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Un Rapto en la Mirada

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Suelo salir a caminar en las mañanas. Me gusta ver la belleza urbana que de golpe se encuentra con el mar desbordado, ansioso y juguetón de Key Biscayne. Antes trotaba, ahora prefiero caminar de prisa porque cuando corría sentía que se me desprendían los órganos. Sigo un camino fijo que es tan bonito que no me atrevo a conocer otros vericuetos que parecen también interesantes. Procedo con mi afán de llegar a algún lugar, primero al puente, atravesando árboles y más árboles en ese microclima que se ha formado de perfecta e insufrible gracia. A veces se me olvida que estoy allí para hacer ejercicios y no para husmear en tanta majeza. El aroma de la verdolaga y las flores silvestres, el de cacas de perros, los nidos de palomas y el salitre evaporado se mezclan como un batido de olores típicos de un lugar sagrado.

Recién entraba por esa calle mágica, y de un arbusto precioso que se había llenado de flores blancas salió, con la misma premeditación de un duende, un hombre de aspecto normal, digo, como lo es un profesor de primaria o un cocinero o un arquitecto de una firma pequeña. Me miró a los ojos con un rigor fantástico, sin titubear, como si encontrarme fuera el único objeto visible en un mundo de nadas, como si realmente yo fuera el único objetivo en una vida ya abandonada.

Vi algo en esa mirada. En realidad vi mucho, pero ponerse a pensar y analizar en esos momentos de peligrosidad es un gasto de tiempo, una falta de juicio, un verdadero desperdicio de apeas fracciones de unos segundos que en un abrir y cerrar de ojos se iban a convertir en instantes cruciales. Pero ya ocurrió, y ahora lo puedo decir porque ya no soy fugitiva y tengo todo el tiempo del mundo para contarlo. Vi en esos ojos el deseo incontrolable de agredir, de suprimir un dolor tan profundo como el centro de la tierra. Era más grande que la grandeza mayor, era la determinación de un ser insano, vulnerable, desquiciado.

Apresuré las pisadas torpemente sin saber el camino a tomar. Troté unos segundo e inmediatamente aceleré el paso a una rapidez impensada, casi me elevé en el monte, como en las olimpiadas, dejando el alma desprendida en una esquina. Mientras avanzaba pensaba en una escena de un documental que acabo de ver que sigue la vida de tres familias de animales durante un año entero. La escena es fatal. Un grupo de gacelas parte a correr al verse amenazado por un guepardo hambriento. Las gacelas huyen unidas, con la fuerza y velocidad que una criatura asustada es capaz de asimilar en medio del pánico. Uno de los antílopes, bastante joven aún, se separa del grupo y se desvía en una dirección incierta, desprotegiéndose por completo, exponiéndose al principal peligro en la sabana, el hambre. Corre y corre, es lo único que puede hacer en ese momento decisivo donde vencerá la precisión de cada movimiento y fracasará el más diminuto descuido. Yo sabía que el guepardo alcanzaría al animalito buenazo que para colmo es herbívoro, no sé por qué, lo intuí. No fue fácil, el crío sabía que su vida dependía de un milagro, pero aún así demostró ser tan ágil como el guepardo.

Como diríamos, una piedra en el camino, un mal paso, un tropiezo y zas, le llegó el fin al infeliz. El guepardo fino y estilizado atrapó al animalito en un descuido. Éste bajó la cabeza y la metió entre las dos patas de adelante, con dignidad y resignación, con heroísmo, por si alguno de los suyos lo veían en la distancia supieran qué tipo de muerte tuvo, porque el honor es lo único que se puede demostrar en esos últimos segundos de vida.

Así mismo llegaron las garras del violador, arañándome la espalda. Cayó la presa, como la gacela. La respiración de la bestia estaba podrida, casi me vomito. Me volvió a mirar, esta vez con tristeza, con un desasosiego perturbador. De momento se hizo obvio confundir la víctima, sólo de momento. Cerré los ojos como el crío amparado por su mala suerte, y al momento los volví a abrir. Tenía delante otro hombre, mucho más guapo y bondadoso, que sostenía una taza de café, y me miraba tiernamente. Me toqué la espalda y los muslos para asegurarme de que se trataba de un horroroso sueño. Bajé a preparar el desayuno, y en primera plana del Herald aparecía la noticia. Hemos atrapado al violador de Kendall. Era la misma mirada, bajo llave por fin. Nos dejaba el legado de más de una docena de violaciones y quién sabe cuántas pesadillas.



Wiccadiana

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Las Dianas son esenciales. Como las propiedades de la naturaleza, como los árboles del bosque, y más importante aún los arbustos de la gran ciudad, los que le dan ese toque aguantable a tanto bloque de concreto. Todos necesitamos por lo menos una para llevar una vida balanceada. Y si alguien se pregunta qué es exactamente una Diana, bueno, es eso mismo, una mujer que se llama Diana, obviamente.

Las Dianas que he conocido tienen algo similar, así como los sujetos del mismo signo o las tonalidades de un mismo color, ellas son de la misma sangre, de la misma madre, pero con encantos que las distinguen entre ellas mismas. Tienen algo de diosas y de pícaras, de despistadas y de traviesas, de ingenuas sin ser tontas. Lo saben absolutamente todo, aunque no lo quieran reconocer. Son una especie de cajita diminuta que uno abre y lo que se encuentra dentro es un elemento enigmático que no se explica por si mismo y que primordialmente emite frases incongruentes y cortadas que se parecen más a un dialecto desconocido que a la lengua que estamos acostumbrados, y que sin embargo con el tiempo se descubre una profunda relación lógica a todos los sentidos. Conseguir descifrar ese código impostor, raro y silencioso es difícil y requiere constancia, entonces puede que se te permita indagar un poco más allá, y es cuando caes en cuenta que esa cajita no es pequeña sino vasta y desbordada de incontables cualidades que se motivan y se multiplican con tu sola presencia.

Pero antes de que eso suceda, antes de conocer el valor de la Diana, normalmente se presenta la opción de cerrar esa cajita y evitar la tentación de descubrir el objeto misterioso, eso sería una cobardía innecesaria, un error. Lo aconsejable es abrirla y dejarte atrapar.

Las Dianas son acechadoras con la mirada, con el cuerpo, y con el silencio mayormente. Ellas son cazadoras por naturaleza y saben cómo llegar silenciosamente, ocupar la menor cantidad de espacio y encapsularte en su encanto para siempre. Mientras analizan la situación, se recrean sin timidez pero con medida y discreción, lo suficiente como para no hacerse notar. Mientras el ciervito que anda comiendo margaritas cerca de un lago en cualquier campo alegre, desconoce que la cazadora nos está mirando, observando cada movimiento, cada mordisco que damos, y ellas en ese mutismo absoluto que las diferencia y las cataloga como seres prehistóricos, llegan a conocer perfectamente bien a su presa. Prestan atención a los detalles mínimos, al ambiente que nos rodea, a los amigos, a los gustos que tenemos, a los males que sentimos. Por eso es tan fácil pedirle un concejo a una Diana, porque en todo ese tiempo que te ha conocido, te ha prestado una atención que no reconoces hasta que ese momento llega.

Las Dianas pueden llegar a intimidar, como no. Son de las que dejan profunda huellas en aquellos que nos dejamos arrastrar por su misterio. Son amigas, pero también son musas y amuletos mágicos. Son inalcanzable, así lentas como son, cosa que también las diferencia, sus parsimoniosos movimientos. Y sin embargo, no hay quien las atrape porque no se trata de eso, sino de dejarte atrapar. Las Dianas poseen una inteligencia inusual, en las matemáticas y en el arte especialmente. Son medidas en sus palabras y precisas en sus acciones, los bocetos no existen para ellas y todo ha de hacerse sin cometer un error desde la primera vez, como lo han hacho ellas por los años de los años. Poseen un gusto exquisito por los placeres de la vida, por la música y la comida. Comen lentamente y saborean cada etapa y forma que va tomando el alimento dentro de la boca. Para comunicarse es lo mismo, se toman su tiempo, lo hacen bien, aunque enredado, a su forma. En ellas es imposible reconocer la tolerancia por la mediocridad. Y la filosofía y religión que practican es normalmente un invento individual que ha surgido en ellas.

Son coquetas sin serlos. Los adornos con los que se acicalan tienen explicaciones importantes y nunca un detalle está de más.

Cuando se expresan lo hacen con un tono compungido y solemne, como quien está preparado para responder cualquier pregunta. Además, saben terminar oraciones que uno no logra comunicar. Si algo te preocupa, ellas saben cómo hacer limpiezas mentales.

Son salvajes y a la vez elocuentes. Por eso la asociación con los animales y el bosque. Poseen una fuerza física insospechada, son atletas por naturaleza, son hermosas y se llenan de un brillo inusual cuando son necesitadas y amadas.

Diana es un símbolo de la imaginación, la sensibilidad, la creatividad de todo artista. Son musas rodantes, mujeres que inspiran, que hablan de forma desorganizada y sin molestarse en terminar un párrafo comienzan tres y cuatro a la vez, y luego aquel caos va tomando forma y uno aprende a descifrarlas y a conectar las palabras y los conceptos. Cuando te dan un consejo, éste es sistemáticamente agudo y meticuloso, además productivo, sin caer en redundancias ni críticas innecesarias. Iluminan el sendero de la frustración y el aburrimiento mediante un aletargado silencio de vitales conocimientos. Son simpáticas y sus ingenios no dejan de sorprenderme. Tienen un sentido del orden absoluto. Todo tiene un lugar, y ellas saben dónde se encuentra. En medio de ideas confusas, con un simple gesto señalan la frase correcta, la que determina el por qué de las cosas y las situaciones.

¿Y yo me pregunto cuántas Dianas no existirán desperdigadas por el mundo? Pero ésta, de la que hablo hoy es "mi Diana" y lo escribo entre comillas porque esa y todas las Dianas que he conocido realmente no nos pertenecen sino que nos acompañan. Entonces, quien no tenga una Diana en su vida, que se ponga para eso.



Evas Flotantes

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Cuando las mujeres se conglomeran en un mismo sitio, surge algo especial. Aparte de una intensa carga estrogenosa, se desata una magia extraordinaria que encandece la oscuridad más profunda y le devuelve el alma a cualquier esquinita mosqueada.

El viernes pasado hice una excursión a la playa con las chicas de la casa amarilla. Fue una mañana estupenda. Todos los factores que necesitábamos para pasar un buen día se reunieron en armonía y colaboraron en perfecto orden con nuestros deseos de pasarla lo mejor posible.

Éramos unas veinte. Nos tumbamos sobre la arena húmeda, a la orilla del mar, apabulladas por un sol soberbio y seguramente peligroso que nos abrazaba como si se despidiera para no volver. Tantas siluetas frente a mí, cada una más guapa y diferente que la otra, porque es indiscutible que las mujeres son tan diversas como lindas; todas, sin olvidar a ninguna.

Las observo desde un plano invisible una por una y luego en grupo. Me gustaría, por un momento, dejar de ser mujer para mirarlas sin referencia alguna; son fascinantes. Se ríen, palmotean, se acomodan la trusa para que los rayos apunten sin obstáculo, coquetean con el pelo y sus poses son exquisitamente planificadas. Mientras dialogan, acechan miradas indagantes a su alrededor por si algún extraño del sexo opuesto, o el mismo, dependiendo de los intereses personales, ya se ha fijado en alguna de ellas. Y yo en lo único que puedo pensar es en lo requetepreciosas que son así en plural, en tumulto. Hay tanto ahí, pero tanto, que no se puede disertar a simple vista. Veo lo peculiares que son, como se asemejan y como difieren, tanto en sus físicos como en sus emociones. Se conocen, se hablan en códigos, se cuidan y se protegen, se comprenden y se apoyan, y a veces se traicionan entre sí, es parte del encanto.

Luego nos arrojamos unas cuantas al mar, demasiado frío para mi gusto. Aquí vienen las sirenas con su vanidoso estilo terrenal. Cuántos cuerpos flotando, sacudiéndose bajo agua, y los pecesitos nos miran incrédulos y algo atormentados porque les estamos fastidiando la peñita que tenían armada. Algunas mujeres no saben nadar y se les nota el pánico cada vez que una ola se avecina. Pero las que están nadando lo están disfrutando al máximo. Hay una en particular, embarazada, que es epiléptica y normalmente tiene una mala leche que no tiene nombre. Pero si la hubiesen visto en la playa ese día, era otra. Es que el mar tiene ese efecto de sedar, de curar heridas, limpiar el cuerpo por dentro y por fuera. Cada vez que pienso en la muchacha, no puedo evitar sentirme alegre, es que estaba tan cambiada, tan contenta, y todas nos dimos cuenta, que sus cuitas pasaron a otro plano. Ella misma no entendía esa plenitud espiritual que la agasajaba de tal modo que en un momento pensé visualizar las palpitaciones de su esbelto pecho oscuro. Tuc tuc, tuc tuc.

Salí pronto porque en la caseta del salvavidas erguía la bandera violeta, que quiere decir que hay aguamalas, y yo tengo una sangre para que me piquen que no falla. Me puse a conversar con una chica que tiene una mirada honda, imposible de olvidar. Buenas noticias, me dice ella exaltada, con una dicha capaz de suscitar al más triste tigre. Me cuenta que pronto podrá ver a sus críos. Su hijo de ocho años y a la mayor de dieciséis. Han pasado 18 meses desde que perdió la patria potestad, desde la última vez que los vio o habló con ellos, y esas cartas que les envía cada domingo, no tiene certeza alguna de que el ex-marido se las esté entregando a los niños. Ella sabe que esa mujercita le va a reprochar hasta saturar el tema, pero ella tiene tantas ganas de que eso suceda, de que su hija le pida una explicación.

Me quedo pensativa, cuántas veces uno ha anhelado ese contacto con alguien que ama, aún si es para que te echen en cara tus defectos. Ella se comporta extrañamente charlatana esa mañana, y me sigue contando lo difícil que es alejarse de los hijos, de que pase el tiempo y no saber de ellos, o de lo que hacen en la escuela o con sus amigos, de lo que sienten o piensan acerca de su madre. La mujer de la mirada intensa está que no puede más de las ganas de apretarlos, de besarlos, de ser la madre nuevamente y acudir a las funciones y obligaciones que este título otorga y que ella ha perdido todo derecho. Pero están las segundas oportunidades, y las terceras también. Claro que sí, no siempre lo hacemos bien desde el primer intento. Me cuenta además, sobre otra compañera que vivía en la casa y que se fue hace unos meses. Me agrada saber que está bien, que se ha reencontrado con sus hijos y que tiene trabajo y un apartamento donde vive y comparte con su nuevo novio. También me dice indignada que ese nuevo novio no le cae muy bien, que trata a su amiga de una forma condescendiente, que le dice que ha subido mucho de peso, y esas tonterías que a veces la gente insegura ha de redimir de manera cruel sobre un alma débil. Si tuviera un bate ahora mismo… Enseguida me concentro en otra persona. Se trata de una mujer de edad avanzada que ha dado a luz a una bebé hace apenas unos meses. Desconozco su historia, pero me consta que reconoce el milagro que es esa criatura que no deja desatendida por un segundo.

Más tarde nos acomodamos bajo unos cocoteros, al lado de una especie de montañita que se ha formado de arena y nos preparamos para almorzar unos bocaditos de jamón y queso y unas frutas. Algunas se lanzan loma abajo acostadas rodando como momias, o como cuando éramos niñas, mientras yo documento en mi cámara estos momentos tan felices de nuestra vida, porque eso es lo que creo, que hemos sido plenamente dichosas al menos por un par de horas.

Convocamos planes futuros. Tenemos que repetir, aunque días tan perfectos rara vez se dan dos veces, pero bueno, en definitiva ese no es el lema que seguimos en la casa amarilla. Las escucho a todas hablar en los pequeños grupos que se han formado para comer. Cuántas historias nos unen y nos convierten en ese género caprichoso y maravilloso que somos. En conclusión, confirmo lo de siempre, que todas las mujeres somos una misma, que pertenecemos a un frondoso árbol donde nos mezclamos, planta que ha de ser tratada con delicadeza y mimo, con respeto y elocuencia, con justicia. Yo por ejemplo soy un platanito, y soy amiga de las peras y las manzanas y de todas las frutas, y es en esa variedad que depende el legado del árbol mágico.



Susan Boyle: un ángel encandilado

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Britain´s Got Talent, un concurso más de talento que yo ni siquiera sabía que existía, pero que he descubierto a raíz de un correo electrónico adjuntando un video que mi amigo Eric, mi boletín informativo privado, me envió hace unos días y que ahora me doy cuenta es la cotilla de oriente a occidente.

Por lo general todos buscamos pasar a mejor vida en vida propia, realizar los sueños que nos quitan el sueño, y aunque nos duelan los huesos, habita permanentemente en nuestro sistema la esperanza de lograr lo inalcanzable, que irremediablemente es parte de nuestras miserias, porque quien pueda declarar honestamente sin titubeo que ya no le interesa nada en este mundo, no está vivo.

Entonces llega Susan Boyle, una mujer con cara de luna, pelo enjambrado, cejas pobladas hasta un punto que habíamos olvidado era posible, aspecto provinciano, mirada tierna e inocente, físico robusto, espalda encorvada, piernas sólidas e incomodas por culpa de esa maldita aunque necesaria elevación que producen los tacones y que en un escenario ayudan a sentirse grande. Su apariencia descuidada llega a causar la burla de la audiencia e incluso de los jueces. Risotadas y abucheos componen un estruendo vergonzoso que no logra empañar el candor de esta dama obrera que copiosamente angustiada se dirige a hacer lo único que pude hacer en ese bochornoso instante, cantar y tratar de deslumbrar sin encanto alguno a esos que ya la están rechazando y juzgando de antemano. Ahí va, serena y desafiante, causando una modesta primera impresión. Lo que no era previsto es que Susan Boyle está a punto de rectificar cualquier noción descabellada que se haya comprendido acerca de su talento, por más imponente que pueda haber sido.

Tienen en frente al esperpento humano, cuarenta y siete u ocho años (la prensa no se decide), consumidos por el deseo de brillar. Sin embargo, se lanza con total desenvoltura, demasiado osada para los que consideran que su presunción es vana y ridícula, como ha sucedió en más de una ocasión cuando concursantes carecen de talento y debutan a payasear y robar un poco de cámara para sentirse en una gloria falsa y premeditada, que en realidad es un exhibicionismo desmotivado. Susan Boyle no se deja intimidar fácilmente, y con su imagen que no encaja en este mundo obsesionado con pelos lisos, maquillajes exóticos y cuerpos sospechosos, se decide a dejar magulladuras emocionales en este público impaciente. Ahí viene Susan Boyle, sin maldad alguna, como un extraterrestre recién llegado que se encuentra cara a cara con una manada de ruines infelices que no conocen otra cosa que su mundillo de humanos.

Susan Boyle vive con su gato Pebbles, y nunca ha tenido un novio, y lo que es peor, nunca ha sido besada. ¿Cómo? Entonces, sus labios vírgenes se destierran de aquella incómoda situación, porque ese es el momento que han esperado para cumplir con su destino, como todo lo que aquí vive y se deja manipular por la labor que se le ha asignado cumplir antes de que llegue el gran día que nos aguarda perdido en el tiempo y sin ningún tipo de duda nos arrastrará en su debido momento.

Esos temblorosos labios se entreabren nerviosamente, permitiendo dar luz a esa fuerza melódica que por fin, como genio liberado, se esparce y se va incorporando en un nubarrón acaparador que va aflojando hasta los pilares de hierro que sostienen aquel salón que ha sido testigo de tanto fracaso. Todos los presentes se mantienen boquiabiertos, atónitos e idiotizados, mientras ella súbitamente venerada canta como quien ha nacido para una sola cosa, el canto.

¡Bravo Susan Boyle!, celebro tu valentía y tu perseverancia, eso te hace la mujer hermosa que pocos conocían. Tu sueño ha sido sencillo, cantar en musicales. Tu fracaso hasta el momento, también ha sido sencillo, no habías tenido la oportunidad. Ahora, el mundo te escuchará atentamente auque seas la estrella menos deseada de todos los tiempos.



Una Orgía de Besos

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Cuando yo tenía 16 años vivía en un mundo mucho más pequeño que el mundo de los adolescentes de hoy en día. Es cierto que cuando me interesaba por el más insignificante misterio del universo, las historias de nuestros antepasados o la dirección de los museos en Paris, la gestión no era realizable al toque de una teclita diminuta; y aunque toda información de una forma u otra se manifestaba disponible, carecía de las diversas posibilidades de esa maravillosa conexión global con la que en su ausencia el mundo actual sin duda sería obsoleto e inoperante.

Me deslumbra ver la tecnología apoderarse con el totalitarismo de un ingenioso dictador. Ya conversar en realidad es chatear, los correos electrónicos, que era la forma más informal de comunicarse hasta hace un tiempo, es ahora una formalidad utilizada en casos específicos con datos importantes o enlaces a gigantescos documentos, y en cambio nos enviamos mensajes de texto hasta para terminar con una relación amorosa. Si no tienes un perfil en Facebook o en Twitter, comienzas a perder oportunidades de trabajo, el contacto con las amistades, porque obvio, es mucho más conveniente mantener un diario de tu existencia y asumir que todo el que te conoce lo está leyendo. Así es el mundo virtual, si no tienes una identidad la gente que te rodea te va arrojando al abandono, te dejan de enviar fotos de sus bebés, de sus viajes, ya no te enteras de las fiestas sorpresas entre tus amigos, ni lo que sucede alrededor de la ciudad los viernes en la noche. Es agotante seguirle los pasos a la tecnología, y por su culpa dependo tanto de ella como de las personas que me facilitan desenvolverme en tanto adelanto, porque por desgracia pertenezco al grupo de ineptos que sin la tecnología se desploma, y sin embargo no tengo la más mínima capacidad de resolver los problemas básicos que surgen en mi computadora, en la pantalla de mi carro, en mi ipod, en mi celular, y la lista continúa...

Para los adolescentes este es el mundo real, y no conocen ni conciben otra forma de llevar a cabo un día de principio a fin sin ayuda robótica, y de sólo imaginarlo consiguen asociarse con la prehistoria. En cierta medida me considero afortunada de haber vivo antes y después de la explosión tecnológica, y aunque ya soy parte de este nuevo mundo, recuerdo con nostalgia aquella sencillez en la que se desenvolvían los sucesos de mi vida. Era una joven sobreprotegida por mis padres, encarcelada en una burbuja llena del inevitable pánico que produce el exilio. Mis aburridas rutinas consistían en ir a la escuela y después al trabajo, pues había que ayudar a la familia a salir adelante. Luego regresaba a casa de noche y me ponía a estudiar o acabar mis tareas o proyectos escolares o caseros. De vez en cuando llamaba a una amiga o zigzagueaba por los canales del televisor para distraerme. Fuera de eso, mi vida era simple y predecible e increíblemente manual. Me perdía en libros y cintas de casetes o inventando con hilos y estambres por las horas de las horas. Los fines de semana también trabajaba, mayormente los sábados, y mejor ni menciono lo que hacía para ganarme la vida, ahora que por fin lo he suprimido de mis memorias. A veces, luego de mucho rogar, mi padre me dejaba en el cine y a las tres horas, como un agente policial, me recogía en la entrada. Mis padres me concedían permiso para ir a muy pocas fiestas, y normalmente consistían en tomar el té de cuatro a ocho de la noche en casa de una amiga. A los conciertos sólo podía asistir en compañía de mi hermano, quien odiaba chaperonearme y me resentía cantidad cada vez que llegaba Bon Jovi o Mötley Crüe en concierto.

Seguramente los tiempos siguen siendo iguales y las modas recurrentes, pero para mí han cambiado con soberbio rigor. La juventud de hoy en día tiene una acceso desmedido y exagerado a la información que me desconcierta por completo, y me asusta también.

Se me va acumulando la lectura, y a veces leo cualquier tarde el periódico de hace ya un tiempo considerable. Eso fue lo que me ocurrió la semana pasada con un artículo que encontré en el New York Times de hace unos meses que me llamó mucho la atención. Y es que la juventud de este milenio se expresa sentimental y sexualmente mucho más desinhibida que en mi época. No quiero decir que los jóvenes de antes fueran más inocentes o menos promiscuos, pero al menos con los que yo me crié no se veía lo que se ve ahora. Precisamente en ese artículo se hablaba de la sexualidad entre los adolescentes, y pone por ejemplo a Chile, país que a mi parecer era del más elevado recato sexual. Resulta que se ha puesto de moda un club para adolescentes de 14 a 18 años, exclusivamente para besarse. En la barra piden refrescos y chicharritas porque no es legal consumir alcohol a esa edad, pero en público es pasable que se aprieten y se besen hasta la sien. Ya no es suficiente con esos métodos de internet que se marketean mediante formulas diseñadas de modo irresistible y alcanzable para atrapar a los más inocentes, sino que existe además el lugar donde físicamente se pueden entregar a las exigencias del cuerpo adolescente. Esta desmesurada explosión de contenido explícito en portales y networks sociales que abundan en la internet, están modificando la forma en cómo vivimos y cómo nos comunicamos, e inevitablemente cómo nos enamoramos.

En estos clubs también organizan unos juegos, por lo que el informe dio a entender, macabros, donde los muchacho se dejan cubrir los ojos por un pañuelo y se paran uno por uno en el centro del escenario a esperar a que todo el que quiera lo abofetee, hasta el mismo dj, quien da por terminada la prueba del beso. A continuación ese muchacho podrá elegir para besar a la muchacha que le guste, y ésta no se puede negar, sea quien sea, es el pacto que se hace al cruzar por el umbral del antro. Estos locales se han diseñado para conocer gente mediante besos. En la pista, mientras brincan al ritmo de esos ruidos musicales, se echan un sofocante vistazo y si surge un mínimo chispazo ahí mismo se entrelazan en un extraño beso, luego se determinan las próximas bases y la posibilidad de una relación. Como todo lo moderno, gratificación instantánea, y si ese beso no es de un agrado mortal, no pretendan una segunda oportunidad.

Los chicos entrevistados consideran que este proceso innovador ha de convertirse en un modelo para otras sociedades, pues facilita el contacto con la gente de su edad sin tener que rendir cortejos a nadie. Me imagino a estos chicos viendo los vídeos de Sandro, Nino Bravo, Dúo Dinámico, se morirían por lo menos de la risa con tanta cursilería romántica. En mi opinión, no es que no comprenda que los tiempos cambian y la forma en que la gente se conecta también, pero ese primer beso para mí es un instante memorable que resume el misterio que hasta ese momento sentía por esa persona. Habría que probar, meterse en una orgía de besos y ver el efecto, tal vez hay algo ahí que me estoy perdiendo.



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Literatura, Sociedad, Mujer

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Autor: Grettel J. Singer

Grettel J. SInger

Escritora. Reside en Miami, Florida.

 

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