domingo 23 de noviembre de 2008 0:30
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Iglesia y jerarquía

Ciertas declaraciones pueden molestar a los católicos, pero es injusto generalizar las críticas contra la única institución preocupada por los cubanos.

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El cardenal de La Habana, Jaime Ortega, en una imagen de 2007. (AP)

El cardenal de La Habana, Jaime Ortega, en una imagen de 2007. (AP)

La historia suele ser vista en clave de poder. Se cuentan las grandes batallas, las hazañas de los mártires, las revoluciones y lo que han dicho los más encumbrados intelectuales y audaces estrategas. La vida vista y contada en función de lo que a nuestros ojos es grande, dejando poco espacio para recordar lo que vive la gente de a pie, casi siempre alejada de los medios de comunicación y de los quehaceres de "analistas" y "tertulianos" que hoy pululan.

Sólo en esta lógica o forma de interpretar la realidad encuentran asidero los duros comentarios que sobre la Iglesia Católica cubana se vierten constantemente, principalmente desde el exilio.

No pretendo desviar la atención o minimizar la responsabilidad de quien, ejerciendo su derecho a expresarse libremente —vedado para la mayoría de los cubanos—, ha dicho cosas que, como mínimo, han provocado desconcierto. De hecho, queda por aclarar si las personas seremos juzgadas ante Dios por nuestras intenciones o nuestros actos. Dicho de otra manera, me pregunto si sólo bastará con justificar que nuestro deseo fue altruista para poder ser digno de la admiración de otros.

Injusto reduccionismo

La actuación de determinadas personalidades eclesiásticas ciertamente puede causar disgustos entre los fieles, e incluso, en supuestos graves —no frecuentes en Cuba—, podrían lacerar la imagen de la Iglesia. Sin embargo, no es comprensible que la labor de una institución integrada por miles de personas, marcada por una rica diversidad y con un historial de servicio tan sólido en nuestra patria, sea juzgada teniendo en cuenta solamente los hechos y actitudes de sus más "conocidos" miembros, que, como personas, pueden tener aciertos y desaciertos.

Ello constituye un injusto reduccionismo que lesiona la única institución presente en todos los pueblos de la Isla y con una preocupación real por los ciudadanos. Independientemente de las motivaciones de los críticos, dicha simplificación seguramente alegra a quien en realidad es la causa de nuestros males, entre ellos, del daño antropológico, porque conoce perfectamente el actuar e influjo positivos de la Iglesia entre nuestros compatriotas, opuesta de facto a las causas de nuestra aciaga situación.

Si tenemos que destacar la labor de alguien al servicio de los ciudadanos cubanos, es la de la Iglesia. En las duras y en las maduras ha estado cercana a la gente más pobre. Con un incalculable esfuerzo ha mantenido abiertos cientos de comedores para ancianos y decenas de farmacias.

Las oficinas de Cáritas han procurado que cada persona que pase por ellas no se vaya nunca con las manos vacías, a pesar de las dificultades que el gobierno ha puesto permanentemente para adquirir —comprados e incluso procedentes de donaciones— los alimentos que se reparten.

Un lugar meritorio tiene la pastoral de la salud, que lleva un mensaje de aliento espiritual a tantos enfermos, principalmente los ancianos. Pero no sólo en este campo la Iglesia lo entrega todo en Cuba, también preocupándose por la formación y la promoción humana. Tengamos presente, por ejemplo, los proyectos de educación en valores de las monjitas en diversos barrios de la ciudad de Pinar del Río y los cursos en las comunidades de base.

Hablar más

Si pasamos a otras sensibles realidades, ¿acaso no hay sacerdotes que van a las cárceles a visitar a prisioneros políticos y que en sus comunidades rezan por ellos y para que en Cuba haya respeto a las libertades?

Lo que sucede es que de estas cosas se habla muy poco. Hay que sentarse con la gente común para enterarse de la labor de los sacerdotes, religiosas y laicos cubanos. No dudo que, en honor a esa entrega sacrificada, los propios opositores cubanos de dentro profesan un claro respeto a la Iglesia, incluyendo su jerarquía.

Es interesante escuchar también las opiniones tan positivas y el alto nivel de agradecimiento hacia la Iglesia por parte de responsables de muchas organizaciones europeas, entre ellas las que ayudan a la disidencia o a diferentes proyectos sociales. Conmueve el respeto con que visitantes amigos se refieren a los sacerdotes que atienden las obras asistenciales en los barrios marginales de La Habana y a la pulcritud con que manejan los recursos destinados para dichos servicios, lo que no está de moda hoy en diversos lugares.

Por otro lado, aunque la Iglesia, por razones obvias, no es partidaria de pregonar todo lo que hace, sí tiene que ampliar sus canales de comunicación, principalmente con la diáspora, y en especial con los medios de comunicación que tratan temas nacionales. Además, es conveniente que no sean siempre las mismas caras, entre otras razones, porque ello no se corresponde con la realidad de una Iglesia activa y en constante renovación.

Asimismo, esa estrategia de comunicación debería tener como uno de sus principales puntos dejar a un lado la imagen distorsionada que algunas autoridades tienen sobre determinados medios de comunicación que, lejos de ser laicistas y siendo firmes en su pluralismo informativo, sienten gran respeto por la Iglesia, lo cual se evidencia en el trato que se da a las noticias relacionadas con ella.

Mucho podemos decir sobre lo que hace la Iglesia, y los cubanos agradecidos lo reconocen. El reto de todos, fieles y jerarcas, consiste en defender las cosas positivas que se hacen y no entrar en la dinámica de la "alta política", de la cual muy pocas veces se sale bien parado; máxime teniendo enfrente a personas y estructuras cuya dinámica no tiene ni una pizca de sintonía con lo que la Iglesia defiende. Y que, además, no vacilarán en exigirle, si es necesario, que, como Saturno, termine devorando a algunos de sus hijos.

Todos podemos hacerle mucho bien a la Iglesia, pero también mucho daño. Mirando sólo los errores de la jerarquía, o de sus más connotados miembros, e identificándolos con la obra de la Iglesia en Cuba, que, aunque humana y seguramente errada en alguna ocasión, podemos considerar como magna, es muy sencillo pecar de ingenuo o radical. Esto no es aconsejable.

En primer lugar, porque haciéndole daño a la Iglesia, se lo hacemos a la sociedad y a los conciudadanos. En segundo, porque muy pocos de los que hoy actúan como talibanes de la palabra, podrían lanzar la primera piedra.

27 Comentarios


17 por Juanito el informante (Usuario no autenticado) 02/07/2008 23:20

estoy completamente de acuerdo con el#10 y sobre Jaimito, siempre ha sido un miserable chantajeado ke no ha tenido el valor de un verdadero cardenal.Juanito

16 por CABURNI (Usuario no autenticado) 02/07/2008 23:20

Particularmente, no voy a la iglesia desde hace años, por diferencias tanto filosóficas como prácticas. De todas maneras, creo que hay que tener una cosa clara. La Santa Madre Iglesia se comporta como la mayoría de los Estados del mundo: las decisiones que toman y las alianzas que hacen son políticas, no humanitarias ni tienen un carajo que ver con la fe y la caridad. Una cosa muy diferente es la iglesia como religión y la otra es la iglesia como Estado.


Cuba es un ejemplo clarísimo: la jerarquía hace lo que le conviene hacer, para no perder los pocos espacios que el gobierno castrista le permite mantener abiertos. Otra cosa son los curitas y monjitas comprometidos, que representan a la iglesia como religión y no como estado. Ellos tienen otra perspectiva y otras posibilidades de ser mas "libres" en lo que hacen, porque su labor es pastoral y humanitaria, no diplomática. Yo oí algunos sermones bastante "disidentes" en la Cuba de los años 90, que le pararían los pelos de punta tanto a Fidel Castro como a Msñor Ortega.

15 por Gerardo E. Martinez-Solanas (Usuario no autenticado) 02/07/2008 23:00

Siempre defiendo a la Iglesia de las generalizaciones que se traducen en ataques injustos y mal intencionados. Sobre todo cuando se trata de desvirtuarla y descalificarla con base en el comportamiento de ciertos elementos de la Jerarquía eclesiástica a la que se le ha encomendado el papel de guía espiritual de la grey católica. Esos ataques con frecuencia son producto de la ignorancia de quienes no comprenden que al hablar de “Iglesia” estamos refiriéndonos a todos los feligreses y creyentes, y no a los templos ni a sus sacerdotes y funcionarios.

Pero incluso dentro de esa jerarquía eclesiástica coincido plenamente con Yaxys en el sentido de que en nuestros días la abrumadora mayoría de quienes dirigen y/o sirven a la institución mundial son personas abnegadas, devotas y dedicadas de cuerpo y alma al bien de la humanidad.

Empero, esa verdad no obsta para hacer fuertes críticas a destacados sectores de la jerarquía eclesiástica cubana y a quienes desde el Vaticano les hacen el juego.

Por tanto, es legítimo criticar la actitud complaciente del Cardenal Ortega o las declaraciones asombrosas de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes. También aclarar –si fuera posible– las imprecisiones de una declaración de Juan Pablo II sobre el Ché Guevara.

Cuando Juan Pablo II viajaba hacia Cuba, un periodista le preguntó: “¿Qué opina Su Santidad sobre el Ché?” Después reportó que la respuesta había sido: «No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los pobres. Consecuentemente, merece mi respeto».

La efectividad propagandística de los medios que divulgaron esta respuesta para favorecer al règimen cubano, se manifiesta en una reciente encuesta callejera de un canal de televisión de Lima sobre la figura y la imagen de Cristo. Cuando preguntaron a una muchacha de unos veinte años qué opinaba de Cristo, respondió: “Cristo fue un gran hombre. Luchó siempre por los pobres. Más o menos, como el Che”.

La eficacia proverbial de la propaganda no nos causaría sorpresa si no llegara a obnubilar también la opinión de nuestro inefable Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, descendiente del Padre de la Patria (lleva su nombre), quien ha sido testigo de los abusos y desmanes del régimen de los hermanos Castro durante 50 años y quien no sólo cita esa entrevista a Juan Pablo II sino que proclama su “admiración entrañable” por el Ché y hace todo un enaltecedor panegírico del “guerrillero heroico”.

Es curioso que nunca se haya hecho una aclaración a la extraña respuesta del Papa a aquel periodista, quien tampoco ofreció nunca una grabación. No obstante, un testigo presencial dijo en privado a un amigo de Radio Vaticano que el periodista había sazonado su pregunta con un preámbulo sobre "la preocupación del Ché por los pobres", y que la respuesta de Juan Pablo II fue ligeramente distinta: «No lo conozco a fondo. Pero si se preocupó por los pobres, consecuentemente merecería mi respeto.» En otras palabras, la respuesta diplomática, mesurada y condicional que podría esperarse del Sumo Pontífice.

Es imposible probar cuál será la versión correcta, pero ésta es mucho más plausible que el texto promovido por aquel periodista.

En cuanto a Mons. de Céspedes, baste recordarle que durante los primeros seis meses de 1959 Guevara fue comandante de la prisión de La Cabaña, donde inauguró el tristemente célebre “paredón” de La Cabaña, que continuó segando las vidas de miles de cubanos durante años. Como miembro de la juventud católica de entonces, me consta el sacrificio y el martirio de muchos de mis compañeros a manos del régimen, pese a que la mayoría de nosotros habíamos apoyado con entusiasmo el triunfo de la Revolución.

Según cuenta Armando Valladares, un testigo presencial, “en 1961, los prisioneros políticos oíamos todas las noches descargas de fusilamientos sumarios, entre cuyas víctimas había jóvenes mártires católicos que morían gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!”. Otro testigo presencial me ha relatado el desprecio con que trataba a los prisioneros y cómo dictaminaba su muerte desde el momento de traerlos a su presencia, sin esperar por juicio alguno. Una madre contaba en una reunión a la que asistí que fue a pedirle clemencia con un amigo que logró llevarla hasta el despacho del Ché, quien prometió que le resolvería el problema esa misma noche. El hijo fue fusilado en la madrugada. Otros testigos presenciales afirman que solía complacerse en darles el “tiro de gracia” a los fusilados.

No existe un solo testigo presencial de la “preocupación” del Ché por los pobres, ni de su generosidad con los necesitados ni de alguna política promovida desde su posición de poder para aliviar su situación. Mucho menos que alguna vez haya sido misericordioso o haya perdonado a algún reo, al menos por la posibilidad de que el acusado fuera inocente.

Ese es el Ché auténtico que no figura en el mito. El Ché que el Papa no conocía a fondo. El Ché por quién Mons. de Céspedes profesa una "admiración entrañable".

14 por F.Hebra (Usuario no autenticado) 02/07/2008 18:20

Muy positiva la actitud de la iglesia católica...para los que deseamos un futuro democrático sin el lastre social que son TODAS las religiones organizadas.

13 por Ignacio de Loyola (Usuario no autenticado) 02/07/2008 18:20

Andrés Reynaldo es uno de los pocos escritores, si no es el único, que ha observado y seguido en detalles ese fenómeno de la curia cubana (con las honrosas excepciones, of course) de colaboracionismo y complicidad con la dictadura.

Para nuestra desgracia, no nacimos con alma de polacos de Gdanks y mucho menos, que es lo peor, no tenemos una iglesia tan digna y valiente como la de Polonia de los tiempos de Solidarnoch.

Saludos desde la Compañía


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