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Actualizado: 16/09/2014 22:26
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| Internacional

EEUU-Elecciones, Barack Obama

La gran fiesta de la democracia en Estados Unidos

Todos ganamos cuando se celebra una elección presidencial

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Terminó la contienda electoral 2012 en Estados Unidos, tras largos meses de agotadora campaña para elegir presidente, senadores, representantes y gobernadores.

Se dice que se gastaron unos seis mil millones de dólares en el proceso. Para los eternos envidiosos y amargados, eso demuestra lo mal que están las cosas por aquí. Sin embargo, para esos mismos resentidos y perturbados, todo anda mal en Estados Unidos, siempre: actúan así por odio y rencor, como sietemesinos morales, pero también por supina ignorancia; reflexionan (el verbo no es nada casual) con mecanismos mentales envejecidos y con información desactualizada hace demasiado tiempo. No entienden, ni pueden entender, la forma en que funciona la democracia norteamericana.

Para la gran mayoría de los americanos, sin embargo, es motivo de orgullo y satisfacción disfrutar de un sistema político donde los candidatos discuten abiertamente para ganar el favor de los electores; donde cada persona expresa abiertamente sus opiniones, criterios y proyectos políticos, sin temor a ser reprimido; donde cada quien habla en contra de cualquier aspirante sin llamarle traidor a la patria, mercenario o “majunche”; donde nadie tiene que sentir temor cuando decide votar por este o aquel candidato.

Otra característica fundamental del proceso en Estados Unidos es que el candidato derrotado suele ser el primero en felicitar al ganador. Mitt Romney demoró cerca de una hora y media en hacerlo debido a una causa muy pedestre: convencido de que resultaría ganador, no tenía preparado un discurso para conceder la victoria a Barack Obama en caso de resultar derrotado, y lo tuvo que elaborar a la carrera. Lo que demuestra, a la vez, que a pesar de su proclamada experiencia empresarial, no disponía de un “Plan B”. Lo que en el Boston Consulting Group, donde trabajó en los años setenta, hubiera sido un pecado de lesa consultoría.

Algo que no es muy conocido es por qué el voto es secreto en Estados Unidos. En los inicios de esta nación, el elector se paraba delante de los candidatos a un cargo y decía abiertamente por quién votaba, sin ningún temor a represalias. El voto se convirtió en secreto para impedir que alguno de los candidatos, si tenía suficiente dinero, pudiera comprar a los electores: ningún candidato se arriesgaría a pagar por un voto que no pudiera comprobar hacia quién iba, pues se emitiría en secreto.

No todo son maravillas en la democracia americana, naturalmente, pero como bien dijo Winston Churchill, “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las otras formas que se han experimentado cada cierto tiempo”. No es fortuito que las naciones más desarrolladas, prósperas y exitosas del planeta sean básicamente democracias y Estados de Derecho, aunque con diferencias en su funcionamiento y detalles, desde Singapur hasta Suiza, o desde Canadá hasta Japón.

Ni siquiera el presidente de la nación más poderosa del mundo escapa al dictado de la democracia. Cuatro años después de haber sido electo tendrá que aspirar a la reelección y comprobar si los votantes le permiten seguir en el cargo cuatro años más o no. En su condición de candidato a la reelección no tiene ni privilegios ni más derechos que los candidatos que le estén retando.

Y ese es el límite máximo que puede pretender un presidente en Estados Unidos, donde no hay líderes vitalicios. Pasados dos mandatos, no podrá aspirar nuevamente. Tanto a los que lograron un único término, como a los reelectos, al terminar se les da las gracias por sus servicios al país, se le facilitan las condiciones para pasar a la vida privada, se le respeta en todas partes, se les sigue llamando “presidente” aunque ya no lo sean, y se les paga un retiro suficiente para que no tengan necesidades materiales y puedan dedicarse, por regla general, a escribir sus memorias y organizar la biblioteca presidencial que llevará su nombre, que normalmente será una fuente interesantísima de información y documentos relacionados con su gobierno.

El establishment norteamericano está suficientemente engrasado para funcionar con efectividad en cualquier situación: lo mismo utiliza casi tres semanas para finalmente definir en los tribunales al ganador de las elecciones presidenciales del año 2000 (situación que el castrismo llama “fraude”); que pronostica al presidente ganador veinte minutos después de cerrar los últimos colegios electorales abiertos, en una votación con más de 116 millones de electores, como ocurrió esta semana.

Ni en las amargas polémicas Bush-Gore hace doce años, ni en ninguna elección, se le ocurre a nadie pedir un golpe de estado o llamar “al pueblo” o a los tanques a las calles para determinar los resultados: si alguien intentara eso, en vez de movilizar fuerzas represivas para mandar a la cárcel al chiflado, habría que enviar urgentemente una ambulancia y psiquiatras, ponerle una camisa de fuerza, e ingresarlo en un hospital.

Sin embargo, en el sur de La Florida hubo y hay personas que hacen increíbles esfuerzos para convertir esta gran nación en una perfecta república bananera tercermundista. En eso se destacaron esta vez algunos “analistas” y “expertos”, tanto demócratas como republicanos, que partían siempre de considerar que todos éramos retrasados mentales y creeríamos cualquier cosa que se les ocurriera decir; así como los productores de algunos anuncios políticos que resultaban peores en concepción, diseño, profundidad y mensaje, que una cuña publicitaria de la Mesa Redonda de la televisión oficial cubana.

Los apologistas del castrismo, que se refieren continuamente a “la mafia de Miami” para explicarlo todo, deberían tener en cuenta que, por ejemplo, en el condado Miami-Dade, la “capital del exilio”, el 62 % de los votantes apoyó a Barack Obama y lo que eso implica con relación a remesas, viajes familiares a y desde Cuba, e “intercambios culturales”. Sin embargo, no debe concluirse que eso convierte automáticamente a esos votantes en emigrantes económicos ni mucho menos.

Por su parte, los “duros” de la Calle Ocho, que en ocasiones no se diferencian demasiado de los otros “duros” de La Habana, deberían preguntarse por qué uno de los más emblemáticos congresistas cubanoamericanos de Miami no fue reelecto, resultando derrotado por otro cubanoamericano a quien el perdedor acusaba de “castrista”.

Pero las disputas locales y miserias tercermundistas en el sur de La Florida no son ni siquiera un grano de mostaza dentro de la grandeza de la democracia americana. Independientemente de quienes hayan resultado electos y los que no en estos comicios recién concluidos, el hecho cierto e incontrovertible es que cada vez que se expresa la democracia de Estados Unidos en unas elecciones nacionales, todos ganamos, tanto los que votaron por los candidatos electos como los que lo hicieron por aquellos que no fueron elegidos.

Porque la verdadera grandeza de las elecciones libres está en disfrutar del sagrado derecho de poder elegir libremente a quienes nos gobiernen.


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