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    Sobre este blog

    Política, literatura, medios

    Autor: Jorge Ferrer

    Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

    Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

    Foto: © Laura Ceccacci

    Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

     

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    Tristán de Jesús Medina

    Tristán de Jesús Medina

    Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

     
    Cubierta Minimal Bildung

    Minimal Bildung

    Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

     

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    Transfiguración de Cárdenas

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    Hay zonas de la literatura escrita en Miami por cubanos que apuntan a la literatura postnacional que viene siendo ya casi toda la literatura cubana que interesa. Casi toda la literatura que interesa.

    He escrito ya alguna vez sobre la significación de esa literatura desterritorializada de Miami y allá remito.

    Esteban Luis Cárdenas es uno más de esos autores del exilio cubano en la Florida apenas conocidos. Llegado al exilio en 1980, tras ser sacado a rastras de la embajada de Argentina en La Habana, en la que intentaba asilarse, y haber sufrido prisión, Cárdenas ha padecido una azarosa vida en Miami. No ha gozado de suerte editorial. Ni de mucha suerte, en general.

    Enterarme de que Bluebird Editions, proyecto nacido de la revista La Zorra y el Cuervo, publica nueva colección de su poesía –la última que me consta fue en aquellas deliciosas Editions Deleatur animadas por Ramón Alejandro y data de 1997- me produce una alegría enorme. Cárdenas es también autor del libro de relatos Un café exquisito (Miami: Universal). El relato que da nombre al libro es sencillamente magnífico.

    Transfiguración, de Esteban Luis Cárdenas, se presenta a las 4 p.m. del próximo domingo, 4 de mayo, en la librería Books & Books de Coral Gables (265 Aragon Avenue Coral Gables).

    Por cortesía de Cárdenas y los editores, aparece aquí uno de los poemas incluidos en el libro.

    Subjetivación
    Por Esteban Luis Cárdenas

    a Marta, la eslovaca

    Esto es un sueño;

    ¿qué juego de máscaras y trampas?
    Aquí moran el amor y la muerte,
    persisten como un vuelo
    tras los navíos.

    Este es un sueño;

    siempre tus ojos graves,
    un cuerpo de marfil
    contra los brillos diversos del coral,
    al filo de la aurora.

    No brotas de un laberinto
    poblado de arañas infernales,
    tampoco del orden en que se abre
    la rosa misteriosa y perfuma
    los pechos de princesas.

    Estoy solo,
    he perdido a mi sombra
    y sólo la sombra del ojo fatigado
    observa el temblor de los alientos ruinosos.

    En lo oscuro, alguien con sádica paciencia,
    continúa devorando los sueños;
    sin embargo, toda oscuridad o muerte
    se vierte, finalmente, en la pupila
    que la mira.

    Aquí es un sueño;

    apareces venida de otro cielo,
    donde también la noche es la esperanza,
    pero llegas de azul y de ilusiones
    (toda gran ilusión será siempre sagrada),
    no a nutrir la fuente donde vibran
    las aguas de lo desposeído.

    Entraste en mi silencio,
    penetré en tu tristeza
    y nuestros cuerpos de fantasmas sin máscaras
    son ahora la vida (la que arde en las noches),
    una danza sin nombre,
    luminosa como un duende,
    lidiando con los escombros de la ciudad
    y su demencia.

    Aquí fue un sueño;
    al borde del océano, entre los pinos,
    en algún cuarto viejo, sin lámparas, ni muebles,
    solo con alma y lecho.

    Todo es sueño.
    Un juego, justamente, de máscaras
    y trampas.

    La Habana, 1979

     

    UPDATE:

    Mira que esa gente tiene frentes abiertos, tú. Ni una Barbara Tuchman podría seguir la crónica de sus desvelos.

    También el de las trincheras en que sitúan al hip-hop y al reguetón cubanos. De Cubahora, estos párrafos:

    "Los muchachos de este colectivo (la banda Obsesión), seguido y apreciado por quien escribe desde su fundación, respondieron de una manera lúcida y deslindadora a la pregunta de cuál era la diferencia de contextos entre el reguetón y el rap en Cuba:

    "La primera diferencia entre un rapero y la mayoría de los reguetoneros es el compromiso, la conciencia social. Hay personas que escuchan el reguetón para alejar los problemas y desconectar de la realidad. Eso nos ha obligado a ser más artistas. No para poner a la gente a mover las caderas, sino creadores más comprometidos socialmente. Cuando el reguetón entró en la escena doméstica, había bastante gente rapeando. Entonces el que no tuvo fuerza ni convicción suficiente se fue corriendo tras esa corriente."

    El hip hop cubano, agregaron estos jóvenes que han estado en el Foro Social Mundial y en el mítico teatro Apollo de Harlem, es un bastión de resistencia, ayuda al fortalecimiento de la identidad y presupone de parte de sus integrantes un grado de madurez, un propósito ante la vida y una visión general sobre el mundo que los rodea."

    Y más:

    "Desbordes de emotividad o aperturismos para parecer políticamente correctos sin ton ni son, no pueden alejarnos de centralizar los enfoques desde una perspectiva, tan poliédrica como justa y honesta ante todo, que jerarquice lo perdurable y deslegitime —o cuando menos sitúe en su lugar sin medias tintas y ambiguos raseros— exponentes tales.

    La mayor parte del reguetón que se produce hoy en el exterior y en Cuba es una triste sombra del que alguna vez se pavoneó por la escena, para decirlo "shakesperianamente", quien no obstante a lo mejor se hubiera reído de mí al menear soberanamente sus inglesas caderas al son de un: «Mueve tu c——-, mamita, muévelo ya». Que todo es posible."


    Raúl Castro anuncia el funeral; e incestos

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    Dijo ayer Raúl Castro en la clausura del VI Pleno del Comité Central: «Los acuerdos que hemos aprobado dan fin a la etapa de provisionalidad iniciada el 31 de julio del 2006 con la Proclama del Comandante en Jefe, hasta el mensaje en que nos expresó su propósito de ser sólo un soldado de las ideas, vísperas del 24 de febrero del 2008.»

    Fin de la provisionalidad, pues. Su hermano ya sería apenas un «soldado de las ideas».

    La Proclama, sin embargo, leída aquel día venturoso de 2006 por Carlos Valenciaga, lo convertía en triple sujeto de delegaciones:

    «1) Delego con carácter provisional mis funciones como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba en el Segundo Secretario, compañero Raúl Castro Ruz.

    2) Delego con carácter provisional mis funciones como Comandante en Jefe de las heroicas Fuerzas Armadas Revolucionarias en el mencionado compañero, General de Ejército Raúl Castro Ruz.

    3) Delego con carácter provisional mis funciones como Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba en el Primer Vicepresidente, compañero Raúl Castro Ruz.»

    Luego, dar por finalizada la «etapa de provisionalidad», cuando el Congreso del PCC, único cónclave capaz de reelegir Primer Secretario, no se celebrará hasta noviembre o diciembre de 2009, es un golpe de mano del exInterino.

    No se trata de un gesto baladí. Hasta ahora se había seguido con esmero la línea institucional o protocolaria. Así fue con el proceso de elecciones y la renuncia explícita de Fidel Castro –y «en el momento oportuno», como le gusta decir a Castro II– al cargo de Presidente del Consejo de Estado, etc.

    El sorprendente golpe de mano de ayer significa una sola cosa. Al menos, una sola de veras importante. A saber, que la muerte de Fidel Castro es cosa de días o pocas semanas. Únicamente esa inminencia justifica la prisa en afianzar el poder de Raúl Castro en todas las líneas del organigrama del castrismo.

    Preparen pañuelos o champaña. O ambos. Raúl Castro anunció ayer que tenemos funeral a la vista.

     

    En paralelo, la Mesa redonda de anoche fue dedicada al reforzamiento de la disciplina social, se sacó a pasear la pena de muerte por boca de Raúl y fueron aupados al Buró Político Ramiro Valdés y López Miera. Todas son señales de inminentes conmociones y de la manera en que se preparan para afrontarlas.

    Las alusiones a la pena de muerte son tal vez las más relevantes. Un gesto eficaz hacia el exterior a la vez que un todavía más eficaz recordatorio hacia el interior: las últimas ejecuciones se produjeron en ocasión de intentos de salida del país. Y esas ejecuciones, recuerdan, están justificadas desde la lógica del gobierno anterior y del actual. Y el pueblo así lo quiere mayoritariamente, sostuvo Raúl Castro desde esa tribuna.

    A buen entendedor...

     

    Las primeras planas de buena parte de los periódicos –hay honrosas excepciones, sin embargo - hablan hoy en jerga vaticana. «¡Incesto! ¡Incesto!», proclaman. ¡Un monstruo en Amstetten! ¡A 150 km de Viena!

    Una tragedia familiar se convierte en ejemplarizante munición para denunciar los horrores del mundo. Los del vecino de al lado. Los del tipo taciturno de la esquina.

    El País hace méritos para llegar al cielo. Atiéndase a titular y entradilla.

    No caben más horrores porque a pocos se les ocurren. La secuencia fotográfica que insertan en la versión digital del periódico se titula «Infierno a dos metros bajo tierra». Incesto, infierno: mucha religión.

    Lo del ABC es escandaloso. Han encontrado un Auschwitz en una casa. Y en Austria, nada más y nada menos. ¡Qué se despierte Thomas Bernhard a retratar a ese malogrado!

    Situaciones como la de esa familia destrozada por la lujuria y otras pasiones dicen menos del hombre que de la prensa occidental y sus lectores.

    Imaginen que los reporteros de nuestros augustos periódicos hurgaran en el ámbito doméstico de medio mundo a la caza de horrores. Si lo hicieran, los periódicos llamados serios se convertirían en prensa amarilla por la única razón de que se habrían convertido en crónica del mundo. Y sus primeras planas vendrían llenas de horrores cotidianos.

    Y eso sería intolerable para lectores y editores. Hay que seguir manteniendo la ficción de un mundo con instituciones, políticos, calentamiento global y cotizaciones bursátiles.

    Y esperar, sin prisa, a que aparezca un freak como ese tipo de Austria para darnos la fiesta un día.

    Hoy fue ese día. Mañana habrá otra cosa menos humana para titular.

     

    Buena parte de los periódicos, decía, encaramaron hoy el incesto a primera plana. No lo hizo, sin embargo, L’Osservatore romano. Su edición cubre dos días, lunes y martes. Y la última salió a media tarde de ayer. Habrían tenido tiempo, pero se ahorraron el trámite. ¿A qué ocuparse de pecado que todos iban a vocear encandilados?

    Pero da la casualidad de que también da cuenta de pecado L’Osservatore, como para no ser menos: noticia la recepción a la curia cubana, que ha aguantado en silencio medio siglo -¡más!- de dictadura en Cuba.

    Lo que amerita transmitir mi más sentida enhorabuena a sus editores, porque para pecadores –en pecado que metafóricamente cabe dentro de la categoría de incesto- esos curitas callalotodo.

     

    UPDATE:

    En Cuaderno de Cuba, una foto de Roberto Robaina, quien fuera revolucionario, tomada hace unos días en La Habana.

    Pronósticos (se aceptan apuestas): esta noche en Old Trafford, semifinales de la Liga de Campeones: Barcelona, 1 - Manchester, 1

    Final en Moscú el próximo 21 de mayo: Pierde el Barcelona. Liverpool, campeón de Europa.


    «Gobierno revolucionario»

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    Dicen «Gobierno revolucionario» y a uno se le eriza la piel como si escuchara raspar con una cuchara el fondo de un latón que lleva estampada la leyenda «Legitimidad». (O «Castroł».)

     

    «Il faut du temps pour ruiner un monde, mais en fin, il ne faut que du temps», escribió Le Bouyer de Fontenelle, según interesada síntesis de Cyril Connolly. En realidad, había en las Entretiens… un diálogo que Connolly convirtió en tranquilizadora fórmula.

    Eso es lo mismo que sucede con «Gobierno revolucionario». Exactamente lo mismo. Y también es cuestión de tiempo. Eso de lo que a la historia le sobra.

     

    Alien (The Director’s Cut) y Memorias del subdesarrollo. Las veo en una misma sesión de domingo. Dos películas que no veía hace tiempo, aunque aprendidas ambas, como se aprende uno versos malos. «Si deshecha en menudos pedazos, etc.», por ejemplo.

    No las había visto «juntas» antes. Sin embargo, deberían editarlas en pack que las reúna. Tienen más cosas en común que el «Gobierno revolucionario» de ayer domingo y el «Gobierno revolucionario» de siempre.

    No obstante, hay pequeñas diferencias. En la primera, hay robot que sigue un plan. En la segunda, hay un plan que busca su robot. Ridley Scott maneja la culpa con más cintura que Gutiérrez Alea. Probablemente porque sabe que no es culpable de nada. Y los directores del ICAIC siempre eran culpables en potencia. (Esta es, por cierto, la única película en medio siglo de cinematografía cubana -¡en todo el tiempo de cinematografía cubana!- que uno puede ver más de dos veces por gusto, aunque sea por gusto.)

    En Memorias… hay varios monstruos: el «Gobierno revolucionario», el Imperio norteamericano, los «gusanos», el Ancien Régime, el propio Sergio (Corrieri) Carmona. Más Elena y su familia, claro. Hay un montón de aliens para tan poca nave.

    En Alien también los monstruos son varios. Las reivindicaciones «sindicales», el mencionado robot, la cadena de mando. Pero el de los dientes afilados y cuerpo de hierro es tan malo remalo que el espectador sabe siempre a qué atenerse. ¡Nadie quiere que ese bicho llegue al planeta Tierra!

    El «Gobierno revolucionario» supo esconder mejor sus dientes.

    Vistas las diferencias, más es lo que las reúne: la certeza de que un mundo nuevo amenaza con devorar una realidad basta, pero soportable.

    Y hasta el imaginado bautizo de Eslinda Núñez encuentra su paralelo en la Sigourney Weaver que se desviste cuando cree que ha dejado atrás a la bestia.

     

    Por último, ese paralelo magnífico: los frijoles negros que bailan en la barriga de una mujerona en Memorias… son tan amenazadores para la paz y la belleza como el alien que brota del estómago de John Hurt.

    La certeza, tantas veces discutida por la realidad, de que la barriga es el cerebro de las víctimas.

     

    Tengo un médico. Le pido citas a su secretaria. Mi médico se preocupa por mi espalda: «¡Tiene que cuidarse esa espalda, Jorge!», repite. Manda a inquirir por las proporciones de mi sangre. Me pinchan y llenan dos ámpulas enormes. Mi médico estudia los resultados con cara de saber mucho de sangre.

    Nada habría de desasosegante en todo ello, salvo que mi médico, ese que vela por mi espalda y por mi sangre, se llama José Martí –¡José Martí!– y tiene consulta a escasos cien metros de mi casa.

    –Doctor Martí –dice siempre la secretaria al interfono–: Ya ha llegado el Sr. Ferrer.

    Y me estremezco cada vez, y me calmo, con la misma sonrisa que me arranca la expresión «Gobierno revolucionario».

     

    UPDATE:

    De la galería de Lázaro Saavedra:


    Pedro Vizcaíno, según Pau-Llosa, y más

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    UPDATE:

    Fragmento del documental La historia de Elián que será emitido esta noche a las 10:00 pm por el canal Discovery para EE.UU. (No así por ninguna de las versiones de Discovery Channel disponibles por cable en España.)

     

    Pedro Vizcaíno inaugura exposición el próximo 3 de mayo en Farside Gallery (1305 Galloway Rd., 87th Ave.), Miami.

    Bajo el rótulo Matter Attacks, la exposición ha sido curada por Ricardo Pau-Llosa.

    Por cortesía de Pau-Llosa y Vizcaíno con los lectores de El Tono de la Voz, aquí van el texto del catálogo y dos de las piezas que se expondrán.

    LA MATERIA ATACA: OBRAS NUEVAS DE PEDRO VIZCAINO

    Por Ricardo Pau-Llosa

    No es un juego este vivir, por lo que lo llenamos de juegos. Lo llenamos de estrategias cuyas victorias no significan nada, ni tampoco sus derrotas—esto es lo que hacen los juegos, anulan lo indeleble que son las causas y efectos en la vida. Somos rabiosamente libres en los juegos; en ellos podemos ser la presa o el depredador, y el chillido de uno es intercambiable con el del otro. Cuando los juegos se rebelan contra su carácter absurdo inherente y libertador, se convierten en arte. Definen el arte. El arte es el juego en rebelión, cazando significación, asaltando la relevancia más allá del resultado del juego. El arte de Pedro Vizcaino incorpora estos conceptos, los articula, y —como podríamos esperar de un juego en rebelión— los subvierte también.

    Las imágenes de Vizcaino están en constante movimiento en la mente. Es un movimiento que está secretamente arraigado en una subversión de los fundamentos del lenguaje. Esto constituye una sorpresa reveladora, pues es difícil imaginarse un arte con más radiactividad visual que el de Vizcaino. La interacción de sus referentes es difícil de definir. Verbos como intersectar y transformar no captan la manera en que diversos objetos se unen, se disipan, y estallan dentro de otros objetos. Es más, su arte pudiera abordarse como una búsqueda irreprimible de un nuevo verbo. La ambigüedad del título en inglés—“Matter Attacks”—es iluminadora: la materia puede ser la que ataca o, como en el caso de ataque al corazón, el título puede referirse a un colapso del mundo físico. Vizcaino también puede estar buscando un nuevo tipo de preposición, que las una todas a la vez. Sus taxis nos llevan hacia (a través de, desde, a lo largo de. . .) tanques, locomotoras, y armas de los que nacen zapatos y teléfonos celulares. Somos pasajeros atrapados por nuestros estados de ánimo anhelando ser simples rehenes. Las formas y texturas de este viaje se anotan aprisa con una ira que nace de la inocencia. En el arte de Vizcaino, el color es fuego porque no puede ser sangre.

    Hasta los viejos y fieles substantivos se han unido al derrocamiento de los verbos y las preposiciones. Todo objeto lleva a flor de piel las marcas de la conspiración nominativa. Los medios por los cuales nos transportamos por el mundo que hemos creado—aviones, trenes, carros—han compartido imagen e intención con los medios por los cuales destruimos este mismo mundo—tanques, bombarderos, rifles. Porque viramos los ojos para no ver la traición, la pintura tiene que gritar, para acusar sino para prevenir. Contemplemos el juguete; es lo que el dios furioso de los relojes nos ha lanzado con un reto: jueguen, fascínense, piérdanse en sí mismos. Habrá infiernos que pintar.

    Incrustar y cubrir las superficies de cajas de embalaje de cartón corrugado —protectores que, habiendo salido sus productos de sus cascarones, hace tiempo fueron desechados—extiende la conspiración nominativa para abarcar conceptos de espacio y forma. La rebelión cunde, los partisanos se multiplican. La silueta traiciona el huésped desaparecido, pero sus ironías resplandecen. La forma de la botella en el paquete es la botella de la botella—la forma que encubrió la forma. El eco hecho basura consigue la eternidad, pues el material de embalaje no es biodegradable, y la botella tiempo atrás se vertió y quebró en astillas destellantes abandonadas. La ironía nos devuelve a contemplar cómo percibimos el material de apoyo, el cartón, a su vez una cascarón que al no morir con el amanecer de su inutilidad, impone en nuestra atención sus airosas cámaras y doble piel de bronce. El cartón irrumpe en la pintura para revelar, no su fuerza, sino sus fracturas. El tanque cubierto en envases vacíos es el cascarón que destruye albergues, y alberga al destructor, como lo hace el arte, aun el arte hecho con cartón y grito. Y la risa, pues el niño anda suelto por un mundo que llama a las imágenes.

    La materia ataca porque es abandonada, y está condenada a recomponerse luego que su espíritu se marcha. La materia está forzada a vivir en innumerables formas, y es el reloj que el tiempo no puede matar. La materia nos engañó—no es la madre de nadie. La materia es el niño irritante tirado en el centro comercial, chupándose el dedo, no atreviéndose a pestañar para no perder de vista a los padres haciendo muecas y escurriéndose hacia la salida. La materia es la huérfana que odia al espíritu. Cada una es el lenguaje del deseo de la otra—para continuar en el ser, suspira el alma; para culminar y escapar, llora el cuerpo. La materia no se rinde sin luchar. Compadécete del rebelde, quien no acepta ni tolera ningún consuelo.

    Ilustraciones: Dos piezas de Pedro Vizcaíno: Airplane, Acrylic on paper, 41x25, 2004; Ganguero, Oil on linen, 71x50, 2008.

     

    Lectura dominical:

    Celestino antes del alba (fragmento)

    Por Reinaldo Arenas

    Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo.

    Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas.

    Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.

    Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos. Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra.

    La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian. Yo sé que me odian, y que esperan el día... «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí.

    Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos. Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil.

    «¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando. Bailando. Bailando.

    Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa. ¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto. Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca.

    Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.

    «Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos.

    «Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana. Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes.

    «Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama. «Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela.

    «¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba. Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva. «Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto.

    Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo! Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora.

    Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos.

    ¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas.

    Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas.

    «Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo.

    «Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel.

    ¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros. ¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico... ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?... Yo no sé ni qué decir. Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso. Pienso. Pienso... Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago.

    -¡Celestino! ¡Celestino!

    -¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco!

    -¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco!

    -Está haciendo garabatos en los troncos de las matas.

    -¡Está loco de remate!

    -¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas!

    -¡Qué vergüenza!

    Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí.

    Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va. Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De...

    «Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo... Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas.

    -Se me ha perdido la gallina, abuela.

    -¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras!

    Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza. Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería..., debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y los dos salimos al patio. Todavía era de día.

    Todavía era de día.

    Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero... Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes. Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.

    ¡Celestino! ¡Celestino!...

    De nuevo volvieron los relámpagos. Mi madre cruzó corriendo la nieve y me abrazó muy fuerte. Y me dijo «hijo». Y me dijo «hijo». Yo le sonreí a mi madre, y luego, de un salto, le abracé el cuello. Y los dos comenzamos a bailar sobre la tierra vestida toda de blanco. En eso los ruidos de las gentes que cantaban y alborotaban en la casa se nos fueron haciendo más cercanos: venían hasta nosotros con un lechón asado en púa y sin dejar de cantar. Todos los primos nos hicieron un coro y comenzaron a darnos vueltas. Mamá me levantó muy alto. Lo más alto que pudieron sus brazos. Y yo vi desde arriba cómo el cielo se iba poniendo más morado, y un aguacero más grande y más blanco que el que había caído comenzaba a zafarse de las nubes. Entonces yo me solté de los brazos de mi madre y corrí hacia donde estaban mis primos, y allí, todos comenzaron a dar unos saltos altísimos sobre la nieve y a cantar y a cantar y a cantar, mientras nos íbamos poniendo transparentes, tan transparentes como el suelo donde no quedaban garabateados nuestros brincos. Por un momento se escuchó un relampaguear muy fuerte. Vi al rayo derritiendo toda la nieve en menos de un segundo. Y antes de dar un grito y cerrar los ojos me vi a mí: caminando por sobre un fanguero y vi a Celestino escribiendo poesías sobre las durísimas cáscaras de los troncos de anones. Mi abuelo salió, con un hacha, de la cocina y empezó a tumbar todos los árboles donde Celestino había escrito aunque fuera solamente una palabra.

    Tomado de Reinaldo Arenas, Celestino antes del alba, Barcelona: Tusquets, 2000.


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    Mixed feelings - professional admiration with national concern - are characteristic of espionage stories. Con un estilo "entre el llanto y la risa"… la película presenta al futuro dictador sin dinero. Tiene un gran futuro por delante. En nuestro propio país —no vacilo en afirmarlo— hay personas insensibles, de escasos conocimientos sobre realidades… Su padre "se llevó alguna rabieta cuando salía elegido alguien que no tenía méritos suficientes".

    Mais ce bouleversement du paysage n'y changera rien. ¿Se puede ser revolucionario creyendo que la gente no merece respeto? Pero tengo que hacer esto para nuestro futuro, y será lo mejor, ojalá, a largo plazo. Es lo más importante. No quiero dar tres cuartos al pregonero.

    Su incapacidad para personalizarlo fue achacada a unas pretensiones de dulcificación. Pudimos haber dado un gran salto, y no lo dimos (…) Yo no sé si lo lamentaré toda mi vida, ojalá que no". I think we are in a very good position to build our capability and even leap up to a better position. Su estómago lleno de esponja igual que su cerebro.

     

    A un Jim Killeen se le ocurrió googlear su nombre, encontró a otros Jim Killeen codificados en la web. Y se dio a la tarea de encontrarlos, entrevistarlos. Ponerle rostros a esos otros «Jim Killeen», que son para los Search Engines, se dice en la película que rodó a partir de esa curiosidad, un concepto, como un sustantivo cualquiera.

    Un gesto no exento de inocencia que revela la distorsión reticular que impone el acceso inmediato a la multiplicación de nombres y palabras en el texto total que leemos sobre las pantallas. Tal vez sea aconsejable que se guarden esta Google Me para ver mañana sábado. Seguramente lo harán si dejan correr los primeros minutos.

     

    UPDATE:

    Dos de la Galería I-Meil de Lázaro Saavedra.

    El destituido ministro, de Janler. Y el mono que ve agitarse la cadena, de Saavedra.