Refugiados I
Jorge Ferrer | 20/06/2007 13:16
Luis Cruz Azaceta
The Crossing
1991
Hoy, 20 de junio, se celebra el Día del Refugiado.
Cortesía de la George Adams Gallery, New York.
En Cataluña también leyeron las palabras de Arnold Schwarzenegger ante la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos.
És una bona pensada i un bon consell. Ara bé si els hispans volen ser sempre uns criats que continuïn sense adaptar-se als Estats Units, per a ells va el pollastre!
D' altra banda, tots els Estats de Sud-Amèrica de parla espanyola s' haurien de plantejar el fet d' introduir l' anglès com a primera llengua si volen tenir un tracte igualitari de la seva metròpoli, els Estats Units, i no uns colonitzats pobres i uns pobres colonitizats com passa ara. En aquesta línia convindria que els sud-americans que vulguin venir a treballar als Països Catalans aprenguessin el català en el país d' origen . Són ells que s' han d' adaptar a nosaltres i no nosaltres a ells. Prou que les criades, les dones de fer feines i acompanyants d' avis i malalts que aquí paguem amb els nostres diners ens imposin la seva llengua, la llengua de les criades. Deu ser l ´ únic país del món on els amos han de parlar la llengua dels subordinats. Potser haurem d' anar a viure a Califòrnia ?
“Buena idea y buen consejo. Ahora bien, si los hispanos quieren continuar siendo criados que no se adaptan a los Estados Unidos, ¡allá ellos!
Por otra parte, todos los estados de Sudamérica tendrían que plantearse la introducción del inglés cono primera lengua si quieren recibir un trato igualitario en la metrópoli, los EE.UU., y no unos colonizados pobres y unos pobres colonizados, como sucede ahora.
En esa misma línea, convendría que los sudamericanos que quieran venir a trabajar a los Países Catalanes aprendan el catalán en sus países de origen. Son ellos los que se han de adaptar a nosotros y no nosotros a ellos. Ya está bien de que las criadas, las empleadas de hogar y las acompañantes de ancianos y enfermos, a las que pagamos con nuestro dinero, nos impongan su lengua, la lengua de las criadas. Este debe ser el único país del mundo donde los amos se ven obligados a hablar la lengua de sus subordinados. ¿Será que nos tendremos que marchar a California?”
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 20/06/2007 13:18
Cien
Jorge Ferrer | 19/06/2007 13:20
Cien días, cien posts. Como esas cien latas de sopa.
Lo voy llevando bien. Saber que hay lectores que vuelven aquí, como yo mismo, día tras día. Verlos a diario en las estadísticas de acceso a El Tono de la Voz –unos números que no dejan de sorprenderme. O en los comentarios. O en los mensajes que dejan en el buzón de correo.
Leerlos discrepar, aprobar y, sobre todo, completar lo que a veces se me queda a medias, escrito como está este blog hurtándole tiempo a mi trabajo y, por lo mismo -y dicho a las claras-, perdiendo dinero, me impide tirar la toalla, por mucho que los pendientes se acumulen sobre mi mesa y los textos en que trabajo me pregunten –tal vez, hasta se lo pregunten entre ellos-, a qué estoy jugando aquí.
Ensayo general.
UPDATE:
Al teléfono:
-Qué bueno está el dibujo ese, Ferrer…
-Sí. Esa ciudad resulta muy adecuada para unos funerales de estado.
-Oye, pero lo del dibujito… ¿No te sugiere nada?
-…Una vulva en homenaje a la FMC o la charretera del cuñado, beneficiario del ensayo general…
El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas retira a Cuba de la lista de países bajo escrutinio permanente. La composición del tal sirvió para hacerlo. Y la esterilidad de ese órgano. En realidad, no cambia nada, puesto que la relatora nombrada en anteriores reuniones jamás pisó suelo cubano.
Si de algo sirve la sesión de ayer es para convencerse de que la Cuba de los hermanos Castro genera la ilusión de ser un país normal. Uno como cualquier otro.
He abogado siempre por desmontar la excepcionalidad cubana. Pero desconocer la excepcionalidad del régimen que ahora padece equivale, en realidad, a potenciarla. “Se trata de dictadura tan distinta, que no la consideraremos como tal”, vienen a decir los de ese Consejo o los ministros de la UE reunidos ayer en Bruselas.
Una curiosa perversión de la lógica. Y de la moral.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 19/06/2007 16:02
Reciprocidad
Jorge Ferrer | 18/06/2007 15:10
¡Qué contento salió Moratinos de esa reunión en Bruselas! “Ha ganado la posición española, que es la del diálogo”, dijo.
Europa acaba de aprobar sorprendente papelón.
Dice: “el régimen político, económico y social de Cuba sigue siendo básicamente el mismo”. Sin embargo, “la primera transferencia de poderes temporal en 48 años, de Fidel Castro a un colectivo de dirigentes encabezado por su hermano Raúl Castro, constituye una novedad”.
Así, nos encontramos con que se saluda la novedad de que un anciano dictador ceda el poder a su hermano, porque se encuentra “entre la vida y la muerte” (qué enternecedor, por cierto, ese "desde que me enfermé"). Cesión que los ministros europeos califican como “primera”, a la espera de ulteriores.
A dialogar, pues. O, más bien, a ver si los delegados de Castro I quieren dialogar: “Para sondear la posibilidad de entablar este diálogo, se invitará a Bruselas a una Delegación cubana”.
Apuesto a que llevarán a los cubanos a visitar la prisión de Saint-Gilles. Por aquello de la reciprocidad…
Esa es toda la reciprocidad que cabe esperar en diálogo entre las democracias europeas y la "novedad" cubana.
Al teléfono:
-Qué derrota ayer para los nacionalismos, ¿no?
-¿?
-El Real Madrid ganó la liga, y el Nàstic y la Real Sociedad bajaron a Segunda División…
UPDATE:
Cada escritor crea sus precursores, dejó dicho Borges a propósito de Kafka. Castro I, que reflexiona ahora sobre el fin-del-mundismo acaba de encontrar uno en Isaac Newton.
En carta que se expone en Jerusalén, el matemático y místico daba fecha para el fin de los tiempos: en 2060. No hay alusiones al mofuco, ni al consumismo, pero el Blogger en jefe podrá aprovechar esos cálculos, que coinciden, aproximadamente, con sus augurios.
No será la primera vez que eche mano de Newton. Recuérdese aquella hilarante crónica de su caída en Santa Clara, que Ramonet copió del Granma y pegó en su entrevista:
"Cuando llegué al área de concreto, a unos quince o veinte metros de la primera hilera de sillas, no me percaté de que había una acera relativamente alta entre el pavimento y la multitud. Mi pie izquierdo pisó en el vacío, por la diferencia de altura. El impulso y la ley de gravedad, descubierta hace tiempo por Newton, hicieron que, al dar el paso en falso, me precipitara hacia adelante hasta caer, en fracción de segundos, sobre el pavimento. Por puro instinto, mis brazos se adelantaron para amortiguar el golpe; de lo contrario, mi rostro y mi cabeza habrían chocado contra el piso."
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 18/06/2007 20:00
Testigo de cargo
Jorge Ferrer | 17/06/2007 12:33
Silvio Rodríguez también hace sus aportaciones a la crítica del Pavonato y fenómenos afines. La revolución entera, vamos. Dado que se trata de diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y que no es el primer miembro de esa cámara que lo hace, me parece que bien pueden ir proponiendo proyecto de ley. O solicitar que la próxima legislatura se abra con una denuncia a la represión castrista de la cultura.
¿Que por qué eso es imposible y su sola enunciación mueve a la risa? Por el envilecimiento y la cobardía.
No obstante, digo yo que si al final hay juicio, el fiscal podría citarlo como testigo de cargo. Al menos.
Dice el diputado Rodríguez:
«Cuando nosotros aparecimos había, en algunos sectores de la juventud, un poco de cansancio de las formas tradicionales de interpretación de nuestra música. Como sucede ahora, aquello se debatía en los periódicos; se le preguntaba a profesionales y a ciudadanos sobre una presunta crisis en la música cubana. Pero eran tiempos muy diferentes a los de hoy. Había una extrema suspicacia no solo con el rock sino también con lo extranjero, incluso con lo que oliera a “moderno”; se desconfiaba de lo que pudiera resultar una mala influencia para los jóvenes.
«Aquella fobia llegó a la locura de vigilar la forma de los compases musicales, ciertas maneras de hacer ritmos con una batería. Se hicieron planes para este tipo de vigilancia, se elaboraron y se circularon esquemas de detección de gérmenes musicales imperialistas y la música “infectada” automáticamente era condenada al veto.”
Lectura dominical:
Bienvenido, Bob
Juan Carlos Onetti
Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.
Igualmente lejos —ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso— del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a aveces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba “querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita”, mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente —yo estaba de pie recostado contra el piano— empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me moró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: “Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?”.
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: “Bueno, puede ser que usted improvise”.
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club —recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo— porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. “Usted no va a casarse con Inés”, dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. “No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga”. Volví a sonreírme. “Hace unos años —le dije— eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...”. Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. “Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella”, pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. “Habría que dividirlo por capítulos —dijo—, no terminaría en la noche”.
“Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”. Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. “Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto”. Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. “usted puede equivocarse —le dije—. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...”. “No, no —dijo rápidamente—, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...”. Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparto de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero —decía también— tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa —la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio—, Bob dijo “nada más”, y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha.
Continúa aquí.
Cortesía de Literatura.us
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 17/06/2007 12:35
Rorty, y submarinos para Chávez
Jorge Ferrer | 16/06/2007 13:41
En Slate, recuerdan a Richard Rorty, muerto la semana pasada. Algunos trazos sobre un Rorty íntimo, que ilustran una humanidad y un sentido del humor bien presentes en la obra del autor de Consecuencias del pragmatismo.
SignandSight reproduce la nota que le dedicó Habermas. The Progressive trae una entrevista inconclusa en torno a Irán y la posibilidad de una deriva ilustrada del Islam. OpenDemocracy, donde también se enlaza a anteriores disquisiciones de Rorty acerca de Irán, inserta sucinta introducción al pensamiento del filósofo. En español, el obituario que firmó Manuel Cruz para El País.
A quien no haya leído a Rorty, le sugiero comenzar por Contingencia, ironía y solidaridad. La postura del ironista liberal que se avanza allí me sigue pareciendo un nicho desde el que poner en práctica una ética ciudadana ajena a banales polarizaciones. Ojo: hay que leerlo con atención, y avanzar más allá, para evitar rendirse a la acusación de relativismo que le endilgaron tantos críticos. O, peor, para practicar el tal (es práctica perniciosa y, encima, enoja a Ratzinger).
"I'm sorry," an undergraduate stammered in the first discussion section to his philosophy survey course. "Is it pronounced 'Berkeley' or 'Barkley'?"
Rorty shrugged, his chin doubling. "You can say Berkeley or Barkley, but I think Berkeley said Barkley," he said.
En Rusia, el Kommersant publica que Hugo Chávez, El Epígono Vulgar, se propone comprar submarinos. Alberto Müller, general venezolano, dice que sí, que se esta estudiando la transacción. Y al rato viene Raúl Baduel, ministro de defensa del régimen chavista y dice que no, que no se proponen comprar esos sumergibles…
Apuesto a que ya están encendiendo los sopletes en los Astilleros del Almirantazgo.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 16/06/2007 22:21
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