Volver a Cuba (and the Tempest)
Jorge Ferrer | 21/08/2007 12:25
Yoani Sánchez, autora del único blog escrito desde Cuba que consulto con cierta frecuencia, Generación Y, ha colgado un interesante y algo desconcertante post el pasado 14 de agosto. Post y certificado: el que aparece arriba. Yoani cuenta que tras unos años de residencia en Suiza decidió regresar a vivir en Cuba. Se plantó allá como si viajara por dos semanas y «se quedó». Se quedó al revés, por decirlo así.
Sostiene Yoani que hay cola de retornados y el documento que presenta sirve de testimonio de que el trámite, en efecto, esta reglado por mecanismos administrativos.
Copio dos fragmentos del post de Yoani Sánchez.
«Justo el 12 de agosto de 2004 me presenté en inmigración provincial para anunciar “Soy yo, aunque no tengo documentos que lo prueben y he venido a quedarme”. Tremenda sorpresa cuando me dijeron, pide el último en la cola de los “que regresan” y dile a la teniente Sarahí que te de el modelo para solicitar el carné de identidad. Así que encontré, de pronto, otros “locos” como yo, cada uno con su truculenta historia de retorno. Un señor que regresaba de España con su esposa e hija, después de cinco años de vivir allá, me dijo: “No te preocupes, van a tratar de forzarte a irte pero tienes que negarte. Lo más grave es que tengas que estar dos semanas detenida, pero la cárcel es aquí mismo y los colchones están de lo más buenos”.»
«No quiero con esta historia explicar lo que muchos todavía siguen calificando como un acto insensato, sino decirle a aquellos que alguna vez lo han pensado hacer, que es posible. No es tan irrealizable ni tan inusual como los enmarañados decretos y leyes migratorios quieren hacernos creer.»
Es tema que desasosiega al exilio. Apunta a un espacio de normalidad que colisiona con la visión que dibuja una isla de la que todos quieren escapar a toda costa y a la que sólo regresan aquellos que han dejado rehenes en manos del gobierno.
No obstante, todos sabemos de retornados. Gente que no ha sabido –o querido- adaptarse a modos de vida más exigentes de lo que suponían al marcharse de Cuba, cubanos que se han encontrado con que la pobreza o la soledad son animales feroces y no han sabido domarlos… Otros, forzados por circunstancias familiares o por la tentación de heredar propiedades familiares en Cuba. Los menos, porque estiman que haciendo trabajos eventuales para contactos que han hecho durante su exilio breve, vivirán con más holgura económica en Cuba que en Madrid, Puebla o París.
Por último, pobres diablos como Gutiérrez Menoyo o aquel Juan Carlos Zamora que se dedicaba en Miami a cargar las jabitas de las familiares de los espías presos y un buen día decidió continuar sus colaboraciones con La Jiribilla desde la misma Habana. Naturalmente, ya no publica allí, porque importaba el topónimo que aparecía bajo su nombre, no las adulatorias líneas que componía. También han vuelto escritores y pintores, aunque son los menos, y salvo en los casos de Lisandro Otero o Lina de Feria, lo hacen para pasar estancias allá, no para radicarse definitivamente.
Pero hay regresos. Y retornados con nombre y apellidos. Una circunstancia que se cuela en los debates en torno a si exilio o emigración, al cuánto hay de exilio y cuánto de emigración. Ayuda a visualizar, si es que alguien necesita la fotografía, a un exilio que es, para muchos, mero tanteo, y como tal un viaje que puede ser de vuelta.
Hay aún otra circunstancia que me entretuvo al leer a Yoani y ver ese certificado: en el exilio –o emigración- hay muchos valedores de la dictadura de los hermanos Castro que suelen lamentar la imposibilidad de regresar a Cuba. Algunos tratan de error su marcha de Cuba. Pues aquí les va esta buena noticia en forma de certificado. La nostalgia acérrima, oigan, resulta que tiene solución. Tienen vía libre para acudir al funeral de Castro I. Como explica Yoani, también les será restituida el alta en la OFICODA.
Eduardo González, de quien publiqué nota sobre Lezama Lima hace unas semanas, me envía su Cuba and the Tempest. Literature & Cinema in the Time of Diaspora (The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2006). Se me ocurre que será –y ya habrá sido- libro desconcertante para muchos. González aborda la obra de tres escritores cubanos, Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo y Leonardo Padura, desde una perspectiva ajena al provincialismo ensimismado que campa por la crítica literaria cubana. Heredero, precisamente de aquel magnífico La isla que se repite de Benítez Rojo, González descubaniza a los escritores que estudia para abocarlos a diálogos signados por el pathos de la literatura y el élan románticos. Pasen y lean. Hay un contrapunto entre Martí y Nietzsche que los descubre en fraternal trasiego con la escritura romántica. Magnífica herramienta para leer literatura cubana despojados de la ominosa tiranía de la palabra «cuba».
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 21/08/2007 14:56
Aldana, Bernhard, La revolución de los fusiles
Jorge Ferrer | 20/08/2007 12:40
Y se nos fue el weekend sin anuncio de velatorio. Fidel Castro parece que se está trabajando estancia larga en las ergástulas del llamado «encarnizamiento terapéutico», una moda posmoderna.
Ese Palacio de la Revolución devenido máquina de mil tubos. Panteón que encierra quirófano, habitación amueblada con plywood y mármol, y a anciano con un hobby. Mientras trabajaba ayer domingo, tres veces dejé sonar el documental sobre la visita de Dizzy Gillespie a La Habana, cortesía de la sin par A.
Una joya. Seguramente volveré sobre él. Carlos Aldana, curioso figurante de esa pieza. ¡Y con ínfulas! Además, un Castro I con habano en la boca y modos kaiserescos, cesáreos. Y esa ingenuidad del buen Gillespie que busca huellas de Chano Pozo en los pliegues del atrezzo construido clavo a clavo por el Departamento de Orientación Revolucionaria.
Tan estimulante y placentero el sábado, y que se den «por aludidos» las aludidas, y tan stajanovesco el domingo, que me llevé a la sobrevela, gozo y penitencia, ya comenzado este lunes, a quien hay que releer a diario, deber que suelo incumplir.
Y ahí, fíjense si vale la pena atenerse a la norma, me encuentro que el Grafenhof de Thomas Bernhard es Palacio de la Revolución que me lleva al sueño con la geométrica certeza del paralelo.
Mas no me entretengo ni los entretengo en lunes que trae colaboración suculenta a este Tono de la Voz. Busque cada uno su ejemplar de El frío ( Die Kälte. Eine Isolation) de Bernhard. En español, lo tiene Anagrama. Encierro, muerte anunciada, anuncio propio y ajeno, espera y esperanza y desespero…
Uno se levanta ya en lunes -ducha fría y café con leche. Y pone lavadita oreja que aguante lo que se diga.
Y Hugo Chávez, el Epígono Vulgar, resulta que nos vino ayer con estas:
"Por internet están corriendo rumores de que murió Fidel o de que lo tienen entubado esperando sólo el momento. Fidel está produciendo, lo sé, escribiendo. Hablé con él el día de su cumpleaños, le mandé un retrato de Bolívar como regalo".
Pero no digo nada de Chávez, que hoy hay huésped que se ocupa de él con razones sobradas: Leonardo Rodríguez, poeta venezolano recién llegado a Madrid. Una cortesía con los lectores de El Tono de la Voz que le agradezco.
Entretanto, la televisión cubana continúa preparando a sus fieles seguidores para lo ineludible. Stay tuned...
La revolución de los fusiles
Leonardo Rodríguez
En una entrevista de 1977, en una España que salía de la larga sombra militar de Francisco Franco, el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz habló: y dijo algo memorable. La política, sentenció el autor de Pasado en claro, no es el arte de cambiar al hombre sino de convivir. La convivencia pasa por la aceptación cuando no la celebración de las diferencias y de la crítica, por la tolerancia, la escucha y el auto-examen. Hay que añadir a la iluminadora idea de Paz un poco de sombra: el arte de convivir no se da sin transformaciones. Pero esas transformaciones comienzan desde el individuo y su conciencia. La convivencia es también una forma de utopía, no un camino de santidad sino, tal vez, de dignidad y libertad.
Los aportes del gobierno de Hugo Chávez a la convivencia venezolana no han sido muy dignos. Un aire mezquino, cargado de odios y maniqueísmos (¿maoqueísmos?) ideológicos, de chapucería y resentimiento, ronda el país desde que comenzó su presidencia. Difícilmente se encontrará un político latinoamericano contemporáneo tan intolerante, tan escasamente dotado para la escucha, tan mezquino con las diferencias de pensamiento y de visiones, incluso las que vienen de sus propios aliados, como quedó demostrado en el caso de las polémicas con Podemos y el PPT, aliados de izquierda, partidos que lo han apoyado poco menos que servilmente. El arte de Chávez no es el de la convivencia sino el de la política como escenario de guerra, en su versión más intolerante. Un escenario costoso, una política teatral, donde la retórica más trabajada es el insulto. Ni en eso ha sido fecundo.
El barniz izquierdista de Chávez (si lo rasguñas un poco sale aparece un patán de derechas) tampoco lo lleva a plantearse en serio una romántica o realista transformación profunda del país. La Venezuela actual, con una nueva elite política y económica ligada a la burocracia (como antes) y a los militares (clase emblema del régimen chavista), tiene en lo político los mismos valores utilitarios de siempre, exacerbados en tiempos de bonanza petrolera, y los mismos problemas, fundamentalmente originados por la desesperación económica y el autismo del poder.
Ambición económica y miseria juegan un ajedrez maníaco, infantil. Por más que intente hacerle contrapeso al utilitarismo con las más fosilizadas creencias, convicciones, supersticiones y dogmas, Chávez no hace sino hacerle juego a ese estado de cosas nacional. Venezuela es ahora el país de los funcionarios hummeristas, que no son humoristas, aunque den risa, ni homéricos, porque en el olimpo político hay un solo dios. En el Estado populista –que no lo inventó él, hay que decirlo-el Estado es más importante que la gente. En la República Bolivariana, Chávez es el Estado. Este ha sido el gran cambio: la hipertrofia del poder.
Una revolución de ideas fósiles y fusiles. Cosas como esta contribuyen a desgastar el concepto ya insignificante, banal, de revolución. De ese concepto Chávez aspira legitimidad política y a menudo la obtiene, y por eso lo ha convertido en una especie de merchandise totalitario. La triste historia es que hay gente, aparentemente no necesitada de cuentos de hadas, dispuesta a abrazar un régimen, por desalmado que sea, con tal que se declare de izquierdas. Algunos, en lugar de una barbie o una four-wheel drive, prefieren una revolution. La izquierda fósil ama los fusiles.
Ni convivencia crítica ni transformaciones heroicas, ni tolerancia buscada ni amores sociales obligatorios, el régimen ha encumbrado el odio como virtud política. No mucho que ver ya con el circunstancial resentimiento social, hijo de las desigualdades y de la incapacidad de una sociedad para resolverlas, sino el odio político, el odio desde el poder, el odio como propaganda y manipulación. El odio como fe.
Noche política, tiempos de sombras para la convivencia venezolana. No sólo desde las instituciones del Estado sino desde el crimen y el narcotráfico. Venezuela conjuga hipertrofia del poder y desgobierno. El país es ancho y rico, pero las zonas de convivencia son escasas, las perspectivas humanas en general son pobres. Si no es la inseguridad, es el Estado. Hay listas sistematizadas para prohibir la entrada de gente sospechosa de estar en contra del régimen en las instituciones del Estado, por modesto que sea el cargo. Hay calles-unas más que otras, pero todas en alguna proporción-donde todo venezolano está en la lista. El país se está yendo por la letrina.
Cuando el encarcelamiento por corrupción de Carlos Andrés Pérez, después de un juicio llevado a cabo por el fiscal Escovar Salom, Ibsen Martínez escribió: “Está bien, el peor de los venezolanos está en la cárcel. Pero ¿quién le dicta auto de detención al inconsciente colectivo?” Es cierto que el famoso inconsciente colectivo ha seguido su vía corrupta, hasta llegar a proporciones que asustarían al mismísimo Jung. Pero la descomunal corrupción y la obvia incapacidad no son lo más sombrío y desalentador en estos momentos venezolanos. Podríamos decir, parafraseando al agudo Ibsen: Está bien, el elegido de los venezolanos está en el poder, pero ¿quién defiende la convivencia cuando se la somete al capricho de un payaso autoritario, con perdón de los payasos?
Un hombre gobierna Venezuela frente al espejo. Su sombra se llama esterilidad.
Leonardo Rodríguez (Cumaná, Venezuela, 1977). Poeta, ensayista y traductor. Trabajos suyos han aparecido en revistas de Venezuela, Colombia y España.
UPDATE:
Además de dar esa «noticia» del Castro I que mejora, ayer por el programa de Hugo Chávez se pasó Maradona, exfutbolista.
Lo recibieron con video de espeluznante gusto y Roberto Carlos, el cantante, no el futbolista, entonando aquello de “Tú eres mi hermano del alma…”
Abajo, el video de marras y algunas perlas de Maradona sobre Chávez y «Fidel». Es compilación que supongo pueda utilizarse en alguna campaña de prevención de drogas.
"Estoy descansando en Venezuela, donde veo feliz que cada vez la gente venezolana se convence más de lo que es usted, que cada vez sabe más lo que son los yankees; lástima que en mi país todavía sigan creyendo en ellos. Yo creo en Chávez, yo soy chavista".
"Yo también crecí con muchas mentiras de parte de los imperialistas y odio todo lo que venga de EE UU, lo odio con todas mis fuerzas".
"Todo lo que hagan Fidel y Chávez será para mí lo máximo en este mundo que quiere gobernar el asesino de Bush, el diablo, como le dijo el maestro".
De contra: Hoy, dos tazas. En tumiamiblog: 350 sobre Lars Von Trier, una colaboración para blog magnífico, a cuya invitación he correspondido gustoso.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 20/08/2007 21:59
Muerte en domingo
Jorge Ferrer | 19/08/2007 12:56
El making of de Muerte en Venecia de Luchino Visconti.
Con ese Dick Bogarde. ¡Dick Bogarde! Aquí, y en tantas, y en El portero de la noche.
De Visconti, hay que verlo todo. Una y otra vez. Muy aconsejable por estos días la versión completada y remasterizada de Ludwig, paseo por la delirante vida de Luis de Baviera.
Lectura dominical:
Thomas Mann
Muerte en Venecia
Von Aschenbach, nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir de la celebración de su cincuentenario, salió de su casa de la calle del Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitario, una tarde primaveral del año 19... La primavera no se había mostrado agradable. Sobreexcitado por el difícil y esforzado trabajo de la mañana, que le exigía extrema preocupación, penetración y escrúpulo de su voluntad, el escritor no había podido detener, después de la comida, la vibración interna del impulso creador, de aquel motus animi continuus en que consiste, según Cicerón, la raíz de la elocuencia. Tampoco había logrado conciliar el sueño reparador, que le iba siendo cada día más necesario, a medida que sus fuerzas se gastaban. Por eso, después del té, había salido, con la esperanza de que el aire y el movimiento lo restaurasen, dándole fuerzas para trabajar luego con fruto.
Principiaba mayo, y, tras unas semanas de frío y humedad, había llegado un verano prematuro. El «Englischer Garten» tenía la claridad de un día de agosto, a pesar de que los árboles apenas estaban vestidos de hojas. Las cercanías de la ciudad se inundaban de paseantes y carruajes. En Anmeister, adonde había llegado por senderos cada vez más solitarios, se detuvo un instante para contemplar la animación popular de los merenderos, ante los cuales habían parado algunos coches. Desde allí, y cuando el sol comenzaba ya a ponerse, salió del parque atravesando los campos. Después, sintiéndose cansado, como el cielo amenazase tormenta del lado de Foehring, se quedó junto al Cementerio del Norte esperando el tranvía, que le llevaría de nuevo a la ciudad, en línea recta.
No había nadie, cosa extraña, ni en la parada del tranvía ni en sus alrededores. Ni por la calle de Ungerer, en la cual los rieles solitarios se tendían hacia Schwalimg. Ni por la carretera de Foehring se veía venir coche ninguno. Detrás de las verjas de los marmolistas, ante las cuales las cruces, lápidas y monumentos expuestos a la venta formaban un segundo cementerio, no se movía nada. El bizantino pórtico del cementerio, se erguía silencioso, brillando al resplandor del día expirante. Además de las cruces griegas y de los signos hieráticos pintados en colores claros, se veían en el pórtico inscripciones en letras doradas, ordenadas simétricamente, que se referían a la otra vida, tales como «Entráis en la morada de Dios» o «Que la luz eterna os ilumine». Aschenbach se entretuvo durante algunos minutos leyendo las inscripciones y dejando que su mirada ideal se perdiese en el misticismo de que estaba penetrada, cuando de pronto, saliendo de su ensueño, advirtió en el pórtico, entre las dos bestias apocalípticas que vigilaban la escalera de piedra, a un hombre de aspecto nada vulgar que dio a sus pensamientos una dirección totalmente distinta.
¿Había salido de adentro por la puerta de bronce, o había subido por fuera sin que Aschenbach lo notase? Sin dilucidar profundamente la cuestión, Aschenbach se inclinaba, sin embargo, a lo primero. De mediana estatura, enjuto, lampiño y de nariz muy aplastada, aquel hombre pertenecía al tipo pelirrojo, y su tez era lechosa y llena de pecas. Indudablemente, no podía ser alemán, y el amplio sombrero de fieltro de alas rectas que cubría su cabeza le daba un aspecto exótico de hombre de tierras remotas. Contribuían a darle ese aspecto la mochila sujeta a los hombros por unas correas, un cinturón de cuero amarillo, una capa de montaña, pendiente de su brazo izquierdo, y un bastón con punta de hierro, sobre el cual apoyaba la cadera.
Tenía la cabeza erguida, y en su flaco cuello, saliendo de la camisa deportiva, abierta, se destacaba la nuez, fuerte y desnuda. Miraba a lo lejos con ojos inexpresivos, bajo las cejas rojizas, entre las cuales había dos arrugas verticales, enérgicas, que contrastaban singularmente con su nariz aplastada. Así —quizá contribuyera a producir esta impresión el verlo colocado en alto— su gesto tenía algo de dominador, atrevido y violento. Y sea que se tratase de una deformación fisonómica permanente, o que, deslumbrado por el sol crepuscular, hiciese muecas nerviosas, sus labios parecían demasiado cortos, y no llegaban a cerrarse sobre los dientes, que resaltaban blancos y largos, descubiertos hasta las encías.
¿Aschenbach pecaba de indiscreción al observar así al desconocido en forma un tanto distraída y al mismo tiempo inquisitiva? En todo caso, de pronto notó que le devolvía su mirada de un modo tan agresivo, cara a cara, tan abiertamente resuelto a llevar la cosa al último extremo, tan desafiadoramente, que Aschenbach se apartó con una impresión penosa, comenzando a pasear a lo largo de las verjas, decidido a no volver a fijar su atención en aquel hombre. En efecto, minutos después lo había olvidado. Pero, bien porque el aspecto errante del desconocido hubiera impresionado su fantasía, o por obra de cualquier otra influencia física o espiritual, lo cierto es que de pronto advirtió una sorprendente ilusión en su alma, una especie de inquietud aventurera, un ansia juvenil hacia lo lejano, sentimientos tan vivos, tan nuevos o, por lo menos, tan remotos, que se detuvo, con las manos en la espalda y la vista clavada en el suelo, para examinar su estado de ánimo.
Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como un verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones. Su imaginación, que no se había tranquilizado desde las horas del trabajo, cristalizó en la evocación de un ejemplo de las maravillas y espantos de la tierra que quería abarcar en una sola imagen. Veía claramente un paisaje: una comarca tropical cenagosa, bajo un cielo ardiente; una tierra húmeda, vigorosa, monstruosa, una especie de selva primitiva, con islas, pantanos y aguas cenagosas; gigantescas palmeras se alzaban en medio de una vegetación lujuriante, rodeadas de plantas enormes, hinchadas, que crecían en complicado ramaje; árboles extrañamente deformados hundían sus raíces hacia el suelo, entre aguas quietas de verdes reflejos y cubiertas de flores flotantes, de una blancura de leche y grandes como bandejas.
Pájaros exóticos, de largas zancas y picos deformes, se erguían en estúpida inmovilidad mirando de lado, y por entre los troncos nudosos de la espesura de bambú brillaban los ojos de un tigre al acecho... Su corazón comenzó a latir aceleradamente, movido de temor y de oscuras ansias. Al cabo de un rato, se pasó la mano por la frente y continuó su paseo por delante de las marmolerías.
Por lo menos, desde que tuvo a su alcance medios para aprovechar a su antojo las facilidades de comunicación, no había considerado el viaje sino como una medida higiénica, que en ocasiones tuvo que emplear aun contra sus deseos e inclinaciones. Preocupado excesivamente por los problemas que le ofrecía su propio yo, su alma europea, sobrecargada por el impulso creador y con escasa inclinación a dispersarse para sentir la atracción del complejo mundo interior, se había conformado con la idea general que todos nos hacemos de la superficie de la tierra sin apartarnos gran cosa de nuestro círculo, y ni siquiera había intentado nunca salir de Europa. Además, desde que su vida había iniciado el descenso lento, desde que su temor de artista de no acabar su obra, de que llegase su última hora antes de que realizara lo suyo, sin haber producido cuanto en su interior fermentaba, desde que su preocupación creadora había dejado de ser preocupación caprichosa de un instante, su vida exterior se había limitado casi exclusivamente a deslizarse dentro de la hermosa ciudad en que fijara su residencia y a escapar de vez en cuando hacia la recia casa de campo que hizo construir en la montaña, donde pasaba los veranos lluviosos.
En efecto, aquel impulso oscuro que tan inesperada y tardíamente le acometía, fue pronto dominado y reducido a justas proporciones por la razón y por el dominio de sí mismo, adquirido a fuerza de ejercicios.
Se había propuesto llegar, antes de irse al campo, hasta un punto determinado en la obra que entonces le absorbía. El pensamiento de un viaje por el mundo, que por fuerza tendría que ocuparle demasiado tiempo, le parecía cosa absurda contraria a sus planes e indigna de ser tomada en consideración. Sin embargo, comprendía perfectamente la razón de aquellos súbitos deseos. Era un ansia indudable de huir, ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso, de olvido. Era el deseo de huir de su obra, del lugar cotidiano, de su labor obstinada, dura y apasionada. Cierto que la amaba y que casi amaba ya también la lucha renovada todos los días, entre su voluntad orgullosa y terca, probada ya muchas veces, y aquel agotamiento creciente que nadie debía sospechar, y del cual no podía quedar en su obra huella alguna. Pero parecía razonable no aumentar demasiado la tensión del arco ni ahogar por capricho un ansia tan vivamente sentida. Pensó en su labor, pensó en aquel pasaje que en todo tiempo había tenido que abandonar, sin que le valiesen su paciente esfuerzo ni sus atrevidos ímpetus. La examinó una vez más, tratando de vencer o desviar el obstáculo, y, con un estremecimiento de impotencia, hubo de confesarse vencido. Lo que le molestaba no era una dificultad insuperable, sino cierta falta de complacencia en su obra, que se le manifestaba como disconformidad. Cierto es que desde joven, la disconformidad había sido para él la íntima naturaleza, la esencia del talento, y que por ello había dominado y enfriado el sentimiento, sabiendo que éste se inclina a satisfacerse con un «poco más o menos» optimista y con una semiperfección.
¿No sería que el sentimiento así dominado se vengaba abandonándole, negándose a animar su arte, anulando de esa manera toda complacencia, todo encanto en la forma y en la expresión? No es que produjese cosas malas; los años le habían traído la ventaja de encontrarse cada vez más dueño y más seguro de su destreza. Pero, mientras la nación rendía acatamiento a esta maestría, él no estaba satisfecho por ello. Y era como si a su obra le faltase el fervor de esa alegría ágil que, como ninguna otra cualidad, produce el encanto del público. Le temía al veraneo en el campo, solo, en la reducida casa, con la muchacha que le preparaba la comida y el criado que servía la mesa; tenía miedo de las siluetas, conocidas hasta la saciedad, de las cimas y laderas de las montañas, que, como todos los años, serían testigos de su cansancio y su desasosiego. Necesitaba un cambio, una vida imprevista, días ociosos, aire lejano, sangre nueva. Así, el verano sería fecundo y productivo.
Había que emprender, pues, un viaje. No muy lejos, no hasta los lugares de los tigres precisamente. Bastaría con una noche en cada cama, y un descanso de tres o cuatro semanas en una playa cualquiera del Mediodía deleitable...
Continúa aquí.
Es cortesía de Literatura.us
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 20/02/2009 16:34
Aperitivos
Jorge Ferrer | 18/08/2007 12:50
Franco...
Lectura del testamento del Caudillo con final lacrimoso...
Stalin...
En China, Mao acude a mostrar su "dolor" por la muerte de Stalin...
Pero tampoco el Gran Timonel era inmortal...
La Jiribilla, que cada sábado se me abre con la proverbial vivacidad del ángel de la ídem, se resistía esta mañana así de luctuosa...
Granma y Juventud Rebelde, en cambio, titulan en esas primeras planas con deliciosa, inquietante y hasta algo turbadora negligencia...
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 18/08/2007 17:04
Muerte del Secretario General
Jorge Ferrer | 17/08/2007 16:14
Hace exactamente un año padecí uno de esos dramas domésticos que se van tornando habituales en estas sociedades de la soledad. El mal olor que me llegaba de una ventana cercana, el revuelo de moscas, la llamada a la policía y el hallazgo del cadáver de mi vecino.
Fue el mismo olor que le encontré a mi café con leche esta mañana leyendo las parece que últimas entregas de las “reflexiones” del Blogger-en-Jefe sobre ese plattismo que a cada rato sacan a pasear en la Habana. Nada hay proustiano en el asunto. Simplemente, el Granma, también el digital, me huele a muerto.
De otra muerte, la de Yuri Andrópov, tengo el nítido recuerdo de ver entrar a la directora en medio de una clase y pedir que todos nos pusiéramos en pie. Era en el Colegio Nº 199 de Moscú, donde yo cursaba noveno, el equivalente al grado undécimo del sistema de educación entonces y ahora vigente en Cuba. Colegio, por cierto, especializado en biología, y a cuyo magnífico terrarium yo había aportado aquel mismo año unas cuantas piezas de fauna antillana: cuatro cucarachas ( periplaneta americana), un chipojo hermosísimo ( Anolis equestris), una araña «pelúa» (creo recordar que fue una Phormictopus cubensis) y dos lagartijas de las que una perdió la cola mientras la manipulaba en Berlín oriental, camino de Moscú.
Andrópov murió un jueves, así que es muy probable que la irrupción de la funcionaria se produjera en la mañana del viernes, aunque no puedo asegurarlo. Sin tiempo para verificarlo ahora, creo plausible que lo fuera y que los jerarcas del régimen soviético no quisieran repetir con el segundo fiambre doblado sobre el buró (político) en tan pocos años las dilaciones a las que sometieron el anuncio de la muerte de su predecesor, aquel repugnante, por imbécil, por asesino y por cejudo, Leonid Brezhnev.
«Niños», dijo la directora, obesa, corrupta (¡ay si me consta!) y con erecto moño a là Valentina Tereshkova, «el camarada Yuri Vladímirovich Andrópov, secretario general del PCUS, ha muerto».
La noticia no produjo la menor conmoción en mis condiscípulos, salvo en dos de ellos: Alexei O. y yo mismo. Para nosotros, la muerte de Andrópov aquel preciso día de febrero amenazaba con hacer fracasar planes forjados con esmero.
Aquel día, fuera el referido viernes o el lunes siguiente, Alexei O. y yo teníamos pendiente cerrar un negocio que nos reportaba a uno cien y a otro cincuenta rublos. La parte del león, para mí. Mi madre había decidido desprenderse de una pelliza comprada en una tienda para extranjeros y aceptó que yo me ocupara de la transacción. Puso precio, yo subí cien y ofrecí a Alexei, hábil conocedor del mercado negro moscovita, buscar comprador subiendo él lo que quisiera y pudiera. Sus cincuenta. Seiscientos rublos en total. Más del triple de lo que ganaba al mes el abofado heraldo con rango de directora.
Suspendidas las clases, pasamos el resto de la jornada recluidos en el aula y acompañados por un responsable del KOMSOMOL que se ofreció para responder a las preguntas que le quisiéramos hacer. De hacerlas nos ocupamos los únicos alumnos extranjeros presentes. Un colombiano que era hijo del representante en Moscú de la marca de plátanos «Chiquita» y el « kubiniets», o sea, el cubano. La que mereció respuesta más larga la formuló mi condiscípulo colombiano: ¿por qué la gente se marcha de los países socialistas a los capitalistas y no sucede a la inversa?
Abrevio: salidos del colegio, pasamos por mi casa en el número 11 de la calle de Iván Babushkin, y recogimos la pelliza. Alexei llamó a la compradora, una actriz con quien acabé trabando amistad más adelante. «No podrán llegar hasta aquí», avisó. «Están cerrados todos los accesos al centro de la ciudad». Y, en efecto, el impresionante despliegue policial y militar cerraba un vasto perímetro que incluía la céntrica casa donde nos esperaban los seiscientos rublos. Alexei me consultó. «Dile que estaremos allí en un par de horas», alardeé.
En realidad, fueron más de cuatro. Horas en las que dos jóvenes de dieciséis años lucharon por romper el cerco impuesto tras la muerte de un secretario general con el sólo propósito de ganar unos rublos que nos hicieran más libres.
En decenas de ocasiones, adustos policías o reclutas que apenas nos superaban en uno o dos años de edad nos obligaron a retroceder. Las direcciones que constaban en nuestros carnés de identidad no correspondían al área encerrada del perímetro de seguridad. No podíamos pasar. Cada vez que me tropiezo desde entonces con alusión a los viejos patios moscovitas en alguna novela rusa, recuerdo aquel afanoso deambular por cientos de ellos. Saltando muros, entrando a edificios en busca de puertas traseras, atisbando a guardias armados con fusiles de asalto en busca del momento en que escurrirnos, ganar una esquina, cruzar un callejón, simular conversación ligera bajo una marquesina de la calle Kuznetski Most.
Y lo conseguimos. No hubo retén, ni duelo nacional que nos impidiera realizar la lucrativa transacción. Y no recuerdo que tuviéramos miedo, más allá de la excitación que nos provocaba vernos implicados en un abierto acto de desacato. Para nosotros, dos adolescentes criados en el socialismo real, el sistema comunista no era más que un estorbo sorteable.
Mutatis mutandis, en la Cuba donde agoniza Castro hay cientos de miles de personas que conciben el castrismo en términos parejos. Basta hablar con jóvenes venidos de Cuba, especialmente los menores de veinte años para palpar una desideologización absoluta y un trasiego con el castrismo parejo al que nos animó a nosotros a «luchar» aquellos rublos.
Velarán y enterrarán al dictador, continuarán la elites isleñas elaborando sofisticados discursos –véanse los últimos intentos de reconstruir una tradición nacional que sume segmentos republicanos (Mañach, Chibás), asunto al que volveré.
Pero la gran batalla, aquella que se dirime en el plano individual, está perdida para siempre, trátese de procurarse rublos, euros o CUC.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 17/08/2007 16:16
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