Los ojos de los animales
Jorge Ferrer | 21/03/2007 17:03
El rostro de esa mujer que abocina las manos para gritar improperios. Sus ojillos oscuros.
Hay un momento hacia el final de Grizzly Man, cuando Werner Herzog hace un repaso a la ideología de Timothy Treadwell, a su fanatismo conservacionista. Se pregunta, tras haber visionado las noventa horas de soliloquio de Treadwell vindicando la presunta espiritualidad de los animales, cómo es que no supo ver jamás lo único que hay detrás de los ojos de un oso pardo: la estúpida mirada de una fiera en busca de comida que llevarse a la boca.
Felizmente, hay otros ojos. Otras mujeres.
Fotografía: Javier Galeano/AP
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 21/03/2007 17:05
Cuestiones
Jorge Ferrer | 20/03/2007 16:36
La cuestión no es el por qué Encuentro en la red (EER) descartó publicar el mendaz artículo “Guayabitos en la azotea”.
La cuestión, a mi juicio, es el por qué El Nuevo Herald lo publicó. ¿Qué política editorial avala publicar acusaciones de tamaña índole, sin considerar previamente su veracidad? ¿Qué cotas de envilecimiento hemos alcanzado, como para que cualquier escritor exiliado pueda acusar impunemente a un escritor residente en la isla de ser agente de la Seguridad del Estado, sin más prueba que la de su sola elucubración?
¿Informó El Nuevo Herald a Reina María Rodríguez de que publicaría tales acusaciones? ¿Le ofreció espacio para la réplica? Ni una cosa ni la otra. Y así me consta, porque la llamé a La Habana el día de la aparición de “Guayabitos…” y ni siquiera sabía de su existencia. (RMR carece de conexión a internet, dato que supongo no sorprenderá a nadie que no sea BCM.) ¿A qué molestarse en llamar por semejantes naderías a escritora residente en la Habana? Publican artículo que pretende su muerte civil y literaria y tan solo una carta de lectora residente en Hialeah, carta excelente, sirve de matización. Se me ocurre una media disculpa: que en El Nuevo Herald sepan lo que las palabras de BCM valen exactamente.
¿Publicaría El Nuevo Herald un artículo donde se dijera que La Casa Azul se ha convertido en un “cenáculo seudorreligioso para imbéciles” o que motejara repetidamente a BCM de, digamos, “delirante cancerbero de la memoria de Padilla”. No lo haría. ¿Por qué entonces sí que publica uno en el que se compara la azotea de la casa de RMR con una célebre casa de putas y se llama repetidamente a la propia RMR “la chica de la azotea” con más que evidente intención de insultarla?
La cuestión no es tanto, que también, si la negativa a publicar el artículo de BCM constituye evidencia de censura en EER. La cuestión es, a mi juicio, el por qué los rencores privados de BCM se convierten en cuestión a discutir en público. El por qué sus cuitas matrimoniales y sus infructuosos desvelos con la literatura, han de tener más espacio que el de las cuatro paredes de la Casa Azul, Heberto Padilla Cultural Center, cuya misión, leo en su site “is to be… a center for human development, with emphasis in art and culture joined together with non-excluding spirituality, or religious, with postulates based in the historical figure of Jesus, the Son of God”. Por cierto, ahí sí que veo un insulto a la memoria del poeta de Fuera del juego.
La cuestión, sí, es la política editorial de EER y la revista Encuentro, en tanto se han convertido en las más importantes publicaciones cubanas editadas fuera de Cuba. Pero lo es en la exacta dimensión en que los lectores de los países libres discutimos la evolución de la línea editorial de las revistas o periódicos privados que leemos. Ni más ni menos. Sobre ese menester circulé yo mismo, hará unos tres años, mensaje electrónico en ocasión de la negativa a publicar artículo mío en respuesta a otro, aparecido precisamente en El Nuevo Herald, donde Emilio Ichikawa defendía que la delación es ejercicio natural para quienes viven bajo una dictadura y que todo el mundo lo hace. Ese artículo, que los editores de EER consideraron ofensivo para su colaborador, se publicó entonces en la magnífica La Habana Elegante. Me pareció, y parece, que se equivocaron al rechazar un artículo que les envié. Lo hicieron con excusas que no me convencieron. Mi disgusto ante esa decisión implicó que decidiera no enviarles más textos. Entendí que EER no animará polémicas. Que su línea editorial transita por otros derroteros. Como autor y lector, lo lamento. Ya sé lo que no voy a encontrar en sus páginas y lo busco en otras. Sé también lo que ofrecen, que me interesa, y la consulto en busca de esa información.
(En los últimos dos años he suspendido en dos ocasiones esa decisión: para ofrecer entrevista a Juan Abreu con motivo de la magnífica antología Cuentos desde Miami, que preparó para Poliedro, y para publicar nota con motivo de la muerte de Mario Parajón, publicada también en Penúltimos días.)
Otra cuestión: ¿la cualidad de víctima del castrismo es, automáticamente, asiento de autoridad? Por muy dolorosas que sean las heridas infligidas por la dictadura, ¿se ha de aplaudir que se conviertan en coartada para la mentira y la insidia?
Y la cuestión es, por último, que EER reacciona por primera vez, que yo sepa, a texto publicado en un blog, La finca de Sosa. Felicito al blogger y a EER. ¡Qué magníficas herramientas de pluralidad y presión son estos espacios públicos!
De contra: al leer el comentario de Manuel Sosa sobre las críticas de BCM a la revista Encuentro por ignorarla y censurarla, me pregunté qué diría exactamente del dossier “Revistas del exilio cubano” que coordiné para el Nº 40, Primavera de 2006. Allí aparece BCM respondiendo a un cuestionario que le envié, artículo suyo sobre Linden Lane Magazine y ensayo de Carlos Espinosa que le dedica párrafos muy elogiosos. Para mi sorpresa, y alivio, BCM no menciona evento tan significativo, por modesto que sea, para recuperar la memoria editorial del exilio cubano en el que ella misma tuvo participación tan señalada. ¿Qué más, Belkis? ¿Un homenaje?
Belkis, Belkis. Primero se muestra la obra. Y sólo después se pide mármol para el busto
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 20/03/2007 16:43
Meet the Press
Jorge Ferrer | 19/03/2007 13:51
¿Quiere usted desestimular…?
(¿Desestimular? Más atención con los títulos, Luis, no sea que “desestimules” la lectura del artículo. No captaste la sugerencia sobre el ingenio. O la captaste mal.)
Luis Sexto
Juventud Rebelde. 9 de marzo de 2007
Nada puede impedir que la gente piense. (Cuidado, Luis. Sueles comenzar tus artículos con ánimo filosófico. Y es cosa que lleva peligro. En este, porque sí que hay algo que puede disuadir a la gente de pensar. Y sabes bien que no podemos nombrarlo.) Es obvio, pero al comenzar mi columna con una frase aparentemente tan común, estoy insinuando que algunos pueden intentarlo. (¿Intentar qué? ¿Pensar? ¿Impedir que se piense? Ya empiezas a complicarlo. Lo mismo de siempre.) Sería, por supuesto (ya nos dijiste que es obvio el no sé qué; ahórrate este “por supuesto”), como echar el mar en un caracol o dentro de un hueco abierto en la arena. ¿Quién le establece raya o cerca al pensamiento? (¡¿Que quién hace cosa tan mala?! Vamos, Luis: tú lo sabes.) Existen personas así: solo existe lo que ellos creen que existe. Lo demás es espejismo y, por lo tanto, no lo tienen en cuenta. (¡Qué feo eso! ¿Recuerdas el cursillo sobre frases hechas? Pues, aquí me arrancas dos: “tirar piedras sobre tu propio tejado” y “morder la mano que te da de comer”.)
Claro, hay una acción —acción por omisión— más impolítica e irracional: ignorar lo que la gente piensa. (Uno: ya te he dicho que lo tuyo no es la filosofía, querido. Y tampoco la disidencia: no te metas con los que ignoran lo que la gente piensa. No te queremos en la cárcel, Sexto.) Y de esto hablo, porque, siguiendo una de las últimas reflexiones de este espacio, un lector me envió una lista de 26 reglas para desestimular o desmotivar a los trabajadores. (Cuida la redacción: si ese lector que dispone de tanto tiempo envía la lista de marras “siguiendo” tu último artículo, se pensará que iba contra ti. Y sabes bien que no será difícil que lo crean.) ¡Son tantas...! aunque, a veces, solo con una basta. (Cuídate de oraciones tan complejas. Sujeto y predicado. Y lo que te decía Tubal, sin recordar a quién citaba: nosotros no escribimos para El Nuevo Herald .) Es decir, el acto del remitente confirma que la gente lee y piensa. (¡Sexto, coño! No hace falta que en el segundo párrafo te pongas ya a justificar el primero. Con lo del mar y el caracol y el hueco ya hubo suficiente.) ¿Y podría ser de otra manera? Si los ciudadanos hacen cola en la Feria del Libro, si estudian en las universidades municipales o ya tienen un título, hay, pues, que aceptar que la gente —al menos una porción del conglomerado nacional— está apta para pensar. (Debería suspenderte. Porción, conglomerado. Esto, ¿qué es? Un catálogo de Cubanacán. Ay, por cierto, ¡ni nombres a Cubanacán!) Y el autor del mensaje, pensando él (uf, esto sobra: cuando te veas a punto de soltar algo así, vete a pugilatear un café: suele calmar), me hacía recordar que esas reglas son muy viejas, pero no siempre han sido tenidas en cuenta. (Ay, no: ¡otra vez el Pavonato, no! Luisito, viejo, ¡no te compliques! Eso son cosas de intelectuales. Tú, a lo tuyo. UPEC. No UNEAC. ¡Allá ellos con sus cosas!) Una de ellas la he empezado a comentar desde la primera línea de mi nota: «Ignore las quejas y no escuche a quien las trae». (¿Le falta mucho a este artículo?)
Es decir, decida, actúe, y no averigüe qué piensan sus subordinados, sus electores, los ciudadanos de cuanto usted decide y hace. (Ya lo hacen, Luis. Además, este es el articulito en JR. No la reunión con los jefes. Organiza bien los papeles, anda.) Es la mejor fórmula para que la gente empiece a dudar, a deprimirse, a distanciarse. Pero si usted sabe cómo sienten, cómo reaccionan a sus decisiones o actos, asuma que son unos majaderos o acepte que nada de cuanto alegan en sus quejas posee alguna razón. De ese modo, todo seguirá como usted ha dispuesto. (¿A qué viene esa recomendación, muchacho? Sexto: te doy un párrafo más para definirte o doy camino a esto.)
¿Es cierto que hay en Cuba personas así? (No sigas… que te vas a embarcar…) ¿Sordas, ciegas, insensibles ante el reclamo de la ciudadanía o del vecindario? (Muy bien lo del vecindario, porque así rebajas el nivel de los culpables. La cautela, Sexto. ¿Cuántas veces no hemos hablado de la cautela?) Lamentablemente, existen personajes como los descritos. (Ay, ¡no! ¿¡Vas a tirar con todo!? No aprietes tanto, chico, que después la gente se pone a pedir más.) Tienen algún poder y lo usan. (Otra vez la cautela. Bien, muchacho. Ese adverbio te salva la cuenta de correo y los CUC de compensación. “Algún” poder: he de reconocer que has aprendido lo principal.) No lo usan, sin embargo, para servir o construir. Quizá para generar quejas y molestias, porque las cosas solo pueden ser como ellos las determinan. (¡Viva ese “quizá”! No hay que “generalizar”: la cosa es de sargento para abajo. ¡Cien puntos en cautela! No es asignatura, pero es herramienta fundamental de trabajo.) Yo me entiendo. (Nada de secretos, Sexto. Vuelves a sembrar la duda en el censor. Y nada de afirmaciones tontas. Ni tú te entiendes, ni te entiendo yo. Ahí dejas abierta la posibilidad de que el lector se imagine cualquier cosa. Piensa por un momento -ya lo decías tú que todo el mundo piensa, ¿por qué no tú mismo?-, que se les ocurre que hablas de Fidel o Raúl.) Sé que no estoy cantinfleando. (A veces, Sexto, eres insuperable.) Ese es el comportamiento típico de la mentalidad que llamamos burocrática.
La burocracia no es un grupo, ni una entidad: es eso, un modo de ver, un modo de juzgar, y, sobre todo, un modo de verse y juzgarse a sí misma. (¡Y dale con la filosofía! Ahora resulta que la burocracia es herramienta barthesiana o kantiana. ¡Y ese uso del reflexivo! Sexto: limítate a lo tuyo. Recuerda la divisa. No, el CUC no. La otra: que se crean que somos un periódico crítico. Si sales con esas tonterías de la regard , la gente se va a perder. Nos tomarán por postmodernos. Vamos, céntrate.) Y usualmente cree que está sobre toda ley o sobre toda relación. En otros momentos lo he dicho (¡No aludas jamás a tu obra! Busca autoridades): las actitudes burocráticas no respetan ni las decisiones de los tribunales. (¡Santa Bárbara bendita!) Por ejemplo, cuántos vecinos no se han quejado del ruido, ese disturbio ambiental que a veces es permanente, y ante la tozudez de cuantos lo producen (Perfecto. El ruido: has encontrado tema inocuo, vecinal y sensible. Así le echamos la culpa a motores y compresores. Perdóname, socio. A veces, te subvaloro.) —digamos una empresa, un establecimiento comercial, un hotel— han acudido a los tribunales, respaldados incluso por el delegado de circunscripción; el fallo los ha favorecido, pero todo ha continuado por meses y años de la misma manera. Del otro lado, ignoran el fallo. O niegan que sea justo. (¿Qué decías de los ejemplos? Anótalos, caray… ¡Claro que bromeo! Lo has cerrado muy bien, porque así atizas la envidia a los dirigentes y estimulas el miedo. Eso, sextico, ¡el miedo! ¡Eres un monstruo! )
Claro, la mentalidad burocrática sabe defenderse. Ante la queja, esgrime siempre las razones de defensa de la economía. (Dos veces “defensa”: ¡bien!) ¿Quién se atreve a dañar nuestra economía? Ah, bueno. (Cuídate del coloquialismo, brother . Ya sabemos que no es lo tuyo. El lector puede identificarte contigo, sí. Y eso lo prepara para tragarse la moraleja, pero la gente te conoce. A estas alturas, sabe que todo esto es cuento.) El argumento parece incuestionable. Pero, como han establecido desde hace tiempo las relaciones humanas, una acción tiene siempre su reacción. (¡Y dale con los filosofemas!) ¿Quiere usted desestimular, desmotivar, decepcionar a los actores principales de la economía, esa gente que sufre, trabaja y piensa? (Y erre que erre: eres incorregible, Luisito.) Pues ignore las quejas y no escuche a quien las lleva. (Hablemos claro, Sexto. Entre nosotros, quiero decir. No te pongas tú a hablar claro, que sabes demasiado. Sé que conoces la verdad y te gusta jugar a decirla sin decirla. ¿Qué tal si la dices de una vez y me ahorras tanta muela? Anímate, muchacho: tu censor está contigo. ¿Que no? ¿Que seguimos con la bobería y la jabita? Pues, dale. Yo, que soy también tu amigo, te acompaño.)
De contra: el Granma de hoy trae texto suculento sobre la “lucha antivectoral”. Unas 1800 palabras. Hay de todo: reconocimiento de que los brotes del Aedes aegypti adquirieron proporciones críticas el verano pasado, incitaciones a acudir al mercado negro en busca de plaguicidas, reproches a la desidia de dirigentes de nivel medio y evocaciones nostálgicas del rigor de “los ochenta del pasado siglo”.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 20/03/2007 20:49
Preludio a Royal
Jorge Ferrer | 18/03/2007 17:54
En la noche, voy a cenar al Barrio Gótico. Sé que en la tarde ha habido manifestación “contra la guerra de/en Irak”. Me dicen que los manifestantes de Barcelona –unos 1500, según La Vanguardia– llevaban, además de las previsibles pancartas, una bandera cubana y un cartel con el slogan que se ha popularizado desde Porto Alegre: “Otro mundo es posible”. El topónimo Guantánamo también se repetía una y otra vez.
Un rápido rodeo por las portadas de los diarios me regala imágenes de carteles con foto de Bush y la leyenda “Terrorist # 1”. A diferencia de las manifestaciones que vivió Barcelona cuando el ejército de los EE.UU. comenzaba la invasión, la de hoy no me significó ninguna molestia. Entonces, por el contrario, mis vecinos inundaron sus balcones con banderas y pancartas, y, lo peor, practicaban cada tarde el ejercicio de la cacerolada, enemigo mortal de la lectura.
Por aquellos días, adorné mi balcón, para no desentonar con el generalizado ánimo decorativo, con una bandera que llevaba la leyenda “Paz con Dignidad”. Aquel era por entonces el lema que adoptábamos quienes queríamos que hubiera en Irak una paz sin Saddam. Definitivamente, esa guerra no satisfizo los deseos de ningún inquilino de Occidente.
La manifestación de hoy no molestó mis horas de lectura. Tan escasa asistencia no mereció, parece ser, el sobrevuelo de los helicópteros policiales. Tampoco me molesta ya demasiado –de algo han servido estos últimos años- convivir con gente que jalea a regímenes totalitarios, con especial predilección por la Cuba de Castro y los totalitarismos que hablan árabe. Lejos quedan los días de mi llegada a esta ciudad, la primera visita a la Universidad Autónoma de Barcelona y la delirante visión de una pancarta que decía: “Che: los gays y las lesbianas estamos contigo”. Ya me he acostumbrado a la inocente imbecilidad que promueve la ignorancia, como se acostumbra uno a un zapato mal hormado. Ya me he habituado a que defienda el Islam una muchacha semidesnuda o un homosexual. No hay en ello novedad: las primeras víctimas son las que llaman a sus verdugos. La maldición del apaciguamiento. La idiota mirada del tipo que se encuentra con una cobra en la bañadera.
Creo que fue Jack Straw quien respondió a pregunta acerca de la violencia en Irak con aquello de que “los mismos que matan ahora en Irak son los que lo hacían cuando gobernaba Saddam”. Respuesta inexacta, porque ahora matan también las milicias shiíes, que eran los muertos de antes, y tantos musulmanes de Occidente, que desde el odio al mundo occidental que auspician esas manifestaciones, se enrolan en el ejército de la muerte que alimenta, adición tras adición, el suma y sigue del Body Counter.
No hay que extrañarse de que alguno de esos soñadores con huríes haya visto pasar hoy a los manifestantes barceloneses con su bandera cubana. ¡Qué curiosa escena! Un Mohammed cualquiera se apresta a enrolarse en la jihad, a la vez que agradece, con perversa delectación, los afanes de esos manifestantes del mundo libre que enarbolan bandera de una dictadura caribeña, amiga de la carne de puerco, el escote y la gozadera.
En El Gran Café, lleno hasta los topes de ese tipo de gente entre la que Mohammed se inmolaría contentísimo, tengo que esperar veinte minutos por una mesa que había reservado previamente. Occidente ya no es lo que era. Esqueixada y setas, de primero. Paletilla de cordero “a la manera de Segovia”, de segundo. Comparto el postre con Marlene: un helado de turrón. Uno vive, y come, como si no lo hiciera en este mundo de la rendición ante los bárbaros inaugurada por San Agustín, como defiende con apasionamiento Cesar Mora.
Así, el tema que dominó la mesa, mientras paladeábamos un Priorat y otros manifestantes, éstos a favor de una tal Nuria, detenida en Girona, chillaban en la plaza Sant Jaime, fue el de las elecciones francesas. En particular, la evolución de los sondeos y la suerte de Ségolène Royal. Volveré sobre ella, ese personaje secundario de la iluminadora L’Esquive, de Abdellatif Kechiche. Un Directors’s Cut la incluiría de lleno. Volveré sobre ella, sí, aunque, lamentablemente, sin segundas.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz
Ring
Jorge Ferrer | 17/03/2007 17:17
En la nomenclatura revolucionaria, este 2007 va camino de convertirse en el “Año del teléfono”. Torpón y disminuido, el anciano Fidel Castro recurre una y otra al hilo telefónico para dar fe de vida. También en las imágenes rodadas hace meses lo veíamos alardear de su vínculo con el exterior a través del aparato telefónico. Recluido en su habitación de convaleciente, levantaba el auricular y le respondía al instante un oficial de enlace. En el ascensor del que salía haciendo hilarantes molinetes con los brazos, también había instalado aparato de comunicaciones.
En tanto herederos de la Guerra Fría, Castro y su claque son herederos de un uso político del teléfono de carácter tremendista. La figura del “teléfono rojo” y su cualidad de establecer inmediato enlace entre dos mundos enfrentados, sea para conjurar ataques nucleares o desbloquear crisis de espías, es común a toda la mitomanía del poder bipolar establecido después de Fulton. Fue en esa tradición que La Habana hizo pública la grabación de las conversaciones con el presidente Fox generando un distanciamiento entre Cuba y Méjico.
Ya antes de pasar por el quirófano, y como si nos anunciara por vía intempestiva lo que sobrevendría después, una llamada desde una estación de radio de Miami ponía al dictador cubano en ridículo por vía telefónica y radiada. Mas si hilarante fue aquella falsa conversación con Chávez, las que sostienen ambos ahora, y La Habana y Caracas publicitan en pistas de audio y versiones estenográficas que ruedan por todo el mundo, rebasan ya hasta los límites más laxos del miedo al ridículo.
¿Por qué publicitan desde la Habana las llamadas de ese anciano? ¿Qué ganan con dar testimonio de que vive y afirmar que volverá a ejercer el papel de mayoral, si cada una de esas apariciones evidencia que ello es imposible?
A estas alturas, nadie en sus cabales puede concebir que el hombre que hemos visto ganado por una penosa senilidad pueda volver a hablar ante los ojos de mosca de los micrófonos. Me da, pues, la impresión de que asistimos a un drama familiar de novela mala, representado ante los ojos de todo el país, y de la parte del mundo a la que todavía interesa Cuba. Le dan las últimas alegrías a un anciano, lo dejan regocijarse con las imbéciles loas del sobrino, y preparan su muerte política definitiva.
Tal vez se produzca lo que vaticiné en los días inmediatamente posteriores a la delegación de poderes: que Castro vuelva y descubra que ya nadie lo espera.
De contra: en la última conversación aireada, el “gracias a ti” se convierte en un “por tu culpa”. ¡Qué atinado!
PRESIDENTE CHÁVEZ.- Siempre has sido un entrometido. Tú eres el culpable de toda esta revolución de gente que está en las calles.
¡Viva Fidel, carajo!
…
COMANDANTE EN JEFE.- Me han dicho que es un gran día hoy, que hay una multitud enorme en las calles, que se han mezclado con ustedes.
PRESIDENTE PRÉVAL.- Es casi una revolución aquí. Es culpa tuya.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 18/03/2007 2:17
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