Crudívoros vs. carnívoros
Grettel J. Singer | 14/09/2009 2:58
Cada sábado antes del mediodía voy a comprar las frutas y los vegetales a Glaser Market, una granja que trae todas las semanas su mercancía desde Homestead y otras zonas menos locales pero con el sello de orgánico que tan de moda se ha puesto. Nada más lejos de los mercados neoyorquinos y europeos, del Santa Catalina situado en Barcelona con sus numerosos pasillos atiborrados de delicias sin desperdicio alguno. El Glaser es al menos uno de los pocos donde se puede adquirir frutas y viandas frescas aquí en Miami, pueblo de pocas exigencias a la hora del mangiare.
Alrededor de los toldos de nailon que protegen la mercancía se reúnen otros vendedores con productos naturales y orgánicos, telas, joyería, aceites esenciales, inciensos y hasta unos helados hechos con leche de cabra que dicen ser la maravilla, pero a mí que me dejen con los de leche vaca. También hay un señor que vende las naranjas más ricas y jugosas que he probado en mi vida, y al lado está la mesa de Lamoy “The salad girl”, una muchacha con la que he conversado muchísimo a través de los años y cuyos platillos crudos han sido en mi casa tradición de almuerzo los sábados durante los meses más calientes.
Lamoy me ha asegurado que los alimentos crudos no son expuesto a una temperatura de más de 118 grados Fahrenheit, y que ella solamente utiliza productos orgánicos, trabajados en su casa y por su puesto, nada que provenga de animales.
Hace un par de años cuando me interesé por este método de comida, Lamoy me explicó que los seres humanos no estamos supuestos a digerir comida cocinada, y que sólo con una dieta cruda se mantienen las enzimas intactas, que aparentemente es lo más importante en la alimentación. Además me dice que los seres humanos de no ser por las armas de caza no podríamos nutrirnos de animales, ya que estos no están a nuestro alcance como las frutas, nueces, verduras. Yo prefiero no discutir esos temas y simplemente comprar mi combo de sus sofisticados platillos una vez por semana.
De lo poco que sé sobre el proceso complicado de estas comidas he aprendido que para llevar una dieta balanceada se precisa un compromiso innatural para mi cuerpo, con metas imposibles de cumplir para mi familia. Sin embargo, en silencio admiro sus convicciones, porque es verdad que las tentaciones son más fuertes que mi propia voluntad, pero cada vez me gusta menos comer animales y no niego que de corazón he sido siempre una vegetariana, aunque mi cabeza dictamine y salive por otros intereses.
Poco me interesa decírselo porque sé que ese es su método de alimentación y lo respeto, pero aún no he encontrado información alguna que indique que en la historia de los humanos fuéramos vegetarianos a nos ser en pequeños grupos. Si no me equivoco fueron los Homo erectus los que aprendieron a manipular las formas del fuego y antes de esos logros comían además de frutas y semillas, insectos y cosas así. Y seguramente el promedio de vida era notoriamente más corto, pues una dieta balanceada como la que describen los crudistas, en aquella época donde no se conseguía como ahora todo tipo de semillas, algas, soja, sazones y esas variedades de ingredientes nutritivos importados con los que Lamoy enriquece sus platos crudos, la nutrición y el buen estado físico era todo menos posible. Digo, esa es sólo mi opinión y en sí me contradigo porque Lamoy y todos en su familia disponen de una complexión bastante saludable.
Lamoy y yo jamás discutimos sobre nuestros puntos de vista tan desencontrados, en cambio optamos por hablar de otras cosas de la vida y la gloria de ser madres. En algún momento Lamoy me contó que en el 2003 perdió una bebé de cinco meses. Y que tiene cuatro hijos sanos que corretean de un lado a otro el día que ella vende en el mercado. Cuando hablamos de su infante emancipada siempre lo hace como si se tratara de alguien que está todavía entre nosotras. Recuerdo que Lamoy me dijo que la niña nació con un defecto, el síndrome de Di George y que de eso murió. Siempre admiré su fortaleza y la calma ante la tragedia que ha tenido que enfrentar y la sutileza con la que asume los pormenores que aún la persiguen y que yo apenas me acabo de enterar.
La semana pasada Lamoy me contó que por fin había encontrado una abogada que la iba a representar con el caso en los próximos meses para enfrentarse a la corte suprema. Me sorprendió que me dijera tan casual algo que no sabía, pero que ella pensaba que me había dicho. La cuestión es que yo no había caído en cuenta que Lamoy y su esposo es el matrimonio acusado de homicidio no intencional por la muerte de su hija de apenas cinco meses que tanta atención atrajo en aquella época.
¡Qué calamidad! Recuerdo que al leer los artículos en la prensa estuve de acuerdo con que le quitaran los hijos y encarcelaran a esos padres irresponsables que aparentemente habían causado la muerte de la bebé. Supuestamente presentaban evidencias donde se cuestionaba la malnutrición de sus otros cuatro hijos, y por ese motivo le quitaron la custodia de los mismos por más de dos años, mientras que Lamoy y su esposo permanecieron encarcelados tres meses y medio y ahora el estado busca condenarlos a cincuenta años más tras las rejas. Pero los artículos sólo reportaban una parte de la información, y de contra manipulada.
Lugo de exámenes y análisis médicos se comprobó que los hijos llevaban una dieta sana y que la bebé nació con una condición terminal. Aún así la persecución no a ha cesado para esta familia. Lamoy tiene la esperanza que llevando el caso a la corte suprema logren absolver los cargos y poder regresar a su vida normal. Por ejemplo, a Lamoy le gustaría poder llorar y sufrir la muerte de su bebita tranquilamente, sin ser acusada, sin ningún temor más que la propia pérdida. Me dice, con una paz estremecedora, que es muy duro ser diferente, no seguir el orden de los demás sino su propia intuición. “No siento rencor, por algún motivo Dios me ha puesto en este camino”, se consuela calmada y casi flotando, porque en efecto, ella es un ser diferente.
Le doy un abrazo a Lamoy y le digo que tiene todo mi apoyo, e inmediatamente me doy cuenta que no sé exactamente en qué consiste mi parcialidad cuando ni siquiera conozco a esta mujer a fondo y mucho menos su caso, pero bueno, yo no soy la ley y me dejo llevar por mis instintos. En todos estos días he soñado con ella, con su bebé, y pienso que en el mundo nunca se saben la cosas realmente. Por un lado están los que apoyan a Lamoy y la consideran un producto de la injusticia que la sociedad quiere arruinar por pertenecer un grupo minoritario en el que nadie parece ser normal, y por el otro los que la acusan de asesina, deplorable, frívola y responsable de la muerte de su bebé. Y no sé si indignada, resignada, débil o sencillamente confundida me pregunto cómo una persona puede entrar tan fácilmente en dos verdades o dos falsedades tan divididas y tan opuestas. Son los enigmas que a mí más me impresionan, esos que para resolverse dependen de muchos otros factores que ni siquiera comprenden los datos ni los hechos y que simplemente siguen una base de reglas que únicamente se pude aplicar a los seres normales.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 14/09/2009 13:43
Ángeles callejeros
Grettel J. Singer | 31/08/2009 4:49
Cada vez que voy a la casa amarilla recupero el entusiasmo y renuevo mis esperanzas no sólo de mejorar la vida de las indigentes sino de todos los que me rodean. Porque a veces alguien necesita un sándwich para pasar el día, pero también con una sonrisa, un gesto amable, eres capaz de levantarle el ánimo a quien menos te imaginas.
Hay temporadas en las que visito el refugio más que otras. Por ejemplo este verano apenas fui un puñado de veces, aunque no estaba retirada del todo y me dediqué a otras funciones también esenciales que incluyeron llamadas y cartas a restaurantes para que se comprometieran a patrocinar nuestro próximo evento ahora en el otoño. Envié y seguiré enviando invitaciones a todos mis contactos para que adquieran entradas para el mismo evento y una invitación promocionado la gran apertura de la tienda de segunda mano que abrimos el 26 de septiembre y cien por ciento de las ganancias favorecerán al centro. Por otro lado estoy tratando de congregar voluntarios para la noche del “Art Happening”, y otros para que sean anfitriones de sus propios grupos de recaudaciones tan necesarias para el refugio y ahora la tienda. Durante estos últimos meses me ha agasajado una vergüenza absoluta y siento que mis amigos están hartos de esta pedigüeña. Apenas me oyen hablar del refugio y deducen inmediatamente que algo voy a pedirles –y no se equivocan–, así sea ropa, materiales y objetos que en casa ya no utilicen, dinero, servicios, o como mínimo energías positivas y todo el aché posible.
Lo que más me gusta de mi compromiso con el albergue es que aunque no siempre escojo mis obligaciones puedo cultivar mis intereses en mis áreas favoritas, que es el trato personal con las mujeres que allí se alojan, o como le decimos de cariño, los ángeles callejeros.
La semana pasada llegué una tarde a sustituir a la directora que le urgía reunirse con las empleadas fuera del recinto para discutir asuntos sobre la apertura de la tienda. Las posiciones disponibles se le otorgarán a las antiguas residentes del refugio, mujeres que han podido rehacer sus vidas y que continúan afiliadas de una forma u otra a ese lugar maravilloso que es el Lotus House Shelter. Disfruto enormemente esos momentos en los que no tengo ningún corre corre de otras actividades pendientes y distracciones de esas tantas que siempre me atrapan apenas llego al refugio y me alejan del contacto directo con esas mujeres que tanto admiro y de quienes tanto aprendo.
Sentada bajo la sombrilla en el jardín zen, con la fuente perennemente goteando, los mangos recién paridos, los gatos –que no son pocos– mirándome con una pereza anormal y un burujón de mujeres que se desquitan sus vicios con la nicotina, me recibe una tarde espléndida aunque calurosa. Este condenado verano es como una maldición.
La directora antes de irse me trae el teléfono portátil y me repite una y otra vez que en caso de una emergencia marque el 911 y luego la llame a ella. No quisiera vérmelas en una emergencia, pienso cada vez que voy a sustituirla, pero no se lo digo para que se vaya tranquila. Allí las emergencias son sucesos frecuentes y bastante normales. Por suerte nada inhabitual aconteció bajo mi tutela.
En el refugio reina el ajetreo las veinticuatro horas del día. Y cuando estoy ahí en plan de encargada me entero de todo los pormenores, de lo difícil y complicado que es manejar directamente con astucia y constancia un lugar que se alimenta de las donaciones y la caridad de otros y donde sus huéspedes deben aprender a vivir en sociedad nuevamente.
Hablando con ellas me entero de las historias personales, no de los promedios, pronósticos, porcentajes y cosas concretas que requieren decisiones de todos los que pertenecemos a la junta directiva y que discutimos una vez por mes en un lugar lindo y alejado de toda aquella fuerte realidad, pero que damos más de lo que podemos, ya sea monetaria o físicamente, para salir a flote. Allí en los jardines uno las llega a conocer de verdad. Y esa ventana que ellas me abren en momentos oportunos se convierten en grandes enseñanzas para mí, y no miento si digo que llego a comprender otras perspectivas muy diferente a las que estamos acostumbrados la gente privilegiada.
Mientras me hablan miro alrededor, normalmente encuentro algo que necesita ser reparado. Las escaleras están pidiendo a gritos una manito de pintura. Esa ventana de la oficina tiene un vidrio roto hace meses. Se están acabado los cubiertos, dos de las tres lavadoras no andan, y así, siempre es algo.
La mujer que tiene dos lágrimas tatuadas en la mejilla y la palabra cookie en el cuello me confiesa angustiada que está desesperada, que no puede conseguir trabajo. Prosigue a contarme que esa mañana fue a una entrevista en un almacén para cargar cajas y el entrevistador le dijo que le parecía que estaba sobre calificada. Ella en su afán de resolver le aseguró que era la persona adecuada, que así fuera por el sueldo mínimo aceptaría la posición. Tiene un bebé pequeño y pronto tendrá que mudarse del refugio. Qué va, el hombre no cedió.
He aprendido a querer tanto a estas mujeres que me cuesta aceptar que alguien las juzgue por la ropa o los tatuajes o la forma insegura en que a veces se expresan. Y soy yo misma la que peca de esa injusticia de tan sólo pensarlo pues la he juzgado al decidir que han sido esos los motivos y no otros por los cuales perdió la posibilidad de conseguir un trabajo para el cual le sobra la experiencia. Algún día me gustaría superar ese defecto de juzgar, algún día. Me quedo mirándola, con esa cara de tonta que me usurpa cuando no sé qué decir. De contra declaro lo primero que me viene a la mente: la situación es terrible para todos. No miento, es cierto que las situación económica nos afecta a todos, claro que eso es relativo.
Rodeada de los ángeles callejeros me cuestiono muchas cosas, y me reprocho también porque es extremadamente difícil no caer en el abismo de la culpabilidad cuando recuerdo lo afortunada que soy en esta vida. Mientras escribo frente a un computador bebo un té de hebras sueltas que me enviaron desde muy lejos y pellizco una tostada con mantequilla, juego con el termostato hasta ajustarlo a la temperatura ideal y pongo un tema que es como mi mantra a la hora de trabajar. En cambio en el refugio la lucha diaria es ardua y persistente, de lo contrario no se avanza ni un milímetro.
Debo admitir que hay momentos que sentada allí frente a tanta crudeza pienso que la batalla está perdida, que en cualquier instante nos vamos a cansar, o mejor dicho, me voy a casar, y de repente sucede algo inusitado. Llama una maestra del Miami Dade Community College que le interesa que sus dos clases, 70 estudiantes en total, hagan cada uno veinte horas comunitarias. Llega un camión con una entrega miscelánea que nos viene como anillo al dedo, entra una llamada de un donante generoso que nos suma a su lista de organizaciones preferidas por los próximos tres años. Una muchacha bien jovencita ella recauda bienes en su escuela y se aparece en persona como un ángel más de todos los que nos rodean. Cierra una tienda y nos avisan en caso de que nos interesen las repisas y anaqueles que tan bien nos vienen para el negocio que intentamos abrir en unas semanas y en el que hemos puesto gran parte de nuestras esperanzas.
Nunca he sido afiebrada creyente de las religiones occidentales, pero me gusta mucho ese dicho Dios aprieta pero no ahoga. Y es que es muy cierto, todo, o por lo menos lo suficiente nos sorprende cuando más lo necesitamos y si uno insiste incansablemente los problemas tiene una forma de resolverse aunque no sean precisamente de la manera esperada.
Y así nos movemos en el refugio, enviando mensajes al universo mientras depositamos granitos de arenas por aquí y por allá.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 31/08/2009 13:47
Tetadicción
Grettel J. Singer | 24/08/2009 4:08
A veces es mejor no sintonizar la radio latina de Miami. Por lo general estoy en desacuerdo con los temas que se discuten y no soporto gran parte de la música que programan. Pero soy hija del maltrato y de vez en cuando me cuelgo con las tonterías cotidianas que vociferan mientras estúpidamente permito que mi sangre hierva a borbotones, sabiendo que con tan sólo apagarlos ya estaría distanciada de tanta, digamos que intolerancia, para no caer en ofensas.
El locutor se quejaba con su compañera de turno de que había ido a un restaurante en nada más y nada menos que Coral Gables, (como si la geografía tuviese algo que ver con el asunto) y una mujer descaradamente se levantó la blusa para alimentar a su recién nacido. ¡Qué asco! pronunció el locutor, eso no se hace en público, agregó. Su compañera lo apoyó y criticó a las madres que actúan tan grotescamente. Él añadió enfurecido que el gerente del restaurante debió haberle llamado la atención a la mujer y que como no lo hizo no volverá a comer allí para no tener que presenciar semejante desprestigio donde sólo en la selva él podría concebir algo similar.
Amenazada por una estocada en el estómago permanecí un rato como en los muñequitos, con la boca abierta, escuchando algo que me parecía un verdadero insulto por no decir una idiotez. Qué provocación, de haber tenido mi celular cargado en ese momento me hubiese encantado llamar a la estación para cantarles las cuarenta. ¿Es que ya los locutores no tienen ética ninguna como para descargar sus opiniones tan blancas y negras ellas?
¿Por qué me dejo arrastrar por la ignorancia de un desconocido? Yo misma no lo sé. A fin de cuentas el tiempo que amamanté, que fueron en total varios años, no me dejaba intimidar y mantenía el conducto disponible para mis hijas en cualquier lugar y a todas horas sin preocuparme por el qué dirán de aquellos que me juzgaban. Mis bebés tenían las mismas necesidades que el hombre de la radio y el resto de los humanos, comer cuando las tripas suenan. ¿O es que acaso las mujeres que lactamos debemos mudarnos a una finca y tras sus rejas vivir alejadas de la sociedad mientras que una tiene que dispararse tantas falsedades ya impuestas como cánones del mundo actual? ¡Qué disparate por Dios!
Nunca me importó si la gente se sentía incómoda o no, y en pocas ocasiones me retaron aquellos que veían mal mis actos de amamantar abiertamente sin vergüenza alguna. Obviamente no salía de mi casa con el pecho al descubierto, pero cuando llegaba el momento, ágil y discretamente se prendía la boquita hambrienta y eran pocos los que se daban cuenta. Como mismo otras madres utilizan un tete, yo utilizaba mis pechos, y cada vez que mis pequeñas se quejaban de algo, fuera hambre o la simple melancolía de ser y estar, allí en mi pecho se reconfortaban mágica y gloriosamente.
Sin embargo, no me escapé de varios incidentes y recuerdo uno en particular que tomó lugar en un restaurante en Miami Beach, parecido a lo que hablaban en la radio. Un hombre de mediana edad se me acercó y me dijo terco y contrariado y en un tono demasiado elevado para mi gusto, que por qué no cubría a la niña cuando tomaba leche. La niña al oír esto, o tal vez por el estruendo de aquella voz acusadora, dejó la teta a un lado y lo miró severamente, con esa sabiduría sin referencia que sólo los bebés son capaces de transmitir, y por supuesto aquel seno expuesto sólo consiguió alterar más al hombre que iba acompañado de una chica de mi edad y a quien se le notaba que sus senos no estaban llenos de leche sino de silicona.
Cada cual con sus tetas, pensé. Celebro a las mujeres que se sienten felices al reconstruir o agregarse volumen en los senos; y si yo fuera más valiente y no creyera tanto en la belleza individual y natural de cada mujer, hace rato que me habría deslizado por el filo de alguna navaja milagrosa. Lo que sí no logro entender es cómo alguien puede ver normal los senos falsos y anormal los lactantes. ¡Qué osadía y qué torcedura! Claro que mi intención no era entrar en una discusión sobre la función principal de las mamas de la mujer. En cambio le propuse al desconocido una solución: —Si usted se cubre para comer entonces yo cubro a mi bebé, porque le digo una cosa, a mí me indigesta bastante verlo masticar con tanta desesperación. No se crea que no me he fijado, sólo que me corrí un poco para no sentir desagrado a la vista y mucho menos al apetito que llegó voraz y por su culpa ha disminuido. Usted habla con la boca llena, la comida vuela en todas las direcciones, y yo he sido incapaz de reclamarle, así que por favor no me diga que le molesta la forma en que come mi bebé. Ah y otra cosa, esa linda mujer que está en su mesa con su dos melones a punto de romper el escote tiene a mi marido babeado, así que ya que estamos tan exigentes por favor pídale que le de la espalda para que se acaben las distracciones de una buena vez por todas.
Mi esposo que en esa época casi no hablaba el castellano y quien además no se conmueve fácilmente con los adelantos quirúrgicos que tantas mujeres aprovechan para mejorar sus atributos, se levantó dispuesto a ir al baño pensando que tal vez el señor atrevido era un conocido de otros tiempos. Con ustedes los cubanos nunca se sabe si están peleando o festejando, me ha dicho resignado en múltiples ocasiones.
Pero el hombre pensó que tal vez mi esposo lo iba a patear y por instinto se cubrió el rostro, confundiendo aún más a mi marido. Con una mirada de rabia el entrometido se dio media vuelta y regresó a su mesa y le dijo algo a su chica, no escuché los detalles, pero ella se levantó y los dos se fueron sin por lo menos cancelar la orden que ya habían puesto. Alice, la dueña del restaurante me miró con una cara que parecía que se la llevaba el diablo y luego nos pasó la cuenta de las copas de vino que se habían bebido la pareja en cuestión. Las pagamos con gusto, al menos yo, a mi esposo no le causó tanta gracia. Pero a los dos años cuando Alice dio a luz por fin comprendió que no hay nada más natural, más lindo y más perfecto que dar pecho a un ser que vive de ti y que su único objetivo es estar allí junto al seno, cerquita de los latidos de su madre, así se encuentre en el lugar menos apropiado.
Tetadicción: Término inventado por mi madre para referirse a la obsesión de mis hijas durante aquellos años en los que una de ellas o las dos a la vez se trepaban en mis caderas tratando de sacarme el jugo las veinticuatro horas del día.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 24/08/2009 4:29
Peluqueando
Grettel J. Singer | 17/08/2009 5:29
Mi peluquero es un ser neurótico e imprudente. Es una de esas personas que no tiene paciencia para hablar sobre cortes en ningún contexto. No lo culpo, a mí también me parece aburrido el asunto. Ahora, cuatro veces por año, que son las veces que tengo cita con él, me gustaría escuchar su opinión sobre las tendencias en peinado sin culpabilidad, sin sentir que le robo minutos a nuestra charla existencial mientras me conformo con cualquier picotillo. La penúltima vez que nos vimos concluimos que no somos nada en este mundo ni en ningún lugar. Ya lo sabíamos, pero ese tema tiene un invencible denuedo y una desgarrada insistencia de renovarse entre nosotros cada cierto tiempo, sea bienvenido o no, que no deja de asombrarme.
Según su criterio, a partir de nuestra muerte y la de todas las personas que nos conocen también, nadie se acordará de nosotros y por lo tanto, condenados al olvido, nos convertiremos en la nada misma, como el libro "La historia interminable" que si se abandona la creencia en ese mundo deja de existir. Así mismo desapareceremos todos. Más o menos ese fue su planteamiento. A mí me parece que aunque a través de los siglos las personas sigan recordando a alguien, será si acaso una fracción de lo que esa persona fue: su arte, su obra, su historia de amor o valentía o cualquiera que haya sido su legado, pero no a la persona en sí. Soy de las que cree que cuando nos vamos, nos vamos... aunque también creo que podríamos regresar diferente a como nos tocó en otra ocasión. Él no quedó convencido.
Ya me tocaba la cita de finales de verano. El pelo se arruina mucho con el sol y el salitre del mar. Con la nueva temporada, aunque aquí en Miami pasa por desapercibida, me gusta cambiar el look. Así que fui a ver a mi otro marido, que es como le dice mi marido oficial, y no se equivoca porque mi vida se parte en dos: antes y después de conocer a mi peluquero actual. En los doce años que lo conozco sólo le he sido infiel una sola vez, y eso se debió a que me encontraba viviendo en Europa y me hicieron un corte horrendo, cuando regresé a Miami llamé a su salón para que me arreglara el desastre y como no pudo verme de inmediato, desesperada me fui a otro lugar. A los pocos días regresé con la cola entre las piernas y él me recibió de nuevo y elegantemente evitó tocar la tecla del cuerno.
Una cosa que me gusta de sus cortes es que el pelo crece con gracia y hasta se genera en nuevos cortes a medida que pasan las semanas, además exigen muy pocos cuidados. A mí eso me conviene porque fuera de lavarlo no le doy ningún otro mimo, como tampoco lo maltrato con químicos ni nada por el estilo... más que todo para no entregarme a la esclavitud que requiere cualquier obra de mejoría en cuanto a la belleza.
Conversar con mi peluquero es muy ameno. Nada de chismes ni modas estrafalarias ni cosas así. Es un chico apasionado y sumamente inteligente pero que no tiene paciencia para el negocio que ha elegido. Aunque es muy talentoso y sus clientes fieles, él quisiera ganarse la vida de otro modo. Siempre me deslumbra con sus historias intensas acerca de su niñez hundida en torturas y su juventud saturada de tristezas en su ciudad natal, Paris, lugar al cual no desea regresar nunca más. Prefiero no preguntar los motivos aunque la curiosidad me desafíe una y otra vez. Sé que su madre hace unos años le quemó todas las fotos de su vida y las de su hermano que ahora vive en Sudáfrica. No hay duda que se trata de algo más delicado que un francés refunfuñón. A mí me fascina París, y cada vez que se lo digo fríe una de huevos, pero se queda callado.
El tema de esta última visita fue la infidelidad. Él lleva cuatro años con la misma mujer, una chica hermosa que antes era modelo y ahora lo ayuda en la peluquería. La muchacha es muy agradable, amable y correcta, se ve que es de esas personas que evita la confrontación y a todo le busca una solución. Lo que comenzó en la armonía que tanto había buscado, ahora se ha convertido en una rutina insoportable para él. Está convencido de que los humanos no hemos sido diseñados para ser fieles en ninguna circunstancia.
Honestamente se mi hizo difícil contradecirlo, pues pienso que la fidelidad es un concepto impuesto por la sociedad, pero innatural en cada uno de nosotros. Le digo entonces que es cierto, que todos tenemos esos sentimientos de flaquear aún cuando amamos a nuestra pareja, pero que lo importante es poderse controlar, no dejar que las cosas se salgan de control, saber cuando alejarse de un juego que está pasando de un inocente flirteo. Él por su puesto me dice que eso es una hipocresía y no acepta engañarse a sí mismo. Me asegura con un conocimiento sin mucha calidad de cierto, que cuando uno se muere se acababa todo y lo que no hicimos en vida no lo vamos a hacer nunca más. Yo le contesto que hay cosas que no hay que hacer en vida, pero no lo niego, creo que él tiene un poco de razón.
¿Qué hago entonces?, me dice con una expresión en su carita de duende. Le sugiero que esa misma noche al llegar a casa se sirva unas copas de vino y cuando se sienta más relajado llame a su novia para decirle calmadamente que desea terminar la relación. ¿Cómo?, me dice sorprendido. Claro, le digo yo, es así de sencillo. Entonces nunca voy a encontrar una pareja con la que pueda envejecer, me reprocha preocupado. Tal vez no, le digo, envejecer juntos no es para todos. A él nada lo ata a esa mujer, no tienen hijos, no comparten una propiedad y para colmo se ha aburrido de ella. ¿Para qué llenarse de impedimentos y tanto rodeo? En todo caso le haría un favor así ella puede rehacer su vida. Él me reta, no se esperaba ese consejo y ahora piensa que yo también deseo dejar a mi marido. Le digo que mi relación tampoco es perfecta, pero que aún nos queda mucho territorio por conquistar, y que aunque hemos pasado por bajas, también disfrutamos y nos unimos durante las altas a raíz de los bajones. De este modo funcionan los buenos equipos. ¿No será mejor ser infiel un par de veces y ver cómo me va?, me pregunta con una expresión tan ingenua como genuina. Absolutamente no, digo yo. ¿Por qué?, me pregunta con el tono de quien ha sido juzgado.
Me quedo en silencio porque es una pregunta difícil y siento que he caído en una emboscada. Él sigue cortando, entonces le pregunto que con quién desea serle infiel a su chica. Aún no lo sé, declara cabizbajo. Yo le digo que esa es la respuesta, que no todas las relaciones funcionan y que si por lo menos no sabe con quien desea serle infiel a su mujer, al menos tiene claro los motivos, y es que su relación ha muerto pero como no somos nada, no tiene importancia. Me sonrío buscando un acuerdo civilizado, una mirada confabulada, pero él ensimismado y completamente resignado ya no dice nada más. Tendré que esperar tres meses para enterarme del desenlace. Quien sabe, para entonces podría estar casado con un ser que aún no conoce, en muy corto tiempo es cuando suelen suceder las cosas más importantes de la vida.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 17/08/2009 14:57
Snow Bonny: el más guapo y eficiente de todos
Grettel J. Singer | 10/08/2009 4:34
Foto: Alfredo Betancourt
Hace muchos años que no iba a una juguetería de adultos, la verdad porque había olvidado que algunos placeres sexuales también se pueden conseguir en una tienda. Bueno, lo primero que menciono no es del todo cierto, hace dos años fui a una boutique de primera en el barrio gótico en Barcelona, Le Boudoir, a cambiar unos obsequios que me trajo Santa por Navidad. Como iba tan de prisa apenas entré a gestionar un cambio de talla y salí sin antes husmear a fondo en aquel finísimo paraíso. Sin embargo, la semana pasada decidí incursionar nuevamente por esos rincones a veces tan maldecidos, e invité a mi amiga Clara para que fuéramos dos en vez de una . No sé por qué, pero a esos sitios si una va sola te acechan miradas sospechosas, entonces cuesta un montón enfocarse con tanta distracción y una se vuelve más tímida y vulnerable. En cambio acompañada la aventura puede ser muy divertida y educativa. Ella se animó enseguida porque como yo, tenía su caja de accesorios eróticos empolvada y todo lo que allí dentro poseía había pasado de moda y posiblemente expirado sus funciones.
La tienda que escogimos salió la mejor del 2009 en la revista del Miami New Times, pero no es la exquisitez de Le Boudoir donde las empleadas (mujeres only) se visten con una elegancia altamente sofisticada. Al principio nos costó un gran esfuerzo desfilar entre aquellas paredes atiborradas de juguetes casi dando la impresión de que nos encontrábamos en un mercado de pueblo donde lo mismo encuentras zapatos que frutas secas. Demasiadas opciones para mi gusto. Por suerte Ramón, un chico joven y encantador que nos miraba atentamente desde el mostrador de las tangas de caramelo y los hilos dentales comestibles con sabor a piña colada, se ofreció a ayudarnos y nos dio una gira por el salón libidinoso lleno de lencería en todos los niveles desde lo cursi hasta lo elegante, cosmética para diversos gustos, accesorios, divertimentos, libros, y por supuesto, sex toys a montones. Vimos lo típico que una se imagina: esposas, antifaces, juegos de Kamasutra, y cosas así, pero también encontramos aquellos menos conocidos y que para ser sincera me sorprendieron tanto por el ingenio como por las funciones cuyo objetivo incluían ciertas peripecias impensables. Pero como nos dijo el joven, “para gustos los colores”.
Luego Ramón nos invitó a una sala privada para mayores de edad. Nos pidió una identificación y Clara y yo, evadiendo la risa que nos subía con un vómito proyectil, le mostramos la licencia de conducir. Probamos ni se sabe cuántos lubricantes con sabores exóticos que nos empalagaron tal vez de por vida. También nos untamos las cremas y los aceites que se calientan al toque de la piel o con un simple suspiro. Ramón nos abrió por lo menos veinte consoladores eléctricos para que mi amiga encontrara el perfecto. En medio de la conga fálica apareció como todo un dios el Snow Bunny, superior a cualquier otro vibrador del 2009. Un pene que además de ser potente no irrita las delicadas paredes vaginales. El Snow Bunny está a la altura de los de carne y hueso, fabricado en gelatina, material que confiere un tacto único y que ofrece varias funciones y demasiadas velocidades. No se habló más del asunto y mi amiga se lo llevó luego que nos lo pasaran por la punta de la nariz y las dos quedáramos completamente erizadas, pues aparentemente ese es el método más acertado para apreciar la fuerza de la vibración de un toy vibrador. En apenas unos minutos ya habíamos triplicado el presupuesto de cada una con más objetos de los que necesitábamos. Claro, con esos diseños y colores tan chulos y esa deleitable suavidad que los caracteriza, una se deja llevar no sólo por el morbo, sino por el dichoso marketing.
Las novedades continuaban presentándose con la misma sorpresa con la que suelen aparecer las flores de la primavera. Las dos teníamos la cabeza entumida y ya no sabíamos la diferencia entre la bala, el tapón anal, la lengua vibradora, el dildo rojo de silicona, el anillo, el vibra ipod, el sistema de cuentas, las perlitas fosforescente, los huevitos, el patico, el conejito… ahhhhh! Se vuelve incontrolable el consumismo compulsivo que se desata en esos lugares. Una se piensa que todos los problemas del mundo se pueden resolver con cualquiera de esos jugueticos. Por mi parte me porté bastante bien, la economía no da para tantos lujos. Clara, digamos que regularcito.
Frustradas y sumamente agotadas, nos dirigimos a la caja para evaluar lo que se iba y lo que se quedaba. Detrás de nosotras esperaba pacientemente una mujer ya bastante señora, vestida de falda y chaqueta, con un pene vertebrado de goma gigantesco que le colgaba de la cesta. Parecía una boa aguerrida en lugar de un miembro viril. Nosotras como dos idiotas casi no nos podíamos controlar las carcajadas, y Clara además con astucia y si se puede decir prudencia, fingió un ataque de tos. Pagamos rápidamente y al alejarnos escuché a Ramón llamarla por su nombre y saludarla con sospechosa confianza, como me saluda Eliezer el carnicero cuando me avisa que llegó la carne y el pescado fresco. No sé, a mí me gustaría que Ramón olvidara mi nombre y mi cara, y que la próxima vez, porque hemos jurado regresar pronto, disimule que no me ha visto nunca.
Nos fuimos contentas y satisfechas, con planes de desenvolver los juguetes apenas llegáramos a casa. Cuando íbamos a mitad del camino de vuelta caímos en cuenta que se nos había quedado el limpiador de vibradores en el mostrador de la tienda. Según Ramón los objetos de silicona se echan a perder si no se limpian con el producto adecuado antes y después de utilizarlos. Además, las bacterias y los microbios no tienen resistencia contra ese producto potente, y no exagero si digo que nos recalcó por lo menos cinco veces que no dejáramos de rociar el atomizador en los toys porque la higiene es fundamental a la hora de manejar los objetos vaginales. Digo, ¿es que será que nosotras las mujeres sí podemos introducirnos algo que ha sido fumigado con veneno? Eso me preocupa un poco y por si acaso seguiré lavando los míos con agua tibia y jabón.
Llegando a casa lo que me esperaba era un ejercito de juguetes, pero de otro tipo. Mis hijas habían armado una ciudad completa de bloques de madera, y allí con las Barbies y sus carruajes nos fuimos a un baile de reyes que duró horas y horas. Ya por la noche, depauperada por mi día de juegos, me puse a desempacar mis compras y a su vez dividir lo mío y los nuestro, mientras trataba de encontrar alguna energía escondida para realizar todo aquello que había prometido apenas horas antes. Pero estas envolturas de hoy en día que le quitan a uno hasta las ganas de pasarla bien y lo que consiguen es crisparme de la rabia. Cuando por fin terminé de cortar cablecitos y plastiquitos, mi esposo ya roncaba y a mí se me cerraban los ojos. Al día siguiente, medio apenados los dos por la senilidad con la que habíamos actuado la noche anterior, acordamos involucrarnos de a lleno en el asunto lo más pronto posible, pero en estos días de viajes y caos familiar no le queda a uno tiempo ni para salirse de la rutina.
Mi esposo sumamente interesado me preguntó qué me había parecido la tienda y lo que más me había gustado, y realmente diré que entre tanto erotismo encontré refrescante esa aceptación desenfadada muy propicia de esos lugares. Allí no juzgan a nadie y todos, todas y todo/as somos bienvenidos. Y me pregunto, cómo se podría aplicar esa misma libertad de ser a partir de la puerta para afuera y alrededor de este mundo tan cruel y divido.
Nota: Un par de días atrás me llamó Clara para contarme que por fin había estrenado el Snow Bunny de cinco velocidades. Aparentemente estoy cordialmente invitada a la boda. Si Santa toma nota tal vez se porta bien conmigo en estas próximas navidades.
Enlace permanente | Publicado en: Mujerongas | Actualizado 10/08/2009 13:51
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