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Princesas

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Vienen en todos los tamaños y colores (étnicos). Las hay suaves, duras, maquilladas, entaconadas y hasta perfumadas. Y sólo las más lindas, fulgurantes, esbeltas, delgadas pero con curvas son llevadas a la pantalla grande, y siempre con certeza las que consiguen atrapar al príncipe. Sin embargo, el resto, como las gordas con verrugas en la nariz o flacas esqueléticas con granos en el cutis y pelos engrasados representan a las feas, malvadas y envidiosas, y sin dudas son las que desean obtener el afecto del príncipe imposible pero que por su falta de belleza y gracia no se lo merecen. Como si un hombre rico, guapo y con sangre azul se fuera a fijar únicamente en las princesas típicas. Pero es así, el mundo está repleto de nociones sin equivalente, y los estándares de belleza, finura y hasta de inteligencia se miden por un lente muy elitista, y los príncipes en efecto se fijan en las princesas típicas. Lo veo diariamente cuando juego con mis hijas, o desde la cocina las escucho mientras elaboran la más elegante y detallada gala de princesas. Las del año pasado, con pelos estropeados y brazos partidos pasan a ser, en el mejor de los casos, las damas de compañía, pero casi siempre las abuelas y lo que es peor aún, las brujas. El mensaje que las niñas reciben constantemente no es otro que el de esas mujeres de imagen inmaculada, y ya desde muy pequeñas en cada una de ellas se forma una idea irrevocable y se hace parte de la estima personal el prototipo de mujer que el hombre ha de preferir y que ellas han de asumir, cueste lo que cueste.

¿Dónde están las trabajadoras, las granjeras, las diferentes? ¿Por qué sólo existe una representación de lo perfecto que alguien ideó hace siglos?
En las películas y en los libros infantiles más vendidos (que sin duda son los cuentos de hadas), las historias se desbordan de un machismo predecible e inconsciente. La mujer es un objeto que debe enamorar al príncipe millonario en fracciones de segundos, sea cual sea la situación o las condiciones del momento, con una simple mirada o un gesto cegador, y demostrar en ese corto tiempo su calidad de mujer en sociedad, de futura esposa sumisa, pero agraciada y talentosa para los quehaceres cotidianos. Lo horrendo del tema es que las niñas, como las mías, que aunque haya evitado por todos los medios comprarles cualquier objeto de color rosa, las muñecas de Disney, las barbies, las odiosas Bratz y las Pollypockets y sus accesorios, todo para que no se identifiquen con figuras tan comerciales, me doy cuenta que es una batalla tan en vano como imposible. Hasta hace apenas unos meses cuando aún no habían descubierto el mundo Mattel, disfrutaban ingenuamente de sus muñequitas de trapo y lana, de los caballitos de madera, de las telas de seda con las que tanto hemos jugado e inventado, y de todos esos juguetes cada vez más obsoletos en las tiendas. Pero ahora que se van despertando a este mundo caprichoso y consumidor, lleno de estereotipos por doquier, y muy a pesar de mis esfuerzos por mantener las cosas puras, el amor puro, las relaciones entre parejas a la más pura igualdad y aceptación en cualquiera de los casos, comprando juguetes alternativos, leyendo historias menos comerciales y menos predecibles, resulta que últimamente cuando jugamos se hacen pasar siempre por la mujercita que limpia y cocina todo el día y complace a su esposo en todo, y hasta se dicen una a la otra, dependdiendo de a quién le toque ser el papá, ¡-sí querido!. Y cuando ven una princesa plástica con curvas, maquillaje y pelo perfecto, enseguida se identifican y no hacen otra cosa que pedir por ellas. ¿Tenemos el cerebro premeditado nosotras o qué? ¿Lo aprendemos en la escuela, o es que ya venimos así de pequeñas, que ese prototipo va de generación en generación y existe un solo y exclusivo arquetipo de la belleza? Y el resto, que somos la mayoría, ¿acaso pertenecemos al grupo de las feas? Cuesta creer que sólo pueden haber dos tipos de mujeres, las lindas y las feas. Eso no se puede aceptar.

No sé bien cómo llegamos a esa conclusión unánime de la belleza universal, o por lo menos los hacedores de muñecas, y cómo es que hasta los seres más inocentes y desinformados nos lo afirman, cuando me recalcan que yo sólo les compro muñequitas feitas y que por qué ni siquiera Santa les regala una linda, con brillito, con pelo muy largo y vestidos de moda. Es un misterio más que en algún momento habrá que resolver. Tal vez el año que viene, pues en estas navidades me di por vencida, y cuando mis niñas se despertaron encontraron bajo el arbolito (gracias a Santa y sus ayudantes) la barbie con carruaje, los trajes de princesa (pero sin zapatos de lucesitas porque son terribles para el planeta), las pollypockets (de Disney) con su ajuar, y mucho de lo que les he negado, hasta la bicicleta de la sirena Ariel y la carriola de Bella, pues una madre puede desear, moldear, instigar, educar, dar el ejemplo, y hasta manipular ciertos gustos, pero no se puede negar que hay algo raro en todo esto, que ya nacemos con algunos arquetipos e ideas tan difíciles de persuadir como imposibles de aceptar.



El Efecto Constancia

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Constancia, o Constance, que en realidad es su verdadero nombre pero a mí me cuesta un montón pronunciarlo, es sin mentir o exagerar la mujer más cercana a los dioses que he conocido. Aunque si ella se entera que la admiro de esa forma, sin pensarlo ni un instante me desmentiría por completo y tal vez hasta trataría de desasociarse de mí. Bueno, exagero, pero así de humilde es y considera que es el universo el que se encarga de las buenas acciones que sin duda, es ella quien las organiza y las realiza.

Desde hace cuatro años fundó y abrió las puertas del refugio de mujeres del que hablo a menudo. Sus incansables esfuerzos (y el de su equipo) para rescatar, ayudar y mejorar la vida de mujeres que se encuentran en las más graves condiciones, por decir algo pero no todo, pues sería imposible, son de una belleza fascinante. Hay tanto que aprender, tanto por que luchar, y yo he tenido la suerte de trabajar de la forma más directa con alguien que entiende el sistema, que conoce la vía rápida a una ayuda verdaderamente efectiva y eficaz. Esta mujeronga se las sabe todas, no se le escapa una, le encuentra las cinco pata a todo gato que le pase por delante. Y lo más importante, genera esa necesidad de ayudar y resolver en todos los que cruzamos su camino. El efecto constancia funciona de la siguiente manera, si alguien sostiene una conversación con ella por más de cinco minutos, con certeza se engancha a la misión, de una forma u otra.

El sábado pasado realizamos una fiesta en el patio del refugio. A Constance se le ocurrió, con motivo de las celebraciones de fin de año, hacer algo especial para los niños y para las madres embarazadas de Overtown que no siempre tiene acceso a los cuidados médicos tan necesarios. O sea que, se organizó una especie de feria de salud donde participaron varias clínicas y repartimos regalos a los niños. Logramos que nos donaran más o menos mil juguetes, los refrescos, libros, lápices de colores, marcadores, plastilina, juegos de vídeos, decoraciones festivas, trajes de Barney y Elmo, etc. Las recién graduadas como ayudantes de cocina prepararon el almuerzo. Con la indispensable ayuda de varios voluntarios manejamos la fiesta, hasta unas queridísimas estudiantes de arte de FIU pintaron a más de trescientas caras e inventaron manualidades festivas para todos los niños. Una de las maestras de mis hijas llegó a leer historias infantiles.

Entre tantas actitudes y aptitudes que admiro en esta diosa, me sorprende que en medio del gran compromiso que es llevar el refugio, recaudar por todos lados posibles donaciones, estar pendiente de la salud y el bienestar de las huéspedes y todo lo que abarca un lugar como el Lotus House, que Constance esté pendiente de las fiestas, y del los niños del barrio, que cuando llegue el 25 tal vez no tendrán regalos, y se zumbe a (con un presupuesto mínimo) organizar una fiesta por todo lo alto para esos niños que tal vez esa será a la celebración más grande que asistirán en todo el año y esos regalos que dimos serán los únicos en esta Navidad. Terminó siendo una fiesta maravillosa, en un caos delicioso, y ni un niño se fue a casa con las manos vacías… aunque casi, porque no quedó ni un juguete.

Estas son algunas de las imágenes del sábado:



La Pasión que Ciega la Razón

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Ya culminado con las últimas páginas de En Busca Del Tiempo Perdido, llego a una conclusión acerca de un tipo de mujer que abunda en el planeta, aunque en lo personal no conozco a suficientes como ellas; se trata de el caso de Odette, y la conclusión es que hay mucho que aprender de ella, en su medida claro. Odette es la enamorada del aristócrata Swann. Es una mujer que no es precisamente fina o hermosa, no tiene grandes calificaciones de inteligencia, no posee riquezas o una amplia educación, y para colmo es desastrosa al tocar el piano (un terrible defecto para los tiempos). Además se prostituye de una forma, digamos delicada. Pero hay algo en ella que hace que Swann la ame con todas sus fuerzas, aún a sabiendas de todo aquello que carece, y es que Odette se le resiste, no le corresponde del todo, o al menos como él desearía, no hace su voluntad, es misteriosa, da la impresión de interesarle otros hombres, convirtiéndose en el símbolo de la infinita conquista. Es su virulencia lo que la hace más atractiva de lo que realmente es.

De modo que Swann se va consumiendo por los celos, mientras ella, inteligentemente, se va alejando cada vez más, causando en él un aferro y una obsesión incontrolable. Me causa especial atención que él, al no saber lo que Odette hace durante las horas que no pasan juntos, y que ella no le permite bajo ningún concepto ser interrogada, sólo consiga pensar en ella de manera obsesiva, y hasta la justifique por los actos de infidelidad en los cuales él llega a imaginarla, y que ciertamente no se equivoca.

Según la historia va avanzado, comienzo a perder la paciencia con Swann, quien poco a poco va perdiendo su identidad y hasta su personalidad por causa de este amor que no le corresponde. A partir del momento en que él deja su vida a un lado para pertenecer a la vida de Odette, vida que a él no le llena ni se asemeja a la exquisitez a la cual está acostumbrado, para en cambio acudir a fiestas de poco prestigio y reuniones de los más allegados a Odette, gente definitivamente cuestionable, comienzo a sentir rabia por ambos, Swann y Odette, pero no puedo dejar de reconocer que la audacia de ella me desploma inesperadamente, de manera incurable, pues en algún momento todas hemos querido ser como Odette, y que esa persona que tanto estimamos nos considere como lo imposible, y que nos convirtamos en la búsqueda de lo inatrapable. Sin duda una propuesta llamativa.

Swann, como tantos otros hombres se obsesiona con la conquista, y es ahí donde está el secreto chicas, mantener la relación en una batalla no ganada del todo, sin resolución definitiva, así sea por apenas unos puntos. Privarlos un poco de nuestras atenciones, así cuando estemos en sus brazos sepan apreciarnos mejor y encontrar en nosotras un efímero momento que tal vez más tarde en el mismo día no se repetirá. Hay que probar estas medidas, y ver si con el tiempo nos sentimos como Odette, que segura de que Swann regresaría cariñoso y sumiso, se acostumbró a no temerle cada vez que se alejaba cuando ella le negaba algo que el deseaba. Otra buena lección. A veces hay que decir no, por pura inteligencia, para causar en ellos un cierto desbalance.

La otra conclusión a la que llego es que la mujer no ha de ser un trofeo en particular, ni la más bella, ni la más inteligente, ni la más talentosa. Todas, sin excluir a nadie somos hermosas a nuestra forma, lo que hay es que encontrar lo que nos hace interesantes, y el tipo de hombre que se sienta atraído con esos atributos. De manera que si somos nosotras las obsesivas, no podemos esperar a que un hombre se comporte como Swann.

Sin necesidad de llevar las cosas al extremo de Odette, se podrían aplicar algunas de sus técnicas: La más importante, un poco de misterio, un poco de intriga no vendría nada mal, pues a veces son las mujeres pérfidas las que saben conquistar la estima incondicional de un hombre.



Divorciadas: Las Solteras Más Felices

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A veces me quedo perplejas con estas divorciadas de la modernidad del, ya no tan nuevo milenio. Una amiga que hace unos meses se separó de su marido y recientemente se divorció, está como hecha nueva. Sencillo, ya no lo quería y realmente nunca lo había querido como pareja, la excusa de la gran mayoría de las divorciadas. Lo dejó con casa, muebles y hasta su perro de cuando era soltera, y a duras penas se llevó a su hija de apenas 3 años. Éste, para castigarla, le compró una casa y un carro de un cierto lujo, se comprometió en pagarle una manutención de $4,000 al mes y ocuparse de otros costos, como la escuela privada que ella aspira que su hija atienda hasta que se le terminen los estudios, clases de ballet, de piano, pasajes de viajes y cualquier otro fausto deseo de una madre moderna. Además le ha prometido una niñera hasta que la pequeña cumpla trece años, y compartir la custodia a tres días en su casa y cuatro en casa de ella. En fin, no me queda claro quién dejó a quién. Han pasado seis meses y Sol ahora tiene un novio que es un entrenador mulato tatuado de pies a cabeza, que la visita todas las noches y antes de que amanezca desaparece, para que la pequeña no se entere (eso me parece bien). La trata como una reina, le da lo que ella quiere, que aparentemente es un sexo complicado, no le exige absolutamente nada, no desea casarse ni tener hijos con ella, gesto que milagrosamente Sol agradece porque las madres solteras por lo general buscan padrastro desesperadamente.

Su madre en cambio se opone a la felicidad de su hija. Una felicidad que para ella es por completo incomprendida, pues durante su juventud y en realidad a lo largo de su vida, se ha dedicado a satisfacerse únicamente a sí misma sin el menor titubeo, sin plantearse por un segundo las consecuencias, si ese chico veinte años menor que ella, y hasta menor que sus dos hijos, sea un buen padrastro o una buena persona. O si hablar constantemente de sus hazañas durante los años sesenta y la libertad con la que se desenvolvía en todo momento, incomode a sus hijos cada vez que vuelve a contar esas gastadas historias. Las madres siempre quieren lo mejor para nosotras, una vida superior a la de ellas, el marido perfecto, si es judío mejor aún, a pesar de que ella le llevara la contraria a su familia casándose con un hombre católico. La historia se repite una y otra vez, las madres aprenden de sus errores, entonces nos imponen sus aprendizajes para que no suframos, para que no malgastemos el tiempo con un degenerado, para no ponernos en situaciones embarazosas como tantas veces ellas lo habrán hecho, pues de eso se trata la juventud. Pero no se puede olvidar que esos errores han sido la vida, y cada cual debe vivirla a su modo. La vida de principio a fin es un error constantemente, y después en la memoria uno va justificando, ajustando, editando los diferentes compartimientos y con eso basta, esas son nuestras lecciones, no las que nos imponen nuestras adorables madres, que pueden llegar a empujarnos a tomar decisiones que luego para zafarnos tenemos que cometer un montón de errores, a veces irreparables, y hacer sufrir en el proceso. ¡Oh Dios, lo que me espera con mis hijas!

En lo personal, no creo en el divorcio como primera instancia. Creo en las pruebas que nos impone la rutina, en el desamor como desafío a reconstruir lo perdido. En las ventajas del amor que renace con el tiempo, en la complicidad de los años. Pero si no te gusta tu pareja, ni en la cama ni en la mesa durante la cena, lo mejor es separar bienes de la manera más civil y tratar de elegir mejor la próxima vez, sin nunca olvidar que las que ya tenemos hijos no escogemos primero para nosotras, sino al revés, o como Sol, que prefiere ser una divorciada deseada y sin compromisos a partir de las 10pm hasta las 6am.



Hipocondriasis, Divino Padecer

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No hay nada más alentador, más romántico, más normal y predecible, más viril y seductor que un hombre hipocondríaco. Yo los amo y sin ellos no puedo vivir. La hipocondría es una muestra de gran estima personal, de fuerza y vigor, de valentía, de una seguridad en sí mismo por completo deslumbrante. Los síntomas se miden de acuerdo al nivel de hombría, mientras más macho, más fuertes son las dolencias. Los que niegan serlos es un acto en sí hipocondríaco, e indica que próximamente lo serán, y si no llegan a serlo, para mí son sospechosos, pues aún no he conocido a ningún hombre que no lo sea. Que en seguida que una se sienta con síntomas, los de ellos escalen y sean más notables aún, de una cierta rareza no encontrada en ningún informe médico en la clínica, en la internet o en el libraco de medicina que los hombres acostumbran a tener en la mesita de noche y es como una especie de Biblia que responde a los enigmas de los más perturbadores y desconocidos padecimientos.

A menudo los hombres sienten síntomas físicos inexplicables, experimentan raras erupciones e incógnitos dolores. El mismo Moliere los encasilló en su comedia El Enfermo Imaginario, donde el personaje principal, como tantos hombres que conozco, era un esclavo de sus malestares. Algo que a mí en lo personal me parece atractivo y un peculiar modo de seducir a una mujer. Es un desorden que aflige al hombre y que sólo una mujer puede “comprender” cuando el enfermo, atrapado en su pánico se convalece en su estado más puro, y que se mejora tan pronto los niños se duermen, comienza el partido de pelota, telefonea un amigo para ir al bar, o recuerdan que existen el porno gratis.

En conclusión, un hombre hipocondríaco es un hombre inofensivo y con certeza lleno de salud. Así que si te encuentras con uno, no lo dejes ir. Cada especie con su cosa, ellos son hipocondríacos y nosotras histéricas, y de eso si que hay para hablar rato.



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Literatura, Sociedad, Mujer

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Autor: Grettel J. Singer

Grettel J. SInger

Escritora. Reside en Miami, Florida.

 

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