Rafael Rojas: Las estaciones del cambio en Cuba
Jorge Ferrer | 05/03/2008 15:38
El pasado 27 de febrero Rafael Rojas leyó en la Casa de América, Madrid, la conferencia que sigue.
En ella, Rojas dibuja el paisaje de la transición cubana, a partir de una lectura «desapasionada» del escenario en que nos sitúa la reciente sucesión.
No se trata de análisis que contente a muchos, pero, como bien dice Rafael, «en política, es bueno distinguir realidad y deseo».
Le agradezco ofrezca este texto a los lectores de El Tono de la Voz.
LAS ESTACIONES DEL CAMBIO EN CUBA
Por Rafael Rojas
En los asuntos políticos de cualquier nación es recomendable distinguir, a la manera del poeta Luis Cernuda, la realidad y el deseo. Como muchos exiliados cubanos, deseo una transición pacífica a la democracia en mi país, que restablezca un orden de libertades públicas y conceda plenos derechos de asociación y expresión a la ciudadanía de la isla. La realidad cubana, sin embargo, se mueve en otra dirección: en la Habana acaba de consumarse un proceso de sucesión en el poder, encabezado por Raúl Castro y varios de los políticos más viejos y conservadores del Partido Comunista y las Fuerzas Armadas. En las páginas que siguen quisiera proponer algunas observaciones sobre el alcance de ese proceso de sucesión, dejando a un lado, en lo posible, mis propios deseos. Ningún análisis es plenamente neutral, pero aquellos que proceden fríamente suelen ser más eficaces.
Antes de comenzar, me gustaría advertir que la racionalidad más profunda de la actual sucesión autoritaria, en Cuba, responde a un elemental cálculo biológico. Las élites insulares decidieron aprovechar hasta el último minuto la maquinaria política de la persona de Fidel Castro. La sucesión comenzó el 31 de julio de 2006, cuando la maquinaria falló, y se consumó el pasado 24 de febrero, cuando estaba descartada una recuperación médica. Ahora, esas mismas élites están calculando con precisión el tiempo de vida política activa que queda a la generación histórica: la principal favorecida en el nuevo Consejo de Estado. De no haberse enfermado, Fidel Castro seguiría gobernando Cuba unipersonalmente, como lo hizo durante medio siglo. La sucesión tiene, pues, un origen biológico, no político, lo que no significa que no haya sido planeada hasta el último detalle.
Si algo ha quedado claro en los dos últimos años es el interés que tienen Raúl Castro y su equipo en que esa sucesión sea entendida como un nuevo período de la historia contemporánea de la isla, en la que el gobierno asume la necesidad del “debate” político y el reconocimiento de la “diversidad” social. En vez de persistir en el tono triunfalista, unánime y movilizador de la llamada “batalla de ideas”, la obsesiva estrategia de Fidel Castro desde fines de los 90, los sucesores proponen un lenguaje más realista e institucionalizado, que parte de la admisión pública de la crisis por la que atraviesa Cuba desde 1992. Algo ha cambiado de manera notable en los dos últimos años y es el lenguaje del poder. Ese cambio podría actuar como catalizador de transformaciones más profundas al nivel de la ideología y la política.
El mayor reto al que se enfrentan las élites sucesoras es la preservación de la continuidad de la “revolución” y el “socialismo”, dos conceptos abstractos que se presentan como sinónimos de “patria” o “nación”, pero que políticamente deben ser traducidos como partido único y economía de Estado. Si el período sucesor continúa diferenciándose en su manejo político de las dos últimas décadas fidelistas, se abre la posibilidad de que la sucesión sea rebasada por una transición a la democracia y la economía de mercado. Entre admitir que el sistema no es económicamente eficiente ni políticamente representativo y atribuir esas dificultades, no a fallas en su funcionamiento, sino al diseño del mismo, no hay más que un paso.
Hasta ahora, para el gobierno sucesor el objetivo ha sido propiciar un clima de debate en las bases, que derive en un paquete de reformas, fundamentalmente económicas, sin que el cuestionamiento popular ni las medidas gubernamentales amenacen el partido único y el control estatal de la economía y la sociedad. La operación no está exenta de riesgos, ya que cada vez se hace más difícil para los líderes de la isla persuadir o convencer a la ciudadanía de que problemas de la economía y la sociedad cubanas, como la escasez de luz y agua, el deterioro de las viviendas, la inexistencia de una adecuada red de transporte público, los bajos salarios, la mala calidad de la salud y la educación y los altos precios son causados por el “bloqueo” o la “guerra mediática” del imperialismo y la “mafia” de Miami.
El método que siguen las élites cubanas, para evitar que la transición rebase la sucesión, es el reforzamiento de las instituciones del Estado, en lugar de la apelación a liderazgos carismáticos o a una apertura de la opinión pública. Los debates han sido promovidos por el Partido Comunista, que tiene más de 800 000 afiliados, y por las instancias locales del Poder Popular, que involucran a todos los municipios de la isla. Sin embargo, muy poco de lo que se debatió en esos foros llegó a la prensa, la radio o la televisión, los cuales se mantienen funcionando de acuerdo con el viejo estilo de la “batalla de ideas”, como si Cuba estuviera al borde de una invasión de Estados Unidos o como si la isla gozara de un nivel de vida superior al de Suecia.
En los foros en que se debatieron los problemas de la isla, los dirigentes regionales o nacionales insistieron siempre en el control de las expectativas –“no somos magos”, ha dicho Raúl- y en la necesidad de respetar las estaciones del cambio. Por ejemplo, en el tema inevitable, si se habla de cambio democrático, del partido único, los funcionarios sostienen que antes de pensar en pluripartidismo –“pluriporquería”, le llamó alguna vez Fidel- es preciso lograr la pluralidad dentro del propio partido comunista. Con astucia, Raúl Castro y otros dirigentes de la isla están satisfaciendo un viejo reclamo de la clase política cubana que consiste en democratizar primero el partido para luego democratizar la sociedad.
El gobierno sucesor cuenta, pues, con dos instituciones para echar a andar su limitado proyecto de reformas: el Partido Comunista y la Asamblea Nacional del Poder Popular. Todo parece indicar que, antes de convocar al sexto congreso del Partido, que debió celebrarse en el año 2002, Raúl Castro y sus hombres han preferido utilizar el parlamento para aprobar algunas medidas esperadas por la población, como la eliminación de trabas a los negocios personales, el ajuste de precios y salarios, la unificación monetaria, el permiso de salida del país o el libre acceso a algunas instalaciones turísticas. Luego de que el nivel de expectativas baje un poco, tras la implementación de esas u otras reformas, la cúpula dirigente pensará si se arriesga a enfrentar la tensión entre inmovilistas y reformistas que, desde hace años, se vive dentro del partido gobernante.
El debate sobre los cambios ha estado circunscrito a los problemas de la vida cotidiana en la isla. La idea de que lo que los cubanos quieren es cambio económico y no político se difunde abiertamente en círculos oficiales, como si se tratara de reemplazar política con administración, a la manera de la ortodoxia neoliberal. Sin embargo, los deseos de cambios políticos son reales, sólo que se manifiestan en sectores de la población invisibilizados por las instituciones y los medios de la isla. Los varios miles de opositores que viven en Cuba y los más de dos millones de cubanos que viven en el exilio tienen expectativas de cambios no sólo económicos. Hasta ahora el gobierno de Raúl Castro no ha dado señales de asimilar esas demandas, pero sus negociaciones con Madrid, Bruselas y el Vaticano son reveladoras de que es consciente de que la liberación de presos políticos puede ser un instrumento eficaz en la normalización y diversificación de las relaciones internacionales cubanas.
En la primavera de 2003, como es sabido, en Cuba fueron encarcelados, sometidos a juicios “sumarísimos” y condenados a penas de entre 6 y 28 años de prisión, 75 opositores pacíficos, bajo el cargo de ser “agentes de una potencia extranjera”. Cincuenta y nueve de aquellos disidentes, que forman parte de los 240 presos políticos que hay en la isla, permanecen recluidos a pesar de que el gobierno de Raúl Castro ha anunciado su disposición de suscribir los pactos de Naciones Unidas sobre derechos civiles, políticos, económicos y culturales. La oposición, el exilio y buena parte de la comunidad internacional se preguntan, con razón, por qué no son excarcelados todos los opositores cubanos si el gobierno de la isla, después de medio siglo de negarlo, admite finalmente que los derechos políticos también son derechos humanos.
Es evidente que las señales de cambio enviadas por La Habana, en los dos últimos años, están dirigidas a una comunidad internacional que tomó distancia tras la represión de la primavera del 2003, dejando a Cuba en una prioritaria y absorbente relación con Venezuela. El objetivo de Raúl Castro ha sido reconstruir la red de relaciones con Europa y América Latina que Cuba poseía en los 90 y que la ayudó a enfrentar la ausencia de la URSS. En aquella década, los mayores incentivos para esas relaciones estaban puestos en un posicionamiento ventajoso en las inversiones insulares de cara a una posible transición a la economía de mercado. Ahora, los incentivos siguen siendo los mismos, sólo que cualquier intercambio bilateral con La Habana, que aspire a cierta profundidad, implica también la colocación del tema de los derechos humanos en la mesa de negociaciones.
La manera en que el gobierno cubano ha conducido sus relaciones con España es, en este sentido, muy reveladora del aprovechamiento de la coyuntura que se abre con la convalecencia de Fidel Castro para una normalización y diversificación de los vínculos diplomáticos de la isla. El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, por medio de su canciller Miguel Ángel Moratinos, ha impulsado en los últimos años un diálogo con La Habana sobre derechos humanos con dos resultados importantes: la firma de los citados pactos de Naciones Unidas sobre derechos civiles, políticos, económicos y culturales y la liberación de varios de los 75 arrestados en la primavera de 2003. El precedente del diálogo con España está siendo aprovechado por otros actores internacionales como el Vaticano, la Unión Europea y algunos países latinoamericanos como México y Chile, los cuales deberían colocar, también, el tema de los derechos humanos en la agenda bilateral y desafiar un chantaje que les aplica La Habana en sus respectivos entornos domésticos.
En el orden internacional, la coyuntura es favorable a un proceso de reformas emprendido por el gobierno sucesor de Raúl Castro. Si ese proceso se inicia es muy probable que sobrevenga un choque de expectativas entre el carácter limitado de las reformas económicas que imagina el gobierno sucesor –y que espera la mayoría de la población de la isla- y el deseo de un cambio de régimen y una transición a la democracia que sienten la oposición, el exilio y buena parte de la comunidad internacional, incluida aquella que hoy apuesta por el diálogo con La Habana. En ese choque de expectativas se resolverá la tensión entre sucesión autoritaria y transición democrática que se vive en Cuba desde mediados del 2006.
Las grandes expectativas sobre posibles cambios en Cuba han sido leídas de manera contradictoria: algunos las ven como condiciones para una transición; otros, como premisas de la continuidad. El propio Raúl Castro ha contribuido a esa ambivalencia al hablar de la necesidad de “cambios estructurales” y, al mismo tiempo, advertir que no se esperen transformaciones “espectaculares” o al referirse a “un exceso de prohibiciones” que deben ser revocadas y a la urgencia de que los ciudadanos se sientan libres de debatir sus principales problemas, no para “destruir la revolución y el socialismo”, sino para “perfeccionarlos”. Con la instalación de la nueva Asamblea Nacional, las élites sucesoras cuentan ya con la plataforma adecuada para pasar de la promesa a la realidad del cambio.
A pesar de que el llamado “debate” sobre los “cambios” se traza desde límites muy precisos, son muchos los temas que han emergido en los últimos meses: la excesiva estatalización de la economía, las trabas a la pequeña y mediana empresa privada de capital nacional, la existencia de dos monedas –el peso convertible, equivalente al dólar, en el que funciona la mayor parte del mercado interno, y el peso nacional, con un valor veinte veces menor y con el que se paga la mayoría de los salarios-, los altos precios en el mercado agropecuario, las restricciones para entrar y salir de la isla, el mal servicio del transporte público o la imposibilidad de acceder libremente a hoteles reservados para el turismo. La gran expectativa de cambios acumulada en Cuba en las últimas décadas ha sido desglosada puntualmente, dentro de los límites de una tímida reforma económica.
La pregunta que se impone es si la ciudadanía cubana se conformará con una serie de medidas que desahogue su vida cotidiana. O mejor, si la expectativa de cambios acumulada durante tanto tiempo rebasa los límites de una reforma económica tan estrecha. A juzgar por la oposición y el exilio cubanos, dos actores que existen, a pesar de que el gobierno sólo los tome en cuenta a la hora de reprimir o descalificar, sí. Dentro de la isla hay importantes capas de la población que desean una transformación más profunda, que abarque también el orden político. Fuera de la isla, esa es la perspectiva de la mayoría de las organizaciones exiliadas y de buena parte de la comunidad internacional, aún de aquellos países europeos y latinoamericanos que defienden una estrategia de diálogo con la Habana.
La idea de que lo que “el pueblo cubano desea es comida, no política”, con todo el paternalismo que entraña, se ha difundido mucho dentro y fuera de Cuba. Para las élites insulares se trata de una bendición a su proyecto de reforma económica limitada. Para los partidarios acríticos del gobierno cubano en el mundo se trata de la mejor manera de contribuir a la perpetuación del sistema. Lejos de esa visión tecnocrática, la creciente diversidad de la sociedad cubana, en la isla y en la diáspora, experimenta una acelerada politización que demanda formas plurales de representación y que conduciría eventualmente a un cambio de régimen.
La renuncia de Fidel Castro el 19 de febrero a la presidencia del Consejo de Estado y a la jefatura máxima de las Fuerzas Armadas es un elemento importante de la politización de los cambios en Cuba. Con la instalación de la última Asamblea Nacional del Poder Popular, el pasado 24 de febrero, se consumó la sucesión de poderes a favor de Raúl sin un esquema de mínima distribución de la autoridad central. Contrario a lo que muchos esperaban, Raúl fue designado como presidente de los Consejos de Estado y Ministros, y la primera vicepresidencia fue otorgada a un político de tan conocida ortodoxia como José Ramón Machado Ventura. La introducción de cambios en el Consejo de Ministros demorará un poco, pero, cuando se produzca, tal vez propicie la renovación generacional que muchos desean.
A la espera de las medidas anunciadas, la atención mundial permanecerá puesta en la Asamblea Nacional. Ese protagonismo de la institución legislativa de la isla es, de por sí, un cambio importante en la vida política cubana, la cual, en el último medio siglo, ha dependido tanto de las prioridades y los caprichos de una persona. La recuperación de los cauces institucionales de la vida pública, aún dentro de los límites que impone el régimen de partido único, es un elemento favorable para la transición democrática ya que le aporta racionalidad y transparencia a la toma de decisiones del gobierno. Mientras no se convoque a un nuevo congreso del Partido Comunista, la Asamblea será el instituto decisivo de la sucesión cubana.
Lo peor que podría pasar, naturalmente, es que, al igual que a mediados de los 90, las reformas se estanquen dentro del parlamento y que las grandes expectativas de cambio se disuelvan en el inmovilismo ideológico de las élites. Los actores comprometidos con la transición democrática observarán críticamente la sucesión de poderes en la isla y harán todo lo posible por evitar que la reconstrucción de la legitimidad del régimen, en ausencia del líder histórico de la Revolución, no pase de una refuncionalización de las instituciones. Ellos presionarán, dentro y fuera de Cuba, para que la reforma económica rompa sus propios límites e implique una liberalización política del sistema.
En cualquier caso, la oposición y el exilio deberían ser conscientes de que el nuevo gobierno de Raúl Castro, Machado Ventura y los generales sí emprenderá cambios en la economía cubana, que serán muy populares en la isla. A pesar de su composición vieja y retardataria, las reformas que impulsará la máxima dirigencia del país, probablemente, incrementarán el respaldo doméstico e internacional del gobierno. En ese escenario, cabría preguntarse si la oposición y el exilio deberán mantener la misma estrategia y el mismo lenguaje que han sostenido desde la caída de la Unión Soviética y, en su peor versión, desde la Guerra Fría. Si las necesidades básicas de la población son cubiertas, como anunció Raúl Castro en su último discurso, las demandas de la oposición deberán desplazarse mayoritariamente hacia la esfera política.
La disidencia y el exilio podrían convertir la liberación total e incondicional de presos políticos y la falta de reconocimiento de una oposición pacífica y soberana en sus dos demandas principales. La primera de esas demandas, la excarcelación de los 240 ciudadanos recluidos por delitos de conciencia, no ofrece mayores dificultades, ya que es una causa moralmente aceptada en la comunidad internacional, aunque muy pocos países contribuyan a la misma de manera directa y eficaz. La segunda demanda, sin embargo, debe enfrentar algunos obstáculos para avanzar dentro y fuera de la isla. Muchos opositores y exiliados parten de la premisa de que la oposición cubana no debe reclamar reconocimiento de un gobierno que consideran ilegítimo.
En efecto, el gobierno cubano puede ser considerado ilegítimo desde una cultura política democrática o liberal. Sin embargo, ese es el gobierno “realmente existente” en la isla, el que domina con amplias facultades la sociedad cubana y el que mantiene la gobernabilidad, a pesar de tanto autoritarismo y tanta inconformidad. Se trata, además, de un gobierno, como decíamos, con posibilidades de renegociar su popularidad ante la ciudadanía por medio de un paquete de reformas económicas. Si la oposición y el exilio persisten en trabajar con la ciudadanía de la isla y la comunidad internacional, sin intentar el reconocimiento del régimen, buena parte de ese trabajo se mantendrá, como hasta ahora, en la marginalidad o en el testimonio. Aún en estas dos últimas dimensiones, ese trabajo será siempre valioso, como referente histórico de la futura transición democrática, pero ineficaz como motor de cambio en el presente.
Buena parte de la estrategia de la oposición y el exilio, en el último medio siglo, ha estado ligada a la expectativa de un levantamiento popular en la isla o de una intervención militar de Estados Unidos en Cuba. La observación de la vida cotidiana de los cubanos y de la política de Washington hacia la isla, basada en la preservación del orden y la seguridad nacional en un pequeño país fronterizo, con un alto potencial migratorio, arroja que ambos escenarios deben ser descartados. De manera que la oposición y el exilio tendrían que reacomodar sus agendas a la circunstancia de una sucesión lenta, autoritaria, con una apertura económica limitada y una liberalización política inexistente. En este sentido, la práctica política inaugurada por el documento “La patria es de todos”, el proyecto Varela y la coalición Todos Unidos siguen siendo antecedentes aprovechables para presionar a favor del reconocimiento de la oposición como un actor legítimo de la vida pública cubana.
La causa de la oposición y el exilio es justa, puesto que se inspira en la construcción de un orden democrático en Cuba, en el que quepan todos, comunistas y liberales, autoritarios y demócratas, revolucionarios y exiliados. Sin embargo, sus métodos no necesariamente son los más adecuados para lidiar con una sólida estructura de poder, que se propone recuperar la legitimidad y el consenso perdidos en las dos últimas décadas fidelistas. La historia, seguramente, dará la razón a quienes se enfrentaron a un régimen totalitario de medio siglo o más, pero esa satisfacción puede llegar muy tarde, cuando varias generaciones de opositores y exiliados hayan desaparecido. Entonces, el legado de esa oposición y ese exilio podría convertirse en un asunto de los historiadores y no en una fuerza de la nueva democracia.
Trabajar por el reconocimiento de la oposición y el exilio como actores legítimos de la vida pública cubana no debe ser visto como una proposición ingenua o como una claudicación. Es evidente que el gobierno de Raúl Castro no contempla reconocer otro liderazgo nacional que no sea el suyo. Sin embargo, desde un punto de vista simbólico, la mayor credibilidad de la oposición, como se comprobó con el proyecto Varela, proviene de una presión pacífica sobre los límites de la actual legislación totalitaria. La oposición es una fuerza moral de la transición democrática que, reprimida y descalificada por el régimen, se comunica con la ciudadanía de la isla a través de la comunidad internacional y el exilio, por lo que su mensaje muchas veces llega desvirtuado a su audiencia natural. La pregunta es si la oposición y el exilio, además de fuerzas morales, quieren ser fuerzas políticas del cambio de régimen en Cuba.
La sucesión de Raúl Castro y los jerarcas del Partido Comunista y las Fuerzas Armadas en Cuba ha impuesto su ritmo al cambio democrático cubano. Dicho ritmo opera como las estaciones, dosificando el cambio a lo largo del tiempo, de tal manera que algunas demandas de transformación, aceptadas por la propia dirigencia, como la renovación generacional de las élites, u otras, rechazadas por ellas mismas, como la apertura de la esfera pública o la concesión de derechos civiles y políticos, se posterguen indefinidamente. Es probable que Raúl, Machado Ventura y los generales estén pensando mantener un estricto control sobre la clase política insular durante los próximos cinco años, según el período de mandato de la Asamblea Nacional, que corresponderían a la aplicación de reformas económicas. Luego, se procedería a una reestructuración del Consejo de Ministros.
La democracia no es, desde luego, una estación del cambio prevista por esos líderes. Pero, tal vez, la generación histórica piense que los derechos civiles y políticos, la libertad de asociación y expresión, son problemas que deberán enfrentar los más jóvenes de las élites cuando los viejos ya no estén. La renovación generacional de la clase política cubana ya se ha producido, en parte, dentro del Consejo de Ministros y la estructura local y provincial del Partido Comunista. Sin embargo, para que esa renovación llegue a la máxima dirección del país habrá que esperar algunos años: tal vez, los años que dure la salud de Raúl Castro. Cuando la racionalidad biológica de la sucesión imponga el ascenso de una nueva generación al poder, el Estado cubano deberá enfrentarse a la ausencia del liderazgo histórico y a una nueva reconstrucción de la legitimidad del sistema político.
En los próximos años, bajo Raúl, la legitimidad del régimen dependerá del éxito o el fracaso de las reformas económicas. Dentro de cinco o diez años, cuando la generación histórica ya no pueda gobernar, la nueva reconstrucción de la legitimidad que sobrevendrá no podrá desentenderse de la gran asignatura pendiente: la democracia. En caso de que las reformas económicas fracasen, como vaticinan muchos expertos, la presión interna a favor de la democratización será mayor. Por ahora, sin embargo, nada, desde afuera o desde adentro, parece amenazar el ciclo de estaciones impuesto por la sucesión autoritaria. Nada, ni la presión comercial de Estados Unidos, ni el diálogo diplomático de España, ni el testimonio de la represión que llega desde las cárceles, ni el dolor de un exilio de media centuria son decisivos para la aceleración de un cambio de régimen en Cuba.
Decía al principio que, en política, es bueno distinguir realidad y deseo. Un análisis medianamente informado de la realidad cubana nos persuade de que la democracia no está cerca. Quienes tenemos la certidumbre de que hay un orden democrático en el futuro de la isla, procedemos más por la vía de la fe que por la de la razón. Es decir, pensamos que tiene que haber una transición democrática a la vuelta de la esquina porque la democracia, aunque no es un sistema político perfecto, es la forma de gobierno más racional concebida por el hombre. Pensamos que un país joven, diverso y transnacional, como Cuba, sólo puede dirimir civilizadamente sus diferencias y satisfacer los intereses contradictorios de su sociedad bajo un estado de derecho y un régimen con libertad de asociación y expresión. La única forma de gobernar esa comunidad plural, sin democracia, es, como en el actual sistema político, por medio de la exclusión de millones de cubanos.
Quienes así pensamos no podemos admitir que la democracia no sea el desenlace de la historia de Cuba. A veces olvidamos que, aunque suena parecido, la razón humana es una cosa y la razón cubana otra. El corazón cubano tiene misterios que la razón humana desconoce, podríamos decir, parafraseando a Pascal. Sin embargo, ninguna evidencia, ninguna estadística será suficiente para dejar de desear la democracia ni para dejar de sostener que el encarcelamiento de opositores moderados y pacíficos y la falta de derechos civiles y políticos son injustos. Aunque la historia transcurra a favor de la sucesión autoritaria, quienes desean una transición democrática en Cuba, que son muchos, seguirán defendiendo sus ideas y trabajando porque el cambio de régimen se produzca en paz y para beneficio de todos los cubanos, los de la isla y los del exilio.
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Debates, y llamamiento a la guerra
Jorge Ferrer | 04/03/2008 16:39
Tags: En El Nuevo Herald
Una España de dos
Jorge Ferrer
Aunque muchos están dispuestos a conceder que el resultado electoral del próximo 9 de marzo en España es un secreto a voces, lo cierto es que son tan discordantes esas voces, que el secreto presuntamente ya develado tiene todavía algo de enigma. Y es probable que no logremos desentrañarlo hasta la noche del propio domingo.
Comenzada la última semana de campaña, todos los sondeos de opinión --que son muchos y los últimos, porque así lo dispone la ley electoral-- concedían el triunfo en los comicios al PSOE. Variaban, eso sí, los puntos que lo separaban del Partido Popular, en una horquilla abierta desde los 2.3 puntos en el sondeo de COPE, hasta los 5.5 que estableció el encargado por la Cadena Ser.
Sin embargo, los sondeos en campaña, como los guiños de los desconocidos en la iglesia o la entrada del cine, son engañosos. Pueden indicar declarado afecto, sí. Pero también pueden ser el mero reflejo de un tic nervioso. Y si algo está mostrando la campaña electoral española, son nervios.
El ambiente de crispación del que tanto se habla desde las tribunas de ambos partidos ha traicionado una regla que había caracterizado todas las últimas convocatorias electorales en España. A saber, el ávido --y declarado-- afán de ambos partidos mayoritarios por atraerse el voto centrista. En cambio, lo que se está viendo ahora, superado ya el ecuador de la campaña, es un progresivo desplazamiento de los discursos en busca del voto radical.
Es difícil augurar a quién beneficiará esa subida al monte. O a quién beneficiará en mayor medida. Sobre todo, si se tiene en cuenta que en esta ''España de dos'', hay más fuerzas en liza. Entre ellas, partidos nacionalistas de diverso signo, la siempre quejosa Izquierda Unida y un partido de reciente creación, Unión, Progreso y Democracia, liderado por la veterana Rosa Díez --y apoyado por el filósofo Fernando Savater y el escritor Mario Vargas Llosa--, que aspira a ganar algún escaño en las Cortes a expensas de los partidos tradicionales.
Y también, cómo no, espera sacar su rédito esa tercera en discordia siempre dispuesta a cobrarse las piezas que no sepan abatir los candidatos: la abstención.
Los dos debates celebrados entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, espectáculos televisivos que los españoles no disfrutaban desde 1993, han sido dos ejemplos clamorosos de cómo ambos candidatos han desperdiciado la ocasión para afrontar desde una perspectiva de Estado los retos que España tiene por delante.
Debates que aun siendo dos, parecieron en realidad uno solo, y en los que el grueso de los argumentos de cada candidato estuvo dedicado a demostrar que el otro tiene el hábito de mentir. Dos encuentros que parecieron destinados a contentar a los fieles de cada partido, mediante la puesta en cuestión de la honorabilidad del oponente.
En ambos, hubo andanadas de reproches, que convirtieron esos espacios en principio destinados a la exposición de dos modos de hacer política, de dos modelos de Estado, en un desfile de gráficos y una retahíla de lugares comunes.
Los ciudadanos que esperaban encontrar la explicación coherente de dos formas de visualizar el futuro de España y anhelaban comparar las vías que cada candidato expondría para conseguir plasmarlo en un proyecto coherente, y convincente, se tuvieron que contentar con la triste certeza de que los líderes de los dos grandes partidos españoles son menos proclives al ejercicio de discursos políticos modernos que a las peleas de patio de colegio.
Poco importaría si se tratara, en efecto, de una ''España de dos''. Pero es grave que se trate precisamente de los dos hombres entre quienes toca elegir a quien tomará las riendas del país ante la compleja coyuntura económica que se avecina. Muchos estarán deseando que finalizada ya la refriega en el patio, el timbre los llame de vuelta a las aulas. Y que se apliquen, a ver si aprueban los exámenes, siquiera con nota rasante.
De contra:
«Tres trotskistas cubanos», encabezados por Celia Hart, que sigue siendo mi mascota preferida aunque sea tan descuidada con sus deyecciones, proponen que Raúl Castro ponga el ejército cubano a disposición de Rafael Correa.
«¡Fuera el Imperialismo, el Servilismo y el Sionismo de las sagradas tierras de Bolívar, Sucre, San Martín, José Martí y el Che!», exclaman estos tres aguerridos camaradas. Y «¡Alistemos nuestros caballos, nuestros fusiles y nuestras almas para defender a la América como símbolo del mundo!»
Esta gente carece de sentido histórico, pero también del sentido del ridículo. Y digo yo que no será al disminuido «Caballo» que pensarán alistar para esa guerra por la que claman.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 14/08/2008 2:24
«¡Transición, ya!» Entrevista a Jorge Moragas, Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Popular
Jorge Ferrer | 03/03/2008 14:22
Tags: Entrevistas
De entre todos los dirigentes del Partido Popular, Jorge Moragas es quien ha manifestado de manera más rotunda y permanente su compromiso con la disidencia interna en Cuba. Fue protagonista de un sonado incidente, cuando en octubre de 2004, el gobierno cubano le impidió la entrada al país y lo devolvió a España desde el propio Aeropuerto José Martí.
Jorge Moragas fue diputado a las Cortes en la pasada Legislatura y es candidato en la lista del Partido Popular por Barcelona para las elecciones que tendrán lugar el próximo domingo.
De ganar el Partido Popular las venideras elecciones, está llamado a ocupar un puesto de alta relevancia en la gestión de la política exterior española en un ministerio para cuya cartera se barajan varios nombres.
Es por ello que he querido hacerle unas preguntas sobre lo que cabe esperar de la diplomacia española hacia Cuba si se produjera una victoria de Mariano Rajoy.
Una cortesía con los lectores de El Tono de la Voz que Jorge atendió con presteza, a pesar del ajetreo de la campaña electoral. Doble agradecimiento, pues.
¡Transición, ya!
Entrevista a Jorge Moragas, Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Popular
Jorge Ferrer: Miguel Ángel Moratinos, y también Rodríguez Zapatero, defienden una política de apaciguamiento con La Habana que según sostienen arroja resultados tangibles: presos liberados, aceptación de Cuba a participar en el mecanismo bilateral de consulta sobre derechos humanos, rúbrica por parte de La Habana de pactos internacionales sobre esa misma materia. ¿Qué opinión te merecen esos «logros»?
Jorge Moragas: Ellos han apostado por confiar en la dictadura y en su buena fe sabiendo que ese ejercicio supone dos cosas. Primero, dar la espalda a aquellos que a mi entender deberían recibir el respaldo más inequívoco del gobierno democrático de España: los demócratas cubanos. Segundo, confiar en la naturaleza política de quien ha demostrado un total desprecio por el pluralismo político.
El resultado es que Zapatero es ahora rehén de un régimen que lo único que ha hecho ha sido transmitir de hermano a hermano la jefatura del Consejo de Estado.
JF: Cabe esperar que si el PP gana las próximas elecciones, La Habana cancele ese mecanismo bilateral de consultas. ¿Trabajaría el gobierno de Mariano Rajoy por mantenerlo vigentes? Si fuera el caso, ¿qué modificaría?
JM: Es difícil saber cómo reaccionaría el régimen a una victoria del PP. Nosotros plantearíamos un marco sincero de relación en los términos que todo el mundo conoce: estímulo permanente para que se adopten reformas políticas ya y respaldo nacional e internacional a los disidentes democráticos que apuestan por una transición pacífica a la democracia.
Sólo tiene sentido el instrumento de Derechos Humanos del acuerdo bilateral si una de las partes reconoce la existencia de presos políticos y procede a la liberación de todos ellos. Sería lo más inteligente que podrían hacer, además de una prueba de que existe una voluntad de trabajar por un proyecto de diálogo político entre cubanos. Sería, a fin de cuentas, la fe de vida reformista de las autoridades cubanas.
JF: Toda política española hacia Cuba debe atender a los intereses de las empresas españolas que negocian con La Habana. Un gobierno responde en primera instancia a sus ciudadanos, también a los empresarios. Una política de presiones al régimen cubano, en cambio, es una cuestión moral que colisiona con los intereses de los empresarios españoles. ¿Cómo abordaría el gobierno de Rajoy estas cuestiones?
JM: No oculto la complejidad del dilema, pero la idea de fondo es saber que el escenario que más interesa a las empresas españolas es el de una economía de mercado floreciente en la que los trabajadores tengan esa condición de verdad.
JF: Seguramente eres consciente de los reparos de grandes sectores del exilio, y la propia Cuba, a la actuación de muchos empresarios españoles que admiten el sistema de contratación impuesto por el estado cubano a los inversionistas extranjeros. Un sistema que impide la contratación libre, la acción sindical, etc. ¿Qué valoración te merece esa situación?
JM: Ya lo he expresado antes de algún modo: soy plenamente consciente y creo que hace falta mucha responsabilidad social corporativa en clave democrática en el futuro inmediato.
JF: España es uno de los países europeos más tacaños en lo que respecta a la concesión del estatuto de refugiado. Así ha sido a lo largo de todos los gobiernos, sean del centro derecha o socialistas. ¿A qué razón atribuyes tal renuencia a ofrecer amparo a quienes huyen de dictaduras, guerras civiles o desastres humanitarios?
JM: Seguramente a que España es un bebé democrático si nos comparamos con países de nuestro entorno europeo. No hay tradición todavía en ese terreno, pero con el cambio político del 9-M estoy seguro que agilizaremos los mecanismos y aumentaremos la sensibilidad del estado para proteger a los defensores de la libertad que vienen a nuestro país.
JF: A propósito, ¿qué opinión te merece el trato excepcional que se concede a los refugiados cubanos en los Estados Unidos? ¿Consideraría el Partido Popular conceder cierto status excepcional a los cubanos en España, mientras sigan en vigor las regulaciones migratorias que les impiden viajar y regresar con libertad, si quieren regularizar su situación aquí mediante un contrato de trabajo?
JM: Yo soy partidario de que Cuba y los cubanos reciban un trato especial porque la situación que va a vivir la isla y la relación de España con Cuba son también especiales.
Es absurdo sugerir ahora un planteamiento sin constatar ningún cambio en la isla. En todo caso, lo serio y responsable es empezar ya a dibujar escenarios y respuestas concretas a los mismos.
JF: Me consta que el discurso del Partido Popular sobre la inmigración, que ocupa un lugar tan preeminente en la campaña de Mariano Rajoy, provoca que algunos votantes cubanos se decanten por otras opciones. En muchos casos, se trata de personas que simpatizan con el discurso del PP hacia el régimen de La Habana, pero que se sienten solidarios con muchos compatriotas que se encuentra aquí en situación irregular. ¿Qué les dirías a esos votantes?
JM: Quizás no lo hemos explicado bien o quizás algunos se creen la propaganda de nuestros adversarios, que pretenden pintarnos como unos monstruos xenófobos y racistas.
Nuestra propuesta es integral y parte de la base de una situación que viven muchos cubanos y otros inmigrantes: el sistema ha colapsado y el primer perjudicado es el inmigrante y el empleador.
Nosotros proponemos una agencia nacional de inmigración y empleo, así como oficinas de inmigración y empleo en el país de origen y en todas las Comunidades Autónomas para ordenar los flujos, defender al inmigrante integrado y evitar la saturación que perjudica a todos.
No entiendo que algún cubano quiera que haya inmigrantes cubanos ilegales en España. El objetivo es que el inmigrante que esté en España se sienta protegido y seguro para desplegar toda su energía. Lo contrario es condenarlo al gueto, la marginalidad y, al final, al desprestigio.
JF: Los valedores del apaciguamiento con la dictadura de La Habana y buena parte de los actores políticos internacionales y algunos de la disidencia cubana suelen repetir que el problema de Cuba lo han de resolver «los cubanos de la Isla». Una fórmula que aparta al exilio cubano de la solución a la tragedia cubana. ¿Cabría esperar del gobierno de Rajoy un mayor apoyo al exilio cubano en tanto interlocutor político?
JM: Nosotros siempre hemos dicho, desde el respeto a la soberanía e independencia de Cuba, que el diálogo entre cubanos debe ser sin exclusiones entre aquellos que prueben su voluntad pacífica y democrática. No puede haber apartheid entre exiliados y los que siguen en la isla. Es de las cosas que creo que funcionaron en nuestra transición y que podría ser un espejo en el que mirarse.
JF: ¿Qué mensaje te gustaría trasladar a las decenas de miles de cubanos que irán a las urnas el próximo domingo para votar al futuro presidente de Gobierno en España?
JM: Muy sencillo: hemos demostrado un compromiso muy nítido con el pueblo cubano. Si gana el PP, facilitaremos una acción común de toda la Unión Europea para que exista un consenso internacional transatlántico con todas las democracias americanas y lanzar un mensaje muy claro a Cuba y al mundo: ¡Transición, ya!
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 14/08/2008 2:08
Tute de reyes
Jorge Ferrer | 02/03/2008 21:17
Lectura dominical:
Tute de reyes
Por Antonio Benítez Rojo
(La Habana, 1931- Massachusetts, 2005)
En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Julio Cortázar
Bajo la mirada incongruente de mi mono Euclides, trepado a la ventana de barrotes verdes, nos íbamos a Punta Brava los sábados por la tarde a jugar al subastado en casa de Francisca. Robledo al volante, el Cadillac reluciente con el fuelle bajo, rodábamos a lo largo de la Avenida Primera, saliendo de Santa Fe para coger la Central; después, sobre la loma y al final del camino de piedras, la casa de Francisca, blanca y cuadrada como un dado de hueso, donde -pese a la desesperada melancolía de Robledo -estuve a punto de ser rico al ganar la Gran Apuesta.
Fue hace varios años, a mediados de diciembre, cuando conocí a Robledo. Iba a la bodega roja, a comprar unas nueces para el desayuno de Euclides, cuando noté que Villa Concha había sido ocupada: un automóvil se encontraba al otro lado de la reja enmohecida; en el balcón, rodeado de hiedras, un hombre corpulento y canoso destupía su cachimba con gestos distraídos.
Me paré junto a la verja, y mirando hacia arriba tosí fuertemente.
Villa Concha, a pesar de ser espaciosa, de su muelle para botes y su poceta con escalones tallados en la roca, era alquilada muy poco. Y no es que los Garriga pidieran mucho por ella o el deterioro de los techos fuera excepcional, no, era más bien — de algún modo hay que llamarlo— su forma de expresarse: el llanto irreparable de sus cañerías, la fluidez de la penumbra en ciertos lugares, el súbito corretear de las persianas tras la puerta clausurada, y sobre todo ——por arriba de los ruidos acompasados y la sensación de tener alguien a la espalda— el olor, aquel olor blando a flores pisoteadas, resistiéndose al salitre y a las corrientes de aire.
Pero es de Robledo de quien me interesa hablar, de Robledo y de Francisca y de Esquerrá y del gordo Chamizo y de los demás. Claro que la casa jugó también su papel, aunque uno nunca sabe. Pero si Robledo se hubiera decidido por el bungalow azul pastel de Felicita Radillo, las cosas se hubieran barajado de otra manera o sucedido más lentamente, y yo habría jugado aquel tute de reyes, el lance preciso para ganar la Gran Apuesta: los diez mil doscientos pe­sos de la partida duodécima. Pero Robledo, abandonándose, optó por Villa Concha y se la arrendó a los Garriga.
—Me trae recuerdos de familia —había dicho él al preguntarle si la casa no le resultaba sombría, después de toser varias veces para que me dejara caer su atención.
A partir de ese día me ocupé de sus tardes por un salario razonable y nos hicimos amigos; aunque —es justo decirlo— más por mi lado que por el suyo. No es que su holgura económica se le subiera a la cabeza haciéndole perder el pie en distancias de clase, en mí siempre supo apreciar la paciencia y las buenas maneras (atributos ya bruñidos por treinta años de dar lecciones de francés); pero no sería sincero si dejara de admitir la frialdad de su trato, la desconfianza en sus gestos, la exasperante indiferencia de su mirada triste, vuelta sobre sí misma como un par de medias grises. No obstante, le guardo buena voluntad. Le guardo buena voluntad porque sé que no podía hacer otra cosa. Pero es mejor hablar de cuando visité Villa Concha.
Era un martes (lo recuerdo con claridad porque era “tarde de ajedrez”) y salíamos de la sociedad con la satisfacción discreta de unas tablas bien jugadas. Hablábamos de ajedrez, y yo le pregunté a Robledo:
—¿Ha jugado alguna vez en un torneo?
—Sí.
—¿Hace tiempo?
—Hace años.
—¿Y qué tal le fue?
Pero Robledo, sumido en sabe Dios qué recuerdos, sólo me concedió unos murmullos del otro lado de su pipa. Faltarían unos metros para llegar a mi casa cuando un niño, empujando un aro, se nos metió entre las piernas. Estaba vestido de fin de siglo, y en medio de mis reconvenciones observé que cada una de sus ropas era asombrosamente fiel a la moda de la época. Saltaba a la vista que sus abuelos —sin duda ricos— habían supervisado la confección de aquel atuendo, exquisitamente propio en la textura y tonalidad de los géneros utilizados. En silencio el niño recogió su aro, y sin mirar hacia atrás se marchó correteando, al aire la cinta azul de la gorra marinera.
—Debe ser uno de los amigos del nieto de Felicita, ayer me mandó un recado para que no dejara de ir a la fiesta de difraces —dije, y no pude seguir hablando: la mano helada de Robledo se crispaba sobre la mía.Estaba demudado, con una especie de ataque.
Como Villa Concha se hallaba algo más lejos, lo llevé a mi casa. Se sentó en el portal y le hice beber agua, oler un pañuelo empapado en alcohol. Una vez repuesto y sin dar explicaciones, se marchó a Villa Concha, negándose, con su habitual terquedad, a que lo acompañara en el trayecto.
Muy tarde en la noche los chillidos de Euclides me despertaron. Era Bruno, el viejo criado de Robledo.
—El caballero dice que si puede ir un momento.
—¿Está enfermo?
—¿Enfermo...? Mejor vaya... está mal.
Con la mirada de Bruno puesta en mis menores gestos, calmé la impaciencia de Euclides y me vestí de prisa.
Luego, acortamos las dos cuadras que hasta Villa Concha había.
—Está malo... muy malo... — decía el pobre Bruno mientras buscaba la llave. Y me adentré en Villa Concha un poco a la defensiva.
Robledo estaba arriba, en su cuarto. Recelando del pasamanos llegué hasta la puerta entornada, frente al cuarto clausurado; la empujé con la punta de los dedos y tosí con modestia.
—¡Ah!, es usted, Camilo. Pase, pase — dijo él, impa­ciente. Estaba de pie, vestido tal y como lo había visto al caer la tarde, una caja de fotografías volcada en la sobrecama rosa; sobre la mesa de noche una botella de coñac y un libro entreabierto.
—¿Se siente mal, Robledo?
—¿Recuerda al niño de por la tarde? —Su cara pálida y expectante reclamaba una respuesta precisa.
—Sí, ciertamente.
— ¿Lo recuerda bien?
—Lo recuerdo bien.
—¿Le recuerda a alguien que usted conoce? Piense bien. ¿Alguien que usted acostumbra tratar?
—No... El menor de mis alumnos tiene catorce años... Le está saliendo el bigote.
— No se trata de eso... Pero, mire esta fotografía. —Y me alargó una foto amarillenta que estaba al borde de la cama—. ¿A quién se le parece?
—No sé... es un niño...
—Fíjese bien —insistió —. ¿A quién se le parece?
—Verdaderamente... no sé.
—¡Dígame! ¿A quién se le parece? —exigió, sa­cudiéndome los hombros.
—No sé... De cerca necesito espejuelos, usted lo sabe... Los dejé en casa... el apuro... —dije, retrocediendo hasta la puerta.
Creía que Robledo se había vuelto loco. Sobre todo cuando a gritos llamó a Bruno para que fuera a buscar mis espejuelos. Después se tranquilizó; bajamos a la sala; se disculpó insinuándome un aumento de sueldo. En La Habana había estado muy nervioso, el insomnio, los siquiatras. Ya no servía con las mujeres y estaba muy solo. Había escogido Villa Concha para pasar la vejez, “algo así como un retiro”. La casa le traía recuerdos...
—Y hasta esta tarde me sentía bastante bien, y de pronto ha sido peor que en La Habana. —Y se paseaba de un extremo a otro del paisaje de la alfombra, en una mano la pipa, la vieja foto en la otra; pero en eso llegó Bruno.
Cuando coloqué la fotografía delante de los lentes dije que se parecía al niño de por la tarde. ¿En qué? En la ropa, claro estaba. ¿,La cara? Bueno, yo le había prestado mayor atención a la ropa; pero si le interesaba creía que se parecía en algo, aunque el niño tenía los ojos más claros y la expresión algo triste, al menos ésa era mi opinión. ¿Cómo decía? Naturalmente que lo perdonaba, no faltaba más. No, de ninguna manera, no había sido molestia, “siempre que le sea útil, encantado”. ¿Mañana'? Desde luego que sí, lo acompañaría con muchísimo gusto, y me permitía recordarle que el viernes era “tarde de cine” y el sábado canasta party en el porch de Felicita. No, no hacía falta que Bruno me acompañara hasta m¡ casa, aunque era bastante tarde, naturalmente que si él insistía... “Hasta mañana... Hasta mañana.”
De regreso y sin que se lo preguntara, Bruno me confió que el niño de la foto era Robledo. Robledo a los once años, en el portal de La Conchita, la mejor de las tres fincas que el padre les había dejado a doña Concha y a él. Y esa noche, el accidente: un quinqué contra la pared... y ella había caído abrasada, envuelta entre los manteles que Bruno y él le habían tirado. Bruno se acordaba como si lo estuviera viendo desde el mismo comedor. Nada pudo hacerse y murió a los cuatro días. “¡Pobre doña Concha!”, decía Bruno junto a m¡ puerta, y lo volvía a repetir. Y yo sin comprender cómo él se había quedado, cómo había seguido todos esos años con José Antonio Robledo, el hombre neurasténico que de niño había provocado la muerte de su madre en un acceso de furor.
De aquí para allá, de allá para acá, con bandejas de café y vasos de Fundador, iba Francisca chancleteando, acercándose a las mesas y riéndose de los chismes resabidos por toda Punta Brava. En un rincón, su marido, el gordo Chamizo, inmóvil, vestido de blanco y rectangular como un refrigerador.
—¡Sesenta con diez que hacen veinticinco! —anunció el vasco Esquerrá, golpeando la mesa y tratando de verme el juego.
—Paso —dije colocando las barajas en una esquina del tapete. Lo mejor que tenía era una sota de oros.
Bajo la mirada calculadora de su compañero, Martín Foyo movió la cabeza de un lado a otro en económico gesto.
—Los ciento diez que nos faltan —resumió Robledo.
—¡Carajo! —dijo Esquerrá, aprestándose a una acuciosa defensa.
Pero volvimos a ganar. Y dejando atrás la discusión entre Foyo y Esquerrá, salimos a tomar el fresco, esperando el café para irnos de Punta Brava.
Era “tarde de tute subastado” y estábamos en lo de Francisca, por cuarta vez y siempre ganadores. El contacto lo había propiciado Bruno, a solicitud de Robledo. Yo hubiera preferido continuar las “tardes de canasta” en casa de Felicita, pero Robledo, partidario de emociones menos sencillas, había prometido hacerse cargo de mis pérdidas, y finalmente, había cedido a su insistencia de tallar por sumas fuertes en vez de pasar el rato. Poco a poco había llegado a aficionarme a aquella compañía de comerciantes ventrudos y colonos de voz recia, quizá porque eran gente importante tratando de matar el tiempo, o porque había algo de idílico en el ambiente y uno le cogía el gusto. Eso sin hablar de la posibilidad de hacerse rico. Posibilidad que, sábado a sábado, se hacía más evidente por la obstinación de Esquerrá y la mala suerte de Foyo. La idea de ir doblando las apuestas había partido de Esquerrá tras perder los cinco pesos de la primera partida. Como —además de rico— se jactaba de buen jugador de tute y le había dolido perder con recién llegados, le propuso a Robledo jugar el otro sábado por el doble de la apuesta, pudiéndose extender la dobladilla —como él le llamaba— hasta la duodécima partida. Pero aunque yo le sugerí a Robledo la inconveniencia del sistema y que prefería quedarme con los cinco pesos, se dejó tentar por el vasco, y habiendo aceptado Foyo, se formalizó el convenio, que por delicadeza me vi obligado a firmar, Francisca y Chamizo como testigos presenciales y con derecho al diez por ciento.
Después de tomar café salimos aquella tarde con nuestra cuarta victoria, el sol próximo al ocaso y yo haciéndome ilusiones, contándole a Robledo que, de seguir así la cosa, dentro de ocho semanas podría comprarme un automóvil, pasarme un mes en Miami y reparar toda la casa, incluso construirle a Euclides una casa pequeñita al fondo del patio.
Al salir de Punta Brava nos detuvimos en un garaje pequeño y sucio, donde Robledo no tenía cuenta.
—Lléname el tanque —dijo él, después de sonar el claxon, entregándole las llaves a un viejo de orejas puntiagudas; y los centavos surgieron del interior de la bomba: los números del cero al nueve dejándose ver un instante. Bajo la escasa luz. palpitante de insectos, los objetos parecían alargarse y contraerse en un latido íntimo, que aún no llegaba a los bordes. Atrapada en aquellas observaciones la mirada se me iba de la esponja a la manguera, de la bayeta a la estopa. De pronto un niño, conduciendo de la brida a una bestia de crines largas, apareció junto a la bomba y solicitó agua, su voz chillona arañó el crepúsculo. “No hay”, había dicho el viejo; y él se había subido al peludo lomo, reanudando su viaje por el camino de insectos. Súbitamente un ruido seco y próximo me sacó de m¡ fantasía: era Robledo que había tirado la puerta, Robledo que corría tras un pony blanco, dando gritos por la carretera y con aquella poca luz.
—¡Pero si casi no tengo agua en el barril, qué quería que le dijera! —gritaba el viejo encarándosele a Robledo, manoteándole en la cachimba.
El resto del camino lo hicimos en silencio.
A mí me daba pena que un hombre como él se portara de aquella manera, corriendo por los caminos y rompiéndose las rodillas de aquel bello pantalón de gabardina gris. Sin embargo, no se podía decir que estaba loco, si era la comidilla de Santa Fe, se debía a su rara conducta, que yo trataba de justificar. Quizá porque —aparte de Bruno, y el pobre viejo no contaba— era el único que sabía, el único que conocía la crueldad con que Villa Concha lo trabajaba por dentro.
—Camilo —me dijo agarrándome el brazo, cuando llegamos a mi casa—, lo pudo ver bien, ¿verdad? Al niño del otro día... el de la gorra de cinta...
Me dio tanta lástima, que dije:
—Un poco, Robledo. Lo vi un poco. —Y me bajé rápidamente.
Al otro día llegó Bruno a la hora del almuerzo. “¡Pronto, venga pronto, que ha pasado un accidente!” Yo dejé de mala gana mi sopa de vegetales y mi tortilla de acelgas (era día de vigilia), y reprimiendo la pregunta de lo que había sucedido, corrí a Villa Concha adelantado de Bruno. En la calle, frente a la verja, había gente aglomerada, y supe casi sin rodeos que Robledo desde adentro tiroteaba las ventanas. Urgido por Bruno, que apenas podía hablar, me acerqué a la ventana del vestíbulo, ya batida por el plomo, y grité con todas mis fuerzas: “¡Robledo, abra... soy yo, Camilo!” Pero Robledo se explicó con dos perdigonadas que eximieron al marco de las persianas restantes. Yo no sabía qué hacer, y ya una vieja gritaba con una piedra en la mano que llamaran a la policía, que había sangre chorreando de una de las ventanas del piso alto y que habían matado a alguien.
Sin comprobar la desapacible nueva corrí a la bodega roja bajo otras dos detonaciones y chicoteo de cristales. Agarré el teléfono. Afortunadamente la operadora me comunicó enseguida. Pero el timbre sonaba y sonaba y no salía Robledo. Al fin, como en las películas, cuando iba a colgar, Robledo respondió del otro lado de la línea y nos arreglamos sin vernos, él contestando a base de monosílabos; y concluyeron los disparos. Para evitar desasosiegos inútiles, le dije al tropel de vecinos —sobre todo a un hombre taciturno que empuñaba un bate reglamentariamente— que Robledo había accedido a una tregua, pero sólo a condición de negociar con Bruno y conmigo el arreglo definitivo; y pisoteando cristales de colores a lo largo del camino que bordeaba las paredes de la izquierda —la vieja no se había equivocado: había sangre en una ventana—, entré en Villa Concha por la puerta del fondo; Bruno, muy nervioso, apretándose a mi costado y balbuceando el padre nuestro.
Robledo nos recibió sin camisa, con la escopeta en la mano. Estaba muy sudado y olía a pólvora y alcohol; aseguró la puerta con precipitados movimientos y nos quedamos en la cocina, Bruno barriendo los vidrios y los cartuchos vacíos, gruesos y rosados como trozos de intestinos. Robledo colocó la escopeta a través de la mesa, junto a la canana casi agotada, y después de inclinar la cabeza bajo la pluma del fregadero me preguntó si había herido a alguien. Su voz. había sonado ronca e inexpresiva; parecía estar al borde de una crisis nerviosa. Para tranquilizarlo le oculté lo de la sangre en la ventana; entonces se sentó en la silla de Bruno, cruzó los brazos sobre la escopeta y entre ellos sumergió la cabeza. Pasados unos minutos se repuso, la mirada algo imprecisa, buscó en los bolsillos v sacó su pipa: la encendió. Se había despertado temprano e inquieto. En la cocina había encontrado una nota de Bruno: iba al almacén de víveres, en Marianao, a encargar la factura, del mes. Después del café había estado hojeando unos libros, bebiendo algo; y un poco aburrido había resuelto limpiar la escopeta. Se sentó en el balcón de su cuarto, sin camisa, para aprovechar el sol, y comenzó a engrasar el arma separando sus piezas. De pronto sintió que lo llamaban; era una voz débil, lejana, y pensó que Bruno había llegado, que se le habían olvidado las llaves como la última vez; pero asomándose, vio el jardín desierto, la puerta despejada. De nuevo volvió a sentir la voz, esta vez. dentro de la casa, a sus espaldas, y no era la voz de Bruno. El terror lo inundó de súbito, sin transición. Armó la escopeta en medio de extenuantes equivocaciones y entró en el cuarto; descolgó la canana del closet, cargó el arma con dos cartuchos; salió al pequeño zaguán y abrió las puertas del baño, la del cuarto de Bruno: nadie. Se recostó a las tablas que cancelaban el antiguo cuarto del menor de los Garriga (la estúpida cláusula del contrato de arrendamiento) y se secó el sudor. De repente alguien profirió su nombre casi detrás de su cabeza, su nombre del otro lado de las tablas, de la puerta clausurada, su nombre pronunciado por aquella voz delgada, haciéndose en el recuerdo cada vez más familiar, su voz, su propia voz surgiendo de otro siglo, su voz de niño, de cuando jugaba con Bruno en La Conchita. Por arriba del miedo destrozó las viejas tablas y voló la cerradura de un disparo. De un empujón abrió la puerta: la pequeña cama, el armario, el espejo apagado por el polvo, el librero, la butaca, nada. Abrió el closet, miró debajo de la cama, y entonces volvió a escuchar la voz, esta vez del otro lado de la ventana cubierta de telarañas, suspendida entre las hiedras, aplastándose contra el vidrio como si fuera a filtrarlo y plasmarse en la habitación. Disparó.
—Ahí está la policía —dijo Bruno entrando a la cocina, interrumpiendo a Robledo con su voz consternada. En las manos traía una camisa blanca que olía a vetiver y una chaqueta de crash.
Robledo se puso de pie un poco perplejo, se abotonó la camisa, rehusó la chaqueta y marchó a la sala; yo detrás, por si podía hacer algo.
Con la policía nos fue bien. Al sargento le impresionó el Cadillac, y antes de comenzar el interrogatorio Robledo se lo dejó ver por dentro, hasta tocó el poderoso claxon de tres cornetas, que siempre sorprendía. Los vecinos no dejaban pasar la oportunidad de escudriñar Villa Concha, sobre todo el cuarto clausurado, y demoraban el inicio de las preguntas de rigor. El que sí estaba interesado en conocer los sucesos era el nonagenario Garriga, que había dejado su lecho de inválido haciéndose portar en andas por tres de sus sobrinos; pero como nos pusimos de acuerdo para ocultarle la develación del cuarto, y la escalera le resultaba estrecha, el grupo ecuestre abandonó la sala con la promesa de Robledo de restituir los vidrios y componer las persianas.
Durante el interrogatorio la cosa fue como seda. Robledo explicó convenientemente lo que ya me había contado; y después él mismo, seguido de todos nosotros, reconstruyó sus movimientos: el descenso a la planta baja al parecerle que algo pesado había caído envuelto entre los cristales; el ruido inquietante tras la puerta del fondo, que había resultado ser Bruno; Bruno de nuevo, asomando la cabeza por la ventana del comedor; los golpes del hombre del bate contra la puerta principal; mis gritos junto a la ventana del vestíbulo; las piedras de la vieja, cayendo de todos lados; el timbre del teléfono; la calma. Doce disparos en total, contando los dos de arriba. Sólo quedaba un misterio: la sangre de la ventana, la sangre escurriendo por la pared hasta perderse en las hiedras. Pero todo quedó aclarado, aunque al sargento no le quedó más remedio que levantar acta. Claro que con el juez todo se arreglaría, el asunto se comprendería fácilmente... La que sí no comprendió ni tuvo arreglo fue la pobre Clotilde, siempre golosa de lagartos y ranas, la gata barcina de Felicita, que se había aventurado por las hiedras altas de Villa Concha. Recuerdo que me sorprendió la cantidad de cosas que su grácil figura llevaba por dentro. Y poco a poco los vecinos y luego la policía fueron dejando la casa, y todos convenían en que Bruno y yo estábamos vivos de puro milagro. Y nos apretaban las manos.
Cuando nos quedamos solos, dejamos a Bruno barriendo cristales y salimos por la vereda que rodeaba la casa. El sol se ponía y era preciso organizar el cuerpo de Clotilde para arrojarlo al mar. Nos pusimos los guantes del jardinero y empezamos a buscar entre las vicarias y heliotropos de al pie de la ventana.
— ¡Y pensar que me asusté por esto! —decía Robledo a cada rato, entre el pulgar y el índice una parte de Clotilde. Y nos reíamos mientras —él a la derecha y yo a la zurda— colocábamos aplicadamente los restos sobre un periódico extendido. De pronto tiré de algo que sobresalía bajo los cristales amarillos y violetas del medio punto de la ventana: era una cinta plegada, de falla azul. Al volverme vi que Robledo sostenía una gorra rota y la miraba muy serio, pasando sus dedos por los boquetes que la calaban. Bruscamente me pidió la cinta, y junto con la gorra la arrojó al periódico. Después fue a la cocina a buscar un cordel.
Ya entrada la noche caminamos hasta la punta del muelle. lbamos despacio, Robledo delante, sosteniendo el paquete apartado de sí, ceremoniosamente. Al echarlo al agua, creí oírlo murmurar unas palabras, después suspiró. Y nos alejamos, el rumor del mar muy acentuado, siguiéndonos los pasos.
Algo animoso se veía Robledo por aquellos días después del juicio. Asistió a la fiesta de año nuevo que dio Felicita, y hasta bailó un par de piezas con un estilo sobrio que le sentaba muy bien. Los comentarios le fueron favorables, y su gesto de regalarle a Felicita una suntuosa gata persa fue encomiado por los pitos y las cornetas de toda la concurrencia.
En casa de Francisca nos iba a las mil maravillas: subastando con precisión habíamos llegado al borde de la meta, el dinero de la apuesta a sólo tres días vista; y ya se hablaba de que Martín Foyo había aplazado una sólida inversión y Esquerrá había resuelto posponer su viaje a España.
En Villa Concha habían ocurrido cambios. Al día siguiente de los disparos, Robledo había ido a ver a los Garriga para comprarles la casa. El viejo se había opuesto tenazmente, pero como se expresaba con cierta incoherencia, la familia había iniciado los trámites para su incapacidad civil, y como se daba por hecha la venta de Villa Concha, Robledo había acometido importantes obras para el realce de la casa, que iban desde el revoque y pintura de muros y paredes, hasta proyectos de jardines escalonados y un moderno swimming pool con paraguas de colores. El cuarto clausurado sería convertido en un salón de billar, y el mobiliario y los pisos completamente renovados; en ese afán de pulir Villa Concha, hasta Bruno parecía más joven, paseándose por el portal y dándose importancia con su ascenso a mayordomo, regañando aparatosamente a las criadas y desluciendo el oficio de albañiles y pintores.
Así las cosas, yo me alegraba mucho por Robledo, entonces munificente y de bastante buen humor. Pero de pronto todo cambió.
Yo regresaba en el ómnibus verde de una clase en Jaimanitas. Como aún era temprano, pasé de largo por mi casa —Euclides, aferrado a la ventana— y me bajé en Villa Concha a ver cómo andaban las obras y hablar un poco con Robledo sobre la táctica a seguir en la partida del sábado. No sé si sería que el día se había nublado o que desde la verja la casa me pareció triste; pero de golpe sentí que algo grave había pasado.
Bruno me recibió compungido y sin afeitar; y, cosa extraña, por arriba de su frente pálida inscrita en la penumbra del postigo, creí percibir de nuevo el hálito de Villa Concha, hasta entonces diluido en barriles de masilla y damajuanas de aguarrás.
—Desde anoche está desplomado en su butaca, mirando la ventana como si viera cosas —decía Bruno desde el postigo, haciendo gestos misteriosos, sin atreverse a abrir la puerta.
—¿Y los obreros?
—Los despidió por la mañana, junto con el contratista y las criadas.
—¿Y ha dicho algo sobre la partida del sábado?
—Nada... nada... Apenas habla... Al mediodía me llamó para que le trajera flores y velas. Cuando entré en el cuarto vi que había colocado arriba de la consola la fotografía que usted sabe y otra de doña Concha, luciendo un sombrero blanco.
Y como Bruno me pedía que hiciera algo, le prometí llamar a Robledo el viernes por la noche, aconsejándole que mientras tanto lo dejara tranquilo, que le diera su tiempo para reaccionar. Y me fui preocupado pensando en la apuesta, la apuesta ya casi ganada, y, de repente, las cosas de Robledo.
Durante dos noches apenas pude dormir; pero el viernes, rayando las ocho, él mismo me salió al teléfono. Casi me dieron ganas de colgar cuando noté que había olvidado el juego del día siguiente; pero me contestó que jugaría la partida, que me iría a buscar después del almuerzo.
—Esa tarde él no quería salir —me ha dicho Bruno hace unos meses en un encuentro casual. Lo dijo mirándome de reojo, con cierta mala intención, olvidando sus ruegos de aquella tarde desde el postigo. Pero, ¿qué se puede esperar de la humilde memoria de Bruno? Ya tan chocho el pobre viejo.
Robledo fue puntual. Por su aliento supe que había bebido. Lo que me sorprendió fue lo sereno que lucía; sobre todo cuando me dijo con indiferencia, como si no tuviera importancia, que la voz lo había llamado de nuevo, desde más allá del muelle, la voz meciéndose en la noche y sobre las olas. Yo desvié la conversación a los planos deportivos, a la esperada revancha entre Louis y Billy Conn; y cuando me interrumpió para decirme que había tenido un sueño extraño, me hice el desentendido, y, esquivando el comentario, seguí con el boxeo para mantenerlo en forma.
Llegamos a casa de Francisca, justo a la hora señalada y en medio de mucho público (Chamizo, con la anuencia del cuartel, había corrido la voz de que se tomarían apuestas, como si fuéramos gallos).
La sala estaba muy cambiada: las mesas de dominó habían sido retiradas y de las de jugar cartas sólo quedaba la nuestra, las patas brillosas de pulimento y el paño verde cepillado con esmero; una pizarra adosada a la pared, donde Chamizo se ocupaba de anotar las apuestas, y seis hileras de sillas colocadas frente a la mesa, le daban a la casa el aspecto de una escuela, la disciplina relajada por la improvisación de una cantina sobre la ventana que daba al portal. Junto al mostrador de tablas, Martín Foyo y Esquerrá intercambiaban con Francisca palabras confidenciales que auguraban imprevistos. Robledo, sin contestar los saludos, pidió una botella de Fundador y marchó recto hacia la mesa, ocupando la silla de espaldas a la pizarra. A pesar de estar invictos salimos de perdedores, siete a diez en contra nuestra. Y comenzó la partida.
Perdimos la primera mano y la segunda también, y Robledo, sin darse cuenta de lo que estaba pasando, bebiendo excesivamente y sin atinar con las cartas. Yo inicié una gestión para ver si suspendíamos, si dejábamos la partida para el próximo sábado, pero las conjeturas de Esquerrá me dejaron en el sitio sin otra perspectiva que vigilar a Robledo, que tarareaba Dónde vas, Alfonso XII... mirando a la ventana con sonrisas inquietantes.
Novecientos quince a seiscientos nueve íbamos perdiendo —las apuestas diez a uno— y Robledo como si nada, por la segunda botella, riéndose sin motivo y balbuceando tonterías. Yo me revolvía en la silla por las burlas de Esquerrá, su cara enrojecida por el ganar presuroso. Como sabía las ganas que tenían de que acabáramos de perder, había optado por no hablar cosas circunstanciales ni regañar más a Robledo, y me tomaba mi tiempo como si jugara un solitario. Pero de pronto ligué el tute. Los cuatro reyes al frente del resto de las barajas. Los cuatrocientos tantos para ganar la Gran Apuesta. Los diez mil doscientos pesos de la duodécima partida.
Entonces se escuchó el ruido.
Robledo saltó de la silla y dejó caer las cartas, poniéndose muy serio. Martín Foyo preguntó qué pasaba, y Esquerrá aprovechó la confusión para revisar las barajas boca arriba. Yo exigía que se continuara el juego, le gritaba a Robledo que se sentara tranquilo. Pero el ruido se escuchó de nuevo. El ruido metálico y prepotente, a lo juicio final. El ruido que tanto atemorizaba a Euclides y a los viejos del camino: el desmesurado e inconfundible claxon del Cadillac de Robledo.
De que el automóvil estaba cerrado casi no tenía dudas; y el claxon sonaba insistentemente, de manera irregular, como si jugaran con él.
—Me... buscan —dijo Robledo, con el rostro derrumbado. Y marchó hacia la puerta llevándose la botella, apartando a un viejo cojo que había apostado por él.
Yo traté de sujetarlo, de retenerlo en la casa, y mostrándole el tute le suplicaba que aguardara unos minutos, que me dejara jugarlo. Pero Foyo y Esquerrá, desasiéndome de sus piernas, me llevaron a la silla; y lo dejaron marchar dándole diez minutos para reanudar el juego.
Cuando llegué a la ventana, el tute todavía en la mano, Robledo bajaba la loma por el camino de piedras, algo irrecuperable en su pesado andar. Más abajo, su automóvil, junto a la carretera, a la sombra de los árboles. De repente Robledo se detuvo en seco, bebió un largo trago y arrojó la botella; luego se acercó al automóvil; abrió la puerta. Yo llamé a Francisca, a Chamizo, para que vieran aquello; pero llegaron tarde: la puerta se había cerrado y ya se iban por la curva que ceñía la loma, la cinta azul batiendo el aire del otro lado del techo, apenas sin dejarse ver.
—Volverá enseguida —dijo Francisca, siempre disculpando—. Mientras tanto colaré café. Seguro que volverá enseguida—. Y trataba de animarme con palmadas en la espalda.
Pero yo guardé silencio, y apretando el tute me senté muy quieto, la mirada hundida en el paño verde. Después los vi revolver en las tacitas de loza. Foyo riéndole la gracia a Esquerrá, que con Francisca bailaba una jota. Entonces abrí la mano, separé los cuatro reyes y los rompí en varios pedazos; los eché al suelo y los esparcí con el pie, sabiendo que Robledo no volvería, que ya no volvería y que era inútil esperarlo.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 02/03/2008 21:31
Online Tours y la competencia, y Roberto Robaina
Jorge Ferrer | 01/03/2008 14:57
El Tritón y el Neptuno, ¿se acuerdan de aquellos estandartes del turismo de los ochenta? Y de las «shopping». En uno, o en ambos, se compraban aquellos pitusas venidos de Panamá que alimentaron el mercado negro post-Mariel.
Pues, saliendo ayer de la estación de metro Girona, en el centro de Barcelona, había pareja de mulatas repartiendo flyers de Online Tours, agencia de viajes establecida en Barcelona, y más allá, que es propiedad del hijo de Eusebio Leal, Javier Leal. Ya se sabe que el Pelotón de las fieles del que hablaba ayer apenas se compara en número al nutrido ejército de hijos de la nomenklatura domiciliados fuera de la isla de los hermanos Castro. Y en algunos casos, como en éste, se trata de emigrados que mantienen estrechos vínculos con las Embajadas y Consulados de Cuba. Vínculos personales y comerciales.
Pero nada tendría de extraordinario el flyer de marras, si no fuera por la estrategia comercial que utiliza para vender los mencionados hoteles.
Atiendan a la viñeta en el extremo inferior.
Olvídese de alojarse en casa de cubanos, viene a decir. Sale más barato hacerlo en hotel del estado. A 29 euros la noche, que no se van a repartir entre los cubanos, sino que irán de cabeza a las arcas del estado cubano, previa comisión descontada por Online Tours.
Naturalmente, una empresa privada es libre de desarrollar las estrategias de marketing que le plazcan en aras de aumentar sus beneficios. Como libres son los hijos de quienes lo sean para dedicarse a los negocios en Luanda, Barcelona o Moscú.
Pero digo yo que hay una cuestión moral que convendría dirimir, cuando tales estrategias son claramente favorables al estado cubano y declaradamente contrarias al despliegue de la iniciativa individual de aquellos que a diferencia de Javier Leal no han tenido su suerte, e intentan ganarse la vida dentro de Cuba como mejor pueden.
Y hay algo desasosegante –llámenme sentimental o «extremista»- en que sean dos mujeres cubanas, no precisamente jóvenes, las que se dediquen a repartir esos flyers en día de invierno, a cambio de unos pocos euros. Dos emigrantes que tuvieron que abandonar su país y ayudan ahora, tal vez sin quererlo, a perpetuar el sistema que las obligó a marchar.
Por cierto, precisamente ayer hubo inauguración de exposición de pintura en el complejo Tritón-Neptuno que desde Online Tours quieren convertir en hospedería barata.
Y ¿quién está detrás de esa exposición? Pues, Roberto Robaina, aquel ministro de relaciones exteriores que Felipe Pérez Roque consiguió que acabáramos echando de menos como ideal de la elegancia. Algo que parecía imposible, hasta que el gorilesco Pérez Roque inauguró la diplomacia de la guturalidad.
Roberto Robaina, como es sabido, trabaja ahora para el Parque Metropolitano de la Habana, más conocido como Parque Almendares. Conocida es también su afición a la pintura. Se han podido ver unos desnudos femeninos salidos de sus pinceles.
Juventud Rebelde trae hoy crónica de la inauguración de Todo Almendares en el Tritón-Neptuno, una muestra de pintura de artistas residentes en los barrios bañados por el río habanero.
Patrocinada por la dirección del Parque Almendares, JR se cuida de mencionar el nombre de Roberto Robaina, que antaño les diera tantos titulares.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz
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