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Comida, jama, iria

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No sé qué coño me pasa con que no se deje comida en el plato.

O con que no se coma lo que han servido.

Es una obsesión la mía esa de imaginarme que algo comestible va a la basura. Me provoca una reacción de ira, aun siendo yo de natural pacífico y hasta indolente.

Con la comida no.

Consciente de esa tara incomprensible, suelo pedir que me sirvan poco en restaurantes donde despachan con munificencia. Cuando lo hago, me miran raro los camareros, en Barcelona y en Madrid y en Miami. Me miran con sorna. Creen que quiero me cobren menos. No es el caso, les aclaro a veces. ¡Lo que no quiero es dejar comida en el plato! ¡No quiero que vaya a la basura!

Se trata de un síndrome propio de quienes han sufrido guerras. Lo recuerdo en abuelas rusas que padecieron el cerco a San Petersburgo; lo reviví cuando trabajé con refugiados de guerras en África o el Cáucaso aquí en España.

Nací en el 67, acabada ya la guerra civil en Cuba… El Escambray y la resistencia urbana y armada al castrismo, ya saben.

Pero parece que nací con el gen de la guerra civil, de haberlo.

El menosprecio hacia la comida me irrita más que casi cualquier otra cosa.

Pánfilo quiere jama; yo pido dejar el plato vacío. Botar comida es burlarse del hambre de otros.

Tal vez ese rasgo que muestro le sirva a algún paleontólogo futuro para descubrir el eslabón perdido entre dos guerras civiles en Cuba.

 

UPDATE:

Dos (cubanas) de la agenda cultural de Barcelona:

El próximo miércoles 27 de mayo se clausurará el XV Festival de Poesía de Barcelona con una sesión dedicada a Latinoamérica. Reina María Rodríguez está entre los poetas invitados.

Será en el Palau de la Música Catalana a las 19:00 hrs. El programa aquí.

Al día siguiente, el jueves 28 de mayo, Antonio Orlando Rodríguez, escritor cubano residente en la Florida y ganador del Premio Alfaguara de novela en 2008 por la novela Chiquita, leerá la conferencia "Panorama histórico de la literatura infantil y juvenil latinoamericana".

Será en Casa Amèrica Catalunya (Còrsega, 299) a las 18: 30 hrs. El programa aquí.

Y una de contra:

En la colección Espuela de plata de la editorial Renacimiento, Sevilla, acaba de aparecer Historia de la esclavitud de José Antonio Saco. Toda una sorpresa, francamente.

Se puede comprar aquí.



20 de mayo: ¡fiesta cubana?

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Ciento siete años desde el 20 de mayo de 1902. ¡Tremenda fiesta! ¡Viva Cuba libre!

¿Cuántas veces hemos sido felices desde entonces, sin embargo? Felices en tanto nación, quiero decir, que los individuos podemos ser felices, o no serlo, siempre.

Bueno, lo fuimos aquel día de la inauguración republicana. Por ahí andan las crónicas. ¡Qué dichosos los cubanitos aquel día!

Todos dudaban de la posibilidad de enrumbar el país sin los americanos, pero gozaban de lo lindo. «Cuba será la Suiza de América», dicen que dijo Estrada Palma. «Pero ¿dónde están los suizos?», le preguntaron. Y pasaba la conga.

Fuimos felices más tarde cuando la Danza de los Millones. Bueno, lo fueron unos cuantos. Duró poco y acabó a tiros de brevísima trayectoria.

Fuimos felices cuando se fue Machado. Pero la felicidad dura poco en casa del pobre.

Lo fuimos con la Constituyente de 1940. Europa estaba en guerra. La civilización occidental amenazaba hundirse y los hornos crematorios trabajaban a toda marcha. Pero los cubiches, ay, a proclamar constitución requetemoderna. Listos que éramos. Listos que estábamos. ¡Pa’ lo que nos valió!

¡Apoteosis de la felicidad, la década de los cincuenta! Terrorismo, crímenes de estado, guerrilla, pero, oye, los cubanos todavía añoran aquellos años de carritos nuevos, el "Sans Souci" y el túnel horadado por la Societé des Grands Travaux de Marseille (Marsella no era una ciudad del Magreb como hoy, entonces.) ¡Chapurreaban el francés aquellos indígenas!

Y aún estaba por llegar la felicidad suprema: ¡la revolución! Ay, mamita, ¡no cabían en sí de gozo los cubanos! La Oda a la alegría es baladita tristona al lado de la guitarra de Carlos Puebla. Felices como perros con correa nueva estaban los cubanos. ¡Al fin serían grandes entre los grandes, amenaza de guerra nuclear incluida! «El que tenga miedo que se compre un perro», decían. Perro no come perro, pero llamaba a comprarlo.

Hace poco leí a un tipo que glosaba su felicidad en los años ochenta, con castrismo a pulso. Las cebollas de Albania, el coñac de Armenia y el pollo a la jardinera de Bulgaria. ¡El tipo los echaba de menos! «¡Qué felices éramos!», aseguraba.

Y fuimos felices por fin cuando Carlos Valenciaga nos dijo en agosto del 2006 que su jefe defecaba por el costado. ¡Felicísimos! ¡El paraíso estaba a la vuelta de la esquina! ¡Faltaba nada, un dedito!

Pero aquí estamos.

Los exiliados, exiliados. A Ángel Santiesteban, quien escribe un blog en este mismo portal, le rompieron un brazo ayer en La Habana por escribir en la prensa libre.

107 años desde el 20 de mayo de 1902.

¿Lo celebro? De hacerlo, ¿por qué coño brindo, oye? ¿Por la patria? ¿Por Cuba o por la madre de los tomates?

Ilustración: Bandera cubana izada en La Habana el 20 de mayo de 1902.

 

De contra (a la ilustración):

Antes se arrió la bandera norteamericana, claro:

 

UPDATE:

Desde Alemania, Jorge Luis Arzola me envía esta carta en apoyo a Ángel Santiesteban.

CARTA ABIERTA DE APOYO AL ESCRITOR CUBANO ÁNGEL SANTIESTEBAN


Colegas, amigos:

Hemos sabido que en La Habana, este domingo 17 de mayo, el escritor Ángel Santiesteban fue provocado, amenazado y golpeado por dos desconocidos. Como resultado de esa agresión, Santiesteban tiene un brazo fracturado, heridas de la navaja con la cual fue agredido, numerosos hematomas a causa de los golpes, y hasta el momento en que se redacta esta carta anda escondido previendo nuevos ataques.

Basta un simple análisis de los detalles de esa agresión, especialmente del intercambio inicial de palabras entre el agredido y los agresores, para concluir que esta es la respuesta de ciertos espacios del poder político y militar en Cuba a la decisión de Ángel Santiesteban de, además de escribir sus libros, hacer uso de sus derechos ciudadanos a través de un blog llamado “Los hijos que nadie quiso”, para dar sus opiniones sobre la realidad cubana de hoy.

Nótese que me refiero a “ciertos espacios del poder político y militar en Cuba”. Quienes hemos seguido los escritos de Ángel Santiesteban en su blog, hemos podido comprobar que esos escritos (especialmente uno titulado “Los muchachos se despiden”, sobre la participación de escritores cubanos en la Feria del Libro de Mazatlan) fueron respondidos por varios de los escritores que participaron en esa Feria, sintiéndose atacados por Ángel Santiesteban en unos casos, o para aclarar sus posiciones en relación con lo que consideran un error y hasta mala fe en el escrito de Santiesteban. No hay derecho a juzgar ni a uno ni a otros. Las respuestas de esos colegas, fueran cual fueran su tono y sus argumentos, son un derecho que tenemos que defender. Porque aunque nos cueste trabajo entenderlo: Ángel Santiesteban (y cualquier otro cubano, como cualquier ciudadano de este mundo) tiene derecho a escribir su blog y todos los que quieran replicar, responder, atacarlo incluso con el poder de la palabra, tienen derecho a hacerlo. Es una lección que los cubanos debemos aprender de una vez por todas.

Pero estamos convencidos de que jamás ninguno de esos que respondieron a Ángel Santiesteban, incluso los más indignados y ofensivos, se rebajaría a ser parte de estos ataques físicos. Aunque hemos sido testigos cientos de veces de polémicas cortadas por la oficialidad, los escritores cubanos estamos acostumbrados a responder la palabra con la palabra, nunca con los golpes.

El mal precedente que sienta la agresión a Ángel Santiesteban no debe ser pasado por alto.

Por eso, con esta sencilla carta abierta, estamos apelando a la unidad de los escritores cubanos, conozcan o no a Ángel Santiesteban, estén de acuerdo o no con sus ideas y posiciones personales e intelectuales, piensen lo que piensen sobre el actual sistema que impera en nuestra isla: lo que importa aquí es que, todos, en la isla o en el exilio, nos unamos para recordarles a quienes pretenden esgrimir esas posiciones de poder contra el pensamiento intelectual, que quien quiera expresar lo que piensa en Cuba, sea quien sea, jamás debe ser agredido en su integridad física; para recordarles a quienes pretenden esgrimir esas posiciones de poder contra el pensamiento intelectual que no estamos dispuestos a seguir esperando para entender que tenemos que respetar el diálogo entre cubanos, incluso aunque sea a gritos (pero a través de las palabras y de las ideas). Es uniendo y no dividiendo cómo vamos a resolver nuestros problemas, simplemente porque cada división crea nuevos problemas, nuevas heridas, y nuevas divisiones, en una cadena infinita.

Firmar o no firmar esta carta es un asunto de la conciencia de cada cual, un derecho que respetamos. Pero creemos que la unidad de quienes se oponen a este tipo de comportamientos es el único modo de evitar que agresiones como la que ha sufrido ahora Ángel Santiesteban se conviertan en la respuesta común, cotidiana, de los enemigos de las libertades de expresión y de pensamiento en Cuba.


Firmantes
Amir Valle, escritor, Berlín.
Ladislao Aguado, escritor, Madrid.
Gumersindo Pacheco, escritor, Miami.
Luis Pérez-Simón, escritor y profesor universitario, París.
Jorge Luis Arzola, escritor, Colonia, Alemania

NOTA: PARA FIRMAR ESTA CARTA PUEDE ENVIAR EL MENSAJE DE ADHESIÓN A: prensa@amirvalle.com
EN TODO CASO, PEDIMOS QUE HAGA CIRCULAR ESTA CARTA, LA CUAL SERÁ ENVIADA A LOS MEDIOS DE PRENSA Y AUTORIDADES COMPETENTES.



Obama y «Che» juntos en Washington

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La semana pasada un grupo de cubanos se paseó por las oficinas de los representantes en Washington llevando su verdad sobre Cuba. Teresa Cruz escribió una nota sobre el acontecimiento que publiqué aquí.

Ese mismo día, mientras visitaban las oficinas del Congreso, tuvieron ocasión de encontrarse allí con Barack Obama y Ernesto Guevara, llamado «Che». Juntos los dos y enmarcaditos por Korda. Sí, sí, en el Congreso de los Estados Unidos de América.

Fue en la antecámara que da acceso al despacho de José E. Serrano, Representante por el Distrito 16 –el Bronx- de origen puertorriqueño.

Allí, los dos: Obama y «el Che».

«Eso es una ofensa al presidente», le dijo el ex-preso político cubano Israel Abreu a la muchacha que cuida el acceso a la oficina del Representante José E. Serrano.

«No, señor. Esto es sólo un juego», fue la respuesta.

«¡Esto es sólo un juego!»

Una respuesta que demuestra un conocimiento tan profundo de la esencia de la política, de la política hacia Cuba, del terrorismo de izquierdas, que no me queda otra que quitarme el sombrero.

¡Esa muchacha llegará más lejos que su jefe!

 

De contra:

La imagen guarda un notable parecido con una viñeta de Matt Wuerker para Politico.

Como pueden imaginar, las circunstancias en que fue tomada la foto no facilitaban las preguntas ni permitían elegir ángulo más apropiado.

La fotografía es de Antonio Hallado y me ha sido remitida para su reproducción en El Tono de la Voz. Teresa Cruz colaboró con este post. A ambos, mi agradecimiento.



El color de la memoria

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El color de la memoria

By JORGE FERRER

Durante los últimos días en Rusia se ha debatido acerca del color del pasado. Del pasado soviético. Pareciera que discusión bizantina, pero ha llegado a los tribunales donde hay interpuesta una demanda de mil millones de rublos por tal disputa cromática. La manzana de la discordia son todos los colores. Y el origen de la pugna, cómo no, va teñido de rojo.

El debate, por marginal y hasta risible que acabe siendo, nos recuerda la fragilidad de la memoria histórica y nos asoma a las disputas en torno al pasado y a la imagen que de él tienen los herederos de los regímenes totalitarios. También sirve de recordatorio de que la memoria es materia dúctil y de acicate para administrarla con eficacia y rigor histórico.

El motivo de la disputa puede parecer pueril. Nada lo es, sin embargo, cuando se trata de trasegar con agravios relacionados con la percepción que se tiene del pasado totalitario, aun cuando se trafique con su dimensión heroica. En ocasión del aniversario del término de la Segunda Guerra Mundial un canal de televisión decidió reponer una serie que constituye todo un icono de la memoria de los rusos sobre la resistencia al nazismo, Diecisiete instantes de una primavera. El hecho no habría llamado la atención de nadie: en Rusia, como en cualquier otro lugar de este mundo, los aniversarios se prestan para estas reposiciones que avivan la memoria y promueven por igual lágrimas y orgullo patrio.

Pero en esta ocasión el regalo venía con ropa distinta. Tras años de trabajo sobre la ajada copia original, la serie que se pudo ver vino puesta al día con mañas de camaleón. Ahora la serie que dirigió Tatiana Lioznova en 1972 a partir de la novela de Iulián Semionov sobre un espía de Moscú infiltrado en la cúpula nazi, y que se filmó en blanco y negro, se vio en colores, tras un proceso de digitalización que costó largos millones de rublos.

Y el aggiornamento no gustó a todos. A la sección del partido comunista de San Petersburgo, por ejemplo, cuyos directivos consideran que colorear la memoria equivale a falsearla. Y que el espía Stirlitz, protagonista de la serie, debe permanecer en blanco, negro y grises para conservar su soviética pureza. ''¡No nos cambiarán de color a todos!'' fue el slogan de su vitriólica campaña a favor del original.

Han transcurrido algo más de tres lustros desde el desmontaje de la Unión Soviética. Un país y un sistema político cuyo color dominante fue el gris, el color de la burocracia, la miseria compartida, las mentes cautivas de la ideología, el arte sometido al corsé de la censura. Precisamente uno de los anhelos que compartían tantos demócratas y la generación que desmontó el comunismo fue escapar de la grisura del régimen anterior --aquel país en blanco y negro-- para acceder a la pluralidad de colores propia del mundo libre. Parece, pues, una ironía que hoy asistamos a una campaña a favor del gris de antaño, un reclamo basado en la nostalgia del régimen anterior.

Por sorprendente que pueda parecer a algunos, también la Cuba futura padecerá esos afanes nostálgicos y restauracionistas. Segmentos de la izquierda de la Cuba democrática por venir evocarán el blanco y negro de hoy para echarnos en cara el alarde cromático del mañana: las páginas color salmón de la prensa económica con sus cifras de desempleados, los suplementos color rosa de la crónica de amoríos de estrellas y celebrities, el amarillismo de una prensa que hoy sólo conoce la oscuridad del periodismo cautivo. Todo el color del mañana, la abundante paleta que es consustancial a las sociedades vivas y abiertas, se nos echará en cara reclamando la grisura de hoy, paseando la añoranza por la muelle sensación de vivir en un país donde no sucede nada, donde el ayer, el hoy y el mañana se parecen como gotas de agua.

A algunos podrán irritar los brotes de nostalgia en la Cuba del mañana. Será una mala señal de nuestra vocación democrática, por comprensible que resulte esa irritación. A mí, en cambio, me gustará felicitarme de que también el rojo forme parte del paisaje plural de la isla y de que payasadas como la del partido comunista de San Petersburgo acusando de falsear el pasado a una cinta coloreada sean meras anécdotas que se diriman en tribunales independientes. A fin de cuentas, si a alguien se le ocurriera colorear Memorias del subdesarrollo, la película de Tomás Gutiérrez Alea, no tendremos que discutir acerca del color de los frijoles que bailan dentro de la barriga de las hermosas mujeres que ve pasar el protagonista y cuya evocación le ayuda a minimizar sus angustias. No importará si son colorados o negros por razón tan sencilla como que no se ven.

El artículo El color de la memoria apareció publicado en la edición de ayer de El Nuevo Herald.



Reír en Cuba: humor y choteo

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Con motivo de la próxima celebración del 20 de mayo, 107º Aniversario de la República, El Nuevo Herald publica hoy el suplemento especial Reír en cubano con artículos de Arturo Arias-Polo, Enrique del Risco, Ramón Fernández Larrea, Jorge Ferrer, Pedro García-Albela, Emilio García Montiel y Emilio Ichikawa. Las ilustraciones son de Omar Santana.

Consúltese aquí.

Un pueblo que sabe reírse de sí mismo

Por JORGE FERRER

Especial para El Nuevo Herald

Pocos tópicos sobre los cubanos se han demostrado más perdurables y arraigados que el que nos ve como a un pueblo que ríe. Que ha reído siempre. Que ríe demasiado. Que --saludable virtud-- sabe reírse de sí mismo.

Muy raras veces se libran las crónicas que hacen los extranjeros que han visitado Cuba del pasmo ante esa aptitud de sus habitantes para la jovialidad entre la pobreza, para intercalar carcajadas en el relato de sus miserias, para burlarse del gobierno y de su indefensión ante el poder omnímodo que soportan.

Para mofarse, en definitiva, de la propia circunstancia en que los coloca el sistema político vigente en la isla.

No se trata, ni mucho menos, de un rasgo que los cubanos ostentemos en exclusiva. Se ríe siempre, aunque muchas veces se ría para no llorar, que dicen quienes lo hacen desde la desesperación. Si en las sociedades libres el humor y la capacidad que tienen los ciudadanos para mofarse del poder y los poderosos sirve de aceite que optimiza el funcionamiento de los mecanismos que sustentan el orden democrático, también bajo los regímenes totalitarios el humor ha asomado siempre y ha funcionado en una doble dimensión: ha sido fármaco y ha significado un permanente reto al poder.

Ya Henri Bergson constataba a finales del siglo XIX la función social de la risa, una de ellas la de colocar a las instituciones y poderes públicos ante el insoportable desenfado de su capacidad desmitificadora. "La risa, algo humillante siempre para quien la motiva, es verdaderamente una especie de broma social pesada'', escribió Bergson, quien vindicaba la aptitud de la risa para servir de corrector de los desmanes del poder. El optimismo bergsoniano veía a la burla como una herramienta que evitaría que los gobernantes persistieran en sus errores.

En tanto fármaco --a veces anestésico--, hay testimonios sobrados de cómo el humor ha sabido colarse en sitios tan rabiosamente hostiles a la risa como los campos de concentración. La literatura ha sabido dar cuenta de esa insólita capacidad humana para la risa. Cuando Vasili Grossman narra en la monumental Vida y destino el instante en que un grupo de judíos ingresa a la cámara de gas, son separados por sexos y se escucha a un hombre gritarle a su mujer que no se olvide de ponerse el traje de baño, el lector asiste a la apoteosis del choteo, como los personajes asisten a la apoteosis de la crueldad. En tono mucho más modesto, en la Cuba republicana Miguel de Marcos convirtió en sátira a ratos hilarante la ola de suicidios que conoció el país que dejó de bailar la Danza de los Millones para danzar con la bancarrota y la miseria.

Aun sin llegar a esos extremos macabros, la historia de las dictaduras o las debacles nacionales es también la del humor que se les ha opuesto, ridiculizando al dictador y sus valedores, comparando --cuando tienen vedado hacerlo los discursos políticos o sociológicos-- la sinrazón del poder dictatorial con la dolce vita democrática.

El tópico de la ligereza de los cubanos, como discurso estructurado y científico, es tan viejo como la fundación de la República. Entonces apareció asociado a las dudas de los cubanos acerca de su madurez como pueblo capaz de construir una república independiente y próspera. De la "indolencia tropical'' que denunciaba Francisco Figueras en Cuba y su evolución colonial (1908) al "choteo'' que mereció la indagación de Jorge Mañach en su célebre conferencia leída en 1928 se hilvanó el discurso acerca de nuestra proclividad a la risa y la burla, nuestra resistencia a tomarnos en serio todo lo que participe de la gravedad de la política. También los elogios o vituperios al ejercicio de la trompetilla, que fuera arma nacional contra la impostura, la falsa gravedad y el teque.

La Indagación del choteo de Jorge Mañach, sin embargo, se suele leer apenas como un cáustico repaso de una presunta lacra de la psicología nacional --una buena excepción es la lectura propuesta por Duanel Díaz en Mañach o la República (2003)--, minusvalorando así el potencial didáctico y democratizante de la risa que Mañach defiende en la estela de Bergson.

Pero si el humor sirve para corregir los excesos del poder en los regímenes democráticos, ¿lo hace también bajo los totalitarismos? La conferencia de Mañach no ofrece respuestas a esa pregunta, porque fue escrita antes de que Cuba se iniciara en su ciclo dictatorial, pero conviene reparar en que tiene una reedición en 1955, bajo el segundo gobierno de Fulgencio Batista. Años, por cierto, en los que la censura no impedía que aparecieran publicaciones satíricas como Zig-Zag, a cuyos redactores enviaron sendas notas de agradecimiento los hermanos Castro y Ernesto Guevara fechadas tan pronto como en los días 2 y 4 de enero de 1959. Una premura de veras elocuente.

La historia del humor cubano durante el último medio siglo está por escribir, como por escribir está la historia de la contestación al gobierno. Repasará esa historia futura la manera en que el poder revolucionario se apropió del humor para desacreditar el régimen democrático anterior --así en programas tan exitosos como San Nicolás del Peladero, humor puesto al servicio de la reescritura de la historia-- y lo dirigió contra los enemigos, reales o ilusorios, del nuevo régimen, a la vez que proscribía celosamente chotear al nuevo caudillo o al gobierno revolucionario.

Recogerá también la risa continua entre la isla y el exilio, ejemplificada en la maestría ejemplar de Guillermo Alvarez Guedes, rey absoluto de las grabaciones que rodaron por toda Cuba durante décadas, o en cada arriesgada apuesta de los humoristas que trabajan en Cuba, siempre recibidas con júbilo en el exilio.

Incluirá el perpetuo estado de negociación a que se vieron, se ven, sometidos todos aquellos humoristas cubanos que se han atrevido con la crítica social, siquiera epidérmica: la crítica a la escasez, la carestía, la burocracia. A algún colaborador de esa historia escrita desde el futuro le tocará dirimir si de veras el choteo cubano fue un valladar contra la sovietización definitiva del país en los años de acercamiento al Kremlin. A alguno le tocará rastrear el reciente y asiduo tránsito de los humoristas cubanos hacia el exilio, donde encuentran rápido acomodo en los espacios radiales y televisivos.

Por fin, esa historia tendrá que establecer si, como sospecho, el cubano que ríe hoy ante el forastero que viaja a Cuba como quien lo hace al último reducto del totalitarismo en el hemisferio, se ríe menos de sí mismo que de la ingenuidad del visitante que busca encontrar allá la permanencia de un tópico en el trópico. A fin de cuentas, la risa no va a ser una excepción en la isla donde nada es lo que parece. Ni siquiera el choteo.

El artículo Un pueblo que sabe reírse de sí mismo aparece en el Suplemento especial de El Nuevo Herald publicado el 17 de mayo de 2009.



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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