• Registrarse
  • Iniciar sesión
  • > El Tono de la Voz

"Marquitos" y la historia de la revolución: un asunto sensible

13 Comentarios Icono de del.icio.us Icono de Digg Icono de Technorati Yahoo Icono de Meneame Icono de Wikio Icono de FaceBook Enviar Imprimir

La sensibilidad de algunos asuntos

By JORGE FERRER

Hace unos días la primera plana del New York Post traía una declaración de cierto Stalin Felipe, un joven falsamente acusado de la violación de una muchacha en una universidad norteamericana: ``Mi nombre ha sido manchado para siempre'', se quejaba el bisoño Stalin. Más allá de lo dramático del caso, es difícil resistirse a la sonrisa que despierta ese joven del siglo XXI que se lamenta de la mancha recaída sobre el nombre de uno de los hombres más execrables de la pasada centuria, una lamentación que pone en evidencia el desconocimiento de muchos horrores. Luego, los trivializa.

También la historia de la revolución cubana conoce clamorosos olvidos. No todos son hijos de la indiferencia o la desidia, sino fruto de una calculada estrategia de la elite que se hizo con el poder en Cuba durante los últimos cincuenta años. Un discurso que quiso que la revolución comenzara el 10 de octubre de 1868 y culminara el 1 de enero de 1959 y así lo impuso con la fuerza del dibujante que es dueño del único tiralíneas. Un discurso que ha establecido que a partir de esa fecha el poder triunfante se enfrentara a los ``imperialistas'' y sus ``mercenarios'' en Cuba, mientras se forjaba una férrea unidad en torno al Partido Comunista de Cuba y su líder, Fidel Castro Ruz. Casi todo el resto, la urdimbre tejida por los pequeños detalles, fue empujado por el molino teleológico hacia las aguas del Lete.

Estos días llega a las librerías un libro que repasa algunos de esos eventos sepultados. Se trata de Un asunto sensible. Tres historias cubanas de crimen y traición (Mondadori, Barcelona). Su autor, el español Miguel Barroso, ha convertido en trepidante relato la investigación acerca del asesinato de cuatro jóvenes del Directorio Revolucionario en un apartamento del número 7 de la calle Humboldt, en La Habana, el 20 de abril de 1957, las peripecias del juicio seguido a partir del 14 de marzo de 1964 a Marcos Armando Rodríguez, Marquitos, fusilado poco después tras reconocerse como el soplón que reveló a Esteban Ventura Novo el paradero de los jóvenes masacrados y, por último, el ostracismo padecido por el viejo comunista Joaquín Ordoqui, quien sufrió prisión domiciliaria sin sanción judicial alguna desde el final del juicio a Marquitos y hasta su muerte en 1973.

Se podrá discutir la trama que urde Barroso con esas tres historias o discrepar de la concatenación que vislumbra y sostiene; se podrá también poner en cuestión el peso del hallazgo que le sirve para redondear una investigación que tiene tanto de histórica como de detectivesca o el balance entre los muchos testimonios que recogió en sus entrevistas con los actores involucrados en aquellos hechos, tanto afines al Directorio como al Partido Socialista Popular. Pero difícilmente se encontrará lector capaz de sustraerse a la mezcla de estupor e iluminación que produce ese recuento de traiciones, venganzas, sospechas, acusaciones fabricadas y rencores que apenas se atreven a asomar, todos dibujados sobre el azaroso paisaje de la guerra fría.

Un asunto sensible es, sobre todo, la historia de algunos episodios cruciales que atentaron contra la perpetuación de la pluralidad ideológica y social de la oposición a Fulgencio Batista. Un atentado que se hizo no o no tanto a favor de alguna de esas fuerzas opositoras --el Movimiento 26 de Julio--, sino de un Fidel Castro que redujo los distintos afanes prodemocráticos de la sierra y el llano a doctrina personal y adhocista, el castrismo. Aquel Saturno que se comía a sus propios hijos para atender al pacto hecho previamente con su hermano y al que Castro se refirió con histriónico gesto en su alegato ante el tribunal que juzgó a Marcos Rodríguez, fue en la Cuba revolucionaria un monstruo que no se contentó con devorar a sus hijos: antes devoró también a los ``hermanos'' con quienes había pactado alcanzar el trono.

La revolución de 1959 y el dominio que sobre su curso ejercieron, y ejercen, los hermanos Castro es un demoledor fait accompli para millones de cubanos que no conocieron cómo se llegó a la penumbra ideológica, porque despertaron cuando ya anochecía y las últimas luciérnagas pululaban por las cárceles, los rincones del miedo o el exilio. Exponer la evidencia de que ese pasado mudo late aún en la memoria de los sobrevivientes no es el menor favor que nos hace el libro de Miguel Barroso, que se leerá con interés y provecho en un país y un exilio que tendrán por fuerza que desmenuzar su pasado para reinventarse un futuro, aun cuando ello les requiera volver una y otra vez a los ``asuntos sensibles''.

El artículo «La sensibilidad de algunos asuntos» apareció publicado en la edición del lunes 26 de octubre de 2009 del diario El Nuevo Herald.

 

De contra:

En el site que Random House Mondadori dedica al libro se puede encontrar información adicional que incluye documentos y una apreciable galería fotográfica.

Las primeras páginas de Un asunto sensible. Tres historias cubanas de crimen y traición pueden leerse pulsando sobre la imagen siguiente:


leer en el libro



Browse in this book

Un asunto sensible. Tres historias cubanas de crimen y traición, de Miguel Barroso, está disponible en FNAC, Casa del Libro y otras librerías online basadas en España, aunque sirven al mundo entero.

Para Estados Unidos Borders y Amazon ofrecen situar una preorder que satisfarán dentro de unos meses.



Del embargo considerado como una de las bellas artes

36 Comentarios Icono de del.icio.us Icono de Digg Icono de Technorati Yahoo Icono de Meneame Icono de Wikio Icono de FaceBook Enviar Imprimir

Del embargo considerado como una de las bellas artes

By JORGE FERRER

Pareciera que del embargo de los Estados Unidos a Cuba, añoso ya, se ha dicho todo lo que se puede decir y más. Pocos temas hay más sobados por unos, otros y nosotros en un inagotable torrente verbal que tiene sus etapas anuales en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde se vota una y otra vez por su derogación con desequilibrio hilarante.

Pero del embargo, como del Código de Hammurabi, se hablará algún día en pasado. Y a medida que ese día parece acercarse, iniciativa tras iniciativa, petición tras petición, farsa tras farsa, el viejo instrumento legal puesto en vigor por los Estados Unidos en 1961 se ha convertido en una pieza a batir por todos. Por casi todos.

La reciente pifia que un despacho de la Agencia EFE provocó en la prensa española que se inventó la derogación por Barack Obama de la Ley Helms-Burton y la elevó a titulares no fue sino un episodio más de la confusión que el embargo genera en propios y ajenos. Nadie sabe qué hacer con él, convertido ya en una suerte de incómodo pariente de provincias.

Como en tantas discusiones que conciernen a Cuba, cuando se trata del embargo propuestas y debates tropiezan con el encono acumulado por medio siglo de castrismo y de política norteamericana hacia la isla. También, y por lo mismo, con la incapacidad de adivinarle un porvenir a Cuba que escape de un esquema básico, por dual: la Cuba democrática que reclaman la oposición y el exilio o la Cuba del socialismo inamovible que proclaman en La Habana. Pero esa isla que hasta hace poco parecía no tener más futuros que dos ha visto parir a Catana, madre ahora de múltiples porvenires.

A punto de cumplirse tres años desde que Fidel Castro pasara a obligado retiro y se verificara la sucesión dinástica que encumbró a su hermano Raúl, Cuba es un país aún más pobre, aún más represivo, aún más desesperado. Pero no es, por cierto, un país más aislado, como sucede con Corea del Norte, la otra reliquia de la Guerra Fría.

Raúl Castro generó expectativas que ha barrido después. La escoba punitiva se ha anotado hasta una purga en la cúpula del régimen de proporciones que el país no había conocido en décadas. El pragmatismo que se le ensalzó al heredero se ha traducido en una patrimonialización que beneficia exclusivamente a la cúpula militar. Al miedo a la represión del que tanto saben los opositores se ha sumado el terror que cunde entre la nomenclatura, atentos todos los altos funcionarios a los rincones desde donde los micrófonos de Raúl son atentos oídos, los mismos que recogían las palabras de los últimos defenestrados, aprendices de paleontólogos en un gobierno de ``fósiles''.

En un paisaje donde la apertura se ha revelado entelequia y la supervivencia del régimen cubano una realidad siempre en vilo, pero siempre perdurable, muchos miran la derogación del embargo como el gesto definitivo de la administración Obama hacia La Habana. Asumen que al romper de golpe y por fin con lo que ya no es herramienta sino mero símbolo, se quebrarían también las reticencias de La Habana a implicarse en un diálogo con los Estados Unidos que rebase los temas ya discutidos en la reciente reunión en Nueva York. Se equivocan. Y Raúl Castro ya ha dejado clara su idea ventajista del quid pro quo, cuando proponía recibir a los cinco espías de la Red Avispa y desterrar, a cambio, a los disidentes cubanos y sus familias.

A estas alturas, de lo que se trata es de deshacer la engañifa que une embargo y revolución como variables de una ecuación con resultado contable, tangible. Ni el embargo acabará con la revolución, ni la revolución se perpetuará porque se levante el embargo. El régimen cubano ha demostrado que puede apoyarse en las apuestas políticas más disímiles --el populismo vociferante de Chávez o la socialdemocracia eficaz de Chile o Brasil, la autarquía china, la subdemocracia de Medvédev y Putin o el solícito ``acompañamiento'' de Madrid-- como aquellas figuras flácidas que Salvador Dalí apoyó en improvisadas muletas de madera. La política norteamericana ha demostrado, entretanto, que aun con el embargo en vigor, el sistema puede imponer excepciones que permitan significativas exportaciones de alimentos, el envío de remesas y una mayor flexibilización de los viajes de la comunidad cubanoamericana.

El embargo, como los juguetes viejos, puede ser echado a la basura. No serán muchos quienes lo lamenten, por cierto. También --lo que es mucho más razonable-- puede esperar a servir de token en las negociaciones que algún día sostendrán autoridades de La Habana y Washington motivadas por un deseo genuino de recuperar la normalidad secuestrada durante medio siglo. Tal vez entonces, cruzando entre manos que no sean las de los monederos falsos de hoy, el token cotice, cobre y pague.

El artículo Del embargo como una de las bellas artes aparece publicado en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.



Sobre el saldo electoral

3 Comentarios Icono de del.icio.us Icono de Digg Icono de Technorati Yahoo Icono de Meneame Icono de Wikio Icono de FaceBook Enviar Imprimir

Elecciones europeas: tiempo al tiempo

By JORGE FERRER

Las recientes elecciones al Parlamento europeo fueron una fiesta en toda regla para el centroderecha. Europa se tiñó de azul con la crisis económica en su apogeo. Nicolas Sarkozy, Angela Merkel o Silvio Berlusconi vieron revalidadas sus apuestas políticas. Los socialistas franceses y, en España, el hasta ahora ''invencible'' José Luis Rodríguez Zapatero recibieron varapalos de distinta magnitud, pero ambos significativos. El partido de Gordon Brown, como se esperaba, se hundió irremisiblemente protagonizando una derrota del laborismo como no se veía en Gran Bretaña desde hace décadas.

Apenas unos días antes de la cita con las urnas, Leire Pajín, secretaria de organización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había lanzado un vaticinio que la convirtió en el hazmerreír de media España --o de un poco más, a juzgar por el resultado electoral. La joven socialista llamaba a atender lo que llamó un venidero acontecimiento ''planetario'': la concurrencia de Barack Obama en la presidencia de EEUU y la de Rodríguez Zapatero en la Unión Europea, pues a España corresponde la presidencia rotatoria de la Unión durante el primer semestre de 2010.

Oronda e inmune al ridículo, la joven socialista nos anunciaba una rutilante fiesta del ''progreso'', esa noción que la izquierda toma por una palabra maná en el sentido que Roland Barthes daba a aquellas palabras ``cuya significación ardiente, multiforme, inasible y como sagrada dé la ilusión de que por ella puede responderse a todo''.

Pero la fiesta que seguirá a la peste, por lo que parece, está en otra parte. Y será tan ajena a los discursos plagados de ideologemas --el ''progresismo'', por ejemplo--, como a la fe ciega en la capacidad autocorrectora del capital y los mercados. Por lo pronto, en Europa, los ciudadanos demostraron estar hartos de una socialdemocracia estatista incapaz de dibujar un futuro para las galaxias situadas más allá del Orión del desempleo y la deflación. Un Orión que no es estrella, sino el agujero negro de una sociedad del bienestar que se hunde, que pocos se creen, que no se aguanta.

Nadie esté seguro de que se trata de una buena noticia, sin embargo. Nada es una buena noticia en medio de una crisis de la economía que es también una crisis de la política y de la idea que los ciudadanos se hacen de ambas. Con suerte, se trata de buenos augurios.

Pero si bien el apoyo obtenido por Nicolas Sarkozy o Angela Merkel señala una apuesta de los votantes por políticas imaginativas y adhocistas, también es menester preguntarse por el encanallamiento de la política que se pone de manifiesto en el apoyo de los votantes italianos a Silvio Berlusconi, luego, a la patrimonialización del estado y a las políticas xenófobas. O, aquí en España, el apoyo masivo y acrítico a políticos sospechosos de corrupción y pendientes de que se investigue y dicte sentencia en los casos que los implican, como sucedió con los votantes de la Comunidad valenciana.

Paralelamente, el ascenso del voto de extrema derecha en un continente que ya es un espacio social y económico multicultural muestra que el nacionalismo y su pulsión xenófoba amenazan con incrementar la conflictividad social y potenciar el divorcio de las comunidades autóctonas e inmigrantes.

Que las formaciones de extrema derecha hayan pasado de tener 25 diputados en el Parlamento europeo a contar con 35 --con especial incremento entre los votantes de Holanda, Finlandia y Hungría--, es un índice del reto planteado tanto por las reticencias a la integración que caracterizan a algunas comunidades --notablemente a la islámica-- como por la ineptitud de las políticas sociales que han de servir de acicate y aceite a la integración. El notable incremento que han experimentado fuerzas políticas atentas a las políticas ecológicas o a ambiciones sectoriales --el libre uso de las descargas de archivos en internet, por ejemplo-- es síntoma adicional de la necesidad de replantearse los discursos políticos tradicionales en favor de discursos más amigos de la transversalidad y la micropolítica.

Sea cual sea el curso de la política europea en los próximos años, no cabe esperar que el ''progresista'' sueño planetario de Leire Pajín, la socialista española, se viva más allá de los despachos de una izquierda en franco retroceso y obligada a replantearse su visión de la economía y el modelo social. Los votantes han dicho basta y echado a andar --parodiando la máxima guevarista. Y su escora hacia el centroderecha y los nuevos discursos pone en evidencia que la crisis es también la de todo el modelo. Todavía es pronto, eso sí, para saber si hemos de anotar ese impulso en la columna del ''haber'' o en la del ``deber''.

El artículo Elecciones europeas: tiempo al tiempo aparece en la edición de hoy domingo de El Nuevo Herald.



El color de la memoria

5 Comentarios Icono de del.icio.us Icono de Digg Icono de Technorati Yahoo Icono de Meneame Icono de Wikio Icono de FaceBook Enviar Imprimir

El color de la memoria

By JORGE FERRER

Durante los últimos días en Rusia se ha debatido acerca del color del pasado. Del pasado soviético. Pareciera que discusión bizantina, pero ha llegado a los tribunales donde hay interpuesta una demanda de mil millones de rublos por tal disputa cromática. La manzana de la discordia son todos los colores. Y el origen de la pugna, cómo no, va teñido de rojo.

El debate, por marginal y hasta risible que acabe siendo, nos recuerda la fragilidad de la memoria histórica y nos asoma a las disputas en torno al pasado y a la imagen que de él tienen los herederos de los regímenes totalitarios. También sirve de recordatorio de que la memoria es materia dúctil y de acicate para administrarla con eficacia y rigor histórico.

El motivo de la disputa puede parecer pueril. Nada lo es, sin embargo, cuando se trata de trasegar con agravios relacionados con la percepción que se tiene del pasado totalitario, aun cuando se trafique con su dimensión heroica. En ocasión del aniversario del término de la Segunda Guerra Mundial un canal de televisión decidió reponer una serie que constituye todo un icono de la memoria de los rusos sobre la resistencia al nazismo, Diecisiete instantes de una primavera. El hecho no habría llamado la atención de nadie: en Rusia, como en cualquier otro lugar de este mundo, los aniversarios se prestan para estas reposiciones que avivan la memoria y promueven por igual lágrimas y orgullo patrio.

Pero en esta ocasión el regalo venía con ropa distinta. Tras años de trabajo sobre la ajada copia original, la serie que se pudo ver vino puesta al día con mañas de camaleón. Ahora la serie que dirigió Tatiana Lioznova en 1972 a partir de la novela de Iulián Semionov sobre un espía de Moscú infiltrado en la cúpula nazi, y que se filmó en blanco y negro, se vio en colores, tras un proceso de digitalización que costó largos millones de rublos.

Y el aggiornamento no gustó a todos. A la sección del partido comunista de San Petersburgo, por ejemplo, cuyos directivos consideran que colorear la memoria equivale a falsearla. Y que el espía Stirlitz, protagonista de la serie, debe permanecer en blanco, negro y grises para conservar su soviética pureza. ''¡No nos cambiarán de color a todos!'' fue el slogan de su vitriólica campaña a favor del original.

Han transcurrido algo más de tres lustros desde el desmontaje de la Unión Soviética. Un país y un sistema político cuyo color dominante fue el gris, el color de la burocracia, la miseria compartida, las mentes cautivas de la ideología, el arte sometido al corsé de la censura. Precisamente uno de los anhelos que compartían tantos demócratas y la generación que desmontó el comunismo fue escapar de la grisura del régimen anterior --aquel país en blanco y negro-- para acceder a la pluralidad de colores propia del mundo libre. Parece, pues, una ironía que hoy asistamos a una campaña a favor del gris de antaño, un reclamo basado en la nostalgia del régimen anterior.

Por sorprendente que pueda parecer a algunos, también la Cuba futura padecerá esos afanes nostálgicos y restauracionistas. Segmentos de la izquierda de la Cuba democrática por venir evocarán el blanco y negro de hoy para echarnos en cara el alarde cromático del mañana: las páginas color salmón de la prensa económica con sus cifras de desempleados, los suplementos color rosa de la crónica de amoríos de estrellas y celebrities, el amarillismo de una prensa que hoy sólo conoce la oscuridad del periodismo cautivo. Todo el color del mañana, la abundante paleta que es consustancial a las sociedades vivas y abiertas, se nos echará en cara reclamando la grisura de hoy, paseando la añoranza por la muelle sensación de vivir en un país donde no sucede nada, donde el ayer, el hoy y el mañana se parecen como gotas de agua.

A algunos podrán irritar los brotes de nostalgia en la Cuba del mañana. Será una mala señal de nuestra vocación democrática, por comprensible que resulte esa irritación. A mí, en cambio, me gustará felicitarme de que también el rojo forme parte del paisaje plural de la isla y de que payasadas como la del partido comunista de San Petersburgo acusando de falsear el pasado a una cinta coloreada sean meras anécdotas que se diriman en tribunales independientes. A fin de cuentas, si a alguien se le ocurriera colorear Memorias del subdesarrollo, la película de Tomás Gutiérrez Alea, no tendremos que discutir acerca del color de los frijoles que bailan dentro de la barriga de las hermosas mujeres que ve pasar el protagonista y cuya evocación le ayuda a minimizar sus angustias. No importará si son colorados o negros por razón tan sencilla como que no se ven.

El artículo El color de la memoria apareció publicado en la edición de ayer de El Nuevo Herald.



Reír en Cuba: humor y choteo

30 Comentarios Icono de del.icio.us Icono de Digg Icono de Technorati Yahoo Icono de Meneame Icono de Wikio Icono de FaceBook Enviar Imprimir

Con motivo de la próxima celebración del 20 de mayo, 107º Aniversario de la República, El Nuevo Herald publica hoy el suplemento especial Reír en cubano con artículos de Arturo Arias-Polo, Enrique del Risco, Ramón Fernández Larrea, Jorge Ferrer, Pedro García-Albela, Emilio García Montiel y Emilio Ichikawa. Las ilustraciones son de Omar Santana.

Consúltese aquí.

Un pueblo que sabe reírse de sí mismo

Por JORGE FERRER

Especial para El Nuevo Herald

Pocos tópicos sobre los cubanos se han demostrado más perdurables y arraigados que el que nos ve como a un pueblo que ríe. Que ha reído siempre. Que ríe demasiado. Que --saludable virtud-- sabe reírse de sí mismo.

Muy raras veces se libran las crónicas que hacen los extranjeros que han visitado Cuba del pasmo ante esa aptitud de sus habitantes para la jovialidad entre la pobreza, para intercalar carcajadas en el relato de sus miserias, para burlarse del gobierno y de su indefensión ante el poder omnímodo que soportan.

Para mofarse, en definitiva, de la propia circunstancia en que los coloca el sistema político vigente en la isla.

No se trata, ni mucho menos, de un rasgo que los cubanos ostentemos en exclusiva. Se ríe siempre, aunque muchas veces se ría para no llorar, que dicen quienes lo hacen desde la desesperación. Si en las sociedades libres el humor y la capacidad que tienen los ciudadanos para mofarse del poder y los poderosos sirve de aceite que optimiza el funcionamiento de los mecanismos que sustentan el orden democrático, también bajo los regímenes totalitarios el humor ha asomado siempre y ha funcionado en una doble dimensión: ha sido fármaco y ha significado un permanente reto al poder.

Ya Henri Bergson constataba a finales del siglo XIX la función social de la risa, una de ellas la de colocar a las instituciones y poderes públicos ante el insoportable desenfado de su capacidad desmitificadora. "La risa, algo humillante siempre para quien la motiva, es verdaderamente una especie de broma social pesada'', escribió Bergson, quien vindicaba la aptitud de la risa para servir de corrector de los desmanes del poder. El optimismo bergsoniano veía a la burla como una herramienta que evitaría que los gobernantes persistieran en sus errores.

En tanto fármaco --a veces anestésico--, hay testimonios sobrados de cómo el humor ha sabido colarse en sitios tan rabiosamente hostiles a la risa como los campos de concentración. La literatura ha sabido dar cuenta de esa insólita capacidad humana para la risa. Cuando Vasili Grossman narra en la monumental Vida y destino el instante en que un grupo de judíos ingresa a la cámara de gas, son separados por sexos y se escucha a un hombre gritarle a su mujer que no se olvide de ponerse el traje de baño, el lector asiste a la apoteosis del choteo, como los personajes asisten a la apoteosis de la crueldad. En tono mucho más modesto, en la Cuba republicana Miguel de Marcos convirtió en sátira a ratos hilarante la ola de suicidios que conoció el país que dejó de bailar la Danza de los Millones para danzar con la bancarrota y la miseria.

Aun sin llegar a esos extremos macabros, la historia de las dictaduras o las debacles nacionales es también la del humor que se les ha opuesto, ridiculizando al dictador y sus valedores, comparando --cuando tienen vedado hacerlo los discursos políticos o sociológicos-- la sinrazón del poder dictatorial con la dolce vita democrática.

El tópico de la ligereza de los cubanos, como discurso estructurado y científico, es tan viejo como la fundación de la República. Entonces apareció asociado a las dudas de los cubanos acerca de su madurez como pueblo capaz de construir una república independiente y próspera. De la "indolencia tropical'' que denunciaba Francisco Figueras en Cuba y su evolución colonial (1908) al "choteo'' que mereció la indagación de Jorge Mañach en su célebre conferencia leída en 1928 se hilvanó el discurso acerca de nuestra proclividad a la risa y la burla, nuestra resistencia a tomarnos en serio todo lo que participe de la gravedad de la política. También los elogios o vituperios al ejercicio de la trompetilla, que fuera arma nacional contra la impostura, la falsa gravedad y el teque.

La Indagación del choteo de Jorge Mañach, sin embargo, se suele leer apenas como un cáustico repaso de una presunta lacra de la psicología nacional --una buena excepción es la lectura propuesta por Duanel Díaz en Mañach o la República (2003)--, minusvalorando así el potencial didáctico y democratizante de la risa que Mañach defiende en la estela de Bergson.

Pero si el humor sirve para corregir los excesos del poder en los regímenes democráticos, ¿lo hace también bajo los totalitarismos? La conferencia de Mañach no ofrece respuestas a esa pregunta, porque fue escrita antes de que Cuba se iniciara en su ciclo dictatorial, pero conviene reparar en que tiene una reedición en 1955, bajo el segundo gobierno de Fulgencio Batista. Años, por cierto, en los que la censura no impedía que aparecieran publicaciones satíricas como Zig-Zag, a cuyos redactores enviaron sendas notas de agradecimiento los hermanos Castro y Ernesto Guevara fechadas tan pronto como en los días 2 y 4 de enero de 1959. Una premura de veras elocuente.

La historia del humor cubano durante el último medio siglo está por escribir, como por escribir está la historia de la contestación al gobierno. Repasará esa historia futura la manera en que el poder revolucionario se apropió del humor para desacreditar el régimen democrático anterior --así en programas tan exitosos como San Nicolás del Peladero, humor puesto al servicio de la reescritura de la historia-- y lo dirigió contra los enemigos, reales o ilusorios, del nuevo régimen, a la vez que proscribía celosamente chotear al nuevo caudillo o al gobierno revolucionario.

Recogerá también la risa continua entre la isla y el exilio, ejemplificada en la maestría ejemplar de Guillermo Alvarez Guedes, rey absoluto de las grabaciones que rodaron por toda Cuba durante décadas, o en cada arriesgada apuesta de los humoristas que trabajan en Cuba, siempre recibidas con júbilo en el exilio.

Incluirá el perpetuo estado de negociación a que se vieron, se ven, sometidos todos aquellos humoristas cubanos que se han atrevido con la crítica social, siquiera epidérmica: la crítica a la escasez, la carestía, la burocracia. A algún colaborador de esa historia escrita desde el futuro le tocará dirimir si de veras el choteo cubano fue un valladar contra la sovietización definitiva del país en los años de acercamiento al Kremlin. A alguno le tocará rastrear el reciente y asiduo tránsito de los humoristas cubanos hacia el exilio, donde encuentran rápido acomodo en los espacios radiales y televisivos.

Por fin, esa historia tendrá que establecer si, como sospecho, el cubano que ríe hoy ante el forastero que viaja a Cuba como quien lo hace al último reducto del totalitarismo en el hemisferio, se ríe menos de sí mismo que de la ingenuidad del visitante que busca encontrar allá la permanencia de un tópico en el trópico. A fin de cuentas, la risa no va a ser una excepción en la isla donde nada es lo que parece. Ni siquiera el choteo.

El artículo Un pueblo que sabe reírse de sí mismo aparece en el Suplemento especial de El Nuevo Herald publicado el 17 de mayo de 2009.



Buscar en este blog

Sobre este blog

Política, literatura, medios

Sindicación

Agregador para sindicación en XML

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

Donaciones

Enlaces Patrocinados

Advertise here / Anúnciese aquí


Archivo

Calendario

lunmarmiéjueviesábdom
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
30      

Libros

Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
Cubierta Minimal Bildung

Minimal Bildung

Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

ETDLV en Facebook