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Fotografías encontradas

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Leo sobre los catálogos de «fotos encontradas» que hay en Flickr: Found Photographs, The Museum of Found Photographs, Galería de Doctor Olvido… Gente que compra fotografías de desconocidos en pulgueros o garage sales y las sube a la Internet.

He dedicado un buen rato de la mañana a repasar esas galerías de rostros anónimos –una terapia previa mientras mi dentista afila los cuchillos para recibirme esta tarde. Lo he preferido a la lectura de los periódicos en una semana donde lo único que importa son las elecciones del viernes en Irán, donde Musavi podría apartar a Ahmadineyad y abrir un ciclo reformista.

Lo que me seduce de esas galerías de fotos encontradas y expuestas en catálogos públicos es la manera en que inflan el pasado a fuerza de acumularle rostros. Lo inflan, no lo completan, porque nada sabemos de quiénes aparecen en las fotos ni dónde o cuándo fueron tomadas.

Al pasado enclenque y hundido en el olvido y al pasado sometido a la piqueta de los historiadores, se opone esta masa pretérita de gente anónima. Toda esa gente que alguna vez estuvo allí. ¿Dónde? En el tiempo y delante de una cámara, al menos.

 

De contra:

José Martí en el Minint.

Uf!



Elecciones para (¿qué?) cubanos

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Las que siguen son dos anécdotas, sí. Meras anécdotas. Dos relatos sin conexión alguna entre ellos, salvo que ambos se produjeron en los días previos a las elecciones al Parlamento europeo del pasado domingo. Dos anécdotas que nada tienen que ver con esas elecciones, sino más bien con otras por venir. En porvenir incierto.

Las protagonizan dos cubanos residentes en España. Son absolutamente reales, aunque omita los nombres de sus protagonistas.

La primera llegó aquí hace poco más de un mes gracias a la llamada Ley de nietos, que le permitió obtener la ciudadanía española y viajar a España, donde piensa pasar largas temporadas, aunque no radicarse de manera definitiva. Quiere vivir a caballo entre La Habana y Barcelona, como quien tiene dos novias en países distantes.

Precisamente hablando de cuestiones relativas a su instalación aquí, le pregunté cómo le iba con la documentación.

“No he podido hacer nada”, me dijo, “porque si me saco el DNI (documento nacional de identidad) me pueden citar para las elecciones y yo no voy a perder un domingo en esa bobería”, me dijo.

El segundo es cubano que lleva aquí algún tiempo. Salió el tema de las elecciones, le pregunté si ya había decidido su voto: “¿Pa’ qué voy a votar, Ferrer, si aquí todos los políticos son unos ladrones? Nunca voy a votar, porque la política es una mierda”.

Ambos, sea dicho, son buenas personas. Gente inteligente –la primera es incluso autora de un par de libros notables en su especialidad- que abandonó la isla de los hermanos Castro y puede participar de la vida política de un país democrático, siquiera mediante el gesto tan elemental de depositar el voto en la urna para favorecer al partido que más se aviene con su ideología.

Pero rehúsan. A una le parece que la democracia es un trámite engorroso que te puede joder un domingo; el otro cree que vive en la cueva de Alí Babá.

De pronto pensé que después de tanto pedir elecciones democráticas para Cuba nos podríamos encontrar un día con que irán a votar cuatro gatos y la abuela. Y que las urnas, como los pasteles de Sylvain, sólo convocarán el asedio de las moscas.

Ay, mamá, parece que la isla de corcho no dejará de hacernos reír jamás.



Libre del móvil, o celular

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En un comentario que dejé aquí hace un par de días, mencioné que había utilizado un teléfono móvil –un celular- para validar unos comentarios. Dos amigos me escribieron sendos mensajes esa noche con un mismo tema: “Te rendiste”. Y uno fue más lejos con el previsible “yo lo sabía”.

Ambos mensajes vinieron motivados por algo que saben los que me tratan, a saber, que no utilizo ese gadget desde hace casi una década. Lo hice antes, y de manera muy intensiva, entre 1998 y 2000. Entonces, un trabajo del que ya no quiero acordarme me obligaba a viajar sin cesar por Francia y España y el teléfono móvil –entonces no tan común aquí- era una herramienta imprescindible.

Dejé aquel trabajo en 1999, porque me resultaba insoportable pasarme la vida durmiendo en hoteles, aunque fueran en mi predilecta Niza o en Madrid, París y Avignon, y el teléfono móvil continuó en mi bolsillo como herencia de aquel peregrinar constante y extenuante del que me había librado. No me libré de él. No sabía cómo hacerlo. Me había vuelto adicto a esa maquinita. Ring, y dale.

Pero me ayudaron. Hay gente piadosa. Una tarde comía con mi hija en el Viena, en la calle Pelai, y dos marroquíes se sentaron en la mesa contigua. Era Ramadán y no debían estar allí a esa hora, así que cuando los vi pasarse algo por debajo de la mesa supuse que era haschich. No lo era: era mi Motorola (antes, el primero, tuve un Bosch espectacular. Lamento no conservarlo.)

Me percaté del robo un par de horas más tarde, llamé a la compañía para denunciarlo y cancelar la línea. Un mes más tarde me llegó una factura abultada: cincuenta y tantos minutos de conversación entre Barcelona y Tánger –otra ciudad muy querida. No sé cuánto cobren por eso ahora, pero entonces esos minutos entre España y Marruecos me costaron unas 25.000 pesetas.

Las pagué y me liberé. Rescindí el contrato y jamás he vuelto a contratar una línea de teléfono móvil, o celular.

Desde entonces y cada vez más en un país con más celulares que habitantes paso por ser un freak. Un tipo desconectado, una suerte de paria.

Y me divierte porque no, no me he rendido. No lo he hecho aunque a veces –hace dos semanas en El Corte inglés, por ejemplo- me tienten esos teléfonos que parecen juguetes y lo son.

Pero yo a lo mío. Leyendo poesía del XIX y renuente a que suene uno de esos aparaticos cuando leo, escribo, defeco o copulo.

A fin de cuentas, siempre que uno lo necesita hay alguien al lado con el gadget en el bolsillo. Y uno lo pide e inhala, como el exfumador que ya no compra pero echa humo una que otra vez.

Humo, ¡todo es humo!



Elecciones europeas, con cubana

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Hoy, elecciones europeas. No acudiré demasiado entusiasmado al colegio electoral, pero allí estaré. He escrito antes aquí sobre el por qué voto siempre.

Todavía ahora, disponiéndome a ir a dormir, me debato entre dos partidos. Mala señal. O buena, según se mire.

En cualquier caso, la depreciación de la vida política española genera una desgana en los electores, también en mí, que se debe por igual a la imbecilidad de quienes gobiernan y a la imbecilidad prestada de la oposición. De la imbecilidad nacionalista ni hablo.

La democracia es un animalito indócil que conviene mimar… y adiestrar. Cuando se lo vapulea o se lo anima a asilvestrarse, la democracia se convierte en caricatura. Oye, ¡y cómo gozan las dictaduras de nuestras democracias demeritadas! ¡Cuánto les divierte que rompamos el más prodigioso de todos los juguetes!

Ir a votar hoy no lo compone, pero al menos sirve para darle cuerda y va y también para que pegue un par de buenos brincos.

 

De contra:

En Misceláneas de Cuba me entero de que hay una cubana en la lista del Partido Liberal sueco para estas elecciones al Europarlamento. Una cubana que podría convertirse en europarlamentaria, la primera.

No sucederá, por desgracia: va séptima en la lista y por mucho que su partido haya subido ligeramente en las encuestas, es absolutamente imposible que coloque en la cámara a tantos parlamentarios.

Aun así, y por testimonial que resulte la presencia de Mae Liz Orrego Rodríguez en esa lista, me congratulo de ver allí a una Rodríguez cubana y europea, como mi hija, que hoy votará por primera vez en su vida. (Y, naturalmente, no me ha dicho a quién.)



Espías: dale, cubano, ¡estamos ganando!

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Leo la información hecha pública por los juzgados del Distrito de Columbia acerca de Walter Kendall Myers y Gwendolyn Myers y sus treinta años espiando para Cuba desde el Departamento de Estado, desde Washington, desde la mata.

Treinta años pasando información Top Secret del gobierno norteamericano. Reuniones periódicas en más de media docena de países con los agentes. Una penetración en toda regla. La misma que le sabemos a la DSE, que ha infiltrado siempre a la disidencia interna –recordemos los agentes revelados durante la Primavera negra; ¡recordemos a Elizardo y su medalla con himno nacional y todo!-, que tuvo y mantiene espías en las comunidades de exiliados, en el Departamento de Estado y donde se les antoja.

Termino de leer los documentos en El Nuevo Herald y entro a Facebook a ver qué tal se está moviendo la noticia entre mis corresponsales allí.

Y me encuentro que recomiendan el programa A mano abierta con revelaciones “espectaculares” sobre Antonio Castro, el benjamín del dictador.

Una por otra, me digo, aunque con escasa fe. Y allá voy y me soplo los videos, el uno, el dos y el tres.

En ellos un tal Luis Domínguez nos relata su hazaña de inteligencia: ha estado chateando con Antonio Castro durante ocho meses enteros, ocho. ¡Ha penetrado el círculo de seguridad en torno a la familia Castro!, se ufana. Y narra sus hallazgos durante una hora entera: ha “descubierto”, ¡atentos!, que el hijo de Fidel Castro tiene conexión a internet, que la suya es mejor que la del resto de los cubanos, que le gustan las mujeres y que chatea con ellas con el propósito de llevarlas a la cama. También ha logrado sonsacarle su número de celular y sus direcciones de correo y, ¡tremendo!, le ha arrancado el requetesecreto de que ya se ha independizado el muchacho y no vive con mamá y papá.

Una hora entera de programa dedicada a las “revelaciones” de este Domínguez –por suerte mi apreciado Camilo Loret de Mola pone algo de sustancia en la cosa, aunque muy poco puede hacer con material tan calamitoso- y prometen continuar el día siguiente, hoy.

De un lado, treinta años pasando información desde el Departamento de Estado. Del otro, ocho meses chateando que valen dos horas de televisión contando tonterías.

¡Dale, cubano, que los buenos estamos ganando!



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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