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Actualizado: 01/09/2014 11:14
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| Internacional

Europa, Crisis

El hambre de Europa

La crisis económica de Europa es un hecho del que no estamos exentos. Nuestra enfermedad financiera tiene los mismos síntomas y las mismas deudas

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Mi abuelo paterno era un viejo flaco y estirado, de barba mal atendida y gastadas manos de carpintero. En pijama y camiseta, pasaba la mayor parte del día sentado en el sillón del portal, mascando entre sus dientes el mocho de lo que había sido mucho tiempo atrás un habano. En silencio, acompañado únicamente por los crujidos de su balance, pasaba las horas leyendo cada periódico que le caía en las manos o discutiendo acalorado los problemas del mundo con cualquiera que pasara frente a la casa y tuviera el tiempo y la paciencia de escuchar sus puntos de vista. Habrá sido en una de esas tardes en que yo me sentaba en el piso alrededor de su sillón, que le escuché decir, mientras conversaba con mi padre, que el hambre de Europa siempre ha traído guerras.

No logro ubicarlo en el tiempo, fue posiblemente hace más de treinta años, así que tampoco logro descifrar el contexto que produjo en él aquel comentario. Lo que sí recuerdo muy bien fue que al escucharlo levanté la cabeza, sorprendido en mi inocencia de que las guerras no fueran, como suponía, hechos accidentales, sino el producto de una fórmula simple como el hambre de algún lugar. Demasiado ocupado en digerir la nueva revelación, me perdí sin remedios el resto de la conversación, pero volví a mi felicidad al percatarme de que en cualquier caso, Europa era un lugar bastante lejos de la casa.

El hambre de la Europa de estos días, sin embargo, un lugar ya no tan lejano ni tan desconocido para mí, me ha hecho recordar la frase que le escuché al abuelo aquella vez. Las crisis económicas han pasado a ser un hecho tan común, que uno no solo espera a que cíclicamente se repitan, sino que es además normal esperar a que también se resuelvan solas sin demasiados espavientos, como parte del ciclo de su propia existencia. Así que, cuando al final de la última administración norteamericana comenzaron a aparecer los primeros indicios de la actual recesión mundial, acepté sin demasiada sorpresa que eran el resultado predecible de haber manejado por ocho años la política de ese país como manejaría un caco el último carro robado.

El colapso de los nuevos y enredados mecanismo financieros, convenientemente inventados por los intocables y demasiado grandes para desaparecer bancos e inversionistas internacionales, crearon esta vez un reguero tan impresionante que aunque todo el mundo concuerda en que algunas regulaciones son necesarias para evitar que la crisis se repita en el futuro, el problema es tan complicado que pocos logran entender qué es lo que realmente hace falta regular. El colapso económico de países enteros, como Grecia, España y Portugal, y la larga lista de espera de otros tantos en similar situación, donde habría que incluir a Irlanda, Italia, Japón y al mismísimo Estados Unidos, por su enorme deuda trillonaria, abre los ojos sorprendidos de quienes pensamos que esta vez quizás hemos ido demasiado lejos.

La crisis ya está aquí, estamos en medio de ella, y lo que es realmente desalentador no es lo que se ha perdido, sino que aunque seguimos caminando a tientas en medio del túnel oscuro de las soluciones, todavía nadie logra ver la luz que para entonces debería estar luciendo su brillo en la otra salida. Más bien tal parece que el túnel o no va derecho o que mientras más caminamos dentro de él más nos perdemos, o nos pierden.

La irresponsable deuda en que algunos líderes han dejado hundir a sus países, podría ser sí, el mayor impedimento que sufren ellos hoy para ver regresar sus finanzas de los gigantescos números rojos que acosan a sus gobiernos y ciudadanos, pero peor, en mi opinión, es que la solución del problema requiere del sacrificio, apenas soportable y a largo plazo, de una mayoría que si alguna culpa lleva en el asunto es la de haber votado por quien le prometió lo imposible e inalcanzable.

Las condiciones impuestas a estos países como condición para pagar sus deudas podrían tener sentido en términos económicos o financieros, pero son completamente imprácticas y antisociales para aquellos que han perdido sus empleos y el sustento de sus familias. Aun cuando en Europa la Unión negocia su integridad con préstamos de extremadamente bajas tasas de interés para sus miembros abiertamente en bancarrota, pagar la deuda existente es si acaso y solamente la mitad de sus problemas, la otra mitad es echar a andar una economía nacional que a mediano plazo vuelva a ser auto-sostenible y esa última es en mi opinión más difícil que pagar una gigantesca deuda con dinero prestado.

Me explico. El petróleo, como todos sabemos, es hoy por hoy una de nuestras principales fuentes reales de energía y las economías para existir y crecer requieren de él como materia prima fundamental de consumo. Cuando en 1973 la OPEC decidió manipular el precio del barril de crudo luego de la invasión árabe a Israel, muchas economías vieron declinar sus índices de crecimiento como resultado de su elevado precio. El precio del petróleo es inversamente proporcional al crecimiento económico, y los días de obtenerlo a $15 dólares son sin duda parte del pasado. Un barril de petróleo ronda hoy los $100, independientemente de su demanda, lo cual contribuye a hacer mucho más lento o simplemente irrentable el proceso de recuperación de los países en crisis. Incluso cuando hace solo unos días Estados Unidos sorprendió los mercados anunciando que tiene previsto convertirse en uno de los principales productores mundiales de petróleo en los próximos quince a veinte años, el resultado de ello será en todo caso más político que económico, porque el precio del crudo no parece depender de las reservas en el planeta sino de la tecnología que es necesario emplear hoy para extraer la gelatina contaminada que va quedando, pero que todavía parece ser abundante.

Como si todo esto no fuera suficiente, al otro lado de la ecuación hay otro problema tan complejo como el elevado precio de obtener el crudo y es la capacidad del planeta para asimilar la polución que se genera al quemarlo. El índice de emisión de gases a la atmosfera que estos países en recesión van a necesitar alcanzar para hacer crecer y estabilizar sus economías, es simplemente un suicidio para el medio ambiente, no sin contar que vendría ello a sumarse a países como China, que consume actualmente mas de 5 millones de barriles diario de crudo y tiene previsto duplicar esa cifra en los próximos 10 años, en parte para sustituir el carbón, pero en gran medida debido a su creciente demanda nacional.

Imaginando que todo fuera color de rosa y los alemanes siguieran ignorando las muchas señales que advierten de las pocas garantías para que alguna vez ellos vuelvan a ver su dinero de vuelta, del otro lado del Atlántico la mayor economía del mundo, con su increíble capacidad de arrastrar a todas las demás de vuelta a la recesión con su colapso, apenas respira entre los sustos que le dan sus políticos y la carga insostenible de su propia deuda externa, que paga por demás con dinero que simplemente, o imprime o pide prestado. La situación de las finanzas de Estados Unidos es tan dramática que a raíz de las recientes elecciones presidenciales, escuché en la radio que ni tan siquiera Obama tiene en sus manos las riendas del país, sino que todo depende de las tasas de interés de un dinero monstruoso que ya gastaron y que ahora le deben, básicamente a los chinos, sin saber cómo se lo van a devolver ni quién le va a explicar a sus ciudadanos los sacrificios que les esperan si alguna vez pretenden seriamente pagar esa deuda.

Una democracia depende para existir de su estabilidad económica. Si su sistema político se vuelve anacrónico y deja de ofrecer soluciones, convirtiéndose más bien en parte del problema, sus sociedades podrían devenir en caos, hasta el punto de comprometer la paz y las libertades que disfrutamos todos. Con el hambre de Europa nos podríamos ver contaminados todos a muy corto plazo si no comenzamos a hablar de la capacidad real que tenemos para encontrarle soluciones a la crisis. De nuestros políticos no espere la iniciativa porque ellos tienen bien aprendido que diciendo la verdad ninguno volvería a salir reelecto y eso es para ellos como quedarse sin trabajo. En la otra cara de la moneda, vivir en la ilusión que tenía yo a mis ocho años de que resultaba igual, ya que Europa está muy lejos para estarse preocupando por su hambre, podríamos sin querer estar dándole la razón a mi abuelo.


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