domingo 23 de noviembre de 2008 10:06
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Los factores del país (II)

La destrucción de la República consumó la tradición histórica de la resistencia a la democracia y el liberalismo.

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 'Pepito', de Armando Patterson y Gerónimo Pérez.

'Pepito', de Armando Patterson y Gerónimo Pérez.

Los factores del país (I) no intentaba responder a las grandes preguntas que suscita la conmemoración del aniversario de la República. Mi modesto propósito era recordar un poco la obra de Francisco Figueras, tan en las antípodas ideológicas —y estilísticas— de José Martí. Motivado por las interrogantes de algunos comentaristas de dicho artículo, intentaré, ahora sí, plantear el asunto desde una perspectiva más contemporánea. Se trataría, sobre todo, de sopesar la vigencia de aquellos debates, o la medida en que pueden echar alguna luz sobre la actual coyuntura histórica, marcada por la agonía del castrismo.

Ante todo, creo que la cuestión de ser o no anexionista carece de sentido, pues aquella posibilidad histórica ya no existe. De hecho, en el folleto político Cuba. Anexión o independencia, Figueras replanteó el dilema en el último momento de su historia, cuando tocaba a su fin una tradición comenzada antes de la Guerra Grande, con autores fundamentales para la prosa narrativa cubana como Cirilo Villaverde y El Lugareño.

Tampoco la autonomía es ya posible —de hecho, la anexión se planteó de nuevo en 1898, una vez que aquella había sido del todo frustrada por la guerra—, pero creo que más vigencia tiene el debate entre independentismo y autonomismo, puesto que en su centro está la cuestión de la revolución. El 20 de mayo, día de la fundación de la República, nos remite a esas dos revoluciones: la organizada por Martí contra el coloniaje español y la de 1959, encabezada por Fidel Castro, que han provocado los dos grandes parteaguas de nuestra historia.

Si el castrismo se ha legitimado en una doctrina de la historia de Cuba, que celebra uno de los polos mientras sataniza el otro —los autonomistas, según la Vulgata que aprendimos en las clases de Historia de Cuba, eran sencillamente "anticubanos"—, Figueras representa muy bien a ese autonomismo cuya discrepancia con Martí no es sólo de fondo, sino también de forma. Su estilo seco, con pretensiones científicas, pródigo en autoridades sociológicas, se sitúa decididamente en las antípodas de la "salida de bramidos" de Martí.

Si Martí dijo que "no hay razas", Figueras replica no sólo que sí las hay, sino que ello está en el centro del "problema cubano". Si Martí, preguntado sobre a qué Cuba se refería en sus optimistas discursos sobre la futura guerra, aclara que habla "del subsuelo", Figueras observa siempre a ras de suelo; a la "reivindicación de Cuba" de uno, responde la crítica de Cuba del otro.

El debate entre autonomismo e independentismo no era sólo sobre la posibilidad o conveniencia de Cuba como nación independiente —al fin y al cabo, para los autonomistas, la autonomía no era sino un momento necesario antes de la inevitable independencia—, sino también sobre la posibilidad de una Cuba nueva. La revolución era, tanto para Martí como para Manuel de la Cruz, la superación radical del orden colonial, de ahí que ambos celebren la guerra redentora como origen de una comunidad nacional.

La violencia revolucionaria viene a ser una purificación del pecado de la esclavitud y de las lacras de aquel sistema opresivo: la tea incendiaria no fue sólo la ultima ratio de los mambises, sino también una emblemática expresión de ese sentido profundo de la revolución como tábula rasa. Más realistas, los autonomistas percibían el otro lado de la guerra: el desastre económico, la ruina que al cabo provocó, el que no había razón alguna para creer que sería "breve y necesaria".

La opción por lo simbólico sobre lo material ha caracterizado, ciertamente, al castrismo, y lo distingue de un "raulismo" más centrado en la oikonomía. "Fidel es la luz", decía hace más de un año Celia Hart en Rebelión, y añadía:

"No dudo que muchos de los que sustituyan a Fidel sabrán administrar mejor 'la casa', pero con Fidel pudimos ser protagonistas del mundo. Sólo un por ciento ínfimo de la humanidad ha participado activamente como el pueblo de Cuba en la Historia reciente de la humanidad. Hemos sido actores de mil hazañas. Las historias de Girón, la Crisis de Octubre, la alfabetización, Angola… en todos esos casos estuvimos los cubanos por encima de la URSS y del socialismo establecido, de sus temores y sus conceptos".

El mito de la Revolución Cubana, encarnado en la figura de Castro, se identifica, al cabo, con el mito de la excepcionalidad de Cuba.

Reivindicación del autonomismo

La toma de partido por el independentismo sobre el autonomismo alcanzó su punto culminante hace cuarenta años. 1968 no fue sólo el año de la "ofensiva revolucionaria", sino también el de los "Cien años de lucha": ambos momentos, uno de carácter práctico, simbólico el otro, expresaban, en el fondo, una misma radicalidad. Si no era ya posible que hubieran timbiriches ni bares fuera del Estado revolucionario, tampoco había ya espacio para la nación fuera de aquella única revolución que había culminado Fidel Castro.

El antintelectualismo de semejante radicalismo revolucionario se solapó, entonces, con el antiautonomismo alimentado por la tradición marxista cubana desde los años treinta. Es significativo que en el discurso pronunciado en el acto de entrega de premios a los ganadores del concurso literario de la UNEAC en 1969, Guillén no sólo recordara la bifurcación del campo intelectual en la segunda mitad del siglo XIX en dos "grupos irreconciliables", sino que afirmó que mientras los revolucionarios se reunían para "conspirar", los autonomistas lo hacían para "formular teorías, cohonestar su miedo, intelectualizar en presuntuosas capillas y apretados manifiestos todo argumento que sirviera para desacreditar una buena carga al machete".

Dualidad aparecida nuevamente, al decir del presidente de la Unión de Escritores, a comienzos de la década del treinta, entre los comunistas, liderados por Martínez Villena, y la "clique pequeñoburguesa" del ABC, encabezada por Mañach, grupo de "teorizantes y definidores" que se "hundió naturalmente", como antes los que sostenían la política de compromiso con España. ("Acrecentar la obra propia en mensaje artístico, revolucionario y popular", Verde Olivo, 30 de noviembre de 1969).

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16 Comentarios


11 por apatrida (Usuario no autenticado) 27/05/2008 22:40

COMPARAr EL AUTONOMISMO EN LA EPOCA COLONIAL con los que llamas "moderados" ahora me parece muy forzado, porque nada tienen que ver. Ademas cuando triunfo la independencia se mantuvieron las propiedades de españoles y hacendados, tal y como estaban en la etapa colonial, e incluso durante la intervencion , los funcionarios coloniales tambien conservaron sus puestos. Lo que perdieron los ricos en la Cuba colonial fue la produccion, ya sea victima de la tea o la reconcentracion, pero las propiedades no. A pesar dele stado ruinoso de Cuba en 1898 no se puede comparar con la Cuba actual porque en aquel tiempo, a pesar de la destruccion de la guerra, la base de la propiedad privada se mantenia, no asi en la Cuba actual, donde coincido contigo que hay una manada de tiburones en el gobierno castrista dispuestos a repartirse fabricas y tierras en una privatizacion tipo Rusia, pero que no le veo ningun punto de coincidencia con el autonomismo. Ademas creo que ya es hora de dejar tranquilo a Marti y dejar de echarle las culpas de todo o de quere tomarlo como bandera para todo, creo que ya sus planteamientos estan desfasados del todo y es hora de bajarlo del pedestal, como bien decia un articulo publicado hace poco.

10 por apatrida (Usuario no autenticado) 27/05/2008 22:40

Coincido con Socrates , el mismo menosprecio por el autonomismo y la falsa creencia que la guerra independentista era la unica solucion nos lleva por extrapolacion a la tesis de que la Revolucion era la unica salida a la situacion en Cuba en los años 50 del pasado siglo, la teoria comunista de que "la lucha armada es la unica via"

9 por SOCRATES (Usuario no autenticado) 27/05/2008 12:00

Decididamente, son muchos los lectores de EER que confunden el tocino con la velocidad.
Es un gran consuelo para los exiliados creerse que los hermanos Castro y sus secuaces son un accidente en la historia de Cuba, algo así como una banda de extraterrestres enviados por Stalin -justo antes de morir, en 1953- para apoderarse de un país que poco o nada tenía que ver con ellos.
Por desgracia, la realidad es otra. Quienes asaltaron el poder en 1959 eran tan cubanos como los miles o millones que luego los aplaudieron hasta romperse las manos y gritaron alegremente ¡Paredón! y ¡Fidel, esta es tu casa!
Si los resultados de la Revolución (con mayúscula, como pedía hasta el bueno de Mañach) disgustaron a muchísimos de sus partidarios iniciales, la razón hay que buscarla más bien en la falta de información y las expectativas irreales de esos creyentes y no en la evolución del proceso, que siguió el curso clásico de radicalización, asesinatos, exterminio saturnino de sus propios hijos, deificación del caudillo victorioso, etc.
Algunos espíritus lúcidos advirtieron del peligro, pero la mayoría de la plebe y gran número de intelectuales y burgueses estaban convencidos de que la Revolución no sólo era necesaria, sino que además sería infinitamente benéfica.
En el linaje de esa creencia, nos guste o no, hay que apuntar a muchos "próceres" sin cuyas ideas o actos no hubiera existido nunca el respaldo popular que hizo posible la victoria del castrismo.

8 por El Politologo (Usuario no autenticado) 27/05/2008 7:20

Ya en otro comentario en que un articulista tocaba un tema parecido hable del "sindrome del sueño martiano", que es la tendencia que hay entre muchos de nuestros jovenes intelectuales -- y tambien en otros no tan jovenes y mucho menos intelectuales -- a despreciar, como reaccion a tantos años de falaz identificacion de la "revolucion castrista" con las luchas independestistas, a los que lucharon por la independencia y pasarse al lado de los anexionistas o los autonomistas y a comparar, y penosamente incluso con ventaja, a cualquier mediocre con Marti; para esto no faltaran nombres y articulos que citar, ni rimbombante palabreria. Sin embargo seria bueno que estos iconoclastas trataran de indagar que es lo que los lleva a convertirse en lo que los sus enemigos dicen que son, asi verian que detras de todas sus sofisticadas e intelectualmente elaboradas teorias no hay mas que el fruto de la manipulacion de sus pobres mentes infantiles, que los han llevado a arrastrar, como pesada cadena, la falsedad de que Marti fue el autor intelectual del moncada y que el castrismo es el continuador de nuestras luchas independentistas.
Creo que tanto al articulista, como a los que lo apoyan en sus comentarios, bien les vendria unas sesiones de terapia grupal para poder sacarse ese veneno que les inyectaron en el alma y, a partir de ahi, reconciliarse con sus origenes.

7 por joseluis sito (Usuario no autenticado) 27/05/2008 7:20

“el triunfo del independentismo martiano sobre el reformismo autonomista a fines del siglo XIX”

Responderé a este texto de Duanel Diaz con extractos de otro texto:

“Prácticamente no ha habido desalmado en la historia política criolla que no haya
intentado disimular el vacío en su pecho con el nombre de José Martí. El latrocinio, el nepotismo, la corrupción y las más flagrantes violaciones de los derechos esenciales de los cubanos han sido enmascarados durante décadas por la retórica ‘martiana’ de oradores de rostros blindados de generaciones múltiples. El castrismo ha sido, por su extensión temporal y la intensidad diabólica de su deshacer histórico, quien más ha contribuido a la descarga. Pero ello es algo de lo que no puede culparse únicamente a Fidel Castro. Éste, y todos los que le antecedieron en el intento, no habrían logrado nada sin el decidido concurso de los escritores
mercenarios de quienes ya había hablado el mismo Martí: esos intelectuales que, como denunció certeramente, todas las tiranías tienen a mano para que piensen y escriban, para que justifiquen, atenúen y disfracen el rayo y el fuego, “porque con la literatura suele ir de pareja el apetito de lujo, y con éste, viene el afán de venderse a quien pueda satisfacerlo. Por casa con coche y bolsa para queridas vende la lengua o la pluma mucho bribón inteligente.”
Cuba, sin ser deficiente en héroes, ha sido prolífera en bribones inteligentes. Según sus obras, Gerardo Machado era martiano, y Fulgencio Batista, y Fidel Castro por supuesto. Para ‘verificarlo’, sólo basta leer las páginas amarillentas (más bien de vergüenza, que no de tiempo) de tanto material impreso en Cuba a la sombra de tiranos.”

Quien se considere un bribon inteligente que no venga a acusarme de haberlo ultrajado.

“Parte, fundamentalmente, del rechazo a Martí de las últimas generaciones de cubanos nacidos y/o formados bajo el castrismo, quienes lo asocian con la tragedia, el horror y las vejaciones que
determinaran sus experiencias vitales. Si Martí fue “el autor intelectual” de la desvida que padecen o padecieron (como durante décadas se les ha hecho creer) nada más lógico que extiendan hasta Martí su repudio a Castro. La forzada ecuación nación=estado=gobierno=Revolución=Castro se ha extendido a Martí. Por obra y (des)gracia del proceso falsificador, el discurso martiano se coliga con el castrista bajo los rótulos despectivos de forzado dogmatismo político, mesianismo nacionalista, anti-americanismo y otros marbetes afines. La falacia de que la obra política de Martí fue continuada o culminada por Castro se ha repetido tanto, que hasta muchos que niegan decididamente al segundo no han podido evitar la extensión de su rechazo al primero.”

“A fin de ‘racionalizar’ tal impugnación, el estamento intelectual, so pena de naufragar en
la evidencia, ha comenzado a practicar cierto malabarismo ideológico que intenta culpar a Martí de todos los males de la historia cubana posterior a su prédica. Su digna intransigencia, su
nacionalismo y su anti-imperialismo son expuestos como posturas extremistas que, al extenderse como una enfermedad por el cuerpo político nacional, habrían determinado el colapso de la primera república y la aparición de su caricatura totalitaria posterior. Consecuentemente, propician una reivindicación del autonomismo o el anexionismo como variantes que, de haber
alcanzado éxito, nos habrían salvado de todos los males políticos de los últimos 100 años.”

Pero los gobiernos españoles de la época siempre mantuvieron la terca y fatídica decisión final de mantener a Cuba como colonia hasta “el último hombre y el último peso”. Esta frase puede ponerse en paralelo con Patria o muerte

“En ese sentido el autonomismo, tras su ropaje de diálogo refinado y búsqueda de consenso, no ocultaba otra cosa que la cobardía y/o el colaboracionismo de sus propugnadores. El colonialismo español fue siempre un interlocutor sordo, cuando no traicionero, como bien comprobaron los firmantes del Pacto del Zanjón.”

“Así, pues, nunca hubo posibilidad alguna de que Cuba fuera para España lo que el Canadá fue para Inglaterra o lo que Hawai sería para los EE.UU. La España colonial no lo quiso nunca; Norteamérica, si alguna vez lo deseó seriamente, ya no lo pretendía en 1898. [...] resulta evidente que el autonomismo y el anexionismo, carentes de fórmula viable alguna, no fueron más que intentos dilatorios contra el independentismo, motivados por el miedo o la ambición de quienes tenían mucho que perder, materialmente, en una nueva guerra de independencia cuya inevitabilidad trataron de conjurar.”

Y efectivamente perdieron mucho.
Pero la República, con todas sus posibles (y hasta previsibles) deficiencias y anomalías natales, era el único término factible entonces, la exclusiva opción tangible.
Achacarle sus defectos capitales a Martí, o al “radicalismo revolucionario” de éste, todos los males de la historia futura cubana es algo patético. “Lo que tuvo de malo la república fue, precisamente, lo que no tuvo de Martí.”

“Pero esta nueva versión va mucho más allá de un debate académico de interpretación histórica. Una de las características de las llamas es la formación de humo, que sirve para ocultar a la vista de otros lo que no se quiere que vean. Las postrimerías del castrismo coinciden, en algunos de sus aspectos, con el final de los tiempos coloniales; como si el hijo de un soldado de Valeriano Weyler se hubiese propuesto la forzada repetición de una misma historia. Ante la inminente desaparición física o la incapacidad mental del tirano, las filas cubanas en este nuevo cambio de siglo aparecen en divisiones semejantes al anterior. Por un lado, la minoría de cortesanos, bufones y siervos de manos ensangrentadas (y/o almas de esclavo) que desearían la eternización del castrismo en su estado actual (los herederos directos del integrismo decimonónico). Por el otro, una oposición en la que se aprecian tres tendencias fundamentales, la unión de las cuales representa la mayoría del pueblo cubano, tanto dentro como fuera del país. Forman esa oposición fragmentada los ‘intransigentes’, quienes trabajan por una Cuba democrática con ruptura total con el castrismo, incluyendo lógicos reclamos de justicia; los ‘moderados’, quienes preconizan una ‘transición’ que incluya al séquito castrista, dejando impunes sus crímenes; y un tercer grupo (paradójicamente más numeroso en la Isla que en el exilio) que sigue pensando que sólo la anexión a los EE.UU. podría solucionar los problemas de Cuba.
Los llamados ‘moderados’, como herederos naturales del autonomismo, ven en los
‘intransigentes’ el escollo principal para un cambio ‘pacífico’ en el país; de ahí que traten de atacarlos en su raíz histórica fundamental: la intransigencia martiana. Detrás del poderoso tinglado neo-autonomista están grandes intereses económicos de capitalistas sin escrúpulos y neo-integristas que desean convertir la Cuba post-Castro en una factoría de mano de obra feudal, como ya han logrado en China y Viet Nam, por ejemplo. La ‘nomenklatura’, convertida en socio capitalista de intereses foráneos, garantizaría el ‘orden’ en la fuerza laboral, en una especie de
totalitarismo capitalista donde una vez más los trabajadores tendrían todas las de perder. El vergonzoso proceso, en realidad, ya está en marcha.
Los ‘moderados’ tratan de justificar este extraño maridaje de comunistas y capitalistas en la suposición de que una liberalización económica habrá de conducir, a largo plazo pero
pacíficamente, a las libertades políticas. La historia demuestra, precisamente, todo lo contrario: no fueron las relaciones de producción capitalistas las que propiciaron la democracia, sino que fue la democracia la que hizo posible, dado el grado de libertad inherente a la misma, el
desarrollo de una economía también libre. El neo-autonomismo, en términos criollos, no propone otra cosa que colocar la carreta delante de los bueyes. Consecuentemente, el resultado no puede ser otro que la inmovilidad. Ahora como entonces.”

“Los neo-autonomistas constituyen un apoyo (consciente o inconsciente)a la actual venta del país a la inversión extranjera en términos cuasi feudales. Las expectativas de unos y otros se basan en la presencia foránea en Cuba, preferentemente norteamericana. Hasta la permanencia del cortejo castrista en el poder –incluso después de desaparecido el propio Castro –, muchos de ellos la ven, asombrosamente, como algo positivo o un mal menor y transitorio. Huelga comentar el alto grado de desesperación, frustración o auto-engaño imperante en unos y otros (suponiéndoles buenas intenciones) como para que personas cultas y aparentemente inteligentes puedan arribar a tales conclusiones. Semejante ‘alianza’, amenaza con consumir la esencia misma del orgullo nacional cubano.”

El texto de Duanel Diaz y estas nuevas hipótesis históricas son el pedestal de la poderosa maquinaria gubernamental castrista y sus viejos y nuevos aliados: la izquierda fosilizada y el capital inescrupuloso.
Desgraciadamente no queda mas remedio que decirlo.

En vez de retroceder al inmovilismo y la inercia de siempre debieran emprender el camino de la RESISTENCIA activa, intransigente, decidida, valiente de un Marti y de su espíritu revolucionario, al lado de tantos resistentes que dentro de la isla intentan manifestarse y proclamar sus ansias de Libertad. Castro no es la Revolución, ni Napoleón ni Stalin.

“Corresponde al exilio, como parte integral de la cubanidad, servir de apoyo y catalizador a la emergente sociedad civil dentro de la Isla en su afán de resurrección de una República que
finalmente sea “con todos y para el bien de todos.”. La estrategia a seguir depende de las opiniones de cada cual, y aunque disímiles en sus formas, todas pueden ser válidas, excepto la que intente imponérsele a los demás. Los cubanos del exilio no hemos perdido el tiempo viviendo en democracia; hemos sido parte de ella. Consecuentemente, bien sabemos de la solidez de los sueños cuando son justos.”

Esta pregunta para Duanel Diaz y todos los cubanos: “¿Están los cubanos conscientes de lo que les espera a ellos y a sus hijos si el castrismo se prolonga indefinidamente? ¿Qué clase de ciudadanos podría conformarse dócilmente con semejante destino?”

PS : Que todos me perdonen lo largo de mi comentario pero me parece inevitable dado la importancia de estos debates.


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