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Menos Julia

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UPDATE:

Leo en Cubarte que Celina González cumple hoy 80 años.

En los años de mayor represión comunista, ella sola hizo más por la permanencia de la religiosidad de los cubanos que toda la curia silenciosa y cómplice. Y por los campesinos cubanos y la cultura guajira, más que el Ministerio de Cultura, el INRA y la ANAP juntos.

¡Felicidades, Celina!

 

Lectura dominical:

Menos Julia

Por Felisberto Hernández

En mi último año de escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde pintada al óleo. El pelo crespo de ese niño no era muy largo; pero le había invadido la cabeza como si fuera una enredadera; le tapaba la frente, muy blanca, le cubría las sienes, se había echado encima de las orejas y le bajaba por la nuca hasta metérsele entre el saco de pana azul. Siempre estaba quieto y casi nunca hacía los deberes ni estudiaba las lecciones. Una vez la maestra lo mandó a la casa y preguntó quién de nosotros quería acompañarlo y decirle al padre que viniera a hablar con ella. La maestra se quedó extrañada cuando yo me paré y me ofrecí, pues la misión era antipática. A mí me parecía posible hacer algo y salvar a aquel compañero; pero ella empezó a desconfiar, a prever nuestros pensamientos y a imponernos condiciones. Sin embargo, al salir de allí, fuimos al parque y los dos nos juramos no ir nunca más a la escuela.
Una mañana del año pasado mi hija me pidió que la esperara en una esquina mientras ella entraba y salía de un bazar. Como tardaba, fui a buscarla y me encontré con que el dueño era el amigo mío de la infancia. Entonces nos pusimos a conversar y mi hija se tuvo que ir sin mí.
Por un camino que se perdía en el fondo del bazar venía una muchacha trayendo algo en las manos. Mi amigo me decía que él había pasado la mayor parte de su vida en Francia. Y allá, él también había recordado los procedimientos que nosotros habíamos inventado para hacer creer a nuestros padres que íbamos a la escuela. Ahora él vivía solo; pero en el bazar lo rodeaban cuatro muchachas que se acercaban a él como a un padre. La que venía del fondo traía un vaso de agua y una píldora para mi amigo. Después él agregó:
—Ellas son muy buenas conmigo; y me disculpan mis...
Aquí hizo un silencio y su mano empezó a revolotear sin saber dónde posarse; pero su cara había hecho una sonrisa. Yo le dije un poco en broma:
—Si tienes alguna... rareza que te incomode, yo tengo un médico amigo...
Él no me dejó terminar. Su mano se había posado en el borde de un jarrón; levantó el índice y parecía que aquel dedo fuera a cantar. Entonces mi amigo me dijo:
—Yo quiero a mi... enfermedad más que a mi vida. A veces pienso que me voy a curar y me viene una desesperación mortal.
—¿Pero qué... cosa es ésa?
—Tal vez un día te lo pueda decir. Si yo descubriera que tú eres de las personas que pueden agravar mi... mal, te regalaría esa silla nacarada que tanto le gustó a tu hija.
Yo miré la silla y no sé por qué pensé que la enfermedad de mi amigo estaba sentada en ella.
El día que él se decidió a decirme su mal era sábado y recién había cerrado el bazar. Fuimos a tomar un ómnibus que salía para afuera y detrás de nosotros venían las cuatro muchachas y un tipo de patillas que yo había visto en el fondo del bazar entre libros de escritorio.
—Ahora todos iremos a mi quinta —me dijo—, y si quieres saber aquello tendrás que acompañarnos hasta la noche.
Entonces se detuvo hasta que los demás estuvieron cerca y me presentó a sus empleados. El hombre de las patillas se llamaba Alejandro y bajaba la vista como un lacayo.
Cuando el ómnibus hubo salido de la ciudad y el viaje se volvió monótono, yo le pedí a mi amigo que me adelantara algo... Él se rió y por fin dijo:
—Todo ocurrirá en un túnel.
—¿Me avisarás antes que el ómnibus pase por él?
—No; ese túnel está en mi quinta y nosotros entraremos en él a pie. Será para cuando llegue la noche. Las muchachas estarán esperándonos dentro, hincadas en reclinatorios a lo largo de la pared de la izquierda y tendrán puesto en la cabeza un paño oscuro. A la derecha habrá objetos sobre un largo y viejo mostrador. Yo tocaré los objetos y trataré de adivinarlos. También tocaré los objetos de las muchachas y pensaré que no las conozco.
Se quedó un instante en silencio. Había levantado las manos y ellas parecían esperar que se les acercaran objetos o tal vez caras. Cuando se dio cuenta de que se había quedado en silencio, recogió las manos; pero lo hizo con el movimiento de cabezas que se escondieran detrás de una ventana. Quiso volver a su explicación, pero sólo dijo:
—¿Comprendes?
Yo apenas pude contestarle:
—Trataré de comprender.
Él miró el paisaje. Yo me di vuelta con disimulo y me fijé en las caras de las muchachas: ellas ignoraban lo que nosotros hablábamos, y parecía fácil descubrir su inocencia. A los pocos instantes yo toqué a mi amigo en el codo para decirle:
—Si ellas están en la oscuridad; ¿por qué se ponen paños en la cabeza?
Él contestó distraído:
—No sé... pero prefiero que sea así.
Y volvió a mirar el paisaje. Yo también puse los ojos en la ventanilla; pero atendía a la cabeza negra de mi amigo; ella se había quedado como una nube quieta a un lado del cielo y yo pensaba en los lugares de otros cielos por donde ella habría cruzado. Ahora, al saber que aquella cabeza tenía la idea del túnel, yo la comprendía de otra manera. Tal vez en aquellas mañanas de la escuela, cuando él dejaba la cabeza quieta apoyada en la pared verde, ya se estuviera formando en ella algún túnel. No me extrañaba que yo no hubiera comprendido eso cuando paseábamos por el parque; pero así como en aquel tiempo yo lo seguía sin comprender, ahora debía hacer lo mismo. De cualquier manera todavía conservábamos la misma simpatía y yo no había aprendido a conocer las personas.
Los ruidos del ómnibus y las cosas que veía, me distraían; pero de cuando en cuando no tenía más remedio que pensar en el túnel.
Cuando mi amigo y yo llegamos a la quinta, Alejandro y las muchachas estaban empujando un porrón de hierro. Las hojas de los grandes árboles habían caído encima de los arbustos y los habían dejado como papeleras repletas. Y sobre el portón y las hojas, parecía haber descendido una cerrazón de herrumbre. Mientras buscábamos los senderos entre plantas chicas, yo veía a lo lejos una casa antigua. Al llegar a ellas las muchachas hicieron exclamaciones de pesar: al costado de la escalinata había un león hecho pedazos: se había caído de la terraza. Yo sentía placer en descubrir los rincones de aquella casa; pero hubiera deseado estar solo y hacer largas estadías en cada lugar.
Desde el mirador vi correr un arroyo. Mi amigo me dijo:
—¿Ves aquella cochera con una puerta grande cerrada? Bueno; dentro de ella está la boca del túnel; corre en la misma dirección del arroyo. ¿Y ves aquella glorieta cerca de la escalinata del fondo? Allí está escondida la cola del túnel.
—¿Y cuánto tardas en recorrerlo? Me refiero a cuando tocas los objetos y las caras...
—¡Ah! Poco. En una hora ya el túnel nos ha digerido a todos. Pero después yo me tiro en un diván y empiezo a evocar lo que he recordado o lo que ha ocurrido allí. Ahora me cuesta hablar de eso. Esta luz fuerte me daña la idea del túnel. Es como la luz que entra en las cámaras de los fotógrafos cuando las imágenes no están fijadas. Y en el momento del túnel me hace mal hasta el recuerdo de la luz fuerte. Todas las cosas quedan tan desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana.
Él me decía esto y nosotros estábamos parados en un recodo oscuro de la escalera. Y cuando seguimos descendiendo, vimos desde lo alto la penumbra del comedor; en medio de ella flotaba un inmenso mantel blanco que parecía un fantasma muerto y acribillado de objetos.
Las cuatro muchachas se sentaron en una cabecera y los tres hombres en la otra. Entre los dos bandos había unos metros de mantel en blanco, pues el viejo sirviente acostumbraba a servir toda la mesa desde la época en que habitaba allí la gran familia de mi amigo. Únicamente hablábamos él y yo. Alejandro permanecía con su cara flaca apretada entre las patillas y no sé si pensaría: “No me tomo la confianza que no me dan” o “No seré yo quien le dé a éstos”. En la otra cabecera las muchachas hablaban y se reían sin hacer mucho barullo. Y de este lado mi amigo me decía:
—¿Tú no necesitas, a veces, estar en una gran soledad?
Yo empecé a tragar aire para un gran suspiro y después dije:
—Frente a mi pieza hay dos vecinos con radio; y apenas se despiertan se meten con las radios en mi cuarto.
—¿Y por qué los dejas entrar?
—No, quiero decir que las encienden con tal volumen que es como si entraran en mi pieza.
Yo iba a contar otras cosas; pero mi amigo me interrumpió:
—Tú sabrás que cuando yo caminaba por mi quinta y oía chillar una radio, perdía el concepto de los árboles y de mi vida. Esa vejación me cambiaba la idea de todo: mi propia quinta no me parecía mía y muchas veces pensé que yo había nacido en un siglo equivocado.
A mí me costaba aguantar la risa porque en ese instante Alejandro, siempre con sus párpados bajos, tuvo una especie de hipo y se le inflaron las mejillas como a un clarinetista. Pero enseguida le dije a mi amigo:
—¿Y ahora no te molesta más esa radio?
La conversación era tonta y me prometí dedicarme a comer. Mi amigo siguió diciendo:
—El tipo que antes me llenaba la quinta de ruido vino a pedirme que le saliera de garantía para un crédito...
Alejandro pidió permiso para levantarse un momento, le hizo señas a una muchacha y mientras se iban le volvió el hipo que le hacía mover las patillas: parecían las velas negras de un barco pirata. Mi amigo seguía:
Entonces yo le dije: “No sólo le salgo de garantía, sino que le pago las cuotas. Pero usted me apaga esa radio sábados y domingos.” Después, mirando la silla vacía de Alejandro, me dijo: “Éste es mi hombre; compone el túnel como una sinfonía. Ahora se levantó para no olvidarse de algo. Antes yo derrochaba mucho su trabajo, porque cuando no adivinaba una cosa se la preguntaba; y él se deshacía todo para conseguir otras nuevas. Ahora, cuando yo no adivino un objeto lo dejo para otra sesión y cuando estoy aburrido de tocarlo sin saber qué es, le pego una etiqueta que llevo en el bolsillo y él lo saca de la circulación por algún tiempo.”
Cuando Alejandro volvió, nosotros ya habíamos adelantado bastante en la comida y los vinos. Entonces mi amigo palmeó el hombro de Alejandro y me dijo:
—Éste es una gran romántico; es el Schubert del túnel. Y además tiene más timidez y más patillas que Schubert. Fíjate que anda en amores con una muchacha a quien nunca vio ni sabe cómo se llama. Él lleva los libros en una barraca después de las diez de la noche. Le encanta la soledad y el silencio entre olores de maderas. Una noche dio un salto sobre los libros porque sonó el teléfono; la que se equivocó de llamado, siguió equivocándose todas las noches; y él, apenas la toca con los oídos y las intenciones.
Las patillas negras de Alejandro estaban rodeadas de la vergüenza que le había subido a la cara, yo yo le empecé a tomar simpatía.
Terminada la comida, Alejandro y las muchachas salieron a pasear; pero mi amigo y yo nos recostamos en los divanes que había en su cuarto. Después de la siesta, nosotros también salimos y caminamos todo el resto de la tarde. A medida que iba oscureciendo mi amigo hablaba menos y hacía movimientos más lentos. Ahora la luz era débil y los objetos luchaban con ella. La noche iba a ser muy oscura; mi amigo ya tanteaba los árboles y las plantas y pronto entraríamos al túnel con el recuerdo de todo lo que la luz había confundido antes de irse. Él me detuvo en la puerta de la cochera y antes que me hablara yo oí el arroyo. Después mi amigo me dijo:
—Por ahora tú no tocarás las caras de las muchachas: ellas te conocen poco. Tocarás nada más que lo que esté a tu derecha y sobre el mostrador.
Yo había oído los pasos de Alejandro. Mi amigo hablaba en voz baja y me volvió a encargar:
—No debes perder en ningún momento tu colocación, que será entre Alejandro y yo.
Encendió una pequeña linterna y me mostró los primeros escalones, que eran de tierra y tenían pastitos desteñidos. Llegamos a otra puerta y él apagó la linterna. Todavía me dijo otra vez:
—Ya sabes, el mostrador está a la derecha y lo encontrarás apenas camines dos pasos. Aquí está el borde, y, aquí encima, la primera pieza: yo nunca la adiviné y la dejo a tu disposición.
Yo me inicié poniendo la manos sobre una pequeña caja cuadrada de la que sobresalía una superficie curva. No sabía si aquella materia era muy dura; pero no me atreví a hincarle la uña. Tenía una canaleta suave, una parte un poco áspera y cerca de uno de los bordes de la caja había lunares... o granitos. Yo tuve una mala impresión y saqué las manos. Él me preguntó:
—¿Pensaste en algo?
—Esto no me interesa.
—Por tu reacción veo que has pensado alguna cosa.
—Pensé en los granitos que cuando era niño veía en el lomo de unos sapos muy grandes.
—¡Ah!, sigue.
—Después me encontré con un montón de algo como harina. Metí las manos con gusto. Y él me dijo:
—Al borde del mostrador hay un paño sujeto con una chinche para que después te limpies las manos.
Y yo le contesté, insidiosamente:
—Me gustaría que hubiera playas de harina...
—Bueno, sigue.
Después encontré una jaula que tenía forma de pagoda. La sacudí para ver si tenía algún pájaro. Y en ese instante se produjo un ligero resplandor; yo no sabía de dónde venía ni de qué se trataba. Oí un paso de mi amigo y le pregunté:
—¿Qué ocurre?
Y él a su vez me preguntó:
—¿Qué te pasa?
—¿No viste un resplandor?
—Ah, no te preocupes. Como las muchachas son poco para un túnel tan largo, tienen que estar repartidas a mucha distancia; entonces, con esta linterna cada una me avisa donde está.
Me di vuelta y vi encenderse varias veces el resplandor como si fuera un bichito de luz. En ese instante mi amigo dijo:
—Espérame aquí.
Y al ir hacia la luz la cubrió con su cuerpo. Entonces yo pensé que él iba sembrando sus dedos en la oscuridad; después los recogería de nuevo y todos se reunirían en la cara de la muchacha.
De pronto le oí decir:
—Ya va la tercera vez que te pones la primera, Julia.
Pero una voz tenue le contestó:
—Yo no soy Julia.
En ese momento oí acercarse los pasos de Alejandro y le pregunté:
—¿Qué tenía aquella primera caja?
Tardó en decirme:
—Una cáscara de zapallo.
Me asusté al oír la voz enojada de mi amigo:
—Sería conveniente que no le preguntaras nada a Alejandro.
Yo pasé aquellas palabras con un trago de saliva y puse las manos en el mostrador. El resto de la sesión lo hicimos en silencio. Los objetos que yo había reconocido, estaban en esta orden: una cáscara de zapallo, un montón de harina, una jaula sin pájaro, unos zapatitos de niño, un tomate, unos impertinentes, una media de mujer, una máquina de escribir, un huevo de gallina, una horquilla de primus, una vejiga inflada, un libro abierto, un par de esposas y una caja de botines conteniendo un pollo pelado. Lamenté que Alejandro hubiera colocado el pollo como último número, pues fue muy desagradable la sensación al tantear su cuero frío y granulado. Apenas salimos del túnel Alejandro me alumbró los escalones que daban a la glorieta. Al llegar a la luz de un corredor mi amigo me puso cariñosamente la mano en el cuello como para decirme: “perdona mi brusquedad de hoy”, pero al mismo tiempo dio vuelta la cabeza para otro lado como diciendo: “sin embargo ahora estoy en otra cosa y tendré que seguir con ella”.
Antes de ir a su habitación me hizo señas con el índice para que lo siguiera; y después se llevó el mismo dedo a la boca para pedirme silencio. En su pieza empezó a acomodar los divanes de manera que cada uno mirara en sentido contrario y nosotros no nos viéramos las caras. Él fue descargando su cuerpo en un diván y yo en el otro. Me entregué a mis pensamientos y me juré internarme, todo lo posible, en aquel asunto.
Al rato me sorprendió la voz más baja de mi amigo, diciéndome:
—Me gustaría que pasaras todo el día de mañana aquí; pero siento tener que ofrecértelo con una condición...
Yo esperé unos segundos y le contesté:
—Si yo aceptara, tendría que ser, también, con una condición...
Al principio él se rió, y después dijo:
—Mira, cada uno apuntará en un papel la condición. ¿Aceptas?
—Muy bien.
Yo saqué una tarjeta. Después, como nuestras cabeceras estaban cerca, nos alargamos los papeles sin mirarnos. El de mi amigo decía: “Necesito andar solo, por la quinta, durante todo el día.” Y el mío: “Quisiera pasarlo encerrado en una habitación.” Él se volvió a reír. Después se levantó y salió unos minutos. Al volver, dijo:
—Tu habitación estará encima de ésta. Y ahora vamos a la mesa.
Allí encontré un conocido: el pollo del túnel.
Al terminar la cena me dijo:
—Te invito a oír el cuarteto de don Claudio.
Me hizo gracia la familiaridad con Debussy. Nos recostamos en los divanes; y en una de las veces que fue a dar vuelta un disco, se detuvo con él en la mano para decirme:
—Cuando estoy allí, siento que me rozan ideas que van a otra parte.
El disco terminó y él siguió diciendo:
—Yo he vivido cerca de otras personas y me he guardado en la memoria recuerdos que no me pertenecen.
Esa noche él no me dijo nada más y cuando yo estuve solo en mi pieza, empecé a pasearme por ella; me sentía en una excitación dichosa y pensaba que el gran objeto del túnel era mi amigo. Precisamente, en ese momento él subía apresuradamente la escalera. Abrió la puerta, asomó la cabeza con una sonrisa y me pidió:
—Tus pasos no me dejan tranquilo; se oyen demasiado allá bajo...
—¡Oh, discúlpame!
Apenas se fue yo me saqué los zapatos y me empecé a pasear en medias. Y él no tardó en volver a subir:
—Ahora peor, querido. Tus pasos parecen palpitaciones. Y he sentido otras veces el corazón como si me anduviera un rengo en el cuerpo.
—¡Ah! Cuánto te habrás arrepentido de ofrecerme tu casa.
—Al contrario. Estaba pensando que en adelante me disgustaría saber que está vacía la habitación donde estuviste tú.
Yo le contesté con una sonrisa artificial y él se fue enseguida.
Me dormí pronto pero me desperté al rato. Había relámpagos y truenos lejanos. Me levanté pisando despacio y fui a abrir la ventana y a mirar la luz blancuzca de un cielo que quería echarse encima de la casa con sus nubes carnosas. Y de pronto vi sobre un camino un hombre agachado buscando algo entre plantas rastreras. Pasados unos instantes dio unos pasos de costado, sin levantarse y yo decidí ir a avisarle a mi amigo. La escalera crujía y yo tenía miedo de que él se despertara y creyera que era yo el ladrón. La puerta de su cuarto estaba abierta y su cama vacía. Cuando volví arriba no vi al hombre. Me acosté y volví a dormir. Al otro día, mientras bajé a lavarme, el sirviente me subió el servicio del mate; y mientras lo tomaba, recordé lo que había soñado: Mi amigo y yo estábamos parados frente a una tumba; y él me dijo: “¿Sabes quién yace aquí? El pollo en su caja.” Nosotros no teníamos ningún sentimiento de muerte. Aquella tumba era como una heladera que imitara graciosamente a un sepulcro y nosotros sabíamos que allí se alojaban todos los muertos que después comeríamos.
Recordaba esto, miraba la quinta a través de cortinas amarillentas y tomaba mate. De pronto vi a mi amigo cruzar un sendero y sin querer hice un gesto de espía. Después me decidí a no mirarlo; y al pensar que él no me oía empecé a caminar por la habitación. En una de las veces que llegué hasta la ventana vi que mi amigo iba hacia la cochera; creí que fuera al túnel y me llené de sospechas; pero después él dobla para un lugar donde había ropa tendida y puso una mano abierta en medio de una sábana que yo supuse húmeda.
Nos vimos únicamente a la hora de la cena. Él me decía:
—Cuando estoy en el bazar deseo este día; y aquí sufro aburrimientos y tristezas horribles. Pero necesito de la soledad y de no ver ningún ser humano. ¡Oh, perdóname!...
Entonces yo le dije:
—Anoche deben haber andado perros por la quinta... esta mañana vi violetas tiradas en un camino.
Él sonrió:
—Fui yo; me gusta buscarlas entre las hojas un poco antes del amanecer —entonces me miró con una nueva sonrisa y me dijo:
—Había dejado la puerta abierta, y al volver la encontré cerrada.
Yo también me sonreí:
—Temí que fuera un ladrón y bajé a avisarte.
Esa noche regresamos al centro y él se sentía bien.
El sábado siguiente estábamos en el mirador y de pronto vi venir hacia mí a una de las muchachas. Creí que me quería decir un secreto y puse la cabeza de costado; entonces la muchacha me dio un beso en la cara. Aquello parecía algo previsto y mi amigo dijo:
—¿Qué es eso?
Y la muchacha le contestó:
—Ahora no estamos en el túnel.
—Pero estamos en mí casa —dijo él.
Ya habían llegado las otras muchachas; nos dijeron que estaban jugando a las prendas y aquel beso era un castigo. Yo, para disimular, dije:
—¡Otra vez no den castigos tan graves!
Y una muchacha pequeña me contestó:
—¡Ese castigo lo hubiera deseado para mí!
Todo terminó bien; pero mi amigo quedó contrariado.
A la hora de costumbre entramos en el túnel. Yo volví a encontrar la cáscara de zapallo; pero ya mi amigo le había pegado una etiqueta para que la sacaran del mostrador. Después empecé a tocar una gran masa de material arenoso. Aquello no me interesó; me distraje pensando que pronto se encendería la luz de la primera mujer; pero mis manos seguían distraídas en la masa. Después toqué unos géneros con flecos y de pronto me di cuenta de que eran guantes. Me quedé pensando en el significado que eso tenía para las manos y en que se trataba de una sorpresa para ellas y no para mí. Mientras tocaba un vidrio se me ocurrió que las manos querían probarse los guantes. Me dispuse a hacerlo; pero me detuve de nuevo; yo parecía un padre que no quisiera consentirle a sus hijas todos los caprichos. Y enseguida me empezó a crecer otra sospecha. Mi amigo estaba demasiado adelantado en aquel mundo de las manos. Tal vez él les habría hecho desarrollar inclinaciones que le permitieron vivir una vida demasiado independiente. Pensé en la harina que con tanto gusto mis manos habían tocado en la sesión anterior y me dije: “a las manos les gusta la harina cruda”. Entonces hice lo posible por dejar esa idea y volví al vidrio que había tocado antes; detrás tenía un soporte. ¿Aquello sería un retrato? ¿Y cómo podía saberse? También podría ser un espejo... Peor todavía. Me encontraba con la imaginación engañada y con cierta burla de la oscuridad. Casi enseguida vi el resplandor de la primera muchacha. Y no sé por qué, en ese instante, pensé en la masa de material que toqué al principio y comprendí que era la cabeza del león. Mi amigo le estaba diciendo a una muchacha:
—¿Qué es esto? ¿Una cabeza de muñeca?... ¿un perro?... ¿una gallina?
—No —le contestaron—; es una de aquellas flores amarillas que...
Él la interrumpió:
—¿Ya no les he dicho que no traigan nada?...
La muchacha dijo:
—¡Estúpido!
—¿Cómo? ¿Quién eres tú?
—Yo soy Julia —dijo una voz decidida.
—Nunca más traigas nada en las manos —contestó débilmente mi amigo.
Cuando él volvió al mostrador, me dijo:
—Me gusta saber que entre esta oscuridad hay una flor amarilla.
En ese momento sentí que me rozaban el saco y mi primer pensamiento fue para los guantes y como si ellos pudieran andar solos. Pero casi simultáneamente pensé en alguna persona. Entonces le dije a mi amigo:
—Alguien me ha rozado el saco.
—Absolutamente imposible. Es una alucinación tuya. ¡Suele ocurrir eso en el túnel!
Y cuando menos lo esperábamos oímos un viento tremendo. Mi amigo gritó:
—¿Qué es eso?
Lo curioso era que oíamos el viento pero no lo sentíamos en las manos ni en la cara. Entonces Alejandro dijo:
—Es una máquina para imitar el viento que me prestó el utilero de un teatro.
—Muy bien —dijo mi amigo—, pero eso no es para las manos...
Se quedó callado unos instantes y de pronto preguntó:
—¿Quién hizo andar la máquina?
—La primera muchacha: fue para allá después que usted la tocó.
—¡Ah! —dije yo—, ¿viste? Fue ella quien me rozó.
Esa misma noche, mientras cambiaba los discos, me dijo:
—Hoy tuve mucho placer. Confundía los objetos, pensaba en otros distintos y tenía recuerdos inesperados. Apenas empecé a mover el cuerpo en la oscuridad me pareció que iba a tropezar con algo raro, que mi cuerpo empezaría a vivir de otra manera y que mi cabeza estaba a punto de comprender algo importante. Y de pronto, cuando había dejado un objeto y mi cuerpo se dio vuelta para ir a tocar una cara, descubrí quién me había estafado en un negocio.
Yo fui a mi cuarto y antes de dormir pensé en unos guantes de gamuza apenas abultados por unas manos de mujer. Después yo sacaría los guantes como si desnudara las manos. Pero mientras pasaba al sueño los guantes iban siendo cáscaras de bananas. Y ya haría mucho rato que estaba dormido cuando sentí que unas manos me tocaban la cara. Me desperté gritando, estuve unos instantes flotando en la oscuridad y por fin me di cuenta que había tenido una pesadilla. Mi amigo subió corriendo la escalera y me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Yo le empecé a decir:
—Tuve un sueño...
Pero me detuve; no quise contarle el sueño porque temí que pudiera ocurrírsele tocarme la cara. Él se fue enseguida y yo me quedé despierto; pero al poco rato oí abrir despacito la puerta y grité con voz descompuesta:
—¿Quién es?
Y en ese mismo instante oí pezuñas que bajaban la escalera. Cuando mi amigo subió de nuevo le dije que él había dejado la puerta abierta y que había entrado un perro. Él empezó a bajar la escalera.
El sábado siguiente, apenas habíamos entrado al túnel, se sintieron unos quejidos mimosos y yo pensé en un perrito. Alguna de las muchachas se empezó a reír y enseguida nos reímos todos. Mi amigo se enojó mucho y dijo palabras desagradables; todos nos callamos inmediatamente; pero en un intervalo que se produjo entre las palabras de mi amigo, se oyeron con más fuerza los quejidos del perrito y todos nos volvimos a reír. Entonces mi amigo gritó:
—¡Váyanse todos! ¡Afuera! ¡Que salgan todos!
Los que estábamos cerca le oímos jadear; y enseguida, con voz más débil, y como escondiendo la cara en la oscuridad, le oímos decir:
—Menos Julia.
A mí se me ocurrió algo que no pude dejar de hacer: quedarme en el túnel. Mi amigo esperó que salieran todos. Después, desde lejos, Julia empezó a hacer señales con su linterna. La luz aparecía a intervalos regulares, como la de un faro, mi amigo caminaba pisando fuerte y yo trataba de hacer coincidir el ruido de mis pasos con los de él. Cuando estuve cerca de Julia, ella decía:
—¿Usted recuerda otras caras cuando toca la mía?
Él hizo zumbar un rato la "s" antes de decir "sí". Y enseguida agregó:
—...es decir... Ahora pienso en una vienesa que estaba en París.
—¿Era amiga suya?
—Yo era amigo del esposo. Pero una vez a él lo tiró un caballo de madera...
—¿Usted habla en serio?
—Te explicaré. Resulta que él era débil y una tía rica que vivía en provincias le pedía que hiciera gimnasia. Ella lo había criado. Él le enviaba fotografías vestido en traje de deportes; pero nunca hacía otra cosa que leer. Al poco tiempo de casado quiso sacarse una fotografía montado a caballo. Él estaba muy orgulloso con su sombrero de alas anchas; pero el caballo era de madera carcomida por la polilla; de pronto se le rompió una pata, y enseguida se cayó el jinete y se rompió un brazo.
Julia se rió un poco y él siguió:
—Entonces, con ese motivo, fui a la casa y conocí a la señora... Al principio ella me hablaba con una sonrisa burlona. El marido estaba con el brazo colgado y rodeado de visitas. Ella le trajo caldo y él dijo que estando así no tenía ningún apetito. Todas las visitas dijeron que realmente ocurría eso cuando se estaba así. Yo pensé que todos los concurrentes habían tenido fracturas y me los imaginé en la penumbra que había en aquella pieza con piernas y brazos de blanco y abultados por la vendas.
(Cuando menos lo esperábamos volvimos a oír los gemidos del perrito y Julia se rió. Yo temí que mi amigo lo fuera a buscar y tropezara conmigo. Pero a los pocos instantes siguió el relato.)
—Cuando él pudo levantarse caminaba despacio y con el brazo en cabestrillo. Visto de atrás, con una manga del saco puesta y la otra no, parecía que llevara un organillo y adivinara la suerte. Él me invitó a ir al sótano para traer una botella del mejor vino. La señora no quiso que fuera solo. Adelante iba él, llevaba una vela; la llama quemaba las telas y las arañas huían; detrás iba ella, y después iba yo...
Mi amigo se detuvo y Julia le preguntó:
—Usted dijo hace unos instantes que esa señora, al principio, tenía para usted una risa burlona. ¿Y después?
Mi amigo empezó a incomodarse:
—No era burlona solamente conmigo; ¡yo no dije eso!
—Usted dijo que era así al principio.
—Bueno... y después siguió como al principio.
El perrito gimió y Julia dijo:
—No crea que eso me preocupa; pero... me ha dejado la cara ardiendo.
Oí arrastrar el reclinatorio y los pasos de ellos al salir y cerrar la puerta. Entonces yo corrí y me apresuré a golpear la puerta con los puños y con un pie. Mi amigo abrió y preguntó:
—¿Quién es?
Yo le contesté y él tartamudeó para decirme:
—No quiero que vengas nunca más al túnel...
Iba a agregar algo, pero prefirió irse.
Esa noche yo tomé el ómnibus con las muchachas y Alejandro; ellos iban adelante y yo detrás. Ninguno de ellos me miraba y yo viajaba como un traicionero.
A los pocos días mi amigo vino a mi casa; era de noche y yo ya me había acostado. Él me pidió disculpas por hacerme levantar y por lo que me había dicho a la salida del túnel. A pesar de mi alegría, él estaba preocupado. Y de pronto me dijo:
—Hoy fue al bazar el padre de Julia: no quiere que le toque más la cara a la hija; pero me insinuó que él no me diría nada si hubiera compromiso. Yo miré a Julia y en ese momento ella tenía los ojos bajos y se estaba raspando el barniz de una uña. Entonces me di cuenta que la quería.
—Mejor —le contesté yo—. ¿Y no te puedes casar con ella?
—No. Ella no quiere que toque más caras en el túnel.
Mi amigo estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas y de pronto escondió la cara; en ese instante me pareció tan pequeña como la de un cordero. Yo le fui a poner mi mano en un hombro y sin querer toqué su cabeza crespa. Entonces pensé que había rozado un objeto del túnel.

Publicado originalmente en Sur, Nº 143, Buenos Aires, septiembre, 1946. Recogido más tarde en Nadie encendía las lámparas, Buenos Aires: Sudamericana, 1947.



La fábrica de sueños

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Esta semana ha salido a la venta La fábrica de sueños, un libro magnífico de Ilya Ehrenburg que traduje para la editorial Melusina.

Escrito en Berlín a principios de la década de los treinta, es uno de los más agudos ensayos sobre los orígenes del cine que se escribieron en aquellos años, cuando la cinematografía se convertía en industria.

Precisamente fue este libro el que acuñó la expresión «fábrica de sueños» que ha tenido larga suerte.

Ehrenburg es una de las figuras más controvertidas de las letras soviéticas. Encendido panfletista detestado por Nabokov, autor de la novela El deshielo, que dio nombre al período de desestalinización, coautor del Libro negro de los judíos rusos, que escribió a cuatro manos con Vasili Grossman, hay zonas de su obra a las que vuelvo una y otra vez. Particularmente a la que escribió en Alemania, antes de su regreso a la URSS. Así, la serie Crónicas de nuestros días, de la que forma parte La fábrica de sueños. Hay en su prosa huellas luminosas del expresionismo alemán, y en su pensamiento la ironía y el nervio propios de la literatura europea de entreguerras.

Recomiendo este libro con placer enorme y toda contundencia. Contiene impagables perfiles de los primeros magnates de Hollywood, Adolph Zukor, William Fox, los hermanos Warner, George Eastman… Y esboza una crítica de la industrialización del arte de una modernidad y una sagacidad extraordinarias.

Abajo, por cortesía de la editorial Melusina, inserto un fragmento para abrir boca.

La fábrica de sueños de Ilya Ehrenburg, tr. de Jorge Ferrer, Barcelona: Melusina, 2008, 240 pp., en Melusina, en La Central, en Laie

La fábrica de sueños

(fragmento)

Por Ilya Ehrenburg

Una idea de Zukor

Cuesta más un metro cuadrado en Broadway que una amplia hacienda situada en cualquiera de los estados más remotos del país. De hecho, se trata del suelo más caro de todo el mundo. Y en ese suelo más caro se alza el más caro de los templos.

Para poder admirarlo en toda su envergadura, uno tiene que echar la cabeza hacia atrás. Así miraban antes los hombres a los dioses y las estrellas.

La altura del templo de marras alcanza los ciento treinta metros. Lo corona una inmensa cúpula de cristal. En las noches, la cúpula emite señales de aviso a los aviones. De día, colma de orgullo los corazones de los transeúntes. La construcción de este templo costó la friolera de dieciséis millones de dólares. Cuenta con treinta y seis plantas. Y doce ascensores que discurren sin parar.

Cuatro gigantescos relojes miran hacia otros tantos puntos del orbe. Son los encargados de mostrar la hora a Nueva York. El portal por el que se accede al templo supera en altura a los portales de todos los templos. Es mayor que sus similares de Nuestra Señora de París o la Catedral de San Pedro, en Roma. Adentro, pulula una muchedumbre de ajetreados empleados de uniforme. Adentro hay mármol, bronce y lienzos antiguos. Adentro, miles de máquinas de escribir Underwood entonan febril canto y hay arpas que despiden tiernas melodías.

Un malintencionado europeo podría pensar que ha entrado a la bolsa o a algún banco. Por algo es un europeo malintencionado. Mas no. Se trata, en efecto, de un templo, del sagrario de un nuevo culto, y está dedicado a su incansable apóstol, el gran Paramount, conocido en el mundo entero como Adolph Zukor.

El templo es espacioso y son muchos los negociados que acoge. Abajo, hay jóvenes anémicas que lloran las desgraciadas cuitas de dos enamorados.

En la vigésimo cuarta planta, sofocados contables suman números de siete cifras. En el silencio de las cámaras más recónditas, hay leves sombras que lloran sobre sus literas: se trata de una clínica en la que reposan los empleados exhaustos. Y, por fin, en el más espacioso de todos los despachos, al que se accede a través de colosales puertas, mister Adolph Zukor ejercita su rara inteligencia cuatro días a la semana.

En tanto norteamericano, Zukor respeta la paz de los domingos; en tanto judío, observa el descanso sabatino. Por consiguiente, su descanso comienza los viernes. Descansa tres días. Trabaja cuatro. Hoy es martes, de manera que Zukor ha venido a trabajar. En este instante, repasa un montón de papeles. No hay espías en su despacho, así que Zukor no sonríe. Torcidos sus labios en un gesto de impaciencia, no se parece ahora su rostro al que reproduce su retrato, impreso en cien mil ejemplares. Si sonríe en presencia de testigos, lo hace para dar testimonio de su buen corazón y su firmeza como hombre de negocios. Ahora, en cambio, se muestra sombrío. Los hermanos Warner le han tomado la delantera. Zukor no creyó al principio en el cine sonoro. Y los hermanos Warner se tomaron en serio la patente de la Western Electric. Rodaron la película El cantante de jazz. Habían estado al borde de la bancarrota.

Fueron una pequeña empresa que Zukor pudo haber comprado sin el menor esfuerzo. Pero ahora estaban comenzando a erguirse hasta alcanzar a la Paramount. Controlaban el First Nacional.

Están comprando cines a montones. ¡Y todo gracias a una sola película! Una, por cierto, bastante simplona: la historia de un niño judío a quien le destinan la carrera de rabino, pero que se resiste a ello porque, vaya usted qué cosa, quiere ser artista…

Adolph Zukor se hunde un instante en sus propias ensoñaciones. Ya no repasa los folios llenos de cifras, esos trofeos que se han llevado los hermanos Warner. Ante su mirada perdida pasan el cine, un pesado candelabro, los enrevesados rollos del Talmud y la enjuta y seca mano del rabino.

No se trata del guión de alguna nueva película: son sus recuerdos. Todo hombre tiene el derecho a recordar su niñez. Incluso alguien tan ocupado como mister Zukor y que no nació precisamente bajo una cúpula de cristal. Lo hizo, por el contrario, en la pequeña ciudad de Ricse, en Hungría, entre judíos devotos y gansos chillones, rodeado de campos empobrecidos y preceptos divinos.

Entonces, aún no existían esas mágicas cintas de celuloide que proporcionan a los hombres esperanzas y réditos. Aquellos devotos judíos vivían entonces, según las costumbres legadas por sus ancestros. El tío del pequeño Adolph, el señor Liebermann, ocupaba un cargo principalísimo: era la máxima autoridad en la sinagoga. Y era su deseo que su sobrino inculcara esperanzas en la gente, es decir, quería que se convirtiera en rabino titular. Así, sentaron a Adolph a estudiar el Talmud. Estudió qué carnes le está permitido ingerir a un buen judío y cuándo le está permitido ayuntarse con su legítima esposa. Reflexionó acerca de los pecaminosos paganos y el Jehová vengador.

En torno a él alborotaban los húngaros. Bebían vodka de ciruelas, entonaban tristes baladas y ensartaban a pesados cerdos. Adolph se repetía una y otra vez unas palabras llenas de sabiduría: «El viento vuela hacia el sur y se vuelve hacia el norte, gira y gira mientras avanza y regresa el viento a entretenerse en sus giros». La escasa llama de un cirio amenaza con apagarse. Al otro lado de la ventana, graznaban los gansos.

Hacía mucho, mucho tiempo de todo aquello. Cuarenta años enteros. Por aquel entonces, Adolph Zukor tenía rollizos mofletes y hermosos rizos que lo dotaban de un aire soñador. No obstante, no vale la pena dedicar tanto rato al pasado.

Zukor está demasiado ocupado como para permitírselo. En sus ratos de ocio, se entretiene jugando a cartas, golpeando una pelota con una raqueta o jugando al golf. Ahora está trabajando. El éxito de la Warner Bros. es algo provisional. ¡Jamás podrán con la Paramount! ¡Manos a la obra, pues!

En Inglaterra, tenemos el Plaza y el Carlton, en Londres, el Royal, en Manchester, y las salas Futurist y Scala, en Birmingham… «Sam Katz, nuestro representante en Inglaterra, informa sobre la disponibilidad de otras seis salas de cine en las afueras de Londres. Catorce mil lunetas…» Bajo la cúpula de vidrio, el trabajo prosigue sin cesar.

Traducción de Jorge Ferrer



Prohibiciones absurdas, con Brooke Shields

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Comida en el Patagonia. Un beef de chorizo sublime. No fue la abundancia y suavidad de la carne, sino la charla sobre los límites de la intervención del estado en el control de las imágenes y la sensibilidad, la que llevó a Iván de la Nuez a recordar el proceso judicial en torno a las fotos que Garry Gross tomó a Brooke Shields, cuando la actriz por venir no tenía más que diez años. Fotografías rabiosamente hermosas. Imágenes con aires del Cinquecento. Es Venus niña; es Niña Jesús.

Pero la imbecilidad rampante no admite la exposición de la belleza infantil. La obscena -¡ella sí obscena!- maquinaria del Estado y la pornográfica -¡ella sí pornográfica!- maquinaria institucional de la cultura empujan una zona entera de la belleza al closet de lo políticamente correcto. Uno que no admite outings. Y al que abra la puerta, los jueces le llaman pedófilo.

Es cierto que Gross empeoró el caso de las fotos a Brooke Shields cuando las asoció con el slogan «the woman in the child». Pero para cualquiera que ame la belleza del cuerpo humano, que goce de la fiesta de las proporciones a la que debemos zonas enteras de la pintura y la percepción visual de la belleza en Occidente, estas fotos a una niña son obras de arte.

 

De contra:

Entretanto, el exInterino alegra a las masas. Ya pueden hacer unas cuantas cosas que les prohibió Castro I. Poquiticas, pero son migajas que agradecerán unos cuantos. Sobre todo, Mauricio Vicent, sobre quien no recaían tales prohibiciones a la adquisición de bienes de consumo.

Las peticiones no pararán ahí. Y serán cada vez más precisas.

De hecho, ya hay una contundente. La de Haroldo Dilla en un texto magnífico sobre el cierre del Centro de Estudios de América (CEA):

« En un momento en que el protagonista de aquel lamentable suceso es el jefe de estado y ha prometido una serie de cambios para hacer más socialista a la sociedad cubana, sugiero que el General haga un acto de sinceridad ética y publique la nota que nos enviara hace doce años, pida disculpas públicas por lo sucedido y lamente la muerte de Hugo Azcuy.

Eso lo engrandecería.

No hace falta que haga más nada. Los ex miembros del CEA han seguido exitosas carreras profesionales en otros lugares, de acuerdo con sus motivaciones y talentos, unos en Cuba y otros exiliados, pero en todos los casos portando la ética que forjó aquella institución, y no creo que necesiten reparaciones individuales. Los esbirros represivos se irán lentamente hundiendo en los pantanos de sus miserables vidas, de lo cual el caso de Darío Machado –hoy dedicado a escribir panfletos ininteligibles que nadie toma en cuenta- es solo una muestra.

Y la sociedad cubana y sus intelectuales sabrán reconocer en esta experiencia un aporte modesto pero perdurable, de honestidad y valentía.

Realmente quien necesita la reparación es el general.»

 

UPDATE:

Mañana, en París.



Cádiz provinciana

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Anoche presentamos en Cádiz ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, un libro redondo de Enrique del Risco. Hay un par de cuentos ahí que tienen carne que ofrecer a las más selectas antologías. Y no me refiero a las antologías de aborígenes, esas que llevan cintillo con la palabrita «cuba». Digo, carne para cualquier antología del relato que se escribe hoy en español.

Aparte de los ratos que dedicamos al asunto que nos llevó a la ciudad, o a comer pescados magníficos -peces, pensé, que quisieron ser pescados-, el resto del tiempo lo ocupó allí Finlandia. En el cocktail que siguió a la presentación sólo se hablaba de fotografía lapona, de la presidenta de ese país que a esa hora –dijo alguien- aterrizaba en la Base de Rota, de la cena que habrá esta noche con la presidenta llegada de Helsinki.

Para mi sorpresa, buena parte de los funcionarios del Ayuntamiento había viajado a Finlandia en los últimos meses. Me explicaron que en ocasión del Bicentenario de la Constitución de 1812, la ciudad se hermana cada año con un país de la Unión Europea y otro de Hispanoamérica y desarrolla todo tipo de intercambios culturales. Este año le tocó a Finlandia.

Había notas provincianas en aquella furibundia prolapona dicha –«disha»- en el seseante acento de Cádiz. Pero percibí un provincianismo sin complejos, orgulloso, sin ser irritante. Un provincianismo natural, orgánico, risueño.

Naturalidad que se vio refrendada esta mañana. Habíamos desayunado Enrique y un servidor leyendo diarios que manchamos con el aceite de los churros, y caminábamos hacia el mar. De pronto, nos tropezamos en estrecha callejuela con escasa y desordenada tropa. Teófila Martínez, alcaldesa de Cádiz, mostraba la ciudad a Tarja Jalonen, la esperada presidenta. En torno a ambas, los mismos seis o siete fotógrafos y camarógrafos que cubrieron anoche la presentación del libro de Enrique. Nos reconocen y, por encima de las cabezas de alcaldesa y presidenta, nos saludan a voces: «¿Qué tal, señores?» «¡Hola! ¡Hola!» «¿Cómo va, hombre?» Terminan los saludos y vuelven a disparar los flashes sobre las dignatarias, que no se inmutan entretenidas en su charla.

Será provincianismo, sí. Pero qué viva el provincianismo que permite tales confianzas, tal genuina espontaneidad.

No sé qué pensarán de nosotros o de los gaditanos en Finlandia. Pero, a fin de cuentas, ¿a quién le importa?

 

De contra:

En una esquina de Cádiz, pegado en un poste a pocos metros de la Catedral, este magnífico anuncio de un blog.

Otros se dedican a intercambiar enlaces para ganar lectores y temperatura en Technorati.

El autor de La Cultura Política, en cambio, no pierde tiempo en esos protocolos. Le da un poco al Photoshop, sale a la calle y pega estos carteles por las esquinas. Esto es Cádiz, señoras. Aquí hay tradición liberal. Y chirigotas. También blogs, por lo visto.



Un año de El Tono de la Voz

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El 11 de marzo de 2007 subí el primer post de El Tono de la Voz: Mofuco y Hanoi. Desde entonces, he dedicado unos minutos de cada día a este blog. Suman 365 posts para 365 días. De todos, mi nota preferida continúa siendo Los ojos de los animales.

He escrito casi a diario sobre los asuntos más disímiles. En contadas ocasiones he acogido textos ajenos que me ofrecieron sus autores.

La aventura ha sido gratificante. Como parece haberlo sido para los lectores, a juzgar por la evolución de las estadísticas de acceso a este blog. Una evolución de veras sorprendente.

He escrito siempre desde la libertad y siguiendo la máxima de que intentar quedar bien con todo el mundo es un camino certero hacia el fracaso. Sobre todo, el fracaso moral. En el caso de quien opina también sobre política, el afán por quedar siempre bien con los mismos me parece igual de empobrecedor. También en lo moral.

Jugarme a diario mis intuiciones y mis rabias, mis afectos y recelos, sin más cautela ni límite que los impuestos por las reglas gramaticales es, tal vez, lo que mayor placer me ha dado. Y lo que me ha hecho continuar disfrutando como el primer día. O más. Ser acusado de agente de La Habana y enemigo del exilio por unos y de rabioso extremista por otros, no hace más que confirmarme que quien escribe con la conciencia limpia y las ganas de pensar con los demás descoloca a los imbéciles que habitan extremos oscuros. Cavernas sin más sombras que las suyas.

No sé exactamente qué camino tomará El Tono de la Voz a partir de ahora. Probablemente, la inercia hará que cambien pocas cosas en las primeras semanas. Sí es muy probable que deje de postear todos los días. No porque carezca de tiempo para hacerlo. (Uno siempre encuentra tiempo para hacer aquello que se siente obligado a hacer. Basta robarle unos minutos a cualquier otra cosa.) Simplemente, no quiero que la compulsión de postear a diario me distraiga a veces de asuntos que me interesan más. En los últimos meses, me he visto en ese trance más de una vez.

A todos, gracias por haberme seguido hasta aquí y alientos para continuar haciéndolo. Como cualquier otro empeño literario, un blog lo hacen juntos el autor y los lectores.



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