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La crepera eléctrica (mujeres only)

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Sólo existe un hombre en el mundo entero con el que cada vez que tengo cita me encuentra desnuda cuando mínimo de la cintura para abajo, y regularmente para arriba también. Desde el año pasado había quedado por avisada, que este año me tenía que hacer por primera vez una mamografía. Le tengo pavor a las mamografías, en parte porque mi madre me asusta con frecuencia y me dice una de horrores año tras año que por consecuencia ha conseguido cundirme de pánico cada vez que pienso en la crepera eléctrica. Por otro lodo porque hoy en día una mamografía sin irregularidades es inusual y hay que llenarse de auténtico coraje para enfrentar los resultados.

Si hay algo que odio es ir al ginecólogo y que me introduzcan un aparato para realizar el papanicolau. Es que a decir verdad ya debería de existir otro procedimiento menos íntimo. Parecerá una exageración, pero cuando esas tenazas del espéculo se despegan y esos palitos algodonados me rozan el cuello del útero y luego con una espátula me arrancan una muestra de células, que no es otra cosa que un trozo de mis entrañas, me invade una fatiga espeluznante y una incomodidad terrible que lo único que consiguen es erizarme y petrificarme en vez de relajarme como debería. ¡Qué impotencia! Me estreso tanto y me pongo tan nerviosa que no sigo las instrucciones del doctor y a menudo me tiene que repetir mil y una vez que abra más las piernas y que me acerque más porque poco a poco me voy alejando de la lamparita que me enfoca. Cierro los ojos y aprieto los dientes, y en lo único que se me ocurre pensar es en algo que dice una amiga, que todos los ginecólogos son unos pervertidos.

Mientras siento el manoseo y el tibio de su respiración concentrada allí en mi sexo, escucho un estruendo en su voz.

—¿Qué pasó aquí? —o Dios, pienso en estado de pánico.

—¿Qué es? —digo angustiada. El doctor me pasa un espejo y me lo pone en frente para que lo sujete y tras alcanzarme un guante me pide que ingrese la otra mano, la disponible, e investigue hasta que dé con el hilito de la Mirena, el DIU que me colocó hace un par de años.

—No lo encuentro —protesto resignada.

—Busca bien —me responde, ya también a punto de tirar la toalla.

—¿Desde cuando no te revisas?

—Desde nunca.

—Mija, esto es por tu bien. ¿Tú no sabes que a veces la Mirena se desprende y ni te das cuenta? No te puedes confiar así como así. Después no vengas llorando…

—¡Ya lo tengo! —anuncio con entusiasmo aunque mintiendo descaradamente—. ¿Qué hago ahora?

—Nada, dormir tranquila y revisarte de vez en cuando, una vez por semana o cada vez que tengas intimidad. Mira que lo tenías bien echadito para atrás y me pegaste un susto.

Durante mi primer embarazo mi doctor se quejaba cantidad y se preocupaba por mi falta de valentía y poca voluntad, teniendo en cuenta en todo momento un gran enigma: ¿por dónde saldría la bebé si yo me comportaba tan majadera con simples chequeos de rutina? Una cosa no tiene nada que ver con otra, le explicaba un poco insegura. Cuando llegó el día, el parto fue fácil (digo, así lo recuerdo pero no dudo sea una amnesia impostora lo que me disponga a construir buenas memorias). En serio, fue rápido y extenso de acontecimientos notables (excepto al final cuando me entregaron una personita completica), y de contra, me porté requetebien. Porque suele ocurrirme algo similar en cuestiones decisivas: desastre, desastre y de repente una lucidez insospechada se apropia de mí en el momento más preciso. Bueno, a veces.

Una se piensa que después de los embarazos rebasas lo peor, y resulta que es de hecho lo contrario. Así es, a medida que pasan los años nada se vuele más fácil. Después de más o menos tres meses evitando llamar para hacer cita, infinitos gritos de mi doctor dictaminando que mi terquedad no conocía límites y que mi necedad le resultaba torpe, me decidí a enfrentar la crepera eléctrica y los ultrasonidos pélvicos (intravaginal y transabdominal) que me exigió para salirse de las dudas sobre unos análisis que me habían dado anormales. Nada que lo que me esperaba era una violación total.

Llegué temprano al consultorio, con dos teteras en la vejiga, una de rooibos y la otra de hebras de jazmín. Un paraíso de mujeres a punto de ser analizadas y toqueteadas me recibieron en el saloncito que parecía situado en el Polo Norte. Al momento me llevaron a otro saloncito más frío todavía y con un cambiador, me pidieron que me desnudara y me cambiara para la bata de baño y me sentara a esperar por la técnica. Como las señora está acostumbrada a tomar infinitas foticos pélvicas, me hace esperar lo que parecen horas porque está liada en el teléfono resolviendo cualquier asunto que no me interesa ya casi no me aguanto. Cuando voy a quejarme me dice que orine un poquito para aliviarme, pero eso tampoco termina bien. Tortura de principio a fin. Deja que le toque a ella, ojalá la hagan esperar para que ella sepa lo que es bueno.

Por fin viene a buscarme y me hace primero el ultrasonido transabdominal, relatándome con premeditado esmero el motivo de su tardanza. Yo quejándome y maldiciéndola mientras ella hablaba con una mujer desdichada, de esas que recibió resultados escalofriantes. Apenas termina me deja ir al baño y por fin dejo abrir la llave que encerraba tanto martirio. Cuando regreso me hace el otro ultrasonido y al culminar me lleva hasta otro salón a esperar un poco más. Varias mujeres se conglomeran allí en pequeños grupos alrededor del salón, hablando de cosas que verdaderamente sólo se escuchan en una clínica atestada de vaginas. Mientras unas esperaban a ser llamadas por la doctora para repasar los resultados, otras como yo, esperábamos pacientemente por el chequeo de las mamas.

Sra. Singer, llama una venezolana con un cantaito chulísimo, notablemente de Maracaibo. Y de hecho, ya soy una señora, pero mira que me cuesta creerlo. La chica me guía hacia una habitación de gigantes máquinas blancas, me hace desnudar de la cintura para arriba y tras acomodar parte de mi cuerpo en una posición medio que impensada, comienza a apretarme los senos con ganas, mientras me relata en los próximos diez minutos la historia de su vida. Me pregunté cuántas veces había contado la misma historia, casada, dos niños, bla, bla, bla… Y no me vino mal, eso consiguió distraerme unos minutos, pero de golpe me entró la curiosidad y bajé la vista y bueno, para qué describir lo que vi si ya con llamarle al sitio la crepera uno se hace la idea súper clara.

Me volví a vestir y me pasaron al mismo salón. Al momento vino la doctora por mí y por algún motivo me repitió el ultrasonido intravaginal. Cuando terminó me dijo que la mala noticia era que antes de irme tenía que hacerme la mamografía del lado izquierdo nuevamente porque parece que me había corrido de lugar. La buena noticia era que me había encontrado las mamas y el útero limpiecito y que no me preocupara demasiado y siguiera la misma dieta que sigo y que continuara practicando yoga y que tratara en lo posible de no estresarme, porque según ella es el estrés el causante de todos los cánceres que andan a rienda suelta.

Por fin me marcho del consultorio, a las cuatro horas de haber llegado. See you next year, me susurra una voz justo cuando se cerraba la puerta. Y me quedo pensando si acaso en los tiempos de antes la gente no se estresaba como nos estresamos en estos tiempos. Debo tomar medidas para no estresarme tanto, pero ya eso es un estrés en sí, el esfuerzo para evitarlo.



Crudívoros vs. carnívoros

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Cada sábado antes del mediodía voy a comprar las frutas y los vegetales a Glaser Market, una granja que trae todas las semanas su mercancía desde Homestead y otras zonas menos locales pero con el sello de orgánico que tan de moda se ha puesto. Nada más lejos de los mercados neoyorquinos y europeos, del Santa Catalina situado en Barcelona con sus numerosos pasillos atiborrados de delicias sin desperdicio alguno. El Glaser es al menos uno de los pocos donde se puede adquirir frutas y viandas frescas aquí en Miami, pueblo de pocas exigencias a la hora del mangiare.

Alrededor de los toldos de nailon que protegen la mercancía se reúnen otros vendedores con productos naturales y orgánicos, telas, joyería, aceites esenciales, inciensos y hasta unos helados hechos con leche de cabra que dicen ser la maravilla, pero a mí que me dejen con los de leche vaca. También hay un señor que vende las naranjas más ricas y jugosas que he probado en mi vida, y al lado está la mesa de Lamoy “The salad girl”, una muchacha con la que he conversado muchísimo a través de los años y cuyos platillos crudos han sido en mi casa tradición de almuerzo los sábados durante los meses más calientes.

Lamoy me ha asegurado que los alimentos crudos no son expuesto a una temperatura de más de 118 grados Fahrenheit, y que ella solamente utiliza productos orgánicos, trabajados en su casa y por su puesto, nada que provenga de animales.

Hace un par de años cuando me interesé por este método de comida, Lamoy me explicó que los seres humanos no estamos supuestos a digerir comida cocinada, y que sólo con una dieta cruda se mantienen las enzimas intactas, que aparentemente es lo más importante en la alimentación. Además me dice que los seres humanos de no ser por las armas de caza no podríamos nutrirnos de animales, ya que estos no están a nuestro alcance como las frutas, nueces, verduras. Yo prefiero no discutir esos temas y simplemente comprar mi combo de sus sofisticados platillos una vez por semana.

De lo poco que sé sobre el proceso complicado de estas comidas he aprendido que para llevar una dieta balanceada se precisa un compromiso innatural para mi cuerpo, con metas imposibles de cumplir para mi familia. Sin embargo, en silencio admiro sus convicciones, porque es verdad que las tentaciones son más fuertes que mi propia voluntad, pero cada vez me gusta menos comer animales y no niego que de corazón he sido siempre una vegetariana, aunque mi cabeza dictamine y salive por otros intereses.

Poco me interesa decírselo porque sé que ese es su método de alimentación y lo respeto, pero aún no he encontrado información alguna que indique que en la historia de los humanos fuéramos vegetarianos a nos ser en pequeños grupos. Si no me equivoco fueron los Homo erectus los que aprendieron a manipular las formas del fuego y antes de esos logros comían además de frutas y semillas, insectos y cosas así. Y seguramente el promedio de vida era notoriamente más corto, pues una dieta balanceada como la que describen los crudistas, en aquella época donde no se conseguía como ahora todo tipo de semillas, algas, soja, sazones y esas variedades de ingredientes nutritivos importados con los que Lamoy enriquece sus platos crudos, la nutrición y el buen estado físico era todo menos posible. Digo, esa es sólo mi opinión y en sí me contradigo porque Lamoy y todos en su familia disponen de una complexión bastante saludable.

Lamoy y yo jamás discutimos sobre nuestros puntos de vista tan desencontrados, en cambio optamos por hablar de otras cosas de la vida y la gloria de ser madres. En algún momento Lamoy me contó que en el 2003 perdió una bebé de cinco meses. Y que tiene cuatro hijos sanos que corretean de un lado a otro el día que ella vende en el mercado. Cuando hablamos de su infante emancipada siempre lo hace como si se tratara de alguien que está todavía entre nosotras. Recuerdo que Lamoy me dijo que la niña nació con un defecto, el síndrome de Di George y que de eso murió. Siempre admiré su fortaleza y la calma ante la tragedia que ha tenido que enfrentar y la sutileza con la que asume los pormenores que aún la persiguen y que yo apenas me acabo de enterar.

La semana pasada Lamoy me contó que por fin había encontrado una abogada que la iba a representar con el caso en los próximos meses para enfrentarse a la corte suprema. Me sorprendió que me dijera tan casual algo que no sabía, pero que ella pensaba que me había dicho. La cuestión es que yo no había caído en cuenta que Lamoy y su esposo es el matrimonio acusado de homicidio no intencional por la muerte de su hija de apenas cinco meses que tanta atención atrajo en aquella época.

¡Qué calamidad! Recuerdo que al leer los artículos en la prensa estuve de acuerdo con que le quitaran los hijos y encarcelaran a esos padres irresponsables que aparentemente habían causado la muerte de la bebé. Supuestamente presentaban evidencias donde se cuestionaba la malnutrición de sus otros cuatro hijos, y por ese motivo le quitaron la custodia de los mismos por más de dos años, mientras que Lamoy y su esposo permanecieron encarcelados tres meses y medio y ahora el estado busca condenarlos a cincuenta años más tras las rejas. Pero los artículos sólo reportaban una parte de la información, y de contra manipulada.

Lugo de exámenes y análisis médicos se comprobó que los hijos llevaban una dieta sana y que la bebé nació con una condición terminal. Aún así la persecución no a ha cesado para esta familia. Lamoy tiene la esperanza que llevando el caso a la corte suprema logren absolver los cargos y poder regresar a su vida normal. Por ejemplo, a Lamoy le gustaría poder llorar y sufrir la muerte de su bebita tranquilamente, sin ser acusada, sin ningún temor más que la propia pérdida. Me dice, con una paz estremecedora, que es muy duro ser diferente, no seguir el orden de los demás sino su propia intuición. “No siento rencor, por algún motivo Dios me ha puesto en este camino”, se consuela calmada y casi flotando, porque en efecto, ella es un ser diferente.

Le doy un abrazo a Lamoy y le digo que tiene todo mi apoyo, e inmediatamente me doy cuenta que no sé exactamente en qué consiste mi parcialidad cuando ni siquiera conozco a esta mujer a fondo y mucho menos su caso, pero bueno, yo no soy la ley y me dejo llevar por mis instintos. En todos estos días he soñado con ella, con su bebé, y pienso que en el mundo nunca se saben la cosas realmente. Por un lado están los que apoyan a Lamoy y la consideran un producto de la injusticia que la sociedad quiere arruinar por pertenecer un grupo minoritario en el que nadie parece ser normal, y por el otro los que la acusan de asesina, deplorable, frívola y responsable de la muerte de su bebé. Y no sé si indignada, resignada, débil o sencillamente confundida me pregunto cómo una persona puede entrar tan fácilmente en dos verdades o dos falsedades tan divididas y tan opuestas. Son los enigmas que a mí más me impresionan, esos que para resolverse dependen de muchos otros factores que ni siquiera comprenden los datos ni los hechos y que simplemente siguen una base de reglas que únicamente se pude aplicar a los seres normales.



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Literatura, Sociedad, Mujer

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Autor: Grettel J. Singer

Grettel J. SInger

Escritora. Reside en Miami, Florida.

 

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