Ángeles callejeros
Grettel J. Singer | 31/08/2009 4:49
Cada vez que voy a la casa amarilla recupero el entusiasmo y renuevo mis esperanzas no sólo de mejorar la vida de las indigentes sino de todos los que me rodean. Porque a veces alguien necesita un sándwich para pasar el día, pero también con una sonrisa, un gesto amable, eres capaz de levantarle el ánimo a quien menos te imaginas.
Hay temporadas en las que visito el refugio más que otras. Por ejemplo este verano apenas fui un puñado de veces, aunque no estaba retirada del todo y me dediqué a otras funciones también esenciales que incluyeron llamadas y cartas a restaurantes para que se comprometieran a patrocinar nuestro próximo evento ahora en el otoño. Envié y seguiré enviando invitaciones a todos mis contactos para que adquieran entradas para el mismo evento y una invitación promocionado la gran apertura de la tienda de segunda mano que abrimos el 26 de septiembre y cien por ciento de las ganancias favorecerán al centro. Por otro lado estoy tratando de congregar voluntarios para la noche del “Art Happening”, y otros para que sean anfitriones de sus propios grupos de recaudaciones tan necesarias para el refugio y ahora la tienda. Durante estos últimos meses me ha agasajado una vergüenza absoluta y siento que mis amigos están hartos de esta pedigüeña. Apenas me oyen hablar del refugio y deducen inmediatamente que algo voy a pedirles –y no se equivocan–, así sea ropa, materiales y objetos que en casa ya no utilicen, dinero, servicios, o como mínimo energías positivas y todo el aché posible.
Lo que más me gusta de mi compromiso con el albergue es que aunque no siempre escojo mis obligaciones puedo cultivar mis intereses en mis áreas favoritas, que es el trato personal con las mujeres que allí se alojan, o como le decimos de cariño, los ángeles callejeros.
La semana pasada llegué una tarde a sustituir a la directora que le urgía reunirse con las empleadas fuera del recinto para discutir asuntos sobre la apertura de la tienda. Las posiciones disponibles se le otorgarán a las antiguas residentes del refugio, mujeres que han podido rehacer sus vidas y que continúan afiliadas de una forma u otra a ese lugar maravilloso que es el Lotus House Shelter. Disfruto enormemente esos momentos en los que no tengo ningún corre corre de otras actividades pendientes y distracciones de esas tantas que siempre me atrapan apenas llego al refugio y me alejan del contacto directo con esas mujeres que tanto admiro y de quienes tanto aprendo.
Sentada bajo la sombrilla en el jardín zen, con la fuente perennemente goteando, los mangos recién paridos, los gatos –que no son pocos– mirándome con una pereza anormal y un burujón de mujeres que se desquitan sus vicios con la nicotina, me recibe una tarde espléndida aunque calurosa. Este condenado verano es como una maldición.
La directora antes de irse me trae el teléfono portátil y me repite una y otra vez que en caso de una emergencia marque el 911 y luego la llame a ella. No quisiera vérmelas en una emergencia, pienso cada vez que voy a sustituirla, pero no se lo digo para que se vaya tranquila. Allí las emergencias son sucesos frecuentes y bastante normales. Por suerte nada inhabitual aconteció bajo mi tutela.
En el refugio reina el ajetreo las veinticuatro horas del día. Y cuando estoy ahí en plan de encargada me entero de todo los pormenores, de lo difícil y complicado que es manejar directamente con astucia y constancia un lugar que se alimenta de las donaciones y la caridad de otros y donde sus huéspedes deben aprender a vivir en sociedad nuevamente.
Hablando con ellas me entero de las historias personales, no de los promedios, pronósticos, porcentajes y cosas concretas que requieren decisiones de todos los que pertenecemos a la junta directiva y que discutimos una vez por mes en un lugar lindo y alejado de toda aquella fuerte realidad, pero que damos más de lo que podemos, ya sea monetaria o físicamente, para salir a flote. Allí en los jardines uno las llega a conocer de verdad. Y esa ventana que ellas me abren en momentos oportunos se convierten en grandes enseñanzas para mí, y no miento si digo que llego a comprender otras perspectivas muy diferente a las que estamos acostumbrados la gente privilegiada.
Mientras me hablan miro alrededor, normalmente encuentro algo que necesita ser reparado. Las escaleras están pidiendo a gritos una manito de pintura. Esa ventana de la oficina tiene un vidrio roto hace meses. Se están acabado los cubiertos, dos de las tres lavadoras no andan, y así, siempre es algo.
La mujer que tiene dos lágrimas tatuadas en la mejilla y la palabra cookie en el cuello me confiesa angustiada que está desesperada, que no puede conseguir trabajo. Prosigue a contarme que esa mañana fue a una entrevista en un almacén para cargar cajas y el entrevistador le dijo que le parecía que estaba sobre calificada. Ella en su afán de resolver le aseguró que era la persona adecuada, que así fuera por el sueldo mínimo aceptaría la posición. Tiene un bebé pequeño y pronto tendrá que mudarse del refugio. Qué va, el hombre no cedió.
He aprendido a querer tanto a estas mujeres que me cuesta aceptar que alguien las juzgue por la ropa o los tatuajes o la forma insegura en que a veces se expresan. Y soy yo misma la que peca de esa injusticia de tan sólo pensarlo pues la he juzgado al decidir que han sido esos los motivos y no otros por los cuales perdió la posibilidad de conseguir un trabajo para el cual le sobra la experiencia. Algún día me gustaría superar ese defecto de juzgar, algún día. Me quedo mirándola, con esa cara de tonta que me usurpa cuando no sé qué decir. De contra declaro lo primero que me viene a la mente: la situación es terrible para todos. No miento, es cierto que las situación económica nos afecta a todos, claro que eso es relativo.
Rodeada de los ángeles callejeros me cuestiono muchas cosas, y me reprocho también porque es extremadamente difícil no caer en el abismo de la culpabilidad cuando recuerdo lo afortunada que soy en esta vida. Mientras escribo frente a un computador bebo un té de hebras sueltas que me enviaron desde muy lejos y pellizco una tostada con mantequilla, juego con el termostato hasta ajustarlo a la temperatura ideal y pongo un tema que es como mi mantra a la hora de trabajar. En cambio en el refugio la lucha diaria es ardua y persistente, de lo contrario no se avanza ni un milímetro.
Debo admitir que hay momentos que sentada allí frente a tanta crudeza pienso que la batalla está perdida, que en cualquier instante nos vamos a cansar, o mejor dicho, me voy a casar, y de repente sucede algo inusitado. Llama una maestra del Miami Dade Community College que le interesa que sus dos clases, 70 estudiantes en total, hagan cada uno veinte horas comunitarias. Llega un camión con una entrega miscelánea que nos viene como anillo al dedo, entra una llamada de un donante generoso que nos suma a su lista de organizaciones preferidas por los próximos tres años. Una muchacha bien jovencita ella recauda bienes en su escuela y se aparece en persona como un ángel más de todos los que nos rodean. Cierra una tienda y nos avisan en caso de que nos interesen las repisas y anaqueles que tan bien nos vienen para el negocio que intentamos abrir en unas semanas y en el que hemos puesto gran parte de nuestras esperanzas.
Nunca he sido afiebrada creyente de las religiones occidentales, pero me gusta mucho ese dicho Dios aprieta pero no ahoga. Y es que es muy cierto, todo, o por lo menos lo suficiente nos sorprende cuando más lo necesitamos y si uno insiste incansablemente los problemas tiene una forma de resolverse aunque no sean precisamente de la manera esperada.
Y así nos movemos en el refugio, enviando mensajes al universo mientras depositamos granitos de arenas por aquí y por allá.
Publicado en: Mujerongas | Actualizado 31/08/2009 13:47




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57 Comentarios
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57 por Maria Elena Ronchi (Usuario no autenticado) 13/09/2009 2:31
Que bueno es saber que alguen más se ocupa de aquello que no tinen nada, o bien que no han podido acceder a vivir con dignidad. Te felicito¡¡¡¡. Mucha suerte y no dejes de dar, que la felicitad pasa por allí.-
56 por Adrianina T (Usuario no autenticado) 12/09/2009 0:53
Sumamente actual a la época que vivimos esta entrada Grettel. Hacía un tiempo no te leía y es increíble como te vas superando.
Sé que sos escritora, pero no por eso creo que esté mal destacarlo.
Cada párrafo muy certero. Y los cielos amarillos de Gauguin, como me gustan.
Te dejo un beso grande y todo mi cariño.:-)
55 por LA CUEVA DE SUSANA (Usuario no autenticado) 10/09/2009 15:27
Estupendas reflexiones, Grettel!
Llegamos y nos vamos de este mundo sin saber demasiado cómo funciona y menos aún por qué las cosas son como son. Algunos encuentran refugio en la fe y se entregan. Otros llevamos como podemos nuestras dudas. Pero no estamos con los brazos cruzados. Sabemos del valor de un "grano de arena".
Un viejo proverbio decía algo respecto de las estrellas de mar, si salvamos al menos una, hemos salvado el futuro, no es poco, Amiga.
Mi abrazo cariñoso para Vos, creo que la Casa Amarilla es muy afortunada por tenerte.
54 por HDR (Usuario no autenticado) 10/09/2009 13:24
Caronte, Pa que tú vea, me gusta que los hijos de comunistas de calibre se pasen a nuestro lado. Llegan a posiciones cimeras aquí porque son INTELIGENTES, namá que eso, no hay conspiración niná. Abrazo.
53 por Caronte (Usuario no autenticado) 09/09/2009 21:15
Cuantas faltas de ortografia y aun de incorcondancias en ese post, por Dios...
Los dedos y el apuro? Casi que lo juraria...
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