Violaciones: Si es que no te matan, te curan… ¡ja!
Grettel J. Singer | 29/03/2009 0:19
Hace un par de semanas leí un espeluznante artículo y vi su respectivo vídeo, el cual me aterrorizó por completo. El artículo del diario The Guardian, del Reino Unido, contaba la historia de Eudy Simelane, la famosa futbolista sudafricana que fue raptada y brutalmente asesinada el año pasado, y como resultado, el aumento de estos crímenes con el mismo propósito. Su perturbadora muerte hasta el momento no ha modificado absolutamente nada en las leyes que podrían, o más bien deberían, proteger a las lesbianas, y las autoridades continúan haciéndose los de la vista gorda cada vez que aparece una nueva víctima muerta o violada, aún cuando la evidencia más clara, imposible.
Simelane era una joven valiente, la primera mujer lesbiana que había decidido vivir abiertamente en Kwa Thema. Además se había convertido en una activista voraz, abogando por la justicia e igualdad para las mujeres homosexuales de su país, que hasta el momento no cuentan con la protección necesaria, al parecer ni para ir tranquilamente al mercado de compras.
La madre de Simelane no comprende cómo es que alguien ha podido matar a su hija de ese modo, con 25 puñaladas por la cara, el pecho, incluso debajo de los pies. Una deportista con la vida por delante, sin vicios, generosa, entregada a la mejoría de su comunidad, que simplemente decidió tomar el único camino que para ella era posible, el de la verdad. Las lesbianas viven intimidades con sus parejas, se quieren como se quieren todas las parejas del mundo, sin involucrar a nadie en sus asuntos, y eso en Sudáfrica es considerado para cierta parte de la sociedad un crimen que ha de ser castigado cruelmente para eliminarlo, o como bien lo justifican ellos mismos, crímenes que reforman. Sin embargo estos virulentos asesinos siguen sueltos violando y matando a mujeres inocentes que ellos consideren se desvían de la orientación sexual que toda mujer debe seguir. ¿Cuál es el resultado de tanta desfachatez? Que a estos grupos de hombres se les consideren como doctores que curan a pacientes enfermas, mientras la legislatura judicial se cruza de brazos.
Se sabe que el mundo no se puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, y menos en zonas de tanta pobreza y poca educación e información. Tal vez la muerte de Simelane era el punto de foco que el mundo necesitaba, eso es lo que uno pensaría, pero su muerte hasta la fecha es injustificada, tanto en las calles como en las cortes de Sudáfrica, como lo son todas las que le han seguido. Es incomprensible apoyar un crimen de esta magnitud, pero aparentemente allí nadie está pagando por las barbaries que han cometido y se siguen cometiendo al menos diez veces por semana, ni por las tragedias que continúan causándole a tantas familias. ¿A dónde vamos a parar entonces si cada cual decide el bien y el mal?
Es inútil tratar de explicar por qué hay lesbianas en este mundo, tan inútil como explicar las razones por la cual existimos todos. Pero de algo podemos estar seguros, y es que estos crímenes jamás conseguirán convertir a una lesbiana en heterosexual. Es decir, que ni siquiera dan el resultado que tantos buscan. Estas mujeres continúan viviendo con su verdad, aún cuando las amenazan y las martirizan, porque el lesbianismo, muy a pesar de lo que ciertos grupos garantizan, no es una enfermedad, por el contrario, para estas mujeres es un hecho incambiable, un tema de vida o muerte, un destino del cual no están dispuestas a darle la espalda, así les cueste el último buche de aire.
Mientras que esos grupos de hombres bestializados, obviamente frustrados, acobardados por la vida, se toman la libertad de desquitarse, de sacarse toda la roña que llevan por dentro por razones muy otras a las que dan a conocer, convirtiendo sus motivaciones en supuestos crímenes de corrección, mujer tras mujer se ve fatalmente atrapada una vez más por la injusticia y la inclemencia, en las malvadas garras de fieras enloquecidas. Pues bien, si cada cual va a tomar represalias contra quien le parezca que no hace su voluntad, entonces arrojemos por los balcones a los bebés llorones para que se callen de una vez por todas, peguémosle a los perros cuando nos desobedecen para corregirlos, droguemos a las abuelas que ya no pueden caminar deprisa para que se apuren, castiguemos a los jóvenes con acné para no ver tanta asquerosidad, matemos a los ejecutivos que hacen promesas que no cumplirán, encarcelemos a quien se atreva a poner un cuerno para que no lo vuelvan a hacer. Violemos a esos hombres que han de violar para corregir, así también ellos corrigen su incontrolable malicia. ¡Libre albedrío para todos!
Lo más triste, indígnate y escalofriante en cuanto a este tema es que no hay que ir a Sudáfrica para encontrar tanta gente necia; que los racistas, los predadores sexuales, los ignorantes que prejuzgan y diabólicamente matan a homosexuales y a lesbianas por su simple orientación sexual, están regados por todos lados, aquí mismo bajo mis narices. Cómo alguien puede dedicar todo su esfuerzo y su atención a un tema que no le afecta en lo absoluto, jamás lo entenderé. Pero lo que sí sé es que no está bien, no, no y no. NOT OK. La ley, si va a tener el mando sobre la justicia y la injusticia, ha de tomar las medidas necesarias para acabar con el libre albedrío con el que ciertos grupos mangonean como más les conviene, aquí, en África y en la conchinchina.
Dejo el enlace de artículo y el vídeo de las entrevistas a algunas de las mujeres víctimas de estos asesinos, locos de atar que siguen sueltos, lucubrando otros ataques a mujeres inocentes.
http://www.guardian.co.uk/world/video/2009/mar/12/south-africa-corrective-rape
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 14:07
Desdicha Para Quienes Se Quedan
Grettel J. Singer | 22/03/2009 0:19
Acabo de terminar una novela que me ha encantado, de la francesa Anna Gavalda, Jel’aimais, y que me dejó sustraída en pensamientos de una cristalina cronología en cuanto a los amores y sus (en algunos casos, imprevistos) finales que me han tocado tan duro como suave. Trata sobre una mujer de veintiocho años, guapa e inteligente que está atravesando por una separación devastadora, en el momento en que menos se lo esperaba. Todo parecía irle bien, tenía una familia extraordinaria, dos hermosas hijas pequeñas que la colmaban de armonía y estabilidad, mientras se sostenía hipnotizada por un marido infiel que de repente la deja por otra mujer más joven aún. La trama se desarrolla en una casa en las afueras de Paris, donde el padre del marido conduce negocios y pasa temporadas indefinidas, y la ha invitado a pasarse unos días con las niñas para despejar un poco.
El suegro es un hombre de pocas palabras, estoico, que no opina a menudo, silencia cualquier comentario que le venga a la mente, y se da vuelta en forma ecuánime cuando alguien le acecha una mirada inquisitoria. Pero lo verdaderamente fascinante de la historia es que precisamente se trata del suegro, sobre su vida y la profundidad de sus sentimientos aparentemente inexistentes, que la novela nos revela poco a poco y nos vamos dando cuenta no son para nada moldeados de acero, como él se esmera en aparentar. Se llama Pierre y tiene 65 años si mal no recuerdo. Su intención, no queda claro si fue planeada o se produce espontáneamente, es contarle a Chloé, la mujer que su hijo ha abandonado, la saga de su vida, del hombre cobarde que decidió quedarse, en comparación con lo que él considera el coraje de su hijo que ha tomado la decisión de marcharse sin mirar atrás.
Pierre se había casado aún siendo muy joven con una muchacha de quien estaba enamorado, como se puede amar a esa edad. Se entregó a su esposa, a su familia y a su empresa y vivió de manera robótica con una imagen intachable hasta que un día al cumplir 42 años conoce a una mujer que le tuerce la vida, que despierta en él sensaciones nunca antes experimentadas, y a quien le causa un enorme sufrimiento mediante promesas insustanciales por varios años hasta perderla para siempre por no atreverse a dejar a su esposa Suzanne, una mujer con quien tenía una relación estable, aunque lejos de manosear aquella inevitable e inagotable felicidad que sentía junto a su amante, Matilde.
Pierre frustrado, herido y derrotado decide quedarse para no tornarse en un canalla que abandona a su familia. A medida que van pasando los años se va convirtiendo en un ermitaño, en un hombre despreciable y malhumorado, que demuestra poco o ningún interés más que el que se le exige, por sus hijos o su esposa, mientras por dentro se consume por un amor tronchado. Se descubre el motivo de su pasiva crueldad a partir de esos años que decide darle la espalda a la mujer que amaba, y quien lo había marcado como nadie en su redundante existir, que le había dado a probar de un brebaje deliciosamente adictivo provocando en él una insospechada felicidad que en el corriente de sus días, semanas y años había desconocido o ignorado por completo. Con ella había descubierto un sentimiento de paz, un orgullo de ser quien era. En Matilde, Pierre había encontrado el hechizo que le devolvía el deseo de amar cada vez que la tenía cerca. Pero eso amor estaba destinado a ser atropellado por la costumbre, y Pierre renunció a su amante para cumplir con las reglas de la sociedad, con la promesa que le había hecho a Suzanne de hasta que la muerte nos separare, y desde ese momento en adelante se desata una depresión incurable.
Meditando sobre ese tema no pude menos que sentir rabia por la decisión que Pierre había tomado, pues a veces nos cuesta más ser felices que llevar una vida tranquila y aburrida. Tal vez si Pierre se hubiese dejado llevar por sus emociones habría hecho a su familia más feliz, ya que el pago por quedarse fue convertirse en su peor versión, en el hombre déspota, en vez de arrojarse a esa oportunidad que tanto lo estremecía y dejar que los detalles a su alrededor cayeran en su sitio a medida que caminara el tiempo, acoplándose como es habitual con todo en esta vida, siempre y cuando cumpliera con sus obligaciones de padre. Sin embargo, cuando su esposa Suzanne lo confronta, lo maldice y lo amenaza con destruirlo, aún cuando él acepta su culpabilidad y ofrece ayudarla monetaria y emocionalmente, ella termina rogándole que no la deje, para así continuar con su vida sin cambiar el más mínimo detalle cotidiano, por aburrimiento o por rutina, es difícil distinguir sus motivos, pero definitivamente no por amor y menos por pasión.
Me pregunto ¿hasta qué costo estamos dispuestos a mantener una relación así nos triture por dentro?, y si ¿valdrá la pena quedarse en una relación para no separar o herir a la familia? Creo que mucho depende de la situación, supongo que si uno se va a quedar para ser completamente infeliz y transmitir esa agonía a los seres que ama, quizás no valga la pena. O si vas a permitirle a alguien que se quede para reprocharle el resto de la vida qué hizo o dejó de hacer, ¿cuál es el placer? Por mi parte lo que tengo bien claro, esa responsabilidad no la quiero encima ni loca. Si bien es verdad que prácticamente hablando no creo en el divorcio, mucho menos en las personas que se quedan en una relación para no causar dolor, cuando en cuerpo y en alma se entregan a otra persona por años y años, hasta que esa relación también se destruye, y en un final tantas personas terminan perdiendo.
El orgullo de una mujer es más fuerte que esos pilares invisibles que sostienen la tierra dentro del universo, y el mío no varía mucho, pero si alguien me dejó para ser verdaderamente feliz, me enorgullezco de esa persona, de haber tenido la sabiduría de comprender el valor entre un sentimiento leve y uno más profundo, digno de arriesgarlo todo. Y si mi pareja actual llegara conocer a una mujer que le haga sentir en distancia de años luz sensaciones que no soy capaz de ofrecerle, seré la primera en facilitarle la libertad de elegir el camino a esa dicha que pocos encontramos y más de uno dejamos escapar.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 14:05
Amigos, Ce Tout
Grettel J. Singer | 16/03/2009 0:19
¿Será real aquello que dicen que entre los hombres y las mujeres no puede existir una verdadera amistad? Yo creo que sí se puede, como mismo las lesbianas son amigas aunque no sean amantes, y los gays también. Porque sería más que ilógico, una ofensa, imaginar que todas mis amigas lesbianas me desean de un modo sexual, o asumir que todos mis amigos gays cada vez que se reúnen participan en una orgía. Entre el hombre y la mujer sucede algo parecido, puede haber una atracción y seguir siendo amigos, nada más.
Dicen que la amistad entre sexos opuestos no es fácil pero tampoco imposible, a mí me parece que simplemente es diferente, pero ni más duro ni más complicado de lo que ya son las típicas exigencias y los sacrificios que presenta cualquier tipo de relación con quienquiera que sea. Con las amigas solemos comportarnos de uno modo, y con los amigos de otro. Hay cosas que sólo se pueden discutir entre mujeres, como también en ocasiones disfruto mucho más compartir ciertas cosas con hombres amigos. Por ejemplo con los hombres me encanta escucharlos hablar sobre sus relaciones amorosas, de las mujeres que llegan y las que se van, los motivos por los cuales no se comprometen con unas y sí con otras, las ambiciones que les quitan el sueño, las desilusiones por las que has atravesado. Las pasiones de los hombres son distintas a las nuestras, o por lo menos manifestadas de otra manera, una manera que a mí me agrada mucho. Cuando hablan del cine, de la música, de los viajes, del arte, de un libro, siempre encuentro un tono diferente en sus descripciones, en la forma de enfocar las conversaciones y de expresarse, asombrada a menudo por la similitud de pensamientos a pesar de los diversos caminos que allí los conducen. Algunos hombres son muy buenos para escuchar, y sólo te miran a los ojos con aprobación o desaprobación, pero no siempre desmantelan su verdadera opinión, aunque te estén juzgando, quizás por miedo a molestarnos. Me gusta esa timidez que entre amigas no existe y a veces cuando no estás de humor cae tan bien escuchar exactamente aquello que necesitamos oír. Me hacen recordar mucho a mi perro Domingo, pero en el buen sentido de la lealtad, la paciencia y la admiración, porque los hombres admiran a las mujeres con una curiosidad legítima, sorprendentemente afable. Con ellos también se tocan más los temas familiares, especialmente las relaciones con los padres y los hermanos, mientras que con las mujeres nos sentimos más cómodas hablando de nuestros amantes o maridos.
Entre mujeres suponemos muchas cosas acerca de los hombres que luego confirmo lo equivocada que estábamos. Y vamos, es que con un hombre no vas hablar de las rebajas del Gap, ni del ciclo menstrual, ni de las últimas monerías que hacen tus hijos, ni de los desastres que suelen ocurrir en el cuerpo pasado los treinta, o lo estropeado que se quedan los pechos después de amamantar, ni de los chismes sin importancia que ruedan de lengua en lengua sin un decisivo motivo o destino. A ellos no les puedes pedir que te acompañen al baño para reaplicar el maquillaje mientras partidas de la risa critican a la novia que el amigo se ha dignado a presentarles. Con ellos no vamos a discutir temas que abarquen ningún tipo de cifra en relación con nuestra edad o nuestro cuerpo a no ser que se trate de la talla del ajustador. No vamos a mencionar la cantidad de calorías que hemos consumido en un día, y menos que menos hablar de azúcares o carbohidratos cuando muchos hombres no saben ni lo que son las grasas saturadas. Pero tienen otras cosas para ofrecernos en una amistad que me hacen sentir muy a gusto, aunque muy diferente a cuando comparto con amigas.
De entrada no se puede negar que entre un hombre y una mujer siempre va a existir esa tensión sexual, aún en esos casos que ni siquiera se desean mutuamente, es decir que hasta subconscientemente existe un deseo por el simple hecho de ser sexos apuestos. No pretendo defenderlos, pero supongo que a mis amigos les sucederá lo mismo que me sucede a mí cuando ellos se arreglan y lucen guapos y me les quedo mirando, me gusta vacilarlos, como mismo vacilo a mujeres que me parecen atractivas, pero eso no quiere decir que ese deseo efímero se tenga que convertir en un acto carnal. Fantasear es un cosa y realizar esas fantasías ya es otra cosa, muy otra.
Nos lo han dicho los sicólogos, que el hombre y la mujer son como por decir el extraterrestre y la terrestre (o viceversa para no provocar a nadie), somos contrarios, tanto así que por más fuerte que sean los lazos de amistad, normalmente va a existir algo más, tal vez dudoso, tal vez un poco tramposo y hasta fuera del alcance de las nociones que más o menos entendemos, pero principalmente manejable en casi todos los casos. A lo que me refiero es que auque exista esa tensión que suele ser tan incómoda como placentera, eso no significa que la amistad sea irrealizable.
Claro, que a veces las cosas no salen como las planificamos. ¿A quién no le ha sucedido que el afecto que suponíamos era puramente amistoso, de golpe se sale del plato? Y toma un forma gigantesca, que se adueña de los controles que hasta el momento nos ayudaban a funcionar como gente normal, y qué va, fuera y más allá de nuestros dominios y por supuesto en contra de la razón, ese cariño se torna en una irremediable pasión que tarde o temprano va a acabar con la amistad. Bueno, ahí sí que hay que poner un pare porque no se puede tratar a una persona como una cosa cuando el deseo y el corazón te piden otra, especialmente si esa persona no te corresponde, pero esos son casos aislados, específicos, atípicos pues es improbable enamorarse de todos los amigos. Ahora si se trata de una sencilla atracción, no veo el problema en lo absoluto. ¿A caso no es así como llegamos a casi todas las personas que están en nuestras vidas? En mi caso es así, existe un magnetismo que me dirige a algunas personas y a otras no. Con algunas nos convertimos en amigos y con otras la atracción inicial se desparrama y cada cual sigue por su lado, por el rumbo de la vida, atrayendo a nuevas personas y sumándolas a las listas de amistades o a las del olvido.
Si se acepta como tal, que entre un hombre y una mujer existe un placer misterioso en ese deseo imposible (que de ninguna manera ha de ser doloroso) de realizar, la vida toma otros colores. Las amistades no tienen que ser carentes del deseo o impulso sexual siempre y cuando se trate de una expresión corporal y no física o emocional. Digamos que para lograrlo lo más importante es tener las intenciones bien claras por ambas partes, los sentimientos pueden variar, pero las acciones si se mantienen en la raya, es ahí donde suelen florecer magníficas y entrañables relaciones, a partir de un disfrute por la fruta prohibida, incluso cuando estamos claros que esa atracción es más coco que otra cosa.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 14:04
Mujeres, como frutas de un mismo árbol
Grettel J. Singer | 09/03/2009 0:19
A la vuelta de la esquina, en Overtown, se encuentra el refugio que a menudo le hago mención en este blog, el Lotus House Shelter. Un refugio para mujeres desterradas, donde se abrigan hasta cincuenta a la vez y un total de ciento treinta al año, y se les proporcionan las necesidades básicas de un ser humano; comida, ropa, atención médica, entrenamientos y las herramientas esenciales para conseguir un empleo, para salir adelante y tomar parte nuevamente en la sociedad y las leyes que esta nos impone. Además se les ofrece un plan de vivienda a su alcance una vez que están listas para tomar ese paso. La formula del Lotus House es diferente a la de la mayoría de los refugios para indigentes. En primera instancia es sólo para mujeres y niños menores de dos años. Se opera desde un formato innovador, con una filosofía holista, con el fin de embellecer a la mujer, de reforzar su espíritu y su estima personal en todos los niveles para que de este modo aprendan a sustentarse por sí mismas y hacer una transición de las calles a casas permanentes.
Allí viven tantas hermanas dolientes que han vivido infinitos traumas, o han sido abandonadas, víctimas de la violencia doméstica, o padecen de enfermedades medicas o mentales no tratadas, o son deshabilitadas, mutiladas o afectadas por razones económicas. Son mujeres que pocos les prestan atención y menos les hacen caso, y a veces el caso que les han hecho ha sido mal intencionado, con golpes, quemaduras, violaciones.
En este centro se les ofrece apoyo, esperanza, identidad y una vos ya callada y aplastada por un largo tiempo. Extrañamente me siento en casa cuando estoy allí, en medio de los jardines japoneses que rodean el refugio convirtiéndolo en una especie de santuario, mientras bebo un té (en hebras, nada de bolsitas), conversamos en grupo, y las chicas que son de una hermosura maltratada, pero tan lindas que no puedo dejar de mirarlas, porque las mujeres que han sufrido anchamente transmiten una timidez, una inseguridad de carácter inocente, un sentimiento metamorfoseado que para mí se traduce en una belleza transparente y absoluta que me deslumbra por completo. Entre risas y a veces lágrimas camufladas me cuentan sus historias, sus planes, sus sueños, sus tragedias, todo dicho de una manera calmada, como si se tratase de una tercera persona, porque allí aprenden a aceptarse y a perdonarse. Nada de lástima, nada de lamentos, a seguir con el plan, con las nuevas oportunidades que se van presentando. Y aunque comprendo que soy ajena a tanto sufrimiento, me siento contenta por sus logros. Logros que en mi diario vivir son apenas objetivos sin ningún reconocimiento, porque claro, todo en esta vida es relativo.
El shelter es un lugar como ninguno. Es un pasadizo en medio de un basurero. Atravieso las calles a veces peligrosas de esa parte de la ciudad, y cuando llego, entro a un mundo donde la mente, el cuerpo y el espíritu de cada una de estas mujeres es apoyado, protegido y nutrido por profesionales y voluntarios que se han entregado a esta interminable labor. Una lenta y esperada ventura se apodera de la casa cuando un nuevo grupo se gradúa de asistentes de cocina, cuando esa muchacha da a luz al bebé que nadie deseaba y por fin aprenden, mamá y recién nacido, a arreglárselas con la teta, con el mundo y sus viles habitantes. Siento una gran satisfacción cuando las desempleadas consiguen trabajos en lugares decentes, como recepcionistas o anfitrionas de hoteles o restaurantes, o unas horas a las semana de tutoría. Es difícil creerlo y entenderlo, pero todas ellas han sido parte de la sociedad antes de haber sido indigentes y muchas han tenido carreras, han sido artistas, maestras, enfermeras, y tantas otras cosas. Siento especial complacencia cuando se retiran de la casa y recomienzan sus vidas con gran optimismo y sobradas ilusiones, con una fe que ya no contaban era posible, porque todas las mujeres, estemos donde estemos, seamos quienes somos, todas tenemos sueños por realizar, aspiraciones y ambiciones por conquistar, promesas por cumplir. Para algunas es ser presidente de un país o de una compañía de marketing, o conseguir al marido perfecto, bajar esas libras de más, darle la vuelta al globo, y para otras es recuperar a sus hijos arrebatados por un agente social.
No siempre conozco los motivos que las conducen a ese maravilloso recinto de esperanzas, de renovación, de tan necesitada atención. Pero cualquier historia es de esperar, nadie llega allí por su cara linda. El currículo para ser aceptada ha de ser de terror, de espantosas pesadillas, lo sé, me consta. Y luego las veo allí sentadas en los sillones, desosificando sus temores, charlando, bromeando, pintándose las uñas, sacándose las cejas, revisando los periódicos en busca de nuevos llamados, cociendo con la instructora, pintando o esculpiendo al aire libre en las clases de arte que ofrece la FIU, practicando yoga o pilates, meditando al lado de la fuente que se encuentra justo a la salida de la cocina, y donde diariamente flotan pétalos de un pequeño pero frondoso rosal que florece misteriosamente todo el año, y me toma por sorpresa la fuerza casi inhumana que estas mujeres demuestran con tan sólo mantenerse vivas.
Por eso en este mes de la mujer y realmente todo el año, no puedo menos que recordar a mis chicas de la casa amarilla. No puedo evitar conmoverme con los logros cotidianos, cada vez que un empleador devuelve un mensaje, o alguien cumple un aniversario más de estar completamente limpia de drogas o alcohol. O que una de ellas por fin se muda sola, a enfrentar las miserias y los encantos de la vida.
Allí sentada en el patio, mientras ellas hablan, cientos de pensamientos me invaden, y siento que deambulo por la vida a través de nociones sin equivalentes, de falsas desdichas que me han engañado por años y al encararme con estas historias voy descubriendo y a su vez comprendiendo el mundo desde un modo insospechado, desde la propia desdicha del ser, desde la madre que ha perdido a su hijo por culpa de una bala desgraciada, de la que acaba de parir a su tercer bebé y la ves esforzándose para salir adelante, mas lleva muy dentro la amargura y el desamparo que le causa el pensar en sus otros dos pequeños que viven en orfanatos. O la señora ya bastante entrada en edad que tuvo que regresar de su país natal porque a su hijo que ha violado la ley lo están procesando y posiblemente vaya a la cárcel más del tiempo que a ella le queda de vida.
Sería imposible enumerar las mujeres que me han tocado de un modo u otro. Están las que han luchado y continúan luchando a diario por nuestros derechos, están las que dieron sus vidas para conseguir la igualdad, están la madres, las abuelas, las hermanas, las tías y las amigas, están las ejecutivas, las musas, las oradoras, las campesinas, las amantes, las nadadoras, las históricas y las olvidadas. Estas ultimas están para siempre en mi corazón, las indigentes que han vivido en la peste, en el maltrato, en brazos crueles, y que no se han dejado derrotar por los desvaríos, por la catástrofe o las pérdidas que les han tocado vivir. Y regresan y renacen como lindos capullos a merced de un nuevo día.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 14:02
Las Bañistas Del Puente
Grettel J. Singer | 01/03/2009 0:19
Desde hace más o menos un año comencé a correr una hora por día. Hasta ese entonces me parecía que correr era no sólo un malgasto de tiempo, sino un experimento de locos, pues toda una vida a mí me ha causado jaquecas, malestares en los órganos del estómago, picazón en la piel de los muslos, punzadas en las coyunturas de las piernas, calambres en la planta de los pies, y para colmo hasta unas libras de más, para mencionar algunos de los síntomas. De hecho nunca había podido correr más que una o dos cuadras, que se extendía a lo largo de un minuto o menos. Y si acaso llegaba a darle la vuelta a la manzana completica, qué desfallecida terminaba, pero qué logro me apuntaba. Sin embargo, un asunto inesperado sucedió el año pasado que me ha animado a correr diez kilómetros religiosamente cada mañana cuando mis hijas parten a la escuela. Digamos que tiene algo que ver con que ya pasado los treinta y después de dos partos, el cuerpo cambia.
Correr se ha convertido en un ejercicio que me beneficia en todo sentido, física y mentalmente. A diario, cuando salgo a trotar aprovecho para hacer no sólo una ejercitación de cuerpo, sino de proyección y visualización. Es la mejor manera que he encontrado para soñar. Cuando estoy haciendo algo de mucho desagrado y no me queda otra alternativa pongo toda mi atención en ese entretenimiento para así machucar la vocecita negativa que me urge que deje la carrera y regrese a casa a comer una tostada con bastante mantequilla. Además es mi hora para alejarme de mis interminables quehaceres, del rin rin de los teléfonos y del distinguido sonido de alerta que emiten los correos electrónicos, con mi ipod escuchando esa música que a todos en casa les hace tanto daño.
Continuamente hay algo nuevo que ver. Los ya conocidos a quienes un día les esbozo una sonrisa y otros les guiño un ojo, y en rara ocasión (usualmente lo viernes) les doy con mis labios pero en silencio los buenos días, para que no se aburran de mis otros saludos. Está también la sonrisa combinada con un gesto de adiós que les ofrece una de mis manos, para aquellos que llevo viendo desde el principio y siento que somos algo más que una coincidencia sudorosa. También veo gente nueva, que como yo, ha comenzado a envejecer y no les ha quedado de otra que ejercitar. Veo el mar en todos sus variantes: encaprichado, malgenioso, feliz, manso, juguetón, melancólico. De hecho cuando veo el mar ya sé que he pasado la primera prueba, que es esa primera milla. Luego viene el reto más difícil, llegar hasta el puente, ya de ahí en adelante, o mejor dicho, en retroceso, me entrego a un repetitivo trote que anuncia mi lento pero definitivo retorno a casa.
En el puente ocurren diversas cosas y por lo general se conglomera un burujón de gente. Están los pescadores, los turistas que toman fotos, los pensadores que van allí sólo para observar el horizonte y la vida, los que pintan cuadros al aire libre, los ciclistas, los caminantes, los corredores y patinadores, y algún otro ser espontáneo que seguro estoy olvidando. Allí mismo al lado del puente normalmente hay tremenda acción. Casas de campaña armadas, carros y camionetas a la orilla del mar con los maleteros abiertos, música sonando con un volumen exagerado, las barbacoas encendidas, las tendederas atiborradas de ropa, arrebatadas por el viento. A eso de las diez de la mañana llegan la vendedora de perros caliente y el heladero con su desquiciante cancioncita. Comienzan a aparecer los surfistas, los kayakistas, las parejas que se esconden del mundo o simplemente eligen encontrarse bajo las faldas del puente. Tristemente están también los indigentes, los abandonados, los que no tienen una mejor guarida y terminan bajo el hechizo del mar. Allí es donde veo a diario a las dos bañistas. Bueno, no exactamente allí, sino al lado, donde están las duchas, aunque cada vez que pienso en ellas las asocio con el puente. Son dos mujeres jóvenes, tal vez una de veinticuatro y la otra de veintiséis años, pero no podría estar segura porque tienen ese dote del tiempo que lo mismo podrían tener una edad que otra. Además, casi siempre que las he visto están enjabonadas, llenas de espuma de pie a cabeza, y se me hace difícil detallarlas mejor. Sin embargo he notado algo en sus movimientos ligeros, en las delgada pero espléndidas formas de sus cuerpos, que me dice que son de corta edad.
Espiar es parte de mi ejercicio también. Me interesa saber qué hacen mis conocidos del puente. Está el hombre que vive en su camión rojo vino, que se le nota sufre de algo horrible, que no me quita la vista de encima, con esos ojos cansados y a su vez sedientos, y con los cuales a veces tengo lindos sueños, y por más que lo quiera negar, le he tomado un cierto aprecio, ¿o será costumbre? Hay dos indigentes que caminan incansablemente, por separados, de un lado del puente al otro. Ambos cargan una mochila en la espalda, hasta juraría que se parecen físicamente, pero los sé diferenciar porque uno se viste de traje gris oscuro, y el otro de pantalones de mezclilla y pulóver verde olivo. Está el otro, más avanzado en edad, que arrastra un carrito de súper mercado; ahí lleva su vida para arriba y para abajo. También está el de la bici oxidada, que chifla boleros y parece tener un destino parecido a los otros, que es ir y venir. Las bañistas son las que más me intrigan. Es menos común encontrar mujeres que vivan en la calle que hombres. Hace unos meses, cuando aparecieron, por instinto me acerqué a ellas y les dejé mi tarjeta personal, que las cargo en un bolsillito en mi cinturón de hidratación donde lógicamente cargo también mis dos botellitas de agua. Pertenezco a la junta de un refugio de mujeres indigentes, y si bien no puedo obligar a las bañistas a que vengan conmigo, por lo menos les puedo ofrecer ayuda. Me dieron las gracias, más o menos, con una mirada de soslayo, y cuando me alejé me di cuenta que arrojaron la tarjeta en la papelera. Ya está fuera de mí, si algún día quieren venir al refugio, allí me tienen cada mañana al pie del puente, sólo me avisan, no haré preguntas.
Tengo que admitir que verlas a diario se ha convertido en mi motivo de ejercitar, y si no es porque las duchas se encuentran tan lejos, ya habría dejado de trotar tan larga distancia. Me da pena y tristeza reconocer que no les puedo quitar los ojos de encima, que ese baño que ellas se dan a diario es para mí un ritual que representa varias cosas. En primera instancia que he llegado lejos, por otro lado que ellas, las bañistas, están bien o por lo menos igual que siempre, vivas, aseándose. No es un baño típico el de ellas, no. Se quitan la ropa y la lavan, la cuelgan sobre una roca o en una planta cerca de las duchas. De eso fui testigo una sola vez, en su mayoría me encuentro la ropa ya al sol. Se quedan en ropa interior, y con un paño o una esponja, no sé bien, se restriegan la piel tan duro que me asombra la violencia, como si intentaran sacarse sarna de encima. No sé qué producto utilizan, seguro el jabón de lavarse las manos que está en el baño al lado de las duchas, pero lo que sé es que entre las dos producen una espuma gigantesca. Llegan a parecer dos momias de espuma. Hay algo ahí con el aseo personal, no obstante continúa siendo un misterio para mí, lo que sí sé es que es importante para ellas sacárselo todo, limpiarse hasta el último poro, el último trocito de piel.
Desde hace tres semanas no he visto a mis chicas, a las bañistas del puente. Parecerá una exageración decir que las extraño, pero siento que sí, que las extraño. Extraño contemplarlas en sus labores matutinas, mirarme de reojo al verme pasar. Ver el agua de la ducha correr sobre sus pieles tostaditas, el gran charco de espuma que deja el trayecto de su extraña actividad. Las echo de menos, sí, es verdad.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 03/06/2009 14:00








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