre la democracia y el totalitarismo, entre los dispositivos del Estado liberal y las represiones del Estado totalitario?

Intentos a gran escala

La sociedad burguesa produjo, ciertamente, una gran cantidad de discursos sobre la sexualidad y la raza, pero sólo los regímenes totalitarios intentan en gran escala regenerar o exterminar a los "degenerados".

En Cuba existía una tradición de letrados que, desde Saco hasta Ortiz, criticó la vagancia, entre otros "vicios" como el juego y las lidias de gallos, pero sólo el totalitarismo comunista criminaliza el ocio, convirtiendo el hecho mismo de no trabajar en delito contrarrevolucionario. Se diría que es justamente la destrucción de la separación de lo público y lo privado en que se fundamenta el orden burgués, lo que hace posible la "biopolítica" totalitaria.

Creo, por tanto, que la "linealidad preocupante" entre la revolución de 1895 y la de 1959 no hay que buscarla en las prácticas represivas del Estado republicano, ni en aquello que el independentismo compartía con el liberalismo decimonónico, sino más bien en lo que en el discurso martiano se resistía al prosaísmo liberal. Es aquella dimensión sacrificial, patriótica y al cabo estética del independentismo martiano, que oponía la autenticidad de lo autóctono al exotismo de los "letrados de librería", lo que ha nutrido esa nueva "reivindicación de Cuba" que ha sido castrismo.

14 Comentarios


14 por Marta Hernández Salván (Usuario no autenticado) 13/06/2008 0:20

Querido Duanel,

Creo que acusas injustamente a la teoría foucaultiana de no haber sabido diferenciar entre el totalitarismo y la democracia. Sobre todo, cuando la sociedad moderna se transforma en una sociedad disciplinaria, cuya tecnología de poder acaba convirtiéndose en poder biopolítico.

Precisamente Foucault hace hincapié en el estado nazi, estado totalitario por excelencia, como "desarrollo paroxístico de los nuevos mecanismos de poder que se habían introducido desde el siglo XVIII". Más adelante, Foucault destaca incluso el ejemplo del estado socialista como "estado racista con respecto a los enfermos mentales, los criminales, los adversarios políticos, etc."

Estas citas son del Curso del Collège de France "Hay que defender la sociedad" que Foucault había dictado en el año 1975. Me imagino que el no tenía como modelo el caso cubano, del que por aquella época, los intelectuales progresistas franceses, tenían una idea muy equivocada, como ha demostrado Iván de la Nuez en Fantasía Roja. Sin embargo, hay que tener en cuenta que Foucault habla explicitamente de los estados nazi y socialista como ejemplos de estados totalitarios donde el poder biopolítico llegó a sus consecuencias más brutales.

13 por E. González (Usuario no autenticado) 09/06/2008 15:40

Puede estar tranquilo el señor Osorio, pues nada de lo que cree acerca de mi es real. También puede tranquilizarse con su Foucault fantasma, quien por lo visto tampoco corresponde a lo comúnmente reconocido y debatido por los que mejor estudian su obra. Eso sí, ojalá tengamos aviso oportuno sobre dónde es que el señor Osorio se propone actuar “revolucionariamente” por si acaso decidimos no aportarnos por el sitio.

12 por E. González (Usuario no autenticado) 09/06/2008 14:40

De acuerdo a lo atinadamente planteado por Pirote, habría que concentrarse en los seminarios y conferencias anuales dictados en el Colegio de Francia, para de este material extrapolar y trasladar estrategias. De lo más próximo al terreno cubano se puede consultar la colección de Jonathan Xavier Inda, Anthropologies of Modernity: Foucault, Governmentality, and Life Politics. Por último, en cuanto al polémico pensador y filósofo, en el contexto argumental suscitado en estas páginas, lo mejor sería leer (y debatir con) el último libro de Slavoj Zizek, In Defense of Lost Causes (Una de cuyas causas perdidas y defendidas es la del radicalismo de Foucault en cuanto a Irán, como substituto del lugar alterno entre intelectuales de Occidente ocupado antiguamente por Cuba y Vietnam) -- Todo esto en el plano contradictorio típicamente Zizekiano, el de dar un buen paso en la peor de las direcciones. En fin, como puro acto interlocutorio, Zizek representa la Gran Bestia acuática y volante, el Moby Dick de la izquierda en la desaparecida latitud de sus naufragios

11 por Pedro Osorio (Usuario no autenticado) 09/06/2008 14:40

Senor Eduardo González

Leo con atención sus comentarios y en especial esas diferenciaciones que hace entre los varios “Foucaults”.
Creo ver en usted no tanto una duda metodológica como un miedo terrible a lo que significaría repensar a Cuba desde los postulados del filosofo frances, cosa que ya han hecho otros, incluyéndome a mi mismo desde hace veinte anios.
Me puedo equivocar, pero sus comentarios sufren de un antidemocratismo y como dice Camacho, un antiintelectualismo profundo, que se traduce en esa frase donde afirma que las ideas de Foucault son contrarias al “neoliberalismo, al cristianismo social-democrático, al socialismo de estado, al populismo, a la inserción de la Isla en el concierto de las naciones abocadas a la globalización”.
Bueno, menos mal que usted no es militar o ya que va en retirada, porque sus palabras serían ordenes.

Revolucionariamente,

PO

10 por Hugo Pirote (Usuario no autenticado) 09/06/2008 9:00

El problema me parece que no es tanto Foucualt sino la manera como lo leemos. En su obra hay zonas profundamente productivas para cualquier crítico. Lo importante es tomar en cuenta que hay otras zonas peligrosas, que hay que leerse con cuidado. También es importante contextualizarlo, el mejor remedio contra la tentación totalitaria de los teóricos de moda. Foucault escribió en la Francia burocrática y republicana del siglo XX. Sus trabajos de archivo se basaron en su mayoría, si mal no recuerdo, sobre experiencias en la historia de instituciones francesas. No sé si habrá llegado a las mismas conclusiones analizando otros archivos....No sé qué piensan ustedes....


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