Pasado, libertad y Testigos de Jehová
Jorge Ferrer | 16/08/2007 13:06
Raul Hilberg murió la pasada semana. No supe de su muerte hasta hoy. Hilberg es el autor de la monumental obra La destrucción de los judíos europeos (1961; ed. aumentada, 1985), piedra angular del edificio de estudios sobre la Shoah.
Cuando alguien me pregunta qué consultar para una rápida comprensión de la magnitud del Holocausto, lo remito a ese libro de Hilberg, ahora disponible también en español, y a Shoah, el documental de nueve horas y media que rodó Claude Lanzmann y apareció en 1985.
Lo de «rápida» es trampa. A las anotadas horas de Lanzmann hay que sumar las más de 1.200 páginas del libro de Hilberg.
Entre esos dos hitos está todo lo que hay de preciso y factual acerca de los insondables límites de la razón totalitaria. Después, claro, conviene leer a Giorgio Agamben (Homo sacer III), donde se indaga sobre el por qué ni evidencias ni testimonios permiten una comprensión cabal del horror.
La última vez que abrí “el Hilberg” fue para indagar sobre los datos relativos a los Testigos de Jehová recluidos en los campos. Los Bibelforscher, como se les conocía en Alemania. En comparación con otros colectivos, se trata de un pequeño grupo de presos -entre 2000 y 2500 de los inquilinos de los campos. Los identificaban un triángulo de color púrpura cosido a la chaqueta de guata y una suerte de mansedumbre activa.
Había también otra marca distintiva que los separaba de los cientos de miles de presos en los campos: hasta muy poco antes del fin de la guerra, los Testigos de Jehová podían abandonar los campos en cuanto lo desearan. Para recoger el petate y salir a la calle, bastaba que firmaran un documento de abjuración de su fe, que la conviertieran en pasado:
Campo de concentración................................
Departamento II
DECLARACION
Yo .........................................................................................
nacido (a) en ........................................................ ...............
el ...........................................................................................
por la presente hago la siguiente declaración:
1. Me he dado cuenta de que la Asociación Internacional de Estudiantes de la Biblia proclama enseñanzas erróneas y de que al amparo de la religión persigue fines hostiles al Estado.
2. Por lo tanto, he dejado por completo esta organización y me he liberado totalmente de las enseñanzas de esta secta.
3. Por la presente doy constancia de que nunca volveré a participar en actividades de la Asociación Internacional de Estudiantes de la Biblia. Denunciaré inmediatamente a cualquier persona que me aborde con las enseñanzas de los Estudiantes de la Biblia, o que de algún modo manifieste tener relación con ellos. Toda publicación de los Estudiantes de la Biblia que reciba en mi casa la entregaré de inmediato al cuartel de policía más cercano.
4. En el futuro mostraré mi aprecio por las leyes del Estado; especialmente en caso de guerra defenderé, con arma en la mano, a la patria, y me uniré, de todo modo posible, a la comunidad.
5. Estoy al tanto de que si actúo contrario a la declaración hecha por mí hoy, se me pondrá nuevamente en prisión preventiva de inmediato.
.........................................................................., Fechado......................................
..................................................................................................................................
Firma
No obstante, se estima que entre 1000 y 1400 Testigos de Jehová murieron en los campos de los que podían salir siempre, incluso cuando extenuados o enfermos se sabían firmes candidatos para entrar al crematorio.
Apenas unos pocos abjuraron. Los más tuvieron que resistir, además, el odio con que los trataba el resto de presos, aquellos que no tenían más alternativa que la muerte y se rebelaban contra una tozudez de la que los testigos decían era voluntad divina.
Admito que no sé muy bien qué hacer con esos hombres y mujeres que preferían la muerte a la abjuración de una fe de la que yo descreo. Hay algo heroico a la vez que insensato en ese fanatismo rendido a la predestinación. Y hay algo criminal en su elección de vivir como presos, cuando podían ser hombres y mujeres libres y cultivar su fe en secreto, a la manera de los criptojudíos españoles o los Dönmeh turcos.
Insoluble misterio: el cómo se renuncia a la libertad en favor de convicciones, también las falaces, que no se quiere relegar al pasado.
-Oye, yoyi, ¿viste que un comentarista exigió que reveles tu pasado?
-¿Qué pasado?
-No sé… El que tengas…
-¿Te acuerdas de la novela El pasado, de Alan Pauls?
-¿?
-Decía Pauls que el título le encantaba porque le divertía imaginar la cantidad de frases curiosas capaces de generar…
-¿?
-¿Conoces “el pasado” de Alan Pauls? ¿Qué opinas sobre “el pasado” de Alan Pauls? ¡Mira que me he reído con “el pasado” de Alan Pauls! ¡Aburridísimo “el pasado” de Alan Pauls”. Etc., etc.
-Y eso ¿a qué viene?
-Y ¿a qué viene preguntar por “mi pasado”?
-Bueno, porque va y eso le da pistas al otro que pregunta si es verdad que cierras el blog.
-Ah…
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 16/08/2007 13:43
Octavio Armand: vida de Orlando García, y Posada, y Castro I
Jorge Ferrer | 15/08/2007 0:15
De entre los escritores cubanos vivos, quizás sea Octavio Armand el dueño de la mayor capacidad para producirme asombro y deslumbramiento.
Los mismos que me produjo la lectura de este “El acto gratuito” que inserto hoy aquí, un texto armado en torno a lo que, dice, fue su “amistad improbable” con Orlando García, esquivo personaje de nuestra historia reciente.
Desfilan por este texto, en el que, me avisa Octavio, nada hay de ficción, figuras del exilio cubano, comandantes de la revolución, presidentes de naciones del Caribe, políticos de la etapa republicana.
Y hay impagable relato del regreso de Orlando García a La Habana, cuando por encargo de Carlos Andrés Pérez viajó en 1989, en tanto Jefe de los Servicios de Seguridad de Venezuela, a coordinar una visita de Fidel Castro a Caracas. El encuentro de esos dos viejos militantes de la gangsteril «Unión Insurreccional Revolucionaria»…
Se trata de texto extenso, de manera que inserto aquí avance más enlace a .pdf con la versión íntegra. Recomiendo vivamente imprimir y leer sobre papel.
Naturalmente, agradezco a mi fraterno Octavio la cortesía de ofrecernos este texto inédito.
Más abajo, para quienes poco sepan de Armand y sus últimos libros, copio reseña que escribí de El aliento del dragón, libro suyo de ensayos, que apareció publicada en el #44, el corriente, de la revista Encuentro, cortesía que agradezco a sus editores.
El acto gratuito
Por Octavio Armand
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido; que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Don Quijote de la Mancha, Primera parte, Capítulo XXXVIII
1
Lo conocí cuando le quedaban pocos amigos. Muy pocos. Alejado del poder, se alejaron panas y altos panas, cuates y ñeros, manos y hermanos del alma, cachanchanes y apapipios rebuscones, todos indignos del puente tendido, la puerta entreabierta, la promesa cumplida, la vida arriesgada, el favor, el inmenso favor, la protección, la ayuda, la ayudita, la recomendación, el olvídalo, no es nada con que borraba montones de deudas pendientes.
Durante el shogunato de Cara de mono hubiera sido capaz de cortar a un adversario en dos de un solo tajo, como si fuera el primer trazo del delicado ideograma neko, que es gata, gato, gatas o gatos; y luego conmoverse minutos después, la respiración apenas alterada por la caligrafía definitiva y violenta, ante un espléndido arreglo floral, todo mientras se encamina a una ceremonia del té donde no desentonará al alabar el esmero de la anfitriona, cortesana de resistente madurez que todavía aspira a las caricias del señor. Sirviendo a un veneciano, su arrojo y lealtad lo hubieran excepcionado como primus inter pares al sumarse a los mejores condotieri, sin que las órdenes cumplidas le negaran párpados ante un vidrio recién fundido o los rosetones y ojivales de una catedral. Hubiera podido ser íntimo de Borges y del gaucho Martín Fierro, aprendiendo indistintamente costumbres de mar adentro en las kenningar y aforismos de la pampa en el manejo del facón. Pero como destino le tocaron nuestros días de repúblicas escasas y abundantes presidentes. Salvó la vida de varios -- a un par de ellos en más de una ocasión --, que lo honraron con su asombro y acaso su amistad. Al hacerlo, a veces tuvo que matar. Quizá algunas noches sintió que lo rondaba una sombra ansiosa por vengar el cuerpo que él le había arrebatado. Si así fue, prendería otro cigarrillo, nunca las luces: no era hombre que temía fantasmas. Tampoco a los enemigos que le habían jurado la muerte; muchos tan osados como él y muy capaces de sorprenderlo durante los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos de cada veinticuatro horas.
2
Don Quijote pudo sopesar con admirable tino la diversa fortuna de soldados y letrados porque no existían muros infranqueables entre las armas y las letras cuando pronunció su curioso discurso. Recordar a Garcilaso de la Vega, Hernán Cortés, Bernal Díaz, el propio Cervantes o Francisco de Quevedo, tan temible por la pluma como por la espada, es reconocer que en el pasado armas y letras no siempre fueron ejercicios dispares. Tras este puñado de nombres, y aun guardando las enormes distancias, ruboriza decir que hoy lo son; y que ni a Orlando García ni a quien esto escribe les tocó ser diestros en ambos. El lo fue en el suyo. Y mucho. Yo he insistido en el mío, con menos gracia y poca suerte. Entonces ¿cómo pudieron acercarse armas y letras sin que se derramara la tinta ni se mellara el acero?
Recojo algunos recuerdos de lo que fuera una amistad improbable. Muchos ya los he compartido en largas conversaciones, sobre todo con gente dispuesta a escribir acerca de Orlando García para que se le conozca mejor, como merece. No más: mejor. Está en un claroscuro del cual dificilmente podrá salir. Pero es injusto que solo se recuerde, multiplicada y mal entendida, la violencia que caracterizó gran parte de su vida. Y es vergonzoso que la maldad o la ignorancia lo tilden, por ejemplo, de ladrón o batistiano. Si hubiera querido robar lo hubiera podido hacer a manos llenas. Durante muchos años estuvo al lado del poder en un país donde esa proximidad rara vez deja de ser una mina. Hay poco Alí Babá aquí; y muchos múltiplos de cuarenta ladrones, aunque se les suele llamar empresarios, políticos, sindicalistas, magnates, banqueros, doctores, generales por lo general de tres o cuatro eclipses, por magia magistrados y por suministros de cualquier cosa ministros de gabinete. En cuanto a batistiano, lo fue al revés: antibatistiano furibundo desde antes del 10 de marzo del 52, fecha en que ese sargento en su sombra y general en nuestro asco dio su cuartelazo, hasta el 24 de julio del 2005, cuando murió en la ciudad de Miami, lejos de sus tres patrias: Cuba, Costa Rica y Venezuela.
Ese día yo lo llamé por la mañana. No lo había hecho en un mes. O más. Ya estaba muy enfermo y quería darle un último y lamentablemente remoto abrazo. Lo que sucedió se lo conté a Fausto Masó en un email del mismo 24 a las 09:45 p.m., pues tampoco él respondió al teléfono o al celular: "Decidí llamar a Orlando García, pensando que quizá sería la última vez que hablaría con él. Una despedida, pues. Me contestó una mujer. Sabía -- por la voz -- que no era Lucy, su mujer. Pedí hablar con Orlando. Me preguntó de parte de quién. Le dije. Y entonces: Ay, señor, él murió hoy a las tres de la madrugada. ¿Qué tal?"
Fausto fue el primer periodista en enterarse. En su columna de El Nacional del sábado 30 de julio recordó a Orlando. Varias veces le había sugerido que lo fuera a conocer en uno de sus viajes a La Florida. Tenía quizá la misma renuencia que en algún momento yo también tuve. El personaje te va a resultar muy interesante y la persona muy agradable, insistía. Lo mismo le había dicho a Orlando. Era sincero mi deseo de que se conocieran. El periodismo de Fausto -- hijo del historiador Calixto Masó -- es una vocación pero también una genética. Impensable que le faltase curiosidad por un protagonista excepcional de la vida cubana y venezolana de las últimas décadas. Por otra parte, para la soledad de Orlando, que aunada al acelerado deterioro de la salud comprometía su ánimo, la visita de Fausto sería un alivio. Y lo fue.
Unas botellas de whisky, contesté a su qué le llevo; pero evita vaciarlas con él, añadí jocoserio. Ve solo, no creo que Orlando rime bien con la calle 8. Eso un par de días antes del encuentro. El día del encuentro una llamada de Miami: tenías razón, gracias. Era el periodista. Luego otra: tenías razón, gracias. Era el inactivo hombre de acción. La nota publicada en El Nacional concluía que al final de la vida de Orlando su mejor amigo era un poeta. Solo puedo ratificar como veraces las últimas dos palabras; y la extrañeza, subrayada solo que de forma tácita, de que ciertamente hubo amistad entre un poeta y un hombre de acción. Un puente difícil, casi imposible, entre las armas y las letras.
Pocos meses después se publicó algo sobre Orlando García en la revista Exceso. Lo firmaba una joven periodista venezolana, Andrea Daza. En su investigación había hablado con varias personas, entre ellas Fausto, con quien volvió a conversar poco después de la aparición de su artículo, en octubre del 2005: quiero conocer a ese poeta amigo de Orlando, pues volveré a escribir sobre él. Así fue como Fausto le dio mi nombre y Mefisto la recibió con muchísimo gusto en casa. Tanto a Andrea como a Román Rojas Cabot, admirador del cubano, les he repetido lo contado al hijo de Calixto Masó. Me complace que los tres escribirán sobre ese amigo que merece mejor prensa, como se dice en el argot. A los tres les aseguré que no tenían que mencionarme. Lo cual ha dado lugar a equívocos. ¿Por qué te borras?, me ha preguntado recientemente un visitante que ya ronda lo habitual pero no conoce a esos tres periodistas ni por lo visto a mí. ¿Será que te avergüenzas de esa amistad? No así. Con estas páginas respondo a tan peregrina ocurrencia.
El acto gratuito. Octavio Armand
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Alientos de Armand
Por Jorge Ferrer
Octavio Armand, El aliento del dragón , Ediciones de la Casa de la Poesía J. A. Pérez Bonalde, Caracas, 2005, 166 pp.
Una mitad memoria
y otra olvido.
¿Cuál es cuál?
Del poema “Autorretrato sin mí”, en Origami (1987)
En algún lugar, Octavio Armand (Guantánamo, 1946) cuenta cómo comenzó a escribir en 1959, entre dos exilios, el que alejó a su familia por unos años de la Cuba batistiana y el que lo privó ya definitivamente de Cuba, poco después del afianzamiento revolucionario. Armand, un escritor con obra mayúscula, es uno de tantos escritores cubanos cuya obra, despojada de asiento en la historia literaria de la isla, requiere, y merece, de una vindicación por vía del conocimiento.
No se trata, sin embargo y ni de largo, de un escritor desconocido. Muy por el contrario, la obra de Octavio Armand se ha publicado en prestigiosas editoriales de España y Venezuela, entre otros países, y ha recibido una atención crítica de la que dan testimonio estudios como Octavio Armand y el espejo, o América como ucronía, de Luis Justo (Poket, Caracas, 1988) o el exhaustivo Conversación con la esfinge (una lectura de la obra de Octavio Armand) (Buenos Aires, 1984), de Juan Antonio Vasco, además de centenares de artículos y ensayos desperdigados por revistas académicas de las dos orillas del Atlántico.
Sus andares por la geografía americana, entre Nueva York y Caracas, han insuflado a su poesía, vasta y valiosa, aires diversos, que van desde los afanes postmallarmeanos de sus primeros libros hasta la rotunda madurez de la Biografía para feacios (Pretextos, Valencia, 1980), aunque tales traslados, que son también transportes, no han menoscabado la unidad de una obra poderosa a la vez que evanescente, como ese dios Cronos que parece regirla. Unidad que extiende su vocación abarcadora a la ensayística armandiana, recogida en un puñado de libros de veras fundamentales.
Esos ensayos, mucho menos conocidos que los poemas, han sido escritos y reescritos desde la misma beligerancia que Armand ejerce contra toda palabra. He comprobado, sin embargo, que muchos lectores de la poesía de Armand desconocen su obra ensayística, de la que El aliento del dragón recoge textos escritos, mayoritariamente, en torno a 1990, más una valiosa guinda.
El inicial desconcierto que provoca la lectura de estos ensayos más recientes no se ve atenuado ni siquiera por el conocimiento de aquel magnífico Superficies (Monte Ávila, Caracas, 1980), donde Armand se adentra en el arte del ensayo con bien fundamentadas ínfulas que, en la literatura cubana, ensayaron sólo Lezama Lima y Severo Sarduy. Tal vez, también Calvert Casey, aunque el autor de «Hacia una comprensión total del siglo XIX» lo hiciera más sujeto a la tiranía del género, en su pulsión más académica.
Superficies es libro fundamental para asomarse al propio asomo, que será más tarde decisivo adentrarse, de Armand en la tradición de una literatura y una tradición propias, a las que se entretendrá en sumar, como adherencias con vocación de adyacencias, las de sus díscolas lecturas, ocas capitolinas que le iban anunciando, aquí y allá, qué incorporar y cómo incorporarlo. Así, en aquel Superficies encontramos, como de pasada, uno de los más agudos ensayos escritos sobre Rafael Zequeira, «El centro descentra: los simétricos enlaces de Zequeira (ensayo de ensayo con esquema para profesores)», como en Los años de Orígenes, de Lorenzo García Vega, nos topamos con el magnífico, por atrevido y problematizador, «La opereta cubana en Julián del Casal». Ambos libros, por cierto, publicados en las mismas prensas, las de Monte Ávila, y en años sucesivos. Deudores los dos de la magnífica labor del poeta Juan Sánchez Peláez en la dirección de la ya fenecida editorial caraqueña.
Es precisamente en Caracas donde Octavio Armand sienta residencia en 1990, tras varias décadas viviendo en Nueva York. De la impronta en su obra que significaría ese reencuentro con el ámbito americano y caribeño, Armand dice en una entrevista concedida a Leandro Morales: “Venezuela me permitió vivir no sólo otro espacio sino otro tiempo, uno menos frenético que el de Nueva York. Para colmo, dentro de ese otro tiempo donde me instalé, me perdí en sus raíces, el laberinto de lo precolombino, que busqué ávidamente, como si así pudiera burlarme del desarraigo. Aquí no sólo he podido ser cubano sino taíno. Una experiencia que es parte decisiva de la vanguardia, tal como yo la entiendo. Lo artesanal, lo chamánico, lo sagrado, lo primitivo, se suman a Apollinaire y Huidobro, a Duchamp y Dadá” (Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 36, Primavera de 2005, p. 236).
Los doce magníficos ensayos que conforman El aliento del dragón fueron escritos a lo largo de veinte años de acarreo con la mitología americana. En “Suma cum fraude” (1989), “Salta Lenín el Atlas” (1989), “América como mundus minimus” (1990) y “Las pesadillas de Solino” (1989), Armand indaga las cifras de aquella «invención de América», que dijo Edmundo O’Gorman, escrutando claves renacentistas, hurgando en el reverso de la razón que se abría paso hasta topar con la imposible doma del paisaje americano. Cuestiona, así, el ser europeo y el definitivo a la vez que balbuceante ser americano, en tanto testimonio de una imposibilidad de las aplanadoras mañas del cogito. «Desde cualquier parte se levantan por igual los ojos al cielo» es la divisa que esgrime Armand, planteando una ecuación donde todos los múltiplos nos apuntan con perfiles de un acuciante clasicismo.
«Una cosa es perderse en un mapa y otra cosa, muy distinta, entrar sin mapa al territorio y pasear frente a la risueña dentadura del caníbal», escribió Armand a propósito de su lectura de Lezama Lima. Algo parecido experimentará el lector de «Los gritos de Tagliacozzi» (1989) o «El corazón como espectáculo» (1989), donde los paisajes americano y europeo será confrontados ante el tribunal de la estética y la medicina barrocas. La violencia de la disección y la coartada de la autopsia, entrampadas como dos mundos distintos en busca de semejanza o autor que las eleve al altar de una taxonomía común.
Van Gogh, pero también Rembrandt, en «Una lectura de la luz» (1981), Aristóteles, en una incursión sobre la mirada del filósofo, el pintor y el teólogo en «Teatro de sombras» (2001), y, por último, una divertida y sagaz incursión en François Villon, con la excusa de una charla en la Sociedad Psicoanalítica de Caracas, «Lacan te ve» (1998), acompañan los ensayos sobre América, como quien enmarca magnífico lienzo ayudándose de maderas firmes, y no menos sugerentes.
Por último, «La poesía como erub», texto leído por Armand en 1985 en ocasión del Festival de New Latin American Poetry que tuvo lugar en Colorado. Un texto capital para cualquier tiento con la, si se quiere, metafísica del exilio cubano. «Cuando yo regrese a Cuba, si es que regreso a Cuba, pediré a Christo que cerque la isla entera con un erub. Que la envuelva para regalo. Que sea al fin para todos. Mientras tanto la poesía del exilio podría servir de vallado. Hilo de alambre, arquitectura, morada, ciudad amurallada: Jerubsalén: con la palabra quizá se pueda ampliar la casa. Quizás sea posible hacer del traslado en sí un domicilio. O intentarlo.» Medio Octavio Armand en toda una profesión de fe.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 15/08/2007 16:20
Felicidad / Happiness
Jorge Ferrer | 14/08/2007 13:12
Barcelona, según el informe State of the European Cities, es “núcleo de conocimiento”. El anuncio me ha hecho recordar aquel "knowledge is happiness" de Jefferson.
Pero hay informes que se ocupan de medir otros índices, claro. Y artistas del grafitti que no lo ven tan claro y lo dejan dicho por las calles del Barrio chino.
Happiness, del imprescindible Todd Solondz
–Oye, por poco el comandante en jefe te jode el post de ayer.
–¿?
–Ah, ¿pero no sabes que hay serios rumores de que está a punto de estirar la pata?
–Los conozco, sí. Ruedan desde hace diez años…
–Que no, asere. Ahora la cosa es firme… Dicen que una septicemia nos trae la felicidad...
–Agonizar, no agoniza. Hoy anuncian “reflexión” seriada. Espera que te lo leo... “Una profunda reflexión del Comandante en Jefe titulada El imperio y la isla independiente, fechada el martes 14, comenzará a publicarse el miércoles 15. Dada la extensión del documento, a petición del autor se publicará una pequeña parte inicial en dos columnas de la primera página de Granma y Juventud Rebelde, como voceros del Partido y de la Juventud, y el resto, en dos páginas interiores, el propio 15, el 16, el 17 y posiblemente el 18 del presente mes.”
–Y ese “posiblemente”, ¿a qué viene?
–Será para mantener la tensión dramática…
–De película…
Oscar Espinosa Chepe entrevistado en Periodista digital. De Moratinos y Zapatero dice de todo menos que hacen felices a los opositores cubanos.
¿Cómo ven desde la disidencia cubana la posición del Gobierno español?
Yo estoy muy defraudado. Esperaba con este Gobierno una situación muy distinta a la que hemos visto. Aquí estuvo Moratinos y ni se dignó a reunirse ni con nosotros, ni con las Damas de Blanco. Su política está siendo muy distinta a la habida durante la presidencia de Felipe González o José María Aznar. Los dos fueron muy solidarios y tenemos muy buen recuerdo, pero ahora ha cambiado mucho y eso es muy doloroso para los cubanos. Que lo haga cualquier país molesta, pero que lo haga España molesta mucho más. La gran mayoría de los cubanos tenemos padres o abuelos españoles y España nos duele.
¿Qué gestos esperaban del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero?
Que se sentara a escucharnos. Yo no me opongo a las relaciones entre España y Cuba, pero también tiene que haber contacto con nosotros y no sólo invitarnos a la embajada cuando le conviene y después discriminarnos. En comparación con otros gobiernos hay una situación muy diferente, quizás para no buscarse problemas con el Gobierno y no enturbiar los negocios. Eso está en contradicción con la historia reciente de España, ya que el Partido Socialista Español también fue muy perseguido por el totalitarismo. Moratinos ha dicho muchas mentiras, como que él ha ayudado a salir a la calle a presos cubanos cuando en realidad la gente que ha salido ha sido porque ha terminado su condena.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 14/08/2007 13:17
Un año de sobrevida
Jorge Ferrer | 13/08/2007 12:44
El hombre que mira a la cámara es Fidel Castro. Lo que parecen ignorar sus ojos en busca de la lente es montañita de dólares. La foto fue tomada durante su viaje a los EE.UU. en octubre de 1955. Fue tomada -agradeceré el dato preciso- en alguno de los numerosos actos animados por Juan Manuel Márquez para recaudar fondos de la emigración cubana que financiaran la lucha contra Batista y la restauración de las libertades en Cuba. Al menos, tal era el discurso.
El mensaje que llevaron y resonó en Palm Garden, Nueva York, o el teatro Flagler, en Miami, tenía sabor de cónclave sionista: ¡Batista no finaliza 1956 como presidente! Un magnífico documental de Ricardo Vega –el primero de los tantos que ha hecho en el exilio- concluye con el discurso del teatro Flagler, aquel donde prometía que, triunfante la revolución, jamás volvería un cubano a querer exiliarse en Miami.
Con lo del Batista depuesto antes del lechón de la Nochebuena del 56 se equivocaban los feriantes del Movimiento 26/7. Al muchacho sentado tras la montañita de dólares del exilio le faltaba hacerse a la mar, llegar a la tierra prometida y ganar la condición de profeta. Tardó tres años en hacerlo.
Desde entonces, ese abogado cubano nacido en Birán ha dirigido los destinos de Cuba como yo gestiono mis libreros. Pleno dominio, tiránico orden, purgas periódicas, regalos decididos al albur de cualquier pasión inopinada…
Fidel Castro cumple hoy 81 años. Es un año más de los muchos que quisimos que no cumpliera. Pero es el peor de todos ellos, porque es el año de una sobrevida que le han regalado la historia y la medicina. Una historia que tampoco quisimos y que nos colocó en un nuevo escenario del que también hoy es cumpleaños. El primero.
En casi medio siglo de gobierno, Castro hizo de Cuba cárcel y parque temático, símbolo de equívoca significación y objeto museable.
Y durante años millones de cubanos soñamos la Cuba sin Fidel Castro como quien imagina reino librado de ogro. Imaginamos resplandeciente arco iris y bullicio de duendes felices saliendo de bajo las piedras. Nos movíamos en los brillantes predios de la literatura infantil.
Ahora nos hemos topado, como el más pusilánime o desmañado de los novelistas, con personaje que se adueña del libro en extenuante e inesperado postfacio.
La atroz epopeya de Castro I se nos continúa en una secuela con Castro II por la que pululan personajes secundarios aupados al índice onomástico con mañas de ganar dos y tres líneas. Un libro nuevo que nos sorprende con su lengua extranjera. Uno, donde transición no es palabra aceptada. Uno, donde la voz marabú es espinoso eufemismo de las palabras fin y desastre.
Y todos, lectores ávidos o renuentes, esperamos ahora a ver si ese muchacho ante puñado de dólares cierra, ya cadáver y viajando en catafalco, una de esas páginas de la historia que dan para miles de notas a pie de página. Las mismas notas al pie de las que Walter Benjamín decía que son equiparables a los billetes ocultos en las medias de las prostitutas.
Una espera sin infantil esperanza. Una espera que, desvanecidas ya las esperanzas en un rápido cambio, vuelve a colorearse con tintes de desespero.
UPDATE:
Como parte de las celebraciones del primer año de sobrevida, Granma inserta hoy entrevista a Polita Grau, sobrina de Ramón Grau San Martín, presidente de Cuba en 1933-34 y 1944-48. En esa foto, ambos vivían momentos felices.
Sucede que no es la única, ni mucho menos la mejor, entrevista que concedió Polita, una mujer que luchó contra Machado, Batista y Castro I. Conozco otra que le hizo Mignon Medrano para Todo lo dieron por Cuba, un estremecedor libro que publicó la Fundación Nacional Cubano Americana en 1995 y que recoge testimonios de mujeres que padecieron el régimen carcelario de los hermanos Castro y los cubanos que los toleran.
Dos botones de esa entrevista a la sobrina de Grau:
"Cuando comenzó en Cuba la lucha política entre grupos…todo fue tan distinto a lo que yo vi cuando llegó Fidel Castro. Por ejemplo, a Batista yo le hice mucho daño; yo conspiré en Cuba muchísimo cuando dio el golpe del 10 de marzo. Tío estaba por la parte política y yo estaba con Carlos Prío por la insurreccional…
…Yo daba viajes a Miami trayéndoles dinero de Prío a los muchachos de la FEU y andaba en todos esos momentos mientras Esteban Ventura Novo le decía a Batista: "Presidente, hay que coger presa a Polita Grau, porque cada vez que agarro a un bandolero de ésos, o Polita le trasladó las armas, o Polita le consiguió una casa, o Polita le consiguió el exilio, pero ella está en todos lados"…
…Batista agarró el teléfono y llamó a mi madre: "Paulina, me da mucha pena decirte esto, pero aquí tengo a Ventura Novo diciéndome que ya le es imposible restringir a Polita y que cada día se vuelve más arriesgada. Como usted comprenderá, yo no puedo coger presa a Polita -por ella, por usted, y por el Doctor. Así es que yo le sugiero que, a más tardar a las seis de la tarde, usted la ponga en un avión para Miami". Mi madre le contestó, "Así lo haré. Le agradezco su aviso"…
…Fíjate qué manera más distinta de actuar, ¿no? En igualdad de condiciones, Fidel Castro me metió en una cárcel 14 años y me hicieron horrores…"
"…Entraron y se llevaron a Mongo (Ramón Grau, hermano de Polita) a golpes, arrastrado por el piso y sangrando por una oreja, porque él se resistía y le dijeron que me llevaban a mí también. Tío gritaba de desesperación por nosotros y les decía, "¡Ya yo estoy viejo!...si se los llevan, ¿quién se va a quedar conmigo, quién me va a cuidar?"… Y un sinvergüenza de ellos le dijo: "Esto es para que usted no vuelva a darle palmacristi a la gente". Y toda Cuba lo sabe: jamás Tío le dio palmacristi a nadie. Tío se abalanzó sobre él con la muleta y por poco se cae…"
Íntegra en Cubaeuropa.com
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 13/08/2007 17:19
Califa, taifa, Arlt
Jorge Ferrer | 12/08/2007 12:13
Mientras 100.000 musulmanes se reúnen en Yakarta y a los gritos de “¡Alá es grande!” y “¡Califato! ¡Califato!” hacen votos por el establecimiento de un Califato que extienda el imperio de la sharía desde Indonesia hasta España, en un bosque no lejos de aquí aparece el cadáver de Lluis Maria Xirinacs, un independentista catalán de largo recorrido.
Tan largo, que se ha suicidado con 75 años cumplidos. ¿Las miserias de la vejez? ¿Enajenación transitoria? Enajenación arraigada, sin dudas.
Dejó escrita una nota, cosa de no dejar dudas sobre la índole martirológica de su suicidio: “He vivido esclavo 75 años en unos Països Catalans ocupados por España, por Francia (y por Italia) desde hace siglos. He vivido luchando contra esta esclavitud todos los años de mi vida adulta. Una nación esclava, como un individuo esclavo, es una vergüenza de la humanidad y del universo… Hoy mi nación se convierte soberana absoluta en mí. Ellos han perdido un esclavo. ¡Ella es un poco más libre porque yo estoy en vosotros, amigos!"
Colisionan el masivo delirio de los restauradores del Califato y el destino íntimo de ese pobre patriota -qpd-, a la vez que participan de una misma pulsión suicida.
Me aparto de los periódicos dejándome llevar por la mágica resonancia de la palabra «califa», y a sabiendas de que entregarse a los remotos placeres que ella evoca, es inmejorable fármaco para disgregar falaces absolutos, para convertirlos en cornucopia de taifas.
Así, me dejo llevar hacia Roberto Arlt, hijo de soldado que desertó del ejército de un imperio fenecido y contumaz enemigo de municipalismos suicidas.
Lectura dominical:
Roberto Arlt
Desde la otra vida
(Tomado del libro El criador de gorilas, 1941)
Fernando sentía la incomodidad de la mirada del árabe que sentado a sus espaldas a una mesa de esterilla en el otro extremo de la terraza, no apartaba posiblemente la mirada de su nuca. Sin poderse contener se levantó y a riesgo de pasar por un demente a los ojos del otro, se detuvo frente a la mesa del marroquí y le dijo:
—Yo no le conozco a usted. ¿Por qué me está mirando?
El árabe se puso de pie y, después de saludarlo ritualmente le dijo:
—Señor, usted perdonará. Me he especializado en ciencias ocultas y soy un hombre sumamente sensible. Cuando yo estaba mirándole a la espalda era que estaba viendo sobre su cabeza una gran nube roja. Era el Crimen. Usted en estos momentos estaba pensando en matar a su novia.
Lo que decía el desconocido era cierto. Fernando había estado pensando en matar a su novia. El moro vio cómo el asombro se pintaba en el rostro de Fernando y le dijo:
—Siéntese. Me sentiré muy orgulloso de su compañía durante mucho tiempo.
Fernando se dejó caer melancólicamente en el sillón esterillado. Desde el bar de la terraza se distinguían, casi a sus pies, las murallas almenadas de la vieja dominación portuguesa; más allá de las almenas el espejo azul de agua de la bahía se extendía hasta el horizonte verdoso. Un transatlántico salía hacia Gibraltar por la calle de boyas, mientras que una voz morisca, lenta, acompañándose de un instrumento de cuerda, gañía una melodía sumamente triste y voluptuosa. Fernando sintió que un desaliento tremendo llovía sobre su corazón. A su lado, el caballero árabe, de gran turbante, finísima túnica y modales de señorita, reiteró:
—Estaba precisamente sobre su cabeza. Una nube roja de fatalidad. Luego, semejante a una flor venenosa, surgió la cabeza de su novia. Y ya vi repetidamente que usted pensaba matarla.
Fernando, sin darse cuenta de lo que hacía, movió la cabeza, confirmando lo que el desconocido le decía. El árabe continuó:
—Cuando desapareció la nube roja, vi una sala junto a una mesa dorada había dos sillones revestidos de terciopelo verde.
Fernando ahora pensó que no tenía nada de inverosímil que el árabe pudiera darle datos de la habitación que ocupaba Lucía, porque ésta miraba al jardín del hotel. Pero asintió con la cabeza. Estaba aturdido. Ya nada le parecía extraordinario ni terrible. El árabe continuó:
—Junto a usted estaba su novia con el tapado bajo el brazo —y acto seguido el misterioso oriental comenzó con un lápiz a dibujar en el mármol de la mesa el rostro de la muchacha.
Fernando miraba aparecer el rostro de la muchacha que tanto quería, sobre el mármol, y aquello le resultaba, en aquel extraño momento, sumamente natural. Quizá estaba viviendo un ensueño. Quizá estaba loco. Quizá el desconocido era un bribón que le había visto con Lucía por la Cashba. Pero lo que este granuja no podía saber era que él pensaba en aquel momento matar a Lucía.
El árabe prosiguió:
—Usted estaba sentado en el sillón de terciopelo verde mientras que ella le decía: “Tenemos que separarnos. Terminar esto. No podemos continuar así”. Ella le dijo eso y usted no respondió una palabra. ¿Es cierto o no es cierto que ella le dijo eso?
Fernando asintió, mecanizado, con la cabeza. El árabe sacó del bolsillo una petaca, extrajo un cigarrillo, y dijo:
—Usted y Lucía se odian desde la otra vida.
—...
—Ustedes se vienen odiando a través de una infinita serie de reencarnaciones.
Fernando examinó el cobrizo perfil del hombre del turbante y luego fijó tristemente los ojos en el espejo azul de la bahía. El transatlántico había doblado el codo de las boyas, su penacho de humo se inmovilizaba en el espacio, y una tristeza tremenda le aplanaba sobre el sillón, mientras que el árabe, con una naturalidad terrorífica, proseguía:
—Usted quiere morir porque la ama y la odia. Pero el odio es entre ustedes más fuerte que el amor. Hace millares de años que ustedes se odian mortalmente. Y que se buscan para dañarse y desgarrarse. Ustedes aman el dolor que uno le inflige al otro, ustedes aman su odio porque ninguno de ustedes podría odiar más perfectamente a otra persona de la manera que recíprocamente se odian ya.
Todo ello era cierto. El hombre de la chilaba prosiguió:
—¿Quiere usted venir a mi casa? Le mostraré en el pasado el último crimen que medió entre usted y su novia. ¡Ah!, perdón por no haberme presentado. Me llamo Tell Aviv; soy doctor en ciencias ocultas.
Fernando comprendió que no tenía objeto resistirse a nada. Bribón o clarividente, el desconocido había penetrado hasta las raíces de su terrible problema. Golpeó el gong, y un muchachito morisco, descalzo, corrió sobre las esteras hacia la mesa, recibió el duro “assani”, presto como un galgo le trajo el vuelto, y pronto Fernando se encontró bajo las techadas callejuelas caminando al lado de su misterioso compañero, que, a pesar de gastar una magnífica chilaba, no se recataba de pasar al lado de grasientas tiendas donde hervían pescado día y noche y puestos de té verde, donde en amontonamiento bestial se hacinaban piojosos campesinos. Finalmente llegaron a una casa arrinconada en un ángulo del barrio de Yama el Raisuli.
Tell Aviv levantó el pesado aldabón morisco y lo dejó caer; la puerta, claveteada como la de una fortaleza, se entreabrió lentamente y un negro del Nedjel apareció sombrío y semidesnudo. Se inclinó profundamente frente a su amo; la puerta, entonces, se abrió aún más, y Fernando cruzó un patio sombreado de limoneros con grandes tinajones de barro en los ángulos. Tell Aviv abrió una puerta y le invitó a entrar. Se encontraban ahora en un salón con un estrado al fondo cubierto de cojines. En el centro, una fontana desgranaba su vara de agua.
Continúa aquí:
Es cortesía de Literatura.us
UPDATE:
En The New York Times, Woody Allen sobre Ingmar Bergman. The Man Who Asked Hard Questions se titula la pieza.
Legible, aunque me haya recordado anécdota que cuenta Reich-Ranicki en sus memorias.
Cansado de los infinitos discursos de un escritor que no hacía más que hablar de sí mismo, la grandeza de su obra, la hondura de su talento, etc., cada vez que se encontraban, sin dejarle colar bocadillo, Reich-Ranicki se lo reprocha en medio de una conversación.
El otro, cuya identidad no recuerdo, se dehace en disculpas.
"Siempre hablando de mí mismo. ¡Que vergüenza!", le dice. Y continúa: "Hablemos ahora de usted, Marcel. Dígame, ¿qué impresión le produjo la lectura de mi última novela?"
Pues, eso. Demasiado Allen en ese homenaje.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 12/08/2007 16:35
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