Esa Primera y Última Cita
Grettel J. Singer | 25/01/2009 0:19
Hace muchos años que no asisto a una primera cita de amor. ¡Guao! Ya hace más de diez años que no me veo en ese enigma descalabrado y torturador que puede ser una primera cita de amor. Ni se sabe las cosas incrédulas que me han sucedido las veces que me he expuesto de esa forma. Deberían existir apenas segundas citas y evitar por completo la incomodidad de la primera vez. Las mujeres siempre nos tocamos mucho el pelo, la cara, los brazos, los cubiertos, el plato, la copa, el mantel. Nos acomodamos el escote a cada rato, inquietas por no habernos puesto algo más recatado, que de ninguna manera de a entender que esa noche nos entregaremos, aún cuando el tema no se ha descartado del todo. Comer es otra agonía, que no se nos caiga la comida de la boca, que no se nos salga inesperadamente en forma de proyectil, en cambio que todo lo que expulsen nuestros labios sea un sonido armónico, perspicaz, mágico. Que no se nos vaya a arrojar ningún tipo de líquido, como a mi amiga Liza en una cita que tuvo con un hombre finísimo, tan que sus nervios traidores la hicieron expulsar un buche de vino tinto directo a la camisa blanca del chico al atorarse con un trozo de pan; camisa de marca famosa, impidiendo por supuesto una segunda cita. ¡Qué roña da eso! que la segunda cita, la real, en la que llegamos más relajadas, dependa de la conducta intachable de la primera.
En ningún momento mis primeras citas terminaron en encuentros ulteriores. Siempre me las ingeniaba para asustar, desilusionar, horrorizar, asquear, confundir, maltratar y bueno un montón de otras situaciones inmeritorias que culminaban ese primer encuentro con un simple adiós en la puerta de mi apartamento, en el mejor de los casos porque a veces lograba peores acciones en estos hombres tan desconocidos como desesperados por huir. Nunca fui buena para las primeras citas, por eso mis relaciones se daban a raíz de una amistad, de un compañero de clase o de trabajo, de un vecino, pero nunca jamás con un extraño. No sólo sentía el pavor normal de cenar con él por vez primera, sino rehusarme a ingerir alimentos ilógicos, como cebolla cruda o cualquier cosa al ajillo, evitar las bebidas fuertes, en realidad evitar cualquier bebida alcohólica, encontrar un término medio entre no hablar nada (muy yo) o hablar en exceso (también muy yo), algo que me sucede a menudo cuando me pongo nerviosa. Así como controlar lo incontrolable, aquellos elementos en mí que ni siquiera con máxima atención y cautela podría esconder. Como por ejemplo aquella noche inolvidable de luna llena que había salido a cenar con un hombre epicúreo, misterioso, hermoso, inteligente, de mirada locuaz, de esos que salen con chicas de revista, pero por una obra completamente desconocida o de caridad, estaba allí frente a mí, bebiendo un buen vino y cenando un plato exquisito. Me fui al cuarto de baño a retocarme el creyón labial, pero ese caminito fue mortal, como siempre poniéndose en evidencia eso de que el buen vino no hace efecto hasta que uno se levanta de la mesa. Por fin llegué al baño mareada, apenada y sin mucha certeza de cómo iba a regresar a la mesa del manjar sin tambalearme, sin abochornarme, cuando apenas me veo en el espejo me doy cuenta que llevaba puesto el vestido al revés. Era un vestido que me había prestado mi amiga Beba, y que si se hubiese quedado esa noche un rato más para ayudarme con el pelo, como tanto se lo pedí, se hubiese dado cuenta inmediatamente porque ella de todo se da cuenta. Pero no, se tuvo que ir apurada a una cita, también de amor. Ya a las tres horas de ninguna manera podía corregir mi disparatada equivocación, seguro el hombre misterioso se había dado cuenta desde el momento en que me recogió, entonces me acomplejé e hice lo que siempre hago cuando me pasa algo similar, me puse cabecidura.
Regresé a la mesa, pero en cuanto me senté cayó sobre mí, con mayor fuerza aún, la vergüenza de continuar allí como una perfecta idiota con el vestido al revés y por lo menos tres larguísimas etiquetas conspirando en mi contra. De ahí en adelante ocurrieron varios incidentes bastante normales en mi conducta, pero combinados con el deplorable vestido al revés se hacían sonar por todo lo alto. Tenedores en el suelo, copas de vidrio rotas encima de la comida, etc., . etc., etc.
Más tarde esa misma noche mi amiga Beba se desternillaba de la risa recordándome que todo era relativo y que incidentes peores me habían ocurrido. Era imposible creerle, pero no se equivocaba, no se podía olvidar la noche que mareada y nauseabunda por la larga distancia y todas las vueltas que dimos buscando un estelar restaurante de mariscos muy conocido que quedaba a más de una hora de casa, vomité un sopón de camarones completico sobre mí misma, consiguiendo arcadas colectivas alrededor de la mesa en la que cenaba con un ejecutivo pretencioso que no me volvió a llamar. O la noche que tras ir al lavabo la saya que llevaba puesta se quedó pinchada por un lado en el bolsillo trasero, exponiendo por supuesto una nalga y un blúmer amarillo de abuelita que me había puesto para frenarme si la cosa entraba en calor. Cosa que no sucedió porque algo que comí me intoxicó y los retorcijones que sentía sentenciaron esa segunda cita, prevaleciendo sobre mi vida romántica, como era habitual.
Otros memorables disgustos de primeras citas que resultaron en la imposibilidad de una segunda cita son:
- El terminó en la cárcel porque no contó los tres segundos en una señal de Pare y cuando el policía chequeó su record confirmó que su licencia estaba vencida… además había olvidado la billetera y bebido unas copas. No es mi culpa, pero por asociación no llama más.
- Un repentino desmayo, mío por supuesto. Los hombres no vuelven a llamar luego de presenciarte inconsciente.
- Llega un ex y arma una escena, sin yo comerla ni beberla, pero igual, no me vuelve a llamar.
- Llega un ex, que es además el padre del chico con el que estoy cenando. No vuelve a llamar tampoco. Ninguno de los dos.
- Pido lo más caro en el menú, obvio, sin darme cuenta. No vuelve a llamar.
- Cortando un trozo de carne, me corto la yema de un dedo. Sangre en el plato, ya sé, no va a llamar.
- Desnuda en una playa de Key Biscayne en pleno día un mapache se lleva mi ropa y se pierde en el matorral. Adiós momento romántico, hola señor guardia… Mejor que ni me llame más.
Es una suerte no tener que pasar por esos infelices momentos. Estar casada tiene sus beneficios.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 13:21
Superwoman: ¿Superloca o Supertonta?… con todo mi respeto.
Grettel J. Singer | 19/01/2009 0:19
La otra noche, noche de chicas, fui a comer con unas amigas y me quedé boquieabierta cuando ambas me contaron la odisea en casa para llegar a nuestro encuentro. Una me dijo que su marido normalmente la deja salir aunque no es de su agrado, además se lo tiene que avisar con una o dos semanas de anticipación, y jamás de los jamases podría espontáneamente, por decir un martes a las 7pm, anunciarle que se va con sus amigas a un bar o a un cine. También nos contó que la razón por la cual estaba retrasada era porque cuando llegó a casa del trabajo, su esposo se encontró que las niñas aún no habían cenado porque ella, mi amiga, acababa de llegar del gimnasio, donde da clases. La comida ya estaba en la hornilla, sólo había que servirla. Sin embargo, él se enojó de que su mujer le dejara la responsabilidad y se fuera a divertir.
La historia que nos contó la otra amiga era más sorprendente aún. Su esposo se encontraba fuera de la ciudad, en un viaje de negocios, y ella había aprovechado la ocasión para escaparse. El enseguida la encontró en el celular y de ahí en adelante se pasó toda la noche llamándola e insistiéndole que regresara a casa, donde pertenece una mujer casada que deber guardar respeto. Además me imagino el sermón que le habrá dado más tarde y al otro día y al otro.
Por último, la tercera amiga que nunca llegó a nuestro encuentro, nos envió un texto que decía que su marido no la dejaba salir de casa esa noche “será para la próxima chicas…”
Ahora, estas tres mujeres, que creo que definen a una especie de Superwoman, trabajan incansablemente todo el día con el fin de mantener el orden y equilibrio en sus casas. Lavan, planchan, cocinan, limpian, llevan y recogen a los niños de la escuela, a las actividades y el deporte, hacen la tarea con ellos, y además muchas de ellas trabajan fuera de casa y hasta me he enterado que son las que llevan el manejo de las cuentas y los pagos.
No pude menos que pensar que estaban locas de remate, que pertenecían a otra época para mí desconocida. Pero qué va, son mis amigas de la escuela de mis hijas, mujeres modernas, que usan pantalones ajustados y hasta minifaldas, mujeres hechas y derechas, que le tienen que pedir permiso a su marido para salir una noche con las chicas.
Luego que no se quejen de que no tienen misterio, de dueña y señora que lo hace todo en casa y nadie las considera, de prácticamente darle la papita en la boca al señor y jefe del hogar. A mí las cosas si no son en equipo no me interesan, y no voy a juzgar cómo hacen las cosas las demás mujeres, si de verdad disfrutaran ese papel que ellas mismas se han impuesto. Pero esa noche, en vez de gozar, de hablar otros temas que nos alejen del cotidiano, se la pasaron echándole tierra a los maridos, esos desconsiderados a quienes resienten cantidad, y en un final regresaron a casa a continuar, sin siquiera proponerse cambiar las cosas.
Los anuncios en la tele y en revistas y en todos lados nos presentan a mujeres amas de casa, que cargan el peso de toda la responsabilidad del hogar, y a las seis o siete de la tarde, cuando llega el marido hay que atenderlo como si sólo él hubiese trabajado todo el día. Hay además otro problema mayor, que es cuando los dos cónyuges trabajan fuera del hogar y las mujeres se siguen viendo reflejadas en la publicidad como las únicas responsables de las tareas domésticas. Entonces es eso lo que se les trasmite a nuestras hijas: estudia, trabaja, ten éxito y además ten tu casa como un crisol y a tu marido contento. ¿Y quién nos ayuda? Bueno… bueno, no se puede, no es justo, no hay que tener dos dedos de frente, con todo el respeto pero no hay que limitar ni deshabilitar a los hombres de ese modo.
Está en nosotras cambiar las cosas. Como mismo ha estado siempre en los grupos de minorías, excepto que nosotras no somos la minoría, estamos a la par y lo sabemos. Es muy fácil, si ellas cocinan, que ellos frieguen los platos, si ellas lavan, que ellos guarden la ropa, y así sucesivamente. Es imperativo informar a esos maridos, a esos hombres sueltos en los bares y en el súper, que la mujercita perfecta que lo tiene todo listo, se acabó, que ese estereotipo que ha aparecido de la superwoman, la mujer incansable, que no desfallece jamás, que siempre cumple con todas las obligaciones de la casa y la familia, que mantiene la llama ardiente del matrimonio, y además es la mujer más deseable del planeta, a quien incluso se le adjudican superpoderes al demostrar que puede lograr lo imposible, mientras algunas llevan carreras profesionales, simplemente no existe. Y a quien no le guste que le eche azuquita.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 13:19
Pomada, Cuchilla, Láser/Wax y Premium a la Antigua
Grettel J. Singer | 12/01/2009 0:19
Existen cuatro tipos de cortes vaginales que resumen a cuatro tipos de mujeres. Las que se untan la pomadita Nair y leen una revista sentada incómodamente en el borde de la bañadera mientras esperan a que el vello se crispe -inconcebiblemente- en frío y se desprenda en su totalidad. Aunque a veces les falla la jugada y cuando se enjuagan, pensando que ya se cumplieron los minutos requeridos para alcanzar la hazaña, descubren que la mitad del enjambre aún permanece y deben reaplicar. ¡Qué roña! Estas son las mujeres que tratan por todos los medios de alcanzar la perfección estética sufriendo poco y dando a menudo la impresión de que son excesivamente naturales. También son mujeres que buscan la facilidad en todo, compran té de bolsita en vez de hojas sueltas, constantemente traen a casa productos, alimentos, electrodomésticos y cualquier iniciativa promotora de la facilidad de la vida que se cruce por el camino.
Después están las láser y las wax, que es más o menos lo mismo, excepto que las wax tienen la opción a elegir diseños variados de acuerdo a cómo se sientan ese día o a la temporada del año, y las láser, que en algún momento fueron wax, son más arriesgadas a una depilación permanente. Ambas son valientes porque en lo que a mí me concierne, ni loca me dejo atrapar por esas tendencias, que si bien serán mucho más higiénicas (y eso es un gran signo de más, aunque completamente debatible), considero, en mi opinión terriblemente anticuada, que hay cierta pelusita que se ve bien donde está, y hasta tiene su función. Estas mujeres siempre mantienen el equilibrio, ni mucho ni muy poco. Son de profesión seria, trabajan para grandes corporaciones y se pasan el día en reuniones, tomando decisiones, organizando eventos, mientras allí abajito no hay ni un pelito, o cuando mucho un bigotico chaplinesco. Además, llevan la moda hasta para dormir, y para nada les interesa un vestido o una cartera vintage, a no ser que se pongan de moda. Son divertidas y saben un poco de todo, en especial dónde comprar qué. También son sospechosamente aventureras pero en secreto, de esas que sorprenden cuando cuentan historias de su pasado.
Luego están las que se afeitan diariamente con una navaja rosadita diseñada sólo para mujeres y usan acondicionador para supuestamente no irritar la piel, o una crema de afeitar con olores a vainilla o flores silvestres. Es tan fácil darse una pasadita diariamente a la hora de ducharse. El problema es que ese método requiere cuidados intensivos, y para que luego no salgan granitos o erupciones, hay que estar constantemente echándose aloe vera. Estas son las mujeres consistentes, que siempre tienen la casa en orden y no les gusta el exceso de ningún modo, que se renuevan a diario, que les gusta controlar la situación cuando de ellas se trata, y que no tienen interés en cambiar una onza en sus depilaciones cotidianas, no importa cuán de moda se ponga un nuevo estilo o una nueva práctica, ellas siguen con su cuchillita de siempre.
Ojo, existe un grupo de mujeres antítesis que son las que postergan y que por más que traten de mantener el orden y los cortes vaginales, terminan siempre afeitándose una vez por mes, o cuando de verdad les da vergüenza ir a la playa en bikini. Limpian la casa cuando ya les agobia el reguero y la suciedad de meses y meses de negligencia, y entonces se vuelven como locas y la limpieza dura una semana de labor interrumpido y las ves con un algodoncito sacándole el churre a la cadena del inodoro; se someten a rigurosas dietas y entrenamientos diarios, comienzan a tomar cursos para aprender un idioma, cocinan complicados manjares. Son las que actúan con extremo una vez cada cierto tiempo y luego se dejan abandonar hasta nuevo aviso.
Por último están las premium a la antigua. La selva virgen tiene su encanto, a pesar de las tendencias. Pero cuidado, estos hombres modernos ya no están acostumbrados a ver tanto vello y podrían resaltarse al encontrarse perdidos en la jungla. Claro que esas mujeres, que a veces durante el invierno conviene volverse una de ellas, rara vez se dejan llevar por ningún tipo de exigencias, y en todo caso cambiarían al hombre, que si no les gusta es porque están mal situados. De hecho esas son las mujeres que no cambian fácilmente, de firmes opiniones, que hay que aceptarlas y quererlas como son, que tienen sus formas invariables de seducir, y que de hecho utilizan sus vellos como armas defensoras de la feminidad, y la única razón por la cual no se afeitan es porque simplemente les gusta llevar la vagina con el tapetico desbordado, como a su entender debe ser.
También existen las ligeramente moldeables -o mejor dicho variables- que aunque prefieren mantener el afro activo, se podan y se untan desenredador. Eso está muy bien, pelo suave en todo momento.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 13:17
Satanasa
Grettel J. Singer | 05/01/2009 0:19
Qué feo es cuando nos cae la menstruación y algún hombre nos dice con el tono más condescendiente, de la manera más descarada, desinformada e insolente, que hemos estado actuando algo loca en los últimos días y seguro se debía precisamente a eso, a la menstruación, a esos días del mes que ni nosotras mismas nos resistimos y que si la malicia fuera medida durante esa semana, estaríamos todas bajo llave. ¡Qué ganas da de caerles a trompones en ese mismo momento! Si ellos supieran que la menstruación se trata de eso, es la señal mensual, el recado de los dioses, la forma más acertada de no dejarnos olvidar que en ellos -los hombres- no podemos confiar del todo. Ahí te das cuenta de lo equivocados que están cuando tratan de adivinarnos, cuando tratan de medir nuestros dilemas, nuestros dolores. Y ni hablar de las que hemos dado a luz.
Me reí cantidad con una amiga el otro día cuando me contaba que amaba su regla, y que al ducharse la contemplaba bajar con el mayor de los deleites, y que ahí ella veía la verificación concreta de la fecundación. Para mí ver sangre derramada que ha de desembocar de mis entrañas, directo al hoyo de la bañadera, es la prueba más ineludible de ese poder femenino que somos, en todos los contextos, pues sólo a nosotras nos pasan esas cosas tan a menudo. Cada mes, cuando una siente irritabilidad, malestar generales, dolores de cabeza, depresión, y a los días llega esa sustancia sanguínea, esos retorcijones en la tripa, esos deseos de aniquilar cuanto se nos ponga en el camino, es a mi entender lo que nos diferencia, lo que nos hace más fuertes y nos prepara de la forma más potente y varonil ante las eventualidades de la vida.
La pérdida de flujo menstrual es también una pérdida emocional que habitualmente dura entre 5 y 7 días, y se repite todos los meses con una frecuencia que oscila entre los 28 y 32 días. O sea que no hay escapatoria, y como dice mi amiga, hay que amarla, pues gracias a esa divina hemorragia llegamos todos aquí. Pero para amarla hay que conocerla y a nuestros hombres hay que enseñarlos a entendernos, como se les enseñan otras cosas, como por ejemplo a complacernos en la cama, a dividir los quehaceres de la casa, a freír un huevo sin que se cocine del todo la yema, también hay que explicarles cómo funcionamos cuando llega la visita de Satanasa. Es importante que ellos se enteren de que somos de dos maneras. De una forma durante esos días previos a la regla y de otra, seguramente más adorables, cuando por fin nos liberamos de ella. Y que esa loca en la que nos convertimos varios días cada mes, es un desajuste que nos sucede a nosotras también, y no es voluntad propia, sino las hormonas. Hay que imaginarse que es como si alguien nos oprimiera un botoncito e inmediatamente nos pusiéramos histéricas, hasta el punto que nosotras mismas no nos aguantamos, y más bien nos sentimos atrapadas en un cuerpo inflamado, amarillo y sangriento.
Las cosas son como son, y sin la menstruación adiós a la fecundidad, a la reproducción, a las salas de maternidad. Así que cuando nos vean que estamos a punto de volvernos locas, trátennos con cariño, con amor, ofrézcannos una compresa tibia y un caldito de pollo, que esa Satanasa representa la matriz de todos los que faltan por nacer. Aunque para los hombres lo ideal sería que nos metiéramos en un escaparte con una caja de chocolates, lo mejor es educarlos, explicarles el funcionamiento y de antemano cómo nos pueden ayudar, y cuales son los requerimientos para una recuperación rápida de esta expulsión periódica por vía vaginal que tiene gran significado, pero devastadoras consecuencias. Claro que como todo en esta vida hay un precio y precisamente es eso lo que muchas dejamos pasar por alto. Guía, reconocimiento y premio. A cambio de toda esa comprensión hay que dejarlos desparramarse un poco, emborracharse con sus amigos, ir a jugar golf, comprarse el último cablecito de la Apple, como mismo hacemos nosotras cuando ellos se enferman y luego de haber sido enfermeras una semana entera, al curarse necesitamos un reconocimiento y no dudamos en premiarnos, ya sea con unas cremitas o con un jean que nos haga lucir las nalgas de una quinceañera.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 12:19







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