Castro sin Castro
Jorge Ferrer | 19/02/2008 14:48
Tras larga jugada en la que agotó todo su tiempo, Fidel Castro acaba de parar su reloj. Abandona la partida.
No fue la muerte la encargada de apartarlo del tablero. Fue la vía institucional.
Así de tedioso es el curso de la llamada transición.
Hay noticias que de tan esperadas, casi no son noticia.
Esta, en particular, es una noticia que para serlo de veras requiere de un desarrollo ulterior.
Ahora mismo sólo es un titular o un dato para el historiador, el biógrafo y la gente ociosa.
Sucede, sin embargo, que la extendida certeza de que esta noticia devendrá noticia, la convierte en una desde ya. La titularía: "Castro sin Castro".
De las dos variantes previstas, la de renunciar antes del nombramiento o hacerlo inmediatamente después de que éste se produjera, Castro I ha elegido la primera. Abdicar antes de recibir nueva prueba de vasallaje.
Un gesto de esa índole revela su verdadera trascendencia sólo a posteriori. Naturaleza que comparte con la compra de billetes de lotería, las citas a ciegas o la ingesta de fabada.
De contra:
«La eficacia de la rutina», titulé una nota que escribí aquí cuando Raúl Castro firmó la convocatoria de elecciones en julio pasado. Les anoto fragmento, por pertinente y por ocupada que tengo la mañana:
«El tiempo y la enfermedad van haciendo lo que nadie se atreve a emprender con gestos explícitos, aunque fueran suaves. Curiosamente, la propia normalidad que han impuesto es la que conduce a la "anormalidad" de la sucesión. De haber establecido un estado de excepción, no estarían convocando ahora estas elecciones y la situación de interinato se prolongaría hasta que enterráramos al dictador.
Hemos de admitir que quienes manejan los hilos en La Habana son graduados de la mejor escuela de marionetas. Manejan con habilidad a cientos de miles de marionetas que pululan por las calles de la isla o la geografía del exilio. Y a barbada marioneta que se entretiene en escribir sus memorias y contar sus batallitas, mientras el país lo adelanta por la izquierda, siguiendo el lento ritmo de la rutina institucional.
Ahora sólo queda rematar la faena en la inauguración de la legislatura que resulte electa. Que con la misma alegría que aprobaron hace unos días enviar la cultura a la cárcel -uf, ¡qué alegre suena eso!- arranquen la etiqueta de “Interino” de la silla de Raúl Castro y se lo consagre como nuevo director de nuestra película nacional.»
Ilustración: Narciso (ca. 1599), atribuido a Caravaggio.
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Dignidad de la tradición, y Rosita Fornés
Jorge Ferrer | 18/02/2008 15:12
La declaración unilateral de independencia pronunciada ayer por las autoridades de Kosovo ha desatado todo una orgía informativa.
Cuesta recordar otra acción ilegítima desde la perspectiva del derecho internacional que encontrara resistencias más modestas en los discursos públicos. En buena medida, se trata de los réditos dejados por la campaña de satanización de Serbia y los serbios iniciada en los años de la llamada Guerra de los Balcanes.
Una campaña que ha conseguido convertir la reivindicación espiritual de Kosovo por parte de los serbios en una mera estrategia expansionista o restauracionista.
Pero los caminos de la cultura se hunden en campo intrincado. Uno que, claro, le queda lejos a esa raza inferior que son los periodistas, que decía Nietzsche.
He querido ofrecerles la perspectiva de una intelectual serbia, Marija Djurdjevic, que ha accedido a escribir lo que sigue para los lectores de El Tono de la Voz, cortesía que le agradezco, y cuya lectura les recomiendo vivamente.
KOSOVO EN LOS CORAZONES SERBIOS
Por Marija Djurdjevic
Los serbios no identifican su ser nacional con la lengua, como los catalanes, ni con el territorio, como los croatas, ni con el alfabeto cirílico, como los búlgaros: lo identifican con el Juramento de Kosovo.
La serbidad es cuestión de espíritu, es ante todo una postura expresada en cualquier lengua, en cualquier alfabeto, en cualquier territorio. El juramento se traduce en un decidido «No al coqueteo con lo indigno», cueste lo que cueste. En el esfuerzo de aguantar y resistir, manteniendo la integridad, y de no permitir bajo ninguna condición que los valores sean traicionados -vender el alma no es buen negocio.
Los ideales vinculados al codex ético-estético que constituye la identidad cultural serbia se encuentran plasmados en su poesía popular. El llamado «ciclo de Kosovo», o la epopeya de Kosovo, ocupa el lugar más destacado en la poesía vernácula serbia, traducida al alemán por Goethe, al ruso por Alexander Pushkin y al inglés por Walter Scott. En los tiempos cuando aún había ideales en Europa, fue muy altamente valorada por los románticos Goethe y Herder.
Kosovo no es tan sólo cualquier provincia serbia, sino el corazón de su corazón. Y la batalla de Kosovo no es un simple combate medieval contra el invasor turco, sino el eje alrededor del cual se vertebra la visión del mundo y el Weltanschauung entero de los serbios, nación que tuvo que luchar duramente para sobrevivir, durante siglos, entre el Imperio Turco y el Austro-Húngaro.
Kosovo no es una mera cuestión de 1389: Kosovo es el pasado, la actualidad y el futuro del ser serbio. Es su esencia. Los valores supremos, la humanitas heroica ( čojstvo y junaštvo), transmitidos de generación en generación, están grabados en el inconsciente y sedimentados en el lenguaje, marcando profundamente la mentalidad de los serbios. Sean un serbio patriota o no, sea religioso o laico, y con independencia de la modalidad de su carácter individual, esos valores determinan, de una u otra manera, su forma de relacionarse con los demás y su estilo de percibir el mundo.
Los motivos que emanan de la poesía popular serbia que mezcla elementos épicos y líricos son tan nobles como trágicos: el marido que perdona el adulterio de su mujer con un pachá turco y la defiende ante la ira de sus padres y hermanos a cuyos ojos ya no es digna de ser esposa de un héroe serbio; la generosidad del Zar y del campesino; el elogio de la labor de los artesanos que reciben una recompensa digna; el empeño por cumplir la palabra dada; la desgracia de no tener un familiar por cuyo nombre poder jurar -un pariente tan ejemplar que sirva en cualquier situación como el garante de la verdad.
La lealtad, la nobleza, la valentía, el compromiso y, finalmente, la suma de las virtudes eslavas que radican en la capacidad de sacrificio por lo que se ama, están resumidas en la leyenda de Kosovo, el hecho más trascendente en el subconsciente colectivo de los serbios.
Tras la caída de Bizancio en manos de los turcos otomanos, éstos llegan a las puertas de la vecina Serbia. El Zar Lazar tiene dos opciones: entregarse al mucho más poderoso Sultán y salvaguardar su vida y la vida de sus nobles, o presentarse en la batalla en el Campo de los Mirlos (Kosovo polje) contra el ejército otomano y morir. Ese momento histórico se representa en la imagen poética de un pájaro –Dios- que le pregunta qué Reino escogerá: el Reino Terrenal (es decir, conservar la vida, pero como esclavo) o el Reino del Cielo (salvaguardar la dignidad y perdurar como Gloria en la memoria eterna de su pueblo).
La elección que el Zar Lazar toma en aquel momento –como acto de libre voluntad y responsabilidad ante su nación – será realmente el garante de la supervivencia del pueblo serbio durante cinco siglos bajo el yugo otomano y la fuerza moral en la lucha por la recuperación de su estado en la época moderna.
La leyenda abunda en elementos evangélicos (la Última Cena del Zar con sus nobles, el martirio, la traición, la salvación del alma, la sublimación de la derrota transformada en victoria espiritual), enraizados en el sentimiento popular. El Zar Lazar y sus principales nobles (Serbia se quedará sin padres de familia) se presentan en la batalla de Kosovo y perecen todos, menos el yerno del Zar, el traidor, que se entregará a los turcos, conservará su vida y será despreciado eternamente por su pueblo. La historia hecha mito, el mito hecho código ético, el código ético hecho actitud, orientación, carácter nacional.
Él (Zar Lazar) dejó un legado al pueblo serbio
para que se cuente y se narre,
mientras exista el ser humano y mientras exista Kosovo.
También la heroica lucha hasta la muerte sublimada en el perfeccionamiento ético forma parte de la historia serbia contemporánea. Así, vuelve a aparecer en otro contexto, lejos de su vínculo con el imaginario eclesiástico y medieval. El mismo espíritu de resistencia e ímpetu por salvaguardar la dignidad humana impregna la lucha serbia anti-nazi, resumida en la Segunda Guerra Mundial en el lema Bolje rat nego pakt! Bolje grob nego rob! (Mejor la guerra que el pacto! Mejor la tumba que ser esclavo!) que, por cierto, fue solitaria: los vecinos eslovenos, croatas, húngaros, búlgaros y albaneses, aliados con Hitler, se dedicaron a exterminar a los serbios, junto con los judíos y los gitanos. Más tarde, estos pueblos cambiarían de color con la aparición de una nueva fuerza, el comunismo. Los que entraron a formar parte de Yugoslavia, junto a los serbios, aprovecharon su espíritu libertario para promover el Movimiento de los No-Alineados, la llamada Tercera Vía en medio de la Guerra Fría, contra todo tipo de imperialismo. Sobra decir que hoy, después de la descomposición de Yugoslavia, estos pueblos «hermanos» ya forman parte de la OTAN y compiten por entrar en la Unión Europea.
Se mantiene, solitaria, Serbia.
La libertad no es gratuita, la libertad se paga caro. Por ella se lucha y se sufre. La libertad no es una opción que se elige desde la cómoda distancia, como cuando se elige entre una tarta de chocolate y una tarta de fresas, sino que es una elección en la que toda nuestra vida está en juego y ésta se presenta como imperativo categórico.
A los serbios hoy se les arrebata Kosovo, su cuna, su gloria, creando ilegalmente el segundo estado albanés en su territorio. Cada kilómetro de esa tierra alberga un monasterio de estilo bizantino de los siglos XII-XVI, antiguos centros de cultura fundados por los zares y los príncipes, valiosas obras de arte de estilo protocristiano, auténtico patrimonio cultural europeo. Centenares de ellos han sido quemados durante esta última década por las tropas paramilitares albanesas en su guerra de ocupación (llamada «liberación») de Kosovo, financiadas por Washington y aprobadas por Bruselas.
Pero no olvidemos que hay un fundamento emancipatorio en el espíritu espartano serbio que no entienden Washington y Bruselas: su poder subversivo es evidente a pesar del poder manipulatorio de los mass-media.
Kosovo significa para los serbios mucho más de lo que los occidentales o los albaneses se pueden imaginar: ¿cómo se nos puede arrebatar lo que somos?
Los incansables cancerberos de otra pureza, la del exilio, atacan de nuevo.
Y aportan documento fotográfico que suponen debe asquear: Rosita Fornés y Willy Chirino.
A mí me complace.
Definitivamente, hay mucha gente a la que explicar qué es la unidad de una cultura, sea la serbia o la cubana, y en qué radica su esencia.
From: umap_news@yahoo.com
Date: Mon, 18 Feb 2008 04:30:49 +0000
Subject: [umap_news] Rosita Fornes celebra cumpleaños en Miami con Willy Chirino y Flia ! UMAP NEWS
Rosita Fornes (LA MOMIA-DIVA-CASTRISTA) celebra cumpleaños en Miami
con todos los miembros de LA PERMUTA CASTRISTA HACIA MIAMI de todos los ex-agentes culturales de la tirania castrista que ahora estan
infiltrando la llamada MEDIA de Miami y los MEDIOS CULTURALES Y
ARTISTICOS.-
Nos han llegado fotos a UMAP NEWS a traves de nuestro amigo Manuel
Prieres, villagranadillo@bellsouth.net, donde la MOMIA-DIVA-CASTRISTA
se ve celebrando su cumpleaños con WILLY CHIRINO y familia.-
Si Ud. quiere que le enviemos las fotos envienos su e-mail a
umap1965@yahoo.com o a villagranadillo@bellsouth.net
Al parecer la MOMIA-DIVA-CASTRISTA se quedara de "chupoptera" del
Social Security de los EE UU o esta cargando las maletas y recogiendo
dolares para regresar a la Plaza de la Revolucion para continuar
aplaudiendo al TIRANO SUSTITUTO (RAUL CASTRO) de nuestra Patria.-
LA PERMUTA y la OPERACION ANTI-EXILIO esta tomando magnitudes
inimaginables !
Con las fotos del CHE con OBAMA y los CHIRINOS con ROSITA FORNES la cosa se esta poniendo mala, como se decia en la Cuba que reia !
Al paso que vamos o "Nos echan al Mar" como dice Manuel Prieres o nos
meten un mitin de repudio en nuestras casas los comunistas reciclados,
con los nuevos lideres del exilio JOE GARCIA y RAUL MARTINEZ, porque
los exiliados politicos y ex-prisioneros politicos y nuestras familias
AHORA SOMOS ENEMIGOS DE LA FAMILIA Y DEL PUEBLO CUBANO !
Ver para Creer !
QUE SE DETENGA LA OPERACION ANTI-EXILIO CUBANO !
Viva Cuba Libre ! Viva Cristo Rey ! Para Cuba ya es Hora !
Emilio Izquierdo Jr.
Moderador
UMAP NEWS Miami Florida
(305) 345-4927
umap1965@yahoo.com
UPDATE:
En Telebemba, proyecto animado por Ricardo Vega y Zoé Valdés, escenas de la Zafra de los Diez Millones.
Es uno de los segmentos que prefiero de Cuba, la bella, un magnífico documental de Ricardo hecho a partir de imágenes de archivo y las que él mismo tomó en el Malecón durante la llamada Crisis de los balseros, en 1994.
Ay, ese hombre, su puntero y su contento...
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 29/07/2009 17:39
Celia Cruz, y el gran ecbó
Jorge Ferrer | 17/02/2008 15:29
UPDATE:
Me da aviso Carlos Espinosa de que edición habanera de Senel Paz que se presenta en la corriente Feria del libro, lleva errata en la cubierta.
Senel se les convirtió en Zenel. Y así lo trae el Granma.
Digo yo que no será porque a ex-Senel se le haya pegado el acento peninsular...
En la muy modesta Affair in Havana, que rodó Lázsló Benedek en 1957, un triángulo amoroso se resuelve sobre el fondo de una fiesta afrocubana.
Una fresca y adorable Celia Cruz, que ese mismo año haría su primera aparición en Nueva York, participaba así en su segunda película.
Me ha parecido buen preludio para la lectura dominical que les propongo.
Lectura dominical:
En el gran ecbó
Por Guillermo Cabrera Infante
LLOVÍA. La lluvia caía con estrépito por entre las columnas viejas y carcomidas. Estaban sentados y él miraba al mantel.
—¿Qué van a comer? —preguntó el camarero.
«Menos mal que no dijo: ¿Qué vas a comer?», pensó él. «Debe ser por el plural.»
Le preguntó a ella:
—¿Qué quieres?
Ella levantó los ojos del menú. En las tapas del cartón oscuro se leía «La Maravilla».
Sus ojos parecían más claros ahora con la luz nevada que venía del parque y de la lluvia. «La luz universal de Leonardo», pensó él. Oyó que ella hablaba con el camarero.
—¿Y usted? —el camarero hablaba con él. «¡Ah! ¿De manera que también en el singular? Bien educado el hombre.»
—Algo simple. ¿Hay carne?
—No. Es viernes.
«Estos católicos. Gente de almanaque y prohibiciones.»
Lo pensó un momento.
—¿No hay dispensa? —preguntó.
—¿Cómo dijo? —preguntó el camarero.
—Me va a traer costillas de cordero.
Grillé. Y puré de papas. ¡Ah!, y una malta.
—¿Usted va a tomar algo, señorita?
«¿Y por qué tan seguro?»
Ella dijo que cerveza. «Toda una mujer.»
Mientras traían el almuerzo la miró.
Ahora le parecía otra mujer. Ella levantó los ojos del mantel y lo miró:
«Siempre desafiante», pensó él. «¿Por qué no tienes cara de vencida hoy? Debías tenerla.»
—¿En qué piensas? —preguntó ella y su voz sonó curiosamente dulce, tranquila.
«Si tú supieras.» Dijo:
—En nada.
—¿Me estudiabas? —preguntó ella.
—No. Te miraba los ojos.
—Ojos de cristiana en una cara judía —citó ella.
Él sonrió. Estaba ligeramente aburrido.
—¿Cuándo crees que escampe? —preguntó ella.
—No sé —dijo él—. Posiblemente dentro de un año. Tal vez dentro de un momento.
Nunca se sabe en Cuba.
Él hablaba siempre así: como si acabara de llegar de un largo viaje al extranjero, como si estuviera de visita, fuera un turista o se hubiera criado afuera. En realidad nunca había salido de Cuba.
—¿Crees que podremos ir a Guanabacoa?
—Sí. Ir sí. Aunque no sé si habrá algo.
Llueve mucho.
—Sí. Llueve mucho.
Dejaron de hablar. El miraba al parque más allá de las columnas heridas, por sobre la calle que aún conservaba los adoquines y la vieja iglesia tapiada por las trepadoras: al parque de árboles flacos y escasos.
Sintió que ella lo miraba.
—¿En qué piensas? Recuerda que juramos que siempre nos íbamos a decir la verdad.
—No, si te lo iba a decir de todas maneras.
Se detuvo. Se mordió los labios primero y luego abrió desmesuradamente la boca, como si fuera a pronunciar palabras más grandes que su boca. Siempre hacía ese gesto. Él le había advertido que no lo hiciera, que no era bueno para una actriz.
—Pensaba —la oyó y se preguntó si ella había comenzado a hablar ahora o hacía un rato— que no sé por qué te quiero. Eres exactamente el tipo de hombre contrario al que yo soñé, y, sin embargo, te miro y siento que te quiero. Y me gustas.
—Gracias —dijo él.
—¡Oh! —dijo ella, molesta. Volvió a mirar al mantel, a sus manos, a las uñas sin pintura.
Ella era alta y esbelta, y con el vestido que llevaba ahora, con su largo escote cuadrado, lucía hermosa. Sus pechos en realidad eran pequeños, pero la forma de su tórax combado la hacía aparecer como si tuviera un busto grande. Llevaba un largo collar de perlas de fantasía y se peinaba el cabello en un moño alto. Tenía los labios parejos y carnosos y muy rosados. Tampoco usaba maquillaje, excepto quizás una sombra negra en los ojos, que los hacía más grandes y más claros. Ahora estaba disgustada. No volvió a hablar hasta que terminaron de comer.
—No escampa.
—No —dijo él.
—¿Algo más? —dijo el camarero.
Él la miró.
—No, gracias —dijo ella.
—Yo quiero café y un tabaco.
—Bien —dijo el camarero.
—Ah, y la cuenta, por favor.
—Sí, señor.
—¿Vas a fumar?
—Sí —dijo él. Ella detestaba el tabaco.
—Lo haces a propósito.
—No, sabes que no. Lo hago porque me gusta.
—No es bueno hacer todo lo que a uno le gusta.
—A veces, sí.
—Y a veces, no.
La miró y sonrió. Ella no sonrió.
—Ahora me pesa —dijo ella.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Porque me pesa. ¿Tú crees que todo es tan fácil?
—No —dijo él—. Al contrario, todo es difícil. Hablo en serio. La vida es un trabajo difícil.
—Vivir es difícil —dijo ella. Sabía por dónde venía. Había vuelto a lo mismo. Al principio no hablaba más que de la muerte, todo el día, siempre. Luego él la había hecho olvidar la idea de la muerte. Pero desde ayer, desde anoche exactamente, ella había vuelto a hablar de la muerte. No era que a él le molestase como tema, pero no le interesaba más que como tema literario y, aunque pensaba mucho en la muerte, no le gustaba hablar de ella. Sobre todo con ella.
—Lo que es fácil es morir —dijo ella, finalmente.
«Ah, ya llegó», pensó él, y miró a la calle. Todavía llovía. «Igual que en Rashomon», pensó. «Sólo hace falta que aparezca un viejo japonés diciendo: No lo comprendo, no lo comprendo...»
—No lo comprendo —terminó diciendo en voz alta.
—¿Qué cosa? —preguntó ella—. ¿Qué no le temo a la muerte? Siempre te lo he dicho.
Sonrió.
—Te pareces a la Mona Lisa —dijo ella—. Siempre sonriendo.
Miró sus ojos, su boca, el nacimiento de sus senos y —recordó. Le gustaba recordar.
Recordar era lo mejor de todo. A veces creía que no le interesaban las cosas más que para poder recordarlas luego. Como esto: este momento exactamente: sus ojos, las largas pestañas, el color amarillo de aceite de sus ojos, la luz reflejada en el mantel que tocaba su cara, sus ojos, sus labios: las palabras que salían de ellos, el tono, el sonido bajo y acariciante de su voz, sus dientes, la lengua que a veces llegaba hasta el borde de la boca y se retiraba rápida: el murmullo de la lluvia, el tintineo de las copas, de los platos, de los cubiertos, una música distante, irreconocible, que llegaba de ninguna parte: el humo del tabaco: el aire húmedo y fresco que venía del parque: le apasionaba la idea de saber cómo recordaría exactamente este momento.
Había terminado. Todo estaba allí. Como estaba todo lo de anoche.
—Nos vamos —dijo.
—Todavía llueve —dijo ella.
—Va a llover toda la tarde. Ya son las tres. Además el carro está ahí mismo.
Corrieron hasta el auto y entraron. El sintió que le sofocaba la atmósfera dentro del pequeño automóvil. Se ubicó con cuidado y encendió el motor.
Pasaron y quedaron detrás las estrechas, torcidas calles de La Habana Vieja, las casas viejas y hermosas, algunas destruidas y convertidas en solares vacíos y asfaltados para parqueo, los balcones de complicada labor de hierro, el enorme, sólido y hermoso edificio de la aduana, el Muelle de Luz y la Alameda de Paula, hecha un pastiche implacable, y la iglesia de Paula, con su aspecto de templo romántico a medio hacer y los trozos de muralla y el árbol que crecía sobre uno de ellos y Tallapiedra y su olor a azufre y cosa corrompida y el Elevado y el castillo de Atares, que llegaba desde la lluvia, y el Paso Superior, gris, de hormigón, denso, y el entramado de vías férreas, abajo, y de cables de alta tensión y alambres telefónicos, arriba, y finalmente la carretera abierta.
—Quisiera ver las fotos de nuevo —dijo ella, al cabo.
—¿Ahora?
—Sí.
Él sacó su cartera y se la alargó. Ella miró en silencio las fotos. No dijo nada cuando devolvió la cartera. Luego, después que dejaron la carretera y entraron al camino, dijo:
—¿Por qué me las enseñaste?
—Hombre, porque las pediste —respondió él.
—No me refiero a ahora —dijo ella.
—¡Ah! No sé. Supongo que fue un pequeño acto de sadismo.
—No, no fue eso. Fue vanidad. Vanidad y algo más. Fue tomarme por entero, asegurarte que era tuya más allá de todo: del acto, del deseo, de los remordimientos. De los remordimientos sobre todo.
—¿Y ahora?
—Ahora vivimos en pecado.
—¿Nada más?
—Nada más. ¿Quieres algo más?
—¿Y los remordimientos?
—Donde siempre.
—¿Y el dolor?
—Donde siempre.
—¿Y el placer?
Se trataba de un juego. Ahora se suponía que ella debía decir dónde residía el placer exactamente, pero ella no dijo nada. El repitió:
—¿Y el placer?
—No hay placer —dijo ella—. Ahora vivimos en pecado.
El corrió un poco la cortina de hule y arrojó el tabaco afuera.
Luego le indicó:
—Abre la gaveta
Ella lo hizo.
—Saca un libro que hay ahí.
Ella lo hizo.
—Ábrelo por la marca.
Ella lo hizo.
—Lee eso.
Ella vio que en letras mayores decía: «Neurosis y sentimiento de culpabilidad».
Y cerró el libro y lo devolvió a la gaveta y la cerró.
—No tengo que leer nada para saber cómo me siento.
—No —dijo él—. Si no es para saber cómo te sientes, sino por qué te sientes así.
—Yo sé bien por qué me siento así y tú también.
Él se rió.
—Claro que lo sé.
El pequeño automóvil saltó y luego se desvió a la derecha.
—Mira—dijo él.
Delante, a la izquierda, por entre la lluvia fina, apareció deslumbrante un pequeño cementerio, todo blanco, húmedo, silvestre. Había en él una simetría aséptica que nada tenía que ver con la corrupción y los gusanos y la peste.
—¡Qué bello! —dijo ella.
Él aminoró la marcha.
—¿Por qué no nos bajamos y paseamos por él un rato?
La miró fugazmente, con algo de burla.
—¿Sabes qué hora es? Son las cuatro ya. Vamos a llegar cuando se haya acabado la fiesta.
—¡Ah!, eres un pesado —dijo ella refunfuñando.
Esa era la segunda parte de su personalidad: la niña. Era un monstruo mitad mujer y mitad niña. «Borges debía incluirla en su zoología», pensó. «La hembra–niña. Al lado del catoblepas y la anfisbena.»
Vio el pueblo y, en una bifurcación, detuvo el auto.
—Me hace el favor, ¿dónde queda el stadium? —preguntó a un grupo y dos o tres le ofrecieron la dirección, tan detallada que supo que se perdería. Una cuadra más allá le preguntó a un policía, que le indicó el camino.
—¡Qué servicial es todo el mundo aquí! —dijo ella.
—Sí. Los de a pie y los de a caballo.
Los villanos siguen siendo serviciales con el señor feudal. Ahora la máquina es el caballo.
—¿Por qué eres tan soberbio?
—¿Yo?
—Sí, tú.
—No creo que lo sea en absoluto. Simplemente, sé lo que piensa la gente y tengo el coraje de decirlo.
—El único que tienes...
—Quizás.
—No, sin quizás. Tú lo sabes...
—Está bien. Yo lo sé. Te lo dije desde el principio.
Ella se volvió y lo miró detenidamente.
—No sé cómo te quiero siendo tan cobarde —dijo.
Habían llegado.
Corrieron bajo la lluvia hasta el edificio.
Al principio pensó que no habría nada: porque no vio —por entre unos ómnibus urbanos y varios autos— más que muchachos vestidos de pelotero, y la lluvia no dejaba oír.
Cuando entró, sintió que había penetrado en un mundo mágico:
había cien o doscientos negros vestidos de blanco de pies a cabeza: camisas blancas y pantalones blancos y medias blancas y la cabeza cubierta con gorros blancos que les hacían parecer un congreso de cocineros de color y las mujeres también estaban vestidas de blanco y entre ellas varias blancas de piel blanca y bailaban en rueda al compás de los tambores y en el centro un negro grande ya viejo pero todavía fuerte y con espejuelos negros de manera que sólo se veían sus dientes blancos como parte también de la indumentaria ritual y que golpeaba el piso con un largo bastón de madera que tenía tallada una cabeza humana negra en el puño y con pelo de verdad y era el juego de estrofa y antistrofa y el negro de espejuelos negros gritaba olofi y se detenía mientras la palabra sagrada rebotaba contra las paredes y la lluvia y repetía olofi y cantaba luego tendundu kipungulé y esperaba y el coro repetía olofi olofi y en la atmósfera turbia y rara y a la vez penetrada por la luz fría y húmeda el negro volvía a cantar nanímasongo silanbasa y el coro repetía naní masongo silanbasa y de nuevo cantaba con su voz ya ronca y levemente gutural sese maddié silanbaka y el coro repetía sese maddié silanbaka y de nuevo
Ella se pegó a él y susurró al oído:
—¡Qué tiro!
«La maldita jerga teatral», pensó él, pero sonrió, porque sintió su aliento en la nuca, la barbilla descansando en el hombro.
el negro cantaba olofi y el coro respondía olori y él decía tendundu kipungulé y el coro repetía tendundu kipungulé y mientras marcaban el ritmo con los pies y sin dejar de dar vueltas formando un corro apretado y sin sonreír y sabiendo que cantaban a los muertos y que rogaban por su descanso y la paz eterna y al sosiego de los vivos y esperaban que el guía volviese a repetir olofi para repetir olofi y comenzar de nuevo con la invocación que decía sese maddié.
—Olofi es Dios en lucumí —le explicó él a ella. Ella sonrió.
—¿Qué quiere decir lo demás?
«¡Si casi no lo sé lo que quiere decir Olofi!», pensó.
—Son cantos a los muertos. Les cantan a los muertos para que descansen en paz.
Los ojos de ella brillaban de curiosidad y excitación. Apretó su brazo. La rueda iba y venía, incansable. Había jóvenes y viejos. Un hombre llevaba una camisa blanca, toda cubierta de botones blancos al frente.
—¡Mira! —dijo ella a su oído—. Ése tiene más de cien botones en la camisa.
—Ssu —dijo él, porque el hombre había mirado.
silanbaka bica dioko bica ñdiambe y golpeaba rítmicamente el bastón contra el suelo y por los brazos y la cara le corrían gruesas gotas de sudor que mojaban su camisa y formaban parches levemente oscuros en la blancura inmaculada de la tela y el coro volvía a repetir bica dioko bica ñdiambe y en el centro junto al hombre otros jerarcas bailaban y repetían las voces del coro y cuando el negro de los espejuelos negros susurró ¡que la cojan! uno a su lado entonó olofi sese maddié sese maddié y el coro repitió sese maddié sese maddié mientras el negro de los espejuelos negros golpeaba contra el piso su bastón y a la vez enjugaba el sudor con un pañuelo también blanco.
—¿Por qué se visten de blanco? —preguntó ella.
—Están al servicio de Obbatalá, que es la diosa de lo inmaculado y puro.
—Entonces yo no puedo servir a Obbatalá —dijo ella, bromeando.
Pero él la miró con reproche y dijo:
—No digas tonterías.
—Es verdad.
Lo miró y luego, al volver su atención a los negros, dijo, quitándole toda intención a lo que había dicho antes:
—De todas maneras, no me quedaría bien. Yo soy muy blanca para vestirme de blanco.
y a su lado otro negro se llevaba rítmicamente y con algo indefinido que rompía el ritmo y lo desintegraba los dedos a los ojos y los abría desmesuradamente y de nuevo volvía a señalarlos y acentuaba los movimientos lúbricos y algo desquiciados y mecánicos y sin embargo como dictados por una razón imperiosa y ahora el canto repercutía en las paredes y se extendía olofi olofi sese maddié sese maddié por todo el local y llegaba hasta dos muchachos negros con uniformes de pelotero y que miraban y oían como si todo aquello les perteneciese pero no quisieran recogerlo y a los demás espectadores y ahogaba el ruido de las botellas de cerveza y los vasos en el bar del fondo y bajaba la escalinata que era la gradería del estadio y saltaba por entre los charcos formados en el terreno de pelota y avanzaba por el campo mojado y entre la lluvia llegaba a las palmeras distantes y ajenas y seguía hasta el monte y parecía como si quisiese elevarse por encima de las lomas lejanas y escalarlas y coronar su cima y seguir más alto todavía olofi olofi bica dioko bica dioko ñdiambe bica ñdiambe ñdiambe y olofi y olofi y olofi y más sese maddié y más sese maddié y más sese y más sese.
—A ése le va a dar el santo —dijo él señalando al mulato que llevaba sus dedos a los ojos botados.
—¿Y le da de verdad? —preguntó ella.
—Claro. No es más que un éxtasis rítmico, pero no lo saben.
—¿Y me puede dar a mí?
Y antes de decirle que sí, que a ella también podía ocurrirle aquella embriaguez con el sonido, temió que ella se lanzase a bailar y entonces le dijo:
—No creo. Esto es cosa de ignorantes. No para gente que ha leído a Ibsen y a Chéjov y que se sabe a Tennessee Williams de memoria, como tú.
Ella se sintió levemente halagada, pero le dijo:
—No me parecen ignorantes. Primitivos, sí, pero no ignorantes. Creen. Creen en algo en que ni tú ni yo podemos creer y se dejan guiar por ello y viven de acuerdo con sus reglas y mueren por ello y después les cantan a sus muertos de acuerdo con sus cantos. Me parece maravilloso.
—Pura superstición —dijo él, pedante—. Es algo bárbaro y remoto y ajeno, tan ajeno como África, de donde viene. Prefiero el catolicismo, con toda su hipocresía.
—También es ajeno y remoto —dijo ella.
—Sí, pero tiene los evangelios y tiene a San Agustín y Santo Tomás y Santa Teresa y
San Juan de la Cruz y la música de Bach...
—Bach era protestante —dijo ella.
—Es igual. Los protestantes son católicos con insomnio.
Ahora estaba más aliviado, porque se sentía ingenioso y capaz de hablar por encima del murmullo de los tambores y las voces y los pasos, y porque había vencido el miedo de cuando entró.
y sese y más sese y olofi sese olofi maddié olofi maddié maddié olofi bica dioko bica ñdiambe olofi olofi silanbaka bica dioko olofi olofi sese maddié maddié olofi sese sese y olofi y olofi olofi
La música y el canto y el baile cesaron de golpe, y ellos vieron cómo dos o tres negros agarraron por los brazos al mulato de los ojos desorbitados, impidiéndole que golpeara una de las columnas con la cabeza.
—Ya le dio —dijo él.
—¿El santo?
—Sí.
Todos lo rodearon y lo llevaron hasta el fondo de la nave. El encendió dos cigarrillos y le ofreció uno a ella. Cuando terminó de fumar y llegó hasta el muro y arrojó al campo mojado la colilla, vio a la negra, que venía hacia ellos.
—¿Me permite, caballero? —dijo ella.
—Cómo no —dijo el hombre, sin saber qué era lo que tenía que permitir.
La anciana negra se quedó callada. Podía tener sesenta o setenta años. «Pero nunca se sabe con los negros», pensó él. Su cara era pequeña, de huesos muy delicados y de piel reluciente y con múltiples y menudas arrugas alrededor de los ojos y de la boca, pero tirante en los pómulos salientes y en la aguda barbilla.
Tenía unos ojos vivos y alegres y sabios.
—¿Me permite el caballero? —dijo ella.
—Diga, diga —dijo él y pensó: «Usted verá que ahí viene la picada».
—Yo desearía hablar con la señorita —dijo ella. «Ah, cree que ella es más sensible al sablazo. Hace bien, porque yo soy enemigo de toda caridad. No es más que la válvula de escape de los complejos de culpa que crea el dinero», fue lo que pensó antes de decir—:
Sí, ¡cómo no! —y antes de retirarse un poco y mucho antes de preguntarse, inquieto, qué querría la vieja en realidad.
Vio que ella, la muchacha, escuchaba atentamente, primero, y que luego bajaba los ojos atentos de la cara de la negra vieja para mirar al suelo. Cuando terminaron de hablar, se acercó de nuevo.
—Muchas gracias, caballero —dijo la vieja.
Él no supo si tenderle la mano o inclinarse ligeramente o sonreír. Optó por decir:
—Por nada. Gracias a usted.
La miró y notó que algo había cambiado.
—Vámonos —dijo ella.
—¿Por qué? Todavía no ha acabado. Es hasta las seis. Los cantos duran hasta la puesta de sol.
—Vámonos —repitió ella.
—¿Qué es lo que pasa?
—Vámonos, por favor.
—Está bien, vámonos. Pero antes dime qué es lo que pasa. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho la negrita esa?
Ella lo miró con dureza.
—La negrita esa, como tú dices, ha vivido mucho y sabe mucho y si te interesa enterarte, acaba de darme una lección.
—¿Sí?
—¡Sí!
—¿Y se puede saber qué te ha dicho la pedagoga?
—Nada. Simplemente me ha mirado a los ojos y con la voz más dulce, más profunda y más enérgicamente convincente que he oído en mi vida, me ha dicho: «Hija, deja de vivir en pecado». Eso es todo.
—Parca y profunda la anciana —dijo él. Ella arrancó a caminar hasta la puerta, abriéndose paso con su gentileza por entre los grupos de santeros, tamboreros y feligreses.
La alcanzó en la puerta.
—Un momento —dijo él—, que tú has venido conmigo.
Ella no dijo nada y se dejó tomar del brazo. El abría la máquina cuando se acercó un muchacho y dijo:
—Docto, por una apuejta, ¿qué carro e ése? ¿Alemán?
—No, inglés.
—No e un renául, ¿veddá?
—No, es un MG.
—Ya yo desía —dijo el muchacho con una sonrisa de satisfacción, y se volvió al grupo de donde había salido.
«Como siempre», pensó él. «Sin dar las gracias. Y son los que tienen más hijos.»
Había escampado y hacía fresco y condujo con cuidado hasta encontrar la salida a la carretera. Ella no había dicho nada más y cuando él miró, vio que estaba llorando, en silencio.
—Voy a parar para bajar el fuelle —dijo.
Se echó a un lado de la carretera y vio que se detenía junto al breve cementerio. Cuando bajó la capota y la fijó detrás de ella, tuvo intención de besar su nuca desnuda, pero sintió que desde ella subía un rechazo poderoso.
—¿Estabas llorando? —le preguntó.
Ella levantó la cara y le mostró los ojos, sin mirarlo. Estaban secos, pero brillaban y tenían un toque rojo en las comisuras.
—Yo nunca lloro, querido. Excepto en el teatro.
Le dolió y no dijo nada.
—¿Dónde vamos? —le preguntó.
—A casa —dijo ella.
—¿Tan definitiva?
—Más definitiva de lo que puedas pensar —dijo ella.
Entonces abrió la guantera, sacó el libro y se volvió hacia él.
—Toma —dijo, a secas.
Cuando miró, vio que ella le alargaba los dos retratos —el de la mujer con una sonrisa y los ojos serios, y el del niño, tomado en un estudio, con los ojos enormes y serios, sin sonreír— y que él los aceptaba maquinalmente.
—Están mejor contigo.
Fotografía: Francisco Ontañón
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 17/02/2008 20:23
Efemérides, y Castro I que temía «fundirse»
Jorge Ferrer | 16/02/2008 18:55
UPDATE:
En directo desde el Memorial Cubano, ahora mismo, 23:53, hora de Barcelona:
Radiografía Mundial Televisión
UPDATE:
Comunicado de Zoé Valdés
He comunicado a FECU a través de su Presidenta Ejecutiva, la señora Elena Larrinaga, que renuncio a mis funciones de Vicepresidenta de honor en esta organización. Las razones son las siguientes: Tengo que hacer mi trabajo de escritora. No estoy de acuerdo con algunos puntos de vista de FECU. No creo que en Cuba haya cambiado absolutamente nada, ni que cambiará nada con Castro II. No estoy de acuerdo con que la deportación de presos, enfermos, por demás, sea considerado un triunfo de la democracia, todo lo contrario; y mucho menos estoy de acuerdo con que el gobierno de Zapatero utilice el dolor de mi país para su campaña publicitaria en época de elecciones presidenciales, con este tardío intercambio de presos, que aún no sabemos qué nos costará a los cubanos que luchamos por la libertad sin ningún tipo de interés político. No puedo obviar que el Presidente de honor de FECU, el Dr. Oscar Elías Biscet, aún se encuentra en la cárcel, en una celda aislada.
Sin más,
Zoé valdés,
Escritora cubana en el exilio.
Nacionalizada española y francesa.
Chévalier des Arts et des Lettres de la Légion d'Honneur
Doctor Honoris Causa de l'Université de Valenciennes, Francia.
Un día como hoy –escribo con el engolamiento del que recita efemérides-, Fidel Castro Ruz se convirtió en Primer Ministro de la República de Cuba. Fue el 16 de febrero de 1959.
Todavía conserva el cargo, casi medio siglo después. Y le quedan unos pocos días con la gracia. Que lo celebre con velita, si el Adidas es ignífugo.
Fue ese mismo Fidel Castro quien ordenó la razzia que encarceló a los 75 cubanos que fueron a la cárcel tras los juicios de marzo de 2003. No voy a entretenerme ahora en la aritmética, porque no se juega a contar presos, pero creo que unos 55 de aquellos hombres permanecen en las prisiones de Cuba.
Lo que no empaña mi alegría por saber que al menos cuatro van a ser liberados ahora.
También deportados.
Unas pocas horas después del nombramiento, aquel mismo 16 de febrero de 1959, el joven Castro acudió al Colegio de Arquitectos.
Y dijo cosas como las que siguen:
«Por eso queremos instaurar el sistema democrático representativo lo antes posible. Aquí nadie tiene interés en quedarse; porque aquí, donde uno tiene que trabajar tanto, lo que la gente seguro que está deseando es descansar. El tiempo menos posible para nosotros, porque cuando se cumple con el deber hay que trabajar mucho y cuando no se lucha por lucro, sino por cumplir con un deber, uno considera que tiene derecho a descansar también, o no a descansar por descansar, sino a descansar para no “fundirse” como dicen por ahí (RISAS). No hay maquinaria mecánica que resista lo que tiene que resistir un revolucionario en estos tiempos de trabajo.
Así que nosotros no tenemos ningún interés en mantenernos. Y si se reformara la Constitución para que algunos pudieran aspirar a presidente, yo digo por mi parte que no tengo ningún interés, que si en el cargo en que me han puesto ahora lo hago bien y me puedo quedar ahí o me dejan ahí y tengo éxito, no tengo interés en aspirar a presidente de ninguna clase.
Hay que abolir de la mente de la gente la idea del cargo y los honores y las vanidades, porque aquí todo el mundo aspiraba a presidente de la república, pero una vanidad tremenda; todo el mundo quería arreglar los problemas del país, aunque no supiera nada de los problemas del país. Y así veíamos que a nadie se le ocurría darle un hijo para que lo operara a un estudiante de primer año de medicina, pero cualquier “ñame con corbata” quería ser presidente de la república, “salvar” la república (RISAS). Y todo estaba al revés.
Tenemos que organizar nuestro país sobre la base del mismo sistema este semiparlamentario o parlamentario, de alguna manera que se ajuste a nuestra idiosincrasia y acabe con el caudillismo, el presidencialismo y todo eso, y trabajar dentro de la ley.»
Y también:
«Y hay libertades, se acabó la censura. Y así, se restablecerá el habeas corpus y todo, cuando esté todo organizado, pero bien organizado; aunque nos tardemos un poquito más, mejor es organizarlo un poquito mejor. Porque después de hacer un poder judicial bien organizado, de jueces decentes —si hubiera que hacer alguna revisioncita otra vez, hacerla para que no se nos cuele nadie por ahí, ¿comprenden? (RISAS)—; además, los jueces tienen que tener mentalidad revolucionaria, porque a tiempos nuevos y leyes revolucionarias nuevas, jueces nuevos (APLAUSOS). No sea que tengan la mentalidad… y que empiecen a aparecer recursos de todas clases, complicaciones y que aquí no marche nada. Puede ser que decidan de acuerdo con el espíritu de la ley, y nos ahorremos problemas…
En muchas cosas se manifiesta que todavía la gente vive atrás. Hay otros que están ya evolucionando rápidamente. Mucha gente tiene el mismo esquema mental de las cosas, el mismo estilo, todo, de atrás. Y hay que ver lo que es una revolución, cómo todo empieza a cambiar, y sobre todo esta, por fortuna, que es una revolución pacífica. Se está aplicando el castigo a los de atrás, a los crímenes de atrás, pero no hay conflictos presentes, no se emplea la violencia ni se siembra el odio. Se tratan de buscar procedimientos armónicos, sin sacrificar —eso sí— el alcance de la proyección revolucionaria, ¡sin sacrificar el alcance de la proyección revolucionaria! Tratamos de hacerlo lo más armónicamente posible, con el menor número de conflictos posible y sin el empleo de la fuerza. Aquí no hay que guillotinar a nadie ni fusilar a nadie, ni nada de eso, por los problemas de las leyes revolucionarias que vamos a hacer. Fusilar a los criminales de guerra, que ya van quedando menos y que vamos a acelerar los procesos también ya, para poner la mente en otras cosas. Ya han hecho bastante daño (APLAUSOS).
De contra:
Mientras, en los noticieros de la Universal, se enseñaba lo que sigue. El primer newsreel es del 22 de enero de 1959. El segundo, del 27 de julio del mismo año.
Errol Flyn, entretanto, se refería a los Castro, Fidel y Rául (sic), con el mismo afecto que hoy les dispensan Danny Glover o Steven Spielberg.
UPDATE:
Recibo este llamado de socorro, que subo aquí por lo dramático del asunto. Ruego a todos los lectores que lo difundan por los medios que les parezcan adecuados.
FAMILIARES EN CUBA BUSCAN A DESAPARECIDO
Ayuda solicitan familiares de este ciudadano cubano desaparecido hace mas de un año en Caracas o la Habana.
Su nombre Juan Rosabal no conocen su paradero después de ser detenido en aeropuerto de Caracas.
Sus familiares solicitan ayuda para localizar este perseguido del régimen de Castro. Estamos en contacto con sus familiares en Cuba en la ciudad de Matansas.. Su madre Ohilda en Versalles-Cuba esta desesperada.
Por favor ayudémosle a encontrar a su hijo. Su hermana Celia me ha enviado
el siguiente teléfono en Cuba (0053) - (45) -260526 para mas información.
Familiares denuncian desaparición forzada días después de su llegada a Caracas en agosto de 2005 por agentes cubanos en Caracas. Ellas quieren al menos su cadáver para una humana sepultura , si estuviera muerto. Su esposa Geidi Pérez Jiménez en San Félix Ciudad Guayana a PROVEA y a ONG de Derechos Humanos en Venezuela.
Ella solicita información y ayuda por 0414 - 791 85 19
Si nos pueden ayudar:
Comunicarse por teléfonos: 305) 592-7768
(305) 592-7889
En Caracas al 0212 5375804
Gracias
Dr.Arturo Rodríguez Gil
Coordinador Organizacion Venezolanos de Origen Cubano en el Oriente
(COVECUBO)
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 16/02/2008 23:54
El pasado de Rafael Rojas
Jorge Ferrer | 15/02/2008 1:50
Jorge Mañach, el gran intelectual republicano, evocaba en alguna ocasión, quejoso, lo que llamó «la nación que nos falta». Lezama Lima, en otra ocasión, se lamentaba también de nuestras carencias: «Todo lo hemos perdido, desconocemos qué es lo esencial cubano y vemos lo pasado como quien posee un diente, no de un monstruo o de un animal acariciado, sino de un fantasma para el que todavía no hemos invencionado la guadaña que le corte las piernas.»
Esas protestas en boca de dos de los más grandes intelectuales de la República son testimonio de algo más que de la mera frustración, llamada precisamente «republicana». La Cuba de la que se lamentaban, una Cuba falta de tradición codificada y deseosa de disponer de un corpus ordenado y coherente sobre el que levantar el andamiaje de una civilidad y una cultura sólidas apenas difiere en lo esencial de la Cuba de principios del siglo XXI.
Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, el libro de Rafael Rojas que sale a la venta por estos días publicado por Editorial Colibrí, está animado por esa necesaria voluntad catalogadora del pasado intelectual de Cuba con vistas al ordenamiento de los discursos públicos del nacionalismo cubano.
Insertado en una trilogía que conforman, además, Isla sin fin (1998), donde ya Rojas avanzaba algunos de los temas que aquí retoma, y Tumbas sin sosiego (2007), Motivos de Anteo dibuja una cartografía de las ideas en la Cuba colonial y postcolonial que se convertirá en lectura insoslayable.
Buena parte de la historia de Cuba pivota sobre la tensión entre la excepcionalidad y la endeblez de su tradición. Por un lado, la presunta grandeza hilvanada en una larga serie que incluye múltiples etapas que van desde la «Llave y Antemural» hasta «el Primer País Socialista de América»; por otro, la triste y reiterada evidencia de la incapacidad de los cubanos para dotarse de instituciones y discursos modernos y de un régimen democrático estable y eficaz. Discursos calamitosos o eufóricos que pueblan días y noches de cualquier cubano, resida en la «ciudad letrada» o en el último rincón de la isla o el exilio. Lo que perdimos aquí o allá. Lo que tuvimos, lo que pudimos tener, lo que tendríamos, lo que tendremos. Nuestro nacionalismo, nuestro afán de excepcionalidad, nuestras utopías baldadas una y otra vez.
Con Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, Rafael Rojas acaba de llenar un espacio enorme de esa oquedad nacional. Ha conseguido insertar de una vez por todas a la historiografía cubana en una senda donde documento, indicio y discurso se juntan en el espacio de la historia de las ideas, donde se asocia lo disociado, se reúne lo disperso, se juntan los destellos en único haz de luz.
La patria y la nación, tantas veces travestidas en las voces tierra, sangre o memoria son el punto de partida de esta aventura que rastrea las cuitas identitarias de los cubanos, los acomodos del ideario de José Martí en los discursos políticos y culturales cubanos o las estrategias de construcción de discursos nacionalistas de Ramiro Guerra, Enrique José Varona, Jorge Mañach, Fernando Ortiz y los escritores aglutinados en torno a la revista Orígenes.
Es libro que no merece glosa fácil; merece lectura reposada. Y obliga a ella. A una lectura donde habrá momento para la sorpresa y momento para la protesta; rato para disentir y ratos para alegrarse porque el pasado de Rafael Rojas, el pasado según Rafael Rojas, esboce una Cuba aceptable, y amable, para todos.
Por cortesía de Rafael Rojas y Editorial Colibrí con los lectores de El Tono de la Voz, que les agradezco, inserto la cuarta parte de la introducción a Motivos de Anteo.
Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba está a la venta en la página web de la Editorial Colibrí y las principales librerías españolas.
Motivos de Anteo
(Fragmento de la introducción)
Por Rafael Rojas
El deslinde saussureano entre langue y parole bien podría trasladarse a la política (1). Así, dentro del lenguaje político moderno, se articularían varias lenguas: la liberal, la democrática, la republicana, la conservadora, la socialista. Cada lengua, a su vez, puede descomponerse en múltiples hablas. El habla política sería el resultado de una lectura y un ejercicio singular de las lenguas modernas. Una asimilación y un uso que se construyen desde la referencia histórica de algún territorio del mundo, de alguna zona cultural o de alguna nación. Es en este último sentido que podemos aludir a un habla cubana del lenguaje político moderno y, en particular, a un habla cubana de la lengua comunista. Sólo que sugerir la idea de un habla política nacional no significa establecer que cierta cubanidad ideológica, moral o poética se manifieste por medio de sus voces. Una cosa es vislumbrar Cuba como historia abierta, lectura, práctica, habla o escritura, a la manera de Fernando Ortiz; y otra, muy diferente, es asumirla como fundamento poético, sustancia, cifra, emblema, ideología, lenguaje, al estilo de Cintio Vitier (2).
Cuando Fernando Ortiz escribió su primer Catauro de cubanismos se propuso ilustrar la posibilidad de un habla cubana dentro de la lengua española (3). El motivo primordial del texto reflejaba ya una asunción de aquella idea de Ferdinand de Saussure, que luego aparecería en el centro de los debates estructuralistas. Ortiz no llamó a su libro Glosario, Léxico, Vocabulario, Enciclopedia o Diccionario, que eran las palabras recomendadas por el castellano, sino que usó el cubanismo Catauro (caja rústica hecha de jagua) para reunir las voces cubanas. Sin embargo, un habla nacional, un lexicon habano -como hubiera dicho José María Peñalver- no se formaba sólo con las palabras vernáculas. También debía incluir los usos de la lengua originaria, los significados del significante, la construcción de nociones propias a partir de signos ajenos; en una frase: "la lengua trabajada por el poder" (4). Un habla cubana de la política actual, por ejemplo, además de introducir cubanismos, como cederista, jinetera, maceta o paladar, tendría que comprender la semántica nacional -si es que algo tan monstruoso existe- de valores universales, como son la soberanía, la libertad, la igualdad y la justicia (5).
El habla cubana ha recorrido casi todas las lenguas políticas -a las que Roland Barthes llamada jergas, por su reproducción de los mecanismos de la moda- de la modernidad. En la Colonia predominaron las hablas liberales y conservadoras, en la República las socialdemócratas y republicanas y en la Revolución ha prevalecido el habla “socialista”. El predominio de un habla sobre otra, en cada época, se logra por medio de mecanismos de imposición y distribución del poder y el saber (6). Las lenguas políticas circulan con mayor o menor intensidad, según sea la adscripción doctrinal del Estado y el margen que éste concede a la sociedad civil y su esfera pública. De modo que habría que ponderar la existencia de hablas dominantes y hablas dominadas en cada cultura política; aún cuando no todas las hablas, no todos los discursos que se movilizan en el espacio civil, demuestren una voluntad de dominio o una pulsión hacia el Estado. Así como hay políticas menores, políticas del cuerpo y el sexo, de la raza y el gremio, de la voz y el texto, hay también un habla menor: el de las minorías y los sujetos nómadas, el de las comunidades secretas y las fronteras traslaticias, el del paso transgresor y el comentario frívolo (7).
Si bien el habla política de la Revolución cubana se basa en un uso particular de la lengua comunista, el discurso revolucionario no actúa únicamente dentro de la semiótica doctrinal del marxismo-leninismo. Los líderes cubanos apelan a otros ideologemas, como pueblo, patria, nación, independencia, justicia social, que son poco frecuentes en los textos de Marx, Engels y Lenin. Se trata, strictu sensu marxista, de valores modernos, burgueses, que la Revolución resemantiza desde la práctica del socialismo. El orden revolucionario hereda estas nociones de la cultura política colonial y republicana, radicalizando sus significados e imprimiéndoles una atmósfera de significación, por momentos, jacobina y bolchevique. Pueblo, patria, nación, sociedad, masas son términos que aluden a una misma esfera de poder, a un mismo andamiaje institucional: el del Estado socialista. La diferencia conceptual entre Nación y Estado, pueblo y gobierno, sociedad civil y sociedad política, que es la base de todo sistema moderno, se pierde, se borra dentro del habla oficial cubana (8).
Por el hecho de ser Cuba un socialismo postcolonial en el Caribe -ese Mediterráneo entre dos Américas- las tramas originarias de la modernidad política adquieren para ella una vigencia desconcertante. Atributos indispensables de cualquier Estado nacional moderno, como la soberanía, el comercio, la representación o el territorio, no se cumplen o se ven acotados: viven una existencia virtual. La idea de la modernidad inconclusa, que tanto apasionó a Jürgen Habermas, parece aplicable a Cuba por antonomasia, aunque a veces, lo “insuficiente” o “inacabado” de esa modernidad no sea más que el reflejo, como en tantos países latinoamericanos, de su implementación salvaje (9). De ahí que el registro plural de la ideología revolucionaria, más que una simple "adaptación del marxismo-leninismo" al caso histórico de la isla, resulte una confluencia de discursos modernizadores, autoritarios y emancipatorios. Discursos que provienen del vasto legado de asunciones, rechazos y hechuras que conforma una política nacional. Tal vez, además de las corrientes socialistas mundiales, las dos tradiciones que logran un mayor peso en esa confluencia sean la descolonizadora del independentismo latinoamericano y la justiciera y nacionalista de la moral cubana (10).
Por lo general, en la oratoria de los líderes y en la propaganda de los medios informativos, las nociones básicas del habla política se funden en un sólo significado, que llega a ser una ausencia de significados: una ambigüedad. A los conceptos de Patria, Nación, Estado, República, Revolución y Socialismo se atribuye un contenido único, una suerte de sinonimia que disuelve los campos del discurso, impide la construcción de nuevos sentidos y facilita el despliegue de una simbología totalitaria. Los escasos debates intelectuales y académicos sobre el socialismo cubano también recrean esa identidad, esa disolución de las palabras en un magma retórico y unánime. Se podría pensar que dicha disolvencia de significados es propia de la discursividad política. Pero en el saber, en las ciencias sociales, en el plano teórico de una cultura, la singularidad de cada concepto es la base de cualquier proposición (11). Por eso, un buen punto de partida, para reconstruir el proceso cultural de la Revolución cubana, sería el glosario de nociones claras y distintas del habla política. Un catauro, que aunque sólo sea el compendio de voces de una persona, sirva, al menos, para hacer más fluida la comunicación intelectual.
En un libro que, hace una década, causó cierto revuelo en el medio académico norteamericano, Wilbur Zelinsky propuso que los conceptos claves ( key terms) de la modernidad política se extraigan de ese ajuste de fronteras, o pelea por los límites, que entablan la Nación y el Estado (12). Patria, Nación, Estado, República, Revolución y Socialismo son, en este sentido, palabras claves de la modernidad cubana: nombres políticos del país. Pero aún cuando admitamos -siguiendo todavía a Hegel- que son nombres de un mismo ser, ningún argumento podría refutar -siguiendo todavía a Heidegger- el hecho de que ese ser, el país, Cuba, sea diferente bajo cada uno de sus nombres. Cuba como patria no es idéntica a Cuba como nación (13). El Estado cubano es una cosa y la República de Cuba otra. La Revolución y el Socialismo son procesos políticos que, aunque se complementan y entrelazan, recurren a símbolos, ideas y prácticas distintos e incluso llegan a deslindarse en el orden performativo de sus actores e instituciones.
Entre estos seis vocablos hay cuatro que sufren un discernible proceso de reconstrucción de sus significados en la historia de la cultura política cubana. Se trata de las cuatro palabras cardinales de la nacionalidad: Patria, Nación, República y Revolución. Cada una responde a un momento de génesis semántica en el que se le atribuyen contenidos originarios y se le aplican usos permeables. Luego, a lo largo de la historia, esos contenidos se van resemantizando e infiltrando en el campo de significación de otras palabras nacionales. A su vez, cada una de esas palabras se inscribe en el habla de un sujeto social que, al desaparecer en la historia, cede su significante a los nuevos sujetos emergentes que socializan sus propios significados.
Así, la idea de Patria es una construcción semántica del patriciado criollo en la segunda mitad del siglo XVIII; la de Nación es obra de las élites coloniales de la segunda mitad del siglo XIX; la de República surge dentro de la cultura política anticolonial, sobre todo, de los separatistas y los anexionistas, a fines del siglo XIX, y se afianza en la primera mitad del XX; la de Revolución se debe al discurso de la frustración republicana en la primera mitad de la pasada centuria y se socializa en la segunda mitad del XX. Las cuatro palabras nacionales corresponden a cuatro tiempos de fundación de significados en la cultura política cubana: el tiempo patriótico (1760-1868), el tiempo nacional (1868-1898), el tiempo republicano (1898-1930) y el tiempo revolucionario (1930-1968). Pero lo usos de estas palabras no se circunscriben a los periodos de su génesis semántica. De hecho, las prácticas del habla política socializan los significados antes y después de la época de fundación. La palabra patria, por ejemplo, es más usada en los siglos XIX y XX que a mediados del siglo XVIII. Pero esta socialización, que supone también una resemantización, se hace posible por el cambio del sujeto social que construyó su significado originario.
La pregunta ¿quiénes hablan? es, entonces, ineludible para la historia intelectual. Quienes dicen patria, nación, república y revolución en 1761, 1808, 1868, 1895, 1902, 1933, 1940, 1959 y 1961 no son los mismos sujetos y, por lo tanto, atribuyen diferentes significados a esas cuatro palabras. Los personajes que se estudian en este libro, aunque socialmente reproduzcan un sujeto similar –las élites letradas coloniales y republicanas- captan la transformación semántica de esos términos en el lapso de dos siglos. Por la voz de ellos, también hablan los otros, aunque, muchas veces, el ejercicio de la representación simbólica implique la jerarquía de un orden social y el silenciamiento de las hablas más incómodas. Una vez más, como decía Sartre, lo que escriben los intelectuales es importante, por lo que dicen y por lo que callan.
Notas:
1) Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general. México: Ediciones Nuevomar, 1982, pp. 40-42.
2) Fernando Ortiz, « Los factores humanos de la cubanidad », en Estudios etnosociológicos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, pp. 10-30 ; Cintio Vitier, Lo cubano en la poesía, La Habana, Instituto del Libro, 1970, pp. 570-585.
3) Fernando Ortiz, Nuevo Catauro de cubanismos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1985, p. 29.
4) Roland Barthes, El placer del texto. México: Siglo XXI, 1974, p. 138.
5) Ver el acápite "Civilización universal y culturas nacionales" en Paul Ricoeur, Historia y verdad. Madrid: Ediciones Encuentro, 1990, pp. 251-263.
6) Sigo aquí la argumentación de Pierre Klossowski en su ensayo "El lenguaje, el silencio y el comunismo", Tan funesto deseo. Madrid: Taurus, 1980, pp. 103-119.
7) Ver Agnes Heller y Ferenc Fehér, Políticas de la postmodernidad. Ensayos de crítica cultural. Barcelona: Península, 1989, pp. 281-283; y, más recientemente, Chantal Mouffe, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Barcelona: Paidós, 1999, pp.101-105.
8) Velia Cecilia Bobes, Los laberintos de la imaginación. Repertorio simbólico, identidades y actores del cambio social en Cuba, México, El Colegio de México, 2000, pp. 144-165.
9) Jürgen Habermas, « La modernidad, un proyecto incompleto», en Hal Foster, Jürgen Habermas, Jean Baudrillard, La postmodernidad, Barcelona, Editorial Kairos, 1988, pp. 19-36.
10) Rafael Rojas, Isla sin fin. Contribución a la crítica del nacionalismo cubano, Miami, Ediciones Universal, 1998, pp. 10-40.
11) Paul Ricoeur, Historia y verdad. Madrid: Ediciones Encuentro, 1995, pp. 279-294.
12) Wilbur Zelinsky, Nation into State. The Shifting Symbolic Foundations of American Nationalism. The University of North Carolina Press, 1988, pp. 4-9.
13) Martin Heidegger, «El concepto de experiencia de Hegel », en Caminos de bosque, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pp. 91-156.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 03/04/2009 3:13
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