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Martí, dos tazas

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Una semanita martiana. Y créanme que no hubo premeditación.

El lunes arranqué con el Martí que el cosmonauta cubano se llevó a los cielos. Lo trajo Ponte. Y hoy con fragmento de la Leve historia de Cuba de Enrique del Risco y Francisco García que acaba de aparecer en Pureplay Press.

Los autores imaginan las páginas que faltan en el Diario de Campaña del llamado Apóstol. A saber, las que corresponden al día 6 de mayo, extremo absconditus de la historia insular. Un fragmento que me es especialmente grato reproducir, porque de esas páginas arrancadas me he ocupado yo mismo en Minimal Bildung.

Desacralizador y paródico, este apócrifo es heredero del ejercicio de narración de la muerte de Trotsky al que Guillermo Cabrera Infante sometió a siete escritores cubanos. No sé si Enrisco y García harán historia, pero es evidente que la fabrican con mañas de orfebres. Díscolos orfebres, y valga el oximoron.

Aparece aquí por cortesía de los autores.

Mayo 6 y 1895

Enrique Del Risco y Francisco García

Este diario de Martí se compone actualmente de 27 pequeñas hojas o cuartillas, útiles y escritas todas de puño y letra del mismo.
Es de llamar la atención que hay un salto en el orden de las fechas al faltar la anotación correspondiente al día 6 de mayo. Y, efectivamente, no aparecen en el archivo las cuartillas que comprenden del número 28 al 31, ambos inclusive, es decir, 4, que abarcan justamente, todo el citado 6 de mayo.
Martí, José. Obras Completas. Edit. Nacional de Cuba, 1964, T.15, pág. 213

...el vacío más trascendental de nuestra historia...
Díaz, Jesús. Las palabras perdidas, Ediciones Destino, Barcelona, 1992, pág. 324

6—Llegamos a Jagua que es sitio de viejos mambises. Hasta aquí nos sigue Castro Palomino, trae yerba en extremo espirituosa. Gómez dudoso ni asiente ni niega, pide consejo. Porfía. De ser Maceo quien lo ha enviado no importa, ya está curada la amarga decepción de la víspera con el respeto y entusiasmo con que fuimos recibidos. Castro Palomino, más ágil y verboso que ayer, asegura que de enterarse su jefe no habría perdón. Lamentos. Obtiene palabras de nosotros, tanta es la tiranía y la inconsulta del mulato. Otro asunto que repugna. Ruegos. Silencio en torno a la yerba. Antes de marchar deja dos botellas de Marrasquino delicado. Adiós. Confusión. Cartas a la emigración. Damos recorrido por donde los heridos. Hay tantos y de tal variedad. Entre ellos un anciano que no deja de temblar. Espasmos incontrolables. En vano trata de saludar. Es un veterano tunero que anduvo todo el tiempo tras su general García. Le hablo cualquier cosa—pregunta si soy Martí. A su lado un asmático hace igual pregunta secundado por un negro que sólo conserva un brazo y hasta el codo. Otro sacudido por las fiebres dice haberme visto en Tampa hace mucho. Pide que lo lleve conmigo, sabe que va a morir y prefiere hacerlo de cara al sol. Siento que tiran de mi chaqueta. Aparto suavemente a una criatura desfigurada, enloquecida, la piel seca. “Fueron los cubanos que hacen la guerra de España” —dice Prudencio Bravo, el guardián de los heridos. El hombre grita: dice ver a los traidores y que Gómez y yo somos sus jefes. Tristeza grande. Grita con gritos insoportables. Busco palabras cristianas. No hay otra salida: es golpeado y atado. Todos gritan excitados. Es la sangre de los que no verán ni el sol, ni las nubes, ni nada. Escucho algo como en sueños, algo que ha sido o será verdad. ¡Cuán pedestre es el alma! Pobre Cristo. Deseo irme. “¡Es la guerra!”. “Una maldita casa de enfermos”. Si hubiera tenido un rifle cuando lo oscuro gigantea. Otro grupo habla indiferente de los remedios y bebe cocimientos de hojas de guanábana. Saludan. Preguntan si es verdad que también soy Mayor General. —Se ríen a mis espaldas. Confusión. ¡Si hubiera tenido un rifle!—. Gómez, Prudencio y yo nos retiramos. Hasta el rancho nos traen carne asada y buniatos, envoi también del Castro Palomino o de su jefe, éso no interesa. El Marrasquino trae suave claridad, dulzura. Es el Marrasquino que me recuerda el haschisch. Después de gran rodeo logro que Gómez saque la yerba, temo parecerle frívolo. Nos desembarazamos de Prudencio Bravo: hemos de celebrar consejo y redactar circulares, luego le enviaremos recado. Fumamos. Charlamos entre fumadas y sorbos de Marrasquino. Me extravío, me diluyo entre palabras de Gómez, a él le sucede otro tanto. Adiós a la tristeza, lo venturoso ha renacido. “Aquellos malditos heridos”. La redención amanece en todo su esplendor. Qué engaño —¡oh ventura!—. Fiesta en el cerebro. Explosión de los sentidos. La yerba va cantando. Recito a Gómez: “Es la planta misteriosa/ fantástica poetisa de la tierra/ sabe las sombras de una noche hermosa/ y canta y pinta cuanto en ella encierra”. Gómez refiere imágenes de fina hombradía. De su boca salen mujeres, braman corceles, corren límpidos arroyos, tigres desatados tras ágiles ciervos. Y yo de aquello, lo invisible, me enamoro. La naturaleza estalla en inquietante jubileo sonoro. Fumamos. Canto. Planta trovadora no gime, no entristece ni llora. Sabe el misterio del azul del cielo, el murmullo del inquieto río. ¡Sabe la eternidad! ¿Por qué ha de existir tanta crueldad? Ingravidez. ¡Si yo tuviera un rifle! Gómez, lúcido, pregunta para qué puedo yo necesitar un rifle. Lleva razón. Reímos. Nos imaginamos a mí cargando al machete: Buitre a la vez que altivo Prometeo. Reímos. ¿Y si me entra la muerte por la frente? Es bien cómico. Échole en cara que de no haber inventado las cargas al machete la guerra no hubiera durado diez años. Él concuerda, está conmigo: ¡hubiera durado veinte! Reímos. Vuele, alto, me abraza y me devora. Encendido vigor de éste, mi espíritu potente. Ya no hay misterio. Gómez jura que jamás vio a alguien hablar tanto sin decir nada. Trato de defenderme, pero la risa me lo impide. Ahora piensa, contrario a sus ideas, que si no logro ser presidente de algún lugar al menos quince años, seré un desperdicio. Repito que no me interesa la política, basta el bien para la patria. A poco me paro y grito: “¡Haschisch de mi dolor ven a mi boca!” “¡Protegedme de este viejo sátiro!”. Gómez alza la botella de Marrasquino y me ratifica como Delegado de mi Partido y clama: “¡Viva el Presidente!”. Fiesta. Le digo poniendo voz y gestos de Maceo que, para ser extranjero, no lo ha hecho nada mal. Pregunta con lágrimas en los ojos si el mulato tiene la mano pesada... Reímos. No hay noción ni del tiempo ni del yo. ¡Si tuviera un rifle! Mas no, con un machete la cosa va mejor. Digo a Gómez: sólo a un homicida pudo habérsele ocurrido la historia del machete contra la soberbia de España. Él, más que jocoso, responde que si tuviera un collar se lo quitaría y me lo entregaría para los fondos del Partido al instante... Queremos fumar: volver a lo extra-humano, extra-vivido. Se acabó el papel para los pitillos. Propongo que arranque una página de su diario. Discutimos este punto. Echado a suerte. Cara o cruz. Pierdo. Mis manos piadosas hojean el diario, debo elegir una página, preferiblemente cualquiera o esta misma... La página en manos de Gómez. No permito que lea sobre lo que escribo hoy día... una página menos entre tantas más no le importará a nadie. Me defiendo. Gómez repite que de tener unos aretes también me los entregaría para el Partido. Fumamos... De madrugada. Hambre. Hacemos traernos frangollo, el dulce de plátano y queso y agua de anís. El sueño va llegando, deja armonías celestes en nuestros oídos. Pernoctamos en Jagua que es tierra de viejos mambises.

 

Carlos Eire no deja de vocear sus verdades armadas con parejas dosis de elegancia y contundencia.

Esto trajo hoy El Nuevo Día, de San Juan, Puerto Rico.

Lo que yo dije en Filadelfia

Carlos Nieto Eire

Profesor de Historia y Estudios Religiosos en la Universidad de Yale

11-Julio-2007

La esclavitud no necesita cadenas de hierro. En la historia del mundo han existido muchos tipos de esclavitud y la gran mayoría no han usado cadenas ni contratos ni ventas ni compras de cuerpos. En la historia moderna –siglos 19 y 20 especialmente- se perfeccionó la esclavitud sin cadenas.
La esclavitud que existe en Cuba es espiritual y económica. Sí, los once millones de cubanos que viven en esa isla-prisión caminan y cantan y bailan sin cadenas físicas. Y hasta disfrutan de relaciones sexuales y pegan gritos, seguramente, como buenos cubanos, cuando algo les gusta.
Pero todos viven encadenados a una ideología monstruosa e inhumana que no les permite ser miembros de la comunidad mundial. Y encadenados a una economía que no funciona y nunca funcionará.
Lo que dije yo en Filadelfia es pura verdad: en Cuba todos son esclavos hoy. Esclavos de los hermanos Castro y de un régimen que solamente permite un periódico, publicado por el gobierno. Esclavos de un régimen que le tiene miedo a las elecciones. Esclavos de un régimen que tiene espías en cada cuadra de cada ciudad y pueblo, los comités de defensa de la Revolución, que denuncian a cualquier se atreva a quejarse.
Esclavos de un régimen que no permite a nadie que salga de la isla cuando le dé la gana ni siquiera para ir al entierro de un pariente.
Lo que dije yo en Filadelfia no fue metáfora. No señor. Se equivoca el que lo asegure. Lo que dije fue muy concreto. En Cuba existe un sistema económico que es igual a la esclavitud con cadenas.
Los cubanos no pueden ganar más de $15 al mes. No importa cuánto trabajen, o qué duro trabajen, a todos le pagan lo mismo. Y los que trabajan en los hoteles de turistas, les pagan sus $15.
Pero los europeos que han financiado los hoteles pagan por su labor lo que le pagarían a empleados europeos, por lo menos diez dolares por hora. ¿Quién se roba el dinero que les pagan a esos empleados? El gobierno cubano.
Otra cosa más: hace ya más de 46 años que el gobierno cubano manda gente a trabajar al campo como “voluntarios”, sin pagarle nada. Esto no tiene nada de voluntarismo -eso es una obligación- y, al que no cumple, lo castigan. Peor todavía: hace más de 46 años que han forzado a todos los niños cubanos a trabajar en el campo durante el verano, sin pagarle ni un centavo. Así le hacían a los esclavos. Trabaja y no te pago ni un kilo. Yo mando y tú me obedeces.
Así se fabricó el Capitolio de los Estados Unidos, con esclavos. Les pagaban a los dueños y a los capataces, pero a los esclavos no les daban ni un centavo.
Así es en Cuba hoy. Sin cadenas, sí, y hasta desnuditos y alegres, choteando y tratando de no volverse locos, pero esclavos puros.
Tan esclavos como cualquier de los pobres africanos que los españoles, franceses, portugueses e ingleses se compraban y encadenaban.
Y si a alguien se le ocurre que yo soy un “derechista” o un limpiabotas ciego del imperio estadounidense, permita ese alguien, por favor, que le ofrezca la siguiente opinión.
No estoy ciego a las injusticias de los Estados Unidos o de ningún otro país. Las injusticias se pueden reconocer igual con cualquier color: si es verde, se ve verde. Si es rojo, así se ve. Si es un vómito, así apesta.
Igual con esto.
La verdad es que el gobierno de los Estados Unidos tiene muchos defectos, sí, incluso lo que están haciendo en Guantánamo.
Pero esto de ideologías en paqueticos lindos, con lacitos y etiquetas que dicen “derecha” o “izquierda” es todo una gran ilusión.
Los franceses tienen una buen palabra para esa ilusión: “merde”. Y los alemanes le dicen “scheiss”.
La esclavitud es esclavitud.
Y todos los cubanos, menos los que están a cargo del gobierno de la isla, son esclavos.



La eficacia de la rutina

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El Consejo de Estado convoca las elecciones que tocan y es Raúl Castro quien firma la convocatoria. Le corresponde. Le va en el sueldo y en el cargo, por mucho que se le afee el trono etiquetándolo de “interino”.

Aun así, esa rúbrica que se instala en la Gaceta Oficial hace a Raúl Castro más Castro II de lo que lo era anteayer. Sean lo que sean las elecciones en Cuba, constituyen un momento fundamental de la arquitectura ejecutiva y simbólica de las instituciones del castrismo. Y su convocatoria era ocasión magnífica para el retorno de Castro I, si éste se fuera a producir alguna vez.

A punto de concluir lo que nos dicen es año sabático, ya todo el mundo sabe que el Adidas es su segunda piel, aunque el rojo no sea color de sudario.

En la cadena de adioses, éste que se inscribe hoy en la Gaceta Oficial es de los más rotundos. Lo es, a pesar del calmo paso que lo trae. Lo es, sobre todo por eso: sin sobresaltos, la propia dinámica institucional va apartando a Castro I de su trono.

El tiempo y la enfermedad van haciendo lo que nadie se atreve a emprender con gestos explícitos, aunque fueran suaves. Curiosamente, la propia normalidad que han impuesto es la que conduce a la "anormalidad" de la sucesión. De haber establecido un estado de excepción, no estarían convocando ahora estas elecciones y la situación de interinato se prolongaría hasta que enterráramos al dictador.

Hemos de admitir que quienes manejan los hilos en La Habana son graduados de la mejor escuela de marionetas. Manejan con habilidad a cientos de miles de marionetas que pululan por las calles de la isla o la geografía del exilio. Y a barbada marioneta que se entretiene en escribir sus memorias y contar sus batallitas, mientras el país lo adelanta por la izquierda, siguiendo el lento ritmo de la rutina institucional.

Ahora sólo queda rematar la faena en la inauguración de la legislatura que resulte electa. Que con la misma alegría que aprobaron hace unos días enviar la cultura a la cárcel -uf, ¡qué alegre suena eso!- arranquen la etiqueta de “Interino” de la silla de Raúl Castro y se lo consagre como nuevo director de nuestra película nacional.

El que habrá de ponerle el THE END a este episodio.

 

UPDATE:

Antúnez venció. Un tipo, insisto, a tener en cuenta. Y no sólo porque redime a otros muchos de su cobardía.

Siguen las declaraciones que hizo ayer en Radio Martí.

[ Archivo multimedia ]

Jorge Luis García Pérez - Antúnez

 

UPDATE:

El tráfico de inmigrantes como deporte de alto riesgo. Y deporte criminal. Uno que acaba de abrirle a un cubano el camino hacia el Death row.

Driver Faces Charges in Mens' Deaths

Central American men in an SUV will be charged with capital murder in the deaths of three men thrown from the vehicle in a chase, police said.

The driver, a native of Cuba, was among the 12 people hospitalized early Monday when the SUV rolled while being tailed by police. The three men who were thrown from the vehicle died at the scene, according to a San Antonio police report.

The driver, whose identity has not been released, will be charged with three counts of capital murder in the deaths, said San Antonio Police Sgt. Gabe Trevino.

 

UPDATE:

En La Peregrina Magazine, otro fragmento del libro de Francisco Morán sobre Julián del Casal del que ya daba noticia aquí.



Antonio J. Ponte con Martí en el cosmos, y Vincent Bloch

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La semana pasada, y bajo el epígrafe "La reinvención de lo político en Cuba. Memoria colectiva, sociedad civil y disidencia", se celebró en París un evento organizado por el Centre d’Études et des Recherches Internationales (CERI-Sciences Po) que contó –veo se informa en el programa que aparece en el site del CERI- con el apoyo de la Asociación Encuentro de la cultura cubana y el Centre d'Analyse et de Prevision del Ministerio de Asuntos Exteriores francés.

A petición mía, Antonio José Ponte ha accedido a ofrecer a los lectores de El Tono de la Voz la introducción a la conferencia que leyó en París, de cuya próxima publicación daré aviso aquí. Es cortesía con mis lectores que le agradezco. Vuelve Ponte al Martí del que ya se había ocupado antes en "El abrigo de aire".

Adicionalmente, inserto un fragmento de una reciente conferencia de Vincent Bloch, investigador de la École des hautes études en sciences sociales (EHESS), en torno al mismo asunto que trató en la cita del CERI, a saber, el concepto de lucha. Como suena.

Bloch coordinó junto a Gilles Bataillon el número que dedicó a Cuba la revista Communisme y es responsable de interesantes trabajos sobre la sociología del totalitarismo cubano. Así, “El papel del terror en la génesis de un poder totalitario en Cuba” o “Los rumores en Cuba”.

 

El pensamiento y la acción de José Martí

(Fragmento)
Antonio José Ponte
José Martí es una termoeléctrica y una enorme biblioteca. Es la más alta orden gubernamental y la radio que ataca al gobierno que entrega esa orden. Es un aeropuerto y un montón de avenidas. Es centro de parque en cientos de pueblos y ciudades. Es la dispersión de frases suyas que se repiten incesantemente. Es el dinero que circula con su efigie. Es el primer nombre propio que se menciona en la actual Constitución de la República Cubana: aparece cuando han pasado en anteriores claúsulas una masa anónima de aborígenes suicidas, de esclavos rebeldes, de criollos levantados en armas, de obreros, campesinos y estudiantes.
Como si se tratara de la traducción de títulos imperiales exóticos, Martí ha sido llamado “Nuestro Apóstol”, “Héroe Nacional”, “Pater Patriae”, “Nuestro Recetario Político”, “Padre Santo”, “Nuestro Botiquín de Moral Pública”, “Nuestra Biblia de Vida”. Y se ha afirmado que ninguna estatua que se le levante conseguirá hacerle justicia. Lo afirmó así Rubén Darío, luego de ciertos estimados constructivos, al consignar que para tal estatua “la isla entera sería todavía pequeño zócalo”.
Su figura parece cobrar la importancia universal que Martí mismo exageró para la Isla en una de sus cartas, cuando escribió: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. Cobra la intemporalidad que él mismo prodigaba al advertir que quien se levantara por Cuba, por la causa cubana, se levantaba para todos los tiempos. Leo algunas de sus páginas y me viene a la memoria la noticia de que un poema suyo (no recuerdo cuál) y uno de sus manifiestos políticos (tampoco lo recuerdo) viajan por el espacio cósmico, en caso de no haberse desintegrado todavía.
Allá los puso en órbita el primer (y único) cubano que ha visto el planeta desde afuera y que en la actualidad asiste, mudo en su uniforme de coronel, a consabidas sesiones parlamentarias en La Habana. Trajeado entonces de cosmonauta, Arnaldo Tamayo Méndez, sacó del planeta, además de esos textos martianos, azúcar suficiente para organizar un experimento en torno al crecimiento de los cristales en un medio antigravitacional. Creo que nunca han llegado tan lejos las exportaciones cubanas, nunca se han extendido de manera igual las preocupaciones por el rendimiento de una cosecha. Y no habrá tenido la escritura de José Martí destinatario más extraño (y tal vez más justo), que al ponerse a orbitar en aquellos espacios pascalianos.
El equipaje de un cosmonauta incluye un paquete de azúcar y unas páginas impresas, hablo de exportaciones cubanas, y apunto esta ocurrencia que hizo pública Fernando Ortiz en 1953, durante la celebración del centenario martiano: si el país exportaba con muy buena suerte azúcar, tabaco y música, ¿por qué entonces no iba a exportar a José Martí? Martí era la mejor de las músicas (podía hablarse de esta manera de la impetuosidad y arrastre de su oratoria), era azúcar de óptima calidad (no había más que leer sus afectuosas cartas), y sus ideas acarreaban la misma ebriedad del buen tabaco. (En algunas marquillas de tabaco aparecía su efigie.)
Pocos años antes de esa celebración, Emil Ludwig había escrito su asombro ante algunas frases de Martí que había descubierto. Ludwig emparejaba aquellos fragmentos a los aforismos de Nietzsche, lamentaba que tal obra no estuviese traducida al alemán, y confirmaba la demanda internacional para ese artículo de exportación que Ortiz propusiera. “Centenares de aforismos en tal estilo vigoroso y penetrante”, escribió Ludwig, “que bien pudieran ser de Nietzsche, han sido recogidos en una magnífica colección de sus obras, y de ser traducidas, serían por sí solas suficientes para convertir a Martí en guía espiritual del presente momento del mundo”. Y aludía el biógrafo alemán al año 1948.
Guía espiritual del mundo o principal artículo de exportación, José Martí cobraría su mayor importancia a partir del triunfo revolucionario de 1959. Aunque era objeto de homenaje y objeto de abuso desde mucho antes, desde mucho antes su nombre había entrado en el trapicheo político cubano. Fulgencio Batista (por citar tan sólo el ejemplo de una dictadura anterior) tuvo a bien agenciarse buena parte de los réditos de la celebración del Centenario, e intentó legitimar su muy reciente golpe de Estado con las fiestas por Martí. De igual modo, en ese mismo año, Fidel Castro colocó su lucha contra Batista bajo la advocación del mismo nombre. La política cubana adoptaba en 1953 forma de guerra de reliquias.
Se ha repetido que Martí ha servido a toda intención política del último siglo cubano. Visto así, su utilización por la actual dictadura cubana no tendría particularidad mayor. Sin embargo, lo inusual de esta utilización reside en que un mismo poder se haya servido de él para justificar tendencias sucesivas que se contradicen entre sí. Durante casi medio siglo, Martí ha estado incluido en las cambiantes formulaciones del discurso oficial cubano, y ha sido principal pieza de dominio. Es por ello que ninguna otra interpretación martiana me parece más necesitada de atención que la versión oficial cubana. Porque ninguna otra interpretación ha sido llevada más lejos. Hasta el cosmos.

 

Le sens de la lutte

(fragmento)

Vincent Bloch (EHESS)

Le projet révolutionnaire cubain avait instauré un dispositif institutionnel, des normes juridiques et un ensemble de droits sociaux dont le but était de créer à Cuba un « homme nouveau », luttant pour le bien commun dans une parfaite symbiose avec les valeurs politiques mises en exergue par le régime. Animé par une consciente révolutionnaire, cet « homme nouveau » était porté par un mode d’intégration et un système de référents sociaux et politiques dont l’effectivité des normes et des valeurs faisait sens pour l’ensemble de la

société, sans que celles–ci emportent nécessairement l’adhésion.

D’un côté prévalait un égalitarisme « strict », inscrit notamment dans des normes de consommation stables. De l’autre, la stratégie d’accès à davantage de faveurs passait par l’obtention d’un poste au sein du système politique ou du haut fonctionnariat, et à un moindre degré par la voie des qualifications professionnelles socialement valorisées par le gouvernement (santé, éducation). Si l’adhésion publique au régime était la norme pour tous, l’ascension sociale était la récompense d’un «comportement communiste exemplaire », conférant consubstantiellement une lisibilité à la hiérarchie sociale. Enfin, les valeurs exaltées par le régime agissaient aussi comme des référents qui faisaient sens : désignation d’un ennemi, le capitalisme, installation dans une alerte permanente face aux menaces extérieure (les USA) et intérieure (les contre–révolutionnaires), lutte pour l’égalité et la justice sociale, par le communisme.

Or, le tarissement de l’aide soviétique à partir de la fin des années 80 déclenche un effondrement du système économique cubain, à tel point qu’en 1990, Fidel Castro décrète la « période spéciale en temps de paix ». D’une part, l’économie officielle n’est plus en mesure d’assurer l’offre et par conséquent le régime ne garantit plus que de manière précaire les

services jadis offerts : alimentation, transports, santé, éducation, emploi. D’autre part, le système économique connaît à partir du début des années 90 une réintroduction partielle de la logique de marché. Les mesures concernent principalement la privatisation d’une partie du secteur agricole, la réouverture de marchés paysans où circulent des biens alimentaires dont le prix est régi par la loi de l’offre et de la demande, et la réautorisation du travail indépendant pour près de 200 métiers. Enfin, le pays s’ouvre aux capitaux étrangers à travers la création d’entreprises en joint venture puis totalement aux mains d’actionnaires non cubains,

tandis que la possession de dollars est dépénalisée et que sont créés des magasins où sont disponibles en devises des produits non soumis aux pénuries.

Tout ceci bouleverse les habitudes et ouvre une période de réorientation des comportements économiques. Petits trafics et entorses à la légalité socialiste se multiplient, alors que dans le même temps apparaît une autre ressource, l’argent des touristes, dont le nombre avoisine les deux millions annuels à la fin des années 1990. Ainsi, pour beaucoup de Cubains et d’observateurs et analystes étrangers, le pays a connu un bouleversement de fond en comble.

Le propos de cet article sera de s’interroger sur la nature du système de normes en vigueur au sein de la société cubaine. Mon attention portera sur la vision communément admise selon laquelle il existait à Cuba un système de normes qui s’est effondré avec l’instauration de la période spéciale, laissant le régime castriste moribond. J’essaierai au contraire, de montrer à travers la trajectoire biographique d’un Havanais de trente ans, comment ces normes peuvent s’accommoder d’une marginalité « délinquante », sans que cette dernière n’en vienne à constituer un facteur de trouble dans la pérennité de l’ordre castriste.

« La rue »

Né à Pinar del Rio en 1970, Juan Diaz a un frère – né en 1966 – et une soeur aînée – née en 1969 –, ainsi que deux frères cadets, nés respectivement en 1972 et 1973. Il n’a pas poursuivi sa scolarité au–delà du noveno grado, considérant, « à 14 ans [que] les études qui [lui] étaient

proposées [« technicien » ne [le] mèneraient à rien, même si [ses] résultats étaient excellents. »

« J’ai été élevé dans la rue, c’est la que se trouve la vie, et je me débrouille seul depuis l’âge de 14 ans, sans être un poids pour ma famille […] Je ne suis pas éduqué, mais contrairement à beaucoup de gens éduqués, j’ai du tact. » Ses proches mettent unanimement en avant son

intelligence, et établissent volontiers un rapport entre cette caractéristique et ses problèmes nerveux. Son ami Leo disait ainsi : « Quand il commence à analyser quelque chose, il s’obsède et devient fou. » Pour sa part, Juan se reconnaît dans un diagnostic informel qui lui avait été fait par un psychologue : « individu agressif, incapable de contrôler ses

nerfs ».

Arrivés de Galice et des îles Canaries au milieu du XIXe siècle, les ancêtres de Juan se sont établis dans l’ouest de Cuba, les uns travaillant comme ouvriers agricoles, les autres réussissant à ouvrir de petits commerces au fil des générations. Avant la Révolution, nombreux étaient les membres de sa famille impliqués dans les jeux clandestins et les petits

trafics, et rares étaient ceux qui avaient poursuivi des études au–delà de l’école primaire. Dès les premières années de la Révolution, un de ses oncles, ingénieur, avait émigré à Miami. Le reste de la famille demeurait dans l’ouest de l’île et subsistait grâce à un petit commerce, dont la fermeture, conséquence de « l’offensive révolutionnaire » de 1968, a réorienté les activités de son père et de ses oncles vers le trafic de produits agricoles et les jeux clandestins. La mère, née en 1951, s’occupait exclusivement de l’éducation de ses enfants – dont aucun n’a

étudié au–delà de l’âge de scolarisation obligatoire – , les hommes de la famille assurent la survie matérielle du foyer lorsque le père est condamné à trois ans de prison pour vente d’essence au marché noir. Lorsqu’il sort de prison en 1978, il décide d’essayer d’établir les siens à La Havane, considérant que les activités illicites y sont moins risquées. En 1980, grâce à une permuta1 convenue avec une famille désireuse de quitter la capitale, les Diaz échangent leur appartement de cinq pièces à Pinar del Rio contre une somme d’argent et un deux pièces dans le quartier havanais de Colón.

« Imagine toi les guajiritos – paysans – arrivant dans le quartier avec notre accent et nos faces de guachos – blancs. C’était bronca – embrouille, bagarre – à chaque instant. Mes petits frères se battaient tout le temps […] Rapidement on s’est fait notre place, rapidement on a fait

des amitiés avec les chamaquitos – gamins – du quartier, dont certains avaient du statut : on les respectait parce qu’ils savaient se battre et parce qu’ils étaient mostruo – balaise – pour trouver de l’argent. Entre nous, il y avait du respect, de la rectitude, personne n’arnaquait personne : business de viande, de fringues, de quoi que ce soit, des trucs qu’on avait

dépouillés ensemble à des mecs […] Dans l’ensemble, c’était les règles de l’ambiente qui faisaient marcher les choses, avec le tact les problèmes étaient évités, mais attention, ça veut pas dire que tu pouvais faire confiance aux gens du quartier, si tu leur tournes le dos, te clavan – ils te niquent. »

Publicado en COMMUNISME – n°83/84/85 – 2005/2006. Continúa aquí



La "Ley Vaselina"

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El ABC trae hoy un par de historias sobre los llamados “Divorcios Exprés”. Munición para el conservadurismo catolicón que tantos adeptos tiene en España. Boberías con olor a incienso, porque entre lo poco que hay que agradecer a Zapatero aka El Adolescente están esas leyes que desmontan el entramado represor del casticismo. Así, esta ley el divorcio o la del matrimonio homosexual.

Pero esta historia entre cubano que buscaba balsa con turbinas de Iberia, en lugar de impredecible Evinrude de veinte caballos, puede convertir la zapateril ley de los divorcios exprés en singular Ley de Ajuste cubano.

“Ley asesina”, le llama el régimen de La Habana a la norteamericana. ¿Cómo le llamará a la española? ¿Ley vaselina?

«Todo fue exprés, el noviazgo, el matrimonio y el divorcio»

D. P. MADRID.

Ana se casó con un cubano. Tras un flechazo y sólo 12 días de convivencia, la unión sólo duró dos meses.

«En mi caso todo fue exprés, el noviazgo, el matrimonio y el divorcio. Fue un flechazo. Él era un bombón, claro que yo tampoco estoy nada mal. Me enamoré de su forma de ser». Cuatro días en Cuba le bastaron a Ana para pensar que había encontrado al hombre de su vida. Regresó a España sin él y desde aquí mantuvo el contacto vía internet y telefónica. «Ni sé lo que me pude gastar en teléfono».

El caso es que se quedó con ganas de volver, de seguir la relación, de avivarla. Unos meses después, nuevo viaje a la isla. Otros cuatro días de convivencia y la sensación de que la relación se consolidaba. A la tercera fue la vencida. En total, un noviazgo de aproximadamente un año desde la distancia, aunque sólo 12 días reales de estar juntos, y llegó la boda.

«Yo no creía—ni creo— en el matrimonio, pero sí en la relación. Quería estar con él y la única manera era traerlo a España, pero no le dejaban entrar. La solución era o meterle de ilegal por medio de un abogado que se dedica a eso y hasta tiene un bufete cerca de la embajada de Cuba, o casarnos. Opté por la segunda opción. Lo malo es que una vez en España la cosa no funcionó. Ni él era como yo pensaba, ni yo como pensaba él. A los dos meses nos dimos cuenta de que no había nada que hacer y decidimos romper el matrimonio. Fue de mutuo acuerdo. Hubo separación de bienes y ningún problema».

La ley del divorcio-exprés aún no estaba aprobada, pero faltaba poco. «Fuimos de los primeros en acogernos a la nueva modalidad que me parece un acierto porque de otra forma hubiéramos tenido que esperar dos años».

Ana guarda un recuerdo «agradable» de aquello. «No hubo disputas. Todo fue muy civilizado y no cierro las puertas a volver a casarme. Sigo sin creer en el matrimonio, pero si en un momento dado me interesa por lo que sea, me casó y punto».

 

Lectura dominical:

Viaje a la semilla

Alejo Carpentier

I

—¿Qué quieres, viejo?...

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto— cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desplomlaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.

III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel.

Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.

IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!» No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.

V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad.

Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.

VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala.

Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de «El Jardín de las Moodas». Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite.

Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.

VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, «Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa.

Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.

VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.

—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.

IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los «Sí, padre» y los «No, padre», se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.

X

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el «Urí, urí, urá», con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.

XI

Cuando Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

—¡Guau, guau!—dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.

XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.

Cortesía de Bibliotecasvirtuales.com



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Al teléfono:

–Oye, jorgito, ¿cómo es eso que el tipo no escribió ni una línea esta semana?

–Estoy extrañado, sí.

–Con el gusto que le habrá cogido a escribir, más el plan aquel de las reflexiones largas y las cortas… No sé. Aquí huele a muerto…

–Habrá tenido una recaída… O estará haciendo la lista de los trovadores para la tournée «Ergástulas 2007».

–Oye, ¿y si se partió de verdad?

–Peor. Vivo, nos regala la coartada de que no hay cambio porque respira en la sombra. Muerto, nos humillará peor que lo que lo hace en vida. Ahora es un cadáver en el closet. Muerto, se nos sentará en el sofá de la sala.

–Ñó. Te levantaste espeso, asere.

–¡Qué va!

–Vete a la playa, cómete una paella…

–Eso lo compro.

 

Leo que catorce personas han muerto en la historia de los encierros de san Fermín. A ver si este año los toros consiguen duplicar esa cifra, llevándose a otros tantos borrachos que, azuzados por la lectura –es un decir- de Hemingway corren delante de los toros.

 

UPDATE:

¡Y lo compré de verdad!



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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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