La suerte de los refugiados
Jorge Ferrer | 31/01/2008 17:07
El próximo lunes, 4 de febrero, se presentará en Barcelona L’enriquiment de la pèrdua (La riqueza de la pérdida), libro que recoge textos de nueve escritores refugiados en Cataluña: Pius Alibek (Irak), Nazanín Amirian (Irán), Jorge Barudy (Chile), Marija Djurdjevich (Yugoslavia), Jorge Ferrer (Cuba), Cristina Peri Rossi (Uruguay), Bashkim Shehu (Albania), Inongo vi-Makome (Camerún) i Monika Zgustova (Checoslovaquia).
Publicado por la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat, delegación de CEAR en Cataluña, y editado por Àgata Sol y Jorge Ferrer, L’Enriquiment de la pèrdua recoge testimonios escritos desde perspectivas diversas sobre la condición del refugio, el asilo político y el desarraigo.
La cubierta del libro está basada en la pieza Crossing, de Luis Cruz Azaceta (La Habana, 1942) que nos fue cedida generosamente por el pintor para esta edición.
La presentación tendrá lugar en el Institut Europeu de la Mediterrània (IEMed), c/ Girona, Nº 20, Barcelona, a las 19:30 horas.
Para adquirir uno o más ejemplares del libro, las bibliotecas, asociaciones, centros de estudio o particulares, pueden contactar a la CCAR en la dirección electrónica: enriquimentdelaperdua@cear.es
De L’Enriquiment de la pèrdua (Edició d'Àgata Sol i Jorge Ferrer), Barcelona: CCAR, 2007
Del rechazo y la culpa
Por Jorge Ferrer
Mi último vecino en La Habana era un mexicano nacido por no recuerdo qué azares en Barcelona y que debía su nombre de pila, Jordi, a esa circunstancia. Alguna vez bromeamos con que juntos –él, Jordi; yo, apellidado Ferrer– formaríamos un buen catalán. Nuestros apartamentos estaban al final de un largo pasillo en un edificio del barrio del Vedado y cuando me visitaban catalanes digamos auténticos de paso por La Habana, a los que algún conocido en España había pasado mis señas, yo les decía que conocía al cónsul de Cataluña en La Habana, un tal Jordi Ferrer.
No pensaba entonces que acabaría viniendo a vivir a Barcelona, ni que decenas de veces, en oficinas, consultas de médicos o restaurantes donde había reservado mesa, me iban a llamar, precisamente, «Jordi» Ferrer, como si la mera costumbre impidiera dar por válido que en Cataluña el nombre de pila de un Ferrer sea, en realidad, Jorge. (Por cierto, el listín telefónico de Barcelona recoge a un par más de tocayos míos por nombre y primer apellido.)
Más bien pensaba entonces en exiliarme en los EE.UU. o México, países más próximos por cercanía y afectos históricos hacia el exilio cubano, y hacia los que parecían conducirme la geografía y la pragmática de la supervivencia que marcan la ruta del destierro, así como las gestiones que iniciaban a mi favor amigos ya previamente exiliados en aquellos países. No obstante, han transcurrido ya trece años desde que fijé residencia en Barcelona. Un número cuya sola mención se considera de mal augurio y al que los cubanos supersticiosos –y no sólo los cubanos- rehuyen hasta el punto de ignorarlo.
Trece años, en efecto, en los que me ha tocado vivir en el destierro, reviviendo así lo tantas veces leído en los testimonios de múltiples exiliados de los más disímiles tiempos, signos y cifras, desde Chateaubriand a Joyce, Joseph Brodsky o Severo Sarduy, Canetti o Goytisolo, Blanco White o el padre Servando Teresa de Mier, en una galería que podría extenderse por decenas de páginas.
No es esta recopilación de textos, sin embargo, el lugar para hablar de mi experiencia del exilio, que apenas importa en medio de un mar de agravios y desgracias. Un mar, precisamente. Un mar que separa a quienes huyen de la muerte, la cárcel o la represión, de los islotes que les niegan sistemáticamente el asilo que necesitan y reclaman.
El mar que separa África de las Canarias o las costas de Almería y Málaga, el mar que separa a Cuba de la Florida, el mar de China, que ha visto antaño a los boat people que huían del comunismo vietnamita y, más recientemente, a los norcoreanos rechazados en China y a tantos otros menesterosos de solidaridad y respeto a sus derechos más elementales. Una dispersa y distinta geografía de agua que se confunde en una misma tragedia moral.
De las muchas tragedias del exilio que conozco, hay una en la que me gustaría detenerme aquí. El tiempo que nos separa de ella apenas ha introducido variaciones en las culpables cautelas que guían los procedimientos a que se somete a quienes huyen del terror, y si bien todo país tiene de qué avergonzarse en materia de rechazo a refugiados, prefiero, antes que acusar al vecino cercano o distante, comenzar por el mío propio, Cuba. Los vaivenes de la política y las a veces disparatadas alianzas que ésta forja, los altibajos de la economía o la forma de gobierno de las que los pueblos se dotan o le son impuestas, marcan los perfiles de una generosidad de la que después ufanarse –por mucho que rara vez se la tome por precedente que siente jurisprudencia–, o, por el contrario, dibujan la historia de la ignominia.
Es materia ésta, en la que no se trata, como algunos suelen pensar erróneamente, del signo político de quien gobierne. En estos menesteres, pasiones e intereses se mueven siguiendo brisas de dirección mudable y, a veces, inescrutables. Así, por ejemplo, la ominosa dictadura comunista de Stalin fue refugio de tantos niños expatriados de la España dividida por la Guerra Civil, de la misma manera que la filofascista España de Franco sirvió de puente de salvación hacia el continente americano de largos miles de judíos que huían del terror nazi.
La historia de ese passage tolerado por el entonces recién instaurado régimen de Franco, es también la historia de extorsiones, humillaciones y vilezas sin nombre, como tampoco estuvieron exentos los llamados “niños de la guerra” de la sujeción al despótico régimen soviético, responsable, como el régimen nazi, del exterminio de millones de personas, una doble proyección totalitaria del s. XX que tanto ha costado poner en evidencia, desde, al menos, aquel inaugural testimonio de Margarete Buber-Neumann, quien fuera sucesivamente «prisionera de Stalin y de Hitler­», y que publicara el horroroso relato de su trasiego con lo peor del siglo en el temprano 1948.
También la propia Cuba, tan próspera tantas veces, hasta que el régimen de Castro alejó esa palabra de nuestro particular diccionario nacional, carga con el estigma de haber protagonizado uno de los episodios más vergonzantes de la historia del refugio. Hace años tuve ocasión de rumiar en silencio esa vergüenza en la pequeña y como aneja sala que el The Museum of Jewish Heritage de Nueva York dedica al episodio vivido en 1939 por los pasajeros del trasatlántico St. Louis.
Se trata de la historia del cruel bojeo en torno a La Habana y Miami, intercalada entre los viajes de ida y vuelta por el Atlántico, a la que se sometió a un grupo de refugiados judíos hace ya más de medio siglo, una historia que sirve de testimonio sangrante de cómo la ceguera y la muralla de papel timbrado que separan a quien busca ayuda de quienes podrían ofrecérsela generan dramas que pueden acabar en la muerte.
El 13 de mayo de 1939, verificado ya el Anchlüss y cuando apenas el verano separaba a Europa del estallido de la contienda bélica, el trasatlántico alemán St. Louis zarpó del puerto de Hamburgo con novecientos treinta y siete refugiados judíos a bordo. Según la historiadora israelí Margalit Bejarano –en plausible extremo-, se trataba de operación urdida por el Ministerio de Propaganda dirigido por Goebbels, a quien animaba la certeza de que Cuba rechazaría a los refugiados, validando así las radicales prácticas antisemitas que se perpetraban en Alemania.
Los pasajeros del St. Louis viajaban provistos de salvoconductos que autorizaban su desembarco en Cuba. Les habían sido expedidos por el Secretario de Inmigración de Cuba, Manuel Benítez González, un funcionario corrupto cercano a Fulgencio Batista, a la sazón jefe del Ejército, más tarde, presidente legítimo de Cuba y, por último, golpista. Un funcionario éste que, según diversas fuentes, amasó una fortuna cercana al millón de dólares norteamericanos de la época gracias a la expedición de este tipo de documentos.
Apenas unos días antes de que zarpara el St. Louis, el gobierno cubano, a la sazón presidido por Federico Laredo Bru, y estimulado tanto por las denuncias de corrupción de que era objeto, como por la activa campaña pronazi y antisemita animada por sectores filofascistas cubanos que encontraron eco en la prensa franquista de la isla, declaró invalidados unos certificados que, se alegó, contravenían lo dispuesto en la Ley de Nacionalización del Trabajo, un instrumento legal que favorecía la mano de obra nacional en detrimento de las oleadas de inmigrantes, principalmente españoles, que fluían hacia Cuba.
El destino de los pasajeros, pues, parecía sellado antes de que el barco se hiciera a la mar, aunque algunos –los empleados de la naviera, por ejemplo; no los pasajeros, desconocedores del juego político que se movía a su costa- creyeran que dado que los certificados de que viajaban provistos habían sido expedidos antes de la destitución de Benítez González y de que en realidad se trataba de inmigrantes que habían manifestado su clara intención de proseguir viaje hacia los EE.U.U. en cuanto consiguieran los visados necesarios, y no tenían, por lo tanto, intención de arraigarse en Cuba, sí serían admitidos. Eran, pues, según la economicista visión de los funcionarios cubanos, apenas una carga transitoria y esa circunstancia podía salvarlos.
Hay numerosos testimonios acerca de la travesía –así como verificadas noticias del fin que esperaba a muchos de los pasajeros, asunto al que me referiré más adelante–, buena parte de ellos recopilados en el curso de la exhaustiva investigación realizada por Sarah Ogilvie y Scott Miller, investigadores del U. S. Holocaust Memorial Museum de Washington. Todos ellos dan fe del alivio y las esperanzas de quienes creían haber conseguido escapar de una suerte segura y atroz y se aprestaban a iniciar una nueva vida en América.
El 27 de mayo de 1939 el barco con los cerca de mil refugiados que huían de una Europa que los nazis harían arder en apenas unos meses fondeó frente a la rada habanera. Allí les esperaba la sorpresa. No se les permitía desembarcar. Hubo súplicas de los pasajeros, de sus familiares y amigos ya instalados en Cuba, y gestiones de organizaciones de ayuda a los refugiados… Todo fue inútil. El gobierno cubano puso condiciones para la admisión ­–entre ellas el desembolso de una elevada suma de dinero por parte del Jewish Distribution Commitee, que envió un negociador a La Habana- que ni los refugiados, desposeídos de todos sus bienes por el régimen nazi, ni las organizaciones que les apoyaban fueron incapaces de satisfacer. Apelar a la más elemental justicia tampoco sirvió de nada. Del otro lado del Atlántico preferían desoír la realidad del drama que padecían los judíos alemanes. Así, tan solo desembarcaron en La Habana unos pocos pasajeros de nacionalidad cubana y española, veinte refugiados cuyos documentos fueron estimados válidos, y aun otro más que se cortó las venas en un acto de desespero y que fue llevado a tierra para recibir atención médica.
Finalmente, el 2 de junio, después de permanecer varios días fondeado frente a La Habana, el capitán del St. Louis recibió la orden terminante de que alejara el buque de las aguas cubanas. Entretanto, las conversaciones proseguían y cabía la esperanza de que los EE.UU. sí los aceptaran, a pesar de que ello requería que el presidente Roosevelt firmara un decreto ad hoc, puesto que la Ley de Inmigración vigente desde 1924 en los EE.UU. establecía cuotas estrictas de admisión de refugiados. Así, Gustav Schroeder, capitán del St. Louis puso proa hacia el mismo destino que han buscado cientos de miles de refugiados cubanos durante el último medio siglo: la ciudad de Miami.
También las luces de la ciudad floridana insuflaron esperanzas a los cientos de pasajeros. Esperaban el permiso para desembarcar. Tampoco lo obtuvieron y tan solo gracias a que se consiguió que cuatro países europeos prometieran repartírselos, se evitó lo que parecía destinado a suceder: los refugiados habían acordado lanzarse al agua e intentar ganar a nado las costas de Florida. No es difícil imaginar que buena cantidad de ellos jamás lo habría conseguido.
El rechazo de esos refugiados judíos es una vergüenza que se ha repetido una y otra vez desde entonces. Las consecuencias que acarreó ese rechazo, también.
Llegado a Europa, el St. Louis fue repartiendo a los refugiados por diversos puertos. Gran Bretaña, Holanda, Francia y Bélgica habían aceptado acogerlos en pequeños grupos. Las investigaciones que se han realizado, siguiendo el destino de cada uno de los pasajeros, ha demostrado que en torno a trescientos de ellos murieron durante la guerra, buena parte de ellos en campos de concentración como Auschwitz y Buchenwald. Son muertos del fascismo, porque los asesinaron los nazis. Pero son también, lo digo sin ambages, muertos con los que cargan las sociedades democráticas que los rechazaron y enviaron de vuelta al horror.
He ahí, si es que alguien aún la necesitara, la prueba palmaria de las implicaciones que tiene rechazar a quien huye del terror en busca de la tabla de salvación del asilo.
Si he preferido narrar una historia transcurrida hace más de medio siglo, no ha sido por evitar referirme a las tragedias que nos asaltan a diario desde las primeras planas de los periódicos o las imágenes de los telediarios. Más bien al contrario, he querido devolver a la contemporaneidad la preterida historia del St. Louis, cuya sola memoria, especialmente al tratarse del envío de cientos de personas a la muerte, merece recordarse con más asiduidad.
Es lamentable que nadie haya aprendido de ese episodio y que no se lo tenga por ejemplo paradigmático de la miseria del rechazo a quienes buscan salvar sus vidas huyendo de una situación prebélica. Y es sospechoso el silencio y el olvido que padece ese episodio, más allá de los trabajos de los historiadores del Holocausto. Cómo es que no se lo esgrime en todo su cruel patetismo, me pregunto, a la hora de poner de manifiesto lo que significan –en términos éticos, pero también atrozmente prácticos­- las barreras que impone un país a la llegada de personas necesitadas de asilo. Tan sólo se me ocurre que aliados ese antisemitismo que asoma una y otra vez el hocico y la circunstancia de que cueste imaginar a la Cuba que en los últimos cincuenta años ha desperdigado por todo el mundo cientos de miles de refugiados como receptora deseada, y celosa ella misma de inmigrantes y refugiados, han hundido en el olvido a episodio tan elocuente de la ceguera que manifiestan los países prósperos ante la necesidad y el horror que padecen otros.
Trasegar con nuestras culpas pasadas, sin embargo, me parece necesario fármaco contra una desidia, que es también desmemoria y conciente voluntad de ocultar las vergüenzas.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 31/01/2008 17:15
Carlos Otero y Alexis Valdés, según Nielsen
Jorge Ferrer | 30/01/2008 12:53
Mira que mi buzón de correo imanta el reporte de Nielsen de la noche de la batallita entre Alexis Valdés y Carlos Otero.
Supongo que me lo envían unos y otros –todos con estentóreos seudónimos- por aquello que escribí sobre el Otero Humorista molesto por su presunta condición de héroe. Que no, por cierto, por su circunstancia de estrellita-que-se-escapa, asunto que saludé y saludo siempre.
En la martiana noche del 28 de enero, recién terminaba Carlos Alberto Montaner de leer su conferencia en la Casa Bacardí, los televidentes de Miami y au delà se enfrentaban a complejo dilema que no habría Martí que resolviera: ¿el Alexis que vuelve o el Otero que vino? ¿Bueno conocido o dizque requetebuenísimo por conocer?
El Nielsen nos dice que ganó el Otero: 12.2 de rating y 16 de share contra 8.3 y 11, que sacó Alexis.
El recién llegado le ganó al establecido. Así que un ¡Viva Cuba, coño! ¿O no?
Reviso la jugada, pregunto, y me entero que Otero salió enlatadito como el atún en aceite. Que su Pellízcame, que estoy soñando vino sin publicidad y veo que arrastrando los buenos datos del inefable Haza.
En cambio, María Elvira, la pobre –adjetivo discutible en su caso, ya sé-, poco ayudó al Tu Night de Alexis Valdés, así que tuvo que despegar desde el 4.1 en que lo dejó.
Habrá que esperar, pues, a ver quién hace reír mejor a Hialeah y alrededores. Tengo para mí que no va a ser Raúl Martínez.
Lo mejor, que lo hagan por todos y para el bien de todos, que martiana fue la noche inaugural. Y que gane el mejor.
Alexis, vaya.
Esta tarde se presenta en Madrid el libro ¿Entonces, qué? de Santiago Méndez Alpízar (Chago).
Será a las 19.00, en la Fundación Hispano Cubana, c/ Orfila, Nº 8, 1º (Metro: Colón, A. Mtnez.)
Jorge Luis Arcos, Ana M. Mireles y el editor Pío Serrano acompañarán a Chago.
De contra:
En 1820, Michael Hogan, quien fuera agente consular del Gobierno de los Estados Unidos en la Habana remitía un telegrama al Departamento de Estado alertando sobre las maniobras de los agentes ingleses, pero tranquilizando a Washington sobre una situación eventual que condujera a la anexión de Cuba por alguna potencia extranjera:
…acknowledge their incapacity for self-government, should they have some supreme power elsewhere, they would prefer (if it depended on them) a connection with the United States, being in heart Republicans it is solely those who hold dear bought titles, and wear badges of distinction, that would be opposed to it, but although they are many, they would sink into insignificance on the question being agitated…
En Herminio Portell Vilá, Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, Tomo I, 1ª Ed., Jesús Montero, Editor, La Habana, 1938, p. 200
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 30/01/2008 13:42
Los «Cuban Five», y Guantánamo
Jorge Ferrer | 29/01/2008 15:21
Llegan a Hollywood los cinco espías CCC –castristas, condenados y confesos. Lo hacen en valla de 14 por 48 pies (4.2 x 14,6 metros) que será instalada el jueves. Martin Sheen y Danny Glover acudirán a la rueda de prensa.
No sé a qué velocidad se conduce en el Hollywood Boulevard destinado a la performance, pero apuesto a que la rápida lectura de ese «Free The Cuban Five» sugerirá asuntos de índole bien distinta a la perseguida.
«The Cuban Five», ¿no suena a banda musical? Y más ahora que vuelven los Jackson Five. ¿No podrá sugerir versión latina de las aventuras de los cinco de Enid Blyton, convertidos en ganga?
Y habrá, por fin, quien piense que es campaña a favor de la libertad de los cubanos residentes en Cuba, que no hay que imaginar dominio universal de la demografía cubana, y muchos de los que circulen por ese Boulevard creerán que en Cuba viven cinco millones de personas, esos «Cuban Five».
Lo relevante, sin embargo, es el contenido de la carta que anuncia esta nueva acción de la campaña a favor de los cinco espías CCC. La manera en la que prácticamente descarta se pueda ganar por la vía judicial, y sus autores deciden centrar los esfuerzos en la ofensiva mediática. ¡Cómo si ya no hubiéramos tenido bastante!
Dicen: «The case of the Cuban Five is at another critical juncture. While we now await the decision of the three-judge panel of the 11th Circuit Court of Appeals, after the Aug. 20 court hearing, it is clear that we cannot depend on the legal battle alone to win justice for the Five. History has shown that political cases are won with the people's support and by exposing the truth. The struggle of the Cuban Five is no exception.»
Y piden donaciones, claro, para colocar semejantes vallas por todos lados.
Una serie alternativa de vallas, plenamente blytonianas y capaces de generar ilusiones a los defensores de los espías y a ellos mismos, podría ser la que sigue:
Hace unos días me encontré por azar estas imágenes de la Base Naval de Guantánamo que tomó un aficionado en 1969. Permiten apreciar un momento importante de ese enclave que sufrió una transformación importante entre 1968 y 1970. También hay relajadas escenas que tienen un delicado aire provinciano.
Hay una historia de la Base Naval disponible en la Internet que tiene cierto interés: The History of Guantanamo Bay, 1494-1964, by M.E. Murphy. Trae una segunda parte que abarca hasta 1982.
Allí, por cierto, me encuentro con esta anécdota:
«Although most Americans are virtually uninformed about Guantanamo Bay, the same cannot be said about the Cuban-Americans living in the United States. During the building of Gold Hill Towers, evidence that Guantanamo Bay is very much in the minds of Cuban-Americans was presented in a touching and salient manner. As the construction workers opened cartons of windows, in each carton a message was found marked in pencil on legal-sized yellow tablet paper. Each message read, "made by Cuban Refugees, Miami --- God Bless you all at Guantanamo Base." The windows were made and packaged by the Crosely Window Corporation of Miami.»
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Carlos Alberto Montaner: ¿Por qué fracasó la República que soñó Martí?
Jorge Ferrer | 28/01/2008 13:09
En ocasión del 155 Aniversario del nacimiento de José Martí, Carlos Alberto Montaner intervendrá esta tarde en la Casa Bacardi/Olga & Carlos Saladrigas Hall, en evento auspiciado por el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos.
La conferencia que pronunciará dentro de unas horas aparece aquí por cortesía del ponente con los lectores de El Tono de la Voz, que le agradezco.
¿POR QUÉ FRACASÓ LA REPÚBLICA QUE SOÑÓ MARTÍ?
Por Carlos Alberto Montaner
Instituto de Estudios Cubanos yCubanoamericanos, University of Miami
28 de enero de 2008
La destrucción de la moral pública causa bien pronto la disolución del Estado. Simón Bolívar
Durante el primer medio siglo de vida independiente los cubanos solíamos referirnos nostálgicamente a “la república que soñó Martí”. Era un recurso retórico generalmente utilizado para quejarnos de la realidad política y social del país. Lo que allí sucedía, aparentemente, no era lo que Martí se había propuesto crear. Algo había salido mal. Algo no había funcionado. ¿Qué sucedió? ¿Qué era lo que tenía Martí en la cabeza cuando convocó a la lucha por la independencia en 1895, y por qué embarrancó aquel proyecto que tanta sangre y sacrificio costara? Los papeles que siguen tratan de responder esas dos preguntas.
La forja de un nacionalista romántico
A los 16 años, en 1869, Martí tuvo su primer encontronazo con la justicia española por defender la independencia de Cuba. Probablemente, entonces pesaba más en él la influencia de su admirado maestro Rafael María Mendive, director de la escuela San Pablo, que la de sus padres españoles. Mendive, ex discípulo de José de la Luz y Caballero en el legendario colegio El Salvador, era un intelectual de personalidad agradable, buen poeta romántico, mientras D. Mariano, el padre de Martí, era un militar de bajo rango, limitada educación y no muy buen carácter, de manera que es explicable que aquel niño sensible y extremadamente inteligente que fue Martí, sin advertirlo, y sin dejar de profesarle un gran cariño a su padre, haya efectuado psicológicamente un cambio de modelo paterno, colocándose bajo la autoridad moral de su admirado maestro y mentor.
Martí se hizo poeta romántico y se decantó como un nacionalista cubano de la mano de Mendive. La poesía, el romanticismo y el nacionalismo, al fin y al cabo, eran categorías vecinas que casi siempre iban juntas. Su mundo adolescente -y ahí está el poema Abdala como prueba- es un universo de arquetipos heroicos, de exaltación de figuras valientes y entregadas al sacrificio, gente toda maravillosa a la que se debía emular. Esa visión formaba parte de la sensibilidad romántica y Martí la había adquirido en la casa de Mendive, a veces en el patio del colegio, donde los muchachos recitaban los versos patrióticos del maestro. Allí, quizás, también decidió que el desinterés económico era una virtud extraordinaria, cuando vio a su amado profesor empeñar su reloj “para prestarle seis onzas a un poeta necesitado. Y luego -dice Martí- yo le llevé un reloj nuevo, que le compramos los discípulos, que le queríamos; y se lo di llorando”.
Esa primera patria a la que se asoma Martí es pura emoción, puro romanticismo espiritual y estético. Es en esa etapa y dentro de esa atmósfera psicológica donde Martí comienza a sentirse cubano. Naturalmente, pudo haber sido de otro modo si el azar no lo hubiera colocado en un medio criollo y patriótico. Al fin y al cabo, su madre, Doña Leonor Pérez, era canaria, su padre, D. Mariano, era un militar valenciano, él era el primogénito de la familia y había viajado a España siendo niño, lo que pudo acercarlo más a esas raíces. Incluso, D. Mariano había participado activamente en la lucha contra la expedición de Narciso López durante el primer intento violento de los cubanos por separarse de España, y es posible que la primera versión de esos hechos que el niño escuchara respaldara la visión integrista de los peninsulares.
De alguna manera, para Martí, ser cubano fue una elección en la que no faltaron agónicas contradicciones. Para él, ser cubano era una identidad escogida, no heredada. Sus circunstancias personales, al menos dentro de las cuatro paredes del hogar, eran muy españolas. Muy integristas, como entonces se decía, aunque probablemente sin gran contenido ideológico. No parece que Mariano o Leonor participaran apasionadamente de ese debate, y ambos fueron siempre muy solidarios con el hijo amado, pero la familia tenía en el centro de La Habana una casa radicalmente española, como sucedía en decenas de millares de hogares habitados por españoles o por hispano-cubanos en aquella Antilla.
En todo caso, hasta ese punto -16 años, poca formación- lo que Martí sueña es con que Cuba se autogobierne y sea independiente. Sueña con una nación. Eso es lo que ha aprendido en la escuela. Eso es lo que le escucha a su maestro Mendive. Todavía, lógicamente, no se ha planteado en qué tipo de Estado podría encarnar esa nación. No tiene edad ni lecturas para una reflexión de esa naturaleza. Sin embargo, junto a la defensa del derecho a la independencia y al autogobierno, Martí se ha acercado a las ideas liberales, que solían ser las de los partidarios de los cambios. Mendive, como casi todos los patriotas de su época, y como una buena parte de la población española, pero de la radicada en España, era eso: un liberal.
En efecto, desde principios del siglo XIX, y aún antes, desde fines del siglo XVIII, la sociedad española se fue alejando paulatinamente del pensamiento del antiguo régimen -absolutista, defensor de la soberanía real en lugar de soberanía popular, fanático en materia religiosa, carente de libertades, aristocrático- para dar paso a la mentalidad propia de los estados modernos caracterizados por los valores opuestos surgidos de la Ilustración: defensores del control del parlamento sobre los gobernantes y de la autoridad emanada de la voluntad popular, partidarios de los métodos electorales democráticos, tolerantes en las cosas del espíritu (de ahí el auge de la masonería entre los liberales y los independentistas) y respetuosos de los derechos individuales, tal y cómo se consignaron en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada en Francia o en el Bill of Rights estadounidense.
Ese debate se dio en Cuba de una manera clarísima en torno a la Constitución de Cádiz de 1812 y cuajó, posteriormente, una década más tarde, en la cátedra de Derecho Constitucional que el presbítero Félix Varela dictó a aula llena en la Habana en el Seminario de San Carlos. Es verdad que Fernando VII se encargó de hacer abortar ese movimiento renovador de la cosmovisión hispana -Cuba incluida-, pero tras su muerte, ocurrida en 1833, alcanzaron el poder diversas parcelas del liberalismo (a veces encarnizadamente enfrentadas) y comenzó aceleradamente en España y en Cuba el desmantelamiento de la vieja mentalidad.
El mismo años en que Martí nació, en 1853, murió en España Juan Álvarez Mendizábal, un prominente político liberal que en 1836 (había regresado del exilio dos años antes) “desamortizó” -literalmente: sacó del mundo de los muertos- las enormes propiedades en manos de la Iglesia católica, privándola de los recursos materiales con que contaba la institución, poniendo en marcha un irreversible proceso de secularización que también afectó al clero en las colonias antillanas. Tal vez los cubanos de nuestros días lo ignoren, pero aquel capitán general Miguel Tacón, llegado a la Isla en 1834 para instaurar un régimen de control policiaco realmente severo, se consideraba un liberal, como liberal fue, y de los importantes, Leopoldo O’Donnell, cruel represor en Cuba durante la Conspiración de la Escalera (1844), pero notable reformador liberal en la España de su tiempo.
La primera república que Martí conoce
Esa contradicción -liberales en España y reaccionarios en Cuba- la observó José Martí cuando tenía 20 años y era un universitario desterrado en la Madre Patria. Es importante entender el paralelismo: en octubre de 1868 estalla en Cuba la llamada Guerra de los Diez Años. Martí es detenido, juzgado y condenado a seis años de cárcel por firmar una carta en la que llama “apóstata” a un compañero de estudios, Carlos de Castro y Castro -profética reiteración-, por haberse enrolado en el ejército español para combatir a los insurgentes, y le recuerda que él, Castro, es un discípulo de Rafael María Mendive, lo que lo obligaba a un comportamiento honorable y patriótico.
En ese mismo año, un mes antes, en septiembre de 1868, triunfa en España la Revolución Gloriosa, encaminada a imponer por la fuerza los valores liberales a la monarquía española. De los siete firmantes de la proclama que anuncia el levantamiento, tres han ejercido, o ejercerán pronto, el mando en Cuba: Francisco Serrano -el llamado “General bonito”, ex amante de la reina despojada de su trono- Domingo Dulce y Antonio Caballero de Rodas. Otro de los firmantes, Juan Prim -ex Capitán General en Puerto Rico, donde gobernó con la punta de la fusta-, tuvo una cierta amistad con Carlos Manuel de Céspedes de cuando el bayamés vivía en Barcelona. Los cubanos independentistas, pues, tenían derecho a albergar cierto optimismo.
Exiliada la reina Isabel II y derrocada la dinastía, los golpistas buscan a otro monarca en alguna casa reinante europea. La condición es que se someta a la autoridad del Parlamento, que sea demócrata y católico. Por fin, encuentran a un príncipe italiano de la casa de Saboya, hijo del rey de Italia, quien en noviembre de 1870, tras ser elegido por la mayoría del Parlamento español, jura su cargo como Amadeo I. Cuba, pues, tiene un rey italiano-español y parece ser el monarca perfecto: liberal, masón (con licencia papal) y tolerante. Previamente, en 1869, las Cortes han aprobado una Constitución absolutamente liberal, en gran medida inspirada en la de Estados Unidos. Todos los derechos fundamentales han sido consignados en el texto. Lo que parece querer la sociedad española es democracia, libertades, orden y progreso. Lo mismo que la cubana.
El experimento, sin embargo, fracasa penosamente: la guerra en Cuba, las conspiraciones de los militares, las divisiones entre las distintas facciones liberales, los republicanos, los conservadores, los carlistas y los isabelinos (partidarios de la reina depuesta), hacen al país ingobernable. “Esto es una jaula de locos” exclama, desesperado, más de una vez, el pobre rey italiano. Por fin, en febrero de 1873 abdica y regresa a Italia, e inmediatamente se declara la primera República Española. Entre las personas que viven apasionadamente esos hechos en España está José Martí, entonces un joven estudiante universitario de apenas veinte años que ya comienza a darse a conocer y a publicar artículos en la prensa.
Martí espera que la república española reconozca a la república cubana. Le parece lógico y coherente. Sólo cuatro días después de proclamada la república, el 15 de febrero de 1873, Martí da a conocer su ensayo La república española ante la revolución cubana. Le resulta inconcebible que quienes invocan los principios democráticos de la soberanía popular para cambiar el régimen en España, les nieguen a los cubanos esos mismos derechos para reclamar la creación de una república independiente. Martí no usa el término, porque entonces no existía, pero hace una clara defensa del “derecho a la autodeterminación”.
Sin embargo, la experiencia de esa primera república española debe haber sido contradictoria para Martí: se exacerban todos los conflictos internos en la Península, pero muy especialmente los de carácter étnico y regional. Federales y unitarios se van a la greña. El parlamento trata de imitar el sistema federal norteamericano y aprueba unas reglas que conceden una enorme dosis de autonomía a las regiones, pero lo que sucede es que España casi se desintegra en una lucha que incluye conspiraciones militares, graves problemas sindicales, renovación de las guerras carlistas, intentos de golpe de estado, y la pintoresca y sangrienta insubordinación del Cantón de Cartagena, en Murcia, con el consecuente bombardeo de Almería por los insurrectos, quienes, entre otras locuras, piden ser anexionados por Estados Unidos. Es en ese clima caótico donde se justifica la frase lapidaria y desesperada, aunque escasamente elegante, con que el primer presidente de la república, el catalán Estanislao Figueras, había renunciado a su cargo meses antes de estos hechos, largándose subrepticiamente a París: “estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Realmente, visto a siglo y medio de distancia, lo que parece asombroso es que España, colocada al borde del colapso, simultáneamente hubiera podido mantener en Cuba una guerra colonial terriblemente impopular y costosa. En ese momento Martí ya ha terminado sus estudios, y con el auxilio económico de Fermín Valdés Domínguez decidió abandonar España rumbo a Francia. Transcurría el mes de diciembre de 1874 y naufragaba la república con gran pena y sin ninguna gloria. Pocos días más tarde, casi al terminar el año, el general Arsenio Martínez Campos, para alivio de casi todo el país, puso fin al fallido intento republicano y le dio inicio a la restauración de los Borbones con el auxilio astuto de D. Antonio Cánovas del Castillo.
La república que Martí soñó
El Martí graduado de derecho y filosofía que abandonó España, aunque todavía muy joven -apenas 21 años-, probablemente ya había adquirido una formación ideológica que seguramente no tenía cuando arribó a la Península. El muchacho que a los 16 años soñaba con una nación independiente sin definir su estructura, ya era un joven abogado que había aprobado cursos de Derecho Político y, sobre todo, había presenciado in situ el intenso debate español sobre el mejor Estado y gobierno en el que puede organizarse la convivencia ciudadana.
Sin duda, ese tipo de gobierno -pensaba-, pese al guirigay en que había devenido el experimento español, era la república, donde la soberanía residía en los individuos y no en un monarca, donde el gobierno era laico, y se sostenía en un andamiaje de contrapesos y equilibrios con los tres clásicos poderes independientes, autoridad limitada, y periódica rendición de cuentas. También, sin duda, creía en la superioridad del método democrático para tomar las decisiones colectivas y para designar a los representantes del pueblo con el fin de administrar los órganos de gobierno. Martí, pues, era un republicano liberal y un demócrata moderado. No era un anarquista radical que rechazaba la existencia del Estado, ni un socialista que predicaba el igualitarismo. Por el contrario, tenía muy claro (y así lo expresó más adelante) el papel creador de riqueza de los empresarios privados y la inevitabilidad de las diferencias económicas, que no surgen, como creían los marxistas -el texto que sigue está escrito en 1883, el mismo año en que murió Marx- de la propiedad de los medios de producción, sino de las peculiaridades intelectuales, psicológicas y temperamentales de las personas. En un prólogo a los cuentos de Rafael Castro Palomino, Martí lo afirma con toda claridad:
“Los hombres inferiores ven con ira la prosperidad de los hombres adinerados, y éstos ven con desdén los dolores reales y agudos de los hombres pobres. No se detienen aquéllos (…) a ver que los hombres ricos de ahora son los pobres de ayer; que el hombre no es culpable de nacer con las condiciones de inteligencia que lo elevan en la lucha leal, heroica y respetable, sobre los demás hombres; que del resultado combinado del genio, don natural, y la constancia, virtud que recomienda más al que la posee que al genio, no puede responder como de un delito el que ha utilizado las fuerzas que le puso en la mente y en la voluntad la Naturaleza (…) jamás acabará por resignarse el hombre a nulificar la mente que le puebla de altivos huéspedes el cráneo, ni a ahogar las pasiones autocráticas e individuales que le hierven en el pecho, ni a confundir con la obra confusa ajena, aquella que ve como trozo de su entraña y ala arrancada de sus espaldas, y victoria suya, su idea propia”.
En realidad, las ideas políticas de Martí no se alejan demasiado de lo que era común entre los cubanos y los españoles progresistas de su tiempo y están vinculadas a una tradición que, en la Isla, acaso comienza y se va perfeccionando paulatinamente con Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco -por sólo mencionar los más notables-, y luego se prolonga en figuras ya contemporáneas de Martí como Ignacio Agramonte (n. 1841) -el más enérgico y claro defensor que tuvo el liberalismo en su tiempo-, Enrique José Varona (1849), o los brillantes autonomistas José Antonio Cortina (1851), Rafael Montoro (1852), Antonio Govin (1849) y Eliseo Giberga (1854).
No todos estos cubanos fueron republicanos independentistas -los hubo autonomistas y anexionistas-, pero compartían las mismas ideas sobre las características esenciales que debería tener el Estado de Derecho idóneo para organizar la vida pública de los cubanos, y éstas eran las propias de las sociedades liberales surgidas de la Ilustración. Cuando los mambises se reúnen en Guáimaro en 1869 para redactar la primera Constitución de Cuba en armas, el modelo que tienen en mente -y así lo declara Céspedes en una carta que hace circular-, es la constitución norteamericana, extremo que no deja de ser una ironía, porque los liberales españoles a los que combate, al otro lado del Atlántico, en ese mismo año redactan su nueva constitución, la más liberal de su historia hasta ese momento, también inspirada en la ley de leyes estadounidense.
Finalmente, en 1901, los cubanos proclaman una verdadera Constitución. (Las de la manigua fueron reglamentos necesariamente incompletos, aunque la última, la de la Yaya, tuvo más largo aliento). Este nuevo texto está integrado, como era de rigor, por una parte dogmática, una parte orgánica que describe las instituciones de gobierno, y una cláusula de reforma que explica cómo modificarla. Se trata, pues, de una Constitución claramente liberal, y lo probable, pues, es que ese documento final hubiera tenido el visto bueno de Martí, porque no hay en él absolutamente nada que pugne con el pensamiento del Apóstol, dado que la Enmienda Platt -a la que seguramente se habría opuesto- no formaba parte del texto aprobado por los constituyentes, sino fue un apéndice impuesto por las autoridades interventoras norteamericanas.
Lo que quiero decir es que la famosa república que soñó Martí fue la que se estrenó el 20 de mayo de 1902, aunque con las limitaciones humillantes que le imponía la Enmienda Platt, mecanismo que, de jure, convertía a Cuba en un protectorado norteamericano. En todo caso, el autogobierno estaba garantizado, existía un diseño institucional razonable, y la Isla contaba con el capital humano indispensable para que el país, potencialmente, funcionara con acierto. Basta repasar la lista de los 29 constituyentes que firmaron el texto, o el gabinete de Estrada Palma, para advertir que la media intelectual era bastante elevada. El novelista Carlos Loveira calificaba con cierta ironía a esa clase dirigente cubana de los primeros tiempos como de “generales y doctores”, pero ni es extraño que los generales presidan las repúblicas democráticas cuando se hace la paz -Washington, Jackson, Taylor, Grant, Eisenhower son buenos ejemplos americanos-, y si hay algo frecuente es que los abogados se conviertan en parlamentarios, ministros o jefes de gobierno. Al fin y al cabo, Martí había sido nombrado general por Máximo Gómez tras el desembarco, y, si hubiera sobrevivido, habría sido las dos cosas: general y abogado.
Los problemas de la República
No tenía, pues, Martí un proyecto político en la cabeza distinto al que comenzó su andadura en 1902, y es ingenuo pensar que su sola presencia, de no haber muerto en Dos Ríos, habría garantizado un resultado diferente. Martí era un demócrata, no un autócrata, y habría tenido que pactar, buscar consensos y someterse a la regla de la mayoría y a la alternancia en el poder. Era un hombre excepcional, pero otros hombres excepcionales, como Enrique José Varona y Rafael Montoro -ambos políglotas, cultísimos y refinados, dotados de una estatura intelectual y moral como la de Martí- participaron intensa y constructivamente en la vida política sin mancharse, pero también sin lograr un cambio cualitativo que asegurara la estabilidad del país.
¿Cuál era el inventario de oportunidades e inconvenientes que esperaba a la República? La Cuba de 1902 tenía problemas muy concretos, que se pueden resumir esquemáticamente, y que eran, fundamentalmente, de dos tipos: los de carácter histórico-cultural y los relacionados con factores materiales concretos. Los de carácter histórico-cultural eran, por lo menos, cinco problemas intangibles, pero medulares, que afectaban la convivencia de los cubanos y creaban graves problemas a la gobernabilidad del país e incidían en su desarrollo económico:
- La ausencia de tradición en el campo del autogobierno. Cuando los norteamericanos estrenan su república en 1776 ya tienen en su pasado siglo y medio de autogobierno en todos los órdenes, incluyendo la milicia. Cuba había sido gobernada desde España a lo largo de toda su historia. Durante una buena parte del siglo XIX no hubo otra autoridad que la voluntad del Capitán General que mandaba en la Isla.
- El poco respeto que la clase dirigente criolla sentía por el cumplimiento de la ley. No existía la convicción, al menos de forma generalizada, de que las repúblicas se sustentan en la humilde admisión de que todos deben colocarse bajo el imperio de leyes que afectan de la misma manera a todas las personas (the rule of law), conducta que en gran medida explica la estabilidad política de las naciones exitosas. Ese desprecio por la ley no era sólo una actitud de la clase dirigente: alcanzaba al conjunto de la sociedad que, en general, no rechazaba a los políticos corruptos o a los que violaban las reglas, como se comprobaba elección tras elección. No sólo existía impunidad legal. También existía impunidad moral.
- El culto por la violencia y por los hombres de acción. Las virtudes intelectuales y morales pesaban menos que el prestigio que confería el valor personal. Las batallas libradas contra España se convirtieron en el centro de la mitología favorita de la sociedad cubana y no el respeto por las virtudes cívicas o por los éxitos sociales y económicos. De esa actitud, en su momento, derivó el pandillerismo político, y muchos revolucionarios supuestamente vinculados a causas justicieras se transformaron en los matarifes del gatillo alegre que merodeaban la Universidad, los Institutos de Segunda Enseñanza y los sindicatos. La propia biografía de Fidel Castro demuestra los enfermizos vasos comunicantes que en Cuba existían entre el matonismo, la política y el patriotismo revolucionario.
- El caudillismo como forma de organización política. Las ideas importaban mucho menos que el culto por ciertos líderes que, a su vez, estimulaban esos vínculos mediante el clientelismo y la entrega de canonjías y privilegios. En esa república de principios del siglo XX, la mambisa, los cubanos se agruparon tras José Miguel Gómez (el primer caudillo que conoció el país), Menocal o Machado, tres generales que despertaron el fanatismo de distintos segmentos de la población. Con Gómez comenzó la nefasta costumbre de asignar botellas -cargos fantasmas por los que se recibía un salario sin tener que trabajar- para recompensar a los partidarios y cortesanos. Disponer de estas botellas y poder distribuirlas era un síntoma del poder que se tenía.
- Desprecio por el trabajo manual. Dentro de la peor tradición latina (no sólo hispana), los criollos tendían a no cultivar los trabajos manuales y los oficios, por los que tenían poco respeto. Era una sociedad con muchos más abogados que ingenieros, y en la que ser plomero, carpintero o electricista carecía totalmente de prestigio, quizás porque en época de la esclavitud ésos eran los trabajos que desempañaban los negros libertos. No en balde, no fue hasta fines del siglo XVIII cuando Carlos III emitió su Real Decreto dejando sin efecto el carácter vil y degradante asociado al desempeño de labores manuales.
Al margen de estas cuestiones culturales e históricas, cinco de los más graves problemas materiales que tuvo que afrontar la República fueron los siguientes:
- Patriciado criollo arruinado. Aunque la intervención norteamericana facilitó el tránsito político y económico hacia una nueva etapa, la guerra tuvo un alto costo económico y arruinó a una buena parte del patriciado criollo. Durante los tres años de guerra hubo miles de confiscaciones de propiedades a cubanos acusados de colaborar con los insurrectos. Esos bienes no fueron devueltos a sus dueños porque en el Tratado de París que oficialmente puso fin a la guerra se acordó respetar las sentencias previas de los tribunales españoles.
- Pocas oportunidades laborales. La base productiva del país -que no era muy grande fuera de la industria azucarera- fue severamente afectada por la guerra y las oportunidades de conseguir trabajo en el sector privado eran limitadas, especialmente en el campo, lo que determinó la rápida emigración del campesinado hacia las ciudades, dando lugar a una masa laboral de difícil asimilación. Por ello, obtener un cargo público se convirtió en el desesperado objetivo de muchas personas, independientemente de sus méritos, dado que se obtenían por relaciones políticas.
- Escasez de capital. Aunque existían inversiones norteamericanas en azúcar y comunicaciones -las más cuantiosas de Estados Unidos fuera de sus fronteras-, no abundaba el capital, no existían instituciones financieras internacionales dedicadas a fomentar el desarrollo (como hoy el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional), y no había ayuda sustancial internacional a fondo perdido, como hay en nuestros días.
- Postración de la población negra y mestiza. Seguramente, el sector más afectado por la falta de oportunidades era la población negra. Como regla general, era la más pobre, la peor educada, y la que, en mayor medida, procedía de hogares desestructurados como consecuencia de la esclavitud. En 1886 se había decretado el fin de la esclavitud, pero una parte sustancial de esta masa humana de cientos de miles de personas había quedado desamparada y debía conformarse con sobrevivir colocándose, cuando podía, como servicio doméstico de la población blanca. Como, además, existían graves prejuicios raciales, pese a la legislación que decretaba la igualdad absoluta de blancos y negros, los negros no solían ser empleados en el comercio o en determinadas industrias. Durante siglos, la estructura productiva, concebida para el manejo de una sociedad esclavista de plantación, era la que se adecuaba a la existencia de amos y señores, y esas costumbres y relaciones económicas se prolongaron insensiblemente en la república.
- Dependencia del azúcar. La economía del país dependía en gran medida del comercio exterior y éste, a su vez, estaba centrado en el azúcar, lo que hacía al país muy vulnerable. Cuando subía el precio del azúcar, como sucedió durante la Primera Guerra mundial, los precios ascendían astronómicamente (la famosa Danza de los millones), como ocurrió en época de Menocal (1913-1921), pero, cuando bajaban, se desplomaba la economía, como sucedió durante el gobierno de Alfredo Zayas (1921-1924), y luego en pleno machadato (1925-1933) tras el crash del 29.
¿Por qué fracasó la República?
Sin embargo, ninguno de estos problemas era insoluble, y ya en ese momento la situación de Cuba era mucho más favorable que la de casi todos los países de América Latina y, en algunos aspectos, incluso superior a la de la propia España, como sucedía con los índices de alfabetización. Tras la intervención americana, el país estrenó la independencia de manera organizada y con la administración pública saneada y en pleno funcionamiento. Ninguna de las repúblicas hispanoamericanas surgió a la independencia con ese grado de orden y legitimidad. Los cubanos, sin embargo, no supimos aprovechar la oportunidad. ¿Por qué? Tal vez, porque para lograr que se produzca el milagro de la gobernabilidad no basta con tener una buena constitución y un grupo de líderes notables. El propio José Martí vio cómo fracasaba la Primera República española, pese a contar con la excelente constitución de 1869 y con figuras de la talla de Pi i Margall, Emilio Castelar y Nicolás Salmerón. Y si hubiera alcanzado los ochenta años de edad, habría podido comprobar cómo se hundía la España de la Segunda República tras promulgar la avanzada Constitución de 1931 (inspiración de la cubana de 1940), aun cuando en las Cortes o en el Ejecutivo comparecían personas del calibre de José Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos o Manuel Azaña.
Es hoy, más de un siglo después de iniciada la República, que podemos entender mucho mejor qué pasó en el país y por qué aquella ilusionada aventura acabó en el desastre. Hoy sabemos de manera fehaciente, de la mano de estudiosos como Douglass North, Premio Nobel de Economía en 1993, el papel básico de las instituciones en el desarrollo económico, y la importancia insustituible que tiene un buen sistema judicial para que una sociedad consiga prosperar estable y armónicamente. Hoy manejamos el concepto de “capital cívico”, desarrollado por el sociólogo Robert Putnam, profesor de Harvard, y sabemos que una sociedad en la que la mayor parte de las personas que la componen suscriben valores democráticos, se colocan bajo el imperio de la ley, y se agrupan espontáneamente en organizaciones de la sociedad civil para defender causas comunes, alcanza mucha más estabilidad que aquellas que tienen otro tipo de comportamiento.
En nuestros días, tras observar con admiración los impresionantes “milagros” de postguerra -Alemania, Italia, Japón-, hemos podido estudiar, además, los casos exitosos de naciones que han pasado de la dictadura a la democracia, y de la pobreza a la riqueza y el desarrollo, en el curso de pocos años -Corea del Sur, Taiwán, España, Chile-, y no ignoramos cómo países como Irlanda o Nueva Zelanda -democracias anquilosadas- han conseguido reactivar enérgicamente sus economías, mientras otra nación extraordinaria, Israel, en pocas décadas lograba reinventarse en medio del desierto, conjugando la democracia con un altísimo desarrollo tecnológico y económico en medio de continuas guerras, y bajo el acoso permanente de numerosos enemigos.
Simultáneamente, hemos logrado examinar el complejo proceso de cambio de régimen que va desde el comunismo totalitario y el igualitarismo a la democracia y el mercado, y hemos visto el resurgimiento ejemplar de países como Estonia, Eslovenia, República Checa, Eslovaquia o Polonia, y ya nadie bien informado duda sobre cuál es la fórmula para crear riquezas o -por la otra punta del fenómeno- como se destruye, malgasta o se impide su creación. En otras palabras, viendo lo que otros han hecho bien, podemos deducir exactamente lo qué nosotros hicimos mal entre 1902 y 1959, hasta que se produjo el descalabro que nos trajo la dictadura comunista, y con ella la devastación material del país, la muerte violenta de varios millares de cubanos, el exilio de otros dos millones y el sufrimiento de casi toda la población.
Sin embargo, si hubiera que elegir la causa fundamental del fracaso de la república cubana nos daríamos de bruces con una singularísima paradoja: el gran error que cometió la sociedad cubana no estuvo en la identificación y denuncia de los males que exhibía el país, dado que eran plenamente conocidos -corrupción, violencia política, impunidad, violación constante de la legalidad vigente por parte de quienes tenían que hacerla respetar-, sino en el remedio con que se pretendió corregir esos comportamientos delictivos. Casi desde el inicio mismo de la República se abrió paso entre los cubanos, de manera arrolladora, el culto por la revolución. Algún día, por medio de la violencia revolucionaria -soñaban numerosos cubanos-, llegarían al poder un hombre o un grupo de hombres que impondrían el orden, la justicia y el buen gobierno a punta de pistola, redescubriendo la mítica república supuestamente soñada por Martí, mientras mágicamente crearían las condiciones para que se multiplicaran las oportunidades laborales y los cubanos fueran prósperos.
Los cubanos, en general, no entendían que el buen gobierno difícilmente puede surgir del desorden, la violencia y la ingeniería política y económica diseñada por los afiebrados revolucionarios, unas personas generalmente dotadas de un débil instinto laboral, usualmente afectadas por espasmos fundacionistas que los precipitan a tratar de rehacer incesantemente la realidad de acuerdo con sus más delirantes fantasías. Tampoco entendían que las buenas oportunidades económicas y la verdadera generación de riquezas están vinculadas a la enérgica creación de empresas en el ámbito privado que agreguen valor a la producción de manera sistemática, lo que exige la existencia y cuidadoso mantenimiento de un medio social, jurídico, financiero y académico hospitalario con este complejo objetivo. El problema, pues, radicaba en los valores, creencias y actitudes prevalecientes en la sociedad cubana, tan poco afines con la fragilidad del diseño institucional republicano. Sencillamente, no es posible sostener una república si el conjunto de la sociedad, o al menos la inmensa mayoría de quienes la componen, no está dispuesta a acatar las reglas y a sancionar penal y moralmente a quienes las violan.
Estos papeles comienzan por una cita de Simón Bolívar: “La destrucción de la moral pública causa bien pronto la disolución del Estado”. Y así es, aunque al apotegma del venezolano debe agregársele un matiz: ese fenómeno ocurre con mucha más rapidez si se trata de una república democrática. ¿Por qué? Porque la supervivencia de un modelo de Estado y de gobierno fundado en el consentimiento de las personas y no en la imposición forzada, tiene necesariamente que cumplir con los objetivos para los que fue creado. ¿Por qué tantos cubanos apoyaron acciones violentas contra la República -alzamientos, golpes militares, incluso asesinatos-, o reaccionaron con total indiferencia ante ellos? ¿Por qué no se escandalizaban ante esos y otros hechos altamente reprobables? Probablemente, porque una parte sustancial de los cubanos no sentía que ese orden constitucional destrozado les pertenecía, o que ese gobierno ilegítimo que alcanzaba el poder iba a ser muy diferente al que había sustituido violentamente.
Si los cubanos optaron por esperar a un Mesías revolucionario que enderezara al país de una vez por todas, es porque dejaron de creer en las instituciones republicanas con cada pucherazo electoral que se producía, con cada injusticia que contemplaban, con cada descarada violación de la ley que quedaba impune. Llegó un punto, tal vez muy temprano en nuestra corta historia republicana, en que la sociedad, simplemente, dejó de creer que el Estado surgido en 1902, ese espacio común donde se produce la convivencia pública de los ciudadanos, podía servir para reflejar sus ideales y defender sus intereses. Fue entonces cuando comenzó a creer en la revolución, sin advertir que ése era el camino de la arbitrariedad y el fin del ideal republicano que, precisamente, había sido el sueño de Martí. Ojalá hayamos aprendido la lección. Debemos recordar, cuando nos llegue, otra vez, el momento de estrenar la libertad, que fuera del cumplimiento de la ley, fuera de las instituciones de Derecho, solo queda el abismo. El abismo al que nos precipitamos voluntaria e insensiblemente hace ya casi medio siglo.
Ilustración: José Martí rodeado de obreros cubanos ante la Vincent Martinez Ybor Cigar Factory, también conocida como Ybor Square, en Ybor City, Florida, ¿1891? Es cortesía de la University of South Florida.
De contra:
Fidel Castro señaló ayer al corresponsal del periódico El Mundo en La Habana, Ángel Tomás González, por reportaje que éste publicara en ese periódico el pasado 20 de enero.
En medio de la niebla que emana desde las corresponsalías extranjeras en La Habana, Ángel Tomás me parece un periodista genuino. Y espero no ser el único que siga atentamente las repercusiones que pueda tener el hecho de que el déspota lo marque, como quien marca un objetivo.
Debo agradecerle a Castro I, sin embargo, que me regalara ayer la cita que me faltaba en un ensayo sobre la condición de Cuba como «satélite» de la URSS, que precisamente preparo para imprenta en estos días:
«Cuando se produjo la desintegración de la Unión Soviética, que fue para nosotros como si dejara de salir el sol, la Revolución Cubana recibe un golpe demoledor», escribe.
¡Todo un regalo!
Les copio el texto de Ángel Tomás González que tanto irritó a Castro I:
El Mundo
January 20, 2008 Sunday
"O lo arreglan todo o a esto se lo lleva el diablo";
Los cubanos afrontan las elecciones de hoy con discreta esperanza ante
posibles cambios en la política castrista
ANGEL TOMAS GONZALEZ. Especial para EL MUNDO
MUNDO; Col. 5; Pág. 35
758 words
LA HABANA.- Para Francisco García, un barbero de 75 años, los comicios de hoy para elegir el Parlamento cubano que gobernará los próximos cinco años se traducen en dar "el último voto de apoyo a la Revolución, porque o
arreglan todo lo que hay que arreglar o a esto se lo lleva el diablo", afirma.
Francisco fundamenta su opinión alegando que las asambleas públicas
celebradas en septiembre y octubre del pasado año "para hablar sin miedo"
sobre los problemas del país, como solicitó Raúl Castro, le han dado al
Gobierno un mapa realista de los asuntos que los cubanos rechazan por ser
disfuncionales, absurdos y antiguos.
Raúl, presidente interino, al clausurar la última sesión de la Asamblea
Nacional (parlamento), el pasado 28 de diciembre, explicó que en las
asambleas participaron cinco millones de ciudadanos y de las 3.255.344
intervenciones realizadas, se recogieron para su estudio más de 1.300 000
planteamientos.
Del universo de asuntos cuestionados por los cubanos, Raúl destacó la
coincidencia del Gobierno "con quienes han alertado sobre el exceso de
prohibiciones y medidas legales, que hacen más daño que beneficio".
El barbero Francisco confía en que uno de los primeros cambios que afronte
la nueva legislatura sea derrocar las "prohibiciones" que hacen de la vida
cotidiana un calvario. Pero, añade, no basta con cambios de maquillaje:
"Quiero cambios sustanciales y si no los hacen, me van a tener que
escuchar", advierte.
Kenia Serrano, universitaria de 34 años de edad y candidata a diputada,
explica a este diario que esa petición es lo mejor que le puede pasar a la
Revolución porque evita que se estanque. A juicio de Kenia, estos comicios
van a demostrar que los cubanos creen en el voto y tienen confianza en la
Revolución. Esta joven pretendiente sostiene que el debate de ahora en
Cuba tiene su intencionalidad "orientada a buscar un mejor socialismo".
"No quiero saber de ningún socialismo", dice Yulieski, 32 años, técnico
medio, con vehemencia iracunda. Y para explicar la razón de su cólera
comenta que el socialismo que conoció fue el de las carencias del período
especial (crisis pos el derrumbe de la ex URSS en los 90) donde "mucha
gente empeñaba hasta el alma por unos pocos dólares". Yulieski manifiesta
que desconoce "lo nuevo que va a venir para este país, pero sea lo que
sea, que le den otro nombre".
La propaganda oficial convocando a los cubanos a acudir a las urnas -el
voto no es obligatorio- cita más veces la Revolución que el socialismo.
Por lo pronto, Cuba ya no es un país burbuja, como lo fue hasta fines de
la década de los 80. La mirada insular está transitando hacia una
visualidad global y el país, sobre todo en la capital, está viviendo una
acelerada mutación hacia la modernidad. Y uno de sus efectos es que están
descosiendo las costuras del socialismo importado décadas atrás. Un
fenómeno que el propio Fidel Castro, en su mensaje enviado el pasado 28 de
diciembre a la Asamblea Nacional, caracterizó diciendo: "Los cuadros del
partido, el Estado, el Gobierno y las organizaciones de masas se enfrentan
a nuevos problemas, en su trato con el pueblo inteligente, observador y
culto, que detesta trabas burocráticas y explicaciones mecánicas".
"Son clones", expresa Isabel, de 26 años y estudiante de Arquitectura,
para definir a los "cuadros" del estamento burocrático del poder y los
identifica por sus prominentes tripas, ausencia de criterios propios y un
hablar con palabras de palo (viejas consignas). La guerra política de los
clones contra una remodelación estructural que pudiera desecharlos por
obsoletos es un hecho que analistas locales citan como posibilidad futura.
El escenario económico de 2008 también traerá obstáculos a la legislatura
que tomará el mando a finales de febrero. Entre ellos está la escasez de
divisas en un país que importa más de 1.600 millones de dólares en
alimentos que han encarecido sus precios, mientras el 50% de las tierras
locales está ociosa. Esta tensión financiera también está causada, según
informes oficiales leídos en el Parlamento el pasado 28 de diciembre, por
insuficiente productividad y ahorro, insuficiente ejecución de las
inversiones, insuficiente producción de alimentos, insuficiente producción
de azúcar, insuficiente capacidad constructiva, y decrecimiento del
turismo.
Raúl Castro, en la clausura de la citada sesión advirtió de que "todos
quisiéramos marchar más rápido, pero no siempre es posible". Por lo que el
barbero Francisco García, dentro de cinco años, deberá considerar si
renueva o retira su voto de apoyo a la Revolución.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 28/01/2008 13:19
Sin emanaciones
Jorge Ferrer | 27/01/2008 17:01
Juan Abreu cesa sus «emanaciones».
El blog de Abreu fue la primera experiencia literaria cotidiana en la Internet de un escritor nacido en Cuba. A lo largo de dos años, Juan se ha mostrado allí tal cual es: un hombre de talento, sincero y libre.
Que deje de ejercer esas tres virtudes en público -y a diario- empobrece el texto que leemos sobre las pantallas.
Lectura dominical:
Emanaciones. Blog de Juan Abreu, de cabo a rabo.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz




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