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«Neurosis y tradición», again

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Ordenando papeles el pasado domingo, me tropecé con artículo que escribí hace años en respuesta a otro de mi muy estimado Rolando Sánchez Mejías. Fue en el curso de una polémica que tuvo asiento en Encuentro en la red -diario digital que aparece en este mismo portal-, en aquellos años venturosos –para EER-, cuando todavía acogía polémicas sobre literatura y pensamiento cubanos y no le había dado la espalda a buena parte de los escritores cubanos del exilio. O había dado motivos para que nosotros le diéramos la espalda, según se prefiera.

Polemizábamos, Rolando y yo, sobre el siglo XIX cubano y la manera en que la literatura escrita por cubanos ha de trasegar con cierta idea de «Tradición». Polémica, me luce releída ahora, y seguramente también a él, que se articulaba en torno a tácticas, más que a estrategias o «poéticas», toda vez que ambos participamos, y ejercemos, una concepción bastante cercana de la literatura en lo que a sujeción al corsé de lo nacional se refiere.

Copio aquí mi artículo de entonces, y créanme que no lo hago por ahorrarme escribir para El Tono de la Voz este martes.

Es evidente que la gran mayoría de lectores que sigue esta página no conoce ese artículo, como tampoco aquella polémica sostenida en abril de 2001, de la que participaron también Rogelio Saunders, Rafael Rojas, Ernesto Hernández y Jorge Camacho. Creo que merecen releerse esos artículos. Yo lo he hecho con inesperado gusto.

El índice de la polémica aquí, aunque no puedo asegurar que contenga todos los textos.

El primer artículo de Rolando, Demonios culturales, aquí. Su réplica, Camellos y nacionalistas árabes, al mío aquí.

¿Mi réplica al suyo? No la hay: Encuentro en la red decidió que ya había bastante de polémicas y se negó a que continuara. ¡Y mira que Rolando me regalaba ocasión de recordarle que sí que hay camellos en el Corán! ¡Todo un desfile de camélidos, a pesar de Jorge Luis Borges, ese lector caprichoso!

Ahí quedó, pues, aunque todos hemos seguido escribiendo sobre el asunto o a partir de él en otros espacios.

 

Neurosis y tradición

Por Jorge Ferrer

A precavernos de los peligros que acarrean una tradición y una nación ontologizada —¿o debo decir "ontologizadas"?— nos llama el artículo Demonios culturales, de Rolando Sánchez Mejías. Son páginas que parecen arrancadas de una historia clínica escrita con letra clara y ánimo militante, como de un médico forense, que diagnosticara al cadáver las culpas de su muerte. Diagnóstico y reproche: una medicina moral. Y una empalagosa, si bien cordial, extremaunción: receta al moribundo una tacita de café.

Ante los diagnósticos póstumos uno siempre se hace la misma pregunta: ¿hubiera alargado este conocimiento la vida del paciente? Verificado el entierro, la tristeza echa a andar en lugar del difunto y sus espaldas nos esconden la pregunta verdaderamente relevante: ¿era correcto el diagnóstico?

En el caso que nos ocupa, el diagnóstico declara, con más ligereza que convicción, que nuestro Leviatán —ya de por sí el pobre bastante maltrecho en sus amputaciones— ha sido atacado por una neurosis que parece ir clavando las banderas de su desafuero metastático por todo el organismo de la intelligentsia cubana.

Aunque no es eso lo peor, señores, que ya sería motivo. No habiendo contra la neurosis mejor vacuna que la psicoanalítica, Sánchez Mejías nos empuja al diván nada menos que con Benny Moré y Bola de Nieve. Su argumentación sugiere que mientras escribía el artículo escuchaba precisamente al último. Aquello de "He querido ser bueno/ y olvidar el pasado…"

Demonios culturales se hace eco de una noche en la que ensayé —en buena compañía, por cierto— la pertinencia de que la pareja —pues de música se hablaba en un inicio— "negro esclavo/negro liberto" fuera tenida en cuenta en las discusiones respecto a la verdad de una cultura mestiza y una nación birracial. "Pareja" que marcó una evidente diferencia diacrónica y psicológica de acceso a la sociedad protocubana del siglo XIX para los individuos de raza negra, una diferencia tan indiscutible basada en la crueldad del barracón y la máquina diabólica de la economía de plantación, que parece una broma de mal gusto el que se la niegue con el superficial énfasis con que lo hacen Rolando Sánchez Mejías y Rogelio Saunders.

Como le sé a mi amigo Rolando humildad, paciencia y voracidad lectoras suficientes como para corregir esa falta en su conocimiento de la carne y las culpas de nuestra historia reciente —que el siglo XIX lo es, aunque a él le parezca prehistoria—, me interesa más la constatación, que se hace evidente desde las primeras palabras de su artículo, de que también, y sobre todo, lo que nos divide es su renuencia a plantearse la pregunta por la existencia de una tradición en la que pueda reconocerse un escritor cubano, primero, y la actualidad de la pregunta por el perfil y la coherencia de tal nación. Si la hubiera.

Son preguntas neuróticas, nos dice Rolando, como lo es para él recurrir al siglo XIX con un instrumental de arqueólogo, que caricaturiza de tal manera que ni el bueno de Joaquín Llaverías lo habría querido para su quirófano en el Archivo Nacional.

Donde el autor de Demonios culturales ve una enfermedad, yo veo otra. Donde a él lo sorprenden esas mañas propias de ciertas neurosis que consisten en inducir al paciente a realizar actos que no sólo no redundan en su provecho, sino que juegan a su aniquilación, yo veo más bien ejercicios legítimos de la literatura, como esa variante obsesiva de la neurosis que es una hipocondría administrada con elegancia. Una hipocondría que bien podría erigirse en estilo, como bien sabían los merodeadores de Faber and Faber.

No deja de ser un síntoma curioso —o un buen indicio, según se prefiera— algo que señala el propio Sánchez Mejías: cuando vamos en busca de una tradición encallamos en el siglo XIX, porque, para decirlo con él, "no contamos con muchos siglos". Pero lo que parece mala suerte de un siglo condenado a su soledad originaria, en realidad, es el testimonio de una anomalía. Los nacionalismos nostálgicos eclosionan precisamente en el XIX —vale recordar aquella protesta de Renan, que bien puede servir de resumen a todo un fin de siglo de inquisiciones nacionalistas: "una nación es un plebiscito cotidiano"—. Es ése un siglo, en especial su segunda mitad, verdaderamente marcado por el trasiego con la voz ‘nación’ y las invocaciones de pasados más o menos remotos, más o menos dispuestos por la tramoya político-historicista en glorias pretéritas, edénicas y fundacionales. Los nacionalismos del XX —pródigos en esos ejercicios de "invención de la tradición", que evoca Hobsbawm—, cuentan con esa apoyatura teórica y ese poso en la psicología popular para fundamentarse como esencia y como políticas, ya sean éstas vindicadoras de una lengua, un paisaje o una guerra de exterminio. Si el nacionalismo cubano localiza el enclave de su tradición en un siglo que es para otros resolutor, entonces el siglo XX sería nuestro XIX, en un juego de transposiciones que nos ayuda a entender por qué comienza con una república que es rea de esa diabólica esquizofrenia que marcan su orfandad y su ser-prohijado, y concluye con el proyecto de revolución castrista, que no reconoce más pasado que el de la tradición bélica y esa triste figura de yeso que es José Martí, el Apóstol de una tradición inventada. Y nuestro nacionalismo, entonces, que, salvo en contadas ocasiones maltratadas por el ridículo, ha pretendido fundarse en aquellos pobres indios de perros mudos, es un nacionalismo blando, y con más vocación literaria que política o revanchista.

No creo, en definitiva, que el siglo XIX sea un tesoro o una maldición. Un siglo no es una bandera. Un siglo, de hecho, no es ni siquiera "un siglo". Diecinueve, en la charada, es "lombriz". Y desde que éramos niños sabemos que cuando les amputamos a las lombrices una parte, la reproducen con anómalas excrecencias.

¿Por qué sorprende al autor de Demonios culturales lo que llama resurgimiento del nacionalismo en los predios de la intelligentsia cubana? ¿Acaso ignora que desde la década de los 80 con Miroslav Hroch, Benedict Anderson, Ernest Gellner, et al., es uno de los temas que más han llamado la atención de historiadores y sociólogos en Europa Occidental y en los EE UU? ¿Por qué le molesta a Sánchez Mejías que alguien piense en términos de tradición, se entregue al ejercicio de "inventar una tradición" o al de rastrear el modo en que fue "inventada" la tradición que heredó? No lo sé, pues no lo dice. Se limita a afirmar que cada uno va a buscar al XIX aquello que más le interesa. ¡Qué duda cabe, amigo mío! Y que en su caso, no irá nunca a buscar "esclavos y libertos". ¡Pues se los va a encontrar!

Quizás la cuestión radique en la confusión de Rolando sobre lo que es la Tradición, confusión provocada por ese prurito de escritor "moderno" que tanto se hace notar en su artículo. A esclarecerlo lo podrá ayudar el propio Eliot a quien cita alegremente para argumentar en favor de su fobia. ¿Qué sino la prisa —o la pereza— puede haberlo hecho citar a Eliot para abogar por declarar muerta a toda Tradición? ¿Acaso la misma prisa —o pereza— que lo mueven a invocar a Calvert Casey en un contexto de desprecio del siglo XIX y del trabajo arqueológico sobre él? Calvert Casey, cuyos estudios sobre el XIX, en particular el estudio sobre Ramón Meza, pero sobre todo su Hacia una comprensión total del XIX son textos propios de una sensibilidad hacia la tradición literaria y estilística cubana, despojada de ese aire de caricatura que se le quiere imponer desde ámbitos postmodernos. Los mismos que han proporcionado la ilusión de que habitar en un espacio postradicional es "mejor" para un escritor.

Estoy lejos de pensar que vale la pena emprender lo que Mañach llamaba, con terca manía de cruzado, "la conquista de la nación que nos falta". También nos puede sobrar nación, como le puede sobrar azúcar al moribundo en la taza de café que le ofrece Rolando Sánchez Mejías. Un escritor cubano puede, en definitiva, reconocerse o no en una tradición heredada o propuesta, vindique ésta a Meza o a Villaverde, a Tristán de Jesús Medina o a Calcagno, a Guillén o a Lezama, a Zequeira o a Martí —o a todos juntos, dejando fuera a los demás—. Lo que no debe es dar por supuesto que el reclamo por una tradición en la que participe el siglo XIX cubano es mero síntoma de una neurosis demoníaca.

Ilustración: Antonia Eiriz, La anunciación, ca. 1963-1964, Colección Museo Nacional de Bellas Artes.

 

UPDATE:

Ayer, un buen editorial sobre Venezuela en Le Monde, en vísperas del resultado de la mediación de Chávez en la liberación de Ingrid Betancourt.

Sarkozy no le dirá hoy un Pourquoi tu ne te tais pas ? Más bien, lo animará a hablar. ¡Vaya carambola!

 

UPDATE:

En Francia, por cierto, hoy no se publicaron los periódicos. Lo de la huelga, sí.

Es una lástima, porque Chávez no verá esta viñeta de Pessin que trae Le Monde, titulada Recéption, que le habría dado pie a proyectar discursito del tipo ¿ves cuánto nos parecemos?, que tal vez habría desencadenado el Pourquoi tu ne te tais pas ?

En cualquier caso, lo que cabe hoy es felicitarse porque se hable de Ingrid Betancourt y se la arranque por fin de las manos de la narcoguerrilla.

Le Figaro tampoco llegó a los quioscos. Así, subieron el pdf a su sitio en la Internet. Nada sorprendente, se diría. Pero al examinar el pdf, uno se encuentra nota, en periódico que no apareció impreso, llamando a lectores imposibilitados de verlo a que acudan a hacerlo al site. Toda una aporía, debida al peaje que aún se paga al papel.

Un Le Figaro, por cierto, que trae hoy noticia de evento celebrado en la Universidad de Odense, Alemania, donde unos sesenta antiguos jerarcas y espías de la Stasi se presentan como "luchadores por la paz". Unos buenos tipos, vaya, como los cinco espías CCC, es decir, castristas, condenados y confesos.



La vida de los otros en La Habana, con Duanel Díaz

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Cuando Duanel Díaz me ofreció texto sobre La vida de los otros para los lectores de El Tono de la Voz, recordé la primera vez que vi imágenes de esa película. Fue en febrero de 2007, durante la presentación de la ponencia «Citizenship in Memoryland: ‘Das Leben der Anderen’ and the Dialectics of (Personal) Narratives» que Anke K. Finger leyó en la Conferencia «Cuba-USSR and the Post-Soviet Experience», evento organizado por Jacqueline Loss y José M. Prieto en la University of Connecticut.

La ocasión no podía ser más propicia: una treintena de personas tratábamos sobre la impronta dejada en la política, la economía y la cultura cubanas por el cuarto de siglo de alianza entre Cuba y el llamado «bloque socialista» y desde la pantalla del auditorio nos miraban intelectuales perseguidos y los agentes de la Stasi encargados de vigilarlos, humillarlos, silenciarlos. Aun cuando la ponencia de Finger no atendía al trasvase de la tecnología de la represión de la Stasi al G-2, me pareció que el marco era ideal.

Unas semanas más tarde, ya en Barcelona, me fui a ver la película de Florian Henckel von Donnersmarck, de quien ya sabía que ostentaba título nobiliario, el de conde, y era especialista en lengua rusa.

La experiencia fue algo descorazonadora. No me gustó la película: ni la melosa historia del vigilante convertido en cómplice de los vigilados, ni el todavía más meloso final. Ya sé que de esos mimbres se hace el arte cinematográfico, pero el hecho de que el asunto nos concierna, me obligaba a suspender la benevolencia con que uno suele entrar a las salas de cine.

«¿Te imaginas que pongan esa película en Cuba?», me preguntó alguien por aquellos días. «Si yo fuera Fidel Castro, la pondría ahora mismo y en todos los cines, porque los esbirros se verán convertidos en carteros», dije. «Y no les va a gustar», añadí.

El caso es que parece la exhibirán en el venidero Festival de cine de La Habana. Y sucederá lo que otras tantas veces –recuerdo, por ejemplo, haber visto Alicia en el pueblo de maravillas en el Charles Chaplin. Accederán al cine los predecibles. La verán unos pocos «otros» observados atentamente por los carteros del mañana. Y también por los altos funcionarios que conservarán cuotas de poder en el poscomunismo, como se muestra también en la película. A todos contentará esa séance, como ya contenta a Eliades Acosta Matos, feliz de ver la noticia inscrita en los periódicos.

Sigue artículo de Duanel Díaz sobre La vida de los otros, escrito especialmente para El Tono de la Voz, cortesía que le agradezco.

 

La vida de los otros: nostra res agitur

Por Duanel Díaz

Como parte de la muestra alemana, La vida de los otros ha sido programada en el próximo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Ya podemos imaginarnos las colas, los molotes antes de la exhibición, los aplausos después; como mismo ocurrió cuando, hace algunos años, pusieron Good Bye, Lenin. La curiosidad será quizás aun mayor ahora puesto que la película de Florian Henckel-Donnersmarck es mucho más dura con el sistema comunista.

No tiene razón Zizek cuando, en una demoledora reseña, afirma que “Como en muchas otras películas que representan la dureza de los regímenes comunistas, La vida de los otros equivoca su verdadero horror”, y argumenta que “el horror que estuvo inscrito en la propia estructura del sistema alemán del este, es relegado a un mero capricho personal. Lo que se pierde es el hecho de que el sistema no sería menos terrorífico sin la corrupción personal de algún ministro, aunque solo hubiese únicamente burócratas dedicados y “honestos”.” Que el horror es propio del sistema y no la consecuencia de la acción de un funcionario corrupto está de sobra mostrado en la película, no sólo porque queda claro que es el sistema el que otorga a gente como el obtuso y cínico Ministro de Cultura ese poder que provoca al cabo la muerte de la bella actriz, sino porque ya en la primera escena del filme se evidencian los métodos represivos de la Seguridad del Estado, llevados a cabo no por un policía corrupto, sino por el honesto e imperturbable capitán Wiesler. Este se siente fascinado no por el escritor Dreyman –como afirma Zizek- sino por la pareja en sí. Es la manera en que el sistema destruye un amor auténtico lo que provoca, de manera paulatina y sorprendente, un cambio en este oscuro capitán de la Stasi. Que en la vida real no se conozca ningún caso semejante es desde luego otra cosa: se trata, al fin y al cabo, de una película que explota al máximo de las posibilidades de la ficción. En este caso, prodese et delectare: pocas películas son tan entretenidas y a la vez hacen pensar tanto.

En un momento del filme el Ministro de Cultura le dice a Dreyman, el dramaturgo oficialista, que está muy bien que diga en sus obras que el ser humano puede cambiar, pero que eso es mentira, pues en realidad nadie cambia. Esta idea, que evidencia el conservadurismo que subyace al progresismo doctrinario de todo régimen comunista, es justamente aquella que la historia de La vida de los otros viene a cuestionar. Él, el capitán, sí ha cambiado; es en este sentido, y no sólo en ese final algo melodramático, que esta película es optimista; Krista-María muere como consecuencia de una cadena de acontecimientos que se desarrolla fatalmente desde que ella, instigada por el capitán, decide desairar al viejo ministro, pero gracias a la intervención del mismo capitán el escritor, que a raíz del suicidio de un amigo represaliado por el régimen se decide a hacer algo para denunciar el estado de cosas, se salva. Wiesler representa una posibilidad de triunfo sobre el Mal: su purgatorio abriendo cartas con vapor en un sótano parece expiar, en su persona, una culpa que no ha terminado con la caída del Muro de Berlín: luego sigue viviendo oscuramente, repartiendo publicidad por las calles sucias y abandonadas de Berlín Este.

El escritor, sin embargo, sí “capitaliza” la historia en todos los sentidos; no había escrito nada desde la traumática muerte de su amante, pero al descubrir la historia del anónimo agente que lo ayudó, decide contarla en una novela, que ha de llamarse “Sonata para un hombre bueno”, como la obra musical que le regalara el director de teatro. En esta nueva obra se salva de alguna manera la historia extraordinaria del héroe sin cualidades; y el escritor, cuyo único temor era sentarse frente a la página en blanco y no conseguir llenarla, consigue volver a escribir. Todo ello es posible gracias a la apertura de los archivos de la Stasi, que tiene así una función de “curación espiritual”: el tejido de la verdad, roto por décadas de represión y secretismo, se reconstruye; Dreyman logra entender esa historia en que fue una pieza en manos de otros, conocer el nombre de la mano oscura que lo ayudó, tener la certeza de que su amante sí fue quien lo delató.

Como Mefistos, La vida de los otros es una película sobre los intelectuales y artistas, su vulnerabilidad al chantaje de los regímenes totalitarios. A Krista-María la convencen para que delate a su novio cuando la amenazan con que no podrá subirse nunca más a un escenario. “¿Qué es un director sin escena?”, pregunta el amigo suicida. El suicidio bajo el comunismo, como consecuencia directa o indirecta del terror y la culpa, es el otro gran tema de la película: el ensayo de Dreyman sobre la alta tasa de suicidios en Alemania Oriental y la voluntad del régimen de escamotearla es consecuencia del suicido de su amigo y causa, a su vez, del suicidio de su novia.

Ambos temas conexos son, desde luego, muy relevantes para el caso cubano. La vida de los otros es, también, la vida de nosotros. Más allá de las diferencias de idiosincrasia, los régimen comunistas son todos semejantes: los mismos chistes sobre el Gran Líder (más que consecuencia de nuestra natural tendencia al choteo, Pepito expresa la humana necesidad de burlarse de la autoridad absoluta), el mismo miedo, la misma nueva clase, el mismo ministerio, la misma lucha entre las almas y el diablo… ¿Se abrirán en Cuba los archivos de la DSE? ¿Cuántas historias duermen en esos legajos? ¿Sabremos las estadísticas fiables de los suicidios de estas cinco décadas? La vida de los otros nos invita a pensar en ello.



Una ideología bucólica

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En El País, Vargas Llosa sobre el por-qué-no-te-callas

Allí la clara exposición de un miedo y un complejo:

«Claro que hay otra América Latina, más decente, honrada, culta y democrática que la representada por estos energúmenos. Estaba allí, en esa sesión de clausura, invisible y muda, como siempre en estas ocasiones en la que los caudillos, hombres fuertes, "comandantes" y payasos se apoderan de las candilejas. ¿Por qué callan y se dejan ningunear y eclipsar de esa manera si ellos son infinitamente más respetables y dignos de ser escuchados que aquéllos? No sólo porque algunos están sobornados por los petrodólares que derrocha el venezolano a diestra y siniestra. A menudo lo hacen porque temen ser víctimas de las diatribas y descalificaciones de aquellos matones, que les pueden soliviantar a sus extremistas criollos y, también, aunque parezca mentira, porque ellos, que sólo son gobernantes civiles que tratan mal que bien o bien que mal de ajustarse a las limitaciones que les señalan las leyes y constituciones, se sienten mandatarios de segunda frente a esos dioses omnímodos que no tienen otro freno para sus excesos y bellaquerías que su soberana voluntad.»

 

En Granma, orgullosas noticias sobre la implementación del raulismo, la ideología herbicida. La Operación Caguairán tiene sucesora: la «Operación Porterón», destinada a satisfacer «las necesidades de los pobladores del lomerío».

Una revolución bucólica, pues.

Manicaragua, enclave destinado al proyecto piloto, es nuestro Shenzhen.

Tomás Sánchez, La indecisión, 2001. Cortesía de la Galería Malborough.

 

Más Jan Švankmajer. El pasado sábado hubo aquí trasiego con su Stalin. Hoy sus Dimensiones del diálogo (1982), otra joyita. Para quien ande con prisas, nada recomendables con este checo, tip: la impronta bergmaniana con que comienza la segunda parte es sublime.

Dimensiones del diálogo, 1

Dimensiones del diálogo, 2

 

UPDATE:

Javier Marías hoy en EPS sobre el estado de la ignorancia, y Zapatero...

«Este es el panorama. En medio del cual, a nuestro Presidente del Gobierno no se le ocurre otra cosa que fomentar, en un vídeo no gracioso sino chusco, que la gente hable tan mal como él. Decir "libertaz", "unidaz" y "ciudaz" no supone tener tal o cual acento regional (todos son buenos), sino mala dicción y hablar como un patán. Jamás he oído a un madrileño de verdad decir "Madriz" (a lo sumo "Madrí"), eso no es una característica del habla madrileña ni leonesa ni de ningún lugar. Y Zapatero, en vez de procurar corregir su pésima dicción y dar ejemplo, insta a los ciudadanos a adoptar su error, e incluso se permite escribir con z esas palabras, para aumentar la burricie y las faltas de ortografía. Después de esto, en poco pueden tenerse sus discursos a favor de la educación y la cultura. Y lo primero que debería hacer, para enmendar su metedura de pata, es aprender de una vez a decir "Madrid", "autoridad" e "igualdad" correctamente, esto es, con una d final relajada (semejante a la segunda del vocablo "dedo", que no se pronuncia igual que la primera, hagan la prueba), y no con la ignominiosa z de zote, zarrapastroso, Zaplana y zoquete. Es el Presidente del Gobierno. Ya está bien. El Profesor Henry Higgins lo habría arrastrado de una oreja, en My Fair Lady.»

 

Lectura dominical:

Hoy concluyo la publicación de Marca de agua, de Joseph Brodsky, lectura de siete domingos, con éste.

MARCA DE AGUA

Apuntes venecianos

(continuación; partes primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima)

Joseph Brodsky

Las estaciones son metáforas de continentes existentes, y el invierno es siempre algo antártico, aun aquí. La ciudad ya no depende tanto del carbón; ahora depende del gas. Las magníficas chimeneas con forma de trompeta, que semejaban torrecillas medievales en el telón de fondo de cada Madonna y cada Crucifixión, no cumplen función alguna y, poco a poco, se desmoronan, dejando paso al horizonte local. De ello resulta que uno tiemble y se vaya a dormir con los calcetines de lana puestos, porque los radiadores siguen su errático ciclo aquí, inclusive en los hoteles. Sólo el alcohol puede absorber el rayo polar que recorre el cuerpo cuando se pone un pie en el suelo de mármol, con o sin zapatillas, con o sin zapatos. Si se trabaja de noche, se queman partenones de velas -no para limpiar la atmósfera o tener más luz, sino por su ilusoria calidez-; o se va uno a la cocina, enciende los hornillos de gas y cierra la puerta. Todo desprende frío, especialmente las paredes. Las ventanas no cuentan porque ya se sabe lo que se puede esperar de ellas. En realidad, sólo dejan pasar el frío, mientras que las paredes lo acumulan. Recuerdo una ocasión en que pasé el mes de enero en un apartamento del quinto piso de una casa próxima a la iglesia de Fava. El lugar pertenecía a un descendiente nada menos que de Ugo Foseólo. El propietario era ingeniero forestal o algo parecido y estaba, naturalmente, en viaje de negocios. El apartamento no era muy grande: dos habitaciones, con pocos muebles. El techo, sin embargo, era extraordinariamente alto, y las ventanas correspondían a él. Había seis o siete, porque el apartamento estaba en una esquina. A mediados de la segunda semana, la calefacción dejó de funcionar. Esa vez, no estaba solo, y mi camarada de armas y yo echamos a suertes quién tendría que dormir del lado de la pared. «¿Por qué tengo que ir siempre al lado de la pared?», había preguntado ella de antemano. «¿Por qué soy una víctima?» Y la incredulidad oscureció sus ojos color mostaza-y-miel al ver que había perdido. Se envolvió para pasar la noche -jersey rosa de lana, bufanda, calcetines, largas medias- y, tras contar uno, due, tre!, se metió en la cama de un salto como si se tratara de un río oscuro. Para ella, italiana, romana, con un toque de sangre griega en las venas, probablemente lo fuera. «Mi único punto de desacuerdo con Dante», solía destacar, «es la forma en que describe el Infierno. Para mí, el Infierno es frío, muy frío. Yo conservaría los círculos, pero hechos de hielo, con una temperatura que descendiera en cada espiral. El Infierno es el Ártico.» Lo decía en serio. Con la bufanda alrededor del cuello y la cabeza, se parecía a Francesco Querini en esa estatua de los Giardini, o al famoso busto de Tetrarca (que, para mí, es la viva imagen de Montale -o, más bien, al revés-). No había teléfono allí; un revoltijo de chimeneas como tubas asomaban en el cielo oscuro. Todo hacía pensar en la Huida a Egipto, con ella haciendo a la vez de mujer y de niño, y yo de mi homónimo y el asno; después de todo, era enero. «Entre el Herodes del pasado y el Faraón del futuro», me repetía a mí mismo. «Entre Herodes y el Faraón, ahí es donde estamos.» Al final, enfermé. El frío y la humedad me alcanzaron; o, mejor dicho, alcanzaron a los músculos y los nervios de mi pecho, arruinado por la cirugía. Me asaltó el pánico al paro cardíaco, y ella se las arregló para meterme a empujones en el tren de París, ya que ninguno de los dos confiaba en los hospitales locales, por mucho que yo adore la fachada del de Giovanni e Paolo. En el vagón hacía calor, se me partía la cabeza por obra de las píldoras de nitroglicerina, un grupo de bersaglieri celebraba en el compartimiento su partida con Chianti. Yo no sabía bien qué haría en París; pero lo que se interponía entre mi miedo y yo era el claro sentimiento de que, como fuese, enseguida -bueno, en un año-volvería al lugar frío entre Herodes y el Faraón. Aun entonces, acurrucado en el asiento de madera de mi compartimiento, yo era plenamente consciente del absurdo de ese sentimiento; aunque, en la medida en que me ayudara a ver a través de mi miedo, el absurdo era bienvenido. El ruido de las ruedas y el efecto de su constante vibración sobre el esqueleto hicieron, supongo, el resto, arreglando o desarreglando mis músculos, etc., aún más. O quizá fuera únicamente el calor del vagón el que hizo su obra. En cualquier caso, llegué a París, mi electrocardiograma fue pasable, y cogí el avión para los Estados Unidos. En otras palabras, viví para contarlo, y repetirlo.

"Italia», solía decir Anna Ajmatova, «es un sueño que vuelve durante el resto de la vida.»

Se debe señalar, sin embargo, que el advenimiento de los sueños es irregular, y su interpretación inspira el bostezo. Además, si los sueños constituyesen un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el non sequitur. Ello, al menos, justificaría todo lo ocurrido hasta aquí en estas páginas. También explicaría las tentativas que hice a lo largo de estos años de asegurarme de la recurrencia de este sueño, maltratando mi superego en el proceso con no menos brutalidad que mi inconsciente. Para decirlo francamente, sigo regresando al sueño, no rodeándolo. En efecto, en algún punto tuve que pagar por esta especie de violencia, erosionando lo que constituía mi realidad, u obligando al sueño a cobrar rasgos mortales, como lo hace el alma en el curso de una vida. Sospecho que pagué en los dos órdenes; y no me importó, especialmente en el segundo, que tomaría la forma de una Cartavenezia (fecha exp. ene. 1988) en mi cartera, de ira en aquellos ojos de una variedad particular (preparados, y como de la misma fecha, para mejores visiones), o de algo igualmente finito. La realidad sufrió más y muchas veces me encontré cruzando el Atlántico, camino de mi hogar, con la clara sensación de estar viajando de la historia a la antropología. Pese a todo el tiempo, la sangre, la tinta, el dinero y todo lo demás que derramé o desembolsé aquí, nunca pude afirmar, ni siquiera ante mí mismo, que hubiese adquirido una sola característica local, que me hubiese convertido, de alguna manera, por minúscula que fuese, en un veneciano. Una vaga sonrisa de reconocimiento en el rostro de un hotelero o del propietario de una trattoria, no cuenta, como no engañan a nadie las ropas compradas aquí. Gradualmente, me fui convirtiendo en un transeúnte en ambos reinos, y la imposibilidad de convencerme del sueño de mi presencia en éste es algo más desalentadora. A eso, por supuesto, estaba acostumbrado. Sin embargo, supongo que se puede alegar fidelidad cuando uno regresa año tras año al lugar que ama, en la estación equivocada, sin garantía alguna de ser amado. Pues, como toda virtud, la fidelidad sólo tiene valor cuando es instintiva o forma parte de la propia personalidad, y no cuando es racional. Además, a cierta edad, y en cierto oficio, ser amado cuando se ama no es exactamente imperativo. El amor es un sentimiento desinteresado, una calle de dirección única. Por eso es posible amar ciudades, amar la arquitectura per se, la música, los poetas muertos o, dado un temperamento particular, a una deidad. Ya que el amor es un asunto entre un reflejo y su objeto. Éste es, en definitiva, lo que le trae a uno de vuelta a esta ciudad -como la marea trae el Adriático y, por extensión, el Atlántico y el Báltico-. En todo caso, los objetos no hacen preguntas: en la medida en que el elemento exista, su reflejo está garantizado, en forma de un viajero que retorna o en forma de un sueño, ya que un sueño es la fidelidad del ojo cerrado. Este es el tipo de confianza de la que nuestra especie carece, aunque en parte estemos hechos de agua.

Si el mundo constituyese un género, su principal recurso estilístico sería, sin duda, el agua. El que ello no sea así, se debe a que el Todopoderoso tampoco parece tener muchas alternativas, o a que el pensamiento mismo posee un modelo acuático. Eso ocurre con la escritura; eso ocurre con las emociones; eso ocurre con la sangre. La reflexión es la propiedad de las sustancias líquidas, y siempre, aun en un día de lluvia, es posible demostrar la superioridad de nuestra fidelidad respecto de la del cristal, situándonos tras él. Esta ciudad nos deja sin respiración en cualquier clima, cuya variedad, en cualquier caso, es bastante limitada. Y si en realidad somos parcialmente sinónimos del agua, cuya sinonimia con el tiempo es absoluta, nuestros sentimientos hacia este lugar mejoran el futuro, contribuyen a este Adriático o Atlántico de tiempo que almacena nuestros reflejos para cuando nos hayamos ido. Tal vez fuera de ellos, como fuera de las gastadas imágenes sepia, el tiempo sea capaz de forjar, a la manera de un collage, una versión del futuro mejor que en su interior. Así, se es veneciano por definición, porque fuera de aquí, en su equivalente del Adriático o el Atlántico o el Báltico, el tiempo-alias-agua borda o teje nuestros reflejos -alias amor a este lugar- según modelos irrepetibles, de modo muy semejante al de las viejas marchitas, vestidas de negro, de las islas de este litoral, siempre absortas en su labor de encaje, fatal para la vista. Se reconoce que quedan ciegas o enloquecen antes de los cincuenta años, pero entonces son reemplazadas por sus hijas y sobrinas. Entre las mujeres de los pescadores, la Parca nunca tiene que buscar una entrada.

Lo que la gente de aquí no hace jamás es pasear en góndola. Para empezar, un paseo en góndola es caro. Sólo los turistas extranjeros, y entre éstos los más acomodados, pueden permitírselo. Eso es lo que explica la edad, mediana, de los pasajeros de las góndolas: un septuagenario puede desembolsar la décima parte del salario de un maestro sin quejarse.

La visión de esos decrépitos Romeos y de sus desvencijadas Julietas es invariablemente triste y violenta, por no decir horrible. Una góndola está tan lejos del alcance de los jóvenes, es decir, de aquellos para quienes las cosas de ese tipo serían apropiadas, como un hotel de cinco estrellas. La economía, desde luego, refleja la demografía; y ello es doblemente triste, porque la belleza, en vez de prometer el mundo, se reduce a ser su recompensa. Esto, entre paréntesis, es lo que lleva al joven hacia la naturaleza, cuyos placeres gratuitos, o, más exactamente, baratos, están libres -es decir, desprovistos- de la intención y la invención presentes en el arte o en el artificio. Un paisaje puede ser conmovedor, pero una fachada de Lombardini nos dice lo que somos capaces de hacer. Y una de las maneras -la original- de mirar esas fachadas es desde una góndola: así se ve lo que ve el agua. Por supuesto, nada puede estar más lejos que las góndolas de los asuntos de los venecianos, que se apresuran y se agitan en su trajín diario, completamente inconscientes del esplendor que los rodea, y aun alérgicos a él. Lo más que se acercan a una góndola es cuando cruzan el Gran Canal en el transbordador o cuando llevan a casa alguna compra de difícil manejo; una lavadora, digamos, o un sofá. Pero ni un balsero ni un botero rompen en ocasiones tales a cantar «O solé mió». Tal vez la indiferencia del nativo siga el ejemplo de la indiferencia del artificio respecto de su propio reflejo. Ése puede ser el argumento definitivo de los venecianos contra la góndola, a menos que se lo contrarreste con la oferta de un paseo nocturno, a la que una vez sucumbí.

La noche era fría, clara y serena. Éramos cinco en la góndola, contando a su propietario, un ingeniero local que, con su compañera, remó todo el tiempo. Avanzamos lentamente y zigzagueando como una anguila por la ciudad callada que pendía sobre nuestras cabezas, cavernosa y desierta, y recordaba en aquella hora tardía un vasto arrecife de coral, en su mayor parte rectangular, o una sucesión de grutas deshabitadas. Era una sensación peculiar: encontrarse en movimiento en el interior de lo que sueles contemplar –los canales-; es como adquirir una dimensión más. Luego salimos a la laguna y nos dirigimos a la isla de la muerte, a San Michele. La luna, extraordinariamente alta, se veía como el perfecto dibujo de una «t», a través de una nube que semejaba la firma de un recibo; su luz a duras penas alcanzaba la sábana del agua. También el movimiento de la góndola era absolutamente silencioso. Había algo definidamente erótico en el paso silencioso y sin rastro de su leve cuerpo por el agua -muy parecido al deslizamiento de la palma por la suave piel de la amada-. Erótico, porque no había consecuencias, porque la piel era infinita y casi inmóvil, porque la caricia era abstracta. Quizá, con nosotros dentro, la góndola fuese algo más pesada y el agua cediera momentáneamente debajo, sólo para cerrar la brecha en el segundo inmediatamente siguiente. Además, impulsada por un hombre y una mujer, la góndola ni siquiera era masculina. A decir verdad, no se trataba de un erotismo de géneros, sino de elementos, una perfecta adecuación de sus superficies igualmente lacadas. La sensación era neutra, casi incestuosa, como si se asistiera a las caricias de un hermano a su hermana, o viceversa. Así rodeamos la isla de la muerte y pusimos rumbo a Canareggio... Las iglesias, he pensado siempre, deberían permanecer abiertas durante toda la noche; al menos, la Madonna dell'Orto -no tanto por la probable coincidencia horaria con la agonía del alma, como por la maravillosa Madonna con niño de Bellini que guarda-.

Yo querría desembarcar allí y echar una mirada furtiva al cuadro, al espacio de una pulgada que separa la palma izquierda de la Virgen de la planta del pie del Niño. Esa pulgada -¡ah, mucho menos!- es la que separa el amor del erotismo. O tal vez sea lo esencial del erotismo. Pero la catedral estaba cerrada y nos internamos en el túnel de las grutas, para cruzar su mina piranesiana, abandonada, plana, iluminada por la luna, con las escasas chispas de su mineral eléctrico, hacia el corazón de la ciudad. Sin embargo, ahora sabía lo que el agua siente al ser acariciada por el agua.

Desembarcamos cerca del armatoste de cemento del Hotel Bauer Grünwald, reconstruido después de la guerra, cerca de cuyo final fue volado por los partisanos locales porque alojaba al mando alemán. Como adefesio, hace buena compañía a la iglesia de San Moisé -la fachada más recargada de la ciudad-. Juntos, hacen pensar en Albert Speer comiéndose una pizza capricciosa. Yo jamás entré, pero conocí a un caballero alemán que vivió en esa estructura monstruosa y la encontró muy cómoda. Su madre se estaba muriendo, él estaba aquí de vacaciones y hablaba con ella por teléfono a diario. Cuando la mujer expiró, él consiguió que la administración del hotel le vendiera el receptor telefónico. La administración comprendió, y el receptor fue incluido en la cuenta. Pero es muy probable que aquel hombre fuera protestante, y San Moisé es una iglesia católica, que además está cerrada durante la noche.

Equidistante de nuestras respectivas viviendas, había un lugar tan bueno como cualquier otro para desembarcar. Lleva alrededor de una hora cruzar esta ciudad a pie, en cualquier dirección. Dando por sentado, desde luego, que uno conoce su camino; yo lo conocía en el momento en que salí de la góndola. Nos dijimos adiós y nos dispersamos.

Eché a andar hacia mi hotel, cansado, sin intentar siquiera mirar a mi alrededor, murmurando para mí mismo algunas frases, pescadas Dios sabe dónde, del tipo de «Saquea esta aldea» o «Esta ciudad no tiene piedad». Sonaba al primer Auden, pero no lo era. De pronto, deseé un trago. Me desvié hacia San Marcos, con la esperanza de que el Florian aún estuviese abierto. Habían cerrado; estaban retirando las sillas de la arcada y colocando tableros de madera sobre las ventanas. Una breve negociación con el camarero, que ya se había cambiado para marcharse a su casa, pero al que yo conocía superficialmente, dio el resultado apetecido; y con ese resultado en la mano, salí de la arcada y eché un vistazo a lapiazza. Estaba absolutamente desierta, sin un alma. Sus cuatrocientas ventanas con arco se encontraban en su desesperante orden habitual, como olas idealizadas. Esa visión siempre me hizo pensar en el Coliseo romano, donde, en palabras de un amigo mío, alguien inventó el arco y no pudo detenerse. «Saquea esta aldea», seguía murmurando todavía. «Esta ciudad no...» La niebla empezó a tragarse la piazza. Era una invasión tranquila, pero, a pesar de todo, una invasión. Vi sus arpones y sus lanzas, que avanzaban en silencio, pero a buena velocidad, desde la laguna, como soldados de infantería que precedieran a la caballería pesada. «En silencio, y a buena velocidad», me dije. Se preveía la aparición, en cualquier momento, de su rey, el Rey

Niebla, volviendo la esquina en toda su gloria de cúmulos. «En silencio, y a buena velocidad», me repetí. Ahora, era la última línea de la «Caída de Roma» de Auden, y aquél era ese lugar que estaba «enteramente en otra parte». De pronto, sentí que estaba detrás de mí, y me giré con toda la rapidez posible. Una alta, lisa ventana del Florian, razonablemente bien iluminada y aún no cubierta con madera, brillaba entre las masas de niebla. Fui hacia ella y miré al interior. En el interior, era 195?. En los divanes de felpa roja, alrededor de una mesita de mármol con un kremlin de bebidas y teteras encima, estaban Wystan Auden con su gran amor, Chester Kallman, Cecil Day Lewis y su esposa, Stephen Spender y la suya. Wystan narraba alguna historia divertida y todos reían. Al promediar la historia, pasaba junto a la ventana un guapo marinero; Chester se levantaba y, sin decir ni siquiera «Te veré luego», salía en ardiente persecución. «Miré a Wystan», me contó Stephen años más tarde. «Seguía riendo, pero una lágrima rodaba por su mejilla.» En este punto, para mí, la ventana se había oscurecido. El Rey Niebla entró en la piazza, refrenó su semental y comenzó a desplegar su turbante blanco. Tenía los borceguíes húmedos, y también su caballería; su capa estaba tachonada con los débiles, miopes rubíes de las lámparas encendidas. Vestía así porque no tenía la menor idea del siglo en que se encontraba, por no decir del año. Pero, siendo niebla, ¿cómo podría?

Permitid que me repita: El agua es igual al tiempo y proporciona a la belleza su doble.

Constituidos en parte por agua, servimos a la belleza del mismo modo. Al rozar el agua, esta ciudad mejora la apariencia del tiempo, embellece al futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo. Porque la ciudad es estática, mientras que nosotros nos movemos.

La lágrima es prueba de ello. Porque nosotros partimos y la belleza queda. Porque nosotros vamos hacia el futuro, en tanto que la belleza es eterno presente. La lágrima es un intento de permanecer, de rezagarse, de fundirse con la ciudad. Pero eso va contra las reglas. La lágrima es una reversión, un tributo del futuro al pasado. O es el resultado de sustraer lo mayor a lo menor: la belleza al hombre. Lo mismo vale para el amor, porque nuestro amor, también, es más grande que nosotros.

Noviembre 1989

Traducción de Horacio Vázquez Rial



Definitiva "guerra de los emails", ¿o no?

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«Rindo tributo a tu memoria», termina la «reflex» de Castro I que trae el Granma de hoy. El tributado es Sergio del Valle, quien fuera Ministro del Interior del castrismo entre enero de 1968 y marzo de 1979, y ¡ojo con esas fechas!

Ministro del Interior, pues, durante once años marcados por la más feroz represión del período revolucionario, con la excepción, tal vez, de los primeros dos años.

Represión que en esos años se cebó con especial celo en los intelectuales. Unos años en los que caben, por poner algunos ejemplos, el «Caso Padilla», el mal llamado «Quinquenio gris», las condenas a René Ariza y Reinaldo Arenas, el ostracismo de los mejores escritores, el hostigamiento, la vigilancia permanente, la reiterada negativa de permisos para emigrar, o siquiera viajar al extranjero, para aquellos que lo reclamaban.

Y en el Granma de hoy: tributo a la memoria de quien organizó y sistematizó esa represión: Sergio del Valle.

¿Cómo es que mi buzón de correo no está desbordado?, me pregunto. Si cuando Pavón asomó la jeta a los televisores se armó la que se armó, ¿no correspondería esperar ahora incontenibles desbordes de ira? Fidel Castro y el Ministro del Interior de los años grises en primera plana del Granma y con tributo. Los máximos responsables: Allez, cubains!

Pero mi buzón no trae palabra. Sin noticias de Desiderio. Ni palabra de Reinaldo González. Antón, muchacho, ¿en qué recóndito municipio estás? ¿Por qué no vuelan indignados correos de buzón en buzón, hasta ir carenando en las playas del exilio?

Bah, debe ser que en La Habana todavía no ha amanecido. En unas horas, ay, en unas horas, los valientes que denunciaron al ICRT por su Pavón, inundarán la Intranet con sus bravas exigencias de satisfacción.

¿O no?

 

El blog de Martha Colmenares, bastión de vergüenza antichavista, ha dejado de aparecer en su url habitual. Los cachorros de Chávez lo silenciaron. Otro tanto había sucedido antes con Megaresistencia, otro espacio de oposición al chavismo en la Internet.

Martha, que es mucha Martha, continúa desde espacio alternativo abierto en Blogspot. A quienes se interesan por Venezuela, ese país irremisiblemente perdido, les recomiendo seguirla desde su nueva trinchera. Quiero suponer que los enemigos de la libertad no podrán con la plataforma de Google, aunque quién sabe. La tenacidad de los liberticidas es inagotable.

 

De contra: ¿Han buscado alguna vez en Youtube la combinación «Cuba UMAP»?

El resultado es perfecto testimonio de nuestra derrota, la de los cubanos. Lo dicho: los liberticidas nos ganan en ahínco y tenacidad.

 

De recontra y muy à propos:

La Constitución de 1937: la constitución de Stalin: «pueden contar con que Stalin sabrá cumplir su deber con el pueblo, el campesinado y la inteligentsia», afirma.

Y cumplió con su «deber».

 

De requetecontra: entretenido anoche en el Youtube con Stalin –hay joyas-, me topé con esta suerte de «niña del exorcista» chilena que jalea a un muy satisfecho Fidel Castro.

Valenciaga: ponle este video entre suero y suero, que le va a gustar…

Fotografía de la serie Cuban prisons, de Pigi Cipelli.



Mentirosos compulsivos

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Leo que Jordi Bilbeny, filólogo catalán, afirma que el Lazarillo de Tormes fue escrito originalmente en catalán. Que lo que conocemos es mera traducción al español de un original desaparecido. A favor de su tesis, aduce que el anónimo contiene «un gran número de catalanadas». La picaresca, pues, habría dado sus primeros balbuceos en catalán.

Recuerdo de inmediato un par de catalanísimos y recientes affaires. En ambos, ciudadanos nacidos en el Principado se erigieron en prominentes lazarillos de causas que les eran ajenas. En «sobrevivientes».

El de Enric Marco Batlle, un tipo que se hizo pasar durante años por internado en los campos de concentración de Mauthausen y Flössenburg. Toda una historia. Todo un pasado. Presidió una oenegé -Amical de Mauthausen- dedicada a vindicar la memoria de las víctimas de los campos. Habló ante encumbrados auditorios, apareció en memoriosos documentales. Todo hasta un día. Lo desenmascararon: el tipo mentía. Simplemente, se había inventado una biografía más trágica que la que tuvo. Aunque casi tan trágica como la que de veras tiene un falsario de tal categoría.

Más recientemente, tuvimos a Alicia Esteve, barcelonesa que se inventó ser víctima del atentado islamista contra el World Trade Center, en Nueva York. Decía ser una de las pocas personas, así atrajo fama y focos, que consiguieron bajar de los pisos más altos de una de las torres del WTC, antes de que se desplomara. Aderezó la historia con una trama amorosa: su presunto novio habría muerto en el propio atentado. Tania Head, como se hacía llamar en su avatar de sobreviviente, urdió una historia bien hilvanada que la llevó a presidir la Asociación de sobrevivientes del 11/S. Desenmascarada, ocupó primera plana del New York Times. Su lacrimosa historia no era más que un guión traducido del catalán al inglés.

Con cuánto sigilo avanzo hoy hacia mi mesa de trabajo, instalada en comarca del mundo tan llena de pícaros.

 

De contra:

Carta publicada en la edición de hoy de La Vanguardia. La escribió en español un zaragozano muy pero que muy picarón.

Siempre me sorprende la reacción de los catalanes a sus problemas

Enrique Sanz Escuer. Zaragoza.

En los casos del colapso del Prat o del desastre de las obras del Ave, la reacción ha sido acusar de ineficaz a la Administración Central y pedir el traspaso de competencias de aeropuertos y la cogestión de las obras del Estado en Cataluña.

¿Por qué no se ha pedido, en justa simetría, que el Estado cogestione obras como la del Carmel? ¿Se imaginan que hubiera pasado si en lugar de ser Mossos d'Esquadra, hubieran sido Guardias Civiles los protagonistas de las torturas? Y respecto al caso del 3% (que ahora parece ser del 20%) ¿Habría habido indulgencia de haber estado implicados el PP o el PSOE?
Por ultimo, respecto a los Presupuestos del Estado, desde que empezó la democracia, habrá habido unos 30. La gran mayoría de estos presupuestos ha sido aprobada con el voto de los diputados catalanes del partido de Gobierno (UCD, PSC, PP) más el voto de los diputados catalanes del partido bisagra de turno (CIU, ERC, Iniciativa). Creo que, en un cálculo a ojo, se puede decir que más del 80% de los Presupuestos Generales del Estado han sido aprobados por más de un 80% de la representación de Cataluña en el Congreso. Esto es algo que no se puede decir de ninguna otra Comunidad Autónoma.
Ahora se descubre que estos Presupuestos han sido insuficientes para Cataluña, pero la culpa la tienen… ¡los madrileños!



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Autor: Jorge Ferrer

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