«Rompecocos» y marxistas
Jorge Ferrer | 01/12/2007 15:26
Me había propuesto no leer hoy los periódicos para descansar de la repugnancia que me produce saber que entre los ejecutores de la trama de abortos en Barcelona, buena parte son médicos cubanos. Abortos, anoto para quien no haya seguido el asunto, practicados hasta en el octavo mes de gestación.
Emigrantes del castrismo asociados con las trituradoras de carne y los «rompecocos», que es como llamaban en clave –en atroz clave- a su tráfico con los fetos. Un tráfico, por cierto, que tuvo su momento previo. Porque algunos de esos médicos cubanos no fueron contratados al azar por Carlos Morín, viviendo ya ellos en Barcelona, sino que, me cuentan, éste se los trajo desde Cuba para que participaran de ese negocio abominable.
Allá se fue el avispado «rompecocos» a buscar alegres cómplices. Dóciles y codiciosos empleados. No digo más, no sea que me cite el juez, pero el asunto, créaseme, da para mucho asco.
Pero la radio que me despertó en la mañana traía la noticia de otros asesinos, los etarras. E inmediatamente, el recuerdo de los millares de personas que tienen que vivir pegados a sus guardaespaldas en este país, porque una bandita de marxistas lleva pistolas y gusta de la sangre. Otros «rompecocos».
Antoine Compagnon repasaba ayer en Le Monde la presunta decadencia de la cultura francesa que denuncia –es un decir- el último número de la edición europea de la Time Magazine.
Buena lectura el Compagnon y buena también la de Don Morrison, aunque salvas sean las distancias. Buen plan para inicio de tarde de sábado, digamos, que la semana ha sido agotadora, fastigosa y hasta facheuse.
Dice Morrison:
«Certain aspects of national character may also play a role. Abstraction and theory have long been prized in France's intellectual life and emphasized in its schools. Nowhere is that tendency more apparent than in French fiction, which still suffers from the introspective 1950s nouveau roman (new novel) movement. Many of today's most critically revered French novelists write spare, elegant fiction that doesn't travel well. Others practice what the French call autofiction — thinly veiled memoirs that make no bones about being conceived in deep self-absorption. Christine Angot received the 2006 Prix de Flore for her latest work, Rendez-vous, an exhaustively introspective dissection of her love affairs. One of the few contemporary French writers widely published abroad, Michel Houellebecq, is known chiefly for misogyny, misanthropy and an obsession with sex. "In America, a writer wants to work hard and be successful," says François Busnel, editorial director of Lire, a popular magazine about books (only in France!). "French writers think they have to be intellectuals."
Conversely, foreign fiction — especially topical, realistic novels — sells well in France. Such story-driven Anglo-Saxon authors as William Boyd, John le Carré and Ian McEwan are over-represented on French best-seller lists, while Americans such as Paul Auster and Douglas Kennedy are considered adopted sons. "This is a place where literature is still taken seriously," says Kennedy, whose The Woman in the Fifth was a recent best seller in French translation. "But if you look at American fiction, it deals with the American condition, one way or another. French novelists produce interesting stuff, but what they are not doing is looking at France."»
Dice Compagnon:
«Que la culture française cesse donc de pleurnicher sur sa décadence pour se ressourcer dans ses marges, qu'elle s'ouvre sans état d'âme à la mondialisation, telle est la recommandation de Time. Adoptons la recette multiculturelle et nous serons sauvés. Attention quand même ! Comme métropole diasporique postmoderne, comme capitale-monde du XXIe siècle, Paris ne rivalisera pas avec New York, pas plus qu'à la Bourse ou dans les salles des ventes.
»La sortie du déclin passe-t-elle par la refondation de l'école, la remise à la mode de la lecture, la réparation d'hiatus entre la littérature et le monde, l'introduction d'un enseignement artistique dans le secondaire, la concurrence des universités, ou la libéralisation des affaires culturelles, comme le prescrivent le président de la République et ses ministres de l'éducation nationale, de l'enseignement supérieur et de la culture ? Peut-être, mais faisons surtout le pari, pour démentir tous les Perry Anderson et Don Morrison, que le roman de la France contemporaine est sous presse.»
De Compagnon recomendé aquí Los antimodernos, que dos lectores de este Tono de la Voz me dijeron haber comprado y disfrutado gracias al aviso que hice en marzo pasado, en la tercera semana de haberme embarcado en esto. Seguramente lo haya comprado alguno más que no se haya molestado en decírmelo o escribírmelo. Hago extensiva la recomendación a quienes no leían este blog en sus inicios. Las razones en aquel post.
La ilustración es de Jonathan Burton para TIME.
De contra: antes uno habría recomendado leer a Edward Gibbon o a Oswald Spengler para pensar la decadencia. Ahora, ambos también. Pero la gramática de la internet me empuja a Youtube. Quien no haya visto Le décline de l’empire américain de Denys Arcand o su secuela, Las invasiones bárbaras, que se vaya de cabeza a Fnac, Netflix, Amazon o lo que le venga más a mano. Si están en Barcelona, de cabeza a mi Santa Bárbara: el Deuvedés de Martínez de la Rosa, en Gràcia.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 01/12/2007 15:29



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