Jan Švankmajer y el estalinismo en Bohemia
Jorge Ferrer | 10/11/2007 12:24
Revisando materiales sobre el arte poscomunista para asunto que me traigo entre manos, reparé de pronto en omisión que me avergüenza y corrijo de inmediato.
A saber, que en el semestre que llevo trasegando con este Tono de la Voz no haya subido aquí absolutamente nada de Jan Švankmajer, sin dudas el más grande de los muchos buenos directores de cine de animación de la Europa del Este. Un maestro rotundo, y genuino fabricante de sueños.
Creo que es acierto comenzar con La muerte del estalinismo en Bohemia (1990), que no veía desde hace largos años, y que repasado ayer me pareció aún más grande que cuando lo vi por vez primera, recién llegado a Barcelona.
No digo más, que es sábado.
Lo que sigue, créanme & play, es joya mayúscula del poscomunismo. Y del cine.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 10/11/2007 21:38
El cine y José Lezama Lima
Jorge Ferrer | 09/11/2007 13:16
José Lezama Lima está a punto de asomarse a las pantallas de cine. Viene con la cara de Roberto Gacio y de la mano de Tomás Piard. El viajero inmóvil, película que comenzó a rodarse en primavera y de la que se ha anunciado hace unos días que está en fase de posproducción.
La crónica de un día del rodaje aparecida hace unos días y las entrevistas a Piard constituyen avances muy poco alentadores. Pero habrá que esperar para certificar el nacimiento de bodrio. O felicitarse de lo contrario, si fuera el caso.
Por lo pronto, la mención en la referida crónica al rodaje de escena en casa de José Cemí, donde Rialta sirve opípara cena a Lezama, mientras se escucha la música de la Charanga habanera llegando desde discoteca vecina, da que pensar. Los técnicos de sonido se ocuparán de limpiar esos sones, ya sé. Pero, ¿qué hacer con las caras? ¿De veras se pone cara de hablar de Empédocles o Saint-John Perse, cuando uno escucha exhortaciones a buscarse temba que mantenga?
La relación del propio Lezama con el arte cinematográfico fue la propia de un intelectual de corte antimoderno. Consta que solía ir al cine: él mismo da fe de esas frecuentes visitas cada vez que enumera su rutina diaria. Sin embargo, el trasvase de la cinematografía hacia su obra es abrumadoramente escaso y cuando se produce lo hace en términos negativos. Así, en «Triunfo de la Revolución cubana» (1961), ese manifiesto a favor de la «pobreza irradiante», Lezama asocia a Hollywood con la cubanidad negativa: «…todos nuestros hombres esenciales fueron maestros pobres. Después, el mono de Hollywood, con sueldazo de quinientos pesos semanales, fue el final apetecido de los cubanos negativos, no creadores».
La tentación heideggeriana de la que participaba Lezama, no le impidió, sin embargo, disfrutar del cine europeo y japonés. De ello dan testimonio las respuestas que envió a la revista Cine cubano, en ocasión de una encuesta que le remitieron.
Carlos Espinosa ha rescatado esas respuestas que recoge en «La cinefilia según Lezama Lima», escrito para los lectores de El Tono de la Voz, cortesía que le agradezco.
La cinefilia según Lezama Lima
Por Carlos Espinosa Domínguez
En estos días he estado leyendo un librito que compré hace ya varios años en Madrid. Se trata de Frente a la pantalla (Dirección de Difusión Cultural, UNAM, México, 1963), que reúne textos del español Federico de Onís y los mexicanos Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán. Unos cuantos vieron la luz, entre 1915 y 1920, en el semanario España, que entonces dirigía José Ortega y Gasset. Son ejemplos pioneros de la crítica cinematográfica hispanoamericana, que se deben a tres autores que supieron ver, cuando el cine aún balbuceaba, que se encontraban ante el nacimiento de un nuevo arte.
De Onís, que fue de los tres el que redactó los primeros textos aparecidos en España, lo resume muy bien cuando apunta que "en el coro de las musas falta la de este arte que aún no ha nacido". En uno de esos breves trabajos hace notar el alcance masivo del cine, al comentar que millares de personas de diferentes países pueden ver a idéntica hora la misma película, por absurda e irritante que ésta sea para muchos. Y expresa: "Este hecho, nuevo sobre la tierra, bastaría a hacer que toda persona seria comprenda que no cabe ante el cinematógrafo otra actitud digna que encararse con él, considerándolo como un instrumento nuevo de la humanidad, poderoso y terrible, lo mismo para su bien que para su mal; como uno de los fenómenos más extraordinarios de la vida moderna".
Por su parte, Alfonso Reyes, quien como crítico cinematográfico compartía con su compatriota Guzmán el seudónimo de Fósforo, cuenta que ambos se divertían al escribir aquellas notas, "que tuvieron cierto éxito de curiosidad entre los amigos". Guzmán reunió las suyas y las incluyó en el libro A orillas del Hudson (1920), aunque nunca más se ocupó del cine. Reyes confiesa que él, en cambio, continuó "por algún tiempo amarrado al banco". A solicitud de Ortega y Gasset redactó una serie de crónicas para El Imparcial, siempre firmadas como Fósforo, y con igual seudónimo dio a conocer otras en la Revista General. Refiriéndose a las que publicó en España, comenta: "Entiendo que, por entonces, sólo Fósforo y cierto periodista de Minneapolis, cuyo nombre olvida mi ingratitud, consideraban el cine como asunto de las Musas (…) Entonces éramos dos. ¡Dichosos tiempos! Hoy sois ya muchos oh Cocteau. Pero el cine -oh Furias- continúa lo mismo".
Al igual que Guzmán y de Onís, Reyes tuvo la lucidez de comprender que asistía al surgimiento de una nueva manifestación artística. Más que lo que entonces había logrado, veía su importancia en su desarrollo futuro: "Porque hay que decirlo de una vez, tenemos más fe en el porvenir que en el presente. El cine tiene, a nuestros ojos, todos los defectos y las excelencias de una promesa (…) Algunos todavía le niegan valor estético porque «no les gusta el cine»; como si la pintura dejara de ser un arte porque haya malos pintores. Vemos en el cine una nueva posibilidad de emociones; y eso basta. Más nos importa lo que promete que lo que ya lleva realizado, y esperamos el día en que se disocien definitivamente el Cine y el Teatro".
Sería interesante, pienso yo, que alguna vez alguien se dedicara a hacer una selección de las páginas que los autores cubanos han dedicado al cine. Es un arte cuya influencia en las demás manifestaciones e incluso en la vida cotidiana, ha sido y es fundamental. Creo que ha de resultar casi imposible encontrar algún creador nuestro que no se haya rendido a la fascinación de sus imágenes. Algunos escritores hasta se han dejado tentar y han probado suerte como guionistas. Ejemplos que lo ilustran: Senel Paz, Onelio Jorge Cardoso, Humberto Arenal, Ambrosio Fornet, José Soler Puig, Manuel Reguera Saumell, Arturo Arango, Tomás González, Edmundo Desnoes, Miguel Barnet, Antonio Benítez Rojo, Luis Rogelio Nogueras, Eugenio Hernández Espinosa, Manuel Cofiño, Jesús Gregorio, Norberto Fuentes, Eliseo Alberto, Gerardo Fulleda León, Daniel Cavaría, Osvaldo Sánchez, Alberto Pedro.
Pero aunque parezca inconcebible para quien escribe estas líneas, por ser un cinéfilo apasionado e insaciable, existen casos de creadores cubanos a quienes el séptimo arte debió interesarles muy poco. El más notorio para mí es el de José Lezama Lima. Antes de redactar este artículo, me di a la tarea de escudriñar los dos volúmenes de sus Obras Completas. Repasé las Sucesivas o coordenadas habaneras, aquellas miniaturas periodísticas donde fue recogiendo la vida cotidiana de la ciudad. Nada, ni una leve alusión a los hábitos cinéfilos de las habaneros. Repasé las páginas de antologías publicadas póstumamente como Imagen y posibilidad, Fascinación de la memoria, Archivo de José Lezama Lima: miscelánea, La posibilidad infinita, Cartas a Eloísa y otra correspondencia. Recorrí los índices onomásticos, con la esperanza de que al menos hubiese una referencia a directores clásicos como Fritz Lang, Renoir, Welles, Kurosawa, Eisenstein, Chaplin, Fellini. En vano. Traté de recordar algún pasaje de Paradiso y Oppiano Licario donde los personajes mencionaran alguna película que hubiesen visto, y ninguno me vino a la memoria.
No puede decirse que sus compañeros del Grupo Orígenes compartan ese desinterés de Lezama Lima por el cine. Gastón Baquero dejó testimonios de que le gustaba el cine: en el Diario de la Marina se pueden encontrar artículos suyos acerca de cintas como Carmen Jones y La rosa blanca. Recuerdo también haber leído en algunas cartas de Virgilio Piñera referencias a películas que le habían gustado o disgustado. Eliseo Diego publicó en la revista Cine Cubano un emocionado texto crítico sobre El coraje del pueblo, del colombiano Jorge Sanjinés. En Rostros del reverso y El oficio de perder, Lorenzo García Vega habla de las salas de cine a las que solía ir en Jagüey Grande (Mendía) y La Habana (Encanto, Verdún, Alcázar, Regina). Hallamos asimismo abundantes referencias a Buster Keaton, Shirley Temple, Robert Bresson, Carole Lombard, Laurel y Hardy, Ginger Rogers, Groucho Marx, Tom Mix, Jean Harlow, Fred Astaire, Chales Boyer. Y Fina García Marruz dedicó todo un poemario, Créditos de Charlot, al personaje inmortalizado por Charles Chaplin. Al mismo pertenece este brevísimo y hermoso poema, Cine mudo, que copio aquí: "No es que le falte/ el sonido,/ es que tiene/ el silencio".
Preferencia especial por el cine japonés
Mas como casi siempre ocurre, las cosas tienen matices. No son en blanco y negro, como algunos se empecinan en hacernos creer. Lezama Lima no escribió sobre el arte cinematográfico, lo cual no significa que fuera impermeable al mismo. Así queda claro en una entrevista sobre ese tema que se publicó hace ya sus buenos cuarenta años. Apareció en el número 23-25 de la revista Cine Cubano, como parte de una encuesta realizada entre los escritores cubanos, y desde entonces permaneció olvidada. Iba a decir que es increíble que ningún investigador la haya rescatado, pero la pereza y la falta de curiosidad de la mayoría de quienes utilizan ese título es proverbial en todos los países.
La primera pregunta a la cual el escritor contesta es: ¿Qué realizadores o escuelas de cine le resultan particularmente interesantes? He aquí su respuesta: "La escuela neorrealista italiana y el cine francés en general me parecen muy interesantes, pero para mí tiene un valor especial el cine japonés, cine de forma épica cuyas imágenes captan leyendas y tradiciones y nos muestra la historia de Japón desde su período feudal al momento contemporáneo. Entre los realizadores, Buñuel. Viridiana, por ejemplo. El tema de la mendicidad, un viejo tema español. Creo que esta película contiene un gran acierto de tipo goyesco: El banquete. Hay ahí un estado de alucinación en que la pobreza llega, por la fuerza de la imagen, a vivir los más opuestos estilos. Esa secuencia me parece magistral".
Interrogado acerca del documental Minerva traduce el mar (1963), en el cual se usa su poema homónimo, Lezama Lima recuerda: "Vinieron a verme unos jóvenes del ICAIC -Oscar Valdés, Humberto Solás y un joven de apellido Canosa- para pedirme que escribiera un texto para ese trabajo. El film estaba hecho ya. Asistí a una proyección y me pareció interesante como película experimental. Naturalmente, creo que si yo hubiera trabajado en contacto con Valdés y Solás desde antes, durante algunas fases de la realización, hubiera podido lograr una mejor adecuación temporal del poema y no me hubiera visto obligado a reducirlo después en función de la estructura de la película. Más tarde tuve ocasión de verla en el cine Rex y pude comprobar que el público asimiló muy bien tanto las imágenes como el poema. En fin, que el público tiene un poder de captación muy grande, pues ésta es una película nada convencional".
La tercera pregunta se refiere a que si el arte experimental es compatible con las exigencias que la revolución cubana plantea a los artistas en general y, en particular, a los cineastas. Acerca de ello, Lezama Lima expresa: "Yo creo que el arte de experimentación, entendido en una dimensión profunda, es siempre contemporáneo del momento en que se produce y necesariamente consecuente con el pensamiento revolucionario. El cine surrealista es un ejemplo de cómo los artistas de cierta época lucharon con la imagen y lograron plasmar muchos contenidos de esa época. El Ulises de James Joyce fue considerado al principio una mera experiencia estilística. Incluso se dijo que se trataba de una ensalada filológica. Pero a medida que pasa el tiempo, precisamos la fundamentación de esta obra, la raíz de ese mundo en el que todas las preocupaciones del hombre pasan desde su caos hasta el cosmos, de tal manera que se hace necesaria su lectura para comprender la vida irlandesa de la época. Y lo que se pensó era una obra deshumanizada era la expresión de ese tránsito de lo informe y caótico hacia un nuevo ordenamiento. En un país donde se producen profundas transformaciones, yo creo que el cine experimental puede contribuir a captar mucho de lo nuevo que surge en la sociedad".
Por último, el cuestionario de Cine Cubano indaga: En su calidad de escritor, ¿qué representa para usted el cine como medio de expresión personal? Esto fue lo que respondió Lezama Lima: "Para mí, como para cualquier escritor, el cine constituye la posibilidad de ampliar el horizonte de la obra creadora. No sólo desde el punto de vista estrictamente literario, pues en toda fuente literaria existen elementos extraliterarios -elementos de época, históricos, por ejemplo- que pueden contribuir a la creación de verdaderos aciertos cinematográficos. En este momento yo estoy componiendo una antología poética y me sirvo de elementos extraliterarios que enriquecen el interés de este trabajo.
"El nacimiento del cine marcó una nueva posibilidad a la creación del hombre. Es en sí mismo un camino y recibe todos los aluviones que pueden enriquecerlo sin quedar supeditado a ninguno. El cine ejemplifica la búsqueda eterna de la unidad por parte del hombre. Y todo lo que contribuye a la unidad del hombre son fuerzas nobles, que nacen ya destinadas a lograr esa unidad. Y todas las fuerzas que tienden a la dispersión y a la fugacidad son fuerzas dañinas. Y así desde Pitágoras hasta nuestros días".
Fotografía: Walker Evans, Havana cinema, 1933
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 09/11/2007 13:19
Humanity is overrated
Jorge Ferrer | 08/11/2007 13:00
He leído que Jean Ziegler estuvo visitando cárceles y mercados en La Habana, enviado por Naciones Unidas. Jean Ziegler, devoto del castrismo y enemigo del «imperialismo» norteamericano, del que ha dicho perpetra un genocidio contra el pueblo de Cuba. Véase el informe de UNWatch sobre el odio de Ziegler a los EE.UU.: ahí están las claves de sus miríficas declaraciones.
Hizo Ziegler en Cuba lo que yo ayer en Barcelona: estuve donde mi contable y en el supermercado.
Vidas paralelas, pues. Aunque es evidente que Ziegler salió mucho más satisfecho de sus pesquisas.
Será que sus guías turísticos son más convincentes que mi contable. Será que las bandejas de hojalata del presidio cubano le parecieron mejores moldes que lo que a mí la normativa fiscal vigente.
Continúo leyendo, pero me quedo con ese satisfecho Ziegler, amigo de Khadafi, enemigo de eso que llaman globalización: en Finlandia, un muchacho asesina a nueve personas. Lo veo vistiendo una camiseta con leyenda ziegleresca: Humanity is overrated. No se trata de mensaje que circule entre adeptos de secta minoritaria. Por el contrario, la camiseta de marras es parte del merchandising de House, una serie de la cadena Fox, y se vende por unos dólares.
De ahí, salto al Nuevo Herald y me encuentro con que Del Pino se querella contra el «brigadista Bovo» -¿no se titulaba así película con un Wood de protagonista?
Por último, reviso el correo. Y asisto, con cara de «bovo» al intercambio de postalitas de la Cuba prerrevolucionaria que se traen algunos exiliados. ¡Qué cosas, tú!
Definitely, overrated! ¡Ya lo creo!
¡Con qué alivio vuelvo a la mesa de trabajo!
De contra: ayer en Can Fabra, Barcelona, este cartel que fotografíó Eduardo J. Velorio y remitió a La Vanguardia. Las víctimas del colapso ferroviario en Cataluña piden ayuda a Sarko.
UPDATE:
Humanity is overrated, escribía. Y me avisan ahora de esta perla, que anda por las televisiones. Un clérigo saudí explica a unos jovenzuelos cómo han de tratar a las mujeres.
Quien lo subió a youtube, se olvidó del audio. Con la pausada voz del clérigo, lo encuentran aquí, en memri.tv
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 09/11/2007 13:57
Alabanza del exilio
Jorge Ferrer | 07/11/2007 13:27
Leszek Kołakowski es uno de los exiliados más insignes del siglo pasado. Filósofo polaco, se vio obligado a marchar de su país en 1968. Los tres volúmenes de Las principales corrientes del marxismo constituyen un monumento a la historia de la doctrina marxista, en particular, a la trama heterodoxa del marxismo.
La barcelonesa editorial Melusina, que dirige José Pons, acaba de publicar un extraordinario compendio de ensayos, conferencias y artículos de Kołakowski: Por qué tengo razón en todo, Melusina, Barcelona, 2007.
Casi todos los temas que han ocupado a Kołakowski aparecen en esas páginas. También sus textos sobre el poscomunismo, sus debates con la izquierda occidental y su «teoría» del exilio. El texto que da título al libro es la célebre respuesta de Kołakowski al conocido marxista y animador prosoviético Edward Thompson. Quien no conozca esas largas y rabiosas páginas, escritas con humor exquisito, se ha perdido el testimonio más lúcido escrito jamás por un exiliado de país totalitario que se encuentra, escapado de la tiranía, con los aplausos que ésta recibe por parte de la izquierda de los países libres. Los Thompson de ayer, que son los Ramonet, los Gopegui y los Saramago de hoy en lo que a Cuba y Venezuela se refiere.
Por cortesía de la editorial Melusina, que agradezco, ofrezco a los lectores de El Tono de la Voz esta «Alabanza del exilio», un texto magnífico escrito en 1985 para el Times Literary Supplement.
Por qué tengo razón en todo, en Melusina, en Casa del Libro, en La Central...
Alabanza del exilio
Por Leszek Kołakowski
La figura del «intelectual exiliado», muy popular en el siglo xx, puede presumir de una genealogía ilustre: empezando por Anaxágoras, Empédocles y Ovidio, pasando por Dante, Ockham y Hobbes, y acabando en Chopin, Mickiewicz, Hercen e incluso Víctor Hugo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los exiliados de hoy son refugiados más que exiliados en el sentido estricto. Por regla general, nadie los ha deportado de sus países ni han sido desterrados por una sentencia judicial, sino que han huido de las persecuciones políticas, de la cárcel, de la muerte, o, simplemente, de los rigores de la censura.
Esta distinción es importante por razones psicológicas. Los que han escapado por voluntad propia de los regímenes totalitarios a menudo se sienten incómodos. Ya no están expuestos a los peligros y a las dificultades que afrontan a diario sus amigos y la nación con la que se identifican. No hay criterios inequívocos que permitan juzgarles; es imposible establecer reglas que determinen en qué caso la decisión de emigrar ha sido justificada, y en qué caso no lo ha sido. Es fácil observar que a nadie le habría servido de nada si Einstein o Thomas Mann se hubiesen quedado en la Alemania nazi o si Chagall no hubiese abandonado el Vitebsk soviético. Por otro lado, en Polonia o en la Unión Soviética viven personas a quienes las autoridades mandarían con gusto a otro país, pero ellas rechazan porfiadamente la sugerencia de trasladarse al extranjero, prefiriendo la cárcel, las persecuciones y la miseria. ¿Quién se atrevería a opinar que están equivocadas? A Solzhenitsyn y a Bukovsky hubo que expulsarles del país por la fuerza para que compartieran el triste destino de los centenares de intelectuales eminentes a quienes las autoridades soviéticas habían condenado al exilio en los primeros años después de la revolución. A muchos dirigentes de Solidarnosc se les ha propuesto la libertad a cambio de comprometerse a emigrar, pero han rechazado el trato, y algunos siguen aún entre rejas y otros pueden sumárseles muy pronto. Milan Kundera abandonó Checoslovaquia, Czeslaw Milosz se marchó de Polonia, y de sus experiencias nacieron obras maestras de la literatura contemporánea. Havel se quedó en su patria, al igual que Herbert. Y con toda esta gente estamos en deuda. El Dr. Faustus y las novelas de Nabokov son frutos de la emigración, de la misma manera que las obras de Conrad, Ionesco o Koestler, pero un exiliado no hubiera podido escribir El archipiélago Gulag. Es imposible formular reglas generales que determinen si la decisión de autoexiliarse es correcta o no.
Cuando hablamos del «intelectual en el exilio», casi siempre nos referimos a alguien que ha huido de una u otra forma de opresión, y suponemos que el exilio, aunque forzoso, por múltiples razones le conviene más que quedarse en el país. Una particularidad de Rusia (tal vez debida a su superficie) es la posibilidad de practicar deportaciones dentro de las fronteras del propio país; al deportado le toca en suerte lo peor: abandonar el suelo patrio y sufrir la misma violencia de que era víctima antes de la deportación (naturalmente, en este caso también hay matices; basta con comparar la deportación de Pushkin a Crimea con la de Sajarov a Gorki). Dejando de lado este asunto, podemos dar por cierto que la emigración tiene sus aspectos positivos (la libertad), y sus aspectos negativos (el desarraigo, dificultades lingüísticas insuperables).
Pero ésta no es la respuesta a la pregunta de si la emigración es simplemente la elección de un mal menor o abre nuevas posibilidades espirituales, inaccesibles para los que se han quedado en el suelo patrio. Busquemos la respuesta a esta pregunta analizando el destino de los exiliados más aguerridos, los exiliados por excelencia: los judíos.
Mientras vivieron en guetos protegiendo su identidad con una cáscara de rituales y tabúes sofisticadísimos (tal vez fuera esta gran cantidad de complicados preceptos lo que les permitiera subsistir: un judío piadoso no podía vivir entre gentiles y conservar al mismo tiempo sus costumbres; la complejidad de éstas obligaba a los judíos a mantener unida la comunidad y les impedía fusionarse con las sociedades cristianas), fueron capaces de dar al mundo muchos talmudistas y comentadores de la Escritura, pero su cultura permanecía encerrada en un enclave. En el sentido geográfico, durante varias generaciones fueron gente sin patria, pero en sus guetos no eran extranjeros. Más o menos indiferentes al universo cultural de los cristianos, conservaban con tenacidad en la mente y en el corazón la imagen de la patria perdida. Por lo que atañe a la cultura, a un judío ortodoxo le daba bastante igual vivir en Varsovia, en Shanghai o en Buenos Aires; se sentía portador de una fe heredada, y ser guardián de este legado era alimento suficiente para su vida espiritual. Pero cuando los muros de los guetos empezaron a desmoronarse a raíz de la llamada emancipación (vale la pena recordar lo equívoco que es este concepto valorativo), los judíos irrumpieron en el espacio cultural europeo con una velocidad y una eficacia sorprendentes. Algunos como Marx, Freud o Einstein se convirtieron en conquistadores del mundo; miles de judíos entraron a formar parte de las elites de distintas ramas de la civilización: la ciencia, el arte y la política. Gracias a haber emigrado de su emigración colectiva, se volvieron exiliados en el sentido moderno del término. No obstante, a pesar de sus esfuerzos, muchos no lograron deshacerse de su antigua identidad y asimilarse del todo. Las tribus entre las cuales vivían los percibían como forasteros, y probablemente fue su estatus confuso, la falta de una identidad bien delimitada, lo que les permitió ver y poner en duda cosas que no veía la gente que tenía satisfecha desde el nacimiento su necesidad de pertenencia. Uno se siente tentado a decir que en gran medida fueron los antisemitas (siempre que no utilizaran en el debate argumentos como las cámaras de gas) quienes capacitaron a los judíos para conseguir tantos logros magníficos, y que lo hicieron privándolos del acceso a la seguridad moral e intelectual que ofrece la pertenencia a una tribu —francesa, polaca, rusa o alemana— y abandonándolos a su suerte en la posición privilegiada del outsider.
Es cosa sabida que la posición del outsider resulta privilegiada por razones cognoscitivas. Un turista a menudo percibe lo que a los lugareños les pasa desapercibido por parecerles un componente natural de la vida (me viene a la memoria un turista que viajó por América y que se llamaba Alexis de Tocqueville).
Para las gentes del Libro, cristianos y judíos, el exilio es el destino inevitable y normal del hombre en la tierra. Podríamos ir más lejos y decir que el mito de la expulsión es la base de todas las religiones y caracteriza todas las experiencias religiosas verdaderas. En el mensaje de todo culto religioso subyace la fe en que el verdadero hogar está en otra parte. Sin embargo, de esta convicción pueden desprenderse dos conclusiones prácticas totalmente distintas. Una es el desprecio por todo lo terrenal y, finalmente, por la vida, incapaz de deparar más que desgracias y sufrimientos: a esta tesis conduce a menudo la sabiduría budista. Pero el exilio de la humanidad también puede considerarse una oportunidad sin parangón que hay que aprovechar en el camino de regreso a la casa del Padre. Esta fe es la que domina en las principales corrientes de la civilización judeocristiana. El desprecio total y absoluto por la materia, el cuerpo y los valores terrenales ha sido un fenómeno marginal de la historia del cristianismo. Lo más esencial de la actitud cristiana ante la vida se resume en lo siguiente: vivimos en el exilio y eso no lo podemos olvidar nunca; por lo tanto, todos los bienes y objetivos temporales deben considerarse relativos y secundarios, aunque son reales y tenemos la obligación natural de aprovecharlos. La naturaleza es un adversario que debe ser subyugado, no repelido.
Supongamos que tengan razón los teólogos cuando afirman que nuestros antepasados del Edén habrían conocido el amor carnal y habrían procreado, aun cuando se hubiesen resistido a la tentación y hubiesen permanecido en un estado de bendita ignorancia acerca de los asuntos del Bien y del Mal. ¡Pero, de haber sido así, nunca habrían podido dar origen a la humanidad que conocemos, una humanidad capaz de crear!
Ésta es la felix culpa, y la subsiguiente expulsión, con sus sufrimientos y amenazas, arrancó a la humanidad de su estado de paz y tranquilidad celestiales para ponerla cara a cara con el mal, el peligro, la lucha y el dolor, creando de este modo las condiciones necesarias para una existencia humana. La creatividad nació de la inseguridad, de una especie de exilio, de la experiencia de no tener donde cobijarse.
La filosofía puede negar la expulsión o —como preferirían los cristianos— ocultárnosla; eso es lo que solían hacer los partidarios del empirismo, del naturalismo, el materialismo o el cientismo. La filosofía puede también aceptar este hecho e intentar encontrar el camino hacia una reconciliación definitiva del hombre con el ser —éste es el enfoque de Hegel—. Pero también puede aceptarlo sin creer que sea posible cambiar el destino; en tal caso estamos condenados a la eterna añoranza de un paraíso inexistente; la filosofía existencialista fue la que mejor expresó en nuestro siglo esta visión lúgubre, una secuela amarga del Siglo de las Luces.
El concepto cristiano de la expulsión prístina puede ampliarse de modo que abarque la segunda expulsión, es decir, la expulsión de la expulsión, y también la tercera y la cuarta. (Por ejemplo, se puede decir que Spinoza fue un exiliado cuádruple: lo repudió la comunidad judía que se había asentado en Ámsterdam tras haber sido expulsada de Portugal, donde vivía después de haber huido de Eretz, lugar que Dios le había asignado al expulsarla del Edén.)
El exilio puede percibirse como una desgracia o como un reto, puede ser motivo de desesperación o un aliciente doloroso.
Podemos utilizar una lengua extranjera porque las circunstancias nos obliguen a hacerlo o intentar descubrir en ella tesoros lingüísticos únicos e intraducibles. De este modo, enriquecemos nuestra mente y no sólo la capacidad técnica de comunicarnos. Podemos también confrontar nuestro punto de vista de advenedizos con el de los lugareños, y así reforzar un fermento intelectual que muy a menudo resulta fértil y provechoso para ambas partes. La historia contemporánea abunda en ejemplos que lo ilustran, aunque no conozco ningún estudio dedicado al papel cultural que las distintas formas de emigración individual o colectiva han desempeñado en la historia de Europa.
Sin embargo, no hay duda de que sin todas aquellas expulsiones y autoexpulsiones debidas a causas religiosas o políticas, sin todos aquellos refugiados y emigrados, la vida intelectual y artística de Europa habría sido muy diferente.
Tomemos como ejemplo a los hugonotes de Inglaterra y Holanda, a los radicales religiosos italianos y a los unitarios que buscaron amparo en la (muy tolerante por aquellas fechas) Polonia de la segunda mitad del siglo xv, a los unitarios polacos de la segunda mitad del siglo xvii refugiados en la Europa occidental, precursores de la Ilustración, a los judíos expulsados de los países ibéricos, o a los fugitivos de la Europa central y oriental dominada por los comunistas. Todo ellos contribuyeron, a veces considerablemente, al desarrollo de la civilización de los países de acogida, aun cuando a veces no fuesen bienvenidos y recibiesen un trato desconfiado. Los emigrados del Tercer Reich ejercieron una influencia enorme en la vida intelectual americana. Hay quien afirma que fue una influencia siniestra, pero ¿quién conoce el balance definitivo?
Lo queramos o no, tenemos que hacernos a la idea de que vivimos en una época de refugiados, emigrantes, nómadas y trotamundos que recorren los continentes y se reconfortan pensando en sus patrias espirituales o étnicas, celestes o terrenales, verdaderas o imaginarias.
No tener casa en ninguna parte es una situación insoportable que pondría en peligro los fundamentos de la existencia humana. ¿Es posible un cosmopolitismo perfecto? Diógenes Laercio dice: Preguntado por si realimente su patria no le importaba, Anaxágoras contestó que le importaba enormemente, y señaló el cielo. Hay quienes afirman algo parecido hoy en día: sostienen que no les interesa la tribu que los vio nacer ni se sienten unidos a ella por ninguna clase de lealtad; hay serios motivos para dudar de si estas declaraciones se hacen de buena fe.
Además de los que han huido de la tiranía o han sido expulsados de sus países, existen naciones enteras cuyos miembros han sido despojados de su ciudadanía sin abandonar el suelo patrio: son los ciudadanos de los países que han caído bajo el dominio extranjero. Éste es el destino —esperemos que pasajero— de las naciones de la Europa central y oriental. El abismo entre un Estado que los ciudadanos no sienten como suyo y que, sin embargo, se ha proclamado su propietario y la patria a la que quisieran servir les otorga el ambiguo estatus de semiexiliados. El Estado privado de soberanía intenta robarle a la gente la memoria histórica, falseándola y tergiversándola de acuerdo con las necesidades políticas del momento. Y la memoria colectiva es la patria. Si una parte de Europa ha sufrido este desarraigo, ¿qué puede esperar la otra? ¿Acabará el mundo entero condenado a un semiexilio interior? ¿Acaso Dios quiere recordarnos con métodos algo brutales que el exilio es parte inalienable de la condición humana? Una advertencia despiadada, por más merecida que sea.
Traducción del polaco de Anna Rubió Rodon y Jerzy Slawomirski.
De contra: el poeta José Antonio Parra (Caracas, 1969), quien fuera editor de la magnífica Kalathos, echa a andar de nuevo su Casa Azulada. Cuenta con la colaboración de Octavio Armand, María Ramírez Ribes, Leonardo Rodríguez, Kira Elena Morales y Jorge Ferrer. Salud, y suerte para él.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 07/11/2007 13:52
Cara de perdedor
Jorge Ferrer | 06/11/2007 12:57
Si alguien todavía tiene dudas acerca de quién ganará las próximas elecciones en España, encontrará respuesta haciendo un breve, brevísimo ejercicio de imaginación. A saber, imaginar a Mariano Rajoy actuando con el resolutivo y osado empuje con que lo hace Nicolas Sarkozy. Como ayer volando a Chad y trayéndose la mercancía.
¿A que es imposible imaginar tal cosa? Pues ya tienen al ganador. Su apellido, que no su oficio, es Zapatero.
Sí, vale. Es cierto que tampoco nadie puede imaginar a este último alardeando de los arrestos de Sarko. Pero Zapatero está en La Moncloa, así que cuenta con la inercia de los votantes. Encima, tiene cara de ganador. La estudiada cara del ganador.
Rajoy, en cambio, está en la oposición, y tiene tal cara de perdedor que no hay espejo, por mágico que sea, ni por mucho que se le mendigue, que se atreva a adularlo.
Para ganar las venideras elecciones, a Mariano Rajoy -motejado como Maricomplejines por Federico Jiménez Lozanos, en alarde, ese sí, de acierto-, le faltan un par de cosas. Ambas principalísimas. Le falta articular un discurso conservador que rebase los absolutamente imbéciles horizontes españoles. Hablar de España, sin tanta España, para entendernos. También, dejar esa machacona letanía sobre el «hombre común» y hablar de otros hombres. De todos. O, incluso, de ninguno.
Pero le falta, sobre todo, que Zapatero deje de ser tonto del pueblo, en la calle, y hábil matrona de su prole, en casa.
Porque entre dos tontos, gana el que más lo sea y mejor lo disimule.
Y gana, sobre todo, alguien que asome jeta más alentadora que la que ese pobre Mariano saca a pasear cada mañana.
Parece que serán necesarios otros cuatro años para que el centroderecha español abandone sus ojos de galgo triste y sus palabras de notario aupado a tribuna que le queda grande. Cuatro años para que el socialismo español maltratado por Zapatero se vea obligado a repensarse.
Será doble la ganancia: socialdemocracia y liberalismo españoles saldrán recompuestos.
Hará falta, claro, que tenga buena cara la España que los pueda aprovechar.
Tan sobrado va ese Zapatero, que ya tiene su Granma, su Der Sturmer, su Pravda.
El suyo se llama Público y se lo vende por cincuenta céntimos. Ayer sacó a los quioscos una primera plana desquiciante. Volvía Sarko de París con las cuatro azafatas españolas que arrancó a la arbitrariedad chadiana. Hizo escala en Madrid para entregarlas, en gesto que lo honra doblemente. El Moratinos que andaba de parranda por Marruecos volvió deprisa a Madrid. Zapatero se apartó de la mesa de parchís que compartía con su mujer. Y se fueron al aeropuerto los dos muchachos a recibir a las cuatro españolas y agradecer al francés.
Pues bien, esto, ¡ESTO!, es lo que sacó ese Público en primera plana. Véase dónde quedó Sarkozy, el único de todos ellos que trabajó en domingo.
De contra:
La Máquina del Tiempo II, de Lázaro Saavedra
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 06/11/2007 14:12
[« Anterior][1][2][3][4][5][6][Siguiente »]









![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Tristan-Medina-Retrato-apostata-canonico/dp/8493231150/ref=pd_bbs_2/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177366006&sr=1-2] Tristán de Jesús Medina](/var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/tristan-de-jesus-medina/326352-2-esl-ES/tristan_de_jesus_medina_small.jpg)
![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Minimal-Bildung-Jorge-Ferrer/dp/0970307918/ref=pd_bbs_sr_1/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177365089&sr=8-1] Cubierta Minimal Bildung](/var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/minimal-bildung/326325-1-esl-ES/minimal_bildung_small.jpg)
