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Actualizado: 19/09/2014 17:11
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Palestina

La apuesta por la libertad, un nuevo escenario

Resulta primordial que Israel reaccione adecuadamente y no deje escapar lo que significa una oportunidad de oro para consolidar su papel hegemónico y de influencia en el área

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El pueblo y gobierno palestinos tienen derecho a ser reconocidos como un Estado con plena soberanía. Por demasiados años sus nacionales han sobrevivido en el desarraigo y en condición permanente de guerra irregular. La iniciativa presentada en la ONU brinda garantías para que por fin esa sociedad pueda insertarse plenamente en el tablero geopolítico mundial.

Mas, es vital que el gobierno y pueblo palestinos comprendan que con el reconocimiento internacional como nación independiente también llegan las responsabilidades inherentes a su desempeño.

Como consecuencia directa de ese paso, la vieja y sangrienta lucha que ha envenenado las relaciones internacionales en el área deberá ser radicalmente abandonada. Tras un velo histórico de odios y diferencias culturales y étnicas, mucho de este antiguo conflicto entre árabes e israelíes oculta un diferendo fundamental: el enfrentamiento a muerte que emerge entre pueblos dominados por élites conservadoras y tradicionalistas.

La corriente democrática que recorre desde principios de 2011 toda el área del Norte de África y el Medio Oriente ha traído una realidad diferente al contexto mundial y un escenario ideal para el comienzo de una nueva nación palestina. Con los vientos de cambio que la preceden, no se expande lo que parecía ser el destino común e insalvable en el mundo árabe: el modelo conservador, intolerante y agresivo del islamismo fundamentalista. Para sorpresa de la comunidad internacional, la ola de avanzada de la globalización pone de manifiesto que las ideas democráticas de Occidente son las que vienen para quedarse.

Ante esas circunstancias, un estado palestino soberano no podría seguir apegado a la corriente de demonización de la nación israelí, ni amarrado a la idea de calificar al Estado judío como el obstáculo insalvable para no institucionalizar la nueva Palestina bajo el Estado de Derecho y el imperio de la ley y el orden. Esto significa que se pondrá a prueba su credibilidad como Estado serio, con responsabilidades que deberán imperar en las decisiones que se tomen en sus asuntos internos y en su proyección en el orden internacional. En consecuencia, habrá de abandonar la primitiva imagen a la que los palestinos se han acostumbrado, proyectan y tienen muy pegada de sí mismos: el de una nación acosada, y en consecuencia montaraz y con un destino de permanente jihad a muerte contra su vecino Israel.

Pero este es solo un aspecto del desafío para la paz en la región. Israel también tiene que cambiar.

Lamentablemente, la élite del poder israelí parece no reaccionar antes los nuevos desafíos impuestos por la globalización. Continúan apegados a los viejos esquemas resultantes de una época anterior, ya superada por los tiempos que corren. Quizá esto provocó que el gobierno presidido por Netanyahu no supiera identificar y dar apoyo al movimiento popular y democrático desatado en la región, especialmente el que produjo la caída del régimen de Mubarak en Egipto. Se dejó arrastrar por la vetusta visión política de mantener la inestable paz lograda con el statu quo heredado de la Guerra Fría y pese a los justos reclamos del pueblo egipcio, apoyó al tirano y a su régimen antidemocrático. Los acontecimientos que en pocos días se precipitaron en ese país con la caída del antiguo régimen demostraron la falta de visión del gobierno israelí sobre la realidad colindante y produjeron un grave daño en la imagen democrática de Israel entre las triunfantes fuerzas progresistas en Egipto y de toda el área.

En la misma medida, con el triunfo de la revolución popular libia, Israel ha perdido, desde el principio del conflicto, la oportunidad de ofrecer un oportuno, abierto y contundente apoyo político a las fuerzas democráticas que han derribado el sangriento régimen de Gadafi.

El escenario democrático que lucha por imponerse ahora mismo en la nación fronteriza de Siria no es una excepción en la zona de su geopolítica. Los valores que son enarbolados por el pueblo sirio tienen concordancia y similitud con la propuesta y ejercicio en Israel, como nación democrática, inclusiva y de progreso para sus ciudadanos. Es aconsejable que la dirigencia judía se quite de encima la animadversión, los viejos rencores y desconfianza tradicionales y los sustituya gradualmente en los poderes establecidos por una visión de realismo político e identificación de unas bases de relaciones políticas regionales mucho más estables a medida que los valores democráticos se vayan imponiendo en la vecina Siria, desplazando del poder al régimen assadita.

Resulta primordial que Israel reaccione adecuadamente y no deje escapar lo que significa una oportunidad de oro para consolidar su papel hegemónico y de influencia en el área. En medio de las conquistas de libertad en algunos países y de los determinados reclamos por liberarse en otros, los pueblos árabes han identificado como aliados a EEUU y a las naciones democráticas europeas que les brindan apoyo, situación que no ocurre con su vecino Israel. Ya hasta Turquía ha salido a jugar su papel y disputar la hegemonía en la región. Expresión de ello es la acción de reducir al mínimo sus relaciones con el Estado judío tomando como excusa el incidente de la Flotilla de la Libertad, donde murieron ciudadanos turcos a manos de soldados israelíes. También las autoridades turcas han establecido la política de buscar vínculos y ofrecer apoyo a los pueblos árabes que reclaman reformas democráticas.

Las nuevas realidades que impetuosamente impone la ola revolucionaria de la Globalización sacan de su anquilosado equilibrio todos los viejos escenarios de confrontación política, obligándolos a transformarse. Una situación muy semejante de vieja política paralizada impera entre Cuba y los Estados Unidos. En las dos orillas del estrecho de la Florida anidan viejos rencores de las élites cubanas, unas totalitarias y otras democráticas, mas, ambas desgastadas en un enfrentamiento que ya no tiene un contexto favorable a nivel mundial. Las fuerzas democráticas cubanas insertadas dentro de los instrumentos de poder en la nación americana, por su naturaleza y contacto mucho más abierto a la modernidad, tienen la oportunidad y el deber de promover una política activa e inteligente que ayude a destruir el aislamiento que el dictatorial gobierno cubano impone a sus ciudadanos, no ayudar a reforzarlo.

Por muchos beneficios que obtenga el gobierno cubano de esta apertura, mayor será su deterioro ante las realidades libertarias que vienen empapando todo el entramado de las sociedades que aceptan la modernidad. Al igual que Israel, con su mayor desarrollo económico y social y su consolidada democracia, es tiempo de desechar viejos temores y apoyar a los pueblos egipcio, libio, sirio, yemenita y todo el que se sume al abrazo espontáneo de la libertad y la democracia, los cubano-americanos deben hacer un esfuerzo aunado por dejar claro en el Congreso y gobierno de los Estados Unidos que la alternativa para favorecer los cambios en Cuba parte de contribuir a globalizar la sociedad civil cubana. Ante el llamado de la libertad que estos esfuerzos le permitan escuchar, el pueblo cubano sabrá reaccionar del mismo modo que lo hacen los pueblos de la “Primavera árabe”.


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