«Rouge» de la China, y exilio rebautizado
Jorge Ferrer | 16/10/2007 15:18
Jamás pensé que fotografía tomada en congreso de partido comunista fuera veraz.
No es una pipa. No es acta de congreso. Pero es china. Requetechina.
Es China.
No es el franco-ruso ascenseur social ni la también medio rusa «pirámide de Maslow».
Son las muchachas de Wong Kar Wai, aunque malas tablas no nos dejen verles los culos.
Sí sus manguitas arrugadas, que anuncian otros pliegues.
Sus bíceps en tensión. Té y omóplatos.
De la hoz y el martillo, a la izquierda, al termo, a la derecha. En medio, una mujer de rojo.
Rojo todo. Pleno al rojo (vivo), como en las lunas menstruantes de la sublime Chen Lingyang.
Al teléfono:
–Oye, socio, ahora nos vamos a tener que presentar como exiliados cubano-venezolanos.
–¿Cómo es eso?
–Coño, si Chávez, y antes Lage, afirman que Cuba y Venezuela son único país con único gobierno.
–Ah, eso…
–O exiliados excubanos… O exiliados bolivarianos… O anticastristobolivarianos… Del carajo, asere… Estábamos con que si exiliados o emigrantes y ahora resulta que no sabemos ni cómo se llama el país que odiar o añorar…
–…
–Pero esto puede tener su lado positivo, ¿sabes? Mira: a estas alturas de un exilio de cincuenta años, los cubanos no tienen un periódico que sirva, una editorial que sirva, un lobby que sirva… Ni oposición con garra tiene el exilio cubano, fíjate…
–Your words, not mine.
–Que no, coño, que no… Pero va y ahora los venezolanos nos enseñan a ser un exilio, tú. Tienen razón, dinero y rencor.
–Nosotros también…
–Pero somos cubanos, socio. Periódicos de McClatchy o del nicaragüense ese del Diario de la Américas… Editorial de Salvat, aka El Negrero… Think Tanks que son Thin Tanquecitos…
–Pero tenemos…
–Nada, no tenemos nada. Yo me hago exiliado cubano-venezolano mañana y a ver qué pasa…
–Bueno, ya me contarás…
De contra:
Nuria Amat y “El circo patriótico”. Sobre la fiebre identitaria de los políticos catalanes. Escrito sin mucha maña, pero trae un buen puñado de mejores verdades.
Fotografías: EFE y Chen Lingyang, The Seventh Month Orchid, 1999-2001 (Cortesía de Alexander Ochs Galleries Berlin - Beijing)
UPDATE:
Dificultades técnicas que parecían insuperables colapsaron hoy este Tono de la Voz. La fotografía del Congreso no subió y me bloqueó el acceso. Una nota explicatoria que intenté colocar a modo de aviso tampoco quiso asomarse aquí. Y, encima, en día de feroz ajetreo laboral.
Gajes del oficio, ya saben. Cosas que le suceden a cualquiera menos al cura de Bauta, que solía decir mi abuelo allá en Hoyo Colorado.
Mis disculpas, señoras y señores.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 16/10/2007 17:31
Vampiresco Castro
Jorge Ferrer | 15/10/2007 13:38
Ayer hice alto en la lectura de Don Delillo –ese Libra magnífico- para ver la anunciada aparición de Castro I en el show de Hugo Chávez.
Calculé mal los tiempos y tuve que soportar, alelado, el cuarto de hora previo.
Chávez y Ramiro Valdés paseándose por el, creo que dicen, «Memorial» en Santa Clara. La expansiva vulgaridad del primero. La solícita, aunque esquiva y reptilesca, atención que le prodiga al venezolano ese asesino con ganas de estadista que es Valdés. Ese empresario frustado, Don sin dones, a quien recuerdo muy bien de una larga tarde hace veinte años en la que eran cuatro en su oficina, descontando a tipo con pistolón que entraba y salía, y uno de los cuatro era yo.
Haber aupado nuevamente a ese Valdés, dicen, es signo de que el Interino quiere paz en la cúspide para ganar pacificados en las bases de la propia elite. Los dos que dieron guanikiki a MINFAR y MININT mandan ahora. Los dos pragmáticos, en oposición al lunático Comandante en Jefe gestionan la Cuba poscastrista. Ergo, tranquilos los bolsillos de sargento para arriba.
Es también guiño de que les prometen uno, dos y tres Vietnam. Bien distintos, por cierto, de los que le recitaría Chávez a Castro I después en escena de cine que habría debido ser silente. Un Vietnam reciclado en esa Silicon Island en la que cuentan Valdés ha soñado convertir a Cuba desde sus años en COPEXTEL. Un Vietnam de Palm. No de napalm.
«Esto está en buenas manos, compañeros», vienen a decirles a militares y represores. ¿Por qué no acaban de sustituir los ridículos carteles que ensalzan a los cinco espías confesos por otros que proclamen que controlan la situación?, me pregunto.
Se me ocurre que porque tantos años junto a Fidel Castro les sirvió para aprender verdades sencillitas. Unas pocas verdades, pero eficaces todas.
Una: la feliz conjunción del uniforme y el micrófono: ¡qué efectos tiene sobre el cubano, oye!
Otra: que al cubano se lo conquista prometiéndole gloria mundial y excepcionalidad con la misma facilidad que a la prostituta prometiéndole redimirla. Ambos, cubano y prostituta, se entregan gozosos a su esencia en cuanto se les promete acariciarles la espalda de otro modo.
No es necesario asegurarles que dejarán de tenerla doblada, la espalda. Basta prometerles que el látigo cambiará de recorrido.
Tomo un atajo y acabo -me salto el encuentro del venezolano con Aleida Guevara y sus hijos: Aleida mendigándole petrodólares, «Aleidita» con esa cara de imbécil que trae a Barcelona la semana próxima…
¿Vieron a ese Fidel Castro de ayer? ¿Vieron ESO?
Pues sí que lo vio todo aquel cubano en Cuba que quiso verlo. Un país que espera el paseo del catafalco para leer en Granma el «paquete de medidas», cuyo contenido es ya un secreto a voces, pero cuya implementación requiere de voluntades y mecanismos que aún no se consigue concitar ni establecer.
Lo vieron Ramiro Valdés y Lage y Pérez Roque. Y también lo vio Raúl Castro. Responsables todos de haber insuflado a esa gente hastiada, cuando no desesperada, la confianza en que algo cambiará. Todos los que han conseguido -y mira que consiguen cosas los represores, tú-, insuflarle al pueblo la idea, tácita, de que la sobrevida del caudillo es óbice para iniciar los cambios, pero que inhumado el cuerpo, resuelto ese trámite, algo cambiará. Una idea, por cierto, que refrendó anoche el drácula tropical con su encendida diatriba contra la propiedad privada.
Todos lo pudieron ver ayer. Un cadáver que respira. Un muerto-vivo de película de serie B. Un vampiro en traje deportivo capaz de participar después en dúo humorístico. Y capaz, sobre todo, de repetir las mismas sandeces con las que ha mantenido electrizada, que no electrificada, a buena parte de un país. Un anciano instalado en una sobrevida que puede prolongarse durante años.
O terminar esta noche.
(¿Fue a mí al único que me vino a la cabeza ayer el verbo "rematar"?)
Pero, ay, se me ocurre que también los hubo que se asustaron. «Hay Fidel para rato», le dijo el cazurro Valdés al Epígono Vulgar, antes de ver el video.
Porque, oye, ¿y si se les desintegra Nosferatu antes de que tengan decidido el «paquete de medidas» de marras?
Los pude adivinar ayer en La Habana, ante la imagen de ese Castro I con Adidas que huele a sudario, preguntándose con miedo: Caballeros, ¿y qué nos hacemos si se nos muere mañana?
Tal vez, la única medida anticipada que conozcamos sea el anuncio de requisa de estacas y ajos.
UPDATE:
En Aporrea, las tres horas del Chavez Show desde La Habana.
UPDATE:
Lázaro Saavedra. Siempre pertinente.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 15/10/2007 20:14
Cirugía estética
Jorge Ferrer | 14/10/2007 14:31
Hoy las principales noticias que traen las primeras planas del New York Times y El País se ocupan de la guerra. Aunque de guerras distintas.
El primero se ocupa de dar testimonio de la eficacia del ejército israelí para defender a Occidente de los nuevos bárbaros.
El País, en cambio, se ocupa de publicitar el nuevo rostro con que se apresta a luchar contra otros bárbaros, los que atentan contra su predominio como emporio de la comunicación: diarios gratuitos, prensa digital…
Magnífico empeño el del diario de PRISA. Tipos mejorados, nuevos contenidos, profesión de responsabilidad… Una buena cirugía estética.
Pero para tipos eficaces no hay como los del Tsahal. Con ellos la precisión quirúrgica se vuelve, de veras, arte de la pacificación.
De contra: A propósito de otra guerra, ahora transmutada en rediviva guerrita, ABC trae hoy magnífico artículo de Jon Juaristi. Al que, por cierto, se asoma un Castro I esgrimiendo escalpelo distinto del que lo mantiene ahora pegado a una laptop que copia y pega de El País y denuncia otras quirúrgicas intervenciones.
Lectura dominical:
MARCA DE AGUA
Apuntes venecianos
Joseph Brodsky
(continuación; partes primera, segunda y tercera)
Nos encontramos en una larga galería, pobremente iluminada, con un cielo raso convexo plagado deputti. De todos modos, ninguna luz hubiese ayudado, puesto que las paredes estaban cubiertas por grandes cuadros al óleo, pardos, que iban de techo a suelo, definidamente concebidos para ese espacio y separados por bustos y pilastras de mármol escasamente discernibles. Las pinturas representaban, por lo que se alcanzaba a ver, batallas navales y terrestres, ceremonias, escenas de la mitología; el color más ligero era el burdeos. Era una mina de pesado pórfido en estado de abandono, en estado de perpetuo atardecer, con los óleos oscureciendo sus minerales; el silencio era verdaderamente geológico. No se podía preguntar ¿qué es esto?, ¿de quién es esta obra?, debido a la incongruencia de una voz, perteneciente a un organismo posterior y obviamente irrelevante, en aquel sitio. La experiencia semejaba la de un viaje submarino: éramos como un cardumen que pasara a través de un galeón hundido, cargado de tesoros, pero no abríamos la boca para que el agua no se precipitara en ella.
En el extremo más alejado de la galería, nuestro anfitrión giró de pronto a la derecha y entramos tras él en una habitación que parecía ser un cruce entre la biblioteca y el estudio de un caballero del siglo XVIII. A juzgar por los libros que se veían detrás de la rejilla del armario de madera rojo, del tamaño de un guardarropa, el siglo del caballero bien podía haber sido el XVI. Había alrededor de sesenta gruesos, blancos volúmenes con cubiertas de pergamino, desde Esopo hasta Zenón: lo estrictamente necesario para un caballero; más, lo hubiesen convertido en un pensador, con desastrosas consecuencias, tanto para sus maneras como para su estado. Por lo demás, la habitación estaba casi desnuda. La luz no era mucho mejor que en la galería; permitía ver un escritorio y un gran globo terráqueo descolorido. Entonces nuestro anfitrión giró un tirador y vi su silueta recortada en el marco de una puerta que se abría a una larga serie de puertas iguales. Miré y me recorrió un escalofrío: parecía un vicioso, viscoso infinito. Tomé aire y me interné en él.
Era una extensa sucesión de habitaciones vacías. Racionalmente, yo sabía que no podía ser más larga que la galería que discurría paralela a ella. Sin embargo, lo era. Tenía la sensación de andar, más que en la perspectiva corriente, en una espiral horizontal en la que las leyes de la óptica estaban suspendidas. Cada habitación representaba un paso más hacia la desaparición, el grado siguiente de la inexistencia. Ello tenía que ver con tres cosas: las colgaduras, los espejos y el polvo. Aunque en algunos casos era posible dar un nombre a la habitación -comedor, salón, tal vez cuarto de los niños-, en su mayoría se asemejaban por su falta de función ostensible. Tenían aproximadamente las mismas dimensiones o, en cualquier caso, no parecía haber grandes diferencias de ese orden entre ellas. Y en todas, las ventanas estaban cubiertas por cortinajes, y dos o tres espejos adornaban las paredes.
Cualesquiera que hubiesen sido el color y el dibujo originales de las colgaduras, ahora se veían de un amarillo pálido y muy quebradizas. El roce de un dedo, o tan sólo una corriente de aire, podían significar su destrucción, como sugerían los fragmentos de tejido esparcidos por allí sobre el parqué. Estaban perdiendo la piel aquellas cortinas, y algunos de sus pliegues mostraban amplios trozos pelados, deshilachados, como si el tejido sintiera que se había completado el círculo y regresara a su estado anterior al telar. Quizá nuestra respiración fuese también algo demasiado íntimo; sin embargo, era mejor que el oxígeno puro, que, como la historia, las colgaduras no necesitaban. No era decadencia ni descomposición; era disolución en un recorrido hacia atrás del tiempo, donde el color y la textura no cuentan, donde tal vez, habiendo aprendido lo que podía sucederles, desearan reagruparse y regresar, aquí o a alguna otra parte, bajo una forma diferente. «Lo siento», parecían decir, «la próxima vez seremos más duraderas.»
Luego estaban aquellos espejos, dos o tres en cada habitación, de varias medidas, pero en general rectangulares. Todos tenían delicados marcos dorados, con guirnaldas de flores perfectamente labradas o escenas idílicas que llamaban más la atención que la propia superficie del espejo, puesto que el azogue estaba invariablemente en mal estado. En cierto sentido, los marcos eran más coherentes que sus contenidos, esforzándose como lo hacían
por impedir que se dispersaran en pedazos. Habiendo perdido a lo largo de los siglos la costumbre de reflejar otra cosa que la pared opuesta, los espejos eran bastante renuentes a devolver un rostro, marcado por la codicia o la impotencia, y cuando lo intentaban, los rasgos se tornaban incompletos. Empiezo a entender a Régnier, pensé. De habitación en habitación, a medida que avanzábamos a través de ellas, yo me veía cada vez menos en aquellos marcos, que me retornaban cada vez más oscuridad. Sustracción gradual, me dije; ¿cómo irá a terminar esto? Y terminó en la décima o undécima habitación. Me detuve junto a la puerta que llevaba a la siguiente cámara, contemplando un rectángulo bastante grande y con bordes dorados, de un metro por un metro y medio, y no me vi a mí mismo, sino una nada negra como boca de lobo. Profunda y tentadora, parecía contener una perspectiva propia, tal vez otra sucesión de habitaciones iguales. Durante un momento, sentí vértigo; pero como yo no era novelista, eludí la posibilidad y salí de allí.
Todo aquello había sido razonablemente fantasmal; ahora empezaba a serlo también irrazonablemente. El anfitrión y mis compañeros se habían rezagado; estaba solo. Había una considerable cantidad de polvo por todas partes; los tonos y las formas de todo lo que había a la vista eran mitigados por su grisura. El mármol trabajado de las mesas, las figuras de porcelana, los sofás, las sillas, el mismo parqué. Todo estaba cubierto de polvo, y, a veces, como en el caso de las porcelanas y los bustos, el efecto era extrañamente benéfico, al acentuar los rasgos, los pliegues, la vivacidad de un grupo. Pero, en general, la capa era espesa y sólida; es más: tenía un aire definitivo, como si no se le pudiera añadir nuevo polvo. Toda superficie anhela el polvo, porque el polvo es la carne del tiempo, como dijo un poeta, la verdadera carne y la sangre del tiempo; pero aquí el anhelo parecía haber cesado. Ahora, el polvo penetrará en los objetos, pensé, se fundirá con ellos, y, al final, los reemplazará. Depende, por supuesto, del material; en buena parte, muy duradero. Cabe que ni siquiera se desintegren; simplemente, se pondrán más grises, mientras el tiempo no se oponga a la asunción de sus formas, como ya ha ocurrido en esta sucesión de cámaras vacías, en las cuales se adelantó a la materia.
La última habitación era el dormitorio de los señores. Un lecho con cuatro postes, aunque descubierto, dominaba el lugar: la venganza del almirante por la estrecha cama de a bordo de su nave, o quizá su homenaje al mar. Esto último era más probable, dada la monstruosa nube áeputti de estuco que descendía sobre el lecho y hacía las veces de baldaquino. En realidad, eran más esculturas que putti. Los rostros de los querubes eran terriblemente grotescos: todos miraban el lecho -fijamente- desde lo alto con muecas corruptas, lascivas. Me recordaron la cuadra de jóvenes gorjeantes que habíamos dejado atrás; y entonces reparé en un televisor portátil que había en un rincón de aquella habitación, por lo demás enteramente vacía. Imaginé al mayordomo divirtiéndose con su elegido en esa cámara: una sufriente isla de carne desnuda en medio de un mar de lino, bajo la mirada escrutadora de esa obra maestra de yeso. Por raro que parezca, no sentí repulsión. Por el contrario, sentí que, desde el punto de vista del tiempo, tal diversión sólo podía parecer apropiada aquí, puesto que no generaba nada. Después de todo, durante tres siglos, nada había prevalecido aquí. Ni guerras, ni revoluciones, ni grandes descubrimientos, ni genios, ni plagas entraron aquí debido a un problema legal. La causalidad fue cancelada, puesto que sus portadores humanos se pasearon por esta perspectiva sólo en condición de cuidadores, una sola vez en unos pocos años, si acaso lo hicieron. De modo que el pequeño cardumen que se meneaba en el mar de lino estaba, en realidad, en sintonía con las premisas, ya que nada de ello podía, naturalmente, dar nacimiento a nada. En el mejor de los casos, la isla -¿o debería decir volcán?- del mayordomo sólo existía en los ojos de los putti. No sobre el mapa de los espejos. Nada había allí.
Sucedió sólo una vez, aunque ya he dicho que hay multitud de lugares como ése en Venecia. Pero una vez es suficiente, especialmente en invierno, cuando la niebla local, la famosa nebbia, da a este lugar una extemporalidad mayor que la del sacro interior de cualquier palacio, al borrar toda huella, no sólo de reflejos, sino de todo aquello que posea una forma: edificios, personas, columnatas, puentes, estatuas. Los servicios fluviales se suspenden, no aterrizan ni despegan aviones durante semanas, las tiendas están cerradas y el correo deja de amontonarse en los umbrales. El efecto es similar al que produciría una mano brutal que volviese de dentro a fuera todas esas series de habitaciones iguales y envolviese la ciudad entera en un lienzo. La derecha, la izquierda, el arriba y el abajo cambian de lugar, y no se encuentra un camino si no se es nativo o se cuenta con un cicerone. La niebla es densa y cegadora, y está inmóvil. Este último aspecto, sin embargo, es ventajoso si se sale para hacer un recorrido breve, para comprar cigarrillos, por ejemplo, porque se puede encontrar el camino de regreso gracias al túnel que el cuerpo practica en la niebla; es probable que permanezca abierto durante media hora. Es buena época para leer, para pasar todo el día consumiendo energía eléctrica, para dejarse caer en el café o para despreciarse, para escuchar el servicio mundial de la BBC, para irse a dormir temprano. En pocas palabras, una época para olvidarse de uno mismo, inducido por una ciudad que ha dejado de ser visible. Inconscientemente, uno sigue su ejemplo, en especial si, como ella, carece de compañía.
En conjunto, sin embargo, en esta ciudad siempre me han entusiasmado por igual el contenido de las cosas corrientes de ladrillo y el de las excepcionales de mármol. No hay nada de populista, ni siquiera de antiaristocrático, en esta preferencia; ni tiene nada que ver con el ser novelista. No es más que el eco del tipo de casas en que viví o trabajé durante la mayor parte de mi existencia. Tras el error de no nacer aquí, cometí otro, aún más serio, al escoger una profesión que, por lo general, no lleva a terminar en un piano nobile. Por otra parte, tal vez haya cierto perverso esnobismo en el afecto por el ladrillo aquí, por su rojo brillante relacionado con el músculo inflamado descubierto por las costras de estuco desconchado. Como los huevos, que muchas veces –especialmente cuando me preparo el desayuno- me llevan a imaginar la civilización desaparecida que surgió con la idea de producir comida enlatada de manera orgánica, superponiendo y uniendo de alguna forma anillos de una especie alternativa de carne, no cruda, por supuesto, pero sí lo bastante roja, y compuesta por pequeñas células idénticas. Uno más de los autorretratos de las especies, en el nivel elemental, sea una pared o una chimenea.
Finalmente, como el Mismísimo Todopoderoso, lo hacemos todo a nuestra imagen, a falta de un modelo más fiable; nuestros artefactos dicen más sobre nosotros que nuestras confesiones.
De todos modos, rara vez he cruzado los umbrales de viviendas corrientes en esta ciudad. A ninguna tribu le gustan los extranjeros, y los venecianos son muy tribales, además de ser isleños. Tampoco mi italiano, con sus brutales oscilaciones en torno de su firme cero, dejó de ser un impedimento. Siempre mejora al cabo de un mes, aproximadamente, pero entonces tengo que coger el avión que me apartará de la oportunidad de usarlo durante otro año. En consecuencia, me mantuve siempre en compañía de nativos angloparlantes y de expatriados americanos cuyas casas compartían una versión familiar -si no un nivel- de la riqueza. En cuanto a los que hablaban ruso, los personajes del bar, sus sentimientos respecto de mi país natal y sus posiciones políticas solían llevarme al borde de la náusea. El resultado sería poco más o menos el mismo con los dos o tres autores y profesionales locales: demasiadas litografías abstractas en las paredes, demasiados estantes con libros perfectamente ordenados y baratijas africanas, esposas silenciosas, hijas pálidas, conversaciones que discurren, moribundas, a través de temas de actualidad, la fama de algún otro, la psicoterapia, el surrealismo, hasta la descripción de un atajo hacia mi hotel. La disparidad de ocupaciones comprometida por la tautología de los resultados netos: de ser necesaria una fórmula, ésa es. Yo aspiraba a desperdiciar mis tardes en el despacho vacío de algún abogado o farmacéutico local, mirando a su secretaria cuando trajera café de un bar cercano, charlando ociosamente sobre los precios de embarcaciones de motor o sobre las características rescatables de la figura de Diocleciano, ya que prácticamente todo el mundo posee aquí una educación razonablemente sólida, así como también un vivo deseo de objetos aerodinámicos. Yo sería incapaz de levantarme de la silla, sus clientes serían escasos; al final, cerraría el lugar y nos marcharíamos al Gritti o al Danieli, donde yo pagaría las bebidas; si yo fuese afortunado, su secretaria vendría con nosotros. Nos hundiríamos en profundos sillones, intercambiando observaciones malévolas acerca de los nuevos batallones alemanes o los ubicuos japoneses, que miran a través de sus cámaras, como nuevos viejos, los pálidos muslos de mármol desnudo de esta ciudad que, como Susana, anda con el agua fría, coloreada por el ocaso, acariciante, hasta la cintura. Más tarde, él me invitaría a cenar a su casa, y su esposa embarazada, por encima de la hirviente pasta, me recriminaría mi prolongada soltería... Demasiadas películas neorrealistas, supongo, demasiada lectura de Svevo. Para que las fantasías de este tipo se conviertan en realidad, los requisitos son los mismos que para vivir en un piano nobile. No me veo con ellos, ni he permanecido aquí lo bastante para abandonar por entero este sueño imposible. Para tener otra vida, uno debe ser capaz de arropar la primera, y el trabajo debe ser hecho con pulcritud. Nadie logra hacer ese tipo de cosas de modo convincente, aunque a veces las esposas fugadas o los sistemas políticos nos prestan buenos servicios... Es con otras casas, con escaleras desconocidas, con olores extraños, con moblajes y topografías sorprendentes, que los proverbiales perros viejos sueñan en su senilidad y decrepitud, no con nuevos amos. Y el truco consiste en no molestarlos.
De modo que nunca dormí, ni siquiera pequé, en un lecho familiar de hierro fundido con inmaculadas, crujientes sábanas de lino, cobertor bordado y ricamente orlado, almohadas como nubes y pequeño crucifijo con perlas incrustadas encima de la cabecera.
Nunca ejercité mi mirada ociosa en un óleo de la Virgen, ni en borrosos retratos de un padre/hermano/tío/hijo con casco de bersaghere, con sus plumas negras, ni en las cortinas de zaraza de la ventana, ni en un jarro de porcelana o de cerámica colocado encima de una cómoda de madera oscura con cajones llenos de encaje, sábanas, toallas, fundas y prendas interiores lavadas y planchadas sobre la mesa de la cocina por un brazo joven, fuerte, bronceado, casi moreno, mientras un tirante cae del hombro y plateadas gotas de sudor brillan en la frente. (Hablando de plata, habría de estar, con toda probabilidad, escondida bajo una pila de sábanas en uno de aquellos cajones.) Todo esto, por supuesto, pertenece a una película de la que no fui protagonista, ni siquiera extra, a una película que, por lo que sé, jamás volverán a proyectar o en la cual, de hacerlo, las cosas tendrán un aspecto diferente. En mi espíritu, se llama Nozze di Seppia y no tiene argumento, salvo por una escena en la que aparezco caminando por los Fondamente Nuove con la mayor acuarela del mundo a la izquierda y un infinito rojo ladrillo a la derecha. Yo llevaría una gorra de paño, una chaqueta de estameña oscura y una camisa blanca con el cuello abierto, lavada y planchada por la misma mano fuerte y bronceada. Cerca del Arsenale, giraría a la derecha, cruzaría doce puentes y tomaría la Via Garibaldi hacia los Giardini, donde, en una silla de hierro del Caffé Paradiso, estaría sentada ella, la que lavó y planchó esta camisa hace seis años. Tendría ante sí una copa de chinotto y un panino, un pequeño volumen raído con el Monobiblos de Propercio o con La hija del capitán de Pushkin; tendría puesto un vestido de tafetán que le llegaría a las rodillas, comprado una vez en Roma, en vísperas de nuestro viaje a Ischia. Levantaría los ojos, del color de la mostaza y de la miel, los posaría en la figura de la pesada chaqueta de estameña y diría: «¡Qué barriga!». Si algo pudiera salvar esta película del fracaso, sería la luz de invierno.
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Carlos Victoria desde Miami
Jorge Ferrer | 13/10/2007 13:25
Doble, triple, víctima, el suicidio de Carlos Victoria es otro eslabón de la herrumbrosa cadena de una literatura, y una vida, que no encuentran a qué tobillo anudarse. En Victoria encontraron un cuello. En paz descanse quien fue un sobreviviente hasta ayer. Una categoría de la que él mismo se despojó. Honor suyo. Dolor de muchos.
A propósito de la muerte ayer de Carlos Victoria, inserto hoy reseña que escribí sobre la antología Cuentos desde Miami (Poliedro, Barcelona, 2004), que preparara Juan Abreu, y el relato de Carlos Victoria allí recogido.
(La reseña apareció publicada originalmente en la revista Encuentro de la Cultura cubana, Otoño-Invierno de 2004-2005. Agradezco a Abreu el envío del texto de Victoria.)
Vindicando una literatura invisible
Cuentos desde Miami, Selección y notas de Juan Abreu. Prólogo de Iván de la Nuez. Poliedro, Barcelona, 2004. 286 pp.
Por Jorge Ferrer
«Cuando llegué a Miami en 1980, luego de constatar que allí había más de tres mil personas que se autotitulaban poetisas, abandoné aterrorizado la ciudad», recordaba Reinaldo Arenas.
Un cuarto de siglo separa ese malestar del más conocido de los escritores de la llamada «Generación de Mariel» de esta antología preparada por Juan Abreu, que incluye a diecisiete autores seleccionados precisamente por la cualidad de no serlo apenas: escritores casi invisibles cuya vocación literaria ha persistido gracias a una tozudez verdaderamente colosal. Su escasa oportunidad en los predios del acierto editorial ha sido aquí su suerte. Genuinos, y muy a su pesar, coleccionistas de manuscritos inéditos, repletas sus Florida rooms de los ejemplares intensos que han publicado a sus expensas en ediciones de autores —productos de las tantas veces mal llamada vanity press—, muertos en unos casos o desaparecidos en otros, dueños en muchos casos de biografías tristes o atroces, que Abreu anota con gesto notarial, han sido relegados a los márgenes de la literatura. Cuentos desde Miami acerca una lupa a esa literatura del margen: las cuentas del minúsculo rosario resultan ser, en la mayoría de los casos, que no en todos, perlas muy finas. Una antología personal la que nos propone Abreu —"la selección responde, más que a cualquier otro motivo, a mis gustos personales" escribe en la nota introductoria—, que se propone dotar de visibilidad a los escritores menos leídos de la literatura cubana.
Ya era hora. Miami es la única isla, de entre el vasto archipiélago del exilio, que cuenta con una literatura verdaderamente propia, autorreferencial, completa. Una literatura madura, rondada por la marginalidad y las pasiones más disímiles; una literatura que se ha ido alejando de la mera enunciación de la nostalgia o la colección de postales patrias que seguramente propugnaban aquellas tres mil poetisas que espantaron a Arenas, para lanzarse a construir la memoria literaria de una ciudad que se parece, en los textos de esta antología, a cualquier otra urbe menos al Miami de cartón y pasquín que vocean periódicos y micrófonos de todas partes.
Otro es el Miami de casi todos estos cuentos. Otros son los perfiles íntimos que narran Esteban Luis Cárdenas, Alejandro Armengol, Leandro Eduardo Campa, Lorenzo García Vega o el propio Juan Abreu, en relatos que bastan para hacer de este libro una necesidad y un regalo de muy buena literatura. Los asomos de una picaresca en los magníficos relatos de Campa —las lecciones de su Curso para estafar no tienen desperdicio—, la magistral frialdad con la que Cárdenas narra un episodio de una, si se me permite el oxímoron, encantadora sordidez, están entre lo mejor. También la mirada de María Valero, que mueve los márgenes de la sensibilidad del desterrado en lo que parece un cortometraje de Jim Jarmusch. De Fernando Villaverde, uno de los narradores más relevantes de la literatura cubana, ha elegido Abreu un relato magnífico, como de Carlos Victoria, cuyo excelente recuento de una amistad sirve también para situar al lector ante los avatares de una literatura que ya tiene su propia historia íntima, su propia memoria, sus muertes. Con dos relatos cada uno, están representados Armando de Armas y el malogrado Guillermo Rosales, cuya suerte editorial en Francia trajo recientemente a España el Boarding Home en una edición que, no contenta con cambiarle el título, le adosó un epílogo que lo afea y minimiza. José Abreu Felippe, René Ariza, Manuel C. Díaz, Nicolás Abreu y una fantasía de Luis de la Paz acerca del menosprecio con que la ciudad trata a sus escritores, completan lo mejor, de entre los veintitrés textos antologados, de estos Cuentos desde Miami. E incluso los menos afortunados, como los de Rodolfo Martínez Sotomayor o Marcia Morgado, sirven al retrato de conjunto, aunque sea para matizar el entusiasmo.
La nómina, habrá notado el lector atento, no incluye a una buena parte de los narradores más importantes y reconocidos que vivieron y murieron en la ciudad floridana. Fuera quedan, en efecto, Enrique Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, el propio Reinaldo Arenas o Lydia Cabrera, por ejemplo. Y es que Cuentos desde Miami apuesta claramente por los escritores menos leídos y evita que los acompañen figuras de valor reconocido y, en algunos casos, enraizados ya en el canon de la literatura nacional. Con ello, Juan Abreu se priva de haber hecho una antología definitiva de la literatura cubana de Miami, pero consigue su propósito, a todas luces militante: un tomo que, con la excepción de Lorenzo García Vega, carece de nombres asentados en el trasiego crítico y la mera lectura y que, sin embargo, ostentan una estatura literaria que pocos podían imaginar. Una reunión de escritores que, en su mayor parte, hacen de la ciudad el espacio de su literatura; escritores a quienes rondó la maldición y que hicieron de la beligerancia contra los usos sociales y literarios del Miami cubano una obra, más que una bandera; escritores que han hecho de su lengua un reducto de intransigencia ante las posibilidades más amplias del dreaming in cuban, privándose de ensayar la suerte de un Óscar Hijuelos, un Jerzy Kosinski, un Andrei Makine o, en tono mayor, la de un Nabokov o un Conrad, para jugarse el destino literario con sus lectores naturales, aunque constataran muy pronto que ni las tres mil presuntas poetisas compran libros, ni sus hermanos los publican.
Mariel es uno de los principales nutrientes del mainstream literario de Miami, y Abreu, él mismo marielito y coeditor de la revista Mariel que aglutinó a esa generación, incluye en la antología a un buen número de esos escritores. El ensayo de Iván de la Nuez que figura a manera de prólogo, traza con innegable acierto los perfiles de ese grupo heterogéneo, su cualidad deslocalizada y singular dentro de una cultura dividida entre dos orillas, que los dejó navegando en el no lugar de la anomia. Una literatura, cabría añadir, que reúne buena parte de los signos con que Deleuze y Guattari calificaron la “literatura menor” de Kafka, al convertir en arma de doble filo una lengua que va camino del idiolecto, la cerrazón y la resistencia. Habrá que indagar en las razones de una poética del Mariel, más allá de la sinrazón política que le es constitutiva. Cuentos desde Miami parece ser una buena herramienta para comenzar a desbrozar ese mar de silencios y malentendidos.
Dar visibilidad a la literatura cubana escrita en Miami es el paso previo a su inserción en el cuerpo de la literatura cubana e, incluso, de la literatura de Miami. Desde Cuba se han patrocinado rescates parejos, como también desde revistas enclavadas fuera de Miami, pero esos tientos han estado siempre mediados por cautelas extraliterarias que generan parejas precauciones en el lector.
Un lector que se preguntará algo que ya han dejado de preguntarse los escritores cubanos de Miami: ¿qué rayos pasa? O más bien: ¿qué rayos les han caído en las espaldas dobladas sobre el teclado a los escritores de una ciudad que proclama su prosperidad, mientras ignora a sus escritores, empujándolos, en algunos casos, incluso a la mendicidad? Entre Lorenzo García Vega y Guillermo Rosales o Leandro Eddy Campa se trama el enigma y la desgracia de una larga nómina de excluidos del corpus de la literatura cubana y de la literatura en general. El carrito del Publix que empuja Lorenzo —uno de los poetas más importantes de la lengua española; uno de los escritores más distintos de la literatura cubana—, el Boarding Home de Rosales y la desaparición de Eddy Campa, cuyos demonios personales azuzó la hostilidad del entorno, son estigmas de los que la literatura cubana no se librará ya jamás para su vergüenza, pero también para su gloria.
La estrella fugaz
Por Carlos Victoria
a Ramón Alejandro
Tres hombres se han sentado junto al río Miami y observan en silencio las barcazas, los muelles, los pontones, los puentes levadizos. Una lancha de motor atraviesa la turbia cinta de agua; en un extremo de la embarcación, un muchacho de piel intensamente blanca, de pie, hace unas señas a las nubes, al cielo; en el otro, un jovencito negro, inclinado sobre la borda, mete las manos dentro de la corriente, como si se lavara los dedos, o intentara una forma absurda de pescar. Anochece.
Los tres hombres, reunidos desde el mediodía, cargan legajos de papeles metidos dentro de cartulinas, repletos de palabras escritas por ellos mismos, que durante la tarde se han leído en voz alta, por turno, bajo los árboles del parque de enfrente. Concluida la lectura, han cruzado la calle y se han sentado en un pequeño malecón junto al río. El agua huele a escamas, a tintura de yodo, a sumidero. Los árboles del parque se han llenado de pájaros cuyo escándalo trastorna la sombra.
Este parque, a un costado del downtown de Miami, servía en esa época (porque el encuentro de los tres escritores ocurrió hace unos años) de refugio para vagabundos, gente venida a menos, borrachos, prostitutas, locos y drogadictos. Y estos tres hombres, uno loco, otro borracho y drogadicto, y el otro, en una peculiar acepción del término, un prostituto, se sentían en el sitio a sus anchas.
Los tres habían venido de un país que proclamaba ser una tierra de héroes, que imponía a punta de pistola virtudes en las que casi nadie creía, y mucho menos ellos, que por pura venganza se habían dedicado a pisotearlas con el ejemplo de sus propias vidas, jugándose en el reto la sobrevivencia. En esta lucha contra la corriente, algo sin duda se había estropeado en ellos. Sin embargo, hasta esta tarde de mediados de los años 80, los tres habían conseguido durar.
El loco, William, colérico, desarrapado, víctima de perpetua carraspera, escribía una novela sobre una siniestra casa de huéspedes en el corazón de La Pequeña Habana; el borracho y drogadicto, Marcos, cuentos sobre su juventud en Cuba; y el prostituto, Ricardo, la historia de un portero alucinado en un edificio de Nueva York.
A esta hora de la tarde, bandadas de gaviotas se posaban cerca del malecón, sacudiendo sus plumas manchadas de sargazo; los tres hombres, agotados por las horas de lectura, permanecían tan quietos que las aves revoloteaban en torno a ellos sin temor y sin desasosiego, como si los tres, en vez de carne, de huesos y de sangre, estuvieran hechos de piedra o de madera. Pero la tranquilidad de los tres era una simple tregua, una engañifa poco convincente. Nada podía calmar el tumultuoso río que a su forma arrastraba a cada uno, muy distinto al que frente a ellos ahora se deslizaba con quietud, donde cruzaban yates de lujo y barcos herrumbrosos, donde se reflejaban modernas autopistas y astilleros decrépitos, imitando con sus violentos contrastes a la vida. Rápidamente se acercaba la noche. Del río se alzaba un humo de frialdad.
--Tengo hambre --dijo William.
Los tres fueron a comer a una pescadería cerca del malecón; las mesas llegaban al borde del agua. Devoraron los pargos, el arroz, los frijoles, sin preocuparse de que a su alrededor algunos comensales miraban con disgusto su falta de modales: hablaban con la boca llena, se atragantaban, se salpicaban la ropa de salsa; William y Ricardo hacían chistes sobre sus respectivas dentaduras postizas; a Marcos se le atoró una espina en la garganta, que al fin logró escupir entre toses y arqueos, ante los aspavientos de sus dos amigos.
Los tres, con diferencia de cuatro o cinco años, rondaban los cuarenta. Sólo Ricardo había triunfado como escritor, y tanto William como Marcos envidiaban sus libros publicados, algunos traducidos al inglés y al francés. En el fondo cada uno se sentía superior a los otros; tenían visiones literarias distintas; sus estilos chocaban entre sí; pero también se admiraban, y aunque en muchas ocasiones reñían, había momentos, como esta tarde y esta noche, en que llegaban a amarse.
El carácter irascible, la inaudita capacidad de rencor de William y Ricardo dificultaban la relación entre ambos, por lo que Marcos venía a ser un mediador o intérprete. Los dos lo apodaban el santo, a veces con afecto pero otras con saña.
‑-El santo quiere demostrarnos su superioridad ‑-decía William, moviendo las mandíbulas como si masticara, al comentar un gesto generoso de Marcos.
‑-La gata de María Ramos -‑decía Ricardo, con su voz atiplada--. La mosquita muerta. El lobo vestido de oveja.
‑-Los comprendo a los dos ‑-decía Marcos, esquivando los ojos de sus jueces--. No hay nada que irrite más que la bondad.
En ese instante Ricardo y William lo miraban con odio. El odio los esclavizaba a los dos.
Marcos también podía odiar con vehemencia, pero el encono le llegaba en ráfagas, como un atroz fogaje que de inmediato se desvanecía. Luego de odiar quedaba exhausto, como el que acaba una larga carrera y jadeando se tumba sobre la hojarasca. Cuando el odio lo atacaba de repente, se emborrachaba y se drogaba hasta perder el sentido, y al otro día, hincado por la culpa y la vergüenza, se uncía de nuevo el yugo de la caridad.
Ricardo lidiaba de una forma distinta con sus odios: los cultivaba, les daba cauce con su maledicencia, humillando a cualquiera, destruyendo, armando peloteras, calumniando. Pero luego, como un niño después de una perreta, sin percatarse del bulto de destrozos, se sentaba con fértil entusiasmo a escribir sus novelas insólitas.
William, por el contrario, no alimentaba el odio; el odio lo alimentaba a él. El odio lo hacía oír voces, ver enemigos en cada rostro, escuchar insultos en cada frase. Por odio enflaquecía hasta volverse este desecho humano, este espectro cuya mirada llena de desprecio asustaba.
Pero esta noche de finales de octubre los tres reían o guardaban silencio con una especie de sonrisa matrera: cada uno sospechaba que lo que había leído había impresionado a los otros dos. Como hombres dedicados a sacar a la luz los secretos, se observaban calculadoramente entre sí, espiando de reojo los gestos, las miradas, los contornos del rostro, el énfasis en alguna expresión dicha con imprudencia. Ni siquiera en una reunión entre amigos podían dejar a un lado el oficio que había hecho de sus vidas un arisco remedo de la realidad.
Habían empezado a leer en un rincón del parque, alejados de los merodeadores, en un banco roto bajo un flamboyán; mientras uno leía sentado sobre el banco, los otros dos se acostaban sobre las hojas secas, cuyo color de mortandad realzaba las flores de un punzante naranja que caían de las ramas, sumándose al detrito que cubría la tierra.
Hombres tiznados, como si se hubieran zambullido en hollín, cruzaban por los senderos interiores del parque, cargando en carros de supermercados sus sucias y preciosas pertenencias.
Una mujer descalza, desgreñada, con el rostro exageradamente maquillado, dormitaba bajo una palma enana, tal vez víctima de un abrupto soponcio. Jóvenes macilentos cuchicheaban sentados sobre el tronco de un árbol caído, cuyas raíces apuntaban en todas direcciones, como un loco abanico en el que prosperaban los insectos.
El capítulo de la novela que William leía describía un mundo parecido al del parque; Ricardo, con la cabeza recostada a una penca, escuchaba con los ojos cerrados; Marcos, atento a la lectura pero a la vez a los alrededores, sentía que las palabras de William materializaban el sórdido escenario, de modo que le resultaba difícil distinguir entre los personajes de la narración y los bergantes que deambulaban entre árboles y estatuas, pisoteando con sus pasos apagados la hierba.
Un pordiosero con un pañuelo rojo atado en la cabeza, que exigía con voz ronca dinero y cigarrillos, los obligó a trasladarse a un costado del parque, a los escalones de un templo, cuyo friso ostentaba en relieve la inscripción Scottish Rite. Aves míticas esculpidas en bronce levantaban sus alas en el techo.
‑-Eso de rito escocés me sugiere un festín sexual ‑-dijo Ricardo.
‑-A mí un acto de magia negra ‑-dijo William.
‑-Es más simple, debe ser una logia masónica. Los escoceses fueron pioneros de esas fraternidades, y en la Edad Media los albañiles y los constructores de catedrales se organizaron en sectas. Es increíble que al cabo de los siglos hayan venido a parar aquí. ¡Qué persistencia!
Marcos, exaltado, gesticulaba al hablar; luego guardó silencio. Al rato William dijo:
-‑Un santo racional y erudito.
-‑Un aguafiestas ‑-dijo Ricardo.
‑-No jodas más y lee ‑-le dijo Marcos a Ricardo, que con gran teatralidad comenzó a recitar un poema. De pronto se detuvo en el medio de un verso y con sonrisa malévola aclaró:
-‑No lo escribí yo. Lo escribió esa rata de alcantarilla, ese ser inmundo que prefiero no nombrar. Pero quería ponerlos en situación antes de leerles mi capítulo, que tiene una sutil relación con este texto insípido y de mal gusto.
Pero después de una hora de lectura, los tres se vieron forzados a encontrar otro sitio: los anchos escalones del templo se habían llenado de vagabundos, que esperaban la llegada de un camión del Ejército de Salvación que repartía comida al atardecer. La tropa zarrapastrosa murmuraba; sus voces se entrelazaban formando un zumbido; sus manos se aferraban a fardos a tarecos, que colocaban con extremo cuidado sobre la escalinata; sus ojos escrutaban cada detalle de los alrededores y sus cuerpos hedían.
-‑No hay paz, no hay paz -‑protestaba Ricardo, dando pequeños saltos y manoteando al cruzar entre ellos.
Los escritores regresaron al banco bajo el flamboyán, donde Marcos leyó dos relatos. El estrépito distante de los vehículos en las autopistas, que se volvía más denso en esta hora de tráfico, servía de fondo a su voz temblorosa. Cuando Marcos acabó de leer, William dijo:
-‑Hay algo en esos cuentos, hay algo de verdad, pero es difícil determinar qué es. Es como un estado de ánimo.
-‑Maravillosos ‑-dijo Ricardo-‑. Sólo les falta un poco de cocina literaria. Un poquito de sazón, una calentada primero a fuego lento y luego a fuego vivo, y listos para la mesa.
--Tal vez les haga falta un poco de chacota, de perversión --dijo William--. Pero no es posible esperar eso de un...
-‑Al carajo ‑-dijo Marcos, poniéndose de pie, observando a un mendigo que echado sobre una piedra imitaba el gorjeo de los pájaros que comenzaban a inundar los árboles--. Vamos a sentarnos en el malecón.
Una lancha de motor trepidante, tripulada por un negro y un blanco, cruzaba el río dejando grietas de agua estropeada. Luego en el restaurante los tres devoraron la comida con precipitación, como come la gente nerviosa e impaciente, o la que alguna vez ha pasado hambre. Al terminar regresaron al muro. Ya era de noche, y las gaviotas habían desaparecido; sólo un pelícano de pico depravado se posaba sobre una empalizada, fingiendo dormir. Los tres se tendieron en el malecón, de cara al cielo repleto de estrellas, cuyo brillo sobrevivía a pesar del chillón resplandor del downtown.
En la orilla del río se amontonaban barcos arrimados como colinas de chatarra, de proas despintadas y mástiles ruinosos, en cuyas puntas flotaban banderas, telas gastadas que representaban vastos fragmentos de tierra, cuencas de continentes, penínsulas, islas. En embarcaciones semejantes los tres habían cruzado años atrás el Estrecho de la Florida, negando así (según se les dijo y se les repitió antes de la partida, entre golpes e injurias) un pedazo de tela que simbolizaba lo mismo que éstos que ahora ondeaban en el aire oscuro.
En las cubiertas, entre contenedores gigantescos, deambulaban marinos solitarios, o estibadores que amarraban sogas. Grúas de brazos ominosos rozaban con sus ganchos las popas mugrientas. El palo mayor de un antiguo velero, abandonado entre vigas mohosas, se hallaba totalmente cubierto de hierba, como un árbol inclasificable, a la vez mineral y vegetal. Más allá del puente levadizo, los altos edificios demarcaban con sus frígidas luces lo que Ricardo llamó la línea de flotación del cielo.
En ese instante una chispa cruzó entre las estrellas, maromera, volátil.
‑-¿La vieron? ‑-preguntó Marcos-‑. ¿Pidieron algo?
-‑Sí ‑-contestaron los dos al mismo tiempo.
La sirena de un buque bramó junto al puente, que se abrió poco a poco para dar paso a la mole de hierro. Los faros de los autos se acumulaban en la alta autopista.
-‑Vámonos ‑-dijo William--. Otro día volvemos.
Mientras los tres caminaban por la avenida que bordeaba el río, un barco destartalado comenzó a desplazarse muy cerca de la orilla, ignorando el peligro de encallarse. Un hombre fumaba junto a la escotilla, por la que asomaban un mono y una cabra.
-‑El Arca de Noé ‑-dijo Ricardo.
El estribor desollado del buque casi rozaba las puntas de los muelles. En la proa, dos hombres desenredaban cuerdas cuyas puntas se deslizaban como furtivos reptiles hasta tocar el agua. De repente uno de ellos agitó el brazo, como si saludara. Luego el barco prosiguió río abajo, sin detenerse en los embarcaderos, sobresaltando el aire con su ronca sirena hasta desvanecerse en los meandros.
II
Dos años después de esta reunión, Ricardo descubrió que padecía una enfermedad incurable y mortal. Se había mudado para Nueva York, donde se sentía a gusto entre las multitudes, hormigueando entre los rascacielos, entrando y saliendo de baños de vapor, de cines para adultos, viajando en trenes arropado en bufandas, escribiendo novelas en su cuchitril de un barrio peligroso de Manhattan. Pero al saber que estaba enfermo decidió regresar a Miami, la ciudad que amaba y odiaba. Llegó escuálido, tosiendo como un tuberculoso, y Marcos lloró al verlo. Al otro día ingresó en el hospital.
La habitación junto a la bahía, con su espléndida vista de islotes y ensenadas, invitaba a la vida. Los yates se enchumbaban con la marea verdosa; las olas formaban farallones de espuma. Marcos lo visitaba y le leía a Cervantes, a Góngora, a Quevedo, porque la enfermedad había despertado en Ricardo una predilección por el Siglo de Oro. Detrás de tubos, máscaras de oxígeno e inacabables botellones de suero, escuchaba con avidez; a veces levantaba la cabeza de la almohada, alerta, como si lo hubieran llamado por su nombre; luego cerraba los ojos y volvía a recostarse, hasta que poco a poco se quedaba dormido. Marcos salía sigiloso del cuarto.
A pesar de todos los pronósticos, comenzó a mejorar, y luego a protestar, a insultar a médicos y enfermeras (Marcos de vez en cuando recibía un ramalazo), y al ser dado de alta había recuperado su energía. A los dos meses parecía cualquier cosa menos un hombre enfermo.
‑-No resisto a Miami, no resisto esta aldea, no la resisto -‑decía--. Vine porque quería morirme junto al mar.
‑-Hierba mala nunca muere -‑decía Marcos.
-‑No es verdad. Yo noto que me estoy volviendo bueno, claro que nunca como tú. En mí eso es un síntoma fatal, y tengo que tomar medidas contra esta debilidad mierdera. Yo le he hecho daño a mucha gente, querido, y todavía me falta mucha, mucha. Mis enemigos no se van a dar el gusto de verme convertido en una piltrafa. Y además tengo que terminar dos novelas, seguir jodiendo a esos hijos de puta que han destruido a Cuba, poner en orden mis papeles. Y voy a hacer también mi testamento.
‑-No seas melodramático. Tú me entierras a mí.
-‑Yo no estoy tan seguro. Los santos pueden durar cien años.
Una tarde llamó por teléfono a Marcos desde el aeropuerto.
-‑Me voy para Nueva York dentro de quince minutos.
-‑Estás loco.
‑-Yo te llamo o te escribo. No te preocupes, hay Ricardo para rato. Miami me deprime, me asfixia, y yo necesito respirar, querido. Respirar. Vendré cuando empiece el invierno.
-‑Estás loco, estás loco. Más que viajes te hace falta descanso.
Pero Marcos se equivocaba: la vida de Ricardo dependía de moverse, de andar de un lado para otro, imaginando historias, peleándose con medio mundo, redactando manifiestos políticos, burlándose de todo. El sosiego en él equivalía a la muerte.
En realidad era William el que estaba cada vez más loco: llevaba meses sin escribir, pidiendo limosnas en las cafeterías, deambulando por La Pequeña Habana, hablando solo en alta voz, quejándose de que los viejos en el boarding home lo espiaban, creyendo firmemente que la gente en la calle se reía de él, haciéndole la vida imposible a Marcos cada mañana alrededor de las once, cuando con puntualidad inexorable lo llamaba por teléfono.
--¿Y qué? ‑-preguntaba William-‑. ¿Qué hay de nuevo?
-‑Nada. Tratando de escribir. ¿Cómo estás tú?
-‑Me dices que estás tratando de escribir para hacerme saber que te estoy molestando.
‑-No me molestas, te lo he dicho mil veces. ¿Cómo está esa novela?
-‑No sale. Ahora se me ocurrió otra idea. ¿Te la cuento?
Y durante media hora William, carraspeando, relataba el argumento completo de un libro (Marcos estaba seguro de que improvisaba), detallando con minuciosidad situaciones, personajes y diálogos, impostando la voz cuando hablaba una mujer o un niño. Cuando terminaba, sin aliento, preguntaba con temor:
-‑¿Qué te parece?
‑-Genial. Genial.
(Marcos no mentía: la capacidad de fabular de William era extraordinaria.)
-‑No me digas que es genial. Eso lo dices para salir del paso.
-‑Te digo que es buenísima. ¿Por qué carajo no te sientas a escribirla?
--No puedo. Las pastillas que estoy tomando no me dejan concentrarme.
-‑Deja de tomar las pastillas.
-‑Si dejo de tomarlas oigo voces.
Marcos entonces no sabía qué decir. Se despedía murmurando una excusa, y regresaba a sus páginas llenas de tachaduras. El gato en el sillón lo observaba con ojos inquisitivos. En el cuadrado de la ventana los árboles, sometidos al resplandor, se erguían extrañamente quietos, como esperando que alguien destruyera su inercia bajo el implacable mediodía de Miami. Más allá del follaje, fachadas de edificios recién construidos reflejaban el sol en sus paredes desprovistas de historia. Marcos describía en el papel un cielo oscurecido, un aire de tormenta, tal vez una leve ráfaga invernal, mientras afuera el estático calor quebrantaba la voluntad, la imaginación, el impulso.
A medida que pasaban los meses William hablaba cada vez menos de literatura. Pero el teléfono seguía sonando rigurosamente en el cuarto de Marcos a las once de la mañana.
-‑¿Y qué? ¿Qué hay de nuevo?
-‑Nada.
-‑¿Tratando de escribir?
-‑Más o menos. ¿Cómo va esa novela?
‑-No sirve. La novela no sirve, yo no sirvo. Estoy planeando matarme.
-‑No hables mierda.
‑-Lo único que me falta decidir es cómo lo voy a hacer. Ahorcarme no me gusta. Ni cortarme las venas. Tomar pastillas es cosa de maricones. Si me consiguiera una pistola...
‑-¿Por qué hablas tanta mierda?
‑-Fíjate bien, Marcos, lo único que te pido es que me incineren. Te pido que seas tú el que te ocupes de eso. Me da lo mismo lo que hagas con las cenizas, las botas, las entierras, cualquier cosa. Pero quiero que seas tú el que te encargues de eso. No dejes que mi puñetera familia haga nada. No quiero tener nada que ver con ellos ni después de muerto.
Marcos colgaba el teléfono. A los dos minutos sonaba otra vez.
-‑Si sigues hablando mierda vuelvo a colgar.
-‑Perdóname, viejo, perdóname. Es que hoy estoy muy deprimido. ¿Cuándo vas a venir a verme?
-‑No sé, a lo mejor el viernes.
-‑Te espero el viernes. Tráeme veinte dólares. Y un cartón de cigarros. Marlboro Lights.
‑-¿Desde cuándo cambiaste de marca?
-‑Desde hoy por la mañana. Los otros me dan asco.
El viernes por la tarde un Marcos vacilante entraba en el vestíbulo de aquella especie de hotel desbaratado, donde un predicador con acento cubano vociferaba en el televisor, mientras un par de ancianos cabeceaban en sillones hundidos frente al aparato. Subía las escaleras de madera como el que se dirige a un calabozo, tratando de ignorar el olor a humedad y a orine. La puerta del cuarto de William estaba de par en par. William lo recibía tirado en un camastro, tapado con una sábana a pesar de estar totalmente vestido, fumando, rodeado de ceniceros repletos de colillas, de platos con restos de comida petrificada, de vasos nublados por el polvo, de libros.
-‑William, ¿qué tú haces tapado con este calor? ¿Tienes fiebre?
-‑Iba a salir, pero después me arrepentí. Me tapé con la sábana porque si ellos pasan por el pasillo y miran para acá piensan que estoy enfermo, y me dejan tranquilo. A ellos les interesa la salud, no la enfermedad.
-‑¿Quiénes son ellos?
‑-¿Ellos? ¿Que quiénes son ellos? ¿Quiénes van a ser? Los que me vigilan día y noche. Los que quieren destruirme. Pero si me ven enfermo me dejan tranquilo.
Marcos, después de colocar el billete de a veinte y el cartón de cigarros en la mesa, se sentaba en el borde de una silla, evitando mirar directamente el rostro de su amigo, mientras pensaba en algo que decir. Una fila de hormigas cercaba unas hilachas de carne cetrina amontonadas en un plato en el piso.
‑-Hoy recibí una carta de Ricardo. Estuvo ingresado otra vez, acaba de salir del hospital. Parece que está mal, va a regresar a Miami.
William se quitaba la sábana. Su ropa olía como si muchas veces se hubiera empapado en sudor y se hubiera secado encima de su cuerpo.
-‑Si viene no quiero verlo. No quiero que me vea en estas condiciones. Ricardo se alegra del mal de los demás.
--¿Cómo vas a decir eso, William? Ricardo está mil veces peor que tú. Me dijo que había perdido cuarenta libras. Y él no se alegra de que tú estés mal, él te admira y te aprecia.
‑-Sí, claro, él me admira y me aprecia. ¿Y cómo no me ha ayudado a publicar mis novelas? El tiene palanca con los editores.
-‑Tenía, ya no la tiene. Le han cerrado las puertas por su posición política.
--¿Y cómo no me ayudó cuando tenía palanca? Nunca quiso darme una mano.
-‑William, la cosa no es tan fácil. Ricardo puede ser terrible con la gente, pero ni tú ni yo podemos quejarnos de él.
‑-Está bien, defiéndelo. Tú no lo conoces como yo. Yo lo conozco desde hace veinte años, lo conocí en Cuba cuando no era nadie, un guajirito maricón que acababa de publicar su primera novela. Y yo nunca pude publicar la mía, que era mejor que la de él. Cuando publicó la segunda en México me prometió que le iba a dar mi manuscrito a su editor, pero luego se puso a darme excusas y nunca le dio nada. Y hasta el sol de hoy. Después, cuando cayó en desgracia...
En ese instante una anciana se asomaba en la puerta y pedía con voz llorosa un cigarro.
-‑¡No hay! -‑gritaba William.
-‑Sí, sí hay -‑insistía la anciana--. Un cigarrito, por favor.
William se levantaba de un salto de la cama, se desabrochaba la portañuela y se sacaba el pene.
-‑¡Esto es lo que hay, vieja! ¡Esto es lo único que hay!
La anciana desaparecía en el pasillo, murmurando blasfemias. Marcos aprovechaba para despedirse de prisa. Hasta la mañana siguiente, a las once, cuando el teléfono volvía a desgañitarse.
A las dos de la tarde llegaba el cartero. Marcos había enviado el manuscrito de su libro de cuentos a varias editoriales y esperaba impaciente una respuesta. Pero las pocas veces que llegaba alguna era en forma de carta impersonal, obviamente un modelo de la casa editora para librarse de los impertinentes, donde se precisaba que debido al gran número de proyectos, no era posible tomar en consideración... Marcos ripiaba el papel. Podía haberlo masticado, escupido, pero se limitaba a reducirlo a minúsculos fragmentos, que luego echaba en la taza del servicio. Verlos perderse en el remolino de agua le daba un alivio que duraba segundos. Salía y compraba una pinta de vodka, que tomaba con jugo de naranja encerrado en el cuarto, mientras leía en voz alta a Keats. Por la noche recorría bares de mala muerte, y al otro día sólo recordaba escenas truncas de sus aventuras.
Una tarde el cartero le entregó un bulto gigantesco: Ricardo le enviaba los manuscritos de sus dos últimas novelas desde Nueva York. La loma de papeles estaba encabezada por una breve carta, con instrucciones, recomendaciones. Tres días después una llamada despertó a Marcos por la madrugada. Un amigo periodista le dijo con voz precipitada:
-‑Ricardo se suicidó.
Por la mañana los periódicos anunciaban la noticia en primera plana. Allí estaba la foto de un hombre sonriente, empeñado perpetuamente en lucir juvenil y buen mozo. Marcos no deseaba mirar sus ojos, sus cejas pronunciadas; arrancó la página, la dobló y la guardó en un libro. A las once el teléfono sonó.
‑-¡Marcos, Ricky se fue! ¡Se la dejó en la mano a todos, Marcos! ¡Qué tipo, qué cojones! ¡El escritor más grande de Cuba, Marcos! ¡Estúpido, no hay que llorar! ¡Hizo lo que tenía que hacer, lo único que se puede hacer! ¿Tú me oyes, Marcos? ¡Se me adelantó, el muy cabrón! ¡Qué tipo, Marcos, qué tipo! ¡No llores, no hay que llorar, comemierda! ¡El está feliz, al fin demostró que tenía cojones!
A partir de ese instante William sólo hablaba de su muerte inminente, que ocurriría esta tarde, o mañana, o a más tardar la semana que viene. Marcos ya ni siquiera trataba de llevarle la contraria. Lo visitaba dos voces al mes, le llevaba dinero, libros y cigarros. No subía al cuarto; William lo esperaba en el portal de aquel enorme caserón construido a principios de siglo, cuando nadie esperaba que Miami se convirtiera en este raro sitio donde gentes radicalmente distintas entre sí habían determinado vivir y morir. Los locos, los ancianos, los retrasados mentales, los hombres cincuentones de piel erosionada por diversos excesos, se mecían en los balances, al fresco, entre las sierpes de las buganvilias, que trepaban por postes, paredes y tejas.
-‑Antes de Navidad -‑decía William-‑. A los cuarenta y siete años.
Marcos asentía con la cabeza.
-‑¿Qué pasa, no me crees?
-‑Claro que te creo.
‑-Ya sabes lo que te he dicho. No quiero que mi familia se ocupe de nada. Tú eres el que tienes que hacerte cargo de todo. Júrame que lo vas a hacer.
-‑Lo que tienes que hacer es ponerte a escribir.
William daba una patada en el piso. Su carraspera se agravaba al gritar:
-‑¡No me hables de escribir! Ya yo escribí todo lo que tenía que escribir. Dos novelas ‑-de pronto sonreía tenuemente y agregaba‑-. Excelentes, las dos. Como decía tu querido Keats:
"Yo sé que mi nombre estará entre los poetas".
-‑Keats tenía tuberculosis. Tú estás sano.
-‑Marcos, no me mortifiques. Júrame que vas a hacer lo que te pedí.
-‑Te lo juro.
William se olía las axilas, miraba a su alrededor y decía en voz baja:
‑-Ellos piensan que soy un cobarde. Les voy a demostrar de lo que soy capaz. Tú mismo, aunque dices que sí, en el fondo no crees que yo pueda matarme.
-‑Ojalá que no lo hagas. Tienes todavía mucho que hacer.
‑-No tengo nada. Sólo hay algo que tengo que hacer. ¡Valor tengo, cojones! ¿No crees que tengo valor?
‑-Lo tienes -‑decía Marcos, bajando la mirada.
William lo acompañaba hasta el carro, gesticulando. Marcos arrancaba el motor y se marchaba mirando por el espejo retrovisor al hombre demacrado que se quedaba rígido en la acera, con las manos metidas dentro de los bolsillos y los ojos tercamente fijos en las inofensivas buganvilias.
-‑Nunca ‑-pensaba Marcos-‑. Nunca.
Pero como le ocurrió con Ricardo, con William Marcos se volvió a equivocar.
III
Los libros póstumos de William y Ricardo fueron publicados con una nota breve en la que el editor agradecía la labor de Marcos, que pasó en limpio los manuscritos y corrigió las galeras. Marcos a veces se sentía culpable de haber sobrevivido, y le daba vergüenza contestar las preguntas que le hacían lectores entusiastas sobre sus dos amigos. La gente componía a su manera máscaras, rostros, defectos y virtudes de los dos escritores, parodiando, exaltando y corrompiendo el tejido vital de su memoria. Incluso Marcos, cuando los evocaba, tenía la hiriente impresión de deformarlos.
El hecho de no haberlos visto muertos lo ayudaba a mantener la ilusión de que algún día tal vez tropezaría con ellos en una playa, en una biblioteca o en la entrada de un hotel (por alguna razón estos tres lugares le parecían los más satisfactorios para el encuentro), pero poco a poco comenzó a aceptar que las páginas llenas de letra impresa eran lo único que podía esperar de los dos.
A mediados de los años 90 el parque y el malecón junto al río fueron cercados, para impedir el paso de los vagabundos. Por esa época, y cerca de este lugar, Marcos tuvo una aventura relacionada con la inclinación a hacer favores que le había ganado con sus dos amigos el apodo de el santo. En realidad ni siquiera sabía por qué acababa siempre ayudando a la gente; ignoraba si era debilidad, sentimentalismo o nobleza, o una manera de compensar su oculto desapego, o de disimular su frigidez.
Luego de una función de cine, cuando se encendieron las luces, una mujer de unos 40 años, desparramada sobre la luneta, dormía con la boca abierta, roncando aparatosamente; al pasar junto a ella, Marcos sintió un fuerte olor a licor. En los pasillos y las filas de asientos se amontonaban vasos, servilletas, rositas de maíz, restos de pan, mostaza y encurtidos, como si en vez de una simple película, en el local hubiera tenido lugar una orgía; la mujer misma, que a pesar de su estado se hallaba elegantemente vestida, parecía una figura de bacanal. Marcos se inclinó sobre ella y le tocó un brazo.
-‑Señora, la película se terminó.
La mujer entreabrió los ojos y de súbito se puso de pie, impulsada por una extraordinaria energía. Agarró su cartera febrilmente y salió del local dando tumbos, sin mirar a Marcos. En el estacionamiento vacío la mujer daba vueltas tratando de orientarse.
-‑¿Usted vino en su carro? ‑-preguntó Marcos, acercándosele con cautela.
La mujer se negaba a contestar. Miraba hacia los árboles, hacia las vacuas paredes del teatro, y luego echaba un rápido vistazo a sus zapatos, al parecer pesando el pro y el contra de sus movimientos.
‑-Si usted vive cerca de aquí puedo llevarla a su casa. Do you speak Spanish?
La mujer asintió con la cabeza. Sacó de la cartera una polvera y un creyón de labios y se maquilló un poco. Luego, trastabillando, se paró frente a Marcos y le dijo:
-‑Yo vengo de otro mundo.
‑-No lo dudo. Pero ahora está en Miami. ¿Dónde vive usted en Miami?
La mujer hizo un gesto de desdén, mientras se peinaba con los dedos.
-‑Todos se fueron y me dejaron sola. Mis hijos, mi marido. Todos me odian porque saben que yo vengo de allá, de un lugar donde todo es distinto.
-‑Yo también vengo de un lugar donde todo es distinto. Usted está borracha, ¿no? Dígame dónde vive y la dejo en su casa. O si quiere puedo llevarla al detox, una clínica para la gente que tiene problemas de alcoholismo. Allí la van a ayudar.
Marcos había dejado de beber y de consumir drogas, y siempre que podía hacía con discreción algún proselitismo.
-‑Yo no tengo ningún problema de alcoholismo -‑espetó la mujer, mostrando las manos cubiertas de anillos, como si las joyas (obviamente falsas) fueran su incontestable garantía contra el vicio‑-. ¿Usted se imagina lo que es tener un gato, un solo gato, lo único que tengo en el mundo, lo único que me ha sido fiel, y que vengan unos perros furiosos y lo maten?
Marcos tosió levemente.
‑-Qué lástima, eso es...
--¡No me diga que es karma! ‑-gritó la mujer, amenazante.
-‑Yo no le he dicho nada ‑-dijo Marcos, dando un paso atrás. El aliento de whisky lo mareaba.
La mujer respiraba agitada; sus senos batallaban contra la tela ceñida de la blusa.
-‑Yo conozco esa historia, yo conozco esa historia ‑-dijo la mujer, y comenzó a registrar con afán su bolso de gamuza‑-. Todo el mundo viene con lo mismo. Las lagartijas matan a las moscas, los gatos matan a las lagartijas, los perros matan a los gatos, los hombres matan a los perros, los hombres matan a los hombres. Y Dios los mata a todos. ¿O es el diablo el que mata? ‑-y cerrando con brusquedad el bolso, agregó mirando fijamente a Marcos‑-. Pero yo soy la dueña de mi propio destino. Yo vine aquí porque quise, nadie me trajo, nadie me obligó. ¿Que me equivoqué me va usted a decir? Es posible, sí, es posible. Pero yo asumo la responsabilidad por mis actos. Hasta el final, óigame bien: hasta el mismísimo final.
Marcos parpadeaba y tragaba saliva, pero al fin logró hablar con firmeza:
‑-Todo eso está muy bien, me parece muy digno, pero ahora tengo que irme. ¿Usted tiene dinero para un taxi?
‑-¿No me dijo que me iba a llevar a mi casa? Yo vivo al lado del downtown.
En el asiento del carro, junto a Marcos, la mujer volvió a maquillarse sin dejar de hablar.
‑-¿Usted conoce el mundo, la gente? Le estoy hablando del mundo de verdad, la gente de verdad. Yo he vivido en cuatro países, fíjese bien. Y tengo cuarenta y cinco años, aunque todo el mundo dice que parezco más joven.
-‑Es cierto que parece más joven ‑-dijo Marcos, que sujetaba el timón con brazos rígidos, conduciendo con extrema lentitud, como si la velocidad pudiera complicar aún más su situación.
En ese instante la mujer se volvió completamente hacia él y le clavó en el hombro la punta de un seno, como una pistola.
--Usted es un hombre inocente --dijo, sonriendo por primera vez--. ¿Nunca se lo han dicho, que usted es un hombre inocente? ¿Es una pose, o usted es inocente de verdad?
‑-No tanto ‑-dijo Marcos, un poco más seguro de sí mismo, y sonriendo también-‑. No tanto.
-‑Usted se parece al primer esposo que yo tuve ‑-dijo la mujer, y agregó suspirando-‑. Yo misma lo maté.
Marcos frenó de golpe.
-‑Usted no debe tomar. La bebida le hace daño, no sabe lo que habla.
La mujer, recuperándose de la sacudida, se echó a reír y se pasó la mano por la cara. A Marcos le pareció que trataba de cambiar sus facciones, o tal vez de borrarlas.
-‑Era un chiste, joven. Yo sería incapaz de matar a una mosca. Y menos a ese hombre. Nos separamos amistosamente, no he vuelto a saber de él. Fue mi primer amor.
El automóvil arrancó de nuevo, imponiéndose a la poca voluntad del chofer. Pero antes de llegar al puente levadizo de Flagler, como si obedeciera finalmente al ánimo del dueño, comenzó a resoplar, a cancanear, hasta que el motor se apagó de repente.
-‑Se recalentó ‑-dijo Marcos-‑. Le pasa a cada rato, ahora hay que esperar a que se enfríe.
‑-Mi casa está cerca -‑dijo la mujer-‑. A la bajada del puente. Puedo ir caminando.
-‑Si quiere la acompaño.
-‑Gracias, se lo acepto. De noche este barrio no es de los mejores.
La mujer había adquirido de pronto un aspecto sobrio, que Marcos atribuyó al aire que había entrado por la ventanilla durante el viaje. Con el creyón revivió una vez más sus labios finos, y con el lápiz oscureció sus cejas, antes de bajarse con un gesto decidido del carro, cuyo capó había empezado a humear.
Sin embargo, mientras cruzaban el puente, la mujer no acababa de hallar el equilibrio. Marcos le ofreció el brazo, que ella sujetó con timidez, diciendo:
‑-Me llamo Irene.
Marcos se presentó formalmente, con nombre y apellido. Estuvo incluso a punto de decirle que era escritor, pero decidió callarse: su primer libro, escrito en otra década, había entrado en la imprenta la semana pasada, y era posible aún que un accidente impidiera su publicación. Frente a ellos los imponentes edificios del downtown y la intrincada madeja de autopistas refulgían con frialdad.
La mujer vivía junto al río, en una vieja casa de madera de dos plantas, rodeada por un jardín en el que sobresalía un rosal. Pese a sus dos pisos era sumamente pequeña, con un aire artificial, como si en vez de vivienda fuera una simple muestra de un estilo arquitectónico pasado de moda, que había sobrevivido a las demoliciones para quedar como objeto de curiosidad. Luego de esfuerzos fallidos con la llave, la mujer consiguió abrir la puerta.
‑-Si quiere tomarse un trago...
‑-Yo no tomo ningún tipo de bebida alcohólica. Pero si tiene otra cosa, algún refresco.
Ambos gesticulaban vacilantes en el oscuro portal.
-‑Debo tener algo, pase. No se fije en el reguero. Yo me mudo mañana, me voy para Nueva York.
Pasaron por encima de cajones, de muebles apilados. La mujer comenzó a subir las escaleras; sus muslos eran firmes y su ropa interior tenía un brillo rosado. Marcos la siguió, sintiendo un asomo de erección y pensando que sus impulsos sexuales nunca obedecían a lo previsto.
Llegaron a un saloncito desordenado, donde todo parecía recubierto por una piel de polvo; Marcos, después de mirar por la ventana abierta al río cercano, se sentó con precaución, como si el sillón pudiera hacerse añicos bajo su peso. La mujer comenzó a trajinar en el cuarto de al lado, canturreando.
‑-Tengo jugo de manzana ‑-anunció desde la puerta.
‑-Sí, sí ‑-dijo Marcos, ansioso. Ahora observaba una pieza sobre la mesa de centro: un barco enorme tallado en madera. Diminutas figuras de vidrio representaban marinos trabajando en la cubierta, o en actitud reflexiva sobre la pasarela y el castillo de popa. Uno de ellos decía adiós con la mano. Una cabra y un mono en miniatura se asomaban a través de la escotilla entreabierta.
‑-Es todo lo que queda del jugo ‑-dijo la mujer, sentándose frente a Marcos y alcanzándole un vaso, mientras bebía de otro un líquido transparente. Marcos olió el contenido del suyo y probó un sorbo.
-‑Sabe bien, este jugo. ¿Usted qué toma?
-‑Agua.
‑-¿Agua o vodka?
-‑Usted quiere saberlo todo, precisarlo todo ‑-dijo la mujer, torciendo la boca.
‑-A mí me da la impresión de que usted podría tener un problema -‑dijo Marcos con voz respetuosa, mientras se inclinaba hacia adelante-‑. Tal vez yo podría ayudarla. Yo también tuve durante muchos años un problema con el alcohol.
-‑No se trata de mí ni del alcohol, se trata de la gente -‑dijo la mujer con agresividad‑-. De la chusma, la canalla, ¿me entiende? Aunque los cultos y los inteligentes son a veces peores. En Nueva York voy a aislarme de todo. Una tía me va a prestar su apartamento por seis meses. Ella viaja de un lado para otro, tiene dinero, puede darse ese lujo. Aunque tampoco es feliz.
‑-La paz viene de adentro ‑-dijo Marcos, en un tono apagado. Luego preguntó abruptamente‑-. ¿Quién le regaló ese barco, o dónde lo compró? Es un objeto curioso, muy bien hecho.
En ese instante unos perros comenzaron a ladrar desaforadamente en el jardín. La mujer se levantó frenética y corrió a la ventana.
-‑¡Esos son los malditos que me mataron el gato! -‑chilló.
Y luego de beber de un solo golpe el líquido del vaso, bajó atropelladamente por la escalera.
-‑¡Tenga cuidado! ‑-dijo Marcos, poniéndose de pie.
Al momento los gritos de la mujer se mezclaron abajo con los ladridos de los perros. Marcos se asomó a la ventana irresoluto, como si se inclinara sobre el brocal de un pozo. En el jardín, armada con una escoba, la mujer perseguía a los animales, insultándolos en inglés y español, golpeando los arbustos, hasta que la jauría se perdió calle abajo. Una luna rebosante surgía al final del río. La inercia de los techos y las calles no guardaba relación con el tumulto de luces veloces que circulaban por las autopistas encima de la ciudad, ni con el furor de la mujer, que tambaleante continuaba gritando y agitando la escoba.
Marcos sacó la cabeza por la ventana y le dijo:
--Cálmese, ya se fueron.
La mujer miró hacia arriba como si no lo reconociera, y después de una pausa entró en la casa. Pero a los pocos minutos apareció de nuevo en el jardín, con una vasija de metal en la mano, y comenzó a regar la hierba y los arbustos.
-‑¿Qué hace? -‑preguntó Marcos-‑. Yo tengo que irme, es tarde.
La mujer no contestaba, concentrada en su tarea. Del otro lado de la cerca, en un solar cubierto de maleza, un gato merodeaba interrogante. De repente Marcos percibió el penetrante olor a gasolina y corrió a la escalera. Al salir con precipitación estuvo a punto de perder un zapato. Una explosión estremeció el jardín, que al instante se alumbró vivamente con un voraz fulgor de lengüetas rojizas. Las arecas emitían un crujido. Las llamas crepitaban siguiendo la línea zigzagueante del líquido vertido, trazaban brutalmente surcos erráticos en el rosal, desguazaban los tallos y las flores, ennegrecían la hierba. El vaho de la candela se propagaba con velocidad, enardeciendo el aire.
Cuando ya estaba en el medio de la calle, Marcos recordó el nombre de la mujer y gritó:
-‑¡Irene!
Pero la mujer se había desvanecido. El echó a andar de prisa por la calle vacía, dobló sin titubear por la primera esquina y no se detuvo hasta llegar al puente, donde prevalecía una ominosa quietud. A la mente le venía una frase leída en alguna parte: "Las llamas impulsadas por la brisa de la medianoche". De pronto sirenas de bomberos y carros policiales vociferaron desde distintos sitios, estridentes, chirriantes.
A medida que Marcos subía el puente, el resplandor del incendio a sus espaldas se iba envolviendo de ráfagas negruzcas; nubes voluminosas se adentraban en el hirsuto entramado de columnas que sostenían a las autopistas. Pero él apenas miraba hacia atrás.
Ahora rozaba los penachos de palmas que crecían junto al puente, las copas húmedas de robles y pinos que se remontaban hasta la alta baranda. Las hojas empapadas de rocío dejaban en los dedos unas gotas viscosas. Proas y mástiles se congregaban abajo, en actitud de espera, como piezas de una conspiración, mientras en los atajos a la orilla del río se oxidaban pedazos obscenos de chatarra. Los faros de un avión volaban quietamente encima de los techos, de los árboles que prosperaban en la llanura urbana; las luces de los embarcaderos culebreaban en la capa de agua y penetraban arrastrando hasta el fondo cuerdas de color. A la izquierda del río, los altos edificios del downtown se alzaban como un dique de hormigón y cristal. El bramido de un buque se acercaba con lentitud, cruzando los meandros.
Marcos miró desde la altura el malecón donde una vez se había reunido con sus dos amigos. Esta noche la gigantesca luna difuminaba las estrellas, pero aún era posible distinguir algunas. En aquella ocasión, cuando los tres estaban tendidos sobre el muro, una atravesó el cielo como una chispa sobre sus cabezas. Marcos recordaba lo que él había pedido. Pero lo que pidieron los otros dos, o si lo que pidieron les fue concedido, eso él no iba a saberlo jamás.
Ilustración: Desembocadura del río Miami (1935).
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 13/10/2007 13:32
Flamingo Style, y el buen Eros
Jorge Ferrer | 12/10/2007 15:30
UPDATE:
Carlos Victoria
Camagüey, 1950 - Miami, 2007
EN PAZ DESCANSE
Spencer Tunick se divierte en Miami. Un tipo con menos imaginación que Soledad Cruz, que ya es carecer. Al menos, la carrera de la segunda deja espacio a las sorpresas. Tunick, en cambio, es un voyeur sin hondura.
En Miami, se entretuvo con el mismo rosa de los flamencos al que ya sucumbió Christo cuando enmarcó aquellas islas de Biscayne Bay. Fue tan predecible como una respuesta de Huber Matos o Iroel Sánchez, por poner ejemplos.
Pero he de reconocer que tuvo un momento de inspiración. Una magnífica fotografía que podría llevar por título «Replicantes en el condominio».
En la Barbican de Londres inauguran esta tarde la exposición Art & Sex from Antiquity to Now.
« Over 18s only. This exhibition contains work of a sexually explicit nature », se repite por cada rinconcito del espacio que le dedican en el site. Una cautela ridícula que muestra la ignorancia de pacatas instituciones y castradores gobiernos ante la revolución que se ha producido en los últimos años en las relaciones entre los adolescentes y el arte.
«Queremos que Londres solo piense en sexo durante los próximos tres meses», dijo ayer la comisaria Marina Wallace.
Bueno, no TODO Londres, ciertamente. Los menores de 18 años podrán ocuparse de pensar en cómo colarse en la Barbican a ver los grabados eróticos de Rembrandt o asistir a un Quickie sobre el Manga…
Pablo Picasso, Le douleur, 1903. Cortesía del Metropolitan Museum of Art, New York.
Tracey Emin, Is Legal Sex Anal?, 1998. Photo Stephen White © Tate, London 2007. Courtesy the artist and Jay Jopling/ White Cube (London)
Nobuyoshi Araki, From Erotos, 1993
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 12/10/2007 16:05
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